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Hay una emisora de radio en México (concretamente en Puebla), que parece una congregación de misioneros que busca el bien por los demás. Aboga por pagar puntualmente las tarjetas de crédito, obedecer la ley y aceptar con la cabeza gacha y resignación el escupitajo ajeno. Y en ella hay un locutor que parece creerse la reencarnación de Cristo.

En estos tiempos, en este mismo mes y año.

Cada día el beato locutor narra con la sangre hirviendo de emoción una edificante “reflexión del día” (en muchos casos una parábola mal escrita y con nulo ingenio, solo apta para creyentes con muy poco cerebro o simplemente para analfabetos) y que él mismo se cree.

Hay reflexiones en las que se dice que la mujer no debe hacer cosas de hombre y que ella es la que ha de dar ejemplo y doblar el cuello a su macho en nombre de la paz y la armonía en el hogar.

No me jodas.

La última reflexión me ha llamado poderosamente la atención, es la cosa más cándida, ingenua, torpe y simplona que he oído jamás. Más que divertirme al escucharla, me ha preocupado; creí que estas cosas se decían hace tres o cuatro siglos. Luego pensé que la estupidez no cambia jamás y permanece inalterable a lo largo del tiempo.

Luego concluí que la deficiencia mental es algo de lo que nadie debería sentirse orgulloso. Parece que para esta emisora de radio, la estulticia es motivo de vanidad. Eso y el servilismo de los esclavos que se sienten protegidos por su amo.

La parábola en cuestión tiene un nombre parecido a “Un solo ojo” y está pensada para hacer llorar a las madres e hijos y para que YO vomite.

Una madre tuerta trabaja de cocinera en el colegio de secundaria de su hijo, y a la muy buena y santa, se le ocurre ir a ver a su retoño en la hora del recreo para preguntarle como le va el día. Pues bien, todos los amigos le preguntan al hijo quien es esa mujer tan fea y con un solo ojo. Cuando confiesa que es su madre, se burlan de él hasta que siente ganas de meterse bajo la ducha y llorar abrazándose el pecho como mujer que ha sido violada o que ha perdido el virgo.

El cabrón del niño, que tiene muchos huevos con su madre; pero no con los amigos, le dice que la odia por haberlo avergonzado, desea que se muera, no verla jamás.

(En este punto se me encogen los testículos ante el dramatismo más puro. Se puede escuchar llorar al locutor y sus intestinos estremecerse inquietos)

Con el tiempo, el hijito del alma de mierda, abandona a su madre para dedicarse a estudiar una carrera (trabajando la madre de cocinera y sin querer verla suena a ciencia ficción triunfalista de mierda).

Cómo no, el imbécil prospera y forma una familia (es lo habitual, los más subnormales tienen una suerte de locos).

Con el tiempo la madre se entera donde vive y decide ir a visitarlo. Al tocar el timbre abren la puerta sus nietecitos, los cuales se ponen a llorar como mujerzuelas ante el horror que les inspira la tuerta (cómo me gustaría haberla conocido).

Entonces, sale el valiente del hijo y la lleva cogida por el codo hasta la calle y le dice que como se atreve a venir a molestar y asustar a sus hijos.

A lo que la madre responde simplemente: Me he equivocado de casa, perdóneme.

(Aquí ya es para meterse los dedos en la boca y purgarse de tanta miel de mierda).

Pasa el tiempo y bla-bla-bla, el hijo recibe una carta de su antiguo colegio para no sé que coño de reunión estúpida de alumnos y ya que le pilla cerca, se pasa por casa de su mamá. Le dice algún conocido que su madre ha muerto, así que entra en la casa muy feliz y tranquilo sin tener que encontrarse al cíclope de su madre.

La parábola no dice donde, pero se encuentra una carta de la tuerta que dirigida a él.

La beata madre le explica que de pequeño tuvo un grave accidente que le hizo perder un ojo; ella le donó el que le faltaba y se sentía feliz de saber que su hijo podía ver el mundo a través de uno de sus ojos. Y que por encima de todo lo amaba.

¿Qué pretende la parábola facilona?

¿Quiere decir que las madres son santas, mártires y beatas y que se alimentan como las hienas de la mierda que les dan sus hijos? ¿Qué han de tragar desprecios y ofensas y amar a pesar de todo?

¿Qué cuanto más cerdo se es, mejor te trata la vida y tu madre?

¿Que madres e hijos se lo han de perdonar todo por muy mal que se traten y por mucho que se denigren?

Es lo más timorato, simple y vulgar que he oído jamás, además de los milagros de Cristo.

No me jodas que una madre ha de sacrificar su ojo y luego tragar toda la mierda del pequeño borde que parió.

Estas arengas moralistas son un insulto a mi inteligencia, a las mujeres (que las tratan como imágenes sagradas sin coño que ni follan, ni tienen ningún tipo de inquietud; pero que de alguna forma pueden ser penetradas y parir) y a mi buen humor.

Joder con la tuerta. Cualquiera pensaría: pues no es de extrañar que el hijo sea un cerdo con una madre tan retrasada mental.

Es que ni eso saben escribir, ni un patético cuento que pueda desafiar el intelecto de alguien medianamente culto.

Y lo bueno, es que la dichosa emisora de radio, recibe cantidad de correos electrónicos de los oyentes para recibir las dichosas reflexiones.

Y eso sí que es preocupante, que haya tanto lerdo en el planeta.

Aunque eso ya lo sabíamos.

¿Sabéis la parábola de la puta que daba mamadas gratis por amor a sus clientes y que tenía un tremendo complejo de madre? Pues murió con el coño seco, de hambre, la matriz podrida y sida.

Y si alguien quiere un ojo, ni el del culo le presto. A mí nadie me enseña nada con idioteces.

Iconoclasta

Levítico, capítulo 15, versículos 1 al 6, 13 al 15 y 18 al 20 (Lv 15, 1-6.13-15.18-20).
Impurezas sexuales.
7 últimas páginas.

— ¿Sabes que cuando tengo muchas ideas que escribir me duele la cabeza?

—Es normal, nunca estoy contento.

—Es una necesidad para creerme trascendente.

—Nunca lo serás.

—Lo sé, no importa. No le doy cuentas a nadie.

—Es tu problema.

—Por supuesto.

—Echo de menos a mi gata.

—Lástima que no quedaran en las manos las cicatrices de haber jugado con ella.

—Lo pienso mucho ahora, cuando no está. Era pequeña, siempre hubiera sido pequeña.

—Llorar va bien.

—No me da vergüenza, tengo los ojos secos.

—Sí, eso pasa.

— ¿Cómo vas de pena?

—Bien servido, creo que durante un tiempo no voy a querer más.

—Tengo deseos de salir a la calle y lanzar un vómito, de una forma natural, como quien tose.

—Es una buena idea. Siempre has sido bueno provocando.

—Y trabajando como una puta, pero siempre he cobrado una mierda.

—A veces quisiera acostumbrarme a llorar sin ninguna razón, como vomitar.

—Xibalba, la gata, dormía a medio día conmigo. Éramos tocayos de biorritmos. Algo de felino debo tener. De ahí que quiera marcar territorio como sea, con lágrimas o vómitos.

—Llorar no es marcar territorio, es mear tristeza.

—Bueno, da igual como hacerlo, lo importante es acotar territorio. La chusma se acerca siempre más de lo que debe.

—Cansa, harta la luz y el calor de mediodía. Vivo para esperar el crepúsculo.

—Nunca te acostumbrarás.

—Suena El Animal de Battiato.

—Es muy buena, quisiera ser así; pero soy peor, me falta la parte amable.

—Nos faltan los muertos.

—Sería guapo que nos esperaran, engañarse un poco no es malo. Es bueno sonreír.

—Hoy me he reído como un histérico a las seis de la madrugada. Tanto que me han dado ganas de llorar porque quería volver a aquel momento.

—El Alfonso le dijo a Pedro que tomara las puntas de prueba del megóhmetro y cuando las tenía entre los dedos, apretó el botón de test. Lo hizo fríamente, con malicia.

—Pedro casi escupe el chicle y salió sin decir palabra del taller, en auténtico estado de shock.

—Estás llorando.

—Es esta risa. No sé porque he evocado ese instante. No puedo dejar de reír.

—Estás loco.

—Me parece bien.

—Aún así, no me asusta morir.

—Soy valiente de mierda.

— ¿Cuando se habla mucho de la muerte, significa que ya está cerca?

— ¡Qué va! Significa que estás hasta los cojones de tanta vida.

—No existen mensajes raros ni presentimientos, todo tiene una sencilla, asquerosa y mediocre explicación.

—Es hora de moverse, hay que hacer bici.

—Es cierto, me canso de hablar conmigo mismo, aunque la bici también me cansa.

—Te cansa tu pierna podrida. Sé más exacto y concreto.

— ¿Por qué ya no me acuerdo de muchos sueños?

—Porque son deprimentes, no necesito eso al despertar.

—La gata no ha vuelto.

—Está muerta.

—Pues ha muerto un equivalente a treinta y siete humanos.

—Es una cifra extraña. Demasiado concreta.

—Es un cálculo cuidadoso, me gusta la exactitud.

—Es exactamente así, tengo razón. Cada humano no llega al valor de un peso en vivo, muerto menos.

—Dan ganas de matar.

—Siempre.

—Es que no hay buenos lugares.

—Pisar mierda en tu casa es deprimente y pisas mierda cuando los malos recuerdos forman alfombra sobre la que has de caminar, sin islas en las que refugiarse.

—Que asesinen a mi gata también es deprimente, es esparcir más mierda en el piso, mis pies están sucios, mi cabeza inflamada.

—Al final el amor no lo es todo, no pone a salvo a tus amigos, no cuida la higiene mental.

—Es hora de marchar.

—Hay que morir, no hay arreglo, ni esperanza.

—Donde no haya gente sucia ni asesinos que matan a nuestros amigos.

—Todos los lugares son iguales, porque en todos existen los mismos cerdos.

—La mediocridad es la misma en todas partes del globo.

—Hay que joderse, no hay forma de cambiar de aires. Estamos abandonados.

—Mi sombrero está viejo y feo, como mi rostro.

—Consérvalo así hasta conseguir incomodar a los que te observan.

—Es muy buena idea, que me crean miserable.

—Sentirse miserable no gusta, me refiero que ellos con su envidia ven en mí el reflejo de sus miserias. No les gusta las muestras de lo que son en realidad.

—Los hay que lo tienen casi todo y son unos mierdas.

—Tenerlo todo es mantenerse a un radio de quince kilómetros de distancia de todo ser humano. Es difícil, se necesita suerte y mucho dinero.

—Pues has fracasado.

—Sí.

—Ya no hay tiempo.

—Creo que sí, a veces pasan cosas. Aún no estoy muerto, no soy derrotista.

—El fracaso es una temporalidad. Cuando los putos triunfadores pierden, ahí estoy yo para ganar ante su fracaso. Ha ocurrido.

—Siempre ocurre.

— ¿Y qué hay del suicidio?

—Es una buena salida, pero duele. No me gusta el dolor, ya he tenido asaz de él. Hay tiempo para ello.

—La gata grande no soporta a la pequeña.

—Ella también necesita una prudente distancia.

— ¿Cuál es el valor de tu vida? ¿Cuántos cadáveres pagarían tu muerte?

—Trescientos ochenta y siete.

—Es una cifra extraña y difícil.

—Como la de la gata. No son cifras al azar, soy bueno y preciso calculando. Tengo mis razones.

— ¿Y si pusiéramos que son cuatrocientos para redondear?

—Está bien, por mí mejor. Algunos abortos y nacimientos de niños muertos pueden formar el redondeo.

—El dolor de cabeza no se va nunca. Deberías subir a cincuenta individuos más tu valor.

—Lo tenía contabilizado también, no se me escapa nada. De cualquier forma, añadir cincuenta, no es descabellado.

—Pues que así sea, cuando yo muera, que mueran también cuatrocientos cincuenta. Nadie lo va a notar. Todos morimos siempre.

—Han tenido tiempo de acostumbrarse a morir, si no ponen voluntad es su problema. La cobardía no es ninguna virtud.

—La peña no tiene humor.

—No tiene nada que le de valor, sus muertes no tienen importancia.

—Conmigo no pasará, mi muerte les dará valor a los cuatrocientos cincuenta porque se recordará mi muerte y por tanto, la de ellos.

—Sus familias dirán: “Murió en el mismo año y día que el Iconoclasta”.

—Genial.

—No quiero volver.

— ¿A dónde?

—A ninguna parte.

—Estaría bien ser inexistente, no interactuar con su entorno, con el de ellos.

—Un limbo…

—Hay que dormir.

—Es un coma deprimentemente sugerente y silencioso dormir cuando se puede.

—Es hermoso estar despierto cuando duermen, es estar por encima de ellos.

—Te haces la ilusión de que están muertos, de que no están.

—No es crueldad, es que no hay forma de evadirse. No hay ciencia ficción ni fantasía para escapar.

—La cabeza otra vez…

—Siempre está el ibuprofeno, es un animal fiel.

—Conque sea simplemente analgésico me basta.

—Corto y cierro.

—Mierda.

Iconoclasta

Luna de mierda,

al observarte siento asco.

Siento odio por mis vergüenzas,

por mis penas obscenamente expuestas.

A tu luz, a tu puta luz

a tu podrida luz

a tu alabada luz.

La noche debería ser oscura

como las mentes sin cerebros,

agujeros negros que trabajan

y matan bajo la luz del cabrón rey,

del Luminoso.

Ramera barata chuleada por el Sol…

No eres un astro

ni una compañera de la Tierra,

eres un buitre que otea miseria en lo oscuro,

una lechuza deforme.

Tengo un misil que borraría la vida humana,

en segundos haría mierda la carne

y las casas.

Apunta a tu faz lechosa y pringosa;

para que mueran todos lentamente

en la ya eterna oscuridad de las noches,

abrazados a su cobardía.

Ojalá estalles y dejes de iluminar

la tierra en las noches

el planeta y sus reproches.

A los miserables y sus penetraciones…

Eres el consuelo de los cobardes,

la fantasía de los simples,

la molestia en mis retinas.

No más cochina luz,

no es bueno alumbrar lo que somos.

Revienta puta luna.

Que los locos se queden sin tu lunática visión

y que el mar muera,

y con él los animales todos

y los hombres todos.

Apágate puta del astro rey, estalla;

no lo hagas más, no luzcas.

No eres tan bella como dicen

eres un tumor en el cosmos

luces porque estás infectada,

de nosotros, de humanidad.

No me entiendes, porque eres idiota

como el dios que te parió.

Cuando al final

por fin el sol se oculta,

apareces tú, guarra entre las guarras.

Cerda blanca…

Y me expones de nuevo a la luz

junto con todos ellos.

¿Quieres ver la cópula de los mediocres

en sus cuartos con luces apagadas?

¿Te gusta eso, aborto de lechuza?

Eres un ojo enfermizo.

Yo que no los quería ver por unas horas,

yo que espero la noche para no saber…

Odio la luz.

Y la tuya es tan falsa como mediocre.

Revienta, luna mierdosa

y da oscuridad con tu muerte

a la noche de una puta vez.

Para siempre si puediera ser.

Quiero descansar de tanta luz

y tanta vida.

Me dueles en los ojos.

Mueves los mares y riges

menstruaciones y partos.

No es necesario que hayan partos

ni mujeres ni hombres,

no alimentes su idiocia.

Mi semen es estela de plata bajo tu luz,

pero no quiero oro ni plata,

solo lo negro.

No quiero ver que viven,

que respiran.

Necesito creer en las noches

que no se hará la luz nunca jamás.

Es mi esperanza lo que rompes.

La sangre roja por el día

tú la haces de color mierda con tu luz,

creas presión con tu gravedad en mi cabeza

y me robas esperanzas oscuras.

Tu luz no es fría,

es traidora y alevosa.

Hipócrita…

Eres solo una puta piedra

iluminada en la esquina de una calle

por un triste neón de night-club.

Y es por ello que luces

anaranjada en algunas ocasiones.

Como si el rubor de tu voyeurismo

te delatara en tu decadencia.

Iconoclasta

Una vez afirmó ante su mujer y su hijo e hija, que la sociedad estaba haciendo de él, el sociópata perfecto. Ellos rieron porque había un sarcasmo divertido. Es difícil discernir entre frustración e ironía si no se es viejo y perspicaz.

Demasiado trabajo y poco dinero. Demasiado esfuerzo para que otros treparan a sus espaldas para parasitar su sudor. Demasiadas obligaciones que no le dejaban espacio ni para el pensamiento.

Es un error cargar a una mente imaginativa con la monotonía y el abuso que imponen las instituciones y la vida en sociedad como una dosis de droga que se da a la chusma. El alcohol cumple su cometido.

Hay cosas que se acumulan como los índices de radiactividad.

Se despierta, caga y fuma, toma un café y fuma, toma sus bolsas de basura y fuma, sale hacia el trabajo, no fuma en el metro porque no hay lugar donde esconderse de tanta carne. Fuma en el trabajo a pesar de que está prohibido, ahí hay lugares, cagaderos donde fumar.

Un mando sin cerebro le da órdenes, él obedece pensando que es un tarado y que un día lo va a matar. Aún así se da cuenta, de que hay tantos idiotas, tantos que ponen sus huevos en su espalda y le hacen asemejar un sapo, que no los podría matar aunque naciera cien veces.

Abandona su trabajo, se mete en la sala de máquinas y fuma. Y sueña con ser malo, con dar una buena lección al mundo de mierda.

Llega a casa, la mujer aún está trabajando, sus cojones huelen a orina rancia y no se ducha. Más que nada para molestar a los demás, para que su olor de macho y cabrón ofenda el olfato de los otros.

Cuando se sienta en el sillón con un vaso de refresco y un cigarro, el vapor de sus genitales sube a su nariz y se siente muy salvaje. Son cosas instintivas. Sus sobacos huelen y a pesar de que ofenden a su esposa, no se lava.

Es una discusión sempiterna.

Por otra parte ha obedecido ya suficientes órdenes todos “los putos días de su puta vida”.

“Tiene sus prontos, pero es un buen hombre, un buen trabajador”, comenta a veces su esposa con amigas o con su madre las veces que se caga en dios o en la virgen.

Es lo mismo que decir que es un borrego al que se le permite balar de vez en cuando. Él no es un hombre bueno y afable; es un predador en esencia. Su dolor de cabeza lo confirma.

Se lleva las manos a las sienes, siente las venas irritadas y los huesos del cráneo como si se hundieran para presionarle el cerebro. Hay un tumor pulsando, aunque no lo sabe a ciencia cierta se lo imagina; siente una pelota dentro del cerebro y a veces se mueve en él.

Justo en el centro de su frente hay una presión que ningún analgésico puede aliviar y conecta directamente con su vientre, a menudo siente ganas de cagar; pero sus intestinos no tienen mierda en esos momentos.

Suena el teléfono:

—Diga —responde malhumorado porque se ha tenido que levantar del sillón.

—Papá, me tienes que venir a recoger al gimnasio a las diez.

 —Allí estaré —dice al tiempo que cuelga el teléfono.

—Coño. Me cago en dios… —no exclama, solo recita suavemente, con los dientes apretados.

Está molesto porque tendrá que bajar al parking a las nueve y media, sin haber cenado y meterse en el coche durante veinte minutos para ir a buscar a su hija, a Saray que tiene dieciséis años.

No es por cansancio, es por aburrimiento.

Enciende el televisor y escoge una película de ciencia ficción, donde los personajes están muy lejos, en lugares oscuros y sin vida donde un fallo es muerte segura. Aquí, donde él se encuentra un fallo es solo un acto más de monotonía que no trasciende.

Acaba la película y se dirige al coche.

Camino del gimnasio fuma de nuevo, a veces escupe sangre de lo irritadas que tiene las cuerdas vocales, no se da cuenta de que en la manga de su camisa hay unas gotas. Su cabello está apelmazado, cosa que ha visto y no ha reparado, más que nada para demostrar que no es un padre feliz de tener que ir a buscar a su hija cada dos putos días al gimnasio.

Está realmente cansado.

Cuando Saray sale del gimnasio, la observa como si fuera una extraña: un mallón negro delata una vagina abultada y su camiseta corta deja al descubierto un vientre plano y un ombligo con un piercing. Su hija parece tener veinticinco años.

Recuerda un pasaje de la biblia que citaban en un libro que leyó hace unos años, tal vez ayer porque el tiempo parece no transcurrir: “Ninguno de vosotros se acercará a un pariente para descubrir su desnudez. Yo Yahveh”.

Su hija no le gusta, le parece simplemente algo aburrido que ha salido de él, no le aporta ningún estímulo sexual su coño marcado o sus tetas que se mueven aún agitadas por la fatiga del spining.

—Hola papá —le saluda con un beso al sentarse a su lado.

—Hola —le responde encendiendo un cigarro.

Escupe y se le escapa la mucosidad.

—Qué asco… Deja ya de fumar un poco.

No le hace caso.

Cuando llegan a casa, acciona el mando de la puerta. El tiempo de bajar los tres pisos del garaje le ha pasado en blanco, son tantas veces que lo ha hecho, que no registra nada su cerebro de ese instante.

Cuando Saray se apea del coche, la observa subirse el mallón y ajustándolo más a su piel.

Se dirige a ella, la empuja contra el capó del coche y le mete la mano entre las piernas.

— ¿Qué haces? Esto no es una broma.

—Nada es una broma, Saray —le responde con desgana, rompiéndole de un tirón en la cintura la malla de gimnasia.

Un tanga rojo cubre escasamente su vagina. Ella le da una bofetada y él le devuelve un fuerte golpe en la sien con la almohadilla del puño. Su hija lo mira con los ojos abiertos de par en par, en el derecho se ha formado un feo derrame y de su boca cae un fino hilo de baba. Se derrumba encima del capó del coche.

Él la penetra sin quitarle el tanga. Se extraña ante la estrechez de su vagina, requiere un esfuerzo y le duele un poco el pene al penetrarla, no está acostumbrado. Ni siquiera le ha dado por culo a su mujer. De pronto siente que cede y todo su pene entra raudo de una vez, la sangre del himen rasgado corre por sus testículos. No es tan sugerente follarse a una virgen, la sangre molesta e irrita el glande con el continuo roce que exige la cópula.

Está a punto de eyacular, levanta la camiseta y descubre los perfectos pechos juveniles, le gusta como se agitan. Son iguales que los de su madre cuando era joven.

Se corre sin gemir, sin espasmos.

Sin limpiarse de sangre, se abrocha el pantalón, abre la puerta de su asiento y saca de debajo del asiento la barra antirrobo.

Golpea la cabeza de su hija hasta que el pelo se confunde con el cerebro.

Respira hondo, no hay furia y observa a su hija muerta como un problema resuelto y una lección a esta puta ciudad. Le preocupa la policía y piensa en como será la vida en la cárcel. O en un manicomio.

No quería matarla, y menos follarla; pero ha considerado que su vida necesita un cambio, le gusta imaginar lo que pensarán sus amigos y jefes, qué comentarán con la policía sobre el gran trabajador que era y lo que sin embargo, cometió. Se les pondrá la piel de gallina de pensar que ellos también podrían haber muerto en sus manos, por su simple capricho. “Era un hombre que pagaba puntual el seguro del coche”.

Cuando matas a tu propia familia, demuestras el desprecio más grande, el más obsceno.

Es así como lo ha decidido y lo ha hecho, es así como funciona de verdad y definitivamente, rompiendo todo vínculo de buen hombre y afable. No hay que ser muy listo ni muy desalmado para matar a nadie, basta con estar asqueado y aburrido.

Se siente bien porque ha hecho lo que debía, lo justo.

Sube a su casa, al quinto piso, cuando entra su mujer se está duchando.

Carlos, su hijo, no ha llegado, debe estar de camino de la universidad, tal vez se ha metido en un bar con sus compañeros a tomar una cerveza. Suele llegar a las diez, tiene veintiún años.

Entra en el baño.

—Hola Olga.

—Hola cariño, ahora salgo.

Está orinando y se observa la polla sucia de sangre con tranquilidad.

— ¿Otra vez estás fumando?

—Sí, coño.

— ¿Qué hace Saray?

—Se está cambiando de ropa en su cuarto.

Se le ocurre que podría follarse a la madre de su hija por el culo. Se dirige al cuarto y la espera tendido en la cama, no se preocupa de que la ceniza caiga en las sábanas.

— ¿Aún no te has cambiado? —le pregunta extrañada Olga al entrar en el cuarto.

—No, voy a salir dentro de poco —dice levantándose.

Se acerca a su esposa por la espalda en el momento que se envuelve la cabeza con la toalla y la lanza a la cama boca abajo para cubrirla con su cuerpo.

—Elías, que Saray puede entrar.

—Saray está muerta.

— ¿Qué has dicho?

Se saca el pene por encima del elástico del calzoncillo e intenta penetrar el ano de su mujer, pero no puede porque ella no deja de moverse y es virgen por el culo. Demasiado estrecho.

—Que me dejes, cabrón.

Olga se da la vuelta y le araña las mejillas.

Elías toma la lámpara de acero de la mesita de noche y le golpea la boca sin que Olga cese de gritar. Y la sigue golpeando hasta que las piezas dentales de la mujer saltan al suelo y a las sábanas. Hasta que la policía entra derribando la puerta de la vivienda, porque un vecino ha visto el cuerpo de Saray encima del capó del coche y ha dado el aviso.

Cuando los agentes separan los dos cuerpos, Olga tose escupiendo los dientes y las muelas, su mandíbula está deshecha. Un par de bomberos la cargan en una camilla y se la llevan a toda prisa.

— ¿Cómo puede haber hecho esto? —le dice el policía que le coloca las esposas.

—Lo dije, estaban fabricando al sociópata perfecto.

—Tú has visto demasiadas películas, hijo puta —responde el otro agente que lo encañona con el arma.

———-

Soy el fracaso de los psiquiatras, la vergüenza de mis padres, la decepción de mi hijo, el terror de mi esposa. En el centro de mi frente hay una presión que las drogas de los médicos no pueden aliviar, aunque yo les digo que sí, que ya no me duele.

Las sienes me laten irritadas donde tengo las cicatrices de los electrodos con los que me descargan electricidad para que me someta a ellos.

No conseguirán jamás que me someta de nuevo a nada de lo que han creado.

No importa el dolor que causo o he causado. No importa que le duela al puto Jesucristo si existiera. Mataría a mi esposa si pudiera y si resucitara el coño de mi hija, lo volvería a follar.

Mi sonrisa ha muerto, ya ni puedo ser cínico. No puedo esconder el desprecio que siento y el desencanto de vivir. Ya no puedo disimular mi hostilidad y peligrosidad. Los enfermeros me tratan con miedo y eso me proporciona erecciones.

Ayer violé a una vieja de noventa años del pabellón  de Alzheimer, me escapé tras la inyección sedante que pensaban me dejaba imbécil; pero soy listo. La vieja se lo dejó hacer todo, cuando me encontraron encima de ella, ya la había inundado de semen.

No quiero ser feliz.

No me interesa volver a aquella mierda. Aquí tengo pesadillas y experimento con algunas drogas que mi mente se escapa a lugares peores donde todo es maravillosamente desconocido y hostil. No existe la monotonía, la cotidianidad.

Podéis descargar vuestras electricidades en mis sienes; partirme los dientes con esas descargas a pesar del protector.

¿No os dais cuenta, tarados, que me faltan todas las muelas?

Las he destruido yo mismo apretando las mandíbulas cada noche al dormir, a lo largo de mi vida de mierda. Por asco, por desprecio, por una ira cancerígena que me hacía dormir tenso como la polla con la que violo.

Porque sabía que me quedaba por vivir años y años de lo mismo.

Pero rompí el conjuro.

Soy mejor matando que trabajando.

Y me alimentan igual.

Tal vez, y solo es una posibilidad, una par de minutos a lo largo de mi vida he llegado a sentirme contento a pesar de toda esa gentuza que he conocido y que pensaba que aún tenía que conocer.

Fijo la vista en un punto de las paredes alicatadas de blanco de este sanatorio y aunque cruce un humano mi campo de visión, no lo identifico, aunque lo haya conocido. La gente son cosas que se mueven.

Moribles… Matables… Violables…

He aprendido a ignorar a toda bestia viviente.

Y no me voy a dejar robar esta habilidad por muchas descargas que me deis en el cerebro, hijoputas.

Que alguien como yo haya conseguido vivir en esta sociedad y entres sus individuos, muestra una astucia en mí que no es habitual en ningún otro ser.

Si mi hija salió de mis cojones, tenía derecho a ser el primero en desvirgarla, no es malo a mis ojos (parafraseando al puto Yahveh de los judíos y cristianos).

Han pasado dos años y aún no me han doblegado. Soy tenaz.

Cuando todo el mundo pensaba que era un hombre integrado, estable y buen vecino, les enseñé una buena lección. Ahora que se metan todos sus juicios erróneos y su cultura de mierda por el culo.

Yo lo decía y pensaban los infelices que era una broma: “conmigo están creando el sociópata perfecto”.

———-

Han pasado cinco años y he aprendido de nuevo a ser astuto. Ahora me muestro cordial y sonrío. Los mediocres confían en mí, los títulos de medicina se rifan en una tómbola montada en un barrizal.

Me van a dar el alta, bajo vigilancia, claro. Y una paga hasta que me encuentren o encuentre trabajo.

Ahora mataré a mi hijo, mataré lo que quede de mi esposa y me volverán a encerrar y los volveré a engañar, porque los idiotas no aprenden nunca.

Odio al universo entero con una cordial sonrisa.

Soy la justicia que jamás existió.

Iconoclasta

¿Hoy es ayer o ya es mañana?

Otra vez me despierto, fumo y hay montoncitos de mierda que alguien deja en los sobres de los sitios porque le molesta ir a un cubo de basura.

Los bohemios, la gente de espíritu libre y los muy muy inteligentes son gente despistada.

Yo arrastro con el brazo la mierda al suelo, no soy inteligente ni lo podré ser. Solo soy enérgico.

Y puedo ser tan sucio como ellos, con mucha menos simpatía.

Es fácil ser sucio, los comprendo.

Hoy es ayer, tal vez estoy en otro día, la mierda es atemporal.

Montoncitos de basura…

Y los piso…

Iconoclasta

La bestialidad está presente en lo más cotidiano, por ejemplo: comer y dormir.

Es algo que cualquiera con una inteligenca comparable a la mía, sabe. Lo que ocurre es que nadie se ve a sí mismo y se juzgan demasiado benévolamente.

Pero donde más se manifiesta este embrutecimiento es al conducir, al manejar el coche propio, que es más o menos como acariciarse con carácter de deficiencia mental los órganos genitales del propietario sea coño o polla.

Éstos no ven más allá del morro de su propio coche y mientras mueven su volante, sus labios inferiores cuelgan inertes dejando escapar un fino hilo de baba.

Es algo que veo cada día, no necesito veros dormir o comer de mierda.

El Mapache de Tepozteco* os observa.

Y os juzga.

Y yo más.

Y me río, me corro.

Lo humano es lo más bonito que he visto en mi vida (lo juro por vuestras padres y madres).

Hermoso…

* Animal místico, frecuente en las visiones profético-agoreras de la putilla tras el éxtasis de la marihuana y una subida del 8000 % de desnivel a las ruinas de la pirámide que dura varias horas y vómitos.

Buen sexo.

Iconoclasta

Éxodo capítulo 35, versículos 30 al 33 (Éx 35, 30-33).
Los artífices.
Éxodo capítulo 36, versículos 8 al 11 (Éx 36, 8-11).
Construcción del santuario.
6 últimas páginas.

Solo las mujeres pueden parir; pero los antinacimientos (partos de ausencia y desesperanza) no conocen sexo ni biología. Los momentos de dar a luz y antinacer se diferencian en someros detalles durante las primeras horas. Cambia una cosa: el final en un antinacimiento nunca será feliz. Es tan duro y tan doloroso que no se olvida jamás. Son losas pesadas con la que nos carga la puta vida en el pecho para que no podamos respirar.

Porque cuando alguien que amamos muere, muere solo él, no morimos con él; ni siquiera románticamente una parte de nosotros. Nos quedamos embarazados de dolor y pena; los que quedamos apesadumbrados, antiparimos.

Padecemos el antinacimiento.

No basta con despedirse, con sentirlo. Hay que sufrir largo y tendido, mierda de vida…

Me cago en dios…

Aunque no son muchos los antinacimientos: la gente no suele amar; solo se siente desolada con vacuidad y dramática pompa, solo cumple un ritual de mierda sin más trascendencia que una lágrima farisea.

La mujer al parir respira, exhala repetida y rápidamente la respiración. Grita de dolor y de repente se calma ante un final feliz, ante lo esperado.

El antinacimiento provoca una respiración lenta, abrimos la boca para captar un aire que nos roba un invisible puñetazo en el abdomen. Es un aire que necesitamos en esos momentos porque lleva la esencia de nuestros muertos. Y parece que mueren aún más cuando perdemos el aliento.

El corazón se para durante un segundo varias veces por hora, en el parto se acelera.

Son diferencias que uno se calla para no parecer derrotista, para no parecer dramáticamente herido; pero piensas sin poderlo evitar en la vida y en la muerte, y al final gana la muerte por puntos, nos roba mucho más aire y sangre que un nacimiento.

Tras la apnea del antinacimiento, no hay alegría ni descanso, no hay sudor, cansancio, ni unas lágrimas felices. Tras los intentos por aspirar grandes bocanadas de aire, queda la tristeza perfecta, la descomunal desolación que día a día provoca un vacío en el corazón. A veces no late pensando en quien murió.

Y deja secuelas como el molesto dolor que ataca sorpresivamente a lo largo de toda la vida, como un vértigo que no podemos controlar. Nos detenemos para tomar aire ante el abismo de algo que no volverá, que está irremisiblemente muerto.

Cuesta dios y ayuda sonreír cuando llevas ya unos cuantos antipartos.

Si has amado lo suficiente, claro. No todo el mundo tiene la desgracia de “gozar” de un antinacimiento.

Otra vez a antiparir, antinacer… Esto es una mierda…

Estas apneas durante la consciencia y las punzadas en el corazón y el vientre, es mi antinacimiento sin final feliz.

Lo acojo como mi prueba de cariño, de capacidad de amar, me jodo por ella. Si la amé es sus caricias, la amaré en su miedo y dolor.

Es un brindis y mi homenaje a un ronroneo dulce, unos ojos que se convertían en ranuras negras sobre fondo dorado, unas patas pequeñas y de fino pelaje carey que buscaban mi cara cuando estaba cubierta por una capucha. Un maullido casi infantil en demanda de una caricia. Una lengua pequeña y rasposa que aportaba una ternura de tal magnitud a mi piel, que me hacía dudar de que en mi vida hubieran ocurrido cosas malas. Se revolvía en el suelo para que acariciara su barriga. Pedía cosas posibles, bonitas, sencillas y hermosas. Nunca quise que hablara, no quería nada de humanidad en ella.

Era todo tan sencillo, tan hermoso en su simplicidad…

Es normal, es otro de los síntomas del antinacimiento: las manos se crispan involuntariamente con la absoluta certeza de que tras el antiparto (cuando pasan los años y se apilan los dolores) no volveré a experimentar ese tacto tan suave para el alma. No volverá jamás la suavidad de ese inocente cariño.

No quiero pensar en su miedo, tristeza, dolor y agonía, porque me retuerzo de pena y remordimientos.

Es duro cuando muere un humano; es espantosamente doloroso. Lo sé de la misma forma que conozco la enfermedad; pero cuando muere tu animal, tu amigo; muere la más pura inocencia, es la quintaesencia de lo puro. En ellos no hay bondad ni maldad, su naturaleza es perfecta y equilibrada.

No carecen, no necesitan y sienten.

Con el antinacimiento se desvanece toda esperanza de ternura sorprendente a lo largo del día.

No hay consuelo alguno en el antinacimiento y soy culpable de no haberla protegido suficiente. Yo sabía que en el mundo hay seres humanos y por ello: envidia y maldad.

Mi gata no tenía herramientas ni medios para saber que alguien la maltrataría, la robaría de su hogar o la mataría por capricho, por asco, por aburrimiento, por ignorancia; pero sobre todo por envidia. Hay perros y gatos más guapos que sus hijos, mejor alimentados, mejor educados, más inteligentes que ellos mismos. Es esto lo que desconocen los gatos, los perros y todos nuestros amigos irracionales cuando son pequeños. Y lo que es peor: cuando crecen mantienen intacta su idiosincrasia.

Y son siempre pequeños, cálidos, dulces…

No pueden entender ni creer que haya tanta mierda en el cerebro de los humanos.

No degeneran como el hombre.

No hay suficientes muertes ni guerras, no muere el prójimo en la necesaria cantidad para consolar mi antiparto. Falta algo más de dinamismo en la humanidad para que se renueve sangre idiota.

Para vengar la muerte de mi amiga.

Y no quiero consuelo, quiero joderme y cultivar la ira, aunque el cáncer me coma las entrañas.

Yo conozco a la mierda del ser humano y sé que mi gata no se tendría que haber separado de mis brazos. Mi antinacimiento es mi penitencia por ella, por lo que sufrió, porque me amaba y quedó solita ante los humanos.

Le falté cuando me necesitaba soy un traidor de mierda a su cariño.

Ojalá me muera.

Cago sangre por ella apretando los dientes.

La dejé libre lo que creía que serían unos instantes. Soy un hijoputa porque lo sabía, porque conociéndoos, la dejé a vuestro alcance.

Ya no habrá pasitos ligeros encima de las sábanas, el ronroneo de algo que te ama como fondo a nuestras respiraciones. No habrá un pequeño cuerpo cálido que respira tranquilo y feliz. Porque ellos son felices con nosotros, lo sabe cualquiera que no sea un subnormal endogámico que mata animales.

Llega un momento en la vida en el que dudas que puedas soportar otro antinacer.

Se suman los dolores, se apilan el uno encima del otro y cuando te das cuenta, llegas a la conclusión de que no hay esperanza para la inocencia.

Todo muere, todo es agredido por los que viven demasiado tiempo.

¿Por qué viven tantos años los idiotas y tan poco mis amigos animales?

El antinacer de mi gata es la reafirmación de la extinción de la ternura y el cariño. La absoluta certeza de que habrá un final en el que la envidia, la ignorancia y la imbecilidad, vencerán.

Han vencido los cerdos por enésima vez.

Si murieran sus hijos, yo albergaría esperanzas y mi antinacimiento sería menos doloroso.

A Xibalba también le debo mis engaños y mis fantasías sobre la ternura, el cariño y la inocencia. Ella también me hacía sonreír y recordar que aún puedo ser cariñoso. Con su muerte vuelvo a ser la bestia sin ningún tipo de escrúpulos que soy en esencia; y volveré a girar las cabezas de los bebés para matarlos por el simple capricho de sentir sus vértebras crujir.

Los antinacimientos, si no son buenos para mí, tampoco lo son para la humanidad.

Mi gata tenía tanto que enseñaros, envidiosos anormales…

Aprendo de nuevo a dormir antinaciendo, intentando anestesiar el dolor de mi cabeza e intentando no pensar en las tiernas caricias que no volverán.

Ya no sentiré miedo a abrazar ese cuerpo tan pequeño y romperlo de cariño. Hay miedos hermosos.

Joder…

Yo no quiero más antinacimientos, estoy harto.

Estoy cansado de tanta mierda.

Por Xibalba. Enero 2011 – Abril 2013.

Iconoclasta

Lamo su cuerpo como el león bebe sediento en la charca.

Arrancaría su piel con los dientes para envolver mi inconsolable pene con ese deseo impregnado.

Succiono sus pezones como la cría de un perro las mamas de su madre, buscando vida.

Laceraría sus pechos para beber su sangre. Para untarme de ella y vivir también.

Más…

Hundo la lengua en su coño como ningún otro animal lo hace, hasta que vomito y lo anego con el vértigo de mi deseo.

La penetro como no hay parangón en la naturaleza, hasta fundirme en ella, hasta que reviento mis cojones.

Hasta sentir sus intestinos…

Me meto en ella y me apresa, me retiene, anula mi voluntad y la percepción de mi propia vida.

Eyaculo y se me vacía el cerebro y lo que quede de mi razón.

Solo parezco una bestia en su superficie, cuando me hundo en ella no soy del planeta.

No soy nada conocido, ni posible.

Y ella, esa mala puta, es la creadora de mi inhumanidad.

Mi Reina de Coños.

La odio porque la amo contra mí mismo.

La odio porque la adoro y me hace cosa, algo que desconozco.

La amo y la jodo. Qué ironía…

Hasta aplastar mis testículos.

Hasta que salga sangre entre mi semen.

Iconoclasta