Mantener una dictadura en España es lo más rentable y relajado que un político de cualquier parte del mundo desearía; por sus tapitas, su clima cálido en general y la proverbial mansedumbre del pueblo español; sus cabestros son el sueño hecho realidad de cualquier tirano de mierda, sea comunista o capitalista (aunque ambos son la misma basura buscando poder y dinero). España sería el edén de todos los políticos del mundo; pero es tan corrupta que los extranjeros no consiguen encontrar la forma de acceder, porque se quedan sin dinero en los primeros cien sobornos. Y es que en España toda la endogámica población está feliz con su clima tan variado, el jamón sea de recebo o ibérico, sus descansos domiciliarios (prisiones decretadas con alegría por el nuevo y normal fascismo) y sus bozales. En España, “La libertad es enfermedad”, es un dogma que se ha asumido a pies juntillas. Y ningún cobarde necesita libertad, así que España, insisto, es el paraíso para gobernantes hijos de puta, sobre todo si tienen complejos mesiánicos y salvadores de la vida.
Es tan obsceno en su decadencia… Hay mujeres y hombres que se muestran enérgicos, adrenalínicos practicando deportes de riesgo y de alto esfuerzo, pagando una pasta por ello. O luchadores contra la represión en las grandes y sucias urbes superpobladas; pero ninguno se quita el bozal ni para sangrar ni estar consigo mismo. Además, con todo ese valor y energía que alardean tener, se morirían descargando un camión de sacos de cemento en una obra. Lo sé porque lo he visto, no es una suposición o un rumor. Nací obrero y me salieron los dientes entre ladrillos y cemento, entre alturas y afilados cascotes. Infantilismo y cobardía están ya tan incrustadas en el código genético humano que crea monstruos como éstos: manifestantes violentos luchando por la libertad arrebatada por los fascismos surgidos con el coronavirus ¡combatiendo contra la policía con bozales o mascarillas! Para cubrirse la cara y no ser reconocido hay verdugos y pañuelos; pero combatir o manifestarse violentamente con el bozal que los amos han impuesto a sus perros callejeros es imbécil, por decir lo mínimo. Luciendo la principal imposición por decreto fascista o franquista y el máximo símbolo de la represión y por supuesto de la sumisión: el bozal; solo hacen el ridículo. Sus amos fascistas los toman por niños traviesos que al fin y al cabo, son obedientes como caniches de circo. Es tan evidente la decadencia de las sociedades fascistas europeas, que sin pretenderlo, busco los horarios de los circos donde dan de comer a los tigres con cristianos vivos.
Las extinciones de especies sirven para hacer espacio. Los dinosaurios se hicieron muy grandes y gordos, así que los extinguieron y crearon primates; cosa que tampoco fue muy acertada. De hecho, muy mal porque los primates se centraron en la masturbación a pesar de lo fácil que era la reproducción y esos eslabones perdidos dieron paso al Homo Mezquinae y éste (no este mismo, sino uno de esos homos inteligentes que de forma accidental son paridos al azar geográfico) inventó el smartphone que hizo la masturbación más fácil y rápida para niños y niñas y adultos en general. Los creadores no acaban de pillar el truco a su trabajo. Es pura negligencia, coño, sino sabes no inventes. Veremos que plantan en La Tierra cuando extingan a la especie humana. ¿Chiles pepinos?
Seamos realistas, el abuso, acoso y la supresión de la más mínima y elemental libertad requieren un nivel de violencia basado en la lesión grave y muerte. Ante una prisión indiscriminada solo cabe una respuesta: una violencia iracunda y sangrienta. Nadie ha ganado jamás la libertad perdida obedeciendo y sonriendo a su amo. La libertad requiere siempre, y así ha sido en toda época, una violencia salvaje. Cuanto más tarde estalle la violencia, más cruel será; porque nada la evitará. Quemar basura o romper vidrios es como que te pique el coño o los cojones y te peines. Así de ineficaz e improductivo. Deberían silbar certeras balas a la cabeza cuando el fascismo del coronavirus pide y ordena prisión y toques de queda marciales para la ciudadanía. Los caudillos y sus caciques son los enemigos mortales, no un virus o una gripe de mierda. El coronavirus se cura con aspirinas y la libertad se restituye chorreando sangre. Antes los libros de historia explicaban estas cosas; antes de que el germen del nuevo y normal fascismo empezara a minar y corromper la historia, la cultura, el arte y la educación para crear generaciones de cobardes o cabestros a los que someter mientras aplauden complacidos a sus tiranos.
La verdad es que para encontrar a alguien decente y fascinante hay que vivir muchos años, ser un gran observador y ante todo, tener una buena suerte del carajo. Nota: Tener rabo o unas buenas tetas no influye para tener éxito en la búsqueda, solo te sirve para trabajar de toallero o de lesbiana en videos porno gratis.
Las noches de cárcel, de toques de queda marciales en la Nueva y Normal España Fascista del Coronavirus huelen a semen rancio de mil pajas, al acre sudor de la cobardía, al moho de la decadencia y su mezquindad… Al vómito de los borrachos cobardes. A la picante orina de las ratas. Al hedor a bofia en las calles. A los fluidos y jadeos del incesto. Al seco excremento del miedo. Los caudillos, caciques y su bofia, han convertido a España en la letrina nocturna de Europa. Y los portadores religiosamente fervorosos del bozal, aplauden con el cerebro seco a sus carceleros. Aplauden y obedecen, aplauden y están presos con una sonrisa y esperanza piadosa, aplauden y se arruinan. Y enfermos los cabestros, dicen amén a todo con la testa gacha y el culo lleno de mierda. La mediocridad votante solo quiere mirar cobardemente desde sus ventanas con un teléfono que no entienden en las manos; con la indolencia de la pereza y la fe de que van a ser alimentados por sus amos fascistas.
Pensé que llegaría un momento en la vida en el que me sintiera medianamente bien. Y cuando de nuevo escuchara Speed of Sound de Coldplay unos años más adelante, me reconociera de nuevo como un hombre pleno. Bueno… al menos vivo y con el cuerpo más o menos completo. Tal vez alguna frecuencia de la música y la letra de aquella canción produjo una sorprendente reacción eléctrica en mi cerebro en el momento preciso. Una reacción de fuerza y ánimo contra todo pronóstico. Me reconozco ahora que escucho la canción, cuando han pasado dieciséis años. Y he recordado con melancolía a aquel hombre más joven al que se quería comer la muerte trepando venenosa por una pierna dolorosamente rota… Y por ella, se asomó a los pulmones, se extendió por los huesos, se hizo pus en la sangre, secó las venas y creó carne muerta. Y a pesar de toda aquella andanada de dolor y miedo, escuchando a Coldplay en una de aquellas infinitas mañanas rotas, postrado en un sillón con la pierna enterrada en yeso hasta la ingle y palpitando malignamente, tuvo una certeza de futuro: que muerto él sería yo el que ahora, escuchando de nuevo la canción, lo evocara con ternura. Pablo el Muerto: lamento que pasaras aquel año de mierda. Tantos días perdidos… No sabré en qué momento moriré, el próximo que podría tomar el relevo de la vida será Pablo el Viejo; el decidirá si mi vida y muerte le habrán servido de algo. Estoy condenado a vivir y morir, vivir y morir, vivirdolermorir… Es eufórico vivir y por tanto morir a la velocidad de la luz cuando has experimentado la lenta y degenerativa velocidad del dolor. Sísifo se entretenía con una piedra y podía subir empinadas cuestas. Yo tengo un buen equipo de música y mi canción es muy bonita. Seguramente al viejo Pablo, le encantará un día escuchar la velocidad del sonido, la que yo escucho ahora para él como hizo mi antepasado Pablo el Roto nacido en San Valentín del 2005. Nunca se sabe cuándo acabará definitivamente la canción; pero no tenemos otra cosa que hacer. Tal vez sea por culpa del esperanzador título de la canción y un ritmo ligero y tranquilizador para un tullido con la soga al cuello que, desearía correr a esa velocidad del sonido en lugar de la del dolor. Si la canción no acaba antes, Pablo Viejo, espero que la disfrutes y que la poca vida que te queda, sea más velocidad que dolor, más música que rugido. Cuando muera yo, toma el mando, no pises el freno.
La muerte tiene esa desvergonzada indecencia que siempre la hace sorprendente y emotiva. La muy pícara… O sea, no es como un esnob y original postre emplatado artísticamente como una ruina de un bombardeo en el Berlín del siglo pasado que, a la segunda vez de comerlo nada tiene de sorprendente; no es lo mismo. La muerte es pura renovación, un crac en la monotonía diaria. Por supuesto me refiero a la muerte de otro y que por ello, rompa tu repugnante rutina diaria. Mala suerte para el finado; pero la vida es así de puta. Luego ya me tocará a mí y no me quejaré, lo juro. Como diría un chef: “Se debería hacer una reducción de la meliflua vida con unos clavos de bilis, dolor en rama y una cucharadita de muertes de macadamia espolvoreada en frío para corregir su excesiva dulzura y cremosidad; que adquiera una textura más recia y un sabor más intenso”. Está bien, no lo dice ningún chef; pero debería. Fuera de metáforas, los consoladores anales y vaginales, deberían contener fibras urticantes para favorecer una mortificación intensa, aquella que hace crecer el vello dos centímetros de largo en apenas un orgasmo.
Las noches cobardes de la grisentería, de la ruina, del miedo, de la represión y la bofia husmeando ávida de acoso. Porque si la libertad es enfermedad, el nuevo y normal fascismo español es una mala bacteria que se la come. Son las negras noches de un nuevo franquismo que ha entrado como un parásito de las heces y durar años, extendiendo su manto de cárcel y vigilancia a todas las horas del día y de la noche. Tardes tan muertas como sus noches, porque son las siete de la tarde. Y está muerto todo, incluso a su propio fascista coronavirus han asqueado. Sin libertad la vida no es posible, está abocada a una violenta destrucción.
Son las cosas que ves pasar cuando hay una pandemia de represión, miedo, acoso… Una pandemia de fascismo. Cosas difusas, apenas reconocibles. Borrones que van y vienen. Y así hasta desaparecer. Y así para siempre. Sin identidad. Es la globalización total, tan soñada, tan cacareada… La gris uniformidad. Los bozales del fascismo. No es triste, solo anodino. No conmueve; pero dan ganas de escupir un mal sabor de boca. Quien soñaba con una comuna, ya la tiene. Que se joda.