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El oficio más triste. Dic 2016. Sant Joan Ab. Fuji

Los terneros, separados de los adultos, duermen juntos en el prado templado por el sol de mediodía como en una guardería humana.
En algún momento alguno se incorpora y hociquea a su madre en un costado. Ésta le lame los ojos y el hocico. El pequeño mete la cabeza entre sus patas buscando la teta. Buscando el cariño que toda cría necesita, sea vaca o humana. Buscando amparo en este gigantesco mundo.
Siento una profunda tristeza, como una herida sangrante en la emoción de la ternura; el triste final. Terneros y madres morirán sin oportunidad de defenderse, sin oportunidad de tener una vida completa.
Ser ganadero es el oficio más duro, el más triste.
Vivir cada día con esos seres tan llenos de emociones. Todos los días ver y experimentar esas necesidades de cariño, de crecimiento que los humanos también sienten. Relajarse observando su sencilla placidez: como se tumban al sol en silencio cuando han comido, como si todo estuviera bien y por lo tanto, nada que decir.
Todas esas vidas que se cargarán en un camión y luego matarán.
Tantos meses compartiendo sus días…
No podría, no tendría valor para ser ganadero.
No puedo cruzar un prado y pensar solamente que viven en paz, que son seres hermosos.
Hay una tragedia escrita como una ley. E inquebrantable.
Han de morir, en unos meses.
A veces las saludo porque me observan cuando paso frente a ellas. Les digo: “¡Hola guapas, buenos días!” si no hay nadie cerca.
E intento no pensar en lo que ocurrirá, no quiero que puedan intuir mi tristeza.
Todos morimos; pero no con la absoluta certeza de la inmediatez, la norma y la indefensión.
Sobre todo, la inocencia. No lo imaginan, lo sé por sus miradas tranquilas, por sus mugidos perezosos y plácidos. Porque los pequeños a veces juegan entre ellos y se vuelven a tumbar en la hierba cansados. Juntos, como amigos de clase.
Son muy pequeñitos para que alguien les diga la verdad. Las verdades no deben decirse jamás; solo hacen daño y corrompen la alegría.
Yo no podría matar a mis amigos.
Pobres hombres y mujeres que deben hacerlo.
“¡Adiós bonitas, hasta mañana!” me despido de ellas con la alegría más triste del mundo.
La belleza de la montaña encierra una tragedia que colapsa la alegría.
La belleza es un animal venenoso de atractivos colores.
Es como si hubiera una norma que dijera que siempre es un buen momento para la pena y para morir.
No hay belleza sin dolor.
A veces siento un cansancio vital, como si no quisiera saber más, ver más.
Ya lo he vivido todo.

 

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Iconoclasta
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Cromatófobo

La monocromía grisácea me da paz y serenidad. Los colores y su brillantez dispersan mis pensamientos y se tornan volátiles y erráticos.
Banales.
Y es lógico, cuanto más me adentro en mí, más oscuridad.
En lo oscuro reside el temor y lo ignoto.
Y el conocimiento insoslayable.
Soy gris y temible en un mundo de color. Me temo a mí mismo. Me frustro continuamente.
Mi cromatofobia es un síntoma de mi alergia a lo superficial.
Algo crónico y degenerativo.

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El otoño es la época más hermosa en el bosque. No solo por los colores, la agradable temperatura que alivia la piel tras el ardor del verano y el olor a tierra húmeda a las mañanas.
Se presta a la ilusión.
Si te detienes frente a un árbol cuando hay una suave brisa, sientes el murmullo de su frondosidad decadente y amarronada. Y llueven las hojas sobre ti. Como si el árbol te acariciara, como si estuviera contento de que lo acompañes en la hora de las hojas muertas y te saluda con una lluvia de mariposas secas.
Adquiere sentido soñar que un muerto querido te saluda también, que ahora es tierra y vegetación y te reconoce.
Sí… El otoño es un buen momento para soñar, para imaginar amores y cariños imposibles o los que ya murieron.

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Forman una bella tristeza estas palabras que no son mías:

«Cuéntame todo de ti.
Hace frío, llueve fuerte y una bandada de aves parece un dragón que te trae a mí.»

Quisiera tener arte y sensibilidad para escribir algo tan hermoso.
Tan fulgurante y demoledor como un rayo de luz que me arranca de las sombras.
Exclamar con tan pocas palabras la tragedia de amar.
Antes de morir…

Los muertos no son envidiados
No celebro el día de muertos, me costó mucho olvidarlos.
Y como los recuerdo la última vez que los vi, no me gustó.
La piel cerosa, pálida y fría. La carne átona, la nariz hinchada.
Enfriaban el aire.
No hay belleza alguna en los muertos por mucho que los decoren.
¿Por qué se empeñan en celebrarlos por mucho que fueran queridos?
Porque temen que al morir los abandonen. Que se queden solos en sus tumbas.
Como si no murieran, en definitiva.
La celebración de los muertos es un acto interesado que busca la compañía en la muerte propia.
La tradición está formada por dos partes de miedo, una de ignorancia, otra de usura y otra de ingenuidad, de inmadurez.
Aceptar que los muertos no viven, no oyen, no ven, no hablan; es aceptar la muerte con serenidad, una consecuencia natural.
La cobardía es incompatible con la serenidad y la naturalidad.
La cobardía engendra inquietud y usura sentimental y económica.
La humana hipocresía es la cara oculta de la envidia. Esa envidia que hace odiar en vida a una persona y cuando el envidiado muere, es a veces admirado.
Los cadáveres no son víctimas de la envidia, aunque murieran por ella.

Humillación

Pienso en ti y me pongo caliente, necesito tocarme soñando que te lamo toda, que entro en ti. Tu coño se contrae y a mi bálano oprime y estrangula, muy adentro.

Como un indecoroso abrazo.

No es una banalidad, hay una tristeza infinita en la leche que se enfría entre mis dedos.

Si fuera simple obscenidad, no me sentiría tan desdichado al correrme.

Podría explicarte las infinitas veces que pienso en ti a cada instante; pero no sería tan impactante como la humillante imagen de un hombre eyaculando en soledad, escupiendo el semen sin alegría.

Sin placer.

Avergonzado de mí mismo.

El cigarro se ha pringado de leche entre mis dedos y crepita la indecencia humillante al quemarse.

No son palabras de amor romántico, es mi propio castigo vejatorio ante ti.

Es la sangre que se agolpa furiosa donde mi instinto animal dicta. Estoy abandonado a mi animalidad.

No sé porque me castigo, no tengo clara la causa; pero algo malo que no recuerdo he debido hacer si la vida no me permite despertar a tu lado.

Sé muy bien que no he cometido un acto tan grave para pagar con semejante condena: estos amaneceres sin ti.

No puedo evitar buscar e inventar causas que me expliquen porque este semen no se escurre por tu coño con tus gemidos y respiración entrecortada.

Tal vez hice algo muy malo en otra vida, si eso fuera posible: vivir de nuevo.

No quiero esperar a vivir de nuevo, es demasiado tiempo para tenerte.

Es un engaño, no hay segundas oportunidades.

Un engaño para los frustrados, una esperanza pueril.

Solo que no es pueril penetrarte y oír tus obscenos gemidos.

La frustración no me engaña, soy un hombre que se corre amándote con una tristeza infinita. Es lo que hay, lo único.

Morir con los dedos húmedos del lácteo deseo…

Es lo que toca, es mi futuro.

Mi humillante final.

Y te amo.

Impúdica y profundamente te amo.

 

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Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

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La vida es color dicen; pero algo ocurre en mi cerebro, que codifico los colores en grises y a la luz amenazada por la penumbra.
No quiero la banalidad del color, quiero la lucha entre luz y oscuridad. La tétrica serenidad de la monocromía que evoca muerte, tiempos ya perdidos…
Mi pensamiento denso y potente no busca paz o alegría, solo quiere trascender a través de la cruda y descarnada realidad.
Porque de alguna forma, soy capaz de sonreír y amar en lo gris y en la penumbra.
Tal vez soy alérgico al miedo y la tristeza.
Tal vez tengo un problema en mis retinas; pero no usaré colirios.
Está bien así, no puede hacer daño.

100 muertes por minuto

Los escritores viven a una velocidad de 100 muertes/minuto hasta que al final les es concedida.
Escribir es una enfermedad degenerativa: degenera la humanidad y el ánimo de quien la describe.
Los hay que escriben de esperanza y amor; pero no son escritores, son charlatanes, vendedores timadores con un frasco de curalotodo en la mano. Rodeados de palurdos que se plantean comprar ese agua sucia que anuncia.

Deslizarse
Cuando viajo en tren a través de un paraje neblinoso, no puedo evitar observar con anhelante atención los misteriosos contornos que pasan veloces al otro lado del vidrio de la ventana.
Y sin darme cuenta imagino cosas.
En ese mismo instante, en algún momento que no puedo concretar, el tren y lo que contiene enmudecen.
Y el mundo.
Mi pensamiento se desliza suave en la nada que forma la niebla.
Cuando entras en la enigmática niebla desde el otro lado del cristal, simplemente te deslizas.
No hay ruedas, no hay movimiento ni vibración.
La niebla borra lo que soy y lo que fui cuanto más me adentro en ella.
O es muerte pura, o es una alegoría intranquilizante; pero con el alivio de ser concluyente.
Yo y la vida nos deslizamos silenciosos, haciendo borrosos los rostros muertos y vivos, los amores y los odios.
Porque no recuerdo ya el rostro de mis muertos mudos, como los quería…
En la niebla parece que el amor se rasga con las difusas ramas. Se emborrona como la palabra bañada por una lágrima en el papel y siento no ser nada ni de nadie.
Lloraría por el amor que se desliza difuso al otro lado del cristal y me deja, me diluye en una pena que solo alivia el silencio y la soledad de un deslizamiento.
Siento que es tarde para pertenecer a nadie.
Siento que no quiero ese esfuerzo ya.
Soy el borrón de un árbol, un poste desdibujado y abandonado en esa insondable voracidad de olvido y silencio.
Me deslizo y sé que continúo en un tren por ese vidrio que se empaña con mi aliento y me separa de la muerte borradora que en algún momento accederá al vagón como otro pasajero más.
Y deslizándome, sé que no tendré miedo a la niebla que me hará jirones el pensamiento y el cuerpo.
Y me da miedo no temerla.
Acariciarla a través del vidrio deslizándome, diciéndole secretamente que quiero ser parte de ella.
De un mundo difuso e irreconocible.
Deslizarse como una lágrima por la mejilla… No es difícil.

 

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Iconoclasta
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Mi templanza copy

Solo por ti evito el vómito que provoca el hastío de vivir aquí y ahora.
Amarte hace las repentinas náuseas menos frecuentes y más soportables.
Y el odio más inteligente, más templado y frío.
Tú acaparas toda mi pasión.
Eres la razón de mi serenidad y templanza; y única esperanza de dicha.
Mi natural odio hacia la humanidad se ha convertido en una conclusión meditada y medida, amarte despeja el caótico horror de una vida donde la mediocridad es una espesura nemorosa asfixiante.
¿Sabes, cielo? Los muertos no dan paz; solo libertad, más espacio.
Un muerto más es un poco más de espacio para respirar; un obstáculo menos para abrazarte.
Algún provecho tenía que tener tanta muerte.
Sé que algún fallo hubo en mi concepción, que algo no salió conforme al patrón humano. No me gusta esto, amor.
Sin ti estaba abandonado aquí y ahora.
No hay pasión en lo que escribo sobre la muerte de los otros.
Porque la pasión juro que es solo para ti.

 

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