Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

Ríos y ríos de gente

¿Cuánto dura un río en escala geológica? ¿Una semana para que un terremoto varíe o ciegue su cauce?
¿Y un ser humano? ¿Tres o cuatro centésimas de segundo?
Ni puta idea; pero ha de ser muy poco tiempo.
Observar el planeta es caer en la cuenta de lo efímera que es la vida. Con solo coger una piedra, te das cuenta de todos los años que no vivirás jamás.
Puede deprimir un poco; pero es mejor que vivir-morir ingenuo y engañado.
Si uno se da cuenta de la brevedad de la vida, concluye que perder el tiempo es uno de los más graves errores que se pueden cometer (letal). Y la peor forma de perder el tiempo, es ignorar lo que en verdad uno respira.
Es suicidio privarse de cualquier placer por muy pecaminoso e indecente que sea.
Incluso el río no tiene más remedio que soportar cosas que no le gustan; porque hay gente donde debería haber solo águilas.
No está bien, el ser humano es infestación que gracias a medios artificiales llega a lugares donde antes no podía.
Sin cansarse, sin ser fuerte.
Eso me recuerda que ya nacen todos. No es crueldad, es un hecho maligno para la humanidad.
Alguien (todos) podría decir que es bueno. Que es magnífico poder disfrutar de lugares a los que antes no era fácil llegar.
A mí me desagrada, no es lo que quiero ver.
Me gustan más los animales de cuatro patas y con plumas (para follar no, solo follo mujeres).
He visto un pastor que acompañado de un perro, conduce una oca de caminar muy erguido hacia el remolque de su camioneta. Y cien turistas aplaudir semejante aburrimiento.
Los turistas aplaudirían mi pierna podrida si pudieran fotografiarla.
No, todo carece de dignidad, siento vergüenza ajena y hastío.
Los hay que me observan con curiosidad escribir en mi cuaderno, sobre la mochila y con un cigarro colgando de la boca. Si supieran lo que escribo, pensarían que soy un amargado. Acertarían los muy sagaces.
Soy un amargado que procura empeorar cada día más.
Me gustan las nubes tan bajas y grises que se acercan tapando el puto sol. Es el primer gran ejército de nubes en dos meses de calor, la primera horda que marca la cercanía de la muerte del verano. Lo están cercando.
Las águilas podrán volar tranquilas. Y yo no pensar oscuramente, cuando esas nubes arrastren a los que no deberían estar, unas semanas más adelante.
El viento fresco me relaja y me roba las palabras que intento escribir: «Deja de escribir y solo fuma», parece decir acariciando la piel negra de mi pierna secreta y podrida.
Me parece bien.
Dejo de escribir por un rato, aunque me quedan unas milésimas de vida.

 

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Iconoclasta
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Cansado y cabreado
Estoy sentado en un banco de madera que supura resina por el brutal calor que hace. Sudando, cansado y enfadado (el dolor y el cansancio no me deprimen, me llenan de ira y octanaje); tras cuarenta minutos de pedalear cuesta arriba.
El cigarro humea desde mi boca y se suma la sudor para irritarme los ojos; pero fumar es mi premio. Le gusta a mi organismo, a mi pensamiento y relaja los pulmones asqueados de tanto aire puro de la montaña.
Dos ciclistas cordiales y amigables se detienen frente a mí justo en el momento que doy una profunda calada al cigarro, toso y escupo.
Se miran el uno al otro como idiotas sanotes ante la verdad revelada: fumar es un vicio asqueroso y malsano.
Lo único malsano y asqueroso es obedecer, trabajar y cobrar una mierda, les respondo con una sonrisa sarcástica sin pronunciar palabra.
Además. dos contra uno: mierda para cada uno.
– ¿Cuánto queda para Girona? -me pregunta uno tras un saludo cordial que me aburre intensamente.
Me gustaría decirles que queda justo lo que tarden en morir, toda la vida si quieren.
Yo sé donde está esa ciudad. De hecho, no quiero saber de ninguna granja humana.
– No lo sé; pero en cinco minutos encontraréis un cruce con una carretera y sus indicadores.
Y me callo decirles que comprar un mapa no es una gran inversión, aunque con toda probabilidad, no sabrían sacar información útil de él.
En lugar de decirles que no me importaría si los aplastara un coche, les digo adiós con el cigarro colgando de la boca.
Y escribo los pequeños actos de hastío y mediocridad que protagonizo aunque no quiera ni lo pida. Y así al morir, que nadie pueda pensar que fui una buena persona.
Soy alérgico a las santidades.
Y encima, las mariposas revoloteando por aquí: como si hubiera que darle un toque cursi a lo aburrido.

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Cuando el día está nublado me oculto de mí mismo en la zona más oscura y llego a sentir, al ver la escasa luz, que me encuentro en otra dimensión. Que la luz es peligrosa porque muestra lo que soy.
Como si fuera alienígena y no una mediocridad cojeante.
Vivir oculto… vivir a salvo.

 

La verdad de las cosas hermosas

La verdad de las cosas hermosas se muere entre los embates de mil imágenes y sonidos vulgares, entre ingenuas, indignas e imposibles ambiciones.

La nobleza y el valor sucumben ante ídolos de plástico sin mérito, marcados con muchos logos.

Y el vuelo de un águila apenas llama la atención cuando se mira con ojos idiotas la pantalla de un teléfono. Un animal bebe en el arrollo y provoca una ternura que es todo lo contrario (de una forma muy tóxica) de lo que siento por la humanidad.

Se crean de la nada, como malos hongos, los malos escritores de una frase y aparecen acomodados e indignados defensores de la libertad y la justicia, que teclean sentados sobre sus gordos y fofos culos.

Las cosas bellas son arrolladas por aludes de mierda que bajan veloces por un vertedero.

Y los que no deberían haber nacido babean por el coño de una puta de revista que no pueden pagar. Sufren por el coche que no tendrán jamás sin vender el ojo del culo a un banco.

Yo vomito en la intimidad del bosque, me purgo todos los días de tanta mierda que me hicieron tragar y cuido e hidrato el ano que tantas veces me rasgaron.

Solo que no aprendí, yo no aprendo, no lo necesito. Nací sabiéndolo todo y deseaba buenos días con una sonrisa a quien quería ver muerto.

Pido y deseo la guerra, el hambre y la enfermedad en todos los rincones del planeta.

Que los muertos bajen como troncos río abajo, a centenares por minuto.

Que todos los humanos sufran como la verdad de las cosas hermosas agoniza entre la hipocresía, la cobardía y la estupidez.

Si Dios existiera, sería YO. Y no estaríais leyendo esto, bajaríais putrefactos río abajo, con los ojos comidos por los cangrejos.

La verdad de las cosa bellas no da serenidad a mi ánimo; no aplaca la ira, el odio y el asco. Los magnifica hasta crear una apasionante literatura misántropa.

Y me gusta, ya hay demasiados filántropos en el mundo, hay que equilibrar tanta bondad de mierda.

 

 

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Iconoclasta
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Rincones ocultos

Hay rincones ocultos que no tienen interés arqueológico, paleontológico o antropológico.
Se trata de intimidades y deseos que a la humanidad y su aburrida y repetitiva historia no le importa.
Tu coño es mío, solo mío. Y tuyo…. Tú lo haces resbaladizo.
Que se joda la humanidad y sus anales.
Tu ano es más fascinante que los anales de la historia.
Hay rincones ocultos, como tesoros que los idiotas sueñan y buscan sin encontrar, como cerdos frustrados que no encuentran la trufa.
Yo soy un sabio respirando entre tus muslos.

Una palabra imposible

No existe una palabra amable para lo que a veces ansío y necesito.
No puede existir una palabra para algo que no existe.
Busco, quiero una palabra que signifique con rotundidad y sin ambigüedades: morir un rato.
Desaparecer sin más y volver a aparecer de nuevo sorprendentemente. Aunque sea con un poco de dolor de cabeza.
Es para dejar de pensar por un tiempo.
Pensar o soñar no es ningún descanso.
El coma no es muerte. Siempre que llega sangre al cerebro, hay actividad.
Me pregunto porque no deseo simplemente morir sin más, para siempre, de una vez por todas.
Tal vez sea porque mi imaginación se niega a ser mediocre y está asqueada de tantos tópicos: un trabajo para toda la vida, un amor eterno, una felicidad duradera, una muerte eterna…
Todo lo que se desea es popularmente largo. Y lo largo se hace monótono, se transforma en hastío, el hastío lleva a la desesperación.
Y la desesperación es un expreso directo a la podredumbre del ánimo.
Por eso escribo de una muerte corta, lo que llevará inevitablemente a una vida corta. Así, muriendo solo un rato, despiertas con la mente reiniciada. Se borran los recuerdos, las experiencias, las intuiciones.
La sabiduría, la deprimente sabiduría, deja de existir.
De hecho, no recordaré si padecí una corta muerte o una corta vida; pero la retórica absurda es un recurso divertido en este mundo aburrido y predecible
Eso es morir un rato.
Y si ocurre, es que has vivido brevemente.
Lo imposible puede tener posibilidades realmente ingeniosas y jocosas.
Así que solo me conformaría con morir un instante.
Y ese instante de «x» tiempo, que me lleve a resucitar en un tiempo distinto, mejor o peor. Donde no conozca nada ni a nadie.
La gracia de morir un rato, podría confundirse con la reencarnación o metempsicosis, pues no.
Morir un rato es no volver a pasar por las desagradables infancia y adolescencia.
Quiero morir un rato y despertar adulto, potente y con los huesos endurecidos.
Deslumbrado por la vida y comenzar a sentirla y sintetizarla desde el primer instante, aunque despierte con un coágulo en el cerebro.
Aunque sea tan solo para vivir un rato.

 

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Iconoclasta

Fumándote

¿Ves, cielo?
La montaña fuma ostentosa y melancólicamente, como yo pensándote.
Solo que ella es majestuosa y yo soy nada.
No tenemos otra cosa que hacer.
No podemos hacer más que añorarte.
A lo lejos suena U2 y su With or without you (Contigo o sin ti), en la plaza del pueblo.
Y parece que el mundo entero te piensa y te fumo solo lejos de la muchedumbre, frente a la montaña silente.
Está bien, amarte es un acto íntimo y secreto.
Pienso en la calcinación de los huesos y la carne y el humo y la ceniza.
Y el viento que lleva cosas a lugares que no llegamos en vida.

Larga duración
No tiene gracia que una pertenencia dure para toda la vida. Ha de haber renovación.
Toda la vida viviendo lo mismo…
Toda la vida yo sin esperanza de que una mañana sea otro.
Hay quien se siente orgulloso de su reloj de toda la vida.
Yo no puedo.
Algo demasiado longevo indica que el tiempo ha pasado sin que ocurra nada. Y que hay cierta obsesión en el cuidado de las cosas y el personal.
Demasiada obsesión.
Nada cambia para muchos, igual que la historia humana: la misma envidia, la misma idiotez, la misma miseria, la misma esclavitud, la misma vanidad absolutamente injustificada: cerdos que ven belleza en el espejo…
Las mismas carencias nacidas de la cobardía.
Follar es feo decirlo, causa vergüenza; pero hacerlo no causa inquietud alguna. La palabra sigue causando estragos en la moral humana.
En la ignorante moral humana.
Hipocresías que se aceptan borreguilmente.
Todo lo malo dura una eternidad.
Dios es una vaca desangrándose colgada de los ganchos de un matadero.
Y la felicidad es un estado de permanente idiocia.
La felicidad y la fe, a dúo; solo existen en cerebros planos, poco eficaces.
Cerebros longevos que eternizan lo mismo, los mismos días, las mismas palabras mal escritas, mal pensadas, mentirosas.
Siento asco por los insectos, si fuera gigante contrataría a una empresa de desinsectación para que eliminara esa minúscula ciudad de mi jardín y sus habitantes.
¿Cuánto tiempo llevo escribiendo?
No mucho, ha sido un pensamiento corto que ya ha muerto.
Cuando el pensamiento ha adquirido tres dimensiones, es cosa, es acto.
No me importa lo mucho que duran las palabras, porque no están pegadas a mí.
No las veo en mi cuerpo al despertar. No van prendidas de mi cuello o la muñeca. No he de subir en ellas para ir a un trabajo eterno de esclavo.
Y cuando las leo, no entiendo como puedo haber escrito eso.
Que las palabras duren largo tiempo, me parece bien.
Indiferente.
Pero mi larga vida no me es indiferente, ni la de ellos los ajenos. Los que no quiero.
Un escritor tituló su novela: La insoportable levedad del ser.
Los seres no son leves, duran millones de años, duran toda la vida.
De lo que realmente se trata es de la desquiciante longevidad de las cosas y los seres.
Breve es su placer y el mío, cuando agitando sus pechos contraídos y agitados, se convulsiona y se deja caer encima de mi pecho, jadeando: «Me corro, me corro…».
Si la felicidad existe, solo dura unos segundos.
El rey ha muerto. Bien, que siga muerto que no viva más, ya ha habido suficiente.

 

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Sin sutilezas

Y si digo que te quiero, no hay sutileza alguna en ello.
Adoro tu pensamiento y ansío follarte. Metértela.
No puedo querer a un cerebro o a un coño simplemente.
Entendiendo esto, es legal que bese tus pezones con obscena devoción sin menoscabo de tu mente.

 

El cuerpo

Soy un torso diferente al de Cristo.
No busco redimir a nadie ni predicar amor gratuito.
Yo extiendo mis brazos para soportar el peso de la vida.
Y cuanto más pesa, más fuerte me hace.
Llegará el momento de romperse, los huesos de los brazos y el pecho estallarán en una nube de astillas; como madera seca…
Bien. Mejor que morir aplastado lenta y anodinamente.
Sin cuerpo mi pensamiento sería un vapor nada más. Debo forzarlo para que quepan dentro más ideas, más trascendencia.
Más obscenidad, más paranoia.
No tengo otra cosa que hacer mientras muero.