Archivos de la categoría ‘Maldito romanticismo’

Desahuciados

Desahuciados (1) son seres sin presente económico ni posesiones; con una deuda insalvable. No pueden habitar una casa.
Desahuciados (2) son seres con una enfermedad incurable y mortal a corto plazo.
¿Quién tuvo el acierto de usar «desahuciados» para los enfermos?
La administración pública, los bancos y las empresas.
Y es que el enfermo no está desahuciado, lo desahucia el poder (esos tres entes mierdosos). Lo desahucian porque no tiene futuro a largo plazo, es tan arriesgado un crédito, un trabajo… Y para mayor inri, pronto dejará de pagar impuestos.
Esto prueba que el dinero es lo más importante en la vida. El dinero está presente en todo momento y es decisivo para el amor, el sexo y la salud.
Lo segundo más importante es el sexo, porque es un instinto reproductor, con breves destellos de fantasía en algunos individuos. Y lo tercero es la salud.
El amor es una confusión momentánea, algo pasajero que se muere con el día a día.
Que nadie se engañe, el dinero compra o provee sexo (amor), salud y una casa.
Cualquier otra consideración o prioridad en la vida social, es mentira o ingenuidad.
Desahuciados (3), son los metafísicos, los que se proponen ser ingenuos a pesar de que no tendrán un final feliz. Nos desahuciamos nosotros mismos del mundo cuando despertamos con una tristeza que hace doler el cuerpo. Pensamos en los años perdidos sin haber conocido otra cosa más que una formal y correcta familia, un trabajo miserable y una patética y triste ciudad-pocilga. Buscan y rara vez consiguen morir con la serenidad de estar en el lugar y tiempo correcto.
Tienen en común todos los desahuciados, su asco y fobia hacia los no desahuciados que no tienen ingenuidad porque no pueden crearla en su mínimo cerebro. Los no ingenuos, se revuelcan en sus propios excrementos asumiendo su vida como plena a pesar del hedor que los rodea.
Yo soy un ingenuo a conciencia, aunque me joda, soy la acepción 3 y no es un orgullo, es un tormento.
La gracia está en que yo elijo mi propia tempestad.

Los tañidos del deseo. Tel Samsung.

El monasterio es casi tan viejo como mi pensamiento. Y a pesar de ello, sus incansables campanas marcan las horas infaliblemente.

Las horas de besarte, abrazarte, follarte…

Si hubieran sabido aquellos benedictinos, que cerca de 1200 años más adelante, sus tañidos serían confundidos con la llamada del deseo; en el monasterio no habría una virgen.

Ni tendría su nombre.

Besaría las piedras de sus milenarios muros cuando las campanas toquen el arrebato de la pasión. A cada hora, a cada media, a cada cuarto…

¿Ves cómo es mi amor de antiguo, amada mía?

Soy un amanuense preso en un scriptorium, pergeñando frenético en recias y toscas hojas de papel las indecencias y blasfemias de amarte con cada tañido.

A cada hora, a cada media, a cada cuarto…

 

 

(Foto: Monasterio de Santa María de Ripoll, idealización)

 

 

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El cielo colosal

Me apresuro a subir a un lugar alto cuando colores y contrastes crean un momento en el que pierdo un latido del corazón.
No pienso en que el cielo me aplaste con su silencioso avance.
Ni le reprocho que me ignore.
No tengo miedo, solo sufro frustración.
El corazón se detiene epatado por la grandiosidad de todo.
No quiero estar debajo, quiero estar dentro. Quiero ser arrastrado, no ser un insignificante humano.
Quiero ser una enorme y hermosa cosa que avanza sin sentir, haciendo infinitesimal y anodino todo lo que por debajo de él está.
No sé… Ya no sé si es un puente donde estoy o es el presbiterio del Templo de lo No Humano y Colosal.
Y yo, un ocasional sacerdote rogando que le lleven.

El final

Solo una sombra

No pido mucho, incluso demando no vivir del todo.
Solo quiero ser una fría sombra, incorpórea.
Un suspiro de deseo feroz, oscuro y frío.
Un fantasma, un anti héroe del amor.
Sería la forma perfecta de deslizarme por tus piernas. Arriba, a lo profundo.
Cubrir de mí tus muslos calientes para que cedas calor a mi oscura frialdad.
Es una ley termodinámica y el principio fundamental del amor: el intercambio de temperatura. Lo frío roba el calor que necesita.
El tuyo…
Ese calor que radia de esos mudos y secretos labios que tus muslos esconden.
Me basta con ser incorpóreo, un frescor en tu coño caliente; sin que nada ni nadie pueda evitarlo.
Ni tan siquiera tú al ver la sombra que te cubre.
Un soplo que separe tus piernas. Un frío penetrante que cierre tus puños con fuerza y lujuria. Desesperada…
Seré la oscura blasfemia lactante en tus pezones y los erizaré hasta que te muerdas los labios y te sangren de placer.
No… No quiero ser carne, sería imperfecto, no bastaría para cometer todas las inmoralidades que deseo hacer en tu piel.
Dentro, más adentro…
Penetrar en tu mente por la boca, como un hálito frío. Y poseer tu pensamiento.
Esclavizarte de amor.
Follarte impunemente, salvajemente.
No quiero el cuerpo, la carne no permite que te joda tan profundamente.
Quiero tus dedos en tu propio coño, acariciándome, excitándome. Porque estaré ahí.
Eyacular mi suspiro y que se derrame en torrente salpicando tu vientre. Un oscuro soplo en tu coño palpitante.
Tal vez ambiciono demasiado.
Tal vez te amo desesperadamente.
Ser la sombra, la oscuridad que te adora…

Labitur umbra corpus.
(Una sombra que se desliza por tu cuerpo)

 

 

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Iconoclasta
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El oráculo

Hay quien ve cosas en el poso del café, en las tripas de los pájaros, en piedras lanzadas como dados…
Yo leo en él la vida que se quema segundo a segundo. Cada colilla encierra un universo de ordinarias verdades incineradas y volutas de sueños que han volado suaves muriéndose en el aire.
Mi oráculo es sórdido, feo.
Es justo el reflejo de un tiempo y lugar que no he pedido.
Y dice que hay que morir, lo simplifica todo.
Y es de agradecer.
Es mi epitafio y mi regalo a los dioses y a los que creen serlo.
Ceniza y colillas y unos dedos amarillentos removiendo toda esa miseria…
Soy el sumo sacerdote del Cenicero Triste.

Roma no existe

Porque todos los caminos conducen a ti. Las encrucijadas no señalan el camino a Roma, París o la cochina ciudad que sea.
Mi dirección es hacia ti.
Viajo directo, brutal, encelado y sin una sonrisa hacia tus brazos y los pechos en los que he de reposar mi rostro cansado.
Porque todos esos putos caminos son largos, más de lo que puedo vivir.
Y pienso en el corazón y el infarto. En el destino y la muerte. En la eternidad y tú mi diosa.
En el aire que respiraré de tu boca y en un cigarro que se me quema entre los labios mirando el lejano horizonte donde habitas.
El mundo no es un pañuelo, es un pantano de arenas movedizas que me devoran un poco por cada paso que avanzo hacia ti.
Podría ser peor: que fueras un sueño y morir no tuviera gloria alguna.

Yo y Jesús

Se me ha aparecido Jesucristo cuando fumaba un cigarro, en una pausa durante la subida a la Sierra del Loco y le he dicho:
-Ahora no. No me jodas.
Y he seguido fumando.

El alma arrugada

Ocurre sin motivo aparente, como una aleatoria reacción química: se desprende una lágrima que corre por la mejilla y desaparece en la comisura de los labios.
Es el roce de su caída por el rostro una caricia tierna e incomprensible que sacude una emoción profunda que me lleva a buscar oscuridad; pero cuando el sabor salado impregna la boca, convierte mi alma en un papel arrugado por un puño inmisericorde.
Y pienso, aunque no quiera, que hay infinitas razones para llorar. Tan solo dos o tres para no hacerlo.
El sabor de la melancolía, la tristeza y los dolores es salobre y no da consuelo.
Se nubla la vista porque esa lágrima provoca otra, y otra, y otra…
A veces se rompen muros de contención.
Hay días para un llanto de sereno dolor, de bella melancolía.
Y siento que soy papel arrugado, que un puño invisible se cierra en el corazón y sin querer, llevo la mano al pecho para mitigar algo que está demasiado profundo.
La mano hace lo que puede.
Pobre mano…
«¡Por favor, ya está bien, ya vale! ¿Qué ocurre? No es necesario esto», me digo mirando la penumbra a través de una nebulosa húmeda con ojos desenfocados.
No quiero verme a mí mismo, quisiera fundirme con la oscuridad y dejar de sentir.
No quiero ver las lágrimas.
Cada lágrima refleja muertes pasadas, cosas malas que ocurrieron y cosas hermosas que no ocurrirán.
Hay un niño reflejado, encerrado en una bola de cristal. Marchito por la sal de las lágrimas. Y sonríe, no sabe que murió.
Él nunca supo que habrían llantos traicioneros e imparables.
Riadas de pena…
Siento una ternura infinita por él, porque no sabía lo que iba a ocurrir. No podía imaginar tan pequeño, que habían tantas cosas imposibles.
Tantas malas personas…
Me parte el corazón verlo sonreír en su lágrima de cristal.
Yo no podía saber entonces…
Hay amores que se deslizan ahogados por el rostro.
Sueños ajados que tiñen de negro las lágrimas.
Las últimas llevan muerte, que es paz y descanso. Esperanza de que este llanto ya no puede durar demasiado.
No quiero que las vea el pequeño de la lágrima de cristal, que siga sonriendo.
Y por fin, tras el llanto, llega una triste sonrisa de comprensión y ternura.
Todo lo que quedará de tanto llanto, es solo eso: un papel arrugado.
Y mi alma en él.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

No del todo imperfecto copy

Soy la imperfecta esencia de la inconformidad, si fuera perfecto, no amaría, no desearía.
No sé si es bueno o malo.
Soy la perfecta incongruencia humana. No soy humano; pero sí.
No sé, es confuso.
Soy el que besa los labios de su rostro y los labios secretos e íntimos que esconden sus muslos.
Soy una obscenidad imperfecta contaminada ocasionalmente de amores y ternuras. Y de iras babeantes.
Soy una muerte perfecta, imparable, incansable. Cada día más cerca de ser nada, cada vez más lejos de su coño.
No hay días perfectos, no hay días gloriosos.
Solo agotadores, como cuando la lluvia hierve sobre la piel y el sol evapora mi pensamiento.
He visto una pequeña serpiente muerta en el camino, demasiado pequeña. Le he dicho adiós con el pensamiento y he mirado al cielo.