Hay un ala especial en el manicomio: el pabellón de los enamorados.
Somos los enfermos más ridículos del mundo.
Dicen que amar no es locura, es virtud, es necesidad; pero somos la práctica demostración de que el amor tiene sus leyendas.
La enfermedad comienza al convertir el amor en sueño o fantasía, en esforzarse en otorgarle toda esa importancia que lo constituye como un elemento necesario en la atmósfera para poder respirar.
Ahí radica el problema, porque hacer sueño del amor es despertar y sufrir la paranoia de que es una pompa de jabón estallando en el aire.
El amor es demasiado volátil, voluble…
Te despiertas aterrorizado ante la posibilidad que el amor sea el sueño que muere al despertar. Requiere convencerse de que es táctil y suplicas palabras de amor a quien amas.
Y quien amas, se asusta de toda esa paranoia.
Dime que no me faltarás nunca, mi bella diosa de la locura…
El amor requiere no despertar jamás, estar en ese limbo de romanticismo y sexo. Porque si un día faltara, faltaría el aire.
Si un día no está ocurre esto: la cordura es la que estalla en el aire.
En el pabellón de los enamorados los locos observamos inmóviles durante horas el aire a través de las ventanas enrejadas, buscando el amor en forma de amebas translúcidas, que es el ideal de espejismo para algo tan sutil y tan efímero como es el amor.
El amor no se entiende sin lo carnal y el sexo se convierte en devoto, sagrado, puro, pornógrafo, cruel, humillante, sucio, sangriento… Según la paranoia de cada cual.
Demasiado sexo, demasiado complejo, el amor lo complica todo.
O tal vez sea que complicamos el amor. No podría asegurar nada, al fin y al cabo estoy loco.
Al sexo le basta con ser brutal en su pasión.
Ojalá lo pudiera decir siempre y no solo bajo el efecto de los medicamentos.
No debí convertir el amor en una representación teatral; pero mi vida, mi rostro es el ejemplo que figura en las enciclopedias como mediocridad tipo.
Soy aquello que nadie jamás debe ser.
Tuve la ilusión de que el amor me haría especial.
Me dosifican drogas para no soñar con el amor. Y sueño que soy lo que veo en el espejo, algo anodino, algo banal que no importa.
Me despierto con la certeza de ser un mierda y todo está perfectamente controlado para no desangrar toda esa miseria que soy con una cuchilla, o colgarla por el cuello de un cinturón, o de una sábana en una tubería. No me dejan intimidad ni libertad para salir de aquí en una camilla con ruedas hacia la morgue.
Los sueños son efímeros, ergo el amor lo es.
Y por ende la cordura.
Todas estas consecuencias, hacen la vida desesperadamente larga.
¿Cómo no estar loco? Es una condena, un filo constante en el cuello ante la posibilidad de morir asfixiado porque faltas en el aire.
No puede ser… Fue un sueño. No te corté la cabeza, para tenerte siempre cerca de mí y besarte al despertar. Fue una pesadilla, no fue real.
Yo no follé tu cuerpo sin cabeza. ¿Cómo pueden pensarlo?
Toda aquella sangre que inundó mi boca al besar la tuya…
Aquella erección brutal…
El sueño a veces se hace pesadilla.
Es la pesadilla de ellos, los que no tienen amor.
Los enfermos del pabellón de los psicópatas asesinos son los seres más patéticos del mundo cuando no pueden bañarse en sangre.
Los celadores del pabellón de los enamorados no nos dejan suicidarnos, pero nos lastiman los genitales con cigarrillos y nos dicen que no es real, que es un sueño.
Y ríen, y ríen, y ríen, y ríen…
Y sueño que beso tu lengua púrpura sin sangre sosteniendo tu cabeza entre mis manos, cuando la brasa del cigarrillo crepita en la piel de mi glande y ellos ríen.
Pero no duele porque te sueño, porque te amo.
Posts etiquetados ‘deseo’
El pabellón de los enamorados
Publicado: 14 agosto, 2015 en Amor cabrónEtiquetas:amor, Amor cabrón, deseo, fantasía, Iconoclasta, locura, Pablo López Albadalejo, psicosis, sueño, Terror, Ultrajant
La curvatura de la dulzura
Publicado: 3 marzo, 2015 en Amor cabrónEtiquetas:amor, Amor cabrón, deseo, fonética, Iconoclasta, Pablo López Albadalejo, pasión, sensualidad, Ultrajant, voz
Hay voces dulces de principio a fin, premeditadamente sensuales. Desde la primera sílaba de la oración hasta la última. Son bonitas; pero su profundidad, en caso de tenerla, se diluye en la monotonía, en la regularidad.
No soy fonólogo, por eso llevo desventaja, por ello he tardado más tiempo en descubrir su secreto.
Ahora su fonética atractiva hasta la desesperación, y el misterio que conlleva, tiene una explicación, un origen.
Disfruto de ello con pleno conocimiento.
Me embrutezco…
No intentéis hacerlo en casa, porque no existe una especie igual.
La he oído cientos de veces hasta entender. Esto no es un tratado informal y romántico, es la verdad tan profunda como sus cuerdas vocales están insertadas en su hermoso cuello.
Hay que escuchar atentamente cuando amas, es una norma de obligado cumplimiento. No se trata de atender al significado de las palabras, sino su dicción, su fonética pura; es lo que da realmente sentido a todo lo incomprensible que me provoca. Es el sonido de ella misma.
Este nivel de profundidad se logra cuando se ha aceptado plenamente como algo habitual e inevitable el movimiento de sus inmensos labios, cuando dejas de colapsarte, para simplemente admirar. Como la primera vez que un cuadro te impacta y con el tiempo, aprendes a admirar los detalles y fragmentos por separado.
Así es ella, la amas de repente y luego viene el conocimiento profundo, detalle a detalle, con pasión controlada, con la admiración de descubrir un nuevo matiz en su personalidad que incluye el cuerpo. Porque el alma sería un triste vapor sin la piel y la carne del que se alimenta a través de sus sentidos.
Su técnica, que ni ella mismo podría describir, estoy seguro que no ha pensado demasiado en ello; es una depuración basada en el impacto que un depredador podría usar para inmovilizar a su presa. Solo que ella hace gala de una sensualidad desproporcionada para el actual nivel evolutivo de la raza humana.
Aunque ella, en el fondo, sabe de su arte. Ríe satisfecha, la he visto en algún momento.
A veces está triste, porque tal vez cree que no es su tiempo. No aprecian la modulada curvatura de su dulzura.
En una alarde de tierna ingenuidad, ignora su peligro, su cautivadora trampa; como si no la hubiera.
Su voz comienza con un registro alto en las frases, es rotunda y firme; demuestra determinación y sabiduría; luego en un instante, en la última sílaba o palabra, según ella decida, se desliza hacia una ternura inusitada que vuelve el mundo del revés. Y te preguntas que ha ocurrido cuando sientes ese vértigo. Cómo has llegado a sentir esa repentina punzada de atracción.
Cuando te das cuenta de que es más que atracción, ya estás irremisiblemente enamorado.
Y con la siguientes mil frases, si la amas como es debido, consigues identificar con total precisión el momento en el que inicia la curvatura hacia la frecuencia de la ternura y el amor, para suspenderte en el abismo de su propia existencia y mostrar descarnadamente, su profunda sensualidad durante una fracción de un latido del corazón.
Es un depredador sofisticado.
Un animal de amor.
Así ocurre que cuando se adquiere ese conocimiento de su ser, la amas sin atender a la sintaxis, solo a su alma.
Es complicado, puede pensar que en algún momento soy idiota porque no acaba de entender que es lo que no comprendo de una frase de dos palabras.
Entonces su propia dulzura, su sensualidad se convierte en la tuya; porque esas cosas entran directamente en el sistema nervioso a través del oído y de la imaginación zarandeada sin piedad por su voz última.
Se concluye sin justificación, razón o lógica alguna, que la curvatura modulada por su voz hacia la dulzura, que a estas alturas es una sensualidad descarada; es la curvatura de sus pechos, desde el nacimiento en su primera costilla hasta el pezón erecto.
Exactamente el camino que recorre mi lengua para luego cubrir con los labios la cumbre y succionar hasta que sus labios dejen de hablar para separarse y abrirse en un gemido ante mi vampirización.
Que me susurre al oído que es una bruja, separando sus muslos.
Es la conclusión inevitable a su desmesura, a su genética predatoria de amor.
No entiendo sus palabras, solo ese último sonido que me lleva a la sensualidad que sus cuerdas vocales emiten y a sus pechos aplastados contra el mío.
Y cuya curvatura ya confundo.
No sé en qué momento confundí su fonética con la lujuria.
Ya no sé, mi amor.
No dejes de hablar, por favor…
Malditas y divinas deidades
Publicado: 15 enero, 2015 en Absurdo, Amor cabrónEtiquetas:absurdo, amor, Amor cabrón, deidades, deseo, erotismo, humanos, Iconoclasta, Pablo López Albadalejo, pasión, sensualidad, Ultajant
Deidades…
No son lo buenas que se creen.
Esas deidades son como gigantes que toman un bebé con la punta de sus dedos, con cariño y ternura; pero aplastan su pecho y lo matan con su desmesurada magnitud y fuerza.
Las deidades creen que como ellas aman y sienten, aman los humanos. Y les echan al rostro y a la mente toda esa sensualidad y erotismo sin ser conscientes de que los doblan como si recibieran un puñetazo en la barriga. Crean con su poder divino un universo que no está al alcance de los no sagrados.
Sonríen radiantes y nosotros pensamos en como es posible querer tanto en tan poco tiempo, porque no somos dioses como ellas. Sonreímos porque nos contagian; pero hay un profundo amor serio como la muerte en algún punto de nuestro pecho; un dolor de no poder alcanzar, de no ser suficiente para todo esa pasión y deseo que destilan las diosas por cada poro de su piel.
No creía en seres divinos capaces de con el silencio, transmitir su divina existencia. Con sus palabras fulminar mi paz e independencia y convertirme en su devoto amante pequeño.
Infinitesimal…
«Yo soy Dios», quisiera decirle con convicción a la diosa; pero sé que sonreiría con cariño y ternura, como si fuera una pequeña réplica graciosa y barata de un tótem.
Una figurilla coleccionable.
La deidad me quiere; pero no imagina el impacto que tiene en mi pensamiento y organismo. No calibra la magnitud de su ser frente a un humano.
No tienen necesidad de ello, ya hacen bastante con mostrarse con toda su divinidad ante nos; están libres de escrúpulos, son diosas.
Su grandeza las define.
Se convierten sin saberlo, con una exquisita inocencia, en seres crueles que nos enamoran sin ningún reparo. Con toda su belleza inexpugnable.
Tal vez no, sean crueles, pero no puedo ser ecuánime. No soy justo juzgando cuando el mundo lo cubre mi diosa y todo es ella.
Te hacen sangrar el corazón con sus palabas, con unos puntos suspensivos prendidos de sus santos labios…
Hay un cigarrillo consumiéndose en el cenicero al que no hago caso porque la diosa está presente. No es momento para la banalidad, podría morir en cualquier momento, no soy divino. Debo administrar bien mi tiempo.
Yo un ateo convencido, soy ahora un sacerdote pagano.
Soy demasiado viejo para esto… Las deidades son inmortales y su eterna juventud nos hace viejos cualquiera que sea la edad. Ellas marcan las épocas.
Escribo y describo lo inexplicable con suficiente precisión, pero no hay consuelo.
Tal vez quede una esperanza: ¿los dioses nacen o se hacen? Es un problema en el que estoy trabajando.
Me centro en la segunda opción, estoy harto de imposibles.
Si pudiera ser tan solo un poco dios, le haría sangrar los labios con un beso de furiosa y desbocada lujuria. El dolor del amor desatado, desbocado. Una venganza de amantes.
Tal vez no debería ser dios, no tengo medida alguna como hombre.
Porque le mostraría mi polla palpitante y una gota de fluido que se descuelga desde un glande cárdeno por la congestión sanguínea que provoca su cuerpo divino.
¡Ah… La sagrada obscenidad!
Apuñalaría el espiráculo de un delfín sonriente para mostrar que mi crueldad es equiparable al amor que me dobla por ella. Para demostrar que cualquier vida importa menos que amarla.
Mataría hombres que eran tan humanos como yo, para demostrarle mi violenta divinidad. Como un reproche a la esclavitud a la que me tiene sometido.
Aplastaría con mis pies los dedos de un niño que juega en el suelo…
Tal vez no le gustara, pero soy su obra. Tiene que ser consecuente con lo que provoca.
Malditas y divinas deidades…

Iconoclasta
Amante secreto
Publicado: 5 enero, 2015 en Amor cabrónEtiquetas:amor, Amor cabrón, deseo, Iconoclasta, locura, miedo, oculto, Pablo López Albadalejo, pasión, secreto, Ultrajant
Quiero ser desconocido.
Oculto e ignorado.
Que nadie sepa lo que te amo. Que nadie imagine que eres deseada por mi cuerpo y mi alma hasta la obscenidad y la paranoia.
Porque los hay mejores que yo, y si te pierdo, me muero.
Y me da igual morir; pero no así, sin ti.
Podría llorar con solo pensarlo.
No hay nadie mejor que yo, te lo juro, solo tienen suerte. No hay nadie mejor que yo amándote.
Es mi íntima vanidad este deseo titánico por tu piel y por tu pensamiento todo.
Los fuertes y tenaces no tenemos suerte, perdemos y ganamos a pulso, abatidos por el cansancio, con los párpados escaldados por el sudor. Nos mordemos los labios de deseo.
Y los puños.
No es de extrañar esta sonrisa un poco torcida y sangrienta.
No soy inteligente, pero amarte así, no es de tontos.
Tú puedes decir que soy idiota y nadie nos molestará. La chusma está tranquila si no siente la mordedura de la envidia.
No soy vanidoso, no quiero lucirte como un premio. Ocúltame.
No le digas a nadie que eres para mí un ser de otra dimensión. No le cuentes a nadie que el café humea íntimamente para nosotros en la mesa todas las mañanas. Su aroma es el inquebrantable testimonio de que la noche nos ha cubierto y la mañana nos ilumina juntos de nuevo.
No le digas a nadie que te amo con esta importancia casi agónica. Porque irán a por mí y no tengo tiempo para pelear, no quiero hacerlo. Toda la vida he peleado, y si me sobran fuerzas, es para quererte.
No quiero perder más tiempo, me lo he ganado todo. Te he ganado palabra a palabra, segundo a segundo, beso a beso, silencio a silencio…
Esperando, esperando, esperando…
Es mi turno de amar tenaz y serenamente.
Secretamente.
Yo estaré tras un árbol admirándote, esperando que no haya nadie en la calle para besarte toda; a traición y con alevosía, por la espalda con mis brazos apresando tu vientre.
Con una erección entre tus nalgas, así de obsceno, así de hombre, así de loco.
Así te amo.
Déjame ser la bestia solitaria en el día que te ama secretamente bajo el sol y con descaro en la oscuridad o bajo la luz artificial del hogar.
Déjame ser la fiera que te asaltará en lugares despoblados, en los momentos en el que la humanidad dormita o celebra sus inutilidades, miedos y frustraciones.
Estoy a salvo de esas cosas contigo, amándote. Soy tu androide aparcado en el armario de las escobas, esperándote.
Mantenme oculto y secreto, mi amor.
Es por mi bien, es por mi tranquilidad.
Que nada ni nadie me robe un instante para amarte.
Perdona que te cargue con esta responsabilidad.
Carta a un amor que espera
Publicado: 24 diciembre, 2014 en Amor cabrónEtiquetas:Amor cabrón, belleza, decisión, deseo, determinación, espera, Iconoclasta, Pablo López Albadalejo, romanticismo, Ultrajant
No sé donde estás, pero sé que existes. Me lo dice toda mi piel.
Deberíamos estar juntos ya, mi amor desconocido, pero han surgido problemas. Soy falible.
He cometido error y he caído en una trampa de tiempo frustrante. Una confusión…
Pero lo he solucionado, cielo. Ahora voy disparado y certero a ti como una flecha. Como las que disparaba en el bosque con mi arco antes de ser tullido.
No importa donde estés, voy a ti con el corazón acelerado.
Bum-bum, bum-bum..
Perdona si me demoro un poco; pero la pierna a veces me duele más y otras menos.
No sé como eres, solo sé que que eres preciosa y te reconoceré.
Soy tímido, un poco anti-social; pero bailaré contigo una canción lenta y te besaré.
No desesperes. Te lo tengo que decir porque aún no me conoces: cuando me propongo algo, lo hago.
Sin juramentos ni ceremonias. Es connatural en mí.
Así, si sientes unos nervios en el estómago, soy yo pensando en ti. Dirigiéndome a ti.
Sé que estas fiestas de fin de año estaremos solos; pero no cierro por vacaciones, ni por dolores, ni descanso, mi amor.
No me detendré, llegaré con el frío o con la templanza de la primavera.
Llegaré antes de que sea tarde.
Esa alarma en tu estómago, muy adentro, esa pequeña contracción nerviosa; mantenla viva, porque soy yo rastreando tu ser en el planeta.
Mientras tanto, mi amor, no te sientas sola. Sé que estás aquí, en el universo. No sé si en algún lugar cercano o remoto.
Quisiera que estuvieras cerca, tengo prisa por comerte a besos; pero es solo un detalle sin importancia. Por lejos que te encuentres, llegaré a ti con todas mis fuerzas, para que te sientas orgullosa de tu hombre.
Rápido como un expreso de medianoche.
Nuestra soledad es solo un instante en el cúmulo de la vida.
Felices fiestas, cielo. Ya casi llego.
Te amo.
Con ansiedad: tu amor desconocido.
P. D.: Sé que eres valiente, por eso te amo también.
No soy un niño: sé muy bien que podría morir antes de llegar.
Si se diera el caso, mi vida, mantente viva e ilusionada, porque naciste para ser amada, yo soy solo un corredor con desventaja en tu búsqueda y conquista. Conmigo no acaba el amor.
A pesar de esta posdata de madurez y controlado pesimismo, llegaré a ti, cielo.
Te amo a través del tiempo y del espacio, en todas las dimensiones.

Iconoclasta
Incomprensible
Publicado: 18 diciembre, 2014 en Amor cabrónEtiquetas:absurdo, amor, Amor cabrón, deseo, desequilibrio, Iconoclasta, incomprensión, locura, Pablo López Albadalejo, sexo, tormento, Ultrajant
Ha reventado algo muy adentro, como si una bolsa con agua caliente se hubiera roto de repente y diera un calor extra al corazón y los pulmones.
Una molestia mortificante que mantiene contraído el estómago; pero no es el estómago, es algo mucho más profundo. Imagino que es donde reside el alma.
¿Por qué envía el cerebro tan lejos y recóndita el alma? Te llevas las manos al abdomen para nada. No hay consuelo, ni siquiera me acerco al alma emocionada y contrita.
Atendiendo al estómago, no puedo frenar esa agua tibia que se derrama por todo el cuerpo para llegar a la entrepierna.
Una erección, por extraña que sea, distrae de la metafísica. Es el obsceno anclaje a la realidad.
Lo que me hace suponer que mi pene es más poderoso que mi pensamiento.
Y concluyo de la forma más lógica que soy idiota.
Un idiota con las entrañas inundadas de esperanza e ilusiones y con la polla tiesa…
Es de risa…
No reniego de mi naturaleza básica y simple como una canica.
Está bien así.
Me quejo de mis pretensiones intelectuales. Debería ser más elegante y no escribir de esperanzas y amor con esto tan duro entre las piernas.
Debería callar y simplemente masturbarme.
Soy malo conmigo mismo, despiadado.
Todo va junto, es un lote: amor y sexo.
Tampoco hay tanto misterio. Me canso de pensar.
Siento rabia de tener cerebro y usarlo demasiado.
Estoy furioso, porque mi temperatura interna ha subido y el agua que me inunda dentro me asfixia.
No soy un romántico, soy un hijoputa que ama y folla.
Que la mete y lame.
¡A la mierda! Si te amo te la meto.
Que nadie me joda más. Sobre todo yo mismo.
Toda esta calidez que sobrecalienta mis órganos va dirigida a la polla. No es amor, o tal vez sí; pero me duele de dura que está. Y eso no mejora mi humor.
Ni mi equilibrio mental.
Ahí, en algún lugar profundo de mi estómago está el amor, un núcleo duro, inconfundible.
Como un tumor inoperable.
El amor se esconde profundo.
Tal vez por ello te la quiera meter. Follarte es buscar el tuyo, querer golpearlo con todas las venas de mi rabo. Así de básico, así de sencillo.
La obscenidad va de la mano de la sinceridad.
Y el romanticismo solo esconde la semántica de follar y correrse. Eufemismos que hacen perder un tiempo precioso.
Y cuanto más pienso en ello, más me desboco.
Me torno tan profundo como irracional.
Es hora de mostrar la locura. El rabo duro y mis manos en el abdomen buscando un consuelo.
A la mierda el civismo y atávicos prejuicios.
Yo solo doy amor y semen.
Y por favor, solo pido unas horas de paz para alejarme de esa metafísica que contrae mi estómago y esa irracionalidad que mantiene el glande empapado.
Quiero dejar de ser incomprensible por unas horas, solo quiero ignorar que existo entre palabras, risas, humo y comida.
O llantos, da igual…
Algo sencillo, algo sincero para variar.
O simplemente odiar, odiar es sencillo y fácil. No se necesita un riego sanguíneo tan potente como para mantener una erección.
Me basta con ignorar que soy incomprensible a mí mismo.
Que Linda Ronstadt cante Blue Bayou…

Iconoclasta
Orgasmos vampíricos
Publicado: 12 agosto, 2014 en Amor cabrónEtiquetas:Amor cabrón, deseo, Iconoclasta, lujuria, noche, oscuridad, Pablo López Albadalejo, sexo, Ultrajant, vampiro

Ella duerme con esa piel tan caliente, con sus pesados pechos rozando la piel del vampiro, con las piernas entrelazadas tentando a su señor cruel.
Y él intenta romper su sueño y su descanso. Someter su conciencia a su voluntad.
Los dedos del sin nombre siguen y resiguen con insistencia las tiras de un tanga que convergen en un coño hambriento, un sexo húmedo y dormido que espera la caricia que lo ahogue en sus propios humores. La tela es un medio por donde circula el placer, lo amplifica, crea la expectativa, anticipa lo inevitable. Cuando se aproxima a las ingles o a su inmaculado pubis rasurado, la respiración de la hermosa se convierte en algo audible. Su coño exige más oxígeno y sus pezones más sangre para endurecerse.
Los dedos del vampiro tiemblan abriéndose camino entre las sábanas, buscando la piel, la suave carne de la vagina trémula y ardiente que palpita en la oscuridad y alcanzar la seda de los muslos internos, que pretendiéndolo, aplastan una vulva ya exaltada, jugosa y anegada de lujuria.
Es una violación impune en la noche, la invasión de una vagina indefensa ante lo nocturno y el sueño. Es posesión casi predatoria en la oscuridad.
Una violación que el instinto permite, que busca…
Algo atávico.
Orgasmos nocturnos, robados, vampirizados en el silencio de la madrugada, en las respiraciones oníricas.
Orgasmos sin luz ni conciencia.
Placeres que emanan de pliegues íntimos creando temblores incontrolables en las extremidades, desde un clítoris secreto que palpita cuando la conciencia duerme.
Escalofríos de una fiebre incontenible que agitan en un espacio que no hay, (los cuerpos están cosidos entre sí con suturas de deseos y fibras nerviosas) los brazos y las ingles en una agonía pornográfica, silenciando gemidos de placer para ocultarse a la conciencia. Ignorando lo que duerme y lo que invade; no hay control de las manos que se crispan, de los dedos que empujan a la mano invasora más adentro.
Más…
Está poseída.
Apenas rozan las yemas calientes y rudas los labios entre los muslos apretados, hambrientos de recibir castigo; cuando se le escapa el aire en un exhalación prolongada como un desmayo.
Se vampiriza el deseo, robando la voluntad y saciando el coño lenta y metódicamente; provocando un sismo que derrota el control de los brazos y las piernas.
Es una lujuria que anida descarada entre la nocturnidad llenando los oídos con jadeos difícilmente contenidos que solo la bestia puede percibir, amplificados en un glande resbaladizo a punto de estallar.
El vampiro convierte el aire de la madrugada en una niebla profunda preñada de un placer narcótico.
Sexos derramándose sin apenas un roce, la noche y sus pieles ardiendo.
Un vampiro hambriento e impío… Su pene rozándose con ella, latiendo…
«El coño es una víctima sin voluntad y mi pene una estaca temblorosa derramando un semen retenido durante una eternidad en unos cojones inflamados, colmados…»
El vampiro se arranca la ropa y con un puño que duele sacia su hambre derramando una lefa en las sábanas. Una marea blanca y espesa que empapa sus propios dedos, los testículos y la piel deseada allá done la toca.
El semen se enfría al tiempo que vampiro y víctima regulan su respiración para entrar en un sueño profundo.
La conciencia se siente engañada, algo se le ha escapado a su control, la vagina está tan empapada…
Una gota tardía de semen casi transparente, se desliza placenteramente del falo del innombrable al tiempo que sus párpados se relajan y la mano se hunde en el negro cabello que le condena a la luz y a la oscuridad.
Y todo está bien, el sueño no puede impedir lo inevitable, jamás pudo.
Bendita sea la condena de los seres de la noche.
![]()
Iconoclasta
Indefensa ante el volante
Publicado: 24 marzo, 2014 en Amor cabrónEtiquetas:Amor cabrón, ciudad, conducción, deseo, Iconoclasta, obscenidad, Pablo López Albadalejo, posesión, sexo, Ultrajant
No importa que conduzca, tengo hambre de su coño, necesito untar los dedos en esa raja que me hace palpitar el glande y lo recubre del líquido viscoso que me prepara a penetrarla.
Por su coño me ahogo, no me deja respirar colapsado por el ansia, los latidos se detienen cuando sus piernas se separan.
Mis dedos no se rinden ante la falta de aire ni de presión sanguínea, porque están sedientos, se secan si no penetran el sagrado coño que deseo como un animal.
Sus dedos de negras uñas esmaltadas se cierran con fuerza en el volante cuando desgarro la calada braguita para tocar su piel. Sus pálidos y suaves muslos se ofrecen indefensos y temblorosos a mí.
A su dueño y amo.
Su cabello se agita violento con el aire que entra por la ventanilla creando azabaches remolinos que cubren sus mejillas, como pequeños azotes de un viento que pretende castigar tanta obscenidad y que apenas da consuelo al sudor que se desliza cuello abajo.
Acaricio y araño su piel, la delicada piel de su vagina hambrienta, pringo con su propio fluido los muslos que se rinden y se separan sin que ella tenga voluntad sobre ellos. No puede defenderse de mi agresión, de la invasión de mis dedos ávidos, sedientos.
Tampoco pueden abrirse totalmente al placer repentino, porque sus pies han de conducir. Divido su mente entre la carretera y su coño que palpita potente como mi corazón irrigando toda esa carne dura que duele dentro de mi bragueta. Que sufra como yo, que el sudor corra entre sus enormes y pesados pechos. Que se joda, la jodo, la joderé, la follaré siempre, sin piedad.
Aunque le duela, aunque me ahogue.
Aunque se me pare el puto corazón o nos aplastemos contra la cochina vida con forma de camión.
Nos torturamos bajo la ardiente chapa de un coche, ante idiotas que observan mi mano hurgando bajo su falda que solo pueden intuir con una duda que la estoy follando.
Sus pezones se aplastan duros contra la blonda de las copas de un breve sostén que se adivina a través de la tela de una blusa de vertiginoso escote. Buscan la boca que los succione, que los chupe, que tire de ellos hasta el límite del dolor.
Finos filamentos se crean entre mis dedos y observo maravillado por un instante el milagro de su coño: su lascivo y libidinoso óleo.
Y no pienso. Sus braguitas rotas ya no pueden contener mi deseo invasor. Y aferro con fuerza el pene que parece rugir de desenfreno por ser estrangulado por ese coño.
Deslizo sin permiso la braguita por sus piernas. «Nooo…» dice en un gemido; pero es un sí y la sigo bajando hasta los tobillos. Se las quito para que se sienta desnuda ante mí como castigo a su erótica vanidad, es mi voluntad inquebrantable, imparable, innegable…
Su mente se concentra en conducir, pero su coño se abre. Avanza sus nalgas en el asiento para que su carne se desflore y me muestra el agujero que se dilata y contrae buscando algo que lo llene.
Sus labios se separan y la lengua asoma divina cuando pinzo el clítoris tras escupir saliva en mis dedos.
Y sé que se viene, que se corre, porque una mancha oscura se forma en el asiento , bajo su coño.
El sol nos castiga, pero ni los rayos más potentes evitarán que se acabe ante miradas de gente extrañada que nos observan hacer ocultos movimientos, con las bocas que se abren indisimuladas con incontenibles jadeos de placer…
Las venas de sus muslos palpitan llevando la sangre veloz para alimentar de placer la vulva anegada de ella misma, casi reventada por mis dedos que chapotean provocando sonidos que en un semáforo en rojo parecen llenar la calle de obscenidad.
Tras las gafas de sol, sus grandes ojos se cierran por más tiempo del que la precaución aconseja y mis dedos reciben la catarata de su orgasmo. La he llevado donde he querido, mientras sujetaba mi pene poderoso y doliente de deseo con un puño crispado por encima de la coraza de ropa que lo cubre.
Sonríe y deja sus piernas abiertas para que el aire caliente, menos caliente que su coño, refresque todo ese placer que aún le eriza la piel. Blanca, suave, lamible, follable…
Yo solo puedo lamer mis dedos, y presionar el glande, sentir como se desliza una gota de viscosidad que convierte en una sola cosa la tela del calzoncillo y mi prepucio.
Su coño me funde, y yo la poseo, porque es mía.
Sin piedad, sin miedo, aunque cueste la vida, yo la jodo cuando mi polla lo pide.
Soy el dios de su coño y ella es la criatura que me hace divinidad.
Babeante, ansioso, con el semen brotando incontenible ante el milagro de su boca jadeante…
En eso me convierte, en un animal en celo.
Me apeo del coche y le digo que me deje solo, porque ya he usado mi posesión. Me observa triste y aún agitada, extraña… No la conozco.
Ahora una puta a la que le aferro un puñado de cabello marcando el ritmo de la mamada, recoge con su boca todo el semen acumulado en mis cojones por un par de billetes que le he metido entre las tetas. Y también es mía por unos segundos.
Todo es mío.
![]()
Iconoclasta
Follar y el cosmos
Publicado: 3 diciembre, 2013 en Amor cabrónEtiquetas:Amor cabrón, brutalidad, cosmos, deseo, Iconoclasta, Pablo López Albadalejo, sexo, Ultrajant
He jalado del prepucio y el glande rosado, húmedo y resbaladizo se ha desbordado. Luce enorme y obsceno. Manan unas gotas de sangre por la piel desgarrada de tanta presión.
No es accidental, ni aleatorio. Estoy caliente como un sol.
Mirándolo pienso que soy la metáfora viviente de la teoría del Big Bang y la continua expansión del Universo.
Vanidad justificada…
Deslizándose el fluido necesario por el bálano para penetrar y bombear en su deseado y hambriento coño, pienso en los agujeros negros y su mortal fuerza de atracción.
Aferro con fuerza toda esa carne dura y se me cierran los ojos de placer. Una gota de deseo rojizo se desliza ardiente por mi puño y me enciende, me embrutece, soy el hombre que vuela directo por el cosmos a la perdición.
Los dos, mi pene y yo, nos dirigimos suicidamente al horizonte de eventos , al coño que palpita de deseo.
Soy el satélite de mi polla y me dejo arrastrar al otro lado si lo hubiera.
Una vez dentro ya no sé qué es el glande o qué es la vagina que me oprime furiosa y sin piedad. Es fusión total. Solo sé que siendo absorbido me aferro a sus poderosos y rotundos pechos en un intento por no desaparecer. Por no desintegrarme.
No lo consigo.
Muriendo así, tengo la absoluta certeza que el cosmos es una mujer con las piernas abiertas y una vulva goteante.
Es una revelación que se repite constantemente, como el padrenuestro en las iglesias y en los colegios; sin que el humo del cigarro que me irrita los ojos aplaque en algo mi total indiferencia hacia la fe que nada tiene que ver con su cósmica vagina.
Bendito sea el semen mío de cada día con el que anego su coño…
Padre, no me arrepiento, no he pecado. Soy perfecto en mi brutal deseo.
Tiene sentido que exista la Vía Láctea cuando el semen rezuma por los deseados labios de su coño al eyacular furioso y sin aire en los pulmones.
Tiene sentido que los bebés nazcan con la mancha del pecado original que es mi semen en su cabeza. A veces nacen muertos y no importa demasiado; mi objetivo es follarla y cualquier otra consideración no procede. Los que mueren, que descansen o no, en paz.
Respecto a mis cojones: son dos áridos y estériles asteroides que no buscan reproducción. El que estén cargados de esperma es puramente accidental, podría tratarse de petróleo o nicotina.
O mierda…
Solo existen pegados a mi polla para que expulsen algo que llene los conductos seminales y así provocar el explosivo placer.
Como una supernova que en lugar de luz, riega con semen el cosmos.
Es algo hedonista y mecánico que nada tiene que ver con la consecución de la vida.
Ni siquiera con el amor; porque el Universo y yo somos gélidos a pesar de los rayos ultravioletas, gamma y solares de miles de astros que invaden el vacío.
No tenemos una memoria a largo plazo, el pasado y lo pasado, lo que fue y lo que no existió, está ya demasiado lejos e inalcanzable; como en una ecuación de segundo grado, lo nacido y lo muerto, lo soñado y lo vivido se ha precipitado en el seno de la parábola donde nace lo negativo y lo positivo sin que tenga consecuencia alguna.
Porque todo se olvida y muere cuando follo, cuando la meto, cuando escupo mi semen ardiente en ese coño enorme.
El cosmos es el vertedero de mis recuerdos.
Lo malo es que no hay otra dimensión «al otro lado» del agujero negro. Una vez he descargado y mi falo agotado ha sido víctima de los espasmos de su coño, vuelvo aquí, entre ellos, los vulgares. Saboreando aún las babas de su vagina, el aroma fuerte a orina y corrida de ese precioso agujero negro que es su coño. La siempre agresiva dureza de su clítoris que sobresale bizarro entre los pliegues de ese coño por el que mataría a dios y mi padre.
No…
Corrección: no es malo volver, no es malo no acceder a otra dimensión.
Vale la pena vivir en esta triste y decepcionante realidad para surcar el cosmos de nuevo, cientos de veces, y ser engullido por esa deseada singularidad que es su vagina desplegada, agitándose con cada inhalación de aire cuando meto mi lengua en ella.
Soy una estrella fugaz que resucita en breves ciclos con el único fin de follarla.
Follar el cosmos, que es finito y es ella…
![]()
Iconoclasta
La verticalidad
Publicado: 5 septiembre, 2013 en Amor cabrónEtiquetas:Amor cabrón, deseo, horizontalidad, Iconoclasta, lujuria, Pablo López Albadalejo, provocación, sexo, Ultrajant, verticalidad
ardiendo; para que se pegue la hebra de baba olorosa entre el vello de mis
piernas.
sus ojos observando mis cojones y mi próstata, su coño dejando una mancha brillante en el suelo, su clítoris enorme sobresale pornográfico hasta forzar mi
masturbación. Todo eso revela la verticalidad.





