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Cumplo doce añitos. Marzo 2017. Tel Samsung copy

Ya no pienso en los cincuenta y cinco años que hoy cumplo. Pienso que cumplo doce años de una vida que cambió radicalmente por un accidente que hizo de mi pierna algo que cuelga con la funcionalidad de una pata de palo.
Solo que con dolor.
Porque ese día de San Valentín a las seis y poco de la madrugada, inicié un descenso doloroso y lleno de miedo a la muerte.
He de reconocer con cierta vergüenza que era más miedo que dolor.
Y no morí.
De alguna forma, era demasiado fuerte o aún tenía cosas que decir. La vida continuó a pesar de una oscuridad tenebrosa y enloquecedora que envolvía el pensamiento todo.
Cumplo doce años, por supuesto.
Doce años hace que la muerte, como el loro de un pirata de libro para niños, se posó en mi hombro y cotorreaba diariamente: «Vente conmigo, vente conmigo». Y cada graznido era un dolor.
Un año entero con la muerte susurrando a mi oído. Y como no le hice caso, la muy puta y rencorosa me dejó una pierna convertida en un generador de dolor diario. Infatigable. Nunca se ha detenido un solo momento.
Tengo un Chernobyl alojado en las entrañas de mi tibia derecha que se extiende hacia la rodilla como una telaraña de dolor de mierda.
Infalible…
Aunque no me importaba morir, me preocupaba la cuestión del dolor.
La muerte llegó a convertirse en algo que «ojalá me muera».
Hace doce años, esa parte de mi cuerpo se transformó en algo ajeno a mí. En una pulsación diaria de dolor y desánimo. De fealdad y cojera.
También imagino con una sonrisa ilusa, que hice un pacto con el diablo y me dejó vivir a cambio de mi alma (que no tengo) y se llevó en prenda la mayor parte de vida de la pierna. La dejó negra y seca, rígida. Cada paso es vencer un tendón duro como un cable de acero. Romperlo un poco con cada paso.
A cambio me dio libertad. Como si no existiera forma alguna de ser libre si no pagas en dolor.
Una constante universal que rige el mundo.
Cumplo doce años con el dolor como forma de vida, como forma de sueño.
Y aún así, no es capaz de minar la ilusión, los deseos o una risa a veces franca, a veces sarcástica.
No olvido el dolor, ni el miedo a que la pierna vuelva a troncharse ya cansada, ya desgastada cuando camino. Simplemente he alcanzado un alto umbral de dolor, una alta tolerancia.
Y está bien, vale la pena que los días duelan si hay libertad y tiempo para conocer seres y cosas especiales y hermosos.
Vale la pena haber pactado con Mefistófeles y cumplir doce años de vida con un cuerpo demasiado usado para esa edad.
O tal vez, toda esta reflexión, es solo el producto de la esquizofrenia del dolor y un consuelo estúpido por doce años duros como la lápida que debería cubrirme.
Doce años libres, en los que el dolor ha sido la motivación perfecta para deshacerse de toda clase de escrúpulos y falsedades que hacen de la vida una mediocridad frente a un televisor, o frente al volante de los seres que se mueven en la colmena sin más opción que seguir repitiendo siempre el mismo día y morir sin darse cuenta.
Bien, cada cual se consuela como puede.
Un brindis excepcional con maravillosa morfina (solo para momentos muy especiales), para celebrar doce años de vida.

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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He visto el hielo en las piedras de un viejo muro de más de cuatro siglos.
El sol no alcanzaba a evaporarlo, como si el muro cobijara al hielo y éste enfriara y diera de beber a las secas y viejas piedras cansadas.
Son buenos amigos que se hacen compañía.
Todos esos siglos los han unido.

Debe haber un tiempo secular determinado para que las cosas más extrañas traben amistad entre ellas.
Y entiendo porqué amo y odio con idéntico placer e intensidad y nada me frena.
Con entusiasmo, lo mismo que construyo, destruyo.
Debe ser que soy más viejo que el muro y el planeta me adora por la pureza y la total ausencia de escrúpulos en mis emociones.
He cumplido una edad secular y el planeta adora mis emociones de amor y destrucción.
Al fin y al cabo soy hijo suyo: un producto de este lugar que flota en el cosmos.

Soy fuego y hielo.
Hierba y piedra.
Agua y tierra.
Soy perfecto, equilibrado en maldad y bondad puras.
El universo me quiere, es mi amigo a pesar de mis aberrantes pensamientos.
Tan viejo como él mismo.
Por ello aún vivo.

No tengo reparo en odiar por igual al más rico o al mendigo que más sufre. No prostituyo mi ser por nada ni por nadie.
Soy muro y hielo que avanza hacia una muerte que no pide ni necesita arrepentimiento alguno.

No existe el examen de conciencia en mí. No soy conciencia, soy consecuencia. Soy un acto continuo perfecto.
Cada acto cruel, cada detestable pensamiento, que he ejecutado y hay en mi cerebro, es la perfecta consecuencia del universo.

Podría ser más hermoso; pero nada es perfecto.
Y lo perfecto hastía.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta

 

 

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Una prosa de Iconoclasta, en Issuu.

De la mano

Publicado: 31 agosto, 2015 en Conclusiones, Lecturas, Maldito romanticismo, Reflexiones
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Paseando de la mano_01

En Realidades Truncadas.

Qué hermosa intimidad
con la madre noche
cuando el planeta duerme
y yo fumo.
Cuando el planeta despierta
y cierro los ojos a la luz,
negándola.
Soy oscuro, soy noche,
mi propio sueño tangible
milenario y ancestral.
Una erección lunar
una sangre maldita
una piel oscura y doliente.
Después de tanto tiempo,
de tanta lucha,
tantos años…
Oscuro y oculto
la más grande y discreta
íntima libertad.
A salvo de envidias
de dioses y gusanos.
Oscuro y oculto…

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Iconoclasta

Ya acabó. Se cerró una era. No hay nada que hacer, ningún deber perentorio, no hay nada pendiente que merezca especial atención. Es liberador no esperar, que no se espere nada de ti.
Y está bien, así debería haber sido siempre. Solo me espera mi cuaderno, mi pluma y mi pensamiento arrollador y agotador.
Despiadado conmigo mismo, con mi propia verdad…
«Llega un jinete libre y salvaje» es el título de una película que no recuerdo haber visto. Solo me gusta el romanticismo del título.
Cuantas veces lo he pronunciado en mi mente deseando que fuera verdad cuando todo alrededor me asfixiaba…
Nunca seré lo suficientemente salvaje, ni lo suficientemente libre; pero estoy más cerca de ello que nunca. Así quemaré los restos de una madurez cabalgando deprisa hacia la muerte, a la vejez.
La bicicleta no es una montura a la que cuidar y que proporciona compañía; pero me gusta, me tiene que gustar, no hay otra cosa. No puede ser…
La vida me ha enseñado a sacar provecho de todo, aunque sea nada. Y desgraciadamente me sobra tanta imaginación, que mi dosis de decepción diaria está asegurada cada amanecer.
No tengo por techo las estrellas, no hay un alba o un ocaso de cinemascope cuando abro los ojos.
En su lugar hay una pierna negra e infecta que no me permitirá volver a subir jamás una montaña sin dolor.
Hay días que lío cigarrillos como haría un jinete salvaje en su caballo. Y me alegro de estar solo y no hacer el ridículo ante nadie; porque mis ojos se entornan buscando un horizonte lejano al que parece imposible llegar. Un horizonte de película.
Y eso haría reír a cualquiera, aunque yo crea que es motivo para llorar de emoción y decepción.
Me engaño pensando que mi hijo pueda sentirse orgulloso de que su padre haya emprendido un viaje de tiempo y distancia para dejar de ser un tullido que cada día sacaba a mear al perro a la misma hora. Un tullido sin nada que hacer en medio de una actividad frenética de los que le rodean. Con un futuro tan liso y predecible como una mesa de billar. Me engaño pensando que soy la representación del quebrantamiento de la monotonía y la tristeza vital.
No me engaño mucho tiempo, sujeto bien mi imaginación. Férreamente.
Me engaño lo que tarda el cigarrillo mal liado en consumirse, mientras observo nada como un idiota con los ojos entornados. Lo único que tengo en común con el jinete libre y salvaje, es que sudo.
Solo soy quien se marchó de casa por un capricho de senilidad precoz o tullido ocioso.
Y sonrío con cierta amargura, como el solitario jinete que recuerda algo amargo, porque aunque nadie lo sepa, escapé de ser el hombre del perro de la misma hora. Con el mismo bastón.
Los jinetes libres y salvajes tienen su egoísmo; pero es perdonable. No he conocido ningún Jesucristo en más de medio siglo que vago por el planeta; a lo sumo, las madres mal folladas que dan todo su ser (con amargura) por sus hijos como si fueran a ganarse algún título de santidad o un nobel humanitario.
No soy tan malo. Y menos en este planeta.
Cueste lo que cueste, quiero ser «libre y salvaje» (tener al menos una razón para creerlo), antes que ser el pensionista demasiado joven para no hacer nada y demasiado tullido para aspirar a cierta libertad.
«Se marchó un jinete libre y salvaje», quisiera que fuera mi epitafio en la tumba. Que alguien tome nota, seguro que no tardo en irme.
Se entienda o no, aunque sea mentira, no puede hacer daño una frase…
Lo que me jode, es que no habrá tumba, no ocuparé un lugar en la tierra; me quemarán como un viejo neumático. Joder, qué mierda… Dan ganas de llorar.
Fue bonito mientras duró la ilusión, el cigarrillo…
Bye.
«Dices que vagas por tu propia tierra» (canción Everybody’s Changing del grupo Keane, 2004. Mi canción, que se convirtió en una especie de premonición de lo que iba a cambiar mi vida en muy pocos meses).

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Iconoclasta