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Los muertos viajan en tropel entre las dunas del desierto.
El polvo de sus huesos y sus pieles resecas alimentan las montañas andantes; por ello cada año la arena está más cerca. Cada día es más molesta.
Los idiotas que no se han convertido en petróleo que se quema en motores, se han hecho sílex.
Yo sé de estas cosas.
Como sé que las rosas del desierto no son formaciones aleatorias: mi semen las forma, amalgama muertos en caprichosas figuras florales de extrema debilidad.
Creo rosas de arena con un gemido, con el pene asfixiado en mi puño, con los cojones palpitando. Creo rosas en el desierto con la imagen de sus labios entreabiertos cuando su coño se hace agua y estoy dentro.
El semen lo amalgama todo. Y le da sentido y forma.
El desierto es tan buen sitio para masturbarse y morir como cualquier otro.
Es mentira, no hay sitios tan buenos como el desierto.
Porque en los polos te congelas y no viajas. Simplemente estás ahí, como una fotografía aplastada entre toneladas de hielo. No hay corrientes de aire que te lleven a ninguna parte.
Y cuando ya has visto cuatro focas, tres osos polares y cinco o seis esquimales, piensas en el aburrimiento y lo abundante e internacional que es.
Vives-mueres en el desierto y te haces experto en arena, de lo contrario eres más idiota que la media.
Entre los granos puedes ver quien en vida estaba enfermo. O era un enfermo.
Tal vez sea bueno ser arena y dejarse llevar por el viento, dejar de razonar y de elegir. De esperar.
Que le den por culo al libre albedrío, solo sirve para equivocarse y perder el tiempo.
Solo quiero erosionar, desgastar pieles, paredes y montañas.
Nada hay más caliente que el humo de mi cigarrillo que abrasa mis pulmones, pareciera que me he pasado la vida entrenándome para respirar el ardiente aire del desierto.
Por esta razón el aire del desierto no me molesta demasiado.
Derramé el agua para asegurarme que seré arena en unas horas.
Tan solo me queda una carga de leche en mis deshidratados cojones. No sé si al morir, cuando mis cojones se relajen y mis vísceras y músculos no puedan retener nada, eyacularé como dicen que lo hacen los ahorcados.
Me gustaría hacer mi rosa del desierto póstuma, que sea arrastrada por las dunas de muertos, y llegue a las manos de un idiota y la acaricie y la tenga en una vitrina iluminada.
Iluminará y amará mi semen sin que lo sepa. A veces se me escapa la risa.
Hay rosas rodando por el desierto, los nómadas las encuentran y comercian con ellas. Algunas acabarán en manos de personas que se piensan que la arena se amalgama por alguna orden divina de mierda. Con orina de camellos, los más esnobs e incultos.
Yo me dejo llevar por las dunas, las dunas arrastran rosas, muertos y vidas. No sé si es una condena o si las dunas disfrutan su trabajo.
Y ahora, para complicar las cosas, hay un rastro de huellas que comienzan en el centro de esta nada y se dirigen a mi izquierda. Una perfecta y recta línea que se pierde en el ondulante y difuso horizonte. No lo entiendo, tal vez sea una alucinación.
En el desierto hay espejismos, es congruente.
Tal vez alguien más quiera ser parte de una duna. Se ha puesto de moda morir aquí.
Una duna sigue el rastro, va tras las huellas y subo a ella, creo que aún no he muerto, aunque no estoy seguro. Solo sé que debo caminar. Otra cosa no tengo que hacer. Subo la ladera y cuando comienzo la bajada, ya se empieza a formar otra nueva subida, con la misma arena, con los mismos muertos. Conmigo…
Borra viejas huellas con su avance, es cuidadosa con las que quedan para no perdernos.
Descanso un momento. Entre las llagas infectadas de mis pies, se han metido muertos que molestan e infectan. Exprimo la herida y junto con el pus y la sangre salen granos de arena y piel que no es mía. Lo sé porque simplemente la rechazo.
Son trozos de hueso y piel de cadáveres infecciosos en forma de arena y sales.
Nada anormal, es tan lógico que dan ganas de cavar un agujero y meter en él la cabeza de puro aburrimiento.
Bip-bip.
Hay muertos a los que se les quiere, pero deberíamos ser cuidadosos, aunque se trate de familia, esos restos infectan. No es higiénico.
El sol no lo mata todo, solo mata lo bueno, lo malo sigue desarrollándose bajo sus abrasadores rayos ultravioletas.
El hombre a lo lejos es una mancha de gas, una llama menuda en medio de este océano seco y tórrido. Se ha detenido.
Estoy lo suficientemente cerca para atreverme a gritar y preguntarle quien es.
Estoy llegando a la cresta de la duna y hago pantalla con las manos en mi boca.
— ¿Necesitas ayuda?
No parece oírme. Está arrodillado, tiene en la mano una foto y con la otra aferra su pene. Me detengo, no quiero ver eso. ¿Otro que se masturba en el desierto?
Es demasiada casualidad.
A pesar del sol tengo frío, a pesar de la distancia y del tiempo que llevo caminando, no estoy cansado.
Me acerco un poco más y llego a ver como eyacula en la arena. Se derrumba sobre sus rodillas llorando y hundiendo la cara en la arena abrasadora. El viento le arrebata la foto de las manos y se la lleva por donde había venido.
Yo me masturbé también hace tiempo, los desgraciados siempre nos reunimos en el mismo sitio, de la misma forma que los elefantes tienen su cementerio.
Dan ganas de no ir.
Dan ganas de no preguntar.
En la espalda lleva un bidón de agua con una manguera para beber, se lo quita y lo deja caer abierto para que se derrame el agua.
Se levanta dejando un charquito de sangre que le ha salido del culo y continúa caminando. Ya debería haberse dado cuenta de mi presencia, pero no es así y pasa por mi lado sin mirarme, con la vista fija en la cima de la próxima duna. Diríase que camina hacia el sol.
Avanzo más, no me preocupa él, me preocupa de donde viene. En el desierto no hay escondrijos y no entiendo porque el hombre va al contrario que las huellas.
Hay un automóvil volcado sobre el techo, sus neumáticos están desgarrados, la plancha sin pintura y brillante. Las dunas han limpiado todo rastro de color.
Hay vidrios rotos en el interior que ahora están opacos.
El desierto mata el brillo, solo deja lugar a los espejismos.
Dentro, en el asiento del acompañante, el esqueleto de una mujer cuelga del asiento, su cabeza está aplastada contra el suelo, su cabello parece una madeja de cáñamo. Su cuello se rompió hace mucho tiempo.
La foto ha vuelto a la sombra del automóvil, como sino quisiera morir de nuevo.
No huele mal, no hay carne podrida. La arena ha limpiado los huesos y los seguirá erosionando hasta hacerlos polvo. Volveremos a estar juntos mi amor…
Hacíamos un breve recorrido por el desierto, solo iba a ser media hora de adentrarse para poder disfrutar por unos minutos de ese inmenso mar muerto.
Una duna ocultó la carretera a la vuelta, y por ella caímos dando vueltas.
Te vi tan muerta, con tu cuello espantosamente roto, hinchado. Ese bulto que te salía bajo la mandíbula como una deformidad…
Caminé hacia el sol, para morir. Me masturbé con tu foto, no quería llorarte, te necesitaba tanto que las lágrimas eran desesperantes.
Mi vientre estaba roto, notaba la sangre moverse entre las tripas provocando un dolor atroz. Luego morí, y el sol me evaporó, el viento pulió mis huesos y los hizo polvo.
Salí de la nada, de entre una duna, con la conciencia de existir, en el mismo lugar que morí. Peregrino desde hace un tiempo indefinido hasta ti, mi amor. Ojalá hubiera podido sacarte de ahí dentro y que tus huesos se hubieran unido con los míos al mismo tiempo. Espero que las dunas poco a poco te gasten te erosionen y cada día te unas un poco más a mí.
¿Soy yo el que muere allí, en medio, en el centro de la nada?
Soy arena, absolutamente hueso y piel seca.
A veces siento una tristeza absoluta al darme cuenta de lo que fui, de lo que soy, de lo que me espera. El desierto tiene tan pocos escondrijos que ni el dolor ni la añoranza encuentran donde ocultarse.
La vida es tan frágil como las rosas que emergen en la arena. La muerte es tan frágil como un sueño o el sueño es muerte. O el sol no acaba de hacer bien las cosas y no hay fin a esta agonía.
A veces no puedo pensar con claridad…
Pienso demasiado. Creo…
¿Cómo es posible que en medio de esta nada, en el centro de ningún lugar, haya un rastro huellas que se alejan por mi izquierda, hacia el norte?
¿Alguien ha sido llovido por el cielo? Tengo que seguir ese rastro, a lo mejor es alguien como yo, que se masturba bajo el sol sin saber por qué.
Los muertos viajan en tropel entre las dunas del desierto.
Aunque hay dunas solitarias, donde eres arrastrado en una soledad sin fin.
No sé, no me preocupa; solo sigo el rastro, no me importa de quién es. Solo quiero saber si hay algo más en un mar muerto donde no se puede esconder ni la muerte.
¿Habrá una habitación fresquita?
¿Habrá un lugar donde el sol de mierda me deje descansar?
El hombre se masturba y llora.
Es un déjà vu, un espejismo de una mente insolada seguramente.
Es lógico aquí en el desierto.

Iconoclasta

Han temblado las paredes, he oído como se ha rasgado la tierra y hay llantos de seres humanos ahí fuera, en la calle. El dolor y la desgracia siempre son de agradecer porque rompen lo plano. Aunque me joda.

Me levanto del sillón en el que me encontraba envuelto de oscuridad, la radio no emite música, los teléfonos no funcionan. No importa, no me apetece escuchar música ni llamar a nadie. Entre las lamas de la persiana descolgada entran rayos de sol hiriente que revelan el polvo del aire. Son horripilantes los días de sol deslumbrante, me molestan los ojos y me hacen arder la piel. Si ha ocurrido una catástrofe, encuentro que sería más adecuado un día gris, tormentas de rayos, toneladas de agua limpiando el polvo y la miseria que ha quedado…

Hay quien se siente confortado si algo le es familiar. Yo me siento desgraciado: “¡Oh no…! ¡Otra vez!”.

Irritado, peligrosamente herido…

Hay tanto tiempo vivido y tanto espacio, que me pudre volver a vivir lo mismo o algo parecido.

Carece de gracia repetir.

Los terremotos son novedosos siempre. Mi casa no se ha caído, he salido por mi propio pie; pero me ha interrumpido la lectura que me lleva al sopor de mediodía. Es surrealista que en un momento vulgar, ocurra algo así. Ya es casi la hora de comer, aunque pocos tienen ganas de hacerlo. Son las trece cuarenta y tres de un día diferente.

A veces la vida sorprende.

Los hijos muertos no son populares, no me gustaría saber de ellos. Hay cosas con las que soy flexible y me conformo con la monotonía. Pienso en hijos muertos porque hay padres llorando con trozos de ellos entre las manos, observan con incredulidad sus pequeños miembros sucios en los escombros de las casas.

Cuando acabo de follar me pongo en pie con el pene aún duro, aún vibrante. Y caen gotas de semen en mis pies. Son pequeñas moléculas, pequeñas suciedades que no me importan. No me limpio, dejo que se sequen mientras fumo, sintiendo-gozando la relajación del pene que se torna lacio sin que yo intervenga.

A veces me dejo llevar por el destino relajadamente. Como ahora, que tras el terremoto, me dejo invadir de pensamientos y obscenos dolores, patéticas muertes…

Un hijo mío nació por este proceso de follar.

Yo no quise, sucedió. El semen, una partícula, se enquistó en unas entrañas femeninas y se desarrolló mi hijo.

Es extraño que algo tan diferente y más valioso que yo, haya salido de mi polla.

Fumé con el vello del pubis apelmazado de semen sin imaginar que mientras tanto, algo corría por una vagina extenuada.

Siempre fumo, me gusta. Tener hijos es algo accidental, un problema más a resolver.

Tal vez follo para luego fumar. Soy raro y eso me consuela.

Soy impúdico y me niego a sentirme a gusto en un planeta que me ha sido impuesto.

Si existieran odiadores desapasionados profesionales, yo sería uno.

Lo acepto de buena gana.

Nací sin empatía, ni siquiera mi muerte me inquieta.

No puedo dejar de pensar que si mi hijo fue una cosa hermosa, se debe a la naturaleza y su instinto de conservación globlal: de algún modo se debe evitar que nazca algo como yo de nuevo. Mi genética es una aberración sin futuro en ninguna generación.

Mis vibraciones son potentes, cualquiera que no sea demasiado idiota, se dará cuenta de que no soy alguien a quien apreciar.

La tierra ha temblado, a lo mejor es por mí. Soy vanidoso.

Mi hijo se dio cuenta de lo que soy hace tiempo. Es feliz ahora que no estoy cerca de él.

Todo el mundo conoce o vuelve a revivir la felicidad cuando me alejo de sus vidas.

Yo no tengo la culpa; la mierda huele, el filo corta y a mí me parieron así.

Debería cabalgar a lomos de un caballo con el vientre abierto con una guadaña en mis manos. Con una capucha negra protegiéndome del infecto sol.

Me alegro de que los demás sean felices sin mí. Es algo que me libera.

Que nutre mi orgullo, mi vanidad.

Un perro sin patas se cuece al sol sin que nadie lo aparte, sin que nadie lo cobije en la sombra. Estaba ahí antes del terremoto, pero no ha tenido suerte de morir, aunque yo diría que se le ve feliz.

¿Por qué vive un ser tan desvalido? Me entristece que sea feliz, que agite su rabo mientras el sol lo seca, lo deseca. Quiere vivir como sea.

Lo mata. Puto sol creado por un puto dios…

Tal vez yo no quiera morir, tal vez camino entre las ruinas y el olor a muerto buscando otro planeta; con otros seres tendría oportunidades de ser feliz. Aunque lo dudo, me conformaría con no sentirme un muñeco al que levantan un brazo y siempre dice lo mismo, sin esperanza de levantar el otro. Sin esperanza, siquiera, de sangrar.

Un hombre ha caído en la sima que ha abierto el terremoto en la calzada y la tierra se ha vuelto a cerrar a la altura de su estómago antes de que pudiera salir.

—No estires —le dice con apenas un hilo de voz a un joven que pretende sacarlo tirando de sus manos—. No quiero ver lo que queda de mí, no quiero saber en qué me he convertido. No sé si aún estará el resto pegado a mí. Es humillante.

Cojones, no sé porque; pero siento ganas de bendecirlo. No lo pienso hacer, lo que está mal, mal se queda. Como yo también.

He visto un pez con las aletas cortadas caer al fondo del mar, con los ojos muy abiertos por el miedo, dejando una estela de sangre. Sus agallas trabajaban rápidas, asustadas.

La muerte se refleja en los ojos de los seres por muy fríos que sean. Por mucha sangre fría que tengan.

Es inmoral verse mutilado. Sonrío al hombre sin piernas, tiene razón.

—No fume usted —me dice escupiendo sangre viendo como enciendo mi cigarrillo—, ya es mayor para eso, los pulmones deberían descansar.

—Soy viejo para todo. Mi semen se enfría mucho más rápidamente que cuando era joven. Son detalles sintomáticos —le respondo con pocas ganas, ya más tranquilo con el humo en mis pulmones.

Con la mierda y el polvo en suspensión que hay a mi alrededor no puedo hacer nada para mejorar mi calidad de vida. No es un buen momento para dejar de fumar. Nunca lo es.

—A mí me pasa con la sangre, mire que fría está. Soy más joven que usted y me voy a morir antes. No es justo.

A mí no me parece justo ni injusto, simplemente es una cuestión de suerte que nada tiene que ver la divina providencia de san Indio, la mejor cerveza del mundo. No respondo a su delirio de agonía. No sé si dice tonterías porque muere o toda su vida ha sido así.

Mi gata aparece con un polluelo en la boca. Pía aterrorizado sin que ella se sienta aludida. Lo deja frente al hombre aleteando herido y lame sus manos ensangrentadas.

— ¿Es suya? ¡Qué cariñosa es! —habla con un rictus de dolor. Le queda muy poco que decir, a pesar de ello sonríe. Yo no.

—Está muy delgada. Suerte —me despido.

La gata me sigue y se enreda entre mis piernas para jugar. Me araña el tobillo sin pretenderlo y pienso que no es nada comparado con tener medio tronco amputado.

La vida es una mierda, padre murió sin darme tiempo a decirle una palabra y con este extraño he mantenido toda una conversación filosófica. Mierda para Dios.

Hablar con extraños siempre me ha parecido una tarea tediosa, penosa.

Mi caballo come de una bolsa de basura en una de las esquinas de la calle y una rata sarnosa roe la tripa que le cuelga. Se ha destripado al pasar por encima de las planchas metálicas del techo de una casa que se ha tragado la tierra al temblar.

Algo extraño, algo anómalo me tiene que ocurrir, no son habituales estas situaciones.

El caballo me huele y alza la cabeza mirándome con sus ojos ciegos, están blancos como pelotas de golf. Es un toque de color en un pelaje negro. En su quijada sostiene el torso de un bebé parcialmente devorado. Pobre caballo, no sabe lo que come.

La gata se arquea y su pelaje se eriza. Nunca le ha gustado ese caballo que no es mío; pero si lo reconozco como tal, por algo será. Los terremotos derriban también los muros de las mentes y rasgan la realidad, el coraje y la cordura.

Estar loco es bueno, rompe cualquier asomo de repetición.

Me gusta, me enternece la valentía de mi gata; ella cree que puede contra todo. Como yo de pequeño.

El caballo se encabrita y con una pezuña trasera aplasta a la rata que se alimenta de su miseria. Hay tanto sol, tanto calor…Y polvo que flota como una enfermedad en el aire, densa y tangible. Identificable como la muerte en un corazón roto.

El torso del bebé ha caído de la quijada que lo devoraba, sus ojos vacíos me miran acostado de lado en una bolsa de basura blanca. No tiene labios y me sonríe muertecito.

No voy a subir a mi caballo, no me gusta. Me incomoda, parece peligroso.

Estoy de acuerdo con la gata, si pudiera me arquearía y si tuviera pelaje, lo erizaría.

Aunque tengo rabo no es elegante una erección hostil en un día de destrucción masiva. Mejor pensado: no es higiénico.

Estoy cansado y aburrido de que interfieran en mi vida los demás a pesar de mi falta de empatía. Yo no tengo la culpa de que me hayan parido así. Si yo he tenido que soportarlos, otros tendrán que soportarme. Que se jodan.

Me sobreviene una arcada al pasar frente a un edificio derribado, se oyen voces entre las ruinas pidiendo ayuda; pero sobre todo, sube el hedor a sangre y carne que se calienta. Es un olor particular, aunque no se haya olido jamás, se identifica claramente como la muerte.

El caballo me sigue lentamente, con los belfos encogidos mostrando sus dientes con ira, arrastrando la tripa por el suelo. Y por alguna razón que no entiendo, caga también a pesar de su intestino destrozado.

Me interno en una estrecha calle que está extrañamente en sombras, todas las casas se han caído, no es lógico, debería llegar el sol. Mi olfato se ha saturado tanto de muerte que ya no siento náuseas. El calor se ha esfumado y me siento bien.

El caballo se acerca y con su hocico agita mi mano buscando una caricia. La gata está subida encima de la cabeza de una mujer muerta y maúlla también exigiendo su cariño.

Acaricio los ollares de mi caballo y me acerco hasta mi gata que cierra los ojos al sentir la caricia de mi mano.

Todo está bien, y la muerta no huele.

Elevo la vista al cielo para agradecer el frescor; es una pared gris como el plomo. Más allá, en la calle central de donde vengo, el sol arranca espejismos del suelo, lo hace hervir.

Espejismos de vapores de muerte… Reflejos del dolor…

La estrecha calle es larga como el infinito, como una Vía Láctea de escombros y destrucción, no hay peligro, no hay calor, no hay muerte, ni hedor.

Me agacho y meto la tripa podrida del caballo en el vientre para que no la arrastre, para que no se haga más daño si no es necesario. La gata trepa a mi regazo y avanzamos lentamente.

Los cascos del animal pisan muertos, ropas sin cuerpos, cepillos de dientes y fotografías.

Siento que la humanidad no merece perdón, una corriente de aire que da paz a mis ojos secos, me da la razón. El planeta está de acuerdo conmigo.

Una pequeña figura avanza hacia nosotros. A medida que nos acercamos, se define su rostro delgado y anguloso, su cabello rizado y oscuro, sus pechos libres bajo un vestido de gasa blanca. Los ojos son oscuros y brillantes… Sus pechos se agitan con cada paso.

Me apeo del caballo, la gata salta a unos escalones rotos, sus pupilas están dilatas absorbiendo toda la luz posible observando la figura que se acerca, ronronea plácidamente.

La mujer ha llegado hasta mí.

—Amado Jesús, cuanto tiempo, mi amor. Te extrañado cientos y cientos de años —dice mirándome con intensidad.

La amé en algún momento, lo sé, me lo dice cada terminación nerviosa de mi cuerpo.

—No lo sabía, no sé si esto es realidad, tal vez duermo —le respondo confuso.

Se arrodilla ante mí, saca mi pene del pantalón y se lo lleva a la boca. Sus rodillas sangran porque se asientan en escombros de azulejos cortantes.

El caballo escarba con su pezuña delantera y muerde una mano gris de uñas sucias y piel herida que ha hecho emerger de la miseria.

Mi vientre se tensa ante la succión de María Magdalena. La recuerdo…

Parece que me arranca la polla, que me arranca la piel de hombre y me convierte en Dios.

Recuerdo mi semen corriendo por sus muslos poco antes de mi crucifixión y ahora son sus labios los que rezuman mi leche. Sus pechos se han mojado.

Acaricio y beso sus labios, trago mi propio semen.

Entre la masa de cielo gris, veo la silueta de mi padre, de Dios. Me espía inquieto, teme mi juicio. Teme mi despertar de la conciencia.

Soy mi propia revelación.

—No hay premio ni redención para ellos, María. No es necesario que venga la Bestia, no habrá lucha entre el bien y el mal. Porque todo es mal. Porque aún recuerdo los clavos en mi carne y no quiero perdonar. Mi padre se equivocó, el viejo no supo hacerlo bien, es hora de acabar con su gran obra.

—Lo sé, mi amor. Dios ha estado llorando porque sabía que su hijo no tendría compasión de sus creaciones.

Abrazo a María Magdalena, la beso con un ansia milenaria y lamo sus pezones erectos en esta estepa del caos y la muerte.

El planeta sigue crujiendo, sus entrañas se abren como el vientre de mi caballo, la muerte no ha hecho más que comenzar, el terremoto solo es un preludio.

—Sube, mi amor. Sigamos condenando, sigamos disfrutando del dolor de las creaciones de mi bastardo padre; como ellos disfrutaron con nuestra separación. Con mi tortura y muerte —le digo al tiempo que monto mi caballo.

Alza su mano y la subo delante de mí, entre mis piernas; para follarla ante la muerte de los idiotas, de los falsos, de los cobardes. Para amarla con la misma fuerza con la que deseo condenar a todo hombre, mujer y niño.

¿No querían juicio final? Ha llegado por fin. Que se jodan como yo me jodí. Como me jodieron ellos y mi padre.

La gata ha clavado sus uñas en la grupa del caballo para no caer, para no separarse de nosotros. El caballo ama el dolor, eso es todo, se jacta de ser valiente.

Llega un gemido desde lo lejos. Es un ladrido débil a la entrada de la calle, en la frontera con el sol y la penumbra. Es el perro sin patas que se arrastra como un gusano hasta la calle de la condenación.

—A ti te perdono, perro —musito en un idioma que no creía ya recordar.

A lo lejos, el perro parece crecer, sus patas se han desarrollado y se dirige a la carrera hacia nosotros, contento; tanto como cuando no tenía patas.

— ¿Cómo vas a llamar a tu primer milagro tras tu segunda venida? —pregunta María Magdalena, que intuyo, sonríe con picardía.

—Le voy a llamar Yahveh, aunque no le guste.

Mi hermosa y amada María lanza una carcajada y toma mis manos con las suyas para que abrace su cintura con fuerza.

Esta vez el juicio es correcto y los malos sufrirán su castigo, sin que ningún inocente muera por ellos.

Todo fue un error y yo no moriré otra vez en vano.

Sonrío por primera vez en más de dos mil años.

Iconoclasta

Los muertos me usan, se asientan en mi pecho, cargan sus almas sobre mí.

Pesan como la carne de una pierna rota.

Cada noche, cada sueño, en la oscuridad inconsciente; observan con curiosidad y expectación mis ojos cerrados oprimiendo con su inmaterialidad mis costillas.

Temo a los muertos que roban la paz a mi sueño como lo hacen las vergüenzas y los rencores acumulados.

Detritus de una vida…

Y aún los amo, no soy malo. No soy tan malo como me parezco a mí mismo.

Aunque no recuerdo bien sus caras. Es un problema que me angustia.

Los muertos provocan apneas. Donde antes había aire, ahí están ellos, inmaterialmente vertiginosos e inalcanzables desplazando el oxígeno.

Es imposible que pueda algo estar tan muerto…

Qué puta pena.

Sin embargo, se acuestan en mi carne por las noches, cuando duermo y no puedo dominar la irrealidad que hay párpados afuera.

Presionan, reclaman atención.

Saben que están muertos y necesitan hacerse notar.

Respirando a los cadáveres de los cadáveres mis pulmones se quedan vacíos, porque no son nada, lo sé. Son nada y nadie sin remedio.

Y aún así, parasitan el sueño y el descanso.

A medida que avanza el tiempo la verdad se revela rompiendo fantasías e ilusiones.

El peso de esas almas es ahora pena y su inexistencia ni siquiera es vacío. El vacío es una idea romántica y pueril.

Ocurre que el aire, cuando están muertos, sabe a mierda si los amaste. Ellos son ahora mi vergüenza: el espejismo de una infantil esperanza.

Caí en mi propio engaño como un niño que cree en los superhéroes y los viajes en el tiempo. Un niño que no sabía que un día de sus cojones saldría leche.

Me espera lo mismo que a ellos: morir y ser nada. Ser un ladrón de aire de ellos, los que quiero.

Sentaré mis rodillas en los vivos que amo, aunque no quiera. En las noches seré el que roba y acapara sus respiraciones. Robaré un aire que no me pertenece. Respiraré de sus bocas hasta que comprendan y asuman que soy un espejismo, un sueño vano de consuelo.

Una vida en el más allá que no existe.

Avergonzados como yo lo estoy, me diluiré en el tiempo y seré reemplazado por algo tangible que al despertar pueda ser enfocado, tocado, respirado. Todo aquello que no deja un vacío, que no robe el aire.

Me cambiarán, como yo lo he hecho, por el humo del tabaco, la primera orina de la mañana, el dolor de un tejido podrido o la fiebre de una enfermedad cuando el sol conjura la noche.

Los muertos pesan sin ser nada, sin existir.

Qué extraña es la muerte, qué mentirosa y cobarde la vida…

No le temo a morir, no importa demasiado vivir.

Porque si hay algo que pesa más que un muerto, es la vergüenza de haber pensado que podían vivir, creer durante un instante que podría un día volver a oírlos, tocarlos o verlos.

Ahora queda el bochorno de haberme robado yo mismo el aire.

Seré un muerto ruborizado en el pecho de mis vivos.

Iconoclasta

Todos los seres mueren, la cuestión es si lo saben. No sé si un animal es consciente de que ha de morir. Si lo fuera, sería demasiado parecido a los humanos.

(He visto animales con el cuerpo destrozado lamerse sin gemir, un perro con la pierna colgando que busca comida, como si la muerte no fuera con él.)

Es un drama, hay gente con muy poco valor para enfrentarse a la muerte.

(Me siento joven, a pesar de mi edad, me siento como un niño, dicen.)

¿Cómo gestionar o combatir ese miedo?

(El miedo a la muerte no se gestiona, se padece. No se puede educar el terror. Es una cuestión genética.)

Lo cierto es que no se debería gestionar, si un cerebro funciona bien, la cosa va rodada.

(Hay quien ha tenido una suerte inaudita en su vida y el miedo le resta valor a su final. La proximidad de la muerte le quita la dignidad si algún día la tuvo.)

La propia vida, la experiencia y la progresiva degeneración del cuerpo (envejecimiento) llevan a la compresión, aceptación y asimilación de la muerte; a una tranquila espera de lo inevitable. Porque a medida que el cuerpo se debilita, la mente busca descanso también. El cuerpo es una pesada carga cuando hay enfermedad, y la mente responde de igual forma.

(Los testículos cuelgan herniados en el reflejo del espejo, los pechos son odres vacíos.)

No es dramático, llegados a cierta edad, la vida es demasiado ruidosa, veloz y luminosa.

(Los ojos se han opacado, los oídos han perdido sensibilidad y donde había sonido ahora hay un murmullo caótico. La rapidez difumina los bordes de las cosas.)

Es lo que debería ser; así es como deberían funcionar los cuerpos y los cerebros sanos.

¿Sanos? Tal vez no sea correcto, tal vez lo cierto es que llegar a la muerte con serenidad es una rara afección que padecen algunos humanos.

(Un control obsesivo del cuerpo y una ingesta masiva de fármacos roban tiempo de vida, de disfrutar de lo que queda. Es un prematuro contacto con el fin.)

Lo más habitual entre los humanos, es que sufran una lenta depresión, una necesidad de hacer todo aquello que no se pudo realizar cuando la muerte se vislumbra cercana. Y la frustración parasita el alma.

(Caminan bajo el sol, como lagartos buscando el calor. Un calor que les es molesto porque resulta excesivo; pero su cerebro no es capaz de asimilar o gestionar. La muerte es fría y la vida es calor, es su simple conclusión.)

Pierden la calma y la alegría. La vejez se convierte en una constante envidia hacia los jóvenes. Los ancianos cobardes se sienten molestos y agredidos por los gritos y la música, por las películas que no son de su tiempo… Son incapaces de seguir el ritmo de la vida por una debilidad nacida de su degeneración y depresión.

Tal vez por ello, se hacen más religiosos y llegan a la conclusión de que el mundo ha empeorado.

Recuerdan tiempos de respeto y cuasi castidad, donde no había más que mediocridad y vulgaridad. En secreto buscan el perdón a sus pecados y acceder a una resurrección.

(Muchos de ellos recuerdan con vergüenza sus coitos grises y borrachos con putas viejas y feas.)

Llegar con dignidad a la muerte no es cosa de vulgares ni cobardes. La dignidad se encuentra en asimilar el proceso sin verse víctima y concluir, que en verdad ha hecho uno lo que le ha dado la gana. Que ha vivido según su ideal, según sus intereses.

¿Y por qué será que los que más quieren vivir, son los más molestos y odiosos? Justo los que quiero que mueran pronto.

Yo estoy en camino, he de morir pronto.

He recorrido el 80 % de la vida, y lo único que siento es curiosidad de como pasará, como será dejar de ser algo.

La vida no es para tanto si te has cansado de trabajar, luchar y despreciar la mierda que crearon nuestros antepasados.

Y que me muera ahora mismo si no tengo razón.

Buen sexo y semen rancio.

Iconoclasta

En algún momento durante su formación en el útero, una espora corrupta del hongo de la vida se introdujo en su organismo a través del cordón umbilical y anidó en su cerebro parasitándolo.

No vivo, estoy parasitado por un hongo putrefacto, repugnante y voraz que deja esporas por todo mi cuerpo. Se llama vida y su nombre científico es Viventes fungus.

Los hongos habitan en lo oscuro y en lo podrido. Tal vez me formé podrido…

Tal vez sea mi parásito, yo mismo.

Se formó en el vientre materno, fue parido y luego creció con la temible conciencia de que su vida iba a ser excesivamente larga. La sintomatología era la de una alergia al planeta y a la humanidad.

La comezón en mis orejas es tan mortificante que la aguja con la que rasco allá dentro, me hace cada día más sordo a los humanos. La esporas que despide mi hongo atraen cucarachas y moscas que dejan sus huevos en mis tímpanos, produciendo fiebre en mis ojos que lo ven todo teñido de negro y rojo.

A pesar de todo, creció para aprender a identificar con certeras palabras la porquería que sus ojos observaban y le rodeaba. Era como si tuviera que convivir con un loco y un cuerdo dentro de un mismo cráneo, y la conciencia de su vida podrida, la auténtica verdad de su existencia, estaba presente en cada segundo de su tiempo.

No se entiende bien a estas alturas de su madurez, si el cerebro es el parasitado o su hongo es el pensamiento humano. Tal vez inhumano.

El hongo putrefacto se ha hecho cada día más grande y cuanto más espacio ocupa, más mina mi humor y esperanzas. La vida, ese hongo repugnante, sabe agredirme una y otra vez.

Rompe mi sonrisa y cualquier afecto.

Cuando hace daño, lo duplica con la siguiente acción. Si me encuentro tendido en el suelo, el hongo encuentra a alguien o algo que me aplaste con más fuerza. Soy perseguido y acosado por ese puto parásito que soy yo mismo.

Es difícil de explicar.

Es imposible.

Es inútil…

Se convirtió en un ser desarraigado de todo lo natural y lo humano. Se hizo cínico. Cualquier cosa animada o inanimada que le provocara una emoción, se hacía indecentemente larga en el tiempo hastiándolo. Estar en el mundo era ser prisionero.

Se convirtió en un psicópata que odiaba la vida.

Grito y conjuro la muerte de mis hijos con una ira desbocada. Escupo sangre deseando la muerte, el genocidio y la destrucción. Soy más malo que ese repugnante Viventes fungus.

He madurado y adquirido mi plenitud, mi pleno desarrollo mental. Soy más sabio que nadie.

Me han despedido del trabajo, no me quiere mi esposa, ni mis hijos.

Si no amo mi vida, no amo la de nadie. No importa que me rechacen porque lo rechazo todo por sistema.

Estoy desbocado. Mis hijos se pudrirán como yo y no importa. No conocen el maldito hongo. Bendita inocencia…

Bastante asqueado estoy de la vida para atender la de otros.

Mi esposa vomitó cuando vio mi pútrido semen en su pubis.

Mis hijos sienten asco de mi aliento.

¿Fue una especie de puta mi madre? ¿Por qué me transmitió ese ponzoñoso hongo de mierda? La odio con toda mi alma aunque esté muerta.

El hongo apenas tarda unos segundos en provocar la mala suerte e infectar la médula de los huesos, el ánimo y la cordura de la víctima. Sus testículos están endurecidos por tumores y sus masturbaciones son sórdidas y dolorosas. Se hace pajas para aliviar la presión de ese semen verde que le duele. Está solo, alejado de todo en un apartamento vacío, sin muebles. Con las paredes cubiertas de un terciopelo negro y viscoso. De hongos de la vida corrupta que su piel suda y contagia.

Soy tan malo como esa seta que me pudre y que lanza sus raíces de estiércol por mi médula espinal. Siento el sabor a mierda en mi boca cada día, cada hora, cada minuto…

Cuando más tranquilos deberían estar los humanos, ante la madurez mental, él se sentía más asqueado de sus conocimientos y de la vida. Reprochaba a su propia existencia su esclavitud eterna en el planeta. El hongo y su pensamiento eran simbiosis pura.

Pero yo sé hacerme más daño y dañar más que él. Puta vida de mierda… Acabaré contigo aunque me joda yo. Nada puede calmar mi ira y mi locura cuando soy agredido por el hongo de mierda. He llegado al límite de la paciencia.

Vida cerda.

Morir es acabar con él. Fumo puros habanos hasta ahogarme, hasta espesar la sangre tanto, que el corazón es incapaz de bombear. Los dedos de los pies se pudren y con ellos la vida: ese hongo asqueroso que me poliniza de miseria y repugnancia.

Me gusta especialmente la parte del puro habano, me gustan los buenos cigarros. Y que me la chupen también, aunque el precio de que un humano esté tan cerca de mí, hace mierda mi erección.

Las paredes hablan. Son colegas del hongo, su universo es un manto de musgo negro y viscoso. Negros muros como sus uñas y la carne de todos sus dedos a los que ya no llega sangre roja.

Todo está mal y a mi familia se le escapa una sonrisa alegre al saberse a salvo de mí. De mi hongo.

—Deberías saber que ellos no están contagiados, solo tú tienes ese hongo, nadie más lo tiene. Tendrás mala suerte y mala vida hasta el fin de tus días. Nadie compartirá la mierda contigo.

—No seas locuaz —le respondo a la pared.

Es genético, es mierda que me pudre con sus raíces extendiéndose y rompiendo mi ADN y la ilusión. Coloniza el cerebro y la carne.

Y los huesos, amén.

No está registrado el hongo en ningún libro, en ningún ensayo. No hay fungicidas, no hay cura ni tiempo para hallarla. De hecho, solo uno de cada cien generaciones, nace infectado por el hongo de la vida: Viventes fungus.

Es larga la existencia cuando ese hongo asqueroso coloniza la médula de mis huesos, mi bienestar, mi dinero, mi amor…

Lo corrompe todo.

Y yo me hago más daño si puedo, no bajo la cabeza ante nada ni nadie. A costa de mi vida, a costa de todo…

No tengo miedo, solo es asco por la vida, por el hongo repugnante que lanza sus esporas venenosas sobre mi piel y las vísceras. Por dentro y muy adentro.

Vive en lo lóbrego y húmedo de mi cerebro, y es descomposición.

Vivo esperando lo peor, lo que como es para la vida de mierda, para alimentar ese hongo. Todo se lo lleva él: los nutrientes y mi sonrisa.

Cómo lo odio. Es el hongo del hastío, la monotonía y lo gris. El hongo del esfuerzo y la pobreza, la esclavitud y el cáncer.

Odio la luz que ilumina los ojos de los que ríen y odio su organismo libre de parásitos.

El hongo provoca una melancólica envidia, de una forma inevitable. E induce al fracaso y la desesperanza constantemente.

La vida, el triunfo de los demás, es la prueba continua de mi fracaso.

Les infectaría metiéndoles en la boca mi pene lleno de esporas y raíces de pesimismo y fracaso. De malas suertes y lesiones.

De pobreza y necesidad.

Cuando la vida te parasita, no puede haber tratamiento ni amputación, la única salida es el suicidio; pero requiere un valor que se adquiere con el constante sufrimiento y hastío. Y eso llega con la madurez.

He rociado las paredes con cloro y el hongo se ha desprendido convirtiéndose en líquido negro. Mi cigarro se ha apagado entre los dedos y ya no me parece repugante ni difícil beber lejía, esa mierdosa seta me ha provocado tanto dolor y hastío que nada puede ser peor.

Y quiero sufrir para que sufra el hongo también.

Ojalá no exista nada tras la muerte, porque seguro que me esperaría otra pijosa seta.

Brindo con cloro por la muerte de la humanidad.

Maldita sea mi suerte…

Hay quien se pregunta si es posible que la miseria llene tanto la vida de una persona durante tanto tiempo. Tal vez, piensan algunos, que es dejadez.

Tal vez el hongo esté en sus uñas. Tal vez creciendo en sus hijos. Es igual, aunque comieran mierda, el hongo de la imbecilidad, el que infecta a toda la humanidad, les haría ver que comen caviar.

Iconoclasta

Dos años que han pasado en un abrir y cerrar de ojos.

Dos años de un dulce morir.

El tiempo es así de hijo de puta: si estás dos veces bien, pasa cuatro veces más rápido; pero si vive en una pesadilla en lo que todo es gris, los segundos se convierten en minutos y las horas en días.

No sé que pensar, puede ser que mi esposa sea extraterrestre y tenga un arma especial para regular la velocidad del tiempo y yo sea su sujeto de experimentación. Me somete a su tiempo.

Ella rige con su belleza y voluptuosidad el ritmo de mi vida.

Hace girar las manecillas de mi reloj a velocidad de escape de la atmósfera, en una aceleración que acorta el tiempo, que me lanza veloz hacia mi tumba con una velocidad sin freno.

Mi semen en el espacio es una ráfaga láctea que se mueve a la velocidad de los cometas. Mis cojones me duelen cuando eyaculo así, y quiero que duelan. Necesito el dolor del amor.

Y no me importa envejecer más rápidamente, es algo, un precio que pago gustoso.

¿Pero qué haré cuando al morir, en el último hálito de mi vida, sea consciente que mi tiempo a su lado se ha acabado?

¿Es posible que Yahveh insufle, como a Adán, en mi nariz la vida para que pueda seguir con ella? Jodiéndola y cagándome en él, el creador; con el placentero dolor que hace que mis cojones parezcan comprimirse sobre si mismos al derramar mi leche sacra en su coño insondable.

Dios no existe, solo ella. Son elucubraciones de mi mente enferma, como la de todos los creyentes que tienen miedo a morir.

Yo tengo miedo a dejar de follarla. Soy más valiente.

Tengo mucho miedo de que esa fracción de segundo, ese paso impreciso entre el último latido y la muerte íntegra, se convierta en otra vida, en una mierda de vida.

Los segundos, cuando mi amor está ausente, pasan obsesivamente lentos.

Tengo miedo del momento en que será definitivo. ¿Seré un no-muerto durante siglos? Porque el corazón tardará en detenerse mil putos años sin ella.

No quiero morir lentamente, no he de tener tiempo a pensar que con la muerte, dejaré de estar con ella para siempre.

No me queda más que pedirle a cosas en las que no creo, que tengan piedad de mí y en el momento de palmarla, mi cerebro estalle y sea incapaz de razonar. Que no sepa que voy a estar sin ella.

¡Dos años…! ¡Qué rápidos!

Me han parecido tres meses, es vertiginoso amarla.

Aferrarse a ella no es solución, todo lo contrario. Acelera el proceso de mi partida, de mi deterioro, de mi decadencia, de mi vejez. Ergo muero más rápido.

Es una paradoja que me enloquece.

Un problema preocupante; por decir poco, por decir lo mínimo.

No tengo opción: soy un suicida y se la meto aunque pierda un año de vida. Me derramo en su coño al precio de una vejez prematura.

Abrazo y me follo a mi muerteamor desgarrando sus labios (los de arriba y los de abajo) con la rabia de mi deseo.

Y ahora he de seguir muriendo rápidamente, ella está conmigo y el futuro está aquí, mirándome con un saco de muerte en su espalda. Con una soledad cósmica, si no muero lo suficientemente rápido.

No necesito artes adivinatorias para saber mi futuro, necesito un tiro certero en el paladar.

Que alguien, llegado el momento, destroce con un martillo o con un disparo a bocajarro mi cerebro cuando mi semen rezume por su coño, porque ese será el único momento en el que no pensaré que me quedaré sin ella al morir. No pienso que me voy a morir cuando de su vagina mana mi leche.

No quiero un purgatorio de una eterna fracción de segundo alojado en el último latido de mi corazón.

No quiero pensar, solo quiero amarla a costa del tiempo, de mi vida.

Para Aragón, mis segundos más veloces, mi tiempo sin freno.

Iconoclasta

Ocurre en cualquier momento, en un segundo comienza un apocalipsis gradual: la mirada borradora destruye las formas, los colores, las cosas y las personas.

Destroza todo el amor y el odio del mundo, es la extinción total de vida, materia y espiritualidad.

Si es una afección psicótica o una mutación ocular, no importa porque el resultado para quien la padezca o disfrute, es idéntico: la aniquilación total. Y la realidad es absoluta para el que borra todo aquello que ya se ha cansado de observar.

Suele ocurrir cuando los ojos se encuentran relajados, asaces. Cuando una masturbación solitaria ha creado una intensa fantasía idealizando una realidad que no existirá. Es una forma de supervivencia en un mundo hostil que insulta nuestra inteligencia con vidas y cosas que nos han hastiado durante mucho tiempo haciendo la vida inviable.

La mirada borradora aflora cuando el semen se enfría solo entre los dedos, con la leche aún borboteando por el meato del bendito pijo, que es el único que placer nos da. La mirada desdibuja entornos y contornos. Los colores se convierten en cera caliente derramándose por el suelo. Los ojos de las bestias de dos y cuatro patas caen de sus cuencas lánguidas y elásticas deformadas por su propio peso.

Ocurre cuando ya se sabe todo de la vida y comprendes que no hay otra dimensión, ni otro lugar donde ir que se pueda parecer mínimamente a lo que sueñas.

Todo comienza con una lágrima que desenfoca el planeta. No es la lágrima lo que deforma las cosas, la lágrima solo es un producto nacido de la desesperanza.

El mundo que imagino es perfecto y la realidad hedionda. Estoy abandonado.

Ante esta comprensión es cuando se adquiere un super poder, o una enfermedad mental. Y la mirada borradora comienza a radiar su destrucción sin que se pueda evitar; igual que una fusión nuclear nadie puede parar. La gente muere silenciosamente, desaparece.

“No quiero desaparecer así”, “No puedes borrarlo todo”.

El que no quiere desaparecer, siempre te ha querido joder la vida, no hay que hacer caso; hay que borrarlo empezando por el cerebro. Sí que se puede borrar todo cuando la enfermedad de los ojos borradores ha destruido todos los anticuerpos de la razón, todo es posible. Como sumergir todas las vidas y todas las cosas en el Mar del Olvido Cósmico. Solo queda su luz molesta viajando en el espacio, demasiado lejana para que la pueda ver y borrar.

La mirada borradora llega para vengar las ilusiones asesinadas que jamás ocurrirán. Es mi némesis contra una vida de mala suerte. Odio a los triunfadores por nada en especial. Si no puedes ganar, odias. Es así de simple. Con los años aprendes a sentir asco por los afortunados, por los inteligentes, por los que más ganan. Deseas aniquilar a todo ser dichoso que te echa en cara tu fracaso con su existencia de mierda.

Y rindes culto a tu polla, que para eso la tienes. Y escupes tu felicidad por el pijo con cada cosa que borras.

El mejor amigo del hombre no es el perro.

Los contornos de los seres humanos ya prescindibles en lo que queda de mi vida, se difuminan con el aire; cosa que provoca una náusea, un mareo. Poco importa, porque aunque vomitemos, es bueno que desparezca todo aquello que no nos gustaba o nos gustó en algún momento. Lo importante es que mis manos están nítidas y el semen forma perfectas y definidas gotas en mi pubis. Eso no se puede borrar, no lo quiero borrar.

El semen es un conjunto de hijos borrados.

No es quedarse ciego, porque lo ves todo. Observas toda la muerte y la venganza contra la mediocridad y lo plano ante el triunfo ajeno agonizante. La mirada borradora se convierte en heroína que corre veloz por mi sangre y necesito inyectar más y más.

El sol ya no tiene una forma definida, ese hijoputa que tanto me ha calentado la piel, que me ha podrido dando vida a otros… Es ya un foco que ha perdido intensidad. Ya no es la puta estrella creadora de una vida mierdosa.

Mi mirada acaba con la vida que el sol creó y el frío se instala en los huesos y en las entrañas de todo lo animado. Solo mi pijo desprende vapor escupiendo semen.

Sin tanta luz todo se ve mejor: las cosas horrendas ya no se pueden maquillar con un contraluz y si existiera algo bello, se podría apreciar con más detalle.

Los pelos rojizos de mis cojones se saturan de color como las hojas muertas en el otoño. Gracias a que he borrado el sol.

El vómito ante la mirada borradora se mantiene nítido, como un monumento, una obra de arte perfecta ante lo que se diluye y desaparece. Mi asco es mi obra eterna en lo que queda de este mundo.

La mirada borradora es voraz e ingobernable, ya no hay segundas oportunidades. No más esperas, es hora de que todo desaparezca.

Menos mi polla y yo.

Lo corrupto ya no se sostiene, no tiene ojos, no tiene músculos, ni huesos. Lo que odio es leche sin pasteurizar. Dura nada bajo mi mirada borradora.

Los rostros han perdido detalles, todos son idénticos deshaciéndose y lloran su muerte intentando con sus manos indefinidas, cubrirse de mi mirada.

Las casas y sus fachadas son rostros con ojos sin color ni movimiento que lucen bocas abiertas sin labios ni dientes. Hay ventanas como cuencas vacías, en las que se borran familias que se creían felices, intentando dibujarse los rostros con pintalabios y acuarelas infantiles.

Los hay que aún no saben que se están deshaciendo y piensan en ir al médico porque creen que es conjuntivitis el no verse a si mismos en un mundo que ha perdido luz.

Los más inteligentes, no saben que los estoy borrando. No eran tan listos como ellos u otros pensaban.

La mirada borradora es justicia plena y los que un día triunfaron a costa de mi fracaso, ahora mueren por mi voluntad. Mi triunfo.

Sus carnes se estiran y se derraman por el suelo con sangre descolorida, los perros ladran perdiendo sus mandíbulas blandas al aire y se desangran por las desparecidas arterias. Los pájaros se convierten en borrones de tinta en un cielo caótico mezclado de azul y blanco que se diluye para convertirse en nada.

La mitad del gato que descansa en el alféizar de la ventana, se descuelga varios metros y su mirada es triste como lo fue la mía antes de ser borradora.

Yo me mantengo íntegro, mis manos son perfectas y mi cuerpo es sólido.

Con cada árbol, con cada coche, casa y ser vivo que desaparece, mis fracasos se olvidan y los recuerdos se hacen amables. Yo vivo y la humanidad y lo que la contiene, muere. Por mi voluntad.

Mi santa volición.

El miedo y el dolor de la humanidad se ha convertido en mi gozo, en mi sueño cumplido.

Todo lo que me rodeaba carecía de importancia, porque no siento más que alivio con toda esa muerte.

Nada importaba demasiado, y ahora me queda el pesar de no haber cultivado antes mi mirada borradora. Todo se podía borrar y he dejado que durara demasiado tiempo. Era tan fácil acabar con lo anodino…

Las vidas ajenas no son más que simples dibujos que alguien trazó mal y de malhumor. Y yo he pagado ese error demasiado tiempo.

Que mueran, que desaparezcan, que dejen de existir y que no quede huella de nada. Que luchen y fracasen contra mi mirada borradora.

Que se jodan, no los soporté nunca.

Yo regaré la nada con mi semen blanco, sólido, dulce y cálido.

Que no abran la boca los que mueren, o se tragarán el maná de mi placer.

Llega la noche, y el mundo está más silencioso que nunca. La luna es un queso podrido y aguado, las estrellas no brillan, solo son manchas blancas de grasa.

Mi cama está definida y mientras borro mirando por la ventana la luna y el cielo negro, mis ojos piden descanso. Hay poco ya que borrar, puedo dormir tranquilo y acariciar mi triunfo que está erecto y deja un rastro incoloro, espeso y de fuerte olor entre mis dedos.

La mirada borradora es excitante…

Me pregunto donde despertaré mañana si casi todo se ha borrado, qué comeré o adonde iré. Sonrío por primera vez en muchos años ante mis dudas, ante lo desconocido.

No importa si mi muerte es el precio por gozar del privilegio de una mirada borradora. Ojalá naciera mil veces para hacer mil veces lo mismo en otros mil planetas.

Aunque me joda.

Yo no seré borrado como los vulgares, moriré con mi cuerpo íntegro, como un hombre.

Si alguien no ha muerto, que aproveche unas horas de vida mientras duermo, mañana no quedará nadie.

Que mi mirada borradora me libre de vosotros.

Iconoclasta

Está tendido en la acera, boca arriba, su cabeza ha golpeado contra el bordillo al caer con una arteria que se ha roto en su cerebro por culpa de una genética defectuosa. La cucaracha le rinde honores untando con repugnante baba sus labios ya púrpuras.

No hay nada sugerente ni misterioso en la muerte. Simplemente es algo sórdido y con escaso interés. Justo como siempre he pensado que es un cadáver tendido en la calle, aunque al contrario que con las vidas, no hay dos muertes iguales. Solo la muerte rompe con su magia durante un instante la monotonía de la vida.

Hay ronquidos, quejidos y estertores de todo tipo. Hasta los silencios de los que mueren son distintos en cada fiambre.

El último suspiro es lo que marca la diferencia entre los millones de vidas. Aunque este hecho, no llega ni siquiera a la categoría de consuelo. Una vida de mediocridad no puede ser indultada por una agonía singular que dura escasos segundos. La muerte no mejora la vida pasada de los cadáveres por mucho que sufran en sus últimos instantes de vida.

Enciendo un cigarrillo observando como el insecto explora su nariz. Reflexionando sobre la dignidad y la muerte.

No hay conclusión alguna porque no hay dignidad. La muerte y las cucarachas son indecorosas.

Un hombre se acerca para curiosear y se santigua.

— ¿Qué ha pasado?

— Es un muerto.

Expulso el humo por la nariz y la ceniza cae en el pecho del muerto. Sus brazos están extendidos en cruz, una pierna flexionada y otra recta. Como los cadáveres en el campo de batalla de las viejas películas de la segunda guerra mundial. Tampoco es que sea digno de fotografiarse, su barriga es antiestética, viste una camisa barata de color blanco crudo en cuyo bolsillo lleva un bolígrafo de usar y tirar y una cartera vieja. No es algo que aporte dramatismo.

— ¿Lo conocía?

— Os conozco a todos; pero no sé como os llamáis.

No me gusta conocer a nadie, pero es algo que ocurre. Miras un cadáver y sabes qué era, qué hacía y lo que no hacía. Luego lo imagino follando sin ninguna gracia y acaba todo mi interés por él. Follar no es una buena coreografía, nada parecido a las películas porno.

— ¿Ha avisado a la policía?

La cucaracha se ha metido por los labios entreabiertos del fiambre y asoma sus antenas como una repugnante exploradora.

Hay tanta dignidad en todo ello…

— A mí no me importa el muerto —le respondo sin apartar la vista de la cucaracha—, no es mío. Y no me molesta, algo más de mierda en la calle no importa.

— Es un ser humano —me reprocha.

“Es una mierda”, pienso y me esfuerzo porque mis labios no lo pronuncien.

Me encojo de hombros.

—Todos lo son.

— ¿A usted qué le pasa? —enojado saca su teléfono del bolsillo.

— El muerto es él, a mí no me pasa nada.

Y comienza a irritarme este tipo.

Las moscas se agolpan en la nariz y los ojos del muerto. Beben sus mocos y sus lágrimas.

Precioso.

—Quiero informar que hay un hombre muerto en la calle Tirso, a la altura de Espronceda.

— No. No hay señal de violencia, ni presenta heridas… Claro que está muerto, llevo aquí cinco minutos y no se ha movido ni ha respirado —vuelve a contestar nervioso a su interlocutor.

Pienso que hay funcionarios que aunque no estén muertos, tienen el cerebro lleno de cucarachas.

La gente muere, es algo normal y cotidiano. Que alguno quede tendido en la calle a las once de la mañana cuando el sol comienza a calentar, no es tan anómalo.

Es algo carente de atractivo que solo invita a la reflexión.

Lo único que sobresale de un cadáver es su extrema fealdad, su cuerpo átono y su piel cerúlea. Los cadáveres llevan el estigma de una vida mediocre y anodina y los únicos que tienen verdadero interés en ellos, son las ratas y los gusanos. La muerte al final, es el reflejo de la vida.

Es hipnótico ver un cuerpo vacío que ha llevado una vida tan triste. Un anónimo que no deja más que unos pocos recuerdos en un poco de gente, y será por muy poco tiempo.

No vale la pena la resurrección.

Ni volver a reencarnarse en otro cuerpo para vivir lo mismo.

—No, no lo conozco —contesta el calvo indignado—. Pensé que estarían más interesados en enviar rápidamente una ambulancia para hacerse cargo del cadáver.

Se guarda el teléfono cagándose en dios.

Un par de coches se han detenido para interesarse por el cuerpo tendido.

Aunque hay poco tráfico en esta calle, suenan varias bocinas de conductores impacientes.

— ¿Qué le pasa a este hombre? ¿Puedo ayudar en algo? —se ofrece un hombre tras salir apresuradamente de su coche.

Yo no respondo, me interesa más ver como evolucionan los insectos. A lo mejor podría ver su alma saliendo de su cuerpo para decirle: “Adiós, que te vaya bien. No vuelvas, no parece que hayas sido muy feliz. Piensa que vivir de nuevo sería para empeorar”.

—Me he encontrado a este hombre muerto y este señor mirándolo tranquilamente mientras fuma. Inaudito…

De la manga de mi camisa sale otra cucaracha que despliega sus élitros para hacer un vuelo feo y caótico de mi mano al rostro del cadáver.

Ahora son dos las cucarachas jugando al escondite en la nariz y en la boca.

Se agolpa más gente, se empuja para hacerse paso y poder curiosear el cadáver. Alguien dice conocerlo; por lo visto es un vecino que vive tres edificios atrás.

La hostia puta de interesante.

Yo le digo al putrefacto: “No se te ocurra resucitar, amigo, mira todas esas caras que te observan, no vale la pena volver”.

Por lo visto, su vejiga ya no retiene, se ha formado una mancha oscura en el pantalón y un pequeño charquito amarillo entre sus piernas.

Tampoco el esfínter retiene nada y se están vaciando los intestinos, dada la peste que parece flotar ahora entre la gente apiñada.

Tuve un tío que al morir, se cagó también y además con un ruido como a tela rasgada. A mí me dio un poco de risa; pero mi tía vomitó.

Parece ser que cuando te mueres no tienes otra cosa mejor que hacer.

No hay muerte digna. Y vidas, muy pocas que sean merecedoras de repetirse.

Para conseguir algo de dignidad deberíamos llevar una lavativa en el bolsillo y que el cura, en lugar de la extremaunción y la absolución, nos haga un buen lavado de intestinos a fin y efecto de mejorar la imagen del finado u occiso.

Se me escapa la risa y la chusma piensa que estoy histérico por la visión del muerto.

Si hubiera estado solo, habría orinado en la cara del difunto para que su alma mortal y efímera se convenciera de que la vida es una mierda.

Me largo, este despojo no tiene nada que contarme ya y me he aburrido.

Hay un programa especial en la televisión dedicado a las aventuras de Epi y Blas en Barrio Sésamo, mi episodio favorito es: Diferencia entre vivo y muerto.

Mola.

No importo nada y nadie me presta atención cuando empujo los cuerpos vivos para salir del corrillo.

Yo tampoco le presto demasiada atención a la humanidad. Solo que yo lo hago a conciencia; ellos no saben que ignoran, simplemente se mueven como los animales, por algún instinto. Posiblemente el mismo que les hace rezar y creer en cosas extraordinarias o les hace follar para reproducirse sin tener la suficiente cultura o una buena economía.

Padres y madres lo son los puercos también.

“Mierda, el cadáver apesta siempre menos que los que le rodean”. Me lo apunto en mi libro de citas.

Que se queden ahí todos los curiosos. A mí me aburren tanto los cadáveres como los vivos. Me da dolor de cabeza tanta vulgaridad.

Si cayeran ahora todos muertos, me importaría lo mismo que el precio del kilo de algarrobas.

No hay nada más deprimente que encontrarse en la calle rodeado de gente cuando se está disfrutando de un muerto.

El muerto y yo estábamos tan bien… Todo se jode.

En casa estaré mejor, a salvo de encontrarme con vivos ajenos a mí.

— ¡Hola! ¡Ya estoy en casa!

— ¡Hola! —responde mi hijo desde su habitación, seguramente viendo videos en yutup— ¿Has encontrado muchos muertos hoy?

— Solo uno que ha congregado una manada de quince vivos.

— ¿Y no sientes cerca ningún cadáver más?

— Ninguno. ¿Y tú?

— He sentido a primera hora de la mañana la muerte del que tú has encontrado y nada más. Es muy aburrido.

Me acerco hasta su cuarto, en efecto se encuentra haciendo tareas del colegio y en el monitor hay un video de un grupo de rock que desconozco. Me siento en su cama encendiendo un cigarro.

— No te preocupes, con la entrada de la primavera mueren más. Ten paciencia.

Yo también era tan impaciente como él.

— ¿Y si muero yo? —hay un deje de tristeza en su voz.

— Evitaré que te entren cucarachas por la boca —intento bromear.

Hay un silencio tranquilo que no me apetece romper, mi hijo es el único vivo que soporto.

— Papá… ¿Aumenta la capacidad de encontrar muertos con la edad? Quiero decir, si hay un momento en el que todos los días tendremos que encontrar uno o dos en la ciudad.

— Con el tiempo solo se aprende a identificar mejor los mensajes sensoriales que nos indican donde se hallan los cadáveres solitarios. El número de muertos no varía, no tenemos nada que ver con su abundancia.

— ¿Llorarás por mí cuando muera? —ha dejado el bolígrafo en la mesa y se ha dado la vuelta hacia a mí para hacerme la pregunta.

— No.

— Yo por ti sí lloraré.

— Aún eres muy joven. Cuando yo también tenía catorce años, a veces lloraba a los muertos.

— ¿Siempre tenemos que buscar muertos para detenernos ante ellos y despreciarlos? ¿Y si un día no lo quiero hacer?

— Si un día no lo quieres hacer y puedes evitarlo, no lo hagas. No pasaría nada, pero está en nuestra naturaleza de necroasistentes. Al final uno siente la necesidad de cumplir su tarea. Somos una herramienta natural, hemos de evitar que las almas de esos que mueren solos se reencarnen. Tenemos que convencerlos de que su muerte es intrascendente, que no importan a nadie. Con ello nos aseguramos de que no quieran volver a vivir.

—Hay mucha gente en el planeta —continúo— y aunque sean pocos a los que podamos convencer, ayuda a mantener algo el equilibrio. ¡Ah! Y aunque no te gusten, las cucarachas son necesarias como golpe psicológico: cuando se les mete en la boca, suelen desechar la idea de reencarnarse. Siempre da asco ver el cuerpo recién abandonado con la boca llena de bichos.

— ¿A mamá la despreciaste al morir?

— No murió sola, estaba acompañada por ti cuando tenías cuatro años.

— ¿Y si hubiera estado sola?

— Le hubiera dicho que su vida era lo más importante para nosotros; pero habría convencido a su espíritu que era mejor no volver a vivir. Con el tiempo nos encontraríamos allá fuera del cuerpo, ya libres.

Mi hijo mira al suelo pensativo, está tranquilo.

—Le hubieras mentido…

— Sí, solo con tu madre y contigo puedo sentir la suficiente piedad como para mentir.

— No hay nada ¿verdad, papá? Cuando las almas salen del cuerpo, si no se reencarnan desaparecen.

— Desapareceremos —le contesto sin demora.

— A veces es todo tan vulgar…

Se parece tanto a mí…

— Vamos, te invito a pizza y después buscamos un buen cadáver de postre para denigrarlo. ¿Llevas suficientes cucarachas?

— ¡Qué asco…! Yo no voy a llevar nunca cucarachas, te aviso.

Me río de verdad, ahora sí, con él sí.

Se acabó la mediocridad por hoy. Y los jodidos muertos y todos esos vivos…

Y aún así, espero con ansiedad encontrar otro fiambre al que menospreciar. Me gusta mi trabajo.

La necroasistencia no da mucho dinero; pero ayuda a desahogar la tensión nerviosa diaria.

Iconoclasta

Es un cuerpo grande y fofo, parece mentira que en algún momento alguna mujer quisiera estar con “eso” a su lado.

Hace apenas un segundo que ha muerto y el cadáver conserva su color y su temperatura, incluso el tono muscular debido a la tremenda tensión de una muerte por fallo respiratorio, una apnea no superada.

Algo que sabía que ocurriría tarde o temprano, no por producto de un arte adivinatorio, sino por simple experiencia. Llevaba mucho tiempo despertando en plena noche por falta de aire. Boqueando, con el corazón acelerado.

Los cadáveres jamás se confunden con una persona durmiendo, pesan demasiado aunque haga unos milisegundos que están muertos, se comprimen a si mismos por su propio peso. Los abdominales ceden, se quedan átonos y aflora una infecta barriga en los torsos más atléticos. Hay curvas de la felicidad y hay curvas de la muerte.

La muerte es un embarazo no deseado o alguna broma de mal gusto.

Los muertos ponen los pelos de punta. No sé si debe a un olor o a al silencio del pensamiento, es algo escandaloso cuando una cabeza no piensa.

El cadáver es como el reflejo de uno mismo en el espejo, cuanto más lo miras, más lo desconoces, más feo es.

Es extraño. Pensé que morir sería menos humillante y más aburrido. Es una puta mierda en bote morir. Es una cochinada quedarse aquí flotando ante tu cadáver sin que nadie te lleve a algún lado. Tantos años de experiencia y cuando llega el momento decisivo, no sabes qué coño hacer más que sentir cierta vergüenza de los kilos de carne que han quedado ahí tirados.

Ella duerme, no se ha dado cuenta de que el cuerpo está muerto.

Ojalá pudiera avisarla antes de que despierte por el frío que desprenderá dentro de poco mi cadáver.

No me siento muerto, solo me siento inútil, inválido. Soy una niebla que no se mueve, ni tiene visión periférica.

De mi esposa solo veo el hombro izquierdo y un poco de su cabello. Cuando se mueve, alcanzo a ver la oreja.

Hay quien se merece despertar con un muerto al lado; pero ella no, no es una buena forma de empezar el día o interrumpir la noche. Es una cabronada.

Si lo hubiera imaginado, me habría salido a dormir al jardín. Odio que sufra, la amo aún muerto. Cosa que sabía que ocurriría; cuando digo que amo, ni la muerte me puede detener.

Ver el propio cadáver no tiene gracia alguna. Es ver carne decadente, músculos sin lustre por muy joven que mueras, carne por peso… Si tuviera estómago vomitaría.

Y te preguntas como ha sido posible vivir todo ese tiempo (minutos o años) encerrado en esos kilos de carne.

Hace un parpadeo he creído que me estallaban los ojos y me he encontrado aquí flotando, escupido como una flema. El segundero aún no se ha movido, está a medio camino entre el minuto doce y trece. Hace horas que son las tres y dieciocho de la madrugada.

Ahora sí que estoy jodido, porque no sé como coño me voy a suicidar, soy cortina, soy cama, soy aire y soy los dígitos del reloj. No puedo dañarme con nada. O eso creo.

¿Y cuándo podré quitar la mirada de mi cuerpo muerto? Me da vergüenza ver lo que era. Ojalá no hubiera tenido esa costumbre de dormir desnudo. Que alguien me vea en ese estado no me molesta, me molesta ser yo quien lo contemple.

Cuando el corazón bombea hay un mejor color de la piel y la carne se mantiene firme, eso está claro. Son detalles en los que uno no piensa cuando sopesa la muerte.

Y los detalles son importantes para tener cierta dignidad.

Me doy cuenta de que la carne es demasiado débil. El cadáver, lo único palpable que queda de mí jamás sobrevivirá al paso del tiempo. Y por lo que ahora veo, ser un alma es lo mismo que un espectador en un cine. Nada más. Cuando eres energía, dejas de causar modificaciones en el entorno. Lo noto, soy todo y no soy nada, solo soy un pensamiento transparente.

No jodas que ahora me espera una eternidad así…

¿Tendré que esperar mucho tiempo aquí ingrávido e inmóvil? No quiero ver como mi esposa se despierta, no quiero ver todo ese drama.

Me disgusta la nariz, la forma en la que se ha deformado al hincharse.

¿Yo no era de perfil rectilíneo?

Yo no tenía ningún valor como carne, no era atractivo, no decoraba.

No tenía apenas importancia.

Ahora se hace tremendamente obvio. Sin alma, no existe ningún tipo de atractivo.

No entiendo porque me empeñé en luchar y vivir.

Desde esta perspectiva solo sé que me he equivocado, no debería haber vivido tanto tiempo, el suicidio fue la mejor opción a los veinte años.

Qué mierda… Estuve a punto de tragarme aquel montón de anfetas…

Lo más hermoso es que no estoy sujeto a las respuestas orgánicas de ese cuerpo gordo que habitaba. Cuando pienso en todas las malas cosas ocurridas no siento vacío en el estómago, no hay una reacción de angustia

Soy un superhombre.

Hay una cosa que me resulta obscena: yo tenía una polla más gorda y mis testículos no parecían hernias.

El pene casi ha desaparecido.

Me veo como un cerdo antes del despiece.

Qué asco.

—No te preocupes, hay cosas que hacer. Ahora has de adaptarte. Puedes mirar donde quieras, tarde o temprano te darás cuenta de que no hay ojos, de que eres todo. Puedes moverte, imagina que mueves el aire, imagina un camino, imagina que tienes piernas para empezar. Y te moverás.

Tal vez tenga razón el aire que habla, así que imagino que tengo cuello y lo giro.

Espectacular.

Ahora puedo observar el armario y el cinturón que tantas veces buscaba caído entre unas bolsas de colchas.

Imagino que tengo boca y hablo.

— ¿Y ahora simplemente flotamos?

—Bueno, tampoco es tan malo. Después de una vida soportando, no está mal ser espectador.

— ¿Así va a ser siempre?

—Hay tiempos y lugares donde ir, es entretenido.

Me quedo pensativo, como un niño deficiente que intenta asimilar una lección sencilla.

Interrumpe mi profunda idiotez de nuevo:

— Fíjate en el cuerpo de tu esposa, su alma está a flor de piel, siempre intentando desprenderse. Ahora somos libres. Cuando el cuerpo muere esa fina capa de energía que con los años gana en espesor se desprende, queda libre.

El cuerpo de mi esposa está perfilado por una especie de fosforescencia blanca, muy sutil, apenas medio milímetro sobresale por encima de la piel. Hay que estar muerto para ver estas cosas. Queda un pequeño rastro del alma durante un tiempo en las cosas. Ha movido el brazo que tenía a lo largo de su costado para llevarlo bajo su mejilla, en la sábana queda una estela que se desvanece lentamente, un remanente de luz.

— ¿Quién eres?

—Imagina que soy otra luz que se desprendió de su cuerpo hace muchos años y escucha.

—No quiero estar aquí cuando ella despierte, no quiero más dolor.

—No tienes nervios, no tienes cerebro. No puedes sentir dolor, solo puedes observar y emocionarte si lo deseas. El premio de morir es no sentir dolor, ni miedo, ni dudas. Solo nos asombramos, solo saciamos curiosidad. Somos tiempo y luz. Tú eliges cómo y cuándo. Los hay que observan el dolor, es una opción, no hace daño. Lo que quieras, cuando quieras.

— ¿Podré volver a un cuerpo un día?

— Nadie quiere volver a tener cuerpo, hay mundos que disfrutar. El amor es una de esas frecuencias de lo que somos junto con el odio y la alegría y el rencor. No hay necesidad de nada disfrutamos las cosas.

— ¿Entonces por qué siento asco de mí y pena por mi esposa?

— Estás en el umbral de la vida y la muerte, deja que pase un segundo más y la pena desaparecerá. A ellos les espera un final como el tuyo, la libertad. No hay que sentir pena por nadie.

—Quiero decirle que la amo, que no tema.

—Rózala, acaríciala.

— ¿Puedo hacer eso?

— La puedes envolver contigo, con tu ser. Puedes hacer lo que quieras, no hay límites porque por fin has escapado de la piel que a veces duele. Los hay que envuelven orgasmos porque hay una satisfacción a nivel emocional. Cada alma es distinta, tiene sus gustos. Somos distintos códigos de luz, de fotones. Infinitos como el universo. Nos hacemos inocentes y las cosas nos asombran, las disfrutamos sea cual sea el resultado para los vivos. Te sentirás bien con cada cosa que hagas. Los enclaustrados nunca serán conscientes de nosotros, sentirán emociones, vagos recuerdos, algún escalofrío. Es todo el contacto, posible. Interactuamos con emociones, porque somos emociones; pero no podemos fumar.

— ¿Y dónde está lo malo?

—Lo malo se pudrirá, en un ataúd, o lo quemarán. Tu cuerpo era la incubadora, su función ha sido alimentar el alma, darle el espesor suficiente y morir para liberarla cuando ya se tiene una potente energía.

— No me jodas que todo es tan perfecto.

— Sí te jodo. Somos los inspiradores del amor, del asesinato, de la guerra, la paz y las artes. Nuestro roce continuo entre los vivos provoca esas cosas. Las guerras son fascinantes… En dos segundos más, a lo sumo tres, ya no recordarás lo que es el dolor físico, como si nunca lo hubieras padecido. Y eso te desinhibirá a la hora de elegir nuestra forma de interactuar con los vivos. No hay dolor, somos puros. No hay aburrimiento, puedes viajar por el universo, es infinito. Tan infinito que todas las almas, los trillones de almas, no se encuentran en el cosmos más que cada tres mil años. Puedes meterte en los poros de la piel de quien elijas y navegar por su organismo. Puedes crear un cáncer o curarlo.

— ¿Y si la cosa no va bien y quiero morir?

— No lo entiendes. Harás exactamente lo que tú quieras, no tendrá consecuencias para ti, simplemente satisfará curiosidad y harás sentir una leve corriente eléctrica en alguien si se diera el caso. Es bueno, cuanto más excitas las almas enganchadas al cuerpo, más espesor adquieren. Nada sale mal en esta dimensión.

— ¿Y tú eres el Gran Maestro de las Almas?

— Yo soy tú. Soy una explicación lógica. Soy el instinto que te dice lo que eres, y que será. No hay amigos, las almas no necesitan compañía. No hay agrupaciones. y sin embargo serás con quieras, con quien elijas. Cuando el segundero cambie, lo sabrás todo y tú y yo seremos la misma voz. Adiós.

—No jodas que ahora algo se autodestruirá en diez segundos.

No hay respuesta, me he quedado solo, el segundero digital a cambiado a trece por fin.

Me muevo, observo, no hay pena, no hay dolor.

Mi esposa da la vuelta en la cama y lleva la mano al pecho muerto acariciándolo como siempre. Mi cuerpo no le da respuesta e insiste. Algo raro nota, enciende la luz de la mesita. Estoy demasiado blanco. Se lleva las manos a la boca para ahogar un gemido sin lograrlo.

La envuelvo, y ahora su gemido se convierte en un llanto más sereno. Sus lágrimas me bañan suavemente y el dolor tiene una frecuencia que me gusta.

Es un bello momento el del dolor. Yo mismo tenía razón.

Su alma se enreda con la mía, y el amor puro parece envolverme, o soy yo. Su piel se ha erizado con un escalofrío.

Besa los labios del cadáver y toma el teléfono, habla con un hospital y pide una ambulancia. Cree que estoy muerto.

Su alma parece querer escapar de su cuerpo, se tensa y en algunos puntos de las articulaciones parece desprenderse. Está pensando en el suicidio.

Soy calma y le doy serenidad, me fundo en ella por una eternidad.

—Quédate o llévame contigo —me dice su alma.

—No es tu tiempo amor, todo irá bien. Morir es lo que buscamos, es lo que necesitamos. Lo entenderás, cielo.

Me desprendo de ella, y me voy al pasado, siguiendo la luz que desprendí y que ahora viaja por el espacio. Me mezclo con el dolor y la alegría, con la compañía y la soledad. Con el amor y el odio.

Disfrutando, asombrándome ante el espectáculo de la vida. Provoco el cáncer en en hombres y mujeres al alterar su organismo, es solo curiosidad. A veces un niño muere en el vientre de su madre. Es hermoso morir…

Otros se curan.

He visto nacer la vida en un planeta por el estallido de una estrella cercana. Y he sido explosión y dios. Soy parte de la vida creada. La célula se ha multiplicado. En poco tiempo habrán seres matándose y amándose. Almas inseguras enganchadas a las pieles con el único fin de hacerse fuertes y por fin ser libres.

El tiempo ha pasado, sin tener conciencia de ello. Mi esposa es vieja, está mayor y a punto de morir. Su alma apenas roza ya la piel. Le dije que no la dejaría nunca, que estaría con ella. Tal vez ella no quiera estar conmigo, tal vez quiera asombrarse sola del universo. Me gustará cualquier cosa que ella decida.

Su alma se ha despegado suavemente, el sedante ha relajado su cuerpo ya anciano. Sin embargo su alma está hermosa, exultante de energía.

—Estoy contigo, mi amor, ven —le digo desde los pies de su cama en el hospital.

Su alma se despega cuando abre la boca para intentar tomar aire con unos pulmones sin fuerza y sus pupilas se dilatan desmesuradamente buscando luz.

Avanzamos veloces por el aire el uno en busca del otro.

Hay tanta luz en el universo, viajamos veloces sentados en su lomo.

Donde un día vivimos ha desaparecido. Ha estallado la Tierra escupiendo su magma incandescente al espacio, carbonizando los cuerpos.

Flotamos en el borde del precipicio abismal de un trozo de nuestro viejo planeta. Asistimos con asombro al espectáculo de la muerte y la destrucción. Más hermoso que la vida misma. Nos maravillamos ante la potencia del dolor y el miedo de los vivos. Tanta energía…

Ya no nos amamos, nos tenemos. Somos el uno y el otro, una pareja de almas que sonríen ante la vida y la muerte.

Todo era tan sencillo y tan claro. Solo era necesario vivir. Siempre hay felicidad hagas lo que hagas en vida. Siempre hay libertad.

Los cuerpos son los que dictan el dolor, los organismos envidian la libertad y la eternidad del alma que incuban. Es solo una reacción natural. No hay consuelo para los cuerpos. Nacen condenados a vivir-morir por nosotros, las almas.

Un día leerás esto y serás repentinamente alma.

Y no habrá soledad, miedo, amor, simplemente estarás y serás.

Somos, seremos, éramos, fuimos…

Pero si quieres evitarte un disgusto, procura dormir vestido o cubierto por una sábana, no es agradable lo que somos al morir; no es agradable lo que menguan los tan importantes genitales.

Mi esposa alma ríe, yo también. Le digo que tenía la polla gorda y un perfil rectilíneo.

Nos convertimos en estela alcanzando la luz del pasado, queremos ver y disfrutar si mi nariz era tan recta como pensaba. Si mi pene era tan lustroso.

Se me olvidaba: si optas por el suicidio para empezar a disfrutar cuanto antes, piensa que tu alma puede que no esté suficientemente desarrollada, podrías acabar siendo un simple fotón que apenas viajará para iluminar la lectura de este pensamiento. De este ser.

— ¿Ves como tenía razón, mi amor? Casi dieciocho. ¿Qué cojones pasó con todos esos centímetros cuando morí?

Y ríe arrastrándome al planeta Irmak habitado por penes andantes, con la única razón de humillarme. De reír juntos eternamente.

Lo elegimos así.

Iconoclasta

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Honrarás a tus muertos

Publicado: 7 septiembre, 2012 en Terror
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El cementerio tiene muchos pasillos formados por los mini edificios de nichos, casitas de juguete de muertos…

Unos cientos de metros más abajo, a los pies de la loma están los muertos ricos, los que han sido enterrados en fosas con grandes lápidas, los que encima de su cadáver soportan el peso de un panteón a menudo adornado por una escultura tosca y sin gracia de un ángel de alas rotas y sucias. Cagado por los pájaros.

—Rezar a los muertos es una forma más de relajarse o dormir, solo que más molesta porque no hay asientos frente a la tumba, ni siquiera una máquina de bebidas—piensa metiendo la mano en la bragueta excitando el pene.

Tiene una forma un tanto particular de visitar y rezar a los muertos.

De honrarlos.

Se encuentra en la agrupación de nichos más alta de la montaña, hay una buena panorámica del cementerio que se extiende por toda la ladera sur y se prolonga a sus pies casi un kilómetro en forma de valle de tumbas.

Se debería extender cientos de kilómetros.

Se interna entre el pasillo que forman dos edificios para situarse frente al 430-1, en la hilera más baja de los cinco pisos. La lápida dice: Familia Hurtado. Josefina Lara, esposa de Ramón Hurtado, 1930-2012. Tu hijo y tu marido no te olvidan.

Tiene una cosa entre las piernas que a veces se hace notoria y se lleva gran parte de la sangre de su organismo para alimentarse y crecer.

Y no es precisamente un rosario.

Es bueno que eso ocurra, que se haga grande y se expanda como el gas liberado. Es bueno que el cerebro se quede seco para dejar de existir y ser uno con ellos, con los muertos. Ser frío como sus huesos…

Ellos miran y callan sin poder decir nada, ellos tragan el semen y el olvido. Los muertos no expresan su asco. O no deberían; algunos no se relajan.

Su oración es húmeda, un gemido obsceno ante la muerte.

Ocurre cuando una tristeza innombrable le embarga el ánimo y la promesa le pesa como una losa. Cada mes, cada treinta días de mierda. Es bueno su organismo sobreviviendo. Cuando todo es insoportable, la polla se expande en el espacio y el ritmo de la vida lo marca su puño. Cuando la soledad pesa demasiado, se acuerda de madre y que padre pronto estará con ella.

Y salpica con semen el marco de acero que protege la lápida de mármol. La lefa habría salpicado la foto de su madre. No tardará mucho en salpicar la de su padre que aún está encerrado en el manicomio agonizando con una sonda en la polla. Su próstata está tan hipertrofiada por un tumor, que no puede soltar una sola gota de orina a pesar de su incontinente locura. Dentro de poco le enseñará también como reza a los muertos.

En la consola del comedor de su casa no hay más foto que la de su madre muerta, cuando muera su padre, colocará otra, solo dos fotos en una gran superficie… Se ve un poco vacía sin los muertos; pero no ha habido nada más que fotografiar a lo largo de su “cochina inexistencia”.

Piensa que las únicas fotos que debería haber en una casa, son las de los muertos. A los vivos mejor no ponerlos en fotos, porque cambian; un día los amas y otros deseas su muerte. Los vivos son demasiado inestables.

Cuando mueren no hay problema con sus fotos, porque siempre se odian, se recuerdan tal y como murieron, con la misma sensación de asco de saber que vivieron demasiado. Con la repugnancia de saber que se comparte una sangre o un gen con ellos.

No importa que se vea vacía la consola del comedor, no es su deseo tener otra compañía u otros muertos que recordar.

Tiene buenas fotos de tigres del National Geographic.

Y de cerdos…

Solos los humanos, se hacen bestias y huraños, cosa que está bien si no hay a quien hablar, a quien hacer caso.

Para morir de asco, mejor hacerlo empapado en semen. Con los muertos pasa igual, mejor regarlos y por supuesto, no va a ir con una regadera en el autobús teniendo una polla tan hermosa heredada del cruce ocasional entre padre y madre.

El semen se muere rápidamente, se enfría y da algo de paz al puto calor que genera el planeta. Es una reflexión que nace de frotar una gota de leche entre los dedos.

Porque estar vivo es ser acumulador de calor.

Los cadáveres se refrigeran enseguida, es la ventaja de estar muerto. Sus palabras quedan como recuerdos congelados en algún lugar de la cabeza, una molestia que se puede soportar de vez en cuando.

El semen frío en la fría piel de un cadáver.

Maravilloso, las cosas encajan por si solas.

Si no se arriesgara a ir a la cárcel, sacaría el ataúd y se correría en la calavera de madre.

Ha sido una masturbación rápida, siempre se corre más rápido en el cementerio que en su casa, tal vez la emoción del riesgo de ser sorprendido.

Las flores marchitas de los pequeños y oxidados jarroncitos no mejoran con las gotas de semen. No hay peor rocío que una densa gota de esperma estéril rompiendo una flor: la muerte se pega a la muerte.

Toma una con las manos y se resquebraja entre los dedos, un pequeño pétalo amarillento ha caído rápidamente sin encontrar resistencia al aire, el peso del semen muerto e inocuo…

Su pene asoma aún duro y húmedo, el reflejo del vidrio del nicho crea una imagen miserable.

Y entre ella la cara de su madre aparece manchada de esperma.

— ¿Por qué me haces esto?

—Me hiciste prometer que acudiría una vez al cementerio para recordarte. Te recuerdo, recuerdo cada día de tu amargura, de tus palabras vulgares y tu mediocre forma de pensar. De tu continuo lamento de ser una madre abnegada. Papá debería haberte follado más a menudo. Yo te compenso.

—No sabes lo que duele, César. Aquí hay soledad, hay encierro. No necesito que me escupas nada, basta con una oración. No vengas más, te libero de tu promesa.

— Hasta podrida te quejas, madre. Sabes de siempre que solo creo en esto —responde César agarrando el pene y meneándolo frente a los ojos sin vida de su madre—. Me gusta este momento. Tu marido va a morir muy pronto, lo enterraré ahí dentro, contigo. ¿Los muertos disfrutáis del sexo?

— Calla, César. Los muertos deberíamos descansar. No hay nada más que paz, tenemos siempre miedo, esperamos algo que no sabemos que es y nunca llega. Los días no se diferencian el uno del otro.

— Es lo mismo que cuando estabas viva, madre, tu vida era peor aún que la muerte. A mí los días me corrían deprisa entre paliza y paliza de padre. ¿Te acuerdas cómo te encerrabas en la cocina cuando me pegaba y no salías hasta que la comida casi se quemaba? Me correré cada mes ante ti, en tu cara. Tal vez abra la puerta de vidrio para que te llegue más cerca el semen que tu cochino marido nunca te hizo beber.

— Estoy cansada y tengo miedo. Hay madres aquí que se sienten confortadas por la visita de sus hijos. Ya he pagado, estoy muerta.

— No es cuestión de pagar, es cuestión de que a mí me guste hacerlo. ¿Sabes que voy a visitar a padre al manicomio? El alzheimer le llegó demasiado viejo, me hubiera gustado que su cerebro se hubiera podrido hace quince años, para que sufriera más. ¿Sabes que voy para mover la sonda que tiene metida en la polla? No tiene cerebro ni para gritar; pero sus costillas se marcan bajo la piel por el dolor y continúo meneando el tubo hasta que aparece una gota de sangre. Y entonces llamo a la enfermera: “Señorita Marga, la sonda está sucia de sangre ¿es malo?”. “No se preocupe, a veces es normal”, me dice. Y la vuelve a mover tanteando si sigue en su sitio, la empuja más adentro para asegurarla, mientras padre se rompe los dientes apretándolos de dolor. Sin soltar una sola palabra. Pronto me correré en su cara también. Os rezaré y regaré a los dos.

Suena una melodía electrónica en su bolsillo, el teléfono sobresalta a su madre.

— ¿Quién es? —pregunta el reflejo de la vieja muerta intentando sacar la cabeza de la superficie de vidrio

— Cállate, coño —le responde su hijo, dando una patada al vidrio —. ¿Diga?

— Gracias, no se preocupe, estoy bien. Voy para allá ahora mismo. ¿Cómo? Sí, tengo la póliza a mano, ahora llamo a la funeraria. Buenos días.

— Tu marido por fin ha muerto, has tenido suerte, dentro de tres días volveré a enseñarte lo muy hombre que es tu hijo y con tu marido ahí dentro, tendremos un ménage à trois. ¿Crees que muerto estará igual de loco?

Lanza un escupitajo contra el vidrio y se aleja.

Todos los rostros de los muertos se reflejan con sus tristes ojos apagados de vida en todos los cristales de los nichos, observándolo marchar.

— ¿Problemas con tu hijo, Pepita? —le preguntan a coro.

El reflejo de la madre se retira al interior del ataúd.

— Al menos no la olvida —dice algún muerto.

— Y lo bien dotado que está… —responde otra muerta.

— Habrá que conocer al padre —responde un tercero.

Los reflejos retornan a sus tumbas contando chistes y el único lamento en toda la agrupación es el de la madre.

César saca una cámara del bolsillo y fotografía el cadáver de su padre aún en la cama del hospital, antes de que lo vista y maquille el servicio funerario.

— Ahora te toca a ti, padre. No te olvido, no te olvidaré nunca.

En ese instante, se extiende una mancha de sangre en la sábana, entre las piernas del muerto.

César sonríe.

— Sí, padre, para mearse de risa. Es que me parto también…

Iconoclasta

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