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El sol que ese superfluo y homosexual Dios creó aparece en el horizonte arrasando todo vestigio de noche y oscuridad. Como una lámpara de baja calidad, molesta los ojos y crea un nuevo día con el que iluminará el rostro de cientos de primates.
El sol arrasa el amor, el cariño, la sonrisa y el optimismo. Es como yo, pero sin cerebro, sin maldad, solo un aparato defectuoso de ese cabrón todopoderoso padre de un loco crucificado.
Yo arraso también la vida y la esperanza.
Me baño en su sangrienta aparición diaria como un desafío al imbécil creador, pero no puede arrasar mi maldad, mi odio, mi soledad, mi desesperación porque existen los primates. Mis ansias de descuartizar, matar y aniquilar cualquier vestigio de renovación planetaria.
El sol y su luz es para los primates, para que esos cobardes se olviden de su miedo enfermizo. De sus hipócritas sentimientos.
Como todo lo que hace dios, es una chapuza, y su sol de mierda solo crea espejismos en las mentes débiles y enfermas de la humanidad. No existe el amor y la bondad, solo el engaño de Dios. Y su pene acariciado por sus ángeles en un orgasmo eterno que lo hace idiota.
Amor es mi pene endurecido metiéndose en el ano de mi Dama Oscura, en su coño. El amor es mi mano golpeando su vulva y mis dedos castigando los pezones. El amor extremo es la sangre que mana de sus labios cuando se los muerdo y su melena negra y lisa como el zafiro entre mis puños sucios de sangre.
El amor es el desprecio que siento por ella cuando he eyaculado mi semen negro sobre y dentro de ella, cuando ya saciado me aparto a mi oscuridad y dejo que toda mi maravillosa maldad repose y se haga tan omnipresente que Dios tema que abra los ojos en ese momento.
Paseamos por las tristes y anodinas calles de los barrios bajos de la ciudad, ya bien pasadas la dos de la madrugada, cuando no hay más que borrachos y alguna puta mal vestida que vomita semen y pelos de una polla sucia apoyándose sin elegancia en el poste de una farola estropeada.
En una privada oscura, un policía parece dormir dentro de su coche patrulla, está estirado. Me acerco a la ventanilla con sigilo. La Dama Oscura se acaricia su siempre húmeda vagina que apenas cubre una falda de cuero negro muy ceñida. Qué cuerpo tiene…
En realidad no duerme, una puta está comiéndole su corrupto rabo, abro la puerta del vehículo y sacando el cuchillo de entre mis omoplatos siempre ensangrentados, les acuchillo los ojos, las manos, el cuello, los genitales… Le amputo los cojones y a ella le corto los dos pezones que se los pego en los ojos abiertos al policía. He colgado los testículos en el espejo retrovisor, junto con el rosario y me guardo una bolsa con marihuana que tiene en el salpicadero.
Han gritado como puercos en la matanza, pero en la noche, los primates son más cobardes que en el día. Nadie ha abierto una sola ventana, ni una sola luz se ha encendido.
La luneta delantera se ha opacado de sangre, los bajos del coche sangran.
Es una puta gran obra.
Seguimos nuestro camino sucios de sangre, la Dama Oscura se ha untado las ingles con la sangre ya espesa de los muertos. Un rito de adoración a mí.
Las ratas corren sigilosas y los perros dejan de ladrar cuando me reconocen, quisieran no existir ante la maldad pura. Los perros y las ratas son más listas que los primates.
Observo el cielo repleto de estrellas, me gusta, son frías como yo. No quiero que salga el sol, quiero que sea una noche eterna y se congele el planeta lentamente entre el llanto y el miedo de los primates.
Pasamos frente a una casa con ventanas oxidadas, con los vidrios rotos y unas cortinas grises por la mierda, antes eran blancas. El techo está lleno de basura, latas, botellas, hierros viejos y algún neumático junto con unos alambres llenos de ropa tendida. Un perro se asoma desde el tejado vecino, nos observa con sus tristes ojos hambrientos y enfermos y vuelve a desaparecer entre la miseria allí también amontonada.
Una de las ventanas, a la derecha de la puerta de entrada, tiene un papel pegado al vidrio que dice: «Este es un hogar católico».
Y yo creo en Dios, es más, lo conozco, por eso siento tanto odio por él y su obra.
Se me ocurre que podríamos ver llegar el amanecer con alguno de esos seres que habitan esa católica casa, si llega alguno vivo, claro. Quedan poco menos de cuatro horas para que salga el sol.
Dios quiere que ellos sean unos mártires, porque la mísera puerta de hierro se ha abierto con solo correr la maneta a un lado.
La Dama Oscura sonríe maravillosamente malvada, cuando pasa por la puerta, acariciando mi paquete con malicia.
Vuelvo a desenfundar mi cuchillo de entre los músculos de mi espalda y la casa se impregna de olor a carne y sangre podrida, mezclándose con el olor a fritos rancios y frijoles hervidos.
En el salón duermen dos primates en un sofá cama plegable.
En una habitación pequeña duermen un viejo y una vieja, los abuelos.
En otro dormitorio, al que se accede a través de una cocina que contiene un par de fogones y un retorcido comal, se encuentra el matrimonio y un bebé en una cuna vieja, una de sus patas la forman un par de latas vacías de leche en polvo.
La Dama Oscura, da media vuelta en la cocina y vuelve al salón. Yo entro en la habitación del matrimonio. En apenas unos segundos se escuchan voces viejas, lo que despierta al matrimonio y a los niños.
Cuando el hombre se pone en pie para encender la luz de la habitación, se encuentra con mi mano en el interruptor.
— ¡Qué chingaos…!
Le golpeo la sien con el puño en forma de mazo y se me queda mirando fijamente sin comprender, luego se le escapa un vómito y se desploma en el suelo.
Es un hombre bajo y chaparro, muy corpulento, de pelo negro y piel muy oscura, solo viste un calzón de algodón que le viene demasiado pequeño. Se ha orinado, cosa normal ante una fuerte conmoción cerebral.
La mujer, una tetona gorda que apenas puede moverse, muestra sus muslos gordos y oscuros antes de levantarse y gritar; pero se detiene en seco con lágrimas en los ojos.
—Ni se te ocurra gritar, primate, o mato primero a tu hijo ¬—le amenazo tomando la cabeza del bebé y haciendo girar mi mano en ella, como si le retorciera el cuello.
Dejo que el bebé descanse cabeza abajo, lo tengo agarrado por el tobillo y cuelga de mi mano como un muñeco roto.
— ¡Señor, así se va morir. Se morirá! Démelo, juro que no gritaré.
Se lo lanzo a la cama y lo toma en el aire.
La idiota me entiende y se queda sentada en la cama hipando por no llorar abiertamente.
La Dama Oscura llega con la cara sucia de sangre y del brazo trae a una mujer más vieja que las piedras, llora y se lamenta sin dientes, con su pelo corto y escaso, canoso y despeinado que contrasta con su piel de color bronce.
El marido se está reponiendo e intenta ponerse en pie.
¬—Tráete a uno de los niños, mi Oscura, vamos a tener que convencerlos de que esto no es una broma.
El marido se ha puesto de rodillas, nos mira a mí, a su madre, a su esposa y a su niño y parece comprender por fin que hay gente de más. El cuchillo en el casi dorado cuello de su vieja madre, le mantiene la boca cerrada y su coraje de macho, metido en el culo.
Nos tenemos que apretar un poco en esa pequeña estancia cuando la Dama Oscura llega con un niño de diez años. Se mantiene aparentemente tranquilo gracias a la daga que amenaza su oído y que le ha herido aunque no se dé cuenta, porque la sangre reciente tiene la misma temperatura que la piel.
— ¡Ha matado a mi Pepe, le ha cortado el cuello! —lloriquea la vieja babeando.
La abuela desestabiliza un poco el estado de ánimo de los primates y le debo cortar el cuello. Sus viejas rodillas se doblan y sale muy poca sangre de su cuello abierto, es decir, comparando la hemorragia con un primate adulto o joven, aún así hay que ir con cuidado para no resbalar entre la sangre. Muere emitiendo unos gorgoteo que llenan los ojos de lágrimas del niño y un llanto quedo. Cuando saco el viejo cadáver empujándolo con un pie hacia la cocina, el hombre se lanza hacia a mí y lo freno sujetando su cabeza con una mano, con la otra mano, doy un certero tajo en su bajo vientre muy cerca del pubis. Su mona grita con el bebé en brazos.
El niño se esconde tras su madre y mi Dama Oscura sujeta las manos del marido colocándose a su espalda para que no pueda llevarlas a la herida.
Yo enciendo un cigarro observando casi aburrido lo de siempre: sus intestinos se derraman lentamente en sus pies, los humanos y los cerdos tienen unas tripas muy parecidas.
Mi Dama Oscura deja que caiga en el suelo, a un lado de la cama, y le corta el cuello en redondo para asegurarse de que no nos molestará. El suelo es un charco rojo y resbaladizo, que apesta a mierda y sangre.
A mí me gusta, y a cualquier fotógrafo le encantaría hacer una toma fotográfica de este inmenso drama que estoy creando en apenas ocho metros cuadrados.
Pasan las tres de la madrugada, queda poco para el amanecer, pero este asunto del tiempo es relativo, para mí pasa a velocidad de vértigo, para estos primates es toda una vida.
El sufrimiento y el horror te da veinte años de vida por cada minuto.
Yo ofrezco la vida eterna sin necesidad que nadie me rece, ni rinda culto.
— ¿Qué les hemos hecho, somos pobres no tenemos nada? No le hemos hecho daño a nadie—lloriquea la mujer con el bebé en brazos, que llora.
— Mi bebé necesita comer, por Dios.
—Dale de comer y que se calle.
La Dama Oscura se acerca hasta la mujer y le mete la mano por el escote de la camiseta holgada que viste. La madre intenta zafarse de la mano, pero la Dama le da una fuerte bofetada que provoca que el bebé se le caiga de los brazos a la cama. La primate ha entendido y la Dama Oscura toma unos de sus gruesos pechos y se lo lleva a la boca.
Durante el tiempo necesario para que mi polla se encabrite y se ponga dura, la observo mamar la leche de la mona. La muy pornográfica deja que la leche se le escurra de los labios para bajar por su blusa roja abierta hasta casi el ombligo. Sus pezones se marcan rotundos en la tela y deseo follar y matar en este mismo instante como el drogadicto necesita la aguja en la vena.
Observa mi dureza patente en la tela del pantalón y acompaña la cabeza del bebé al pecho para que mame.
Una vez ha callado la criatura, solo escucho el sonido irritante de su succión.
—Por el amor de Dios, dejen que mi Jorge vaya con su hermana.
Amor de Dios…
Invado su mente, sus ojos parecen morir, no enfocan, sin dejar de dar de mamar a su hijo, se saca las bragas dificultosamente y mete sus oscuros y gordos dedos en la peluda vagina, los dedos chapotean. Presiono más su mente y sus ojos lagrimean de terror e incomprensión, llevando la contra a su boca que gime de placer.
La Dama Oscura se ha arrodillado ante mi bragueta y ha sacado el pene, que se lleva a la boca. Me muerde el glande y siento el dolor extenderse por los cojones. Le agarro la cabellera y la empujo hasta que se traga todo el rabo. El vómito sale por entre mi pene, a presión, ensuciando mi pubis.
— ¿Amor de Dios, dices mona? ¬—le grito provocando que su masturbación sea cada vez más frenética, por lo que cada vez gime con más fuerza —. La virgen, dios, los santos y los ángeles solo tienen una función: entretenerse con vosotros. Tú rezas a la virgen o a dios y ellos te pagan con enfermedad y pobreza. Dios se ríe y envía a sus ángeles para hacerse cargo de vuestras almas, que son los ladrillos que mantienen a flote el cielo, ese vasto reino sagrado donde Dios es masturbado por las bocas de sus querubines. Sin vuestras almas, el cielo sería un lugar tan vulgar como cualquier ciudad.
Empujo al pequeño Jorge, hacia su madre.
¬—Lámele el coño, ayuda a tu madre a correrse.
El pequeño se resiste. La Dama Oscura lo toma por el cogote y le planta la cara en la vagina de su madre que se mea de placer.
—Chúpaselo, cariño, o nuestro 666 te matará.
Y el niño con torpeza comienza a pasar la lengua por la raja y los dedos que se mueven febriles en la consecución del placer que yo impongo.
—Vírgenes y santos no existen, son solo figuras de control para aleccionaros a ser «buenos». Lo que Dios y los ángeles desean. Hacer de vosotros unos ladrillos sumisos para mantener su reino seguro y alto.
La Dama Oscura acaricia los genitales del pequeño Jorge y parece que la cosa mejora. El pequeño primate se tranquiliza.
—Yo no soy así, mi reino es un infierno oscuro y húmedo. Tallado en las rocas más profundas del planeta. Vuestras almas forman la población del dolor. Todo ese daño y esa maldad que sufrís eternamente crea la degradación de la obra de Dios, su planeta tiembla y se pliega en sí mismo cuando el dolor de tantas almas es insostenible para el magma y la atmósfera. Es algo que solo me satisface a mí. Desearás ser un ladrillo en el cielo que un ser que piensa y siente en el infierno; pero mi voluntad es ésta. Y si Dios o tu Guadalupe no estuvieran masturbándose con sus asexuados ángeles, hubieran intentado ayudaros. Tu hijo muerto estará entre tus brazos la eternidad y lo amamantarás con dolor y sin darle consuelo. No descansarás jamás.
Detengo mi arenga para encenderme otro cigarrillo. El tabaco es lo único bueno que inventó ese Dios retrasado.
La madre se está corriendo, sus piernas se convulsionan con un orgasmo que yo prolongo hasta llevarla al bestialismo. Golpea a su hijo apartándolo de su coño para meterse la mano entera en la vagina. Su bebé está muerto, asfixiado bajo su cuerpo. Hace unos minutos lo ha dejado en la cama para acariciarse y pellizcar sus pezones que ahora sangran heridos. Mientras gemía como una puta actriz porno, sus bruscos movimientos han llevado al bebé bajo sus nalgas y lo ha aplastado y asfixiado con cada arremetida de placer que le estallaba en el coño.
—Y ahora que ya lo sabes todo, te voy a reventar la cabeza con el crucifijo bajo el que duermes y ahora te corres. Dios estará orgulloso de ti, solo que no va llevarte a Mariconilandia.
A través de la pared puedo escuchar los cuchicheos de la casa vecina, no se atreven ni a llamar a la policía. Presiento sus oídos pegados a la pared y sus oraciones para que a ellos no les pase lo mismo. Para que el mal no entre en su católico hogar.
Telefonean a otros amigos y toda la colonia sabe que alguien está siendo masacrado muy cerca de ellos. La cobardía se extiende por todas las casas como un repugnante y sucio manto de silencio.
Tomo el crucifijo que cuelga medio metro por encima de la cabeza de la madre que ahora acuna a su bebé muerto aún con la vagina dilatada y húmeda. Cuando dejo de invadir las mentes, todo el horror y el miedo hacen de una pesadilla la realidad. No hay piedad al despertar.
Le golpeo el cráneo con el crucifijo, pero es una porquería barata que se hace pedazos sin herirla.
Así que le arranco el bebé de los brazos tomándolo por los pies y estrello la pequeña cabeza en su cara. La golpeo dos veces más, pero no hay un daño masivo, el cráneo del bebé es aún demasiado flexible, su cuerpo inerte y vacío de vida, se vacía también de sangre sin presión por la nariz, la boca, los ojos y los oídos.
La Dama Oscura me observa sin pestañear.
Desentierro mi puñal de mi carne y apuñalo a la primate con un rugido que inquieta a todos los seres vivos animados y vegetales. Apuñalo el fofo vientre de la mona, la cara, el pecho, el vientre y el cuello hasta que deja de respirar. Es tanta la sangre que la he de apartar de mis ojos porque me ciega.
En el universo el único sonido que existe es mi resuello, mi respiración acelerada, ávida y furiosa.
El primate Jorge se encuentra en estado de shock, su cerebro no toma en cuenta lo que sus ojos ven. Parece mirar más allá de nosotros. Como si ya estuviera en el infierno.
Pero esto es solo un ensayo que apenas muestra nada del dolor que sufrirá en la eternidad.
La Dama Oscura lo toma de la mano y se dirigen al salón. Yo los sigo reteniendo mis ganas de descuartizar lo que queda. Quiero recibir al sol como Dios se merece.
—Espérame en la cocina, mi Negro Dios, quiero prepararte una sorpresa.
—Te espero, mi Oscura Sangre ¬—le digo hundiendo mis dedos en su vagina para sentir toda esa humedad que le empapa los muslos.
Le rebanaría el cuello llevado por el deseo. No sabe el peligro que corre… Tal vez sí. Es infinitamente cruel por ser humana.
Me fumo un cigarro de maría envuelto en un trozo de papel de periódico viejo. No vale una mierda, sabe mal, pero es peor estar entre los primates, así que me lo acabo sudando y con el penetrante olor de las sangre y los cadáveres en mi nariz.
—¡Ven, mi Dios! Es para ti, para nos.
Encima del sofá cama, está la niña, la hermana de Jorge.
Tiene trece años, su mente es tan simple como la de su madre, no tiene futuro alguno, nada que destacar en su vida con ese cerebro, como su hermano, ambos se convertirán en adultos anodinos y cobardes que apenas tendrán utilidad para nadie, salvo para malvivir con más hijos de los que pueden mantener. No vivirán tanto tiempo, ni siquiera poco tiempo.
No siempre me llena matar primates tan poco valiosos, de vez en cuando tengo que buscar monos importantes en la sociedad, pero para un amanecer, cualquier cosa me vale.
La Dama Oscura ha atado a la niña, desnuda, los brazos pegados a lo largo del tronco, las piernas rectas, el monte de Venus aún tierno y poco peludo, me hace salivar y pienso en penetrarla y reventarla con mi pene embistiéndola una y otra y otra y otra vez… Hasta aplastarle los intestinos.
Ha usado cuerda de esparto fina para rodear su tronco e inmovilizar los brazos, ha llegado hasta la base de los pechos obligando a que luzcan rectos y verticales. Hay tres ataduras en sus piernas: a la altura de los muslos, en las rodillas y en los tobillos.
En la boca le ha incrustado una naranja, su cuello está tenso por la tensión de la apertura de la mandíbula y la inmovilidad.
Como guinda, entre los muslos, pegada a la vagina, ha insertado una imagen de plástico de la virgen de Guadalupe.
—La concha en la concha —me dice sonriendo, señalándose el coño que muestra subiendo la falda para excitarme.
Por lo visto, para poder trabajar tranquila, ha golpeado la cabeza de Jorge con el mazo de un molcajete, del cuero cabelludo del niño ha manado bastante sangre, pero está vivo.
—Es una preciosidad lo que has hecho con esta mona. La vamos a exponer ahora mismo para que el amanecer la ilumine también. Y todos sepan que el sol no tiene mi poder.
Extraigo de nuevo mi cuchillo, y giro el cuerpo de la niña, hasta que queda boca abajo, suavemente inserto la punta del puñal en la base del cráneo y le corto la médula, muere en una décima de segundo, sin apenas sangrar, quiero que se vea limpia. Virginal, que dirían algunos idiotas.
La Dama Oscura se acerca con una escoba y le arranca el cepillo, yo sujeto el palo encima de la espalda de la niña y ella lo ata con más cuerda en tres alturas para darle rigidez.
Así, una vez rígida, la sacamos a la calle y la apoyamos al lado de la ventana, donde tienen el letrerito que dice que es un hogar católico.
La Dama Oscura, vuelve a meterse en la casa y aparece con la virgen de plástico en la mano.
—Se le había caído.
Y se la coloca de nuevo entre los muslos.
Con un pintalabios rojo, da color a sus pezones, le pinta los labios y dibuja una flecha en su vientre, desde el ombligo al pubis, que obliga a seguir mirando hasta su coño, donde mantiene a su virgen protectora.
Dejamos así a la niña, a la vista de todos.
Mi vanidad no conoce límites. Quiero que lo vea toda la humanidad. De hecho, ya lo están viendo los vecinos de la casa de enfrente, sus cortinas se agitan y sus voces no son tan inaudibles como ellos se creen.
—Voy a llamar a la policía, Fátima.
—Ni se te ocurra, Sergio, vamos a dormir, eso no es asunto nuestro.
Los miro directamente a los ojos antes de volver a entrar en la casa que hemos hecho nuestra, siento su terror atravesar el vidrio de sus ventanas y puertas cerradas.
Jorge ha abierto los ojos mientras comemos unos huevos revueltos con longaniza, le he tirado en el suelo algo de comida, pero no ha hecho caso.
Son las seis treinta de la madrugada, en unos minutos saldrá el sol.
El niño se ha escondido bajo el sofá, en principio ha querido ir a la habitación de los abuelos, pero olía mal por el viejo.
Salimos al patio de la casa, donde hay una lavadora protegida por una funda y unas toscas escaleras que llevan al tejado.
Llevo al niño colgado de mi brazo, lo ha abandonado cualquier ánimo y voluntad. A veces los primates más jóvenes se colapsan como conejos bajo los faros de un carro en la noche.
La Dama Oscura sube delante de mí con el único fin de mostrarme su coño y sus labios vaginales brillantes por ese moco sexual que lamo y lamo sin cansancio.
Una vez arriba, el caos de hierros oxidados, botellas de plástico y vidrio y algunos neumáticos consigue enfurecerme, no me gusta vivir o estar entre mierda. Así que doy una patada a una caja de botellas de refresco de vidrio y caen a la calle formando un gran alboroto.
Los coches comienzan a circular con frecuencia y algunos primates caminan rápido, sin querer mirar hacia arriba, donde estamos.
El sol aparecerá tras una antena parabólica del tamaño de un cerdo de grande que es, salvo por eso, pocas construcciones superan los dos pisos, hay un horizonte razonablemente despejado.
La Dama Oscura saca su daga de la espalda, la lleva metida en la cinturilla de la falda.
—Yo sacrifico y tú te bañas en la luz del puerco Dios, mi Negro Amo.
De cada una de las cuatro esquinas que tiene el terrado, sin baranda, hay un pilar que sobresale medio metro del suelo y del cual salen como raíces secas y podridas las varillas de acero de un metro de altura. Lo hacen así con la esperanza de ganar dinero un día para poder levantar otra planta, pero todas las casas llevan así decenas de años y esas feas varillas de hormigón son ostentosos testimonios retorcidos del fracaso de la vida.
Los tinacos de cemento viejo y desconchado, dan un efecto de decrepitud que me hace sentir bien. Siempre que observo la humana miseria y la pobreza, me siento bien; porque parece que es una parte del infierno.
De mi reino.
El cielo se está tornando rojo, los primeros rayos de un sol que aún está escondido hacen el drama de Dios cada día.
Pegado al pilar del vértice que mira al este, he apilado un par de cajas de refresco para llegar a lo alto de las varillas. Tomo al niño en brazos y lo alzo por encima de mi cabeza. Sigue roto, sin emoción, sin decir nada, sin mover un solo músculo. Su alma ya está en el infierno. No hay ángeles porque es demasiado pronto, están durmiendo la mona de una orgía que practican a diario con su Dios.
Apoyo la espalda del niño en las varillas y tiro de sus brazos para que se claven, lo justo para que se mantenga ahí quieto. Deja ir un gemido con una bocanada de sangre que ha inundado sus pulmones. No morirá por esto.
Mi Dama Oscura será quien lo ejecute.
—Tú sabes cuando hacerlo, mi Deseo Oscuro.
Como toda respuesta, se sube a las cajas apiladas con la daga en la mano.
Yo me coloco bajo la cabeza del niño, que expulsa pequeñas bocanadas de saliva rosada.
Ya asoma el borde del sol por el horizonte haciendo una sombra negra de la antena parabólica, la luz empieza a bañar el mundo con fuerza y siento un insano deseo de apuñalar al sol.
Hay un momento en el que el cielo empieza a cambiar del rojo al azul, un instante que dura unos segundos. Ha llegado.
La Dama Oscura corta la garganta de Jorge, y su sangre me baña chorreando desde su abundante pelo oscuro.
Siento la calidez de la sangre, su viscosidad y lanzo un rugido que mueve los edificios. Cuatro primates desde la calzada de la calle, dos de ellos hembras, observan mi amanecer con la boca abierta, con los ojos desencajados de terror. Me siento más dios que nunca observando su cobardía a través de una catarata de sangre en mis ojos.
Cuando el rojo del cielo ha desaparecido, cuando la noche ha dejado de sangrar, tampoco queda sangre en el cuerpo del joven primate.
No me limpio, dejaré que la sangre se coagule en mi piel, me gusta el olor de la sangre corrompida y muerta.
La Dama me besa, se restriega contra mí ensuciándose a su vez.
Nos bajamos del tejado a tiempo de observar bajando las escaleras, que un ángel madrugador intenta tomar en brazos los restos del primate. Busca su alma, pero hace horas que abandonó su cuerpo. Como un estúpido canto de gallo, así suena el lamento del ángel en la madrugada.
Al fin y al cabo son como gallinas, tienen plumas y un carácter estúpido.
Tiro la bolsita con marihuana en el salón de la casa y salimos dejando la puerta abierta, sucios de sangre.
Muchos de todos estos monos, sufrirán remordimientos de conciencia, se verán como lo cobardes y ratas que son. Los que no ayudaron, los que ignoraron el dolor y el terror de sus amigos y vecinos necesitarán razones para explicar lo que hicieron, lo que no hicieron. Porque si no las encuentran, tendrán que pensar que mañana les haré lo mismo. Y los quiero engañados e ignorantes.
Esta familia de primates, se alimentaban del mísero sueldo de albañil del padre, todo el mundo lo sabe en la colonia, pero a pesar de conocerlos de toda la vida, cuando la policía encuentre la bolsa de marihuana, concluirán que han sido ejecutados por un asunto de drogas. Y todos los subnormales de sus amigos, vecinos y familiares, tendrán una explicación del porque han muerto todos. Lo creerán porque sus cerebros son lerdos e imperfectos, porque son a imagen y semejanza de Dios.
Respirarán razonablemente tranquilos porque nada tienen que ver ellos con la droga.
Es tan fácil conducir a los retrasados mentales de los primates adonde me propongo…
A pesar de conocerse toda la vida, de saber hasta en que momento se aparean, se maravillarán de que al final, era una familia de delincuentes.
Así funcionará.
Nadie pensará que Yo quise demostrarle a un sol arrasador, que yo extermino la vida de día y de noche, que arraso con todos los seres que me proponga sean cuales sean.
Dios y su sol, no pueden superar mi odio. El sol no borra mi ira, no aplaca mi odio, no calienta mi alma gélida y destructiva.
Y Dios solo puede rezar y simular que está contrito.
Sagrado hipócrita…
Unos metros más adelante se abre una brecha en el suelo y bajamos al infierno, a mi fresca y húmeda cueva.
Levanto la falda de mi Dama Oscura y meto mis dedos ensangrentados en su ano, ella se separa los glúteos para que entren más y siento un fluido fresco y viscoso derramarse por mi glande.
La voy a joder a salvo de la cochina luz del sol, a salvo del calor, a salvo de las miradas envidiosas de Dios, a salvo de cualquier injerencia de los divinos maricones.
Siempre sangriento: 666

 

Iconoclasta

En un mundo lleno de amores confusos y compartidos mil veces hasta hacerlos banalidad, el gran amor claro y diáfano es de tal rareza que se considera sueño por muchos.
Buscar algo así, es comprar un pasaje directo al manicomio. Y cualquier lugar es peor que el manicomio cuando buscas un amor claro y diáfano.
Solo hay que estar preparado para lo peor (no encontrarlo) y la soledad. En la búsqueda de lo cuasi imposible, solo se puede sobrevivir y llegar al final si no tienes miedo a estar aislado.
Debe haber un amor claro y diáfano. Un amor exclusivo donde ellos dos sean suficientes para sí mismos y puedan dar la espalda al mundo y sus horrores idiotas.
Todo mi ser lo intuye, como el ozono de una tormenta cercana que crea un aire picante y fresco en mi olfato; pero son tan escasos los amores claros y diáfanos, que es más que probable morir sin encontrarlo; aún así no se debe abandonar la búsqueda.
Existe el amor claro y diáfano, como el diamante más puro.
Para rendirse en su búsqueda, solo es excusa la muerte.
Una vez conoces o intuyes su existencia, tu única función en la vida es encontrarlo.
Sé que hay gente que lo ha encontrado, pero no hay estadísticas. Los amantes claros y diáfanos huyen y excluyen al mundo y sus estadísticas.
Son tan pocos que se consideran mitos.
Hay demasiados amores vulgares que apenas duran un segundo frente a su propio reflejo en el espejo. Cuando la luz pasa a través de esos amores, no se refracta, no se descompone por la fuerza de la exclusividad y la pasión. Se convierte en un haz de una linterna barata, un rayo de luz amarillo que ilumina el polvo del aire, como el sol mediocre de las tardes sucias y polvorientas.
El sonido de un amor vulgar es un balbuceo apenas comprensible que lleva a un silencio incómodo.
Son amores que no se sostienen a sí mismos, que se refugian a su vez en otros amores y en otros afectos para poder soportar toda esa mediocridad diaria.
Un mal arreglo, un mal menor para vidas menores.
Se enamoraron por cobardía a la soledad; pero los cobardes mueren cobardes y el amor se pudre en un jarrón sin agua.
Los amores que no son exclusivos son algo de lo que huir, son trampas, espejismos convenientes de las mentes pusilánimes y banales que insultan la inteligencia.
Los cobardes no pueden aceptar que la soledad es una amante segura y sincera. Los cobardes tienen miedo a que el aire viciado de una mina joda sus pulmones.
La soledad no te abandona ni a la hora de la muerte. Es una capa del color de la valentía que protege del bacilo de lo adocenado.
Los amigos no valen un amor claro diáfano, no son suficientemente potentes; amigos míos, perdonad por ello, el amor claro y diáfano tampoco tiene piedad conmigo.
Mejor solo que mal acompañado. No es correcto: mejor muerto que mal acompañado.
Hay que morir en soledad si no tienes un amor claro y diáfano clavado en el puto corazón. Porque quien vive mediocre, muere mediocre. Y comen croquetas y se ríen en tu entierro.
Quiero una herida mortal del amor claro y diáfano, una certera puñalada que me mate derrotado y satisfecho de una búsqueda que me ha consumido.
El honor y la dignidad son importantes en un mundo repleto de juveniles amores y banalidades, son las únicas posesiones con las que nací. Y mi voluntad, mi férrea voluntad de preferir la soledad absoluta a un amor gris.
El amor claro y diáfano descompone la luz, disgrega cuerpo y alma y amalgama a los amantes. Los hace luz. O eso creen.
Y si lo creen, basta para que sea real.
Son valientes, han sufrido demasiado para encontrarse y tener paciencia para que la verdad les diga o no lo que son. No aceptan verdades ni dogmas, solo se aceptan ellos.
Lo exterior y la verdad son injerencias.
El amor claro y diáfano es un poliedro perfecto, y a través de sus múltiples facetas y de su profunda claridad se aprecia con todo detalle los ojos amados.
No hay una sola aberración óptica.
Pareciera que son diamantes tallados por dioses de otros mundos.
Bendita la luz que desgarra las sombras de los amores grises y plomizos.
Necesito un amor claro y diáfano que me convierta de basura en algo querido.
Puedo imaginar, sé perfectamente como son los fulgurantes destellos de puros y hermosos colores que nacen de la cristalina estructura de un amor claro y diáfano.
Buscaré en los lugares más recónditos del planeta lo que apenas existe. Ya no es posible vivir amores menores.
Moriré en lo oscuro y húmedo si no hay un amor de un millón de quilates que me ilumine.
Moriré en el fondo de una mina, con las uñas desgarradas.
Es mejor el aislamiento que un amor imperfecto y mal tallado.
No importa respirar mineral en polvo y poner en jaque los pulmones, no importan las manos que sangran por escarbar la tierra o la carne de mi pecho.
Si no lo encontrara a tiempo, la vida me sepultaría en un derrumbe de años.
Algo épico y romántico. He sido tan vulgar siempre…
Moriré con una dignidad y estilo que carece la humanidad, como no he podido vivir. Nadie me echará de menos, nadie me llorara hipócritamente.
Los mineros del amor diáfano y claro suelen morir en los túneles sin haber encontrado nada, con el pico en la mano, con la linterna de su casco apagada.
No todos… Los hay que viven a veces horas y días, que aún les da tiempo disfrutar esa piedra preciosa de amor puro.
Es una esperanza ridícula, pero también ha sido patética la vida hasta aquí, hasta ahora.
Mi única misión es seguir esa esperanza que atesoro en la búsqueda de lo importante, un santo grial del alma. Es la única razón por la que vale la pena abandonarlo todo y agotar toda mi vida en ello.
Hay un amor claro y diáfano que encontraré en alguna parte. Hay un diamante ya formado, ya perfecto que atrae mi piel y mi alma hacia la destrucción si fuera necesario.
Y es necesario.
Es digno.
Hay un amor claro y diáfano.
Tiene que haberlo, por favor…


Iconoclasta

Recitad  rápido, sin piedad, que apenas sea audible, en un susurro seseante.

Aunque no respiréis, me da igual…

Entrecortado de ira.

Entreverado de odio y asco, de la más pura aberración.

Y vuestros deseos se cumplirán…

YO os lo juro.

Os arrancaré los pulmones, cuando todo se cumpla. Cuando ejecute todos y cada uno de los horrores que me son rogados.

Lindas noches, monos míos, no quedara nada de vosotros al final de esta salmodia.

Una simple y usual declaración de intenciones, tampoco se crea nadie que es un asqueroso Credo, como los maricones ángeles se inventaron para Dios.

Que duerma y muera, que ya no despierte.

Que sus riquezas se conviertan en tumores, que sus hígados estallen y envenenen sus venas.

Que sus hijos nazcan con la piel del revés y su dolor no cese nunca.

Primate mío, te aseguro que te cantaré la nana de la peste negra.

Que se arruinen, que coman los excrementos que yo defeque en la calle y se les caigan los dientes con hemorragias imparables.

Que sus testículos queden vacíos y sus úteros secos como odres de vino.

Que en la noche lloren sangre y sus muertos sufran ante ellos.

Primate mío, te prometo que la bondad no la verás jamás, solo mi rabo sucio en tu boca.

Que sus noches todas sean de horror. Que se odien entre sí, como toda su vida han envidiado.

Que sus ojos se cristalicen y se rompan.

Que cien deficientes mentales violen y preñen a sus hijas, que sus hijos no puedan cagar sin rechinar los dientes por el dolor.

Primates míos, adoro a vuestros hijos porque son y serán fuente de vuestro dolor.

Que tosan su vida entre sangre y mocos, que el café de las mañas se haga asfalto. Amargo como la hiel.

Que su vida sea el infierno y yo lo vea.

Que los fantasmas de la noche les arranquen las uñas.

Primates míos, morid sin cariño ni consuelo, sabiendo que todo lo que desciende o viene de vosotros, será aniquilado. No habrá ni un solo gen vuestro en toda la capa de la tierra.

Que sufran en las noches ante un futuro de sed y sequía, que solo se cumplan sus más podridos sueños.

Que hablen los muertos sus penas en una letanía eterna y cansina en sus oídos.

Que el llanto de la desgracia sea el sonido de sus noches.

Primates mías, abrid las piernas, que vuestra menstruación sea el alimento de vuestros hijos. Y el mío.

Que sus sueños sean mortales y les llenen la piel de bultos y sus cerebros se ahoguen en sangre.

Que sus perros se mueran encogiendo los belfos de dolor, lanzando locas dentelladas al aire.

Primates míos, venid a mi comunión: ¿Quién será el primero que beba mi semen negro?

Los pájaros vuelan haciendo el picado de la muerte.

Están tan vacíos de vida como corrupto es Su pensamiento.

Que se mueran, que se mueran los ponzoñosos amantes el uno en los brazos del otro, antes de que sus labios puedan rozarse, antes que puedan darse los ansiados besos.

Que se mueran y se pudran.

Perdida la gracia de la divinidad del Dios cabrón, que irrumpan vuestros odiados seres en la inhóspita vereda de un bosque negro como boca de apestado; donde el coro de los niños cantores muertos, lanzan serpentinas de intestinos humanos llenos de mierda a los que inician su viaje al dolor eterno.

El camino al calvario está lleno de cristales rotos, una pendiente por la que sus hijos se dejan caer sajando su abdomen y dejando resbaladizos restos de sí mismos.

Mirad las sonrisas que se abren en sus vientres, es la gracia de mi Señor Oscuro.

Es hora de sufrir… Más.

Deseo cada noche vuestra plena de sufrimientos, hasta que pidáis muerte como el hambriento pide pan.

Os espera la aterradora nada. No es liberadora, es el tormento definitivo, la suma de los miedos de toda la humanidad.

Soñaréis todas las muertes y todos los dolores. Los cigarros se hacen hierros al rojo en los labios.

No seréis privados del miedo.

Os arrancaréis los ojos para no ver y las cuerdas vocales con garfios para no gritar; porque sentiréis terror de vuestros propios alaridos.

Yo te prometo, odiado mío, que a tu mujer le haré tanto daño en el ano, que morderá sus propios dedos y se los arrancará. Con sus muñones ensangrentados se hará el orgasmo más grande que en su vida hubiera podido imaginar.

Malditos trasgos y duendes de la noche, que portan agujas afiladas en los meatos de sus penes y el dolor los enloquece como a los animales rabiosos.

Pequeños trasgos que hieden a muerte y animal podrido. Acompañarán los sueños de vuestros niños.

Y malditos vuestros bebés que yacen lívidos y congestionados de sangre en sus cunas, con los puñitos cerrados.

¿Quién dijo que algo o alguien podía estar a salvo del dolor y la muerte?

Es hora de sufrir, los que disfrutáis de riqueza y los que sois pobres.

Los que sois bondadosos y los que sois idiotas.

Pudríos, primates, si podéis. Porque de sufrir no os libráis.

Éste es mi deseo, que le ruego a mi Señor Oscuro.

Recitad esto hasta que sangréis por los ojos y las encías, y se cumplirá.

No lo dudéis.

Es hora de sufrir de pagar el tributo de sangre por vuestra existencia apestosa.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

Tengo chorros de amor que emitir.

Tengo chorros de semen que eyacular.

Tengo chorros de lágrimas por los sueños muertos.

Tengo chorros de tierra con los que cegarme los ojos.

Tengo las manos vacías y no saben qué les falta, están crispadas.

Tengo una pena vital, porque la vida es muy pequeña.

Tengo un dolor en la médula, dentro de los huesos.

Tengo mucha presión, chorros de impaciencia por un tiempo que transcurre lento.

Tengo un encendedor ya gastado.

Tengo una afilada cuchilla para liberar tanta presión.

Mierda…

Iconoclasta

Mi jardín no tiene flores ni árboles. Mi jardín es un arenal con un viejo toldo rasgado para que dé sombra. Es un trozo de desierto puro y árido.

Es duradero.

La arena no muere, la arena es eterna.

En cambio, las flores y los árboles mueren siempre y rápido. Las hay que duran muchos años y los árboles llegan a los trescientos años; pero no conmigo.

No sé que ocurre conmigo, con mi suerte.

La arena no muere y cubre a los muertos, tal vez sea lo que me toca, tal vez me llevo bien con la muerte y con la nada.

Los árboles y las plantas se secan y mueren cuando los miro. Sin apenas dar una flor, sin tiempo para un fruto. Es tan triste…

Me cago en mi suerte.

Mi jardín es un trozo de desierto en el que nunca habrá un oasis. Y eso es bueno, es único, soy la hostia puta de la innovación. Y acepto esa imposibilidad de vida en mi desierto como el único lugar del planeta en el que no crecerá nada jamás mientras viva.

Me gusta la exclusividad, no soy humilde.

Y como la situación era cuanto menos irritante, sino frustrante, cubrí las flores y los árboles muertos con arena. Enterré a la muerte lenta y desecante en más muerte.

Más que nada porque aquel cementerio de vegetales, parecía el reflejo de mi vida: cuando algo está a punto de florecer,  cuando va a rendir frutos, se me escapa como esta arena blanca y seca se me escurre entre los dedos.

Cuando miras el brote y crece y piensas que vas a tener un bonito árbol, se muere.

Y se genera cáncer y enfermedades y ya no quieres estar en la tierra y pierdes la esperanza y todo es tan triste como la cabeza decapitada de un delfín que se hunde en el océano sonriendo.

Así que me ahorro la metáfora de mierda que constituye el maldito jardín de las flores muertas.

Porque si la vida intenta darme una lección, me cago en la vida y hago exactamente lo contrario de lo que la puta experiencia dicta.

Y así es como en mis tardes solitarias, hasta el anochecer, me tiendo en la arena, encima de la muerte.

Con dos cojones.

Con un arrebato de valentía.

Un tanto enojado con la vida.

Demasiado enojado si he de ser sincero. Haces algo con ilusión y siempre hay alguien vigilando para estropearlo, como si cometiera un delito cuando me siento bien.

Plantas un árbol y el perro de un deficiente mental te lo pudre con su orina.

Una planta se seca con una flor a medio brotar bajo el asqueroso sol por mucho que la riegue.

Tienes un hijo y se muere o nace idiota.

Tienes una mujer y se hace fea.

Tienes un perro y te lo envenenan, porque si de algo hay, son cantidades industriales de cerdos de dos patas.

Son habitualidades de la vida, no son raras, ocurren a menudo, solo hay que escuchar el mundo atentamente y te das cuenta de que la felicidad es un pequeño y breve claro en una lluvia de mierda.

Y soy optimista…

Un vecino llamó a la puerta para recolectar dinero para los arreglos del jardín comunitario y lo invité a pasar porque soy un tipo solitario y sé que algunos piensan cosas raras porque no me relaciono. Lo invité a un café.

Un tipo listillo, ingenioso, chistoso de mierda. De esos que una vez ha abierto la boca para decir sus subnormalidades, te das cuenta de que es mejor que estuviera muerto.

A mi jardín, a mi desierto, se accede desde el salón, queda en la parte trasera de la casa.

Y se acerca hasta las cortinas y las separa para atisbar cuando me dirijo a la cocina a por unas tazas de café que ha aceptado con rapidez.

«La verga… Parece el arenero de mi gato pero en grande. Y eso sí, limpio».

«Mi jardín es un arenero de gato; pero no cago ni meo en él, tío mierda hijoputa» Pienso sintiendo como el veneno de su puta envidia invade mi organismo.

La envidia es malísima para las plantas y los árboles, para los jardines.

Me pregunto si puede ser mala para un desierto.

«Hay arenas y piedras de colores. Precisamente, donde trabajo, al lado hay una tiendita que vende cosas de jardinería, te traeré algo a ver si te gusta».

Otro que tiene fabulosas y buenas ideas, otro que tiene que mejorar lo que no es suyo y dar sus putos consejos e ideas a alguien que apenas conoce. Y eso porque ve un espacio tan grande y tan extraño, que se caga de rabia de la mediocridad que tiene en su casa.

«Tómate el café de mierda y vete, puerco. Tómatelo y vete ya…»

Me costó tanto no decírselo…

No sería la primera vez, ha habido gente que no conocía y he insultado con calma, pero aquí, en el barrio no quiero malos rollos con los vecinos.

«Pues has tenido una buena idea», le miento apretando los puños con ganas de acuchillarle los ojos y cortarle la lengua.

Y la polla.

Después de unos cinco minutos de decir cosas a las que no le presté atención, se marchó.

A los siete meses, el vecino ingenioso y simpático, su mujer, su hija de doce, su hijo de ocho, el pequeño de cinco, su suegro y su madre, murieron asfixiados por un fallo en la evacuación de gases quemados del calentador de agua. Murieron apaciblemente de noche.

Sinceramente, me sentí feliz. Sentí el aire más limpio sin ellos.

He sentido más pena por las flores muertas de mi jardín.

Y compré la casa que nadie quería, al menos nadie que supiera de su historia.

La vacié completamente, la desinfecté, la pinté por dentro y por fuera de un color amarillento semejante a la arena y llené todo el piso de arena, dos palmos de arena en cada habitación y rincón.

Y los fines de semana, como si de un viaje o una expedición se tratara, me meto en mi desierto con un saco de dormir, un libro y un farol de gas. Es más grande que el de mi jardín, más estéril aún y con el inevitable aroma de la muerte en su paredes.

No puedo ver las estrellas del cielo, pero maldita sea la falta que me hace ver algo que ni siquiera sé si existe en estos momentos. Hay estrellas que podrían estar tan muertas como las flores bajo mi desierto, o como la familia que vivía en esta casa.

Y así no hay engaños y este cansancio de cada día, de cada día lo mismo, de cada hora lo mismo; se desvanece entre la arena de este desierto que es obra mía.

A veces me siento tan cansado que desfallezco, cansado por dentro, como si en la cabeza tuviera músculos en lugar de cerebro.

Y soy razonablemente feliz así. Todo lo feliz que mi suerte de mierda me permite ser.

No es poco, es solo mi mérito, soy soledad y soy arena en el desierto, en mi desierto.

Al fin y al cabo, soy un árbol sin frutos, el vegetal más solo y seco del planeta.

Es mi opinión, es mi experiencia.

Es mi eterna tristeza, mía y solo mía, exclusiva, intransferible.

Iconoclasta



Caí hecho mierda por una pendiente sin fin, recorriendo etapas de un infierno cada vez más profundo y absurdo.

Las mil primeras profundidades eran millones de muertos que flotaban difuminados y me acariciaban y extendían las manos para detenerme y que me quedara con ellos, a ninguno le hice caso y seguí cayendo. Las siguientes profundidades o alturas, no sé que eran, nadie me hacía caso, pero los muertos se mordían unos a otros, vivían en un lodo de odio y envidia, seguramente como vivieron. Todos lloraban riendo con la boca torcida, lucían sus carnes rasgadas, heridas sin sangre, carnes rosadas abiertas y las orugas pulsando allí metidas como enormes granos de arroz. Nada que me interesara particularmente.

Al final caí, debieron pasar ciento cincuenta años, o tal vez dos segundos, o tal vez no me moví; pero ciento cincuenta años está bien para mi percepción del tiempo.

Se me rompieron los brazos y las piernas cuando aterricé, al cabo de veinte años se me pudrieron y se desgajaron de mi cuerpo.

Yo deambulaba como lo hacía cuando estaba vivo, sin mirar demasiado, sin que nada me importara más que por un instante. Me arrastraba como un gusano por encima de trozos de cuerpos: extremidades, cabezas, intestinos. Y todos aquellos trozos tenían algo de que lamentarse, los oía a todos, a todos los pedazos y los que estaban enteros.

Yo no me quejaba, solo me lamentaba en mi interior, de que como en vida me ocurría, aquí también tenía que escuchar estupideces que no me incumbían.

El infierno es demasiado ruidoso, parece un mercado de la mierda y la corrupción en fin de semana.

Satanás detuvo mi avance pisándome la cabeza. Y se me escapó la orina por mi desgarrado pene intentando vencerlo para seguir adelante.

Lo último que quería era hablar con un idiota que estuviera de pie, más alto que yo. Soy orgulloso.

A través de sus pezuñas de macho cabrío, en una de las cavernas de las infinitas que habían, se encontraba Cenicienta agachada, espiando por la cerradura de una enorme puerta tosca de madera. Sus dedos sucios de grasa y hollín, se metían en la vulva velluda y sucia, que dejaba escapar continuamente gotas de orina en un suelo de losas de piedra. La puerta se hizo de cristal para quien observaba la escena: se masturbaba llorando desesperada, con frenesí, espiando a sus hermanas que se bañaban felices e inocentes.

A mí me puso cachondo y se me puso dura, me dolió porque el glande estaba gangrenado; pero al dolor, al igual que al desprecio y la indiferencia, te acostumbras con una facilidad pasmosa.

—Vaya vida de mierda has tenido ¿eh?

—Sí, para cagarse en Dios.

—Yo soy un dios.

—Aquí no hay nada que perder. Me cago en ti y en el blanco que dicen que está arriba.

Lanzó una carcajada de milenaria sabiduría y sarcasmo.

No me impresionó. Ni vivo ni muerto recuerdo que haya habido algo que me impresionara demasiado.

Así que continué hablándole, cuando sé que no tengo nada que perder soy especialmente agresivo. Soy digno.

—Tampoco eres para tanto. Me suda lo que me queda de polla que te rías. No voy a reír contigo, a menos que me regales unas piernas y unos brazos para separarme más de toda esta mierda condenada que se lamenta continuamente frente a mis narices.

— ¿Y con qué me pagarías?

—Prestándote atención alguna vez, como si me importara que me hablaras, eso es bueno para tu orgullo. Porque lo cierto es que no tengo brazos ni piernas y me suda la polla lo que te rías, quiero decir que es el menor de mis problemas. No seré amable, no seré paciente y no reiré de mierda porque ni tú, ni dios, ni un bebé de meses me hace puta gracia. No te vayas a creer que he aprendido algo mientras caía en este estercolero.

No respondió, levantó su pezuña hendida y me partió la columna vertebral; quedé inmóvil sin posibilidad de arrastrarme, la cosa empeoró notablemente. Mis ojos solo veían un cráneo aún con carne pegada aleatoriamente (mi olfato no había perdido efectividad, joder) por cuyas cuencas entraban y salían koalas y osos panda en miniatura con trocitos de carne blanca y gelatinosa entre sus garras.

—Hablas poco y mal, Iconoclasta —díjome un tanto irritado.

—Hace mucho tiempo que dejé de hablar, me limito a afirmar o negar. No es conversación, no espero respuesta. Yo digo y otros escuchan, es así de sencillo.

—Dime: ¿Qué crees que te espera?

—Desaparecer evaporarme. De alguna forma, lo malo y los finales los consigo con facilidad. No estaré mucho tiempo aquí —le dije intentando levantar mi cabeza; pero solo conseguí mirar su pezuña moviendo los ojos hacia arriba.

—Eso no va a poder ser, esto es la eternidad.

De repente me sentí cansado, muy cansado y con ganas de cerrar los ojos, pero mis ojos no se querían cerrar, no podía descansarlos y mucho menos dormir.

—¿Me entiendes ahora? ¿Alcanzas a vislumbrar el infierno ahora?

Habían pasado trescientos años desde que me partió la espina dorsal y yo me mantenía en el mismo lugar. Mi único amor me besaba y se clavaba a mi pene acuclillándose sobre mi vientre, cubriéndome con un manto de cariño y humor sexual que yo le devolvía con un semen que se derramaba entre nuestros pubis con los cuerpos tensos por las descargas del placer. Blasfemábamos con cada riada de placer… Cuando yo era joven, cuando ella aún vivía también. Es lo que veía entre las patas de Satanás, en una de las múltiples cavernas, reflejado en negras piedras donde algo se movía inquieto. Yo no podía por menos que llorar.

—Eso  es lo que no volverá, esos recuerdos es lo que acaba con toda posibilidad de esperanza a aquel que se arrastra por este lugar —decía mientras defecaba y sus líquidos excrementos salpicaban mi rostro.

Vomité algo, que me ardió en la garganta y el sabor a óxido de la sangre invadió mi boca. De cabeza para abajo estaba desapareciendo, vomitaba mi cuerpo.

—No te preocupes, siempre habrá algo de ti en el infierno para que puedas seguir sintiéndote enfermo y triste, nunca acabarás de desaparecer del todo.

Llevo tanto tiempo en este lugar que tengo la sensación que no me quedan intestinos, aunque no los necesito, siempre se siente uno mejor con ellos.

Echo de menos caminar.

Satanás ha desaparecido, o desapareció hace doscientos años, no lo sé.

El cielo es de color azul oscuro, la tierra es roja, tan roja como caliente. La piel arde sin piedad. Hay que fijarse en los detalles, en las sórdidas imágenes que decoran el infierno. Sea o bueno o malo, hay que observar y olvidar que la muerte es un fuego que no consume y acaba lentamente con la razón.

Mahoma grita en un idioma que no entiendo, pero está blasfemando contra Alá; sus calzones están sucios de mierda y sangre, los lleva a la altura de las rodillas. Intenta meterse el extremo de una media luna, intenta metérsela toda por el ano; pero no deja de sangrar cada vez que se sienta con fuerza sobre la afilada punta.

Debe haber sesión de videoclips teológico-fetichistas, porque Buda toca el pene de un niño de cinco años y suda copiosamente intentando acariciar su propia picha enterrada en grasa.

—Hay más, es como la pornografía para los humanos: primero ofende, luego excita y al final aburre, porque te das cuenta de que todos la meten igual, todas la chupan igual. El infierno es la amplificación de la vida, simplemente más de lo mismo; pero sin los ratos felices —me dice Satanás en su  periódica visita de cada cien años.

Sigo pensando que hace tan solo unas horas que he muerto.

Intento mirarlo a la cara, pero mi cuello no puede doblarse tanto.

—¿Me puedes sacar esa rata que ha hecho un nido en mi nuca? No puedo rascarme y me da comezón.

—¿Es todo lo que se te ocurre pedir?

Observo sus pezuñas hendidas doblarse y se agacha, toma mi mentón con el dedo índice y me obliga a observar como se come una rata con su quijada de cabra chascando los dientes. Lo cierto es que no me picaba la nuca, el hecho es que no siento absolutamente de boca para abajo. Lo que quiera que quede.

—¿Si te diera extremidades no te gustaría estar con ellos?

Y lleva mi mirada hacia unos escenarios, tan vívidos, que siento los olores, capto hasta las miserias que corren por las venas de todos esos personajes.

Thor sodomiza a Odín con el mango de su martillo. Las valkirias se frotan sus sexos abriendo desmesuradamente sus piernas, coño contra coño. Odín llora de vergüenza cuando Satanás mete su lengua de cabra en su oreja y Thor muestra un pene pequeño y arrugado que no puede usar.

—Eres un astuto, Satanás. Tus hologramas son perfectos, pero posiblemente tan falsos como este infierno y como yo mismo.

—Idiota… —me dice al tiempo que desaparece.

Y ahora escupo mis dientes podridos, estoy tan cansado que no puedo ni alzar el cuello sin sudar, sé que algo corre por mi espalda, algo que me agita. Y hasta mi cara se acerca una abeja grande que empuja su aguijón peligroso contra mi globo ocular derecho. Me dan asco los insectos, me da miedo el dolor que podría provocar. La pezuña de Satanás la aplasta.

—Este mundo es hostil, afortunadamente. Siempre hay algo dispuesto a martirizar. Me debes tu ojo. Entiéndeme, no soy bueno, si pierdes tus ojos, debería conectarme a ti para llenarte de toda esta mierda y tengo demasiado trabajo para perder el tiempo.

Jesucristo está besando la boca de Pilatos, profundamente, con su espalda despellejada por los latigazos, mete la lengua en la boca del romano y ambos se acarician los genitales.

La verdad es que siempre pensé que podría ser así.

Yo tenía un hijo que jamás hubiera pensado como yo, él estaba a gusto con la vida, no era un renegado como yo. Como lo adoraba y lo adoro. Qué suerte que no se pareciera a mí y no hubiera toda esta mierda en su cabeza. Seguramente, a estas alturas está muerto y no está aquí.

Jesucristo está clavado en la cruz, ya muerto. María Magdalena acaricia la avejentada y gris vulva de la virgen María para consolarla de la muerte de su hijo a los pies de la cruz. María gime de placer avergonzada y la orina del nazareno las riega como una ducha dorada.

—Eres un genio, la meada es una obra maestra, cabrón. Eres un figura —grita Satanás entre carcajadas Satanás alzándome en brazos —. Sabía que tenías potencial, cabrón Iconoclasta.

María y Magdalena nos observan con miradas tímidas y avergonzadas, sin poder dejar de tocarse.

En el pesebre de Belén, tras el buey y la mula, María está arrodillada encima de un montón de estiércol haciéndole una mamada a José, que tiene su cabeza entre las manos para marcarle el ritmo.

El buey está excitado y su pene yace entre la paja sucia, cubierta la carne desnuda de garrapatas, la mula lo observa con indiferencia.

El bebé Jesús llora pataleando entre excrementos con su carita sucia. Y se calla y se calma cuando le ofrece oro un rey que pasaba por allí.

Consigo darle algo de interés al infierno, si es verdad lo que dice Satanás.

—Esto es una obra maestra, Iconoclasta. Te voy a dar piernas y brazos, te voy a devolver tu físico. Continuarás aquí por toda la eternidad. Serás el encargado del castigo y mortificación de los que mueren por bondades y creencias religiosas, eres bueno, hijo de puta. Castígalos, que vomiten, que se deshagan en heces viendo su fe convertida en mierda.

Y desde hace mil años ya sonrío. Puedo evocar a mi amor, a mi hijo y algunos momentos que valieron la pena en mi vida sin sentirme perdido, sin la necesidad de consolarme; pero por encima de todo, me siento bien con este trabajo. Nací para morir y caer aquí. Me gustaría ahora que quien en su día me amó, viera lo feliz que soy.

Porque sonrío y la eternidad es mi sorpresa, mi gran triunfo. Valió la pena una vida de mierda para llegar al triunfo total.

Los condenados aúllan, Pinocho se ha encontrado con su creador y le ha metido su enorme nariz en el culo. Los bebés corruptos, se agitan en el suelo como gusanos ante algo que no comprenden pero les hiere: un bautismo con ácido les deforma los rostros. No crecerán jamás, y en los próximos cien mil años, no quedará absolutamente nada de la inocencia con la que murieron.

Sigo con mi trabajo, en la sección de mujeres musulmanas con clítoris extirpados, tengo una sesión maratoniana de sexo con crucifijos y navajas de afeitar.

Y así por toda la eternidad. Mi eternidad, mi mundo, mi paraíso.

Nos veremos aquí, crédulos y santones, os espero con impaciencia, mi imaginación no tiene límites, no se acabará nunca, como vuestro tormento y vergüenza.

Es hora de morir, venid a mí.

Iconoclasta

Son pequeñas bombas que van estallando en mi cabeza. A veces detonan sin causa aparente creando una reacción en cadena. Una triste y melancólica fisión neuro-emotiva.
Es posible que la muerte esté cerca; cuando uno piensa mucho en sus recuerdos, es que se presiente el final. Es un examen de conciencia inevitable que ha de juzgar de si ha valido la pena vivir. Estoy convencido de ello, lo he experimentado, lo he sentido en los que han muerto.
Los duendes del pasado lejano y reciente detonan una mina situada en lo profundo y olvidado del cerebro y un torrente imparable de imágenes y de emociones colapsan mi sistema nervioso.
Pierdo un latido y muero un segundo.
Contengo la respiración porque el torrente de emociones me ahoga, me asfixia deliciosamente, narcóticamente…
Me tiemblan las manos porque las emociones son descargas potentes de nostalgia.
Un solo cigarrillo no basta para diluir en humo todas esas tristes alegrías que han muerto en el tiempo.
Cierro los ojos y los oídos al mundo para revivir aquello, para alargar una mano y tocar las emociones que maltratan mi sistema nervioso. Es desesperante, porque están ahí dentro y no puedo tocarlos, no puedo acariciar a mi hijo bebé, como no puedo dar la mano al hombre joven que fui y que me convirtió en lo que soy.
Me arañaría el cerebro para pringar mis dedos de esas emociones, como los pringo en el coño de quien amo. Mas los recuerdos son cadáveres de luz y color que se mantienen preciosos en mi cabeza, son mis tesoros: intocables y no pueden resucitar. No se les puede aplicar el desfibrilador para que vuelvan a vivir; solo se pueden añorar.
En cada uno de ellos, estoy yo muerto, sonriente y fuerte; mi hijo es un delicioso cadáver de bebé de ojos azules, y un adolescente alto y musculoso en otro instante, los cuerpos de mis recuerdos son hermosos.
Ahora son diferentes, son más bellos y perfectos porque aún están vivos, se pueden tocar y por ello no hay tristeza, solo franca alegría.
Pero malditos recuerdos traicioneros…
Yo quiero morir así: intentando no llorar hacia fuera con esas tristes alegrías pasadas, con toda esa melancolía que me haga olvidar que ya no puedo respirar, que no debo respirar.
Que se pare el corazón en ese instante de triste belleza.
Quiero morir bien, porque he vivido bien. Con tal intensidad que mi pene estará erecto sin saber por qué, pobre pene… Siempre ha sido un buen compañero, aunque sea idiota.
Tengo recuerdos de él, de su primer coito, de la primera mamada, de la primera masturbación, las primeras erecciones, tan extrañas, tan placenteras… Nada de lo que avergonzarse.
Es bueno, no puede hacer daño morir ahora que todo está bien, que el balance es positivo.
Da miedo la vida y apostar por más años y que el inventario pueda dar negativo; no quisiera morir así: triste y sin melancolía. Sin razones para sentirme satisfecho de lo vivido y sentido.
Un viejo video musical golpea como un ariete contra la barrera que pongo a las lágrimas. Me arrastra a evocar momentos felices. Los tristes están allí escondidos, son a prueba de bomba, para que no estropeen lo más hermoso. Mi cerebro es tan eficaz, que lo echaré de menos durante esa fracción de segundo que sabré que estoy muerto.
No quiero soñar, quiero cerrar los ojos escuchando la música y dejarme inundar, hasta sentir que lloro, que mi fortaleza no pueda evitar que las lágrimas salgan al exterior.
No quiero dormir, solo quiero cerrar los ojos y hundirme en mis recuerdos aunque duela, abrazarme a ellos y morir sin darme cuenta, siendo yo aquel, siendo yo un tiempo pasado y ya caduco.
Si sigo viviendo, crearé más recuerdos y no quiero más por hermosos que sean, porque duele la vida pasada, duele la belleza y la alegría que ya murió.
Es una putada, dios. Lo hiciste todo tan mal… Hasta tú te hiciste mal a ti mismo.
Yo soy dios y un tanto crítico conmigo mismo.
La alegría se acumula como el mercurio en el organismo, y los recuerdos anulan el tiempo y la perspectiva, es posible un viaje al pasado. El tiempo se fractura entre el pasado y el presente y crea solo una desconfiada incertidumbre del futuro.
Tengo miedo a esa nostálgica tristeza y a la vez busco el momento del silencio de mediodía cuando la comida se asienta y el organismo se relaja, cuando las defensas mentales se hacen permeables a los sentimientos y las bombas-recuerdos detonan sin piedad en esa preciosa semi inconsciencia de la tarde. No quiero recuerdos que me hacen débil y aún así, alargo la mano para tocarlos y acariciar el pelaje brillante de Bianca, la doberman llorona; de Megan, el gremlim; de Falina, la escapista; de Atila el bravo y desobediente; Demelsa la llorona…
Animales queridos…
La voz de mi padre, potente, perfecta, firme…
La alegría de mi madre, su amor avasallador y su orgullo de que caminara a su lado de pequeño y de viejo.
Ellos ya están muertos, solo hay alegría triste, solo hay momentos de un cariño inenarrable.
Las charlas, las travesuras e ilusiones con mis hermanos en toda su historia: niños, adolescentes, hombres y mujeres…
Esas charlas que no han acabado y hay otras por iniciar. Somos y seremos, pero lo pasado es tan hermosamente nostálgico…
Cuando esos recuerdos se convierten en drama, la melancolía desaparece instantáneamente. Porque mi cerebro es eficaz y no permite el trauma. Solo es un ejercicio, una práctica que me prepara a la muerte; una lección que me enseña a no tener miedo porque todo se ha hecho, porque mi vida está saturada de recuerdos tan bellos que son tristes por su condición de impalpables.
Eternas y orgánicas son las emociones que inocularon en mi sangre.
No me gusta ese momento en el que mi cerebro decide cortar el suministro de nostalgia: sin previo aviso me deja abandonado en el presente, sin siquiera un «hasta luego».
Es hora de morir, o tal vez no, pero no hay miedo. Está todo hecho, he hecho lo que debía, porque no hay nada de lo que me arrepienta.
El vídeo de U2 avanza tierno, mostrando un desfile de alegrías y esperanzas, sincronizando mis emociones mientras Bono canta a la cosa más dulce.
Pero no saben hasta qué punto es dulce, y por lo tanto adictiva.
Como el olor a nafta del gas que sale con un relajante siseo del fogón apagado de la cocina.
Podría fumar si no fuera por el gas, pero es un detalle sin importancia.
Hoy no será efímera: hoy será eterna la felicidad de mi nostalgia, hoy moriré con ellos. Mi cerebro no me arrancará de esa historia mágica que hay en mi pensamiento. Detonaré todas y cada una de las minas de emociones que están sembradas en mi cabeza, con la absoluta tranquilidad de que no volveré al presente y sentir la pérdida de lo que una vez fuimos.
Los cerebros se cansan de crear emociones y acumularlas en el pensamiento, pero gestionarlas es responsabilidad del dueño del cerebro y no sé donde guardarlas ya.
Digo yo que es un aviso para acabar ya con la vida. Y la vida debe ser como el dominó: quien acaba antes sus fichas, gana.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Es imposible no sentir tristeza por lo que una vez viví, por lo que sentí.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Son irrecuperables imágenes. Y ahí radica la profunda tristeza de lo pasado, de lo muerto.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Un beso y un abrazo a mis recuerdos, os quiero y no me arrepiento de haberos creado y atesorado hasta el umbral mismo de la tristeza.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
A vosotros, mis recuerdos, os debo lo que soy, os debo la vida y la felicidad que me causa esta melancolía, porque lo malo quedó desterrado en algún rincón oscuro de la mente.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Soy vuestra creación, mis entrañables recuerdos.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Moriré satisfecho de todo lo que hay en mi cabeza, de todas esas imágenes y emociones.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Fantasmas de seres vivos y muertos, dañaría mi cerebro para poder tocaros.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Ya tengo bastante emociones para la eternidad si existiera.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Si fuera más débil lloraría también por fuera.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Recuerdos: sois mi vida, sois yo, y yo soy vosotros.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Os quiero con toda mi alma por haberme llenado de vida y vida y vida…
¡Oh oh oh, the swe…


Iconoclasta

De padre a hijo

Publicado: 28 diciembre, 2013 en Terror
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¿No te das cuenta de los pequeños detalles? Esos pequeños pájaros que ayer no estaban, son la prueba de que es un día diferente. No te falla la memoria ni es un sueño.

La muerte marca el tiempo y el tiempo se escurre entre los dedos mientas esperamos. Entre muerte y muerte solo hay un suspiro, una ráfaga de color.

Una rata aplastada y unos pequeños intestinos que parecen de juguete se entrevén a través del humo del tubo de escape de un coche que se aleja veloz buscando más ratas. La muerte y el tiempo, existen, son palpables, se pueden tocar ambos.

Si esos detalles no son perceptibles a tus ojos cansados porque los confundes con una alucinación; ve a un hospital, observa detenidamente a los moribundos, fotografíalos (no pidas permiso para ello, no les preocupa otra cosa más que aspirar otra bocanada de aire). Toma tu tristeza y vuelve a tu madriguera a esconderte de tanta vida y luz.

Imprime las fotos y espera fumando que pasen veinticuatro horas.

Vuelve al hospital y compara las fotos. Verás que esos seres han empeorado y verás también camas vacías donde antes agonizaban.

Verás ataúdes oscuros y blancos con seres dentro. Fotografíalos es un precioso contraste.

¿Ves ahora que los días pasan? No estás maldito, no tendrás jamás esa suerte. La magia no existe.

Confórmate con saber que el tiempo avanza y el semen  que hoy derramas observando toda esa muerte, es distinto del que ayer escupías observando los pajarillos que envenenaste.

No llores más en tu oscuridad, si no crees que el tiempo pasa, cree en la muerte y aférrate a ella como si fuera el caballo que te salvará la vida en un desierto.

No envenenes pájaros, no sigas ahorcando gatos o apaleando perros.

Mientras asesinas niños, la muerte actúa en otros lugares y puedes morir en cualquier momento. No malgastes tiempo y energía.

Ya hay suficiente muerte en el planeta. Tanta como para que puedas eyacular cuatro o cinco veces al día. No hay que desesperar buscándola. Observa a tu alrededor. La ansiedad nubla la visión y esconde detalles de dolor que puedes gozar.

No busques  emociones que no existen en exóticos parajes que tampoco existen. La metafísica del hastío y la monotonía se combaten con la pragmática muerte. La vida es solo un rodeo para evitar la nada.

Todas las células del cuerpo piden vivir y no podemos hacer nada sin un tremendo esfuerzo por dejar de respirar y ese tipo de esfuerzo, está vedado a los fuertes. Solo es para los deprimidos cuyas células también lo están. El suicidio es un cúmulo de debilidades, no tienes esa suerte tampoco.

El suicidio es un azar de emociones, como lo es este planeta creado por una serie de errores y azares.

Así que toma aire, acaríciate las sienes y respira profundamente ante el último aliento de los demás.

Tu degeneración es tu desdicha; pero también marca la diferencia con los otros. Es mejor ser alimaña que vulgar. Es mejor eyacular ante la muerte que en un coño muerto e insípido. Aunque la piel de ese niño aún esté caliente y su sangre aún no se haya coagulado en torno al agujero por el que le has sacado el corazón, estás en un tiempo muerto.

El tiempo pasa mientras otros mueren y no lo gozas.

Debes optimizar los recursos que te ofrece el planeta.

No mates más, porque pierdes el tiempo, solo has de mirar y acariciarte hasta vomitar de placer.

El tiempo y la muerte van tan íntimamente ligados, que la experiencia se convierte en agonía. Todos los recuerdos del mundo son tristes, sean cuales sean.

No se dan cuenta, pero el recuerdo es una muerte, todos…

El tiempo y la muerte es un bebé de dos cabezas.

Tal vez llegue pronto tu muerte, si se diera el caso, excava ya tu propia tumba para que no te entierren junto a ellos. Es importante morir como has vivido: solo y con la mente podrida.

Cava cerca de casa, que te puedas arrastrar al ataúd como el gusano que eres cuando sientas que el corazón se te ha partido, cuando la sangre se mezcla con la orina y vomitas trozos de hígado.

Todos sabemos cuando vamos a morir, arrastra pues tu degeneración y que nadie sepa que un día exististe.

Vamos, hijo, no hagas que me arrepienta de no haberte devorado cuando naciste.

Papá que te ama.

Iconoclasta

No hay drama en la soledad, solo descanso y serenidad.

Soledad no es un país o un lugar, es mi pensamiento sabio que todo lo sabe.

La vida se tuerce sola y lo único recto en mi horizonte es mi pene, directo y firme. Animal sin raciocinio pegado a mí. Me da placer cuando orino y cuando eyaculo.

No pide nada, solo usa la sangre que compartimos.

No quiere saber nada del cerebro, mi polla es una buena compañía. Sin complicaciones.

No os habréis fijado bien, porque lo bueno acabó apenas comenzó. Hay que ser observador: el cáncer y todos los males se activan con el nacimiento, al igual que la muerte.

Mi vida no solo se tuerce, se rompe.

Y mientras se desarrollan los embriones de las enfermedades, las desgracias, la pobreza y los desamores; la peña se cree que es feliz a pesar de la planicie de su vida. Les han enseñado que la ausencia de males y desgracias, es felicidad. Y mejor que lo crean, porque de lo contrario, se deberían suicidar.

Plano es el electrocardiograma de los que están muertos. Lo plano es inactividad, con optimismo podría ser una alucinación que hace pensar que se vive.

La humana mediocridad diaria es el súmmum de lo que obtendrán. Si acaso, sueñan con viajes en los que no conocerán nada.

Somos el reflejo de la vida en el planeta, una mecha chispeante y rápida.

Y todo lo que tocamos, sentimos, y amamos u odiamos está acorde con ello.

Follar son solo unos segundos entre tantos años de mierda.

Hay fetos que sirven de comida a las ratas y las ratas no aportan beneficio alguno. No le veo la gracia. Solo  tiene moraleja: no existe justicia alguna para los que sufren y aún no ha hecho más que comenzar el tormento.

Durará mucho más que un millón de putas mechas.

Los humanos tenemos una imaginación que no lo es, simplemente nacemos locos.

Alucinando…

Lo único que me mantiene en la realidad, lo único tangible es el semen entre mis dedos.

Y es gris…

El semen entre los dedos es placer, no reproducción. Aunque el planeta necesitara una gota de mi leche para seguir con la especie humana, la tiraría por el inodoro.

No es por misantropía, simplemente protejo la soledad, que es lo único real junto con el semen y la tos que me produce el tabaco.

Hay cosas buenas a pesar de todo, aunque duren eso: un puto cigarrillo.

Es algo que todos lo saben…

Porque… ¿lo sabéis verdad?

Tampoco es la cochina novedad del día, simplemente la locura a veces provoca idiocia y eso impide pasar un rato real con el semen entre los dedos, hasta que se seca.

Hasta que evapora.

Auto-ordeñarse no es malo ni bueno, solo necesario.

No puede hacer daño.

Iconoclasta

-Nunca he comprado muertes, jefe.
-Pues sería bueno de probar.
-¿Son muy caras?
-Es un producto barato
hay mucha muerte, cliente.
La encarece la manufactura:
pringa mucho la piel
es tocarla y estremecer.
-No importa, morir no es caro
ni barato. Es decoro.
Me da vergüenza la vida.
-No mata, cliente
es un placer al dente.
Una exquisitez.
-Entonces erré
no quiero delicatessens
que no maten, que no acaben.
Es confuso el nombre
de su lúgubre comercio.
-Pruébela, siempre sorprende
el sabor a muerte prende
es vicio.
Es grata al paladar si
no es la muerte propia.
-Esa muerte tan negra…
La que gotea alquitrán
en el pedestal de la vida…
-Es añeja, alguien sufrió.
Alguien nació prácticamente
muerto.
Muerto, muerto, muerto…
-Debe ser fuerte, picante.
Desmoralizante tanta solera.
-No, cliente mío.
Es tan madura que dulce sabe.
La muerte es miel cuando
de sufrir la vida es el juego.
-¿Y cómo la cocino?
-Hiérvala diez minutos nada más,
en caldo de pollo
sazonada con romero y pena.
Y deje que enfríe.
Luego unos picatostes
como gazpacho de vida
para que suene la muerte
para que cruja
en el paladar y de alegría
a lo negro.
Y diga mierda como brindis.
-¿Me moriré?
-Solo nos mata nuestra
muerte nuestra.
Nuestra, nuestra, nuestra…
-La gente es supersticiosa, cliente.
Algo caprichosa, no saben
que solo nuestra muerte nos acaba.
La muerte ajena es vida
para los demás.
Una alegría para algunos,
si me permite la chanza.
– ¡Qué contradicción!
Filósofo charcutero de muerte
que das vida.
Cortas con guadaña.
-Tiene un gran humor
cliente mío,
más no es contradicción
cuanta más muerte
más espacio, más aire.
-No quisiera morir y favorecer
a quien no es de menester.
-Pues así es;
más no os desaniméis.
Habéis robado espacio
y aire a otros.
Hay un equilibrio.
Equilibrio, equilibrio, equilibrio…
– ¿Y qué me dice de la muerte tierna?
Es casi blanca, una sábana
de recién nacido.
-Es un bouquet muy refinado,
se debe haber comido
mucha muerte mucha
mucha, mucha, mucha…
para encontrarle agrado.
La más amarga de todas.
-Es curioso, cliente mío
que la muerte más tierna
sea la más recia al paladar.
Contradicciones vitae, amigo mío.
-No tengo tiempo para
apreciar muertes,
yo solo buscaba medio kilo
para echármela encima.
La vida me harta.
-Viva un poco más
para probar la muerte.
¿Le gustan las paradojas?
Bromas de buen gusto…
No puede hacer daño,
cliente mío.
-Tengo muerte seca,
pasa bien con un
negro vino divino.
Es tasajo de hombre
quemado al sol,
seco de trabajo
de venas plenas
de sangre en polvo.
Tiene el sabor de
las olivas amargas,
está tostada
sabe rica con ajo
y un poco de perejil fresco.
Más buena que papa frita.
Más buena que la vida
de muchos de cientos.
-Deme un cuarto
y luego veré.
-Aquí tiene, cliente mío.
-Gracias charcutero con guadaña.
-Qué gracioso es, amigo mío.

-Buenos días, charcutero
de muertes muchas.
Quiero más muerte,
la seca me la comí
apenas sin sentir.
-Buenos días, cliente mío.
Ya no tengo más
hasta el martes
a más tardar.
-Siempre se acaba
demasiado pronto lo bueno.
Es hora de morir,
no se preocupe, no es por su muerte
es por mi vida.
-Yo le ayudo, cliente mío,
es lo menos que puedo hacer.
– ¡Era verdad, mi charcutero
del horror!
¡Corta con guadaña!
– ¡Ay cliente mío!
¿Cómo lo sabía?
No me haga reír más,
una guadaña corta sin esfuerzo
y es sanguinariamente romántica.
-No lo sabía, cruel charcutero
siempre he tenido suerte
para acertar lo que duele
y lo que acaba.
-Adiós, cliente mío,
muera usted por fin.
-Gracias charcutero de muertes,
me llevo el buen sabor
a muerte seca.

-Buenos días, charcutero.
-Buenos días clienta mía.
-Este es mi hijo, lo que parí
lo que amo.
-Es un niño hermoso
a pesar de ser calvo.
-No es calvo, señor charcutero,
se lo come el cáncer
tal vez mañana muera.
Y quiero que antes
que la muerte se lo coma,
él muerda la muerte.
– ¿Tiene dulce muerte para él?
Negro charcutero negro.
Negro, negro, negro…
Estamos cansados de lo amargo.
-Toma pequeño que vas a morir,
ésta es muerte añeja
la más dulce, la más esperada.
Es un regalo.
-Gracias charcutero mortal,
gracias por esa negra muerte
que chorrea ahora dulce
por su boca llagada.
Te lo agradezco.
-Clienta mía, cuando
tu hijo muera mañana
ven a verme y te arrancaré
el dolor, la vida, el aire lleno de púas.
Lo haré gratis.
-Vendré mi amigo charcutero,
te lo juro.
-Adiós, que mueras feliz,
pequeño cliente mío.
Dame un abrazo.
-Adiós señor.

Iconoclasta