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El juego del escondite

Ahora que soy mayor, quiero jugar de verdad al escondite.
Que alguien cuente hasta cincuenta y me dé la oportunidad de esconderme. Buscaré deprisa un lugar en la penumbra, donde estar aislado. Cualquier cosa que me libere de ser visto, de estar vivo e interactuar. El escondite es un juego de esperanza para la búsqueda del sosiego y la paz.
La gente no busca esas cosas, solo yo, que soy extraño.
Cuando te escondes, es morir, porque dejas de existir para otros si lo haces bien y no te encuentran.
El juego del escondite es un ensayo preliminar a la muerte.

Uno, dos, tres, cuatro… Y busco con ilusión el mejor lugar, no temo al ridículo, quedan aún muchos números para madurar y reconocer qué soy. Busco un lugar donde hayan vehículos destrozados con láminas metálicas cortantes. Nadie te busca si hay demasiado peligro.

Cinco, seis, siete, ocho, nueve… Un momento de duda ¿Y si me escondo mejor entre la vegetación? Es menos peligroso, pero no sería lo suficientemente dramático para mi gusto.
Diez, once, doce, trece, catorce… Hay un pozo por el que dejarse caer; pero sería morir de verdad. Recuerda, es solo un ensayo, no es necesario mayores daños; tendré suficiente con saber que desaparecer no es un trauma para nadie. Solo una efímera sorpresa. Hay tiempo de morir, no debe ser causa de aflicción cuando juegas.

Quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve… Yo tuve diecinueve alguna vez; pero estaba demasiado triste y ocupado con llorar y trabajar como para maravillarme de la libertad de ser adulto e independiente. Solo era consciente de que la gente muere y esclaviza. No tuve la feliz idea de jugar al escondite.

Veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro, veinticinco, veintiséis… Si pudiera cavar rápidamente un hoyo en la tierra sería el ganador eterno del juego. Respiraría por un trozo de paja a través del barro que me cubriría mientras unos gusanos cubren mi cuerpo. No tengo tiempo para eso; pero desearlo tiene algo de macabro.

Veintisiete, veintiocho, veintinueve, treinta, treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres… El tiempo pasa rápido hasta para esconderse. Me gusta la voz que recita los números, tan lejana, tan inocente… Esperando descubrir su ojos para encontrar a alguien, como si eso fuera buena cosa.
No imagina que soy un jugador oscuro y denso sin alegría alguna. Alguien que no gritará de sorpresa ni con alegría por haber sido descubierto.

Treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve… Trepo a un árbol. Me hiero una mano porque alguien clavó hierros en el tronco. Observo caer la sangre de la palma de la mano, me gustaría saber si he interrumpido una línea de vida o amor. Algo importante. La voz que cuenta es un eco cada vez más lejano que parece venir hacia mi horizontalidad con verticalidad. Es curioso que la muerte sea horizontal y la vida vertical. Ahí está la secreta forma y proporción del esfuerzo y el descanso. La sangre no es vertical, solo se expande por la tierra y se enfría rápida, como el semen.

Cuarenta, cuarenta y uno, cuarenta y dos, cuarenta y tres, cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco…
Me siento en el lugar donde han caído las dos gotas de sangre, las dejo entre mis piernas. No sé en que número está la cuenta. Solo interesa que las gotas han hecho dos cráteres en el polvo y desaparecen con rapidez. La tierra tiene sed. Un gato llega, se sitúa entre mis piernas y se tumba encima de la sangre. Ronronea con la panza arriba y es suave…
No le importa la sangre, ni el escondite. Solo quiere ser confortado. Me enseña que las cosas no tienen porqué ser difíciles.

Cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve y ¡Cincuentaaaaa! Grita triunfal la voz desde allá arriba, porque la vida está arriba y la muerte abajo. Es un hecho.
Los muertos lo demuestran por mucho que los quemen.
A menos que un día lancen los cadáveres al espacio y así vendernos viajes en atmósfera cero para el día de los muertos. La muerte puede tener el atractivo de un parque de atracciones, solo es cuestión de marketing. Bastaría meterles un circuito integrado y un pequeño propulsor en el embalsamado ano para tenerlos localizados y en órbita geoestacionaria. Los niños a través de las ventanillas de la nave, podrían disparar con pequeños punteros láser e iluminar sus muertos.
Aún así, siempre los muertos están por debajo nuestro, no hay forma de mirarlos hacia arriba aunque parezcan zepelines, la falta de vida da esa perspectiva.

Viene corriendo hacia a mí, es una mujer hermosa, más hermosa de lo que como hombre puedo merecer, así que bajo la mirada hacia el suave pelaje del gato. No ambiciono cosas fuera de mi alcance, no usurpo edades que no me corresponden.
Se detiene e intuyo que ya no sonríe, simplemente nos observa al gato y a mí en silencio durante unos segundos para irse corriendo en la dirección opuesta en la que vino.
— ¿Dónde estáis? —pregunta con ilusionada voz infantil.
Las niñas bonitas no quieren tristezas, las niñas bonitas no quieren pensamientos adultos, porque es mejor ser joven toda la vida. Porque los tristes son siempre viejos, son feos. Y las niñas bonitas son siempre jóvenes.
También hay niños jóvenes toda la vida, solo se trata de este momento; de este lugar. Es meramente accidental que cuente una niña. Hay de todo y lo que abunda, lleva el sello de la banalidad.
Acariciar ese pelaje del gato es estar muerto y observar la superficialidad que quedará en toda la tierra cuando no respire. Es oír las risas de los encontrados y los que encuentran sin que ellos mismos puedan identificar la causa de esa alegría.
Soy extrañamente ajeno a esas risas, soy ajeno a todo.
No me siento especialmente feliz por los que juegan y pierden al ser encontrados.
Está bien, morir no será una gran pérdida. Aunque no hacía falta jugar para llegar a esta conclusión.
A veces soy un ingenuo, que más que esconderse busca tener la importancia de ser encontrado. No siempre tendré el valor de confesarlo; pero ahora que nadie me encuentra, nadie me oye, puedo hablar horizontalmente conmigo mismo.
Estoy a salvo de la indignidad.

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Iconoclasta

Verás, Muerte, lo he pensado bien y todo este tiempo he estado equivocado.
No quiero morir rápidamente.
Sé que estoy causando cierta irritación en ti, por tanto tiempo que he deseado una muerte rápida e indolora.
No es que sea voluble, entiéndeme Muerte.
No soy un adolescente que se masturba dos o tres veces cada día cada vez que va a mear.
Lo que ocurre es que he llegado a la conclusión de que si me llevas rápidamente, no podré pasar revista a mi vida como lo hacen algunas víctimas en las comedias: ven pasar ante sus ojos episodios importantes que han vivido a toda velocidad, un videoclip alocado.
Es de risa; pero estamos en plena era multimedia, deberías modernizarte, Muerte.
No es de risa… Es miedo a morir mediocremente.
Quisiera un tiempo de agonía, no importa el dolor ¿sabes? La edad me ha hecho valiente, no soy Conan; pero lo intento.
Un dolor moderado estaría bien, tampoco quiero lanzar alaridos o que me crezcan las cejas de repente y me salga un mechón blanco en la cabeza.
Siempre hay un término medio y sé que sueles tener un humor muy negro.
El problema es que he tenido una vida un tanto intensa, y no quiero morir sin dejar de pensar en muchas personas y en muchas cosas.
Para otros esa intensidad estará sobrevalorada, pero no me interesan sus opiniones.
Hablando en plata, me las paso por el culo.
Entiéndeme Muerte, no soy una lombriz que ha vivido un par de semanas comiendo y cagando tierra. Creo que con los dolores que he padecido, los miedos, las alegrías, ternuras y amores; necesito una buena agonía.
Un buen rato para morir satisfecho y concluir que todo valió la pena y que supe vivir.
Y si es demasiada molestia para ti, no te preocupes, Muerte. Dame todo el sufrimiento que quieras, tendré a mano algo de marihuana que me libere un poco del dolor y del miedo, pero me deje lo suficientemente lúcido para pensar en lo mucho que he amado y odiado, lo bueno y malo que he hecho.
No es un arrepentimiento por lo malo. Simplemente quiero morir pensando que mi vida ha importado y he marchado por un camino que he elegido.
Peco de vanidoso, pero he tenido y perdido tantas cosas, que me parece ridículo palmarla sin tener tiempo a evocarlas. Quiero asegurarme de sentir al morir todas las emociones que he disfrutado o padecido.
Algo que demuestre que no soy insecto.
La verdad es que cuando te haces más viejo que tu padre, tienes la sensación de que estás viviendo unos años que no te tocan. Y piensas que ya está cerca el momento y te has de preparar.
Por eso y en vista de que vivo un tiempo antinatural, a veces te veo asomar ávida en mis sueños y te pido que no sea rápido, dame unos minutos para recordar mientras me asfixio o mi corazón se rompe.
No he descubierto nada importante, no he conseguido ningún logro en el que destacar; pero yo tampoco tengo la culpa de no ser un genio. He sacado partido a mi cerebro tal y como está configurado. Unos nacen inteligentes y a mí me tocó ser simplemente tenaz.
Siiiii…. Está bien, los hay que dirán que fui idiota; pero son unos hijoputas.
La envidia es muy mala, Muerte. A ellos los deberías matar rápidamente.
Que mueran como gusanos.
Eso sí, quiero que mi muerte sea ciertamente cómoda, porque si me matas abrasado por las llamas, más que pensar en lo que fui, pensaré en buscar un extintor o una manguera y toda mi dignidad se irá a la mierda. Y si me lanzas de las alturas, estaré más preocupado en obligar a mi cuerpo a evolucionar hasta tener alas.
Un tiro que me desangre lentamente porque ha tocado la femoral, un infarto que camino al hospital me mate… Esas cosas.
Tampoco pido tanto, de hecho, no recuerdo haber pedido nunca nada, salvo una hipoteca.
Una vez tuve miedo en la agonía. La primera vez que sale sangre por la boca, te asustas. Creo que es una reacción lógica; pero lo he superado. Hay cosas que se aprenden, no nací enseñado, y tal vez era demasiado pronto para que lo comprendiera.
Así que si estoy dormido, que el dolor me despierte. Uno sabe cuando va a morir, prometo no patalear histérico y gritar de miedo. Me encenderé el canuto de marihuana si fuera necesario y no me has dejado inválido, y simplemente me acordaré de muertos y vivos, de algunos trabajos, de mi hijo, de amigos y enemigos, de amores y odios, de aciertos y buena suerte, de frustraciones y errores.
Y entonces ante todo eso, pensaré que incluso ha sido una vida demasiado larga. Pensaré en todo lo que he escrito, y maldeciré la eternidad que representa tanto soñar.
Eso se llama morir en paz, Muerte.
Creo que es razonable, tú puedes ir a matar a otros mientras yo agonizo, no perderás tiempo en tu trabajo.
Bueno, pues eso, si me haces el favor, no me mates rápidamente. Luego puedes hacer lo que quieras con mi alma corrupta si la tengo.
Hasta pronto y buen sexo, Muerte.


Iconoclasta

Es increíble… Las cosas hermosas que encuentras y sientes a lo largo de los años.
Todos esos bellos recuerdos…
El universo a través de los ojos de la infancia.
La hermosa transparencia de un pétalo de rosa a trasluz y el metálico plumaje de un colibrí suspendido en el aire.
Las voces de padre y madre, de abuela…
Aquella forma de mirarme con la que transmitían un amor dulce y sereno.
Todo está dentro, todo lo bello. Está a salvo de la iniquidad de los extraños y las decepciones, dentro de mi organismo. No existe soledad cuando todo eso, todo lo bien hecho, todo lo amado, está aquí.
Estamos bien, mi hijo vibra en el cielo y en la tierra con una vida potente e imparable. Y mis queridos muertos, vibran suavemente ya dormidos en lo profundo de mi cerebro.
Si por algún azar viviera más de veinte años y estuviera en una isla desierta; no me sentiría solo en ningún momento. Porque uno solo de esos recuerdos, una sola imagen de las que tengo atesoradas, compensa todo el miedo, la confusión y la decepción que he vivido en más de cincuenta años.
Mis mascotas hermosas, de cariño a prueba de balas…
Hay breves momentos de suerte y belleza, a pesar de todo.
He sabido captar cada instante de lo hermoso, cada fracción de segundo en el que la luz ha iluminado algo especial. Me he esforzado a pesar de mi curtido cinismo.
El cabello de mi hijo bañado por el sol y el brillo del sudor en el rostro de mi padre trabajando.
Las cálidas manos de mi madre en mi frente, cuando estaba enfermo.
Siempre he prestado atención a todo, para bien y para mal. Siempre he querido entender y sentir. Es maldición y bendición.
Una fea calle tocada por la magia de la niebla…
Qué efímero es a veces lo hermoso. Hay que tener buenos reflejos para captarlo en esos breves momentos que existe o se transforma algo.
Requiere voluntad, el fuerte deseo de ver algo especial entre tanta cosa mal creada.
Cualquier momento es bueno para irse; pero vale la pena quedarse, vivir hasta que sea el momento; hay más cosas hermosas que atrapar. Cosas que combatirán el desaliento de los malos momentos y convertirán la soledad en un jardín de vino y rosas.
Porque hay una edad en la que el horizonte está tan cerca, que parece que uno se va a fundir con él y ser solo luz.
Y está bien, porque la vida cansa, porque el cuerpo y la mente necesitan reposo, necesitan morir. Es la naturaleza misma quien lo pide.
El plumín rasguñando el papel donde escribe y un brillo de la esfera del reloj…
Los bigotes de la gata a trasluz en la ventana… Perfectos, definidos…
Una voluta de humo del cigarrillo es una ameba en el aire y mi sonido al expulsarlo en el silencio de la casa, un soplo de pura vida incontenible.
Te ríes con ellos, con los vivos y con los muertos, con las flores y los pájaros, con los sonidos y el humo. Te ríes de tanta decepción, de tanto esfuerzo mal pagado.
Te ríes porque nada ni nadie, a pesar de sus esfuerzos, ha podido arrebatar esos momentos que atesoro entre las moléculas de mi cuerpo.
Ni siquiera la enfermedad puede arrebatarme lo hermoso.
Recuerdo la fría carne de los cadáveres de quien amé, y lo cálidos que eran hacía unos instantes atrás. Y hay pena y alegría.
Una hermosa esquizofrenia, tanta vida y tanta muerte examinada, atesorada en cada detalle.
La muerte de aquella hermosa perra… Yo estaba allí acariciándola y deseándole un buen viaje, cuando la droga paralizó si corazón y de su boca salió el agua que la estaba asfixiando.
Era agua de rosas, que cayó en mis zapatos.
Mi pequeña Bianca…
Tengo un millón de hermosas lágrimas aquí, en la médula de los huesos.
El primer beso… Magnífico… Increíble…
El último adiós de madre cuando marché lejos, abrazaba un ramo de flores.
Nada ha escapado a mi mirada, nada…
Hay veces que hay demasiada presión, pero la vida te entrena para ello como un astronauta se prepara para la aceleración.
El estaño fundido, brillante como plata, cuando trabajando, soldaba tubos de cobre.
Lo observé todo, lo observo todo… Busco lo hermoso entre lo sórdido.
Es una tarea ingrata, pero soy fuerte. Soy un piloto a punto de vomitar en la centrífuga de entrenamiento.
La piel de mis manos tiene un registro de todo lo que he amado y acariciado, si las observo bien, están curtidas, viejas… Han sido usadas, se merecen el descanso.
La piel de mis manos tienen también un registro de lo que me repele, irrita y decepciona; pero eso no tiene utilidad, no evoca plenitud. Lo más hermoso, gana en peso.
Aún hay tiempo de atesorar más imágenes y sonidos, hay que ser tenaz para encontrar algo hermoso en este muladar que es el planeta.
Tengo una memoria USB en algún lugar de mi cuerpo, su carpeta es Ic:/mis recuerdos/De lo hermoso.
No haré copia alguna, son exclusivamente míos, cuando muera, desaparecerán conmigo, no quisiera que por alguna extraña causa, alguien pudiera usurpar todo lo hermoso que he vivido.

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Iconoclasta

He encontrado flores llorando sucias de restos de seres humanos en los camposantos, junto a las estatuas rotas y viejas. Lápidas sin nombre, viejas y mohosas.
Lloran lo que tienen que soportar: muerte y desolación. Y el único sonido que las rodea es el llanto y las oraciones tan inútiles como la ropa con la que entierran los cadáveres.
Salpicadas de vísceras y sus raíces agusanadas, se preguntan porque han sido plantadas y dejadas entre tanta muerte.
No está bien…
He visto flores entre vertederos de basura, mierda y miseria, con trozos de alimentos podridos en sus pétalos.
Y no entienden porque viven entre podredumbre y enfermedad.
Hay flores en hermosas y cuidadas casas y mansiones. Jardineros que las cuidan y hacen mejores de lo que fueron y las hacen vivir más tiempo del que ellas quisieran.
Y odian toda esa hipocresía y artificialidad. Están bellamente tristes.
Hay flores en las habitaciones de los hospitales donde la madre amamanta con cansancio y dolorida a su hijo recién nacido. Y ellas, las flores, piensan que no les gusta ese olor a vida que es una mezcla de sangre y leche. Es algo que no va con ellas; las mataron para celebrar la vida, como si no importaran sus vidas.
Hay flores amputadas de la tierra en los burdeles y moteles, soportando jadeos comprados, inventados. Olores a semen rancio, orina y excremento. Se marchitan de asco y de vergüenza con condones usados en sus tallos cortados encima de una mesita donde hay dinero, tabaco y licor.
Hay flores en salas de baile soportando ritmos neuróticos, sus pétalos caen secos con la vibración de un sonido que no entienden.
Hay flores que ha cortado un hombre, en manos de una mujer. Y no saben cual será su destino, no saben que ocurrirá con ese hombre y esa mujer, no lo quieren saber.
Su vida tampoco importa a los amantes.
Hay flores en los campos, montañas, ríos y en las orillas de los caminos. Y un colibrí metálico e irisado liba de una de ellas flotando, flotando, flotando…
Hay flores mecidas por ondas de agua en un lago, sin pensar, sin sentir.
La belleza es tan cautivadora…
No razonan, no temen, no les duele nada. Alojan insectos y su vida es efímera porque el sol no perdona a ningún ser de la tierra.
No necesitan pensar, no tiene que ser felices. Solo son, viven y mueren.
No existe lugar alguno para las flores, más que allá donde nacieron sin que una mano humana las jodiera.
Yo no soy una flor, pero quiero lo mismo que ellas: morir y vivir en la tierra.
Que de mi muerte broten flores, o puedan brotar. No soy un romántico, soy praxis pura.
Por ello pienso como una flor: en lo malo, en la miseria, la enfermedad, la vanidad y la envidia.
Todos los seres pensamos cuando algo no está bien.
Y el pensamiento crea miedos, rencores y dolores. Ilusiones ahogadas de realidad…
No soy una flor que camina, pero ellas dicen que sí, que soy una fea flor de carne que no está donde debiera. Ni en tiempo ni lugar.
Las flores son buenas aunque estén tristes, no tienen porque desanimarme. Pobres flores…
Nos encontramos inevitablemente humanos y flores iguales, tal vez sea el único consuelo. El descontento encuentra a otro descontento. Luchamos por hacer un mundo mejor, pero el decorado es tan desolador…
Nos marchitamos como ellas, pero mientras tanto, dañamos y somos dañados. No acabamos nuestra vida en un jarrón o secas por el frío y el sol, no es así de fácil para los seres que andan sobre dos patas.
Que vergüenza da mi vida, hasta las flores lo saben…
Al menos para ellas esta mala dimensión dura solo unos días.
Envidio a las flores por ello, por su efímero pensamiento cuando lo padecen.
Tengo trozos de amores rotos en la piel, encima de los trozos de pena, dolor y muerte. Son demasiados estratos. Y la vida es tan larga…
No soy una flor, soy una roca lisa sin ningún interés, de color gris, algo que nadie recogería del suelo.

Iconoclasta

Hace tanto calor y el sol molesta tanto mis ojos, que el amargo café se hace dulce en mi boca y el humo del cigarro es aire fresco en mis pulmones. Estoy tan cansado de andar, que la incómoda silla del bar es un trono a la sombra de un edificio, en una calle extraña a pesar de mil veces visitada.
No es extraña, es ajena.
Y de repente llega una brisa suave, fresca… Como un premio, como una bendición para un católico, para un humano.
Es un aire que arranca las cosas malas de mi piel y de mi cabeza. Dolores y carencias. Ardores y vergüenzas.
Me llena de calma y me da paz. Cierro los ojos para aislarme en ese placer sensorial y me abandono a una melancolía que provoca lo que no fue, lo que no sucedió.
No importa, todo eso se lo lleva mi viento amigo. Me transporta al mundo inhóspito e ignoto, un mundo inalcanzable, como una maldición cuando el sol y el polvo de esta tierra me envuelven y me hacen débil.
Un viento que trae aromas de picantes y refrescantes cítricos que alguna vez olí.
Moho y antiguas aguas estancadas.
Ruina y eternidad.
Un mundo de dolor, muerte, lucha, vida y amor…
La trascendencia en estado puro.
Y pienso que no es tarde. No es tarde.
Sé que no lo es.
Tengo tiempo, aún puedo llegar.
El viento golpea mi pecho como las palmadas de un amigo que hace tiempo no veía. Hace una caricia en el cuello y atraviesa mi cabello convirtiéndolo en espigas frescas al alba. El cigarrillo se me cae de los dedos relajados y el humo que aún sale de mi nariz se arremolina como un tornado alejándose de mí.
Deseo con toda mi alma (porque cuando el aire me conforta, siento tener alma) ir allá, a aquel horizonte de donde llega el viento, un cielo de nubes negras que de tan pesadas, parecen aplastar lo que hay bajo ellas y hundirse en esta tierra indecente.
Son de una belleza letal, imponentes y sinceras en sus tormentosos y amenazantes cúmulos verticales hasta el cosmos, como si fuera una sólida torre al infinito.
Quiero cobijarme allá donde nadie quiere estar, donde nadie quiere ir.
Donde los árboles muertos se convierten en bestias pétreas.
Donde la oscuridad del fin del mundo aterroriza a los demás.
En esos momentos en el que el aire me aísla de esta banalidad y agita con una ráfaga de ternura, vislumbro el mundo maravilloso oculto en aquellas peligrosas nubes. Y todo está bien, sé que soy bienvenido y habrá una complicidad inevitable entre esos seres y yo. Porque ambos somos ajenos a este mundo, solo que yo, en algún momento me perdí.
Ya no habrán silencios incómodos, no seré extraño en el planeta, no más presencias forzadas. Se acabó el trabajo agotador para soportar y ser soportado. Se acabaron los recuerdos de amados muertos y los de amados vivos ya inaccesibles, ya lejanos.
Allí, en las grises rocas celestes que bajan del espacio a la tierra, corren lobos con el lomo cubierto de rosas azules.
Qué bellos son los colores donde nadie quiere estar.
No quiero abrir los ojos, no quiero que cese el viento, dame unos segundos más, dame una eternidad. Mi Aire, dame el tiempo necesario para llegar allá.
Los dientes de los lobos imposibles están manchados de sangre, con los ojos encendidos de hambre y ferocidad, pupilas rojas, niñas amarillas… Un oso lucha contra ellos, sus garras han herido sus lomos y de ellos brotan serpentinas de hiedra que los convierte en setos en un jardín para enamorados que huele a amor y muerte.
Es algo importante, es algo trascendente.
En la glorieta, ella llora por mi muerte, yo lloraré por perderla y renaceremos tantas veces como sea necesario para hacerlo intenso hasta la desesperación. Hacemos padecer a las carnes el dolor de la pérdida y la desolación y hacer del próximo encuentro una felicidad esquizofrénica.
Es importante morir con una violencia y dolor inhumanos por amor y ser héroes, amados y deseados. Es algo por lo que vale la pena cerrar los ojos ante el viento de un universo que es el mío.
A veces ocurren errores…
Viento amigo, no sé si es error mío o vuestro, pero no me dejes morir aquí. No quiero una enfermedad triste, ni morir en la indiferencia de los humanos. Soy un guerrero perdido, llévame ahora, aunque muera en el ascenso a mi mundo perdido.
No me dejes aquí, viento mío.
¿No ves que me duele el cuerpo? Si no fuera un guerrero de verdad, lloraría. Y mis ojos están secos como la tierra que piso cada día.
Soy valiente, puedo aguantar el dolor. Necesito el dolor de mi mundo, las emociones sangrantes, los amores que matan.
Un hombre que me cae bien, lucha desnudo contra un águila grande como un avión. El animal clava sus garras en su pecho y le arranca un corazón de bronce. El hombre grita de dolor al tiempo que muere, es un segundo.
En la glorieta, mi semen corre ajeno a la muerte por la boca y pechos de mi hembra. Y sé que todo está bien. Mi pene es un latido que se escucha en medio de un silencio sepulcral expulsando las últimas gotas en el rostro de la que amo.
Hay árboles que dejan caer una lluvia de hojas frescas verdes, rojas y marrones. Pequeños frutos en forma de ataúdes.
¿Por qué eres tan precioso e inaccesible, mundo mío?
Los lobos han dejado de ser setos, han mudado a su pelaje y respiran. Buscan con gruñidos la caricia de mi amada desnuda.
Ráfagas de viento portadoras de ilusiones, robáis mi recelo y mi sabiduría y me siento tontamente ilusionado. Viento mío, haces de mi cinismo candidez, de mi abatimiento ilusión.
El águila deja caer el corazón de bronce, que al tocar el suelo, crea una placenta que arraiga en las sólidas nubes donde intensamente vivimos. Renace el hombre gritando a una nueva vida. Le ayudamos a subir a la glorieta de madera blanca cubierta de rosas rojas que sangran y hacen regueros de pasión que llegan al suelo haciendo florecer cuchillos de brillantes filos.
—No eres nuevo, has llegado por fin —me dice ofreciéndome un cigarro—. Recuerdo que hace eones, el universo rotó en un accidente sismicosmológico, y tú caíste porque estabas luchando en el mar contra un kraken. Salían naranjas de tu pecho cuando morías, cuando el pico de la bestia destrozó tu tórax. Tuviste mala suerte, amigo. Caíste a la tierra de lo posible y nadie pudo salvarte. Ella lloró y te esperó…
Besé a mi mujer , la besé deseando morir de amor y mi corazón dejó de latir para ser un héroe para ella. El dolor apenas me dejaba hablar.
—El viento a veces me encuentra, pero algo se debió romper cuando caí. Tengo miedo, amigo. No quiero volver allá, donde morimos en la calle, donde una gripe detiene el corazón, un bulto se come el cerebro, donde no hay monstruos, ni amores inmortales. Donde todos mueren de hemorragias, no hay flores ni metales preciosos saliendo por las carnes abiertas…
Los humanos huelen mal cuando mueren. Yo oleré mal.
Mi amada y mi amigo se disuelven lentamente.
Y la sensación de pérdida hace agua mis entrañas, en un llanto invisible.
Viento amigo, no me dejes.
Contigo no temo al ridículo, viento de las nubes negras, solo tú sabes ilusionarme.
Sigue amigo mío, sigue sacudiendo de mi piel y mis huesos toda esta tristeza.
Dame más sensacionesde un mundo que extraño y sin embargo no recuerdo. Hazme creer que muy pronto estaré ahí, con los seres que no existen.
Donde todos somos secretos y ocultos. Donde la muerte es puro juego y la vida cacería, risas y un buen follar.
El viento ha cesado de repente. Y toda esa ilusión se ha esfumado, observo la cajetilla de cigarros, enciendo uno y pido otro café. El lejano cielo de tormenta se ha deshilachado.
Pienso en el tabaco y el cáncer, en el calor y la sed, en la tierra caliente y los pies sangrando.
Me trago las lágrimas de la decepción con cada sorbo de café y con cada bocanada del cigarrillo.
La reminiscencia de un olor a naranjas evoca una añoranza de un lugar o tiempo donde lo importante, era luchar, morir, vivir…
He de comprar pan y tomates, jabón y…
Algo no está bien…

 

Iconoclasta

Se sigue un camino por la simple razón de que si alguien lo ha trazado llegará a algún sitio y tendrá un destino, una finalidad; pero las metas están demasiado lejanas y el camino se hace largo y monótono; es más seguro que pasar a través del bosque y sus ruidos.
Los caminos de los vulgares y mediocres, acaban con final feliz cuando son viejos y sus cerebros están desgastados. Podrían llegar a unos servicios públicos y los viejos beberían agua de los urinarios pensando que es una puta fuente de la vida, porque tanto esfuerzo merece un premio, tiene que ser así.
Una mierda…
He perdido mucha vida en pos de metas y ahora sé que no llegaré a ninguna. Mi meta es la muerte, simplemente. Me cago en los caminos, porque son fraudes.
Alguien estaba aburrido y se lo pasó bien desbrozando montañas y trazando sendas. Todos tenemos una finalidad, y es morir tras haber vivido mal. Los hay con suerte, pero no me consuela una mierda el bien ajeno. Que se lo metan en el culo.
Somos caminos que caminamos.
Hay un coño enorme goteando entre dos montañas sin árboles, en un paraje tan árido que no tiene explicación la existencia de esa coñomonstruosidad. Es como una flor carnívora que espera que me aproxime.
Mi camino no tiene bifurcaciones, lo he creado para no poder escapar. No es la odisea de Ulises, en mis caminos no hay aventuras, solo hay tristeza, desolación y absurdo. No hay un amor, no hay nada que querer. Podría correr, podría pasar entre piedras ocultándome, fuera del alcance de los labios vaginales que oscilan de deseo, de un clítoris que destila gotas que forman una laguna viscosa. Y no funcionaría, porque el coño es omnipresente, allá donde vaya, allá está, solo debo pasar por debajo, no hay nada más que decidir. Y camino y el coño me atrapa, me absorbe y muero. De todas formas debía de morir.
Y despierto con la sensación de pérdida de las ilusiones.
Hay caminos que conducen a prados verdes, de la misma forma que hay muertes que conducen al paraíso.
Eso no ocurre en mi mente, creo caminos que no conducen a nada, porque no me gusta lo conocido. Quiero un lugar y perderme en él, descubrirlo. Y sobre todo, saber que ningún hijoputa ha pisado ese espacio. Solo quiero una brújula y trazar mis metas para no llegar a ellas porque algo interesante ha llamado mi atención.
Un camino trazado conduce inexorablemente a un destino vulgar, porque de las manos de la humanidad solo puede salir eso: mediocridad.
Mis caminos conducen a mares monstruosos y asesinos, al espacio letal, a un arenal sin vida.
Cuando el camino se acaba llega el vértigo del fracaso, la vergüenza, el ridículo. Pero estoy solo, es mi camino, mi humillación no la ve nadie. Solo existo yo y mi mierda.
Siento ganas de llorar por todo ese tiempo perdido y los esfuerzos para llegar; pero sobre todo el temor de quedarme en medio de toda esa hostilidad.
Mis caminos son buenos para llorar, es en el único lugar que lloro. No le doy un espectáculo dramático de mierda a nadie.
Me convierto en algo atrapado y soy solo desolación. Un monolito de barro seco…
Aunque después de la primera impresión y recapacitar sobre lo que me he encontrado en la vida que otros han construido, no tengo miedo a la desolación.
Los caminos de mi mente quieren ser desalentadores. Y por eso las sanguijuelas se alimentan de mi glande y bebo sangre de venas anónimas, de cortes profundos en las ingles…
Mis caminos son circuitos de entrenamiento, más duros que la vida. Nadie puede enseñarme la dureza y la bestialidad, porque mi cerebro tiene más de eso que todas las materias grises de la humanidad.
Mis caminos son tenebrosos.
El cielo que los cubre es gris como el plomo, las nubes están tan bajas que el pensamiento rebota en ellas, y me oigo mil veces. No hay música, porque es banal. La música distrae de la miseria en la que se vive, distrae de los sueños infantiles que jamás se cumplirán. No hay música, solo mi respiración y mi pensamiento. Y caen rayos en el horizonte y sobre mí. Hay gatos sin patas que se arrastran pidiendo muerte, y yo no quiero matarlos. El ruido de los pasos en la grava es ensordecedor. Y no hay un solo declive en el camino, no hay cambios, es andar sobre una cinta continua, no hay movimiento.
Y aún así, llego a una distancia en la que soy adolescente, me saludo; pero no hago caso al caminante y continúo metiendo en una bolsa de plástico transparente uñas ensangrentadas y sucias, colillas y trocitos de carne que huelen mal que salen de la tierra húmeda.
— ¿Por qué llenas esa bolsa con tantas miserias? —me pregunta el caminante.
—No sé, en algún momento nací y me encontré aquí. No hay otra cosa que hacer. Y el camino es infinito. Solo caen rayos. ¿Eres tú el creador, verdad? —me responde el adolescente.
—Soy tú cuando tengas cincuenta años.
—Te conservas bien, me gustará llegar a esa edad.
—Habrá dolor, joven yo. Y miedo.
—Pues que llegue pronto, porque esto es un aburrimiento, no me gusta recoger los restos de nadie, sus miserias, sus penas. Porque no hay seres vivos, si no se las metería a todos por el culo de nuevo para que las cagaran con sangre, donde quiera que sea que caguen.
Siempre hemos sido unos cínicos, de joven y de mayor, nos reímos de nosotros mismos, y decidimos cuanto despreciar lo que hicieron mal tantos muertos. Tenemos derecho, no pedimos todos esos campos vallados propiedad siempre de algún subnormal sin cerebro. No pedimos nacer para que alguien nos hiciera mierda la libertad.
Siento ganas de abrazarlo, porque era valiente, yo era valiente y sabía que era mierda lo que había en mis manos, y que nada variaría. No se lo dije a nadie, era mi secreto, mi madurez, mi sabiduría.
Y aún así, miré y miro el mundo buscando algo, en la triste realidad a sabiendas que voy a fracasar; pero tengo cojones y fuerzas para intentarlo hasta morir. Nadie me enseña nada, nadie me condiciona. Aunque duela, aunque me mate, lo haré. Buscaré lo bueno, sabiendo que no está. No tengo otra cosa que hacer, más que morir, soy tenaz.
Yo creo mis ilusiones y esperanzas y yo las mato.
Soy pesimista, pero jamás derrotista, cuando esté muerto hablaré de la paz.
Son tan densos mis caminos, tan metafísicos y existenciales, que temo quedar atrapado en toda esa trascendencia al enfrentarme a todo ese vacío. Y asustado sigo adelante.
Me haría una foto para mi perfil de las redes sociales: me colgaría de las orejas los testículos descompuestos de algún cadáver que a veces caen desde el cielo.
Temo el dedo en el gatillo que no cesa de realizar una presión cada vez mayor y mis células gritan que pare. Cada día estoy más sordo, y las células más afónicas.
Alguien toma un camino trazado porque sabe que alguien lo hizo, luego, no hay razón para no andarlo. No hay razón para temer; pero en mis caminos los hijos están muertos y eso duele infinito. Están podridos y sufren en una eterna y dolorosa agonía, sin reconocer las voces de sus padres. Están sucios de algas podridas que el mar arrastra a la playa de arena de cristales afilados. No llego nunca a los hijos muertos, me desangro antes y dejo un rastro de quince metros de tendones y piel.
Mis caminos tienen una razón para no recorrerlos, y yo ando por ellos, porque son mi creación, aunque me joda.
En mis caminos hay volcanes que convierten en ceniza las ilusiones y es difícil respirar. Imposible reír.
Mis caminos son tan importantes, que la vida y la muerte se confunde. Nunca sé cuando vivo y cuando muero, cuando camino o cuando me convierto en un mojón en la vereda.
Salgo de mi camino para volver a la realidad, con la esperanza de que habrá algo por lo que merezca la pena respirar.
El joven que era yo, se disuelve en una bruma iluminada por rayos, con su bolsa de miserias ensangrentada, sucia de colillas… Se ríe, me saluda con la mano.
—Seguiremos buscando, lo haré, aunque duela. No te preocupes, viejo yo. Husmearemos entre la mierda las cosas hermosas, y cuando fracasemos, volveremos a nuestros caminos a ser héroes hacia la muerte. Fracasados de sonrisas rasgadas.
Salgo del camino y me enciendo un cigarro frente al cuaderno abierto. Y escribo de mis ilusiones encima de la ceniza del cigarro que cae en el papel.
Se me escapa una risa y pienso que un fracaso más no importa, cierro el cuaderno.
Salgo al camino ajeno, al sol, al ruido y a la música. Tal vez haya algo más que banalidad. Aspiro hondo ante el próximo fracaso.

 

Iconoclasta

Se vende hombre insensible, a prueba de toda clase de situaciones, absolutamente indiferente a la vida de los demás y a la muerte propia.
Come lo justo y necesario para sus gustos y caprichos (es económicamente suficiente), manteniendo una razonable higiene en la cocina. Es ideal como decoración.
Por simple filantropía y generosidad, se comerá el coño de su dueña si así lo quiere ella. Eyaculará silencioso sobre la piel por la que siente indiferencia, convirtiendo el acto sexual en algo sórdido, como en las mejores películas de corte hiperrealista e intimista.
No levantará falsas ilusiones ni mentirá, porque no es necesario, porque no le importa si algo duele, incomoda, humilla o molesta. O todo junto.
El objeto de compra se compromete a mantenerse vivo por un periodo no inferior a 15 (quince) años, al cabo de los cuales, me reservo el derecho al suicidio o a avivar y promover un cáncer de pulmón. El objeto de compra es fumador y bajo ninguna circunstancia dejará de fumar cuando y donde le apetezca.
Ejerceré como elemento de seguridad en el hogar y esporádicamente puedo realizar pequeñas y superfluas tareas domésticas.
Donde realmente se encuentra mi utilidad, es en la decadencia de mi pensamiento misantrópico, y el total descontento de mí hacia el mundo e incluso hacia mí mismo.
No existe nadie tan vacío ni frío como yo. Nadie tan fuera de lugar en el mundo.
Mi función, es pues, catártica para mi dueña.
Aquella mujer que me compre, al observarme, se dará cuenta de la verdadera desolación de un ser, presumiblemente humano. Se sentirá, así, dichosa todos los días de no tener nada en común con la propiedad adquirida.
Bendecirá su buena estrella cuando cierre la puerta tras de sí dejando toda esa miseria que soy yo, encerrada en la casa.
Podrá ver cada día como me aboco cada día hacia la muerte entre altibajos emocionales propios de un desequilibrado mental. Y lo más importante, lo podrá compartir en el muro de su red social y con sus amistades.
Seré la más exóticas de las mascotas.
Puedo resultar todo lo patético que pueda proponerme, y si es el deseo de mi dueña, en una intimidad adecuada, me masturbaré con la cabeza cubierta con una bolsa de supermercado, como si me encontrara haciendo mi última voluntad ante mi verdugo.
Incluso puedo hacerme un lazo decorativo en los genitales y fotografiarme si así fuera su deseo y mi humor en ese momento para acceder a ello.
En definitiva, pues, puede sentirse libre de proponerme cualquier aberración sin que ello cause en mí ningún escándalo o escrúpulo. Si ella decidiera asesinar a alguien, yo no pondría objeción alguna.
La compradora se compromete a crear un lugar físico exclusivo para mí y para mi desarrollo como escritor acabado y frustrado, donde pueda mantener en el desorden que yo crea conveniente mis papeles, plumas, libros y ordenador.
En el caso de que la compradora se sintiera triste o decaída por un mal día o unos biorritmos hormonales impredecibles, puede hacer como que no existo, porque de hecho, no vivo, solo estoy. No me preocupa que piense en determinados momentos si soy un hijo de puta o un cerdo sin corazón. Como no me importa la ternura que pudiera inspirar cundo esconda mi rostro tras un libro o una libreta porque a nadie le importa si grito o lloro.
No garantizo ningún tipo de conversación gratuita o amable, no es mi función ser dama de compañía, sino todo lo contrario.
La razón de venderme, es que soy el hombre más solo del universo; pero por esta misantropía con la que fui parido, es mi voluntad, mi capricho y mi orgullo mostrarme ante los otros seres vivos como lo que soy, para que en algún momento pueda causar molestia o incomodidad con mi propia existencia. De la misma forma que dicen que Jesucristo nació para redimir a los hombres, yo he sido gestado y expulsado al mundo para que se sepa que la vida es una mierda y que al menos un humano ha nacido en un lugar que no debía en un tiempo que no es suyo. Y que ningún lugar o tiempo, podrían consolarlo de su propia existencia, en tanto haya un ser humano respirando a menos de 10 kilómetros (diez) a la redonda.
Soy una permanente performance, es el concepto que podría definirme.
Salvo que las performance duran poco tiempo, por lo cual, mi compradora, deberá demostrar una madurez mental perfecta para que pueda mantener un nivel de cordura aceptable y no someterse al desgaste que provoca mi presencia entre los seres humanos.
Si escupo o meo sangre, la compradora, podrá exigir mi examen médico, para preservar su propiedad, solo por los primeros 15 (quince) primeros años antes mentados. Me someteré a las curas necesarias para mantenerme vivo durante ese tiempo.
El precio se acordará en la absoluta intimidad, para que ningún estamento público pueda exigir impuestos por la transacción.

 

Iconoclasta

Un disolvente eficaz, de Iconoclasta

Un disolvente eficaz, de Iconoclasta

El tiempo es un disolvente eficaz, lo borra todo.
Lo malo es que no es instantáneo. Es lento como una hepatitis y asistimos con una pena infinita y casi indolora a la dilución de los recuerdos y sentimientos, con la lentitud con la que el cerebro degenera inevitable y patológicamente al llegar a la vejez.
Se desdibuja la infancia y los rostros de los que murieron, tan eficazmente, que se forma una agonía gelatinosa que encoge el alma. Un vértigo lento que hace borrones de los colores y crea cada día un despertar de olvido, o confusión.
O un caos tranquilo y engañoso que nos hace idiotas a la realidad.
(Lo de idiotas no suena rabiosamente dramático ni triste o depresivo; pero la expresión está tan cercana de la humanidad, que es pecado no escribirla. Es quedar incompleto.)
La mezcla de recuerdos y tiempo-aguarrás forma melancolía: agua sucia en las entrañas, que invade pulmones y corazón como un impetuoso torrente de lágrimas. O una risa amarga.
«No te vayas», le dices a los rostros que desaparecen llevado por la ilusión. Y los pintas de nuevo, solo que mal.
(Hay que tomar clases de dibujo si queremos hacer las cosas bien. Hay gente que enseña por poco dinero, y si pierdes el tiempo olvidando, puedes perderlo pintando bien.
Claro, que siempre se sobreestima al profesorado, algunos pintan realmente mal, y todo porque les han regalado su puesto de docente en un sorteo de productos agrícolas.)
Desde un millón de metros de altura un disolvente nos llueve en la cabeza, y se deshace todo. Se confunden los recuerdos con los sueños… Como los actos de la niñez.
Nos aleja del amor y del afecto reales para hacer un amasijo de los actos que una vez cometimos o simplemente abandonamos. Una amalgama mentirosa, que roba la importancia que tuvieron realmente las vivencias pasadas y crea lo que necesitamos, lo que nos hace sentir bien.
No se puede sostener mucho tiempo la mentira, porque llega el día que ves tu rostro en el espejo, y no eres tú.
Unos recuerdos van cosidos a otros y hay días en los que desaparecen miles de matices. Lo vivido pierde brillo entre una nebulosa de tiempo.
Nos engañamos sin pretenderlo, porque no reconocemos que una vida pueda ser tan plana y mediocre. Necesitamos mantener vivas todas las sensaciones y emociones, fortificar el reducto de la memoria al precio que sea y no perder esa intensidad. E inevitablemente deformamos lo que una vez amamos y lo convertimos en algo que nunca fue.
(El autoengaño emotivo no es delito, es aconsejable para aquellos cuya ilusión es tan banal que se limita a comer, dormir, trabajar y ocasionalmente follar. Ser un buen ciudadano religioso es tener la mente enferma de alucinaciones color rosa y submarinos amarillos.)
En lugar de recordar una madre, recreas una virgen impoluta con un halo dorado en la cabeza. Reconstruimos los rostros a partir de pintura corrida y desleída en una pared negra.
El tiempo hace de los recuerdos delirios, creando imágenes caprichosas y abstractas que son los restos de una pintura salpicada y escurrida en un lienzo mohoso.
El tiempo nos deshace a nosotros mismos ante el espejo, cualquier día al despertar. Y hace la piel translúcida, para que la muerte sepa donde se encuentran todas las venas y cortarlas.
Mirar lo que vivimos a través del tiempo, es como ver nubes y darles formas. Son mentiras, patológicas, mentiras de la supervivencia.
(Margaritas a los cerdos.)
No recuerdo el rostro de mi abuela, no me recuerdo a mí mismo cuando era niño.
Es mejor no contemplar fotografías viejas, forman una ola de tristeza que monta el tiempo a toda velocidad en una tabla de surf, arrasando los momentos felices y los rostros amados y respetados. Una ola tóxica para el ánimo. Sin darnos cuenta, nos hacemos adictos al disolvente y lo respiramos con bolsas de plástico o haciendo hueco con las manos.
Y miramos al sol con los ojos borrosos, con manchas brillantes que ocultan los rostros e inventamos así santos y milagros.
Es indispensable no mirar atrás, porque no seremos estatuas de sal; nos convertiremos en muñecos de trapo vacíos de recuerdos. Tiempos pasados, difuminados. Tachones que no dan brillo a los ojos de cristal, muñecas que ríen siempre muertas, sin ojos y sin brazos…
Es mejor no ser consciente del tiempo. Prestar atención solo los borrones, las ilusiones. Y así, que lo que nos quede de vida la caminemos engañados y felices.
Acuarelas abandonadas en un sótano húmedo de la memoria. Y el tiempo con una mano huesuda y de uñas rotas, salpicando las paredes con un bote de disolvente. ¡Qué hijo puta!
(El tiempo es un antigrafitero.)
No me encolerizo por haber olvidado algunos rostros, no rabio por un dolor pasado.
Golpeo de rabia e impotencia por no poder detener el tiempo, que sin piedad desintegra lo que era real. Es mejor morir rápido, es mejor caminar y perder la vida, como un mecanismo de batería agotada.
Monto en ira por la mierda de cerebro que tengo, no puede con un asqueroso disolvente.
No importa la muerte, importa mantener intacta la memoria, pero es utopía.
(Un día inventarán un chip de la memoria, que nos instalarán en el pescuezo al nacer, como a los perros. No es una gran idea porque pueden haber problemas de alergia y queda un bultito como quiste de grasa; pero lo importante es recordar a quien fue hijoputa y a quien fue buena persona, recordar exactamente sus rostros con todas sus imperfecciones y el movimiento de sus labios unas veces mentirosos y otras amados. Porque la verdad solo los idiotas la dicen.)
El tiempo quiere hacer de mí una estatua hueca.
Y lo consigue, maldita sea…
Es imparable.
Y tal vez, sea mejor así, tal vez sea mejor no recordar que un día fui feliz.
¡Mentira!
Es un engaño de mis neuronas deshaciéndose, es muy posible que nunca haya sido feliz. Es imposible estar seguro de nada cuando el disolvente, deshace las formas. Ya nunca recordaré lo que pensé y sentí.
Observo una foto de mi madre y no la conozco, no es como yo pensaba. Mi padre es más joven, y mi abuela… Vestía de negro siempre, y…
Me acuerdo de sus rostros muertos, la piel del color de la cera blanca; pero sobretodo de los dedos tan quietos…
La gente mueve los dedos quiera o no, eso marca la diferencia entre estar vivo o muerto. Ellos no… Sus dedos eran la muerte más pura, esa quietud de las manos se me quedó grabada en mi cochino cerebro anegado de disolvente y sobrevivió. Hay recuerdos malditos que nada borra.
Los dedos marcan el ritmo del tiempo, de los durmientes y los despiertos. Los dedos son la batuta del director de la orquesta que es el tiempo. Él marca el olvido y el engaño a cada segundo.
Los malos recuerdos permanecen invariables, lo único definido en una memoria con más de dos semanas o con demasiados años, porque el tiempo salpica con su toxicidad a grandes y pequeños.
Y es porque la mierda de la vida no está dibujada con pintura en la memoria, está escarificada con cuchillos y hierros al rojo.
Por eso solo un dolor puede tapar otro dolor, como un tatuaje cubre otro.
Puto tiempo… Me borra hasta el cerebro.
No es un reloj de arena, es un reloj de recuerdos que se pierden en un vacío negro…
Bueno, tampoco mi vida ha sido como para tirar cohetes.
El tiempo también tiene sus cosas buenas, limpia las manchas y nos mata por fin.

 

Iconoclasta
Iconoclasta

Sostengo una flor en la mano, es una ocasión extraña, nunca he sido aficionado a los vegetales.
Es curioso como tiembla mi pulso ante tanta liviandad, tengo miedo de dañar sus pétalos, es un esfuerzo tremendo sujetar algo tan ingrávido y frágil.
Yo que he levantado decenas de kilos con un cigarrillo en la boca…
No me gusta la jardinería; pero hay una razón para todo. Es la ligereza. Yo me creía pesado, creía que dejaba mi impronta en la tierra. No es así, de hecho lo he sabido desde hace muchos años.
No me gustan las flores porque piensas, y cuando te comparas con un ser vivo cualquiera que no sea humano, sales perdiendo en el juicio.
Tal vez tomar una flor en la mano y pensar en ella, es recapacitar sobre mi existencia. Es algo que siempre rehúyo, no es bueno pensar. No es bueno concluir nada que tenga que ver con la vida, con la mía.
Porque la de los demás, no me importa. Nací sin demasiada empatía.
No sé que proceso neuronal me lleva a tomar la flor, pero cuando algo me gusta, lo hago. Sin importar la opinión de nadie, ni la mía propia. Soy amable, pero no idiota. Nadie me ha dado nada, yo tampoco lo hago, no soy una flor, aprendí rápido.
Pienso en la vida y su ligereza. Hay seres vivos que pesan menos que un puñado de mi cabello y dan más color y bienestar. Huelen mejor que yo.
No es un problema de aseo, es cuestión de masa. Por alguna razón, todo el peso de mi cuerpo no puede ofrecer lo que la flor regala. Soy imperfecto, nacido de seres imperfectos, rodeado de seres imperfectos.
Es deprimente compararse con cualquier ser vivo elegido al azar, siempre y cuando no sea otro humano.
Hay una película que dice que el alma pesa 21 g.
No pesa nada, porque no hay alma.
Sin embargo, se le puede llamar alma al conjunto de ideas que nos llevan a pensar que somos trascendentes, un engaño de supervivencia que nos creamos para no darnos un tiro en la cabeza y acabar de una puta vez con tanta vulgaridad.
El razonamiento superfluo evita que al tomar una flor pensemos más allá de las mentiras que nos han enseñado y cultivamos nosotros mismos, como yo hago ahora, es la función de un pensamiento hipócrita o ignorante.
Es una cuestión de poesía o lírica, no puede hacer daño sino eres consciente de esa ligereza banal. La cobardía y la ignorancia dan una larga y tranquila vida.
Odio tanta tranquilidad e inmovilidad.
Yo no tengo peso, soy como la flor, pero no ofrezco nada. Mi existencia es intrascendente.
Nadie me llora, no lloro a nadie.
Ni siquiera me siento solo, porque para sentir el peso de la soledad, antes has debido amar y ser amado. Cuando has estado rodeado de seres que piensan que eres importante, y crees que son importantes ellos. Entonces, cuando se van, te sientes solo, abandonado.
Dicen que puede ser angustioso, yo no lo he experimentado jamás.
Soy un cactus aislado en el desierto, nací solo. No necesito nada, no espero nada.
¿Cuánto vale el amor? En unos sitios pagas en euros, en otros con dólares o pesos.
En definitiva, el amor cuesta diez minutos y un par de decenas de euros si no eres muy exigente.
No hay nadie especial, si eres perspicaz, te das cuenta de que nadie pesa. Aunque es bueno que así lo crean, que así lo desconozcan, porque me sitúa por encima de ellos, aunque importe tan poco como el resto de humanos.
La sangre tampoco pesa y el dolor de los tendones seccionados provoca el vómito.
¿Si peso tan poco o nada, por qué duele tanto?
¿Por qué las arterias y venas se encuentran enterradas entre cartílagos y músculos?
Es una mierda vivir y es una mierda morir.
Todo duele si te fijas bien.
La flor no habla, no piensa, no caga, no come.
Solo necesita luz y que llueva de vez en cuando. No eyacula, no menstrua.
No ama y es admirada.
Cuando la muerte se presenta, las cosas inanimadas demuestran su peso y trascendencia.
Te das cuenta de que no hueles como ellas, que no tienes colores brillantes.
Cuando alcanzas la total conciencia de su importancia, le hablas a la flor. Sabes que te escucha, que se marchita entre tus manos, en un acto íntimo que ningún humano ofrecería jamás.
¬—Hola flor, perdona que te haya arrancado.
—No te preocupes, iba a morir mañana, al mediodía ya me habría secado. Ha sido una larga y hermosa vida. Ver salir ocho veces el sol ya es una gran vida.
¬—No cuento cuantas veces ha salido el sol. Me da miedo saber si puede ser mucho o poco. Ambas cosas son escalofriantes.
—Eres humano, amigo, tu vida y tu muerte están plagadas de esperanzas y miedos porque no sabéis qué seréis, cual es vuestro fin. Os duelen demasiadas cosas en este mundo, sois los más cobardes de los seres vivos.
—Has aprendido todo en poco tiempo.
¬—Nací con ello, lo supe desde que mi capullo se empezó a formar. Y sé que como yo, mañana no verás el sol. La sangre mana rápida por esos profundos cortes.
Con la sangre goteando por las puntas de los dedos, aprendes que serenidad, amor y cariño, su búsqueda, ha sido una pérdida de tiempo. Y cuando mueres y hablas con la flor no sabes si cortar la hemorragia para seguir hablando con algo que pesa de verdad, o dejarte morir porque es demasiado efímero.
Ya estoy harto de miedos, mejor me dejo morir.
Todo se muere muy pronto a mi alrededor, todo lo bueno. O simplemente te das cuenta de que no existió.
Me arrepiento y siento vergüenza por cada acto y esfuerzo realizado, que no han servido para nada. Simplemente eran hermosos engaños.
Debería haber visto más televisión, prestar más atención a la ignorancia y la superstición y así no haber llegado nunca a la verdad.
Medio siglo de vida es demasiado, si la flor ha necesitado ocho días para hartarse de vida, yo he vivido tanto tiempo que he acabado aborreciendo respirar.
El único defecto de la flor, es que no puede suicidarse.
Otro consuelo idiota. ¿Por qué iba a suicidarse una flor?
Pero sí tengo algo en común con la flor: nadie llorará nuestra muerte. Ni falta que nos hace.
— ¿Te quieres «dormir» conmigo, flor?
—Ya estoy casi «dormida», humano. Tu sangre me agrada, es cálida. No es fría como tu piel, es una buena forma de despedirse de la luz.
Ya no hay dolor, no me tiembla todo el cuerpo con escalofríos, imagino que la ausencia de sangre ayuda a estas cosas. Y muero ligero, esa ligereza es agua fresca en la mañana.
—Hasta nunca, flor.
La flor no contesta o tal vez estoy muerto.


Iconoclasta

El rorcual azul  mide entre 24 y 27 m.

Hay algo muy trágico en la muerte de una ballena.

El tamaño importa. Importa de verdad.

Un cadáver cuanto más grande es más lástima inspira, más piedad, más miedo, más repugnancia.

Los cadáveres de ellas no inspira repugnancia, el mar es rápido digiriendo la muerte, borrando los errores y delitos humanos y divinos si existieran.

Las ballenas son animales tan desmesuradamente grandes que otros se alimentan de sus carnes y no se dan cuenta que poco a poco son asesinadas y devoradas.

Pesa entre 100 y 120 t. 

Son un error de la naturaleza. Ningún animal ignora que es atacado y mutilado, todo animal defiende su más pequeño trozo de piel.

Las ballenas ni siquiera pueden defenderse de una muerte traicionera y cobarde. Tal vez sean los mártires de la naturaleza, los jesucristos de la fauna.

Es el animal más grande que ha existido nunca en la Tierra.

Las matamos y otras predadores se las comen vivas. Da pena, es una de las tragedias más grandes y silenciosas.

Las ballenas son el buffet libre del mar.

Hay algo pornográfico en ello, repugnante.

Sufren toda su vida por dominar un cuerpo que no pueden defender.

Es triste servir de alimento a alguien o algo mientras aún respiras.

No deberían existir seres que no pueden defender su cuerpo de ser devorado en vida. Es una crueldad de la naturaleza.

Las ballenas nadan y no pueden evitar que las ataquen decenas de metros atrás de ellas; demasiado lejos del pensamiento está la cola.

Ni siquiera pueden huir. Se cansan y se dan cuenta que son alimento vivo cuando ya es tarde, cuando ya están infectadas de miles de heridas.

Si se tiene en cuenta la selección natural, la ballena ha tenido suerte de durar hasta el siglo XXI.

Tal vez tengan algo especial que las salva de la extinción, además del activismo de Greenpeace, claro.

Su corazón pesa 600 kg.

La ballena y su ballenato nadan entre bloques de hielo con la misma paz de quien camina por una senda en la montaña en una templada mañana de otoño.

Son tan grandes… Y cuanto más grande es un ser vivo, mayor ternura inspira, salvo a los envidiosos que son casi todos. Los que no son envidiosos no tienen ningún peso ni responsabilidad en la sociedad. Los apartan como los judíos apartaban y apedreaban a los leprosos.

Por eso se cazan ballenas, porque es un ser más poderoso que el hombre y la envidia es muy mala para la preservación de la fauna.

La madre y la cría se mueven entre el hielo en silencio y sin grandes movimientos, como islas de ternura rodeadas de frialdad.

Y parece que cuanto más grande es un animal, más solitario.

A lo mejor se han ganado su soledad gracias a su tamaño.

Han tenido ese privilegio a cambio de ser masivos e imperfectos.

El ballenato nada tan cerca de su madre y es tan grande la desproporción, que es inevitable pensar en una delicadeza tal, que evite que el pequeño sea herido por su inmensa mamá.

El ballenato crecerá y arrastrará su masa por los mares del planeta si vive lo suficiente. Y será cuidadoso con los pequeños.

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; pero con las ballenas jugó sucio.

No es justo.

El ballenato busca la mama para comer y succiona de una mama herida que supura. Aprendes cuando una ballena está cansada y enferma, se mueven de otra forma, hablan de otra forma. Seguramente una orca la ha herido, o algún barco.

El pequeño se alimenta de infección .

Y no es justo, no me gusta.

A la madre, un pequeño tiburón le arranca un trozo de piel del vientre y al ballenato le hiere un banco de sardinas, son como pellizcos suaves, tal vez cosquillas, pero le arrancan piel. Así es su día, cada día.

Dicen que hablan, se lamentan y cantan con sonidos de muy baja frecuencia, con una frecuencia parecida a la de los terremotos conque la tierra derriba las montañas y edificios sobre sus habitantes. A la frecuencia de las explosiones de las bombas.

Las ballenas y la tierra son parasitadas y devoradas por la vida, en vida.

Disparamos sobre sus carnes y profundas rocas con arpones explosivos y barrenas profundas.

Solo que la tierra está muerta y no gime ni sangra. La tierra no inspira pena, solo incertidumbre sobre cuanto tiempo soportará el peso de la sociedad humana en su corteza.

Las ballenas sufren su peso y magnitud.

He sido certero, el arpón se ha clavado profundamente en el espiráculo, es rápido y mortal. Explota y brota violento y alto el inconfundible géiser rosado, una mezcla de agua, aire y sangre.

Su lamento de baja frecuencia rebota contra el casco del barco, lo siento en los pies que mantengo tensos aún aferrando el cañón arponero. El operador del sonar y radar, desde la torreta me mira asintiendo sin alegría, reconoce la vocalización de las ballenas heridas y en agonía.

Su lengua pesa 2,7 t.

­— ¡A toda máquina! ¡A por ella antes de que se hunda demasiado! —grita el capitán.

Me alegro de mi buena puntería, me alegro de que el animal haya muerto. Primero como castigo a la humanidad que no se merece tan hermosa criatura. Segundo: por ahorrarle los cincuenta años que aún le quedan de vida de ser atacada y devorada por todos los seres del mar, sin que pueda defenderse.

Puede vivir más de 80 años.

El ballenato golpea su madre en las barbas para que se mueva, no sabe que ha muerto.

El lamento de la cría llega nítido y claro, es un poco más agudo. Sobrecoge el corazón, literalmente, lo hiela. El altavoz del sonar y sus lamentos que llegan rebotando por encima de las pequeñas olas provocan sensación de tragedia en mis dedos que no pueden relajarse ni soltar el cañón. Sus gritos están llenos de miedo, incomprensión y desamparo.

Al nacer miden 7 u 8 m. y pesan 2,7 t., como un hipopótamo adulto.

—Desconecta el sonido, por favor ­—le pido alzando la voz al operador.

Y ahora lo más penoso. Cargo un arpón sin explosivo para no destrozar la presa que es cuatro veces más pequeña que la madre.

Disparo y cometo mi segundo asesinato de la temporada. El arpón se ha clavado en la cabeza del pequeño que muere al instante.

Que se joda la humanidad, extinguiría todas las ballenas del mundo para castigar a todos los seres humanos.

El tamaño de su garganta no permite tragar objetos más grandes que una pelota de playa.

Dios creó a las ballenas imperfectas e indefensas en un mundo de hienas y carroñeros.

Se asfixian con poca cosa. Malditamente indefensas.

Yo castigo la Divina Torpeza con cada arpón que cumple certero su cometido.

El operador del sonar me observa por un momento sin poder mantener sus ojos en los míos, siempre se le escapa alguna lágrima con los primeros asesinatos de la temporada.

—No está bien, no es bueno lo que hacemos.

—No lo es, amigo, pero nos toca ser los matarifes. Mejor nosotros que otros carniceros que sabes que las matarán lentamente, con mil arpones hasta cansarlas —respondo sorbiendo café, sin confesar mi gran dolor, mi profundo desprecio a la humanidad.

Puedo ser frío como el mar donde ahora flotan muertas las ballenas.

Estamos sentados en la mesa de la cocina. El cocinero siempre sabe de nuestra depresión cuando asesinamos, así que nos prepara abundante café tras la caza.

—Jamás entenderé como puedes hacer esto. Sé que algo hay de dolor en tu mirada con cada pieza que cazamos, pero mejor que tú, no lo hace nadie. Estoy contigo.¡Salud arponero!

—¡Qué Dios reviente, compañero! —siempre brindamos tristes con nuestro café, siempre le deseo la muerte a Dios.

Chocamos nuestras tazas mientras en cubierta gritan y corren marineros y carniceros; ya están subiendo a la madre y al hijo para cortarlos en pedazos.

La puta gran tragedia no ha hecho más que comenzar esta temporada.












Iconoclasta