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Una feliz coincidencia
Tomo asiento en la terraza del bar, es una tarde templada y tranquila, la gente pasa la tarde del domingo con esa deliciosa depresión que los mantiene moderadamente apagados.
Y de repente, frente a la mesa vecina ocupada por un matrimonio y su hija, se planta una gorda que pasea con su perro y los saluda.
Están tan cerca, que me infecta los oídos su cháchara.
Le preguntan si ha comprado por fin la casa.
Y es lo peor que podía ocurrir.
Me molesta tanto esa mujer asquerosa… Ya lleva media hora rajando sin cesar del precio de los apartamentos y notarios.
¿Es que nunca se va a morir?
Que se muera la puta gorda que no calla.
Me destroza la vida en este instante, la hace fea e inviable.
No cesa de hablar.
Que se muera, que se muera, que se muera.
Y su hijo que vive en Barcelona y que cobra una muy buena nómina, también. Que les reviente a los dos alguna arteria del cerebro o se les parta el corazón en dos. Me da igual, que mueran.
Por favor…
Me ofende su voz y su presencia.
Es como si invadiera mi espacio vital.
Invasora de mierda…
De repente cae un gorrión decapitado en la mesa donde sus conversadores toman sus bebidas.
La niña y su madre gritan por el susto. Y luego se asombran.
– Pobret! -dicen en catalán.
El padre dice que se le ha debido de caer a un águila o un cuervo de las garras. La gorda ha dejado de hablar durante ese instante. El padre toma una servilleta del dispensador, coge al pájaro, lo envuelve y se acerca a una papelera donde lo tira.
Yo pienso en aquel chiste de un hombre que pasea por el campo, ve un pájaro volar y eleva los brazos imitando a un cazador apuntando con la escopeta y grita: ¡Bang! El pájaro cae al suelo y el hombre asombrado se acerca al animal. «Tengo poderes» dice en voz alta. El pájaro se levanta y dice: «¿Poderes? Y una mierda. El susto que me has dado, cabrón.»
Mientras tanto la gorda vuelve a hablar de su tema.
Su frecuencia de cerda degollada por el matarife me está volviendo loco. Es como si me frotaran con papel de lija el cerebro.
Mi cabeza va a estallar y meto la mano en el bolsillo del pantalón y cierro el puño en la navaja.
Que se muera, que se muera, que reviente la cerda.
Y de repente, todo pasa, me siento bien.
La gorda se ha desplomado en el suelo como un saco de mierda. Casi aplasta a su propio perro.
Ha quedado panza arriba, con su asquerosa papada ladeada como la bolsa de un pelícano. Sus ojos miran abiertos al cielo, luciendo en las escleróticas grandes derrames que invaden el iris.
De su nariz mana una sangre perezosa.
Como un río tranquilo y sereno.
Por fin…
Se me escapa una risa repentina que intento disimular con una sonora tos. Y para mayor inri, cuando doy un trago de cocacola, se me sale por la nariz.
Soy feliz con ella muerta. No puedo parar de reír…
El mismo que ha tirado el gorrión descabezado a la papelera se arrodilla junto a la gorda.
– ¡Mercé, Mercé! -le dice en voz alta al oído levantando su puta cabeza del suelo. La caída le ha debido hacer un corte por el que sangra, ha ensuciado el suelo.
– Truqueu a una ambulància, si us plau! – el hombre que la auxilia, pide en catalán que alguien avise a una ambulancia.
Yo pienso que está más seca que la mojama, mejor que traigan directamente un coche fúnebre.
A mí no me molesta ese ajetreo, incluso me divierte y distrae. Me enciendo un cigarro y saco mi cuaderno para escribir alguna reflexión jocosa ajeno ya a todo ese jaleo.
Aún así, de vez en cuando, me coloco el teléfono móvil frente a la cara, como si leyera algo, para ocultar otro acceso de risa.
No me planteo la posibilidad de disfrutar de poderes paranormales capaces de hacer mierda cerebros humanos, porque muchísimas veces he deseado la muerte de muchos seres y no ha pasado nada; no han muerto. No me hago ilusiones, ya soy mayor.
Sin embargo me basta para ser feliz con esta grata coincidencia. Me gustaría saber que el hijo de la gorda, el de la buena nómina, también ha muerto con el cerebro hecho mierda en este mismo instante; pero nada es perfecto. Un poco de alegría es mejor que ninguna alegría.
Me apresuro a beberme el refresco y largarme de aquí porque está visto que no voy a poder parar de reír.
Si fuera Supermán, incineraría a la gorda ahora mismo con mi súper visión.
No me imagino con los calzoncillos por fuera del pantalón.
Coño… Otra risa…
Ya de camino a casa, me detengo en el estanco para comprar una caja de puros y celebrar un final de domingo que prometía ser tan igual como todos los pasados.
Le deseo la muerte al estanquero a ver si me sale gratis el tabaco; pero no tengo suerte y tecleo el número secreto de la tarjeta en el terminal.
Da igual, soy feliz y me duelen las mandíbulas de tanto dominar mis ganas de reír a carcajadas.
Qué bueno…
Me enciendo un puro en el salón de casa con una buena y cómoda sonrisa.
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Iconoclasta

 

Cumplo doce añitos. Marzo 2017. Tel Samsung copy

Ya no pienso en los cincuenta y cinco años que hoy cumplo. Pienso que cumplo doce años de una vida que cambió radicalmente por un accidente que hizo de mi pierna algo que cuelga con la funcionalidad de una pata de palo.
Solo que con dolor.
Porque ese día de San Valentín a las seis y poco de la madrugada, inicié un descenso doloroso y lleno de miedo a la muerte.
He de reconocer con cierta vergüenza que era más miedo que dolor.
Y no morí.
De alguna forma, era demasiado fuerte o aún tenía cosas que decir. La vida continuó a pesar de una oscuridad tenebrosa y enloquecedora que envolvía el pensamiento todo.
Cumplo doce años, por supuesto.
Doce años hace que la muerte, como el loro de un pirata de libro para niños, se posó en mi hombro y cotorreaba diariamente: «Vente conmigo, vente conmigo». Y cada graznido era un dolor.
Un año entero con la muerte susurrando a mi oído. Y como no le hice caso, la muy puta y rencorosa me dejó una pierna convertida en un generador de dolor diario. Infatigable. Nunca se ha detenido un solo momento.
Tengo un Chernobyl alojado en las entrañas de mi tibia derecha que se extiende hacia la rodilla como una telaraña de dolor de mierda.
Infalible…
Aunque no me importaba morir, me preocupaba la cuestión del dolor.
La muerte llegó a convertirse en algo que «ojalá me muera».
Hace doce años, esa parte de mi cuerpo se transformó en algo ajeno a mí. En una pulsación diaria de dolor y desánimo. De fealdad y cojera.
También imagino con una sonrisa ilusa, que hice un pacto con el diablo y me dejó vivir a cambio de mi alma (que no tengo) y se llevó en prenda la mayor parte de vida de la pierna. La dejó negra y seca, rígida. Cada paso es vencer un tendón duro como un cable de acero. Romperlo un poco con cada paso.
A cambio me dio libertad. Como si no existiera forma alguna de ser libre si no pagas en dolor.
Una constante universal que rige el mundo.
Cumplo doce años con el dolor como forma de vida, como forma de sueño.
Y aún así, no es capaz de minar la ilusión, los deseos o una risa a veces franca, a veces sarcástica.
No olvido el dolor, ni el miedo a que la pierna vuelva a troncharse ya cansada, ya desgastada cuando camino. Simplemente he alcanzado un alto umbral de dolor, una alta tolerancia.
Y está bien, vale la pena que los días duelan si hay libertad y tiempo para conocer seres y cosas especiales y hermosos.
Vale la pena haber pactado con Mefistófeles y cumplir doce años de vida con un cuerpo demasiado usado para esa edad.
O tal vez, toda esta reflexión, es solo el producto de la esquizofrenia del dolor y un consuelo estúpido por doce años duros como la lápida que debería cubrirme.
Doce años libres, en los que el dolor ha sido la motivación perfecta para deshacerse de toda clase de escrúpulos y falsedades que hacen de la vida una mediocridad frente a un televisor, o frente al volante de los seres que se mueven en la colmena sin más opción que seguir repitiendo siempre el mismo día y morir sin darse cuenta.
Bien, cada cual se consuela como puede.
Un brindis excepcional con maravillosa morfina (solo para momentos muy especiales), para celebrar doce años de vida.

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Iconoclasta
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Ahora puedo hablar con seguridad.
Ahora que la muy puta se ha fundido. Arrastrada por el agua, evaporada por los rayos de un sol cabrón y vencedor.
La muerte no es negra, el miedo y el dolor son carbón y son vida.
La muerte es blanca, un fogonazo de luz que no vemos extinguirse porque se abren los ojos en rebeldía al fin.
El cerebro asustado corre hacia ella, pensando que luz es vida.
Adquiere sentido y lógica la frase: «la luz al final del túnel». Porque el túnel y su luz es un eterno resplandor fijado en las pupilas muertas.
Lo blanco, lo fulgurante, es la muerte y lo oscuro es follar; los ojos se cierran con un gemido para que nada contamine ni interfiera con el placer.
Así pues, escritores, pintores y otros artistas se han confundido y han otorgado a la muerte la tenebrosa oscuridad del dolor y el miedo.
Hoy he visto de cerca la muerte, y la he pisado. Era fría y destacaba en el suelo nocturno como el cadáver destripado de la luna llena.
La nieve es muerte, un albo frío que se agarra a los pies y trepa hacia el corazón con dedos congelados, lenta y serenamente cruel.
La nieve intenta robarme el contacto con la tierra y me hace resbalar hacia la fractura (un dolor que puede partir el corazón o reventar los conductos sanguíneos por una presión excesiva y sorpresiva), hacia el canto afilado de un banco de piedra. La nieve busca la zancadilla que estrelle mi cabeza contra el suelo con un fogonazo de luz de extinción absoluta.
La nieve quiere que muera como un poseso, mirando directo atrás con el cuello roto.
La muerte viste de blanco sugerente y hermoso, como la puta que se maquilla para los hombres que no quiere, los hombres que detesta.
La oscuridad es sueño y libertad.
Sabía yo que la humanidad está equivocada.
Tuve que nacer con un fin, igual que dicen de Cristo.
Y mi fin es corregir lo mal pensado, lo mal creado, las malas semánticas.
La nieve es la muerte que nos cae, la que se aferra a la cabeza y congela las lágrimas y el corazón contrae.
Y como toda belleza, es letal.
Porque lo bello te aboca a la locura y la autodestrucción.
«Año de nieves, año de bienes», solo para los herederos.
He visto la garza solitaria, encorvada en el prado helado, con el cuello encogido entre las alas contraídas, como los hombros caídos de un hombre derrotado haciendo capilla. Como yo cuando nadie me ve.
Dejaba que la muerte subiera por sus largas patas sin carne, de madera. Con los ojos muy abiertos.
Lo sé porque nos hemos mirado, y hemos asentido; comprendemos, sabemos: no hay final feliz cuando lo blanco nos hipnotiza con su belleza.

 
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Iconoclasta
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¿Qué más quieres? ¿Para qué buscar más si ya estás?
Es lo profundo del mundo, un camino a ninguna parte.
Es como morir: no has de esperar nada.
Y morir no da miedo porque has ido muriendo día a día.
Sin apenas sentirlo.
Lo has hecho todo y lo que aún puedas aprender es intrascendencia pura.
La ausencia de humanidad es un camino oscuramente bordeado.
Magnético, irresistible.
Tristes árboles desnudos hacen cortejo a quien camina en la senda tranquila, cuyo sobrio silencio es el final. Y es infinito, y por lo tanto el gran momento, indefinido.
La senda es presagio, es la certeza. Lo ineludible.
No hay sitio mejor para acabar, salvo el vacío del cosmos.
Ambos te atrapan con su profundidad, una vez has entrado en ellos ya no hay retorno.
¿Y quién quiere volver?
Que los cuervos te saluden, que canten el presagio que no quieres escribir en tu cuaderno secreto.
Porque lo que se escribe es ley y se hace real. O tal vez, al escribir lo real, lo absoluto, no hay sueño que te pueda consolar. Saber tiene un coste de vida.
Escribir tu propia profecía no es algo popular.
Pero se impone la disciplina y es inevitable que el oráculo se cumpla cuando el pensamiento adquiere dimensión, color y tacto.
Y así escribo esto a un paso de iniciar el camino, porque es muy posible que no tenga oportunidad o tiempo.
El papel cruje como las hojas secas y muertas que tapizan la senda rumbo a la corrupción de la carne, a la evaporación del pensamiento.
Es la última aventura, el encuentro con la nada, la meta.
Una indolora e indiferente demencia es el sonido de la muerte que pisas.
Muerte pisa a muerte.
Y dan ganas de reír por lo absurdo.
Ahí está lo que nadie busca, lo que nadie quiere ni oír. Lo que cualquier ser humano se esfuerza en obviar.
Las oraciones no son poderosas, no protegen. Solo son lamentos que hacen de la vida fe y de la muerte vida. Algo tan ingenuo como plantar judías mágicas que te subirán a un mundo entre nubes.
Y otra vez, y otra, y otra: la ingenuidad nace de la ignorancia y la ignorancia alimenta la cobardía y la cobardía se intenta ocultar con la fe, y la fe da alegría de vivir y no es posible morir si tienes fe y por lo tanto, ignorancia e ingenuidad. Los cobardes no mueren, solo se transforman. Porque son energía, dicen.
Un circulo repetitivo, vicioso y cerrado solo apto para millones de seres humanos.
Y no estoy entre ellos.
Así que voy derecho a la no transformación y a la no resurrección, no voy al cielo ni al infierno.
Dejar de ser es más sencillo que cualquier otra cosa. No es necesario complicarse más.
Si vives demasiado, buscas muerte pura. Es el antídoto al hartazgo.
Y…
Y ya.
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Iconoclasta
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la-ira-de-amar
Tengo un problema.
Seré más preciso: la humanidad tiene un problema conmigo.
Cuando ella no está cerca de mí, cuando no la puedo tocar, cuando no la oigo respirar, cuando no veo sus letras; mi tristeza y melancolía crean una ira que me llevaría a cortar de un tajo la yugular de Jesucristo si hubiera existido, si hubiera resucitado y si hiciera su segunda venida.
No soy un ser que sufre y llora en silencio, quédamente en un rincón oscuro.
Soy violencia, soy cancerígeno, portador de muerte y dolor.
Sin consideraciones de quien muere, si es culpable, inocente, hermoso, espantoso, rico o miserable.
Yo digo que la tristeza con sangre, dolor y miedo se paga.
La de alguien desconocido y la mía que aparece como vetas en el semen que escupe el meato dilatado de mi glande cuando me masturbo furioso porque no es su mano ni su boca la que se apodera de mi rabo.
Pienso en su coño y en sus labios, en sus palabras tiernas y en las obscenas.
Y no hay nada en el mundo que pueda superarla, no existe nada ni nadie a quien valga la pena sonreír si ella no está a mi lado.
Cierro los puños con fuerza y soy un ser primitivo que caza y folla. Que devora a los de su propia especie si es necesario.
Si así lo deseo, simplemente.
Cuando la ira de su ausencia me hace babear fiero, hostil…
La ira tiene el fin último de liberar espacio en el planeta.
Y cuantos más mueran, más cerca estoy de ella.
¿Quién es el idiota que dijo que el amor a los seres humanos hace mejores?
Bueno, me queda poco de humano, tal vez sea acertada la ñoña sentencia con los mediocres.
Los mediocres enamorados son como primerizas madrazas embarazadas.
Donde alguien ve felicidad por el hijo que va a nacer, yo veo una seria amenaza a mi libertad, a la exuberante obscenidad con la que ella me trata.
Porque no quiero un hijo que me quite tiempo con ella.
No quiero un hijo que provoque su ternura y la convierta en una madre tierna y cariñosa.
Devoraría a mi propio hijo si interfiriera entre su coño y yo.
Quiero su vagina húmeda goteando en mi boca. Quiero ser yo que el que irrite sus pezones mamándoselos con hambre lujuriosa.
Con la polla tiesa rozándole los muslos.
El mundo está mal cuando ella no está para apaciguar mi ánimo hambriento.
No soy un romántico que sufre, soy un romántico genocida.
Pulsaría tres botones rojos para asegurarme de que no quedara nadie en toda la faz de la tierra.
Solo su mamada salvaría la humanidad.
No tengo lágrimas, no nací para llorar, no nací para sufrir y abrazarme a mí mismo desesperado.
Soy la patada en la sien, en la boca, soy el puño en el vientre, soy una navaja veloz, un filo indoloro y desangrante. Soy las manos que rompen un cuello, que estrangulan el paso de aire. Que arrancan los pulmones.
Soy odio en estado puro.
Soy quien la tiene más gorda.
Mi alma es negra como las montañas en noches de luna muerta.
Mi amor es desgarrador y solo existe por ella.
No tiene sentido nada de lo que me rodea sin ella.
Mi existencia no tenía razón alguna hasta que a ella la parieron y la encontré.
Si la perdiera… No quiero imaginar el dolor que se desataría en el planeta hasta que consiguieran darme caza.
No existiría hombre, mujer, niño o bestia a la que no descuartizara.
Aún así soy demasiado bueno: mi ira es por amor.
Los mediocres hacen lo mismo por dinero, o por un ascenso social en su entorno de mierda.
Aunque no lo digan.
¿Ves, amor? Merecen morir todos si tú no estás para hacer mi mundo perfecto.
No te lloraré jamás, pero extenderé miedo, dolor y muerte hasta que me extingan.
Te lo juro.
Mi padre ya no existe por ti, por tu ausencia. Resbalo en la sangre que aún mana de su garganta, de su vientre abierto a puñaladas.
Te brindo su vida como prueba de amor.
Ha llegado de su paseo diario, con toda su vejez doblándole la espalda. Cuando ha abierto la puerta, no eras tú.
La sangre aún corre rauda por mis venas y el corazón es un pistón que hará reventar alguna vena de mi cerebro.
Si muero será por amor, por muchos seres que asesine.
¿Lo sabes, verdad?
Sé que te excita.
Hasta pronto, mi amor.

 

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Iconoclasta

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Los perros ladran excitados invisibles dentro de la montaña.
Un estampido se queda suspendido en el aire como el único sonido posible rebotando entre árboles, cosas, seres y nubes. Luego, un par de berridos que provocan un escalofrío y un asomo de pena.
El ruido de la muerte es inconfundible y común a todas las bestias de dos, cuatro o cien patas.
Carece de importancia la fecha, si es navidad o carnaval; o alguna celebración de independencias y libertades.
Cualquier día, cualquier instante es bueno para morir.
La muerte no es costumbrista ni tradicionalista.
Por eso se crearon celebraciones: para conjurar el miedo a la muerte. Para hacerse la vana ilusión de que en un día señalado no se puede, no se debe morir.
Afortunadamente se equivocan. La muerte tiene trabajo y cumple su cometido sin emotividad alguna.
Adoro su pureza.
El jabalí asiente, me da la razón segundos antes de que el cazador entierre la hoja del cuchillo en su cerviz y lo desconecte.
Un hombre pasea y me dice: que aire más puro, da gusto caminar por aquí. Le digo que sí; pero me callo decirle que lo único puro es la muerte.
Pienso en la pureza y en un himen que desgarré hace centurias.
Como si la sangre fuera el nexo común entre muerte y vida.
Pero la muerte es mucho más profunda, menos banal que una sangre desleída que mana del coño deseado y bautiza mi pene.
Dicen que feliz navidad.
Bueno… Al fin y al cabo, quien lo dice aún no ha muerto.

 

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Foto de Iconoclasta.

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Brindo por los sueños muertos, que quedan pálidos e incoloros entre el hielo y la hierba aplastada de un invierno que hace humo del aire que sale de mis pulmones. Los que murieron en la batalla contra la realidad más espantosa, más mediocre, más gris…
Sueños bravos que se mantuvieron intensos hasta el mismo instante en que la aplastante razón consiguió descuartizarlos.
Hasta en su último segundo de inexistencia, se mantuvieron firmes, marcando el camino.
Como balas trazadoras de un deseo atroz y directo de libertad y pasión, marcaban una esperanzadora ruta.
Pobres… Murieron sin un ¡ay! Masacrados por lo real, por la adocenada y previsible realidad mierdosa.
Sus cadáveres arrancan una lágrima cabrona de mis ojos y debo mirar al suelo para que nadie me vea llorar.
Soy vergonzoso con estas cosas.
Y brindo por los hijos de aquellos sueños, que hoy imponen una maravillosa y renovada locura a mi caminar de voluntad impúdica, irracional e inquebrantable.
Que tiñen de verde vida lo que es gris y muerto.
Herederos de los sueños muertos que me obligan a avanzar adonde quiero y como quiero. Aunque me joda.
Gritan que es la guerra.
Sueños que prefieren morir rasgados como nubes por el viento a convertirse en acuarelas enmarcadas. No quieren ser inmóviles fotogramas en el Álbum de las Frustraciones que un anciano mantiene en sus temblorosas rodillas.
Ellos dicen: ¡Por allí, aunque luego duela! Y yo aprieto los dientes y avanzo con ellos, por ellos.
Aplastando y ofendiendo a todo aquello que interfiere.
Por eso el universo ha puesto precio a mi cabeza. Me intenta matar, a mí y a mis sueños de mil formas, con mil dolores.
Soy inasequible al miedo, los sueños son mi coraza de coraje.
Mejor llegar desangrado que simplemente estar, que permanecer quieto con toda la incolora sangre en las venas.
Brindo por los sueños muertos, por los vivos que piden guerra y odian la paz, por unos buenos cojones y una ira inagotable.
Un trago de hiel y dulce sangre.
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Una prosa de Iconoclasta, en Issuu.

Es un muñeco…

Publicado: 6 junio, 2015 en Reflexiones
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Es un muñeco

Cric-clic-cric (el corazón ha cambiado su potente latido por el ruido chirriante de un engranaje roto) algo está mal.

Se ha jodido el día, quiero volver a casa y empezar de nuevo. Esto no está bien.

No quiero otro descenso.

El aire es una delicia fresca que confortaba mi piel y mi ánimo.

Es una mañana preciosa, no era necesario ésto.

Llevo una cantimplora con agua y hielo, ahora hace frío en la sangre.

No puede ser… Eres un muñeco ¿verdad?

Me cago en Dios…

¿Cuánto ha tardado en morir?

Levanta pequeño, no seas perezoso.

Tienes que cazar el sol quema ya.

La Hostia Puta Consagrada…

Por favor…

Ningún ser vivo permitiría que las moscas se le metieran tan adentro.

Qué ganas de llorar… Qué mierda.

Puto Dios y lo que creó…

Puta pena…

Los animales de pelo al morir parecen peluches, muñecos de infinita y desoladora ternura.

No le hablo al cadáver, le hablo a la vida que antes contenía. Porque quiero pensar que está cansado y dormidito.

Clic, cric, clic, el corazón duele sordamente entre trinos de pájaros y el sonido de las hojas de los árboles.

La sección de agua la orquesta un pequeño riachuelo cantarín que toca graciosamente las piedras unos metros a mi espalda.

Algún coche veloz pone la nota de la justa realidad en esta desesperanza.

¡No, basta ya! Sigue caminando, déjalo que duerma.

Para siempre…

Hay días que no deberían existir y que fuera eterna la noche anterior a lo aciago.

Nadie tiene la culpa. Solo él es el responsable de su muerte; pero no se merecía pagar el error.

Es muy pequeño, no era necesario ensañarse.

Se equivocó y murió.

El error se transforma de una forma repugnantemente fónica en orror. A la muerte le importa una mierda la «h». El orror no necesita una correcta ortografía, basta con que lo sea, a nadie confunde.

Alguien quiso ser demasiado eufemístico respecto a lo que comporta un error, y lo diferenció con un «h» y una «o» para que nadie viera la dramática relación y viviera tranquilo lo que le quedara de vida mientras la «e» se transformaba en «o».

Doy una palmada; pero ni las moscas se mueven, siento una metástasis de tristeza, y miro a las montañas hermosas y frondosas que no nos prestan atención. Miran a otro lado ante mi inusitada pena.

Y bajo el rostro hacia el suelo cuando me cruzo con alguien, no es un buen momento para saludar.

La muerte es igual para todos los seres, cualquiera que sea su tamaño. Es por ello que en los animalitos pequeños, es más doloroso, hay un exceso de muerte.

La muerte los aplasta y la ternura se aferra al corazón clavando las uñas, hay una hemorragia que no consigue salir y se queda en el cerebro dando vueltas, coagulando la alegría y el ánimo.

Me cago en Dios y su justicia de mierda, en su desproporción repugnante.

No estoy bien, a veces no es bueno caminar tan despacio y captarlo todo en su realidad y consecuencias.

Por última vez, despierta y ve a cazar, pequeño, es tarde para estar al sol.

Corre a tu madriguera.

Por favor…
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Iconoclasta

Un epitafio

Publicado: 14 abril, 2015 en Reflexiones
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Un epitafio

Ahí debería estar sentado yo, a un lado de mis cosas.
Ya viejo, como he envejecido la imagen; que todo hubiera pasado ya. Que las fuerzas me hubieran abandonado y ya solo esperara tranquilo y sin prisas el final.
No como ahora, con ansias de llegar a no sé donde y hacer no sé qué.
Cuando se tiene fuerza, el cuerpo y el pensamiento quieren hacer uso de ellas, no hay freno.
Y así viejo, le pediría a algún excursionista que me hiciera una foto.
Sin embargo, mientras comía el bocadillo, pensaba en que sería un poético epitafio el que yo no estuviera ahí. Que tan solo me representara el bastón de tullido tenaz, mis infalibles cigarrillos, mis inseparables cuaderno y bolígrafo, el agua y la mochila que todo contiene y que por mucho que pese, jamás aligeraría. Jamás sacaría nada de dentro. Hay una brújula, dos mapas, una lupa, unos guantes, unos prismáticos, la cámara de fotos y una navaja.
Un epitafio en sí mismo; si mi cuerpo no estuviera en la foto, me definirían esos objetos y no mi viejo cadáver con una mancha de orina en el pantalón.
Es más romántico así, haría pensar a extraños que mi vida era libre, intensa, interesante.
Los detalles importan quieras que no.
No me parece mal engañar a alguien, no puede hacer daño; y por otra parte, siendo realistas, a nadie le importa una mierda si tu vida es intensa o si esos objetos definen algo de alguien.
En cualquier caso, si alguien leyera el cuaderno, seguramente pensaría que tampoco ha sido un gran drama que muriera.
Esos objetos no bastarían para definirme como un aventurero, pero me libraría de definirme como un desgraciado que murió entre cuatro tristes paredes.
Ya que hay un buen paisaje, hay que aprovecharlo.
Y si no hay miedo a morir, también.
Imaginar no mata.
Aunque sé por casualidades vividas, que cuando alguien habla de morir, es que algo huele a podrido en Dinamarca, y se muere en poco tiempo.
Bueno, muchas veces digo: «Si existe dios, que me parta un rayo».
Mañana más, como si se acabara todo, con la misma ansia.
Y así hasta envejecer como la foto epitafio y un día no estar en el encuadre.
Como hace unos días vi en un cuadro de un museo, las palabras escritas entre unas tibias y una calavera: Memento mori.

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Iconoclasta