Archivos de la categoría ‘Absurdo’

El explicable y mesurable odio copy

No es malo odiar, es tan terapéutico o más que amar.
Y es más fácil.
Va más con la naturaleza humana.
Para odiar hay que conocer, requiere unas razones concretas.
En cambio, amar es un acto compulsivo, meramente hormonal en muchos casos. Y que obedece en tales casos, a las normas del cortejo reproductivo.
De ahí que muchos machos prefieran pagar a una puta para que les chupe la polla. Y no la madre de sus hijos que no hace esas cosas, o no le gusta imaginar que semejante santa pueda hacerlo.
Bien, porque las madres de sus hijos me comen la mía, mejor y con más ganas que las putas profesionales.
Ya he aportado una razón para ser odiado.
Lo entiendo.
Lo que no entiendo y carece de lógica, es que conociéndome alguien me ama.
La vida, la conducta humana no tiene complicación alguna (las cosas malas no son complicadas). Solo es un conjunto de aleatorias y erráticas conductas sin la menor voluntad por parte de quien las protagoniza.
Y lo único lógico y explicable, es el odio.

Escaleras

Las escaleras son el símbolo de lo que el hombre no puede hacer por sus propios medios.
A falta de una anatomía apta, el ser humano dispone de una envidia feroz.
Son la muestra más cotidiana de sus imposibilidades y del tiempo que emplea la humanidad en fabricar cosas para llegar a lugares que no precisa; pero envidia.
Es lo malo de los seres humanos, su ambición nacida de la envidia genera escaleras y carreteras y bloques de pisos altos que son ni más ni menos que pocilgas.
Granjas humanas… Los cerdos no precisan escaleras; pero los seres humanos sí. Alguien debió pensar que era necesaria la escalera para almacenar idiotas en un desván.
Al final de la escalera, debería haber una picadora de carne.
Pero no es así, todo aquello que es humano, es imperfecto y decepcionante.
Triste.

Emrpesarios enjaulados

He oído en la terraza del bar, mientras me ponía hasta el culo de cocacola, patatas bravas y tabaco; a un empresario cantar sus excelencias. Y no he pensado en pegarle una patada en la barriga para que callara y dejara de darme dolor de cabeza.
A mí me gusta la literatura; pero que nadie se fíe, una buena patada a tiempo, vale más que mil palabras.
Deberían vender empresarios enjaulados como animales de compañía y alerta de robo o invasión de la propiedad.
No callan ni debajo del agua.
Su eterna canción Mimimimi (mi dinero, mi esfuerzo, mi dinero, mi empresa, mi dinero, mi ego, mi dinero…), puede ser irritante; pero te acostumbras como a los ruidos que emiten forofos del fútbol y borrachos (que suelen ser forofos) día sí y día también.
La ventaja del empresario enjaulado, es que lo puedes meter en una habitación oscura con un trapo y cerrarla durante días.
Aún así, no son como los jilgueros que cantan siempre igual. Los empresarios enjaulados tienen otro trino: El Porque (porque yo sí que trabajo, porque si no fuera por mí, porque pago muchísimos impuestos, porque les pago demasiado para lo poco que me trabajan…). O sea, que en ratos de aburrimiento suicida, le tiras de la polla o de los pezones al empresario/a y te suelta un par de gracias que te entretienen un rato.
Y como no son mascotas muy agradables, te puedes deshacer de ellas en cualquier momento, como quien abre la jaula del periquito para que salga volando y caiga bajo las ruedas de un coche, o como hacen con los perros y gatos que abandonan en la carretera, para que sirvan de alfombra también a los coches. A los abuelos les hacen algo parecido; pero los dejan en los meaderos de los bares de autopista.
Hay quien lleva al empresario al veterinario para que le extirpe las cuerdas vocales; pero ¿qué sentido tiene tener a un gordo/a que no dice nada en una jaula?
Vamos a ver, pedos y eructos no son necesariamente lenguaje.
Bueno, en esto de las mascotas exóticas hay gustos (malos) para todos, como los cerdos vietnamitas, los lagartos, serpientes, arañas, escolopendras repugnantes y putas de lujo (preciosas).
Yo prefiero la silenciosa camaradería de mi cigarro y que se vaya a tomar por culo cualquier otro exotismo.

20170811_143241 Vic desde el tren copy

A través de la ventana del vagón los paisajes pasan veloces.
Tan rápidos que confunden mi visión y a veces juraría que me he visto ahí fuera y me he saludado con la mano, apoyado en mi bastón y la gorra goteando sudor por la visera.
Porque yo habito esos parajes, me gusta el cielo abierto y los grandes horizontes, como me gusta el oscuro bosque, los ríos y el mar.
Para ser libre no se ha de temer al sol, al frío o las distancias. Para ser libre hay que ser fuerte. Si eres fuerte no te pierdes y haces tuyo el planeta.
He pensado desde el tren, enviarme una foto del lugar en el que nos hemos cruzado el saludo.
He sonreído al recibirla con cierta nostalgia.

Un momento para soñar. Samsung Tel.20170810_184401

Me permití soñar.
A veces lo cometo (soñar despierto), aunque despertar luego duela.
Escapar del dolor y el cansancio no es malo si no es caballo en vena.
Que tampoco se puede decir que sea doloroso despertar, yo diría que es simplemente incómodo al caer en la cuenta de que la realidad no es el momento y lugar que me gusta.
Lo que duele de verdad es caminar y la realidad diaria sin pizca de imaginación.
A veces pierdo el control y lo sórdido y el miedo pretenden imponerse.
Y soñé que estaba solo en el planeta, bajo un cielo apocalíptico que pretendía aterrorizarme. No cedí, sonreí.
Y estaba bien.
Soñé que no dolía caminar-vivir. Dos veces bien.
Soñé que no tenía cojones. ¡Ah! Primero me asusté, observé mi flamante pene y pensé: «No es malo, no existe mujer con la que aparearse para dejar preñada. No hay nadie.»
Soñé que habían cantidades pornográficas de cigarrillos, para todo lo que me quedaba de vida y casi cinco años más. Cuatro veces bien.
Me senté en una playa al atardecer y cerré los ojos al sonido y el olor del mar. Cinco veces bien.
Cuando abrí los ojos, la playa estaba llena de delfines muertos, con sus eternas sonrisas, mecidos los miles de cadáveres por olas perezosas. Sus ojos velados mirando a ninguna parte…
Y fumé perturbado.
Hasta para morir ríen los delfines. No entiendo porque dicen que son inteligentes, no comprendo su faz de sonrisa eterna y estúpida. No hay nada por lo que valga la pena sonreír. A lo mejor no ríen y la puta naturaleza los hizo así para joderlos.
No sé porque se empeñan a veces en ayudar a los humanos. Aunque no creo en lo que cuentan las películas y la chusma sensiblera.
A lo mejor han muerto por serviles, por tener tan poco orgullo como especie.
Seis veces bien.
Todo lo que podía morir ha muerto y el silencio me causa cierta angustia; pero es agradable, es algo que nunca había escuchado. Algo que nunca había sentido.
Es tan fuerte, tan denso el silencio, que pesa como una columna de agua en mi pecho y me impide respirar bien y relajadamente.
Me hace especial sentir la asfixia de la soledad absoluta.
Siete veces bien.
Soñé que por primera vez era feliz, que era un hombre en un planeta muerto, rodeado de silencio. Un héroe, un protagonista de mis propios relatos.
Ocho veces bien.
Y soñé que era de noche, que en el cielo no había luna ni estrellas y la oscuridad acariciaba mi corazón. Y sentí ser amado por la nada y por nadie.
Nueve veces bien.
Soñé llorar porque nadie podía verme ni sentirme. Y un rayo me partió la cabeza y mientras mis sesos resbalaban, no comprendí como podía ser tan cruel de soñar algo así.
No estuvo bien. Mi pensamiento, lo que soy era absorbido por la tierra aún templada por la luz del día.
Y desperté y el sol me oprimía, me ahogaba de calor y sudor.
Y por enésima vez, no me gustó estar vivo, no aquí, no ahora.
Una vez soñé con un cielo azul ektachrome y en el flotaban como cristos crucificados hombres y mujeres que conocía de la vida diaria y de la televisión. Mi padre, mi madre, un presentador de las noticias…
Estaban todos.
Tenía ocho años y no sabía que pensar observando todas aquellas personas que lloraban clavados en las cruces.
Ahora lo sé, la muerte es un arte, una performance inquietante y fascinante.
La muerte hace del último pensamiento un sueño eterno y depende del sueño que sea infierno o paraíso.
O más de lo mismo.
Es hora de cojear de nuevo, se acabó lo fascinante.
He de ser cuidadoso.
Controlar mientras pueda.

 

ic666 firma
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta

Brindo por los no natos

¿Se puede brindar por los no natos?

Porque por ellos sí que vale la pena una sonrisa.
Una sonrisa triste y rasgada como un vientre acuchillado.
Como una garganta cercenada que no sabe que ríe.
Y solo sangra.

Los que no nacieron, nada pudieron hacer.

No molestaron.

Es absurdo, tanto como creer en hombres con alas, centauros y unicornios.

Los que no nacieron, sus restos, vagan por alcantarillas. Sus sórdidos ataúdes son condones sucios y apestosos.

Brindo por los no natos y su absoluta inocencia.

Brindo por su triste falta de oportunidad.

Y por los que salieron de su madre y murieron al nacer, sin siquiera abrir los ojos y recibieron muertos el abrazo maternal.

Pálidas tetas plenas de leche no encuentran un bebé donde vaciarse.
Y lloran en blanco.

Es un terrible brindis; pero sincero y duro como la muerte.

Penes tristes y goteantes de cadáveres en láctea suspensión, condones rotos, tetas inconsolables y vaginas que supuran la esterilidad de un semen que no llega a donde debe, son los invitados a la fiesta de los no natos.

Nadie soplará velas porque no hay.

No son necesarias, nadie quiere la vergüenza indigna de soplar a lo que no nació.

Nadie puede soñar con ángeles y unicornios cuando el coño trémulo y cansado ha parido un cadáver.

Un brindis por todas las penas, las que no nacieron.

 

ic666 firma
Iconoclasta

Cansado y cabreado
Estoy sentado en un banco de madera que supura resina por el brutal calor que hace. Sudando, cansado y enfadado (el dolor y el cansancio no me deprimen, me llenan de ira y octanaje); tras cuarenta minutos de pedalear cuesta arriba.
El cigarro humea desde mi boca y se suma la sudor para irritarme los ojos; pero fumar es mi premio. Le gusta a mi organismo, a mi pensamiento y relaja los pulmones asqueados de tanto aire puro de la montaña.
Dos ciclistas cordiales y amigables se detienen frente a mí justo en el momento que doy una profunda calada al cigarro, toso y escupo.
Se miran el uno al otro como idiotas sanotes ante la verdad revelada: fumar es un vicio asqueroso y malsano.
Lo único malsano y asqueroso es obedecer, trabajar y cobrar una mierda, les respondo con una sonrisa sarcástica sin pronunciar palabra.
Además. dos contra uno: mierda para cada uno.
– ¿Cuánto queda para Girona? -me pregunta uno tras un saludo cordial que me aburre intensamente.
Me gustaría decirles que queda justo lo que tarden en morir, toda la vida si quieren.
Yo sé donde está esa ciudad. De hecho, no quiero saber de ninguna granja humana.
– No lo sé; pero en cinco minutos encontraréis un cruce con una carretera y sus indicadores.
Y me callo decirles que comprar un mapa no es una gran inversión, aunque con toda probabilidad, no sabrían sacar información útil de él.
En lugar de decirles que no me importaría si los aplastara un coche, les digo adiós con el cigarro colgando de la boca.
Y escribo los pequeños actos de hastío y mediocridad que protagonizo aunque no quiera ni lo pida. Y así al morir, que nadie pueda pensar que fui una buena persona.
Soy alérgico a las santidades.
Y encima, las mariposas revoloteando por aquí: como si hubiera que darle un toque cursi a lo aburrido.

20507263_10214073955143945_572838052387188044_o

Cuando el día está nublado me oculto de mí mismo en la zona más oscura y llego a sentir, al ver la escasa luz, que me encuentro en otra dimensión. Que la luz es peligrosa porque muestra lo que soy.
Como si fuera alienígena y no una mediocridad cojeante.
Vivir oculto… vivir a salvo.

 

Una palabra imposible

No existe una palabra amable para lo que a veces ansío y necesito.
No puede existir una palabra para algo que no existe.
Busco, quiero una palabra que signifique con rotundidad y sin ambigüedades: morir un rato.
Desaparecer sin más y volver a aparecer de nuevo sorprendentemente. Aunque sea con un poco de dolor de cabeza.
Es para dejar de pensar por un tiempo.
Pensar o soñar no es ningún descanso.
El coma no es muerte. Siempre que llega sangre al cerebro, hay actividad.
Me pregunto porque no deseo simplemente morir sin más, para siempre, de una vez por todas.
Tal vez sea porque mi imaginación se niega a ser mediocre y está asqueada de tantos tópicos: un trabajo para toda la vida, un amor eterno, una felicidad duradera, una muerte eterna…
Todo lo que se desea es popularmente largo. Y lo largo se hace monótono, se transforma en hastío, el hastío lleva a la desesperación.
Y la desesperación es un expreso directo a la podredumbre del ánimo.
Por eso escribo de una muerte corta, lo que llevará inevitablemente a una vida corta. Así, muriendo solo un rato, despiertas con la mente reiniciada. Se borran los recuerdos, las experiencias, las intuiciones.
La sabiduría, la deprimente sabiduría, deja de existir.
De hecho, no recordaré si padecí una corta muerte o una corta vida; pero la retórica absurda es un recurso divertido en este mundo aburrido y predecible
Eso es morir un rato.
Y si ocurre, es que has vivido brevemente.
Lo imposible puede tener posibilidades realmente ingeniosas y jocosas.
Así que solo me conformaría con morir un instante.
Y ese instante de «x» tiempo, que me lleve a resucitar en un tiempo distinto, mejor o peor. Donde no conozca nada ni a nadie.
La gracia de morir un rato, podría confundirse con la reencarnación o metempsicosis, pues no.
Morir un rato es no volver a pasar por las desagradables infancia y adolescencia.
Quiero morir un rato y despertar adulto, potente y con los huesos endurecidos.
Deslumbrado por la vida y comenzar a sentirla y sintetizarla desde el primer instante, aunque despierte con un coágulo en el cerebro.
Aunque sea tan solo para vivir un rato.

 

ic666 firma
Iconoclasta

Larga duración
No tiene gracia que una pertenencia dure para toda la vida. Ha de haber renovación.
Toda la vida viviendo lo mismo…
Toda la vida yo sin esperanza de que una mañana sea otro.
Hay quien se siente orgulloso de su reloj de toda la vida.
Yo no puedo.
Algo demasiado longevo indica que el tiempo ha pasado sin que ocurra nada. Y que hay cierta obsesión en el cuidado de las cosas y el personal.
Demasiada obsesión.
Nada cambia para muchos, igual que la historia humana: la misma envidia, la misma idiotez, la misma miseria, la misma esclavitud, la misma vanidad absolutamente injustificada: cerdos que ven belleza en el espejo…
Las mismas carencias nacidas de la cobardía.
Follar es feo decirlo, causa vergüenza; pero hacerlo no causa inquietud alguna. La palabra sigue causando estragos en la moral humana.
En la ignorante moral humana.
Hipocresías que se aceptan borreguilmente.
Todo lo malo dura una eternidad.
Dios es una vaca desangrándose colgada de los ganchos de un matadero.
Y la felicidad es un estado de permanente idiocia.
La felicidad y la fe, a dúo; solo existen en cerebros planos, poco eficaces.
Cerebros longevos que eternizan lo mismo, los mismos días, las mismas palabras mal escritas, mal pensadas, mentirosas.
Siento asco por los insectos, si fuera gigante contrataría a una empresa de desinsectación para que eliminara esa minúscula ciudad de mi jardín y sus habitantes.
¿Cuánto tiempo llevo escribiendo?
No mucho, ha sido un pensamiento corto que ya ha muerto.
Cuando el pensamiento ha adquirido tres dimensiones, es cosa, es acto.
No me importa lo mucho que duran las palabras, porque no están pegadas a mí.
No las veo en mi cuerpo al despertar. No van prendidas de mi cuello o la muñeca. No he de subir en ellas para ir a un trabajo eterno de esclavo.
Y cuando las leo, no entiendo como puedo haber escrito eso.
Que las palabras duren largo tiempo, me parece bien.
Indiferente.
Pero mi larga vida no me es indiferente, ni la de ellos los ajenos. Los que no quiero.
Un escritor tituló su novela: La insoportable levedad del ser.
Los seres no son leves, duran millones de años, duran toda la vida.
De lo que realmente se trata es de la desquiciante longevidad de las cosas y los seres.
Breve es su placer y el mío, cuando agitando sus pechos contraídos y agitados, se convulsiona y se deja caer encima de mi pecho, jadeando: «Me corro, me corro…».
Si la felicidad existe, solo dura unos segundos.
El rey ha muerto. Bien, que siga muerto que no viva más, ya ha habido suficiente.

 

 

ic666 firma
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.