Archivos de la categoría ‘Humor’

Un término medio

La humanidad no acaba de encontrar el término medio entre reír y llorar.
Como si el planeta fuera pura neurosis.
El término medio debería ser la moderada reflexión en soledad, entre risa y llanto; pero la chusma lo confunde con depresión, cosa que no siempre, desafortunadamente, deriva en suicidio.

Carol Alt

En Telegramas de Iconoclasta.

Mentiras políticas

Si no se tiene criterio propio y una buena formación intelectual, al escuchar a un político corres el riesgo de creerle.

Porque el político miente. Y miente la mentira para disfrazarla.

Es la naturaleza de la política.

Para una sola verdad, los políticos mienten dos veces.

No es una negación matemática, dos veces no, no es sí. Porque una mentira no es negativa, ni por metáfora.

Es lo que tienen las matemáticas, son irrefutables y la oratoria de los ambiciosos, cuestionable hasta en los silencios.

La mentira es una herramienta, algo necesario. Puede ser protección y fraude.

La mentira, simplemente es otra afirmación más.

No hay nada tan irracional y a la vez tan obvio como la ambición política.

No hay nada más obvio y manejable, que el comportamiento de la masa humana.

Para captar las mentiras de la boca del político, si no eres un tanto hábil mentalmente; precisas los servicios de un torturador experimentado.

El frío

Es bueno el frío porque hace a los humanos menos complacientes consigo mismos.
Dijéramos que si estás preocupado por la insensibilidad de los dedos y los mocos y lágrimas congeladas, te importa una mierda la cotización del barril de petróleo, por ejemplo. O el precio del kilo de tortillas de maíz (soy internacional).
El organismo está ocupado en generar calor y las orejas se esfuerzan en no congelarse.
Las orejeras, aunque indignas, cumplen su cometido, lo sé. Y por ello comprendo que algunos digan “yendo yo caliente, ríase la gente” (creo que las orejeras quitan muchas oportunidades de follar, sinceramente).
Pero soy vanidoso cosa mala y me siento orgulloso de mis pabellones auditivos, así que los luzco, aunque adquieran un tono oscuro de “quemadosporelfrío” a medida que camino calentando los pulmones con un cigarro tras otro.
Es que aún no he encontrado unas orejeras dignas de mí. Es un asco ser tan especial.
Del banco helado, que ahora no tiene utilidad alguna para paliar mi cansancio, hablaré otro día. Mierda…
Puto frío…

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El inestable y maníaco-depresivo monseñor y ex–soberano catalán Puigdemont, en una de sus habituales homilías a la prensa amarilla, dice ahora que Cataluña debería salir de la Unión Europea por ser un conjunto de países decadentes. Y pide otro referéndum de mierda para mantener entretenida a la chusma.
Y pensar que todos sus sermones los predicaba con la bandera azul con estrellitas de la Unión Europa a su espalda y a favor de ella, clamando que Cataluña debe ser un país de la UE.
(Para los que tienen esa memoria efímera de los peces: podéis ir a yutup, que hay muchedumbre de videos del monseñor)
El Alzheimer es malísimo, deberían extraditarlo directamente a un sanatorio para que le controlen los pañales.

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El alma desmontable

Si existiera el alma en el cuerpo del ser humano, tal y como muchas religiones e individuos creen; de tal forma que efectivamente se pudiera separar del cuerpo; el alma iría a precio de perejil y el diablo no ofertaría importantes dones a cambio de esa miseria.
Sería todo tan poco romántico, que al sentarnos en el cagadero no habría disquisiciones teológicas de paraíso e infierno producidas por el estreñimiento, ya que la peña conocería muy de antemano su mediocre final.
Sigamos la lógica, si desmontas el alma del cuerpo, te queda un cuerpo vacío. Si el cuerpo está vacío, no hay humanidad y por lo tanto se puede usar sin ningún escrúpulo (matar un cuerpo no-humano no iría en contra de ninguna ley civil y religiosa) como almacén de repuestos para políticos y gente adinerada y con poder. O bien como abono de bonsáis, por ejemplo.
Respecto a las almas, se embotellarían (talmente como las hadas del videojuego La leyenda de Zelda) y con una barata manufacturación, servirían como ambientadores en casas, cines, burdeles y grandes almacenes.
Si el alma se disocia del cuerpo, nos convertimos en una cosa de carne y en un vapor que vuela libre y por lo tanto, susceptible de ser envasado.
Consideraos afortunados de que eso del alma sea un cuento. El cerebro es el que crea el pensamiento, las emociones, las bondades, las maldades y las ganas de follar. Es obvio que el cerebro es más funcional en algunos individuos que en otros; pero seas idiota o no, lo tienes.
Así que la espiritualidad y los excesos físicos de toda índole se han de practicar mientras haya cerebro. Esperar algo tras la descomposición del cerebro, sería tanto como creer que la virgen María quedó preñada por una paloma y que murió virgen, claro.
Si de verdad hubiera un alma desmontable, rezad para no acabar como ambientador o abono.
Ser absurdo es como contar un chiste: hace los largos minutos más entretenidos y llevaderos cuando no estás cagando.

 

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Iconoclasta

Muertes sintéticas

Pienso en muertes sintéticas y debo dar una explicación a esta absurda idea.
Porque lo sintético, lo artificial, no puede morir. Es inorgánico.
O al menos no piensa, no debería hacerlo de un modo autónomo.
Y todo concuerda.
Muerte sintética es la que sucede o se realiza por medios artificiales.
Si un ser sintético (aunque sea contradictoriamente orgánico), artificial, hipócrita, de pensamiento preprogramado y conducta condicionada; muere por causas naturales o artificiales, la muerte siempre es sintética. No hay duda alguna: un ciudadano integrado, respetuoso con la autoridad y que cree que las leyes son una forma de justicia; producirá una muerte sintética a pesar de no ser un muñeco o un androide.
Es deprimente, aunque se me escape la risa.
Hay muñecos rotos a los que no se llora porque no es necesario.

Aylín Mujica

En Telegramas de Iconoclasta.

Ataque alienígena

Mi viejo amigo y colega Gerardo Campani, me envió una genialidad. Uno de sus elegantes sarcasmos, o tal vez desengaños.
Quisiéramos que de verdad nos visitaran seres de otro planeta, es una buena ilusión, no puede hacer daño. Pero se impone la realidad y todo buen escritor sabe cuando salir de las fantasías; porque es la mediocre realidad lo que permite crear otras. Si te instalas en las leyendas urbanas y los chismorreos de prensa sensacionalista, estás perdido y ya no puedes recurrir a ese sarcasmo y crítica tan necesarios para imaginar mundos y situaciones mejores o peores; pero siempre más interesantes.
Tuve un desengaño muy parecido al que el describe en el final de este texto; pero no lo voy a contar, porque el suyo es infinitamente mejor. A lo que iba, es que lo comprendo. Maldita ingenuidad.
Un abrazo querido amigo, poeta Gerardo.
Disfrutadlo.
Iconoclasta.

 

FRAGMENTO DEL REPORTAJE A UN AVIADOR, EN UN PROGRAMA DE TELEVISIÓN (1993) DEDICADO AL FENÓMENO DEL TRIÁNGULO DE LAS BERMUDAS. BLOQUE FINAL.

P. ¿Sabe Ud. lo que es el Triángulo de las Bermudas?
R. Por supuesto.
(Silencio incómodo.)
P. Cuénteme, por favor, a qué se dedica.
R. Soy piloto comercial.
P. Voló alguna vez en esa zona?
R. Sí, claro, durante treinta y cinco años.
P. ¿Treinta y cinco años?
R. Sí, hasta que me jubilé. Prácticamente, toda una vida.
P. ¿Habrá visto muchas cosas, entonces, no?
R. Bueno, claro… en tantos años…
P. ¿Cosas raras?
R. No.
P. ¿No?
R. No.
P. Pero Ud, sabrá lo que se dice de esa zona, ¿no?
R. Sí, claro, tengo noticias por las revistas, los libros…
P. ¿Y Ud. nunca vio nada?
R. No, nunca. Fenómenos naturales sí, claro, muchos, pero nada más.
P. ¿Nunca tuvo una experiencia… digamos… inexplicable?
R. No, nunca. Temporales, fallas del motor, solamente esas cosas.
P. ¿Y nunca le contaron…?
R. Vea, tengo muchos miles de horas de vuelo en esa zona, precisamente, y nunca vi nada, ni me contaron de primera mano nada, tampoco.
P. ¿Colegas suyos, dice?
R. Sí. Ningún aviador de la compañía, que cubría todas las Antillas, vio nada raro, que yo sepa. Eso sí, algunos contaron que le contaron, pero nada más. De primera mano, nada.
(La expresión del periodista era de incredulidad. El reportaje, espontáneo, resultó insólito.)

 

FRAGMENTO DEL REPORTAJE A UN ASTRÓNOMO DE LA PROVINCIA DE CÓRDOBA, EN UNA RADIO DE ROSARIO (1997)

P. ¿Qué opina Ud. de los OVNIS?
R. No opino nada en especial: el mismo nombre lo dice todo.
P. ¿Puede especificar un poco más eso?
R. Sí, claro, un satélite artificial, por ejemplo, para quien no sabe de qué se trata, puede considerarse un objeto volador, aunque no vuele, precisamente, y si el que lo ve no tiene noticia, es no identificado para él.
P. Pero un satélite artificial no cambia bruscamente de dirección.
R. No, absolutamente no.
P. Sin embargo mucha gente ha visto ese tipo de fenómeno.
R. Sí, eso dicen.
P. ¿Y Ud, nunca vio nada por el estilo?
R. La verdad que no. Tengo sesenta años, y desde los veinte que observo el cielo nocturno, a simple vista, con el telescopio del Observatorio, con instrumental muy complejo, y nunca vi ni registré nada que me haga tener en cuenta esa hipótesis.
P. Entonces… ¿la descarta de plano?
R. No, no la descarto, pero me resulta muy sospechoso que ni yo ni ninguno de los operadores de otros observatorios con los que me comunico hayan jamás registrado nada.

 

FRAGMENTO DEL REPORTAJE A UN OPERADOR DE UN AEROPUERTO PATAGÓNICO, EN UNA RADIO DE BUENOS AIRES (1981)

P. Bueno, ¿qué me cuenta de lo del martes?
R. El martes fue un día normal. Me enteré de la invasión marciana el jueves, por los diarios.
P. ¿No es verdad que en el radar del aeropuerto se registraron objetos no identificados?
R. No. En absoluto. Puede preguntarle a cualquiera de los que estuvimos allí esa noche. Además, están los registros a disposición de cualquier periodista que se acredite.
P. ¿Y el apagón?
R. El apagón fue solamente en el sector sur de la ciudad. Se debió a un desperfecto en un generador. El aeropuerto en ningún momento tuvo problemas de suministro.
P. ¿Así que no se registró nada ni se vio nada?
R. Nada de nada. No sé de dónde salió esa macana.
P. ¿Macana? Pero hay decenas de testimonios.
R. Vaya a saber. Justamente yo vivo en la zona en donde se produjo el corte, y ni mi mujer ni mis vecinos vieron nada, tampoco.
P. Algunos dicen que ustedes tienen órdenes de no hablar.
R. Pero qué disparate, Dios mío. ¿Quién podría haber dado esa orden? ¿Y por qué habríamos de obedecerla? Es absurdo.
P. ¿Y cómo explica el hecho de que hay tantos testimonios?
R. Mire, no lo tome a mal, pero quien debe explicarlo es el periodismo, no yo.
P. Es lo que estoy intentando, Señor…
R. Bueno, le propongo algo, una idea, nomás. Cite a cincuenta personas que no vieron nada y a cincuenta que dicen que vieron. Observe si los cincuenta que no vimos nada tenemos pinta de conspiradores, y si los cincuenta que dicen que vieron tienen un perfil de delirantes. Y saque sus conclusiones.
P. ¿Está acaso prejuzgando?
R. No, no se trata de prejuicios sino de juicios. Personalmente, ninguna persona razonable de mi confianza le da crédito a esas cosas; y he conocido algunos ufólogos… que… la verdad…

º º º

Nuestra vida es tan chata y monótona que, aunque seamos escépticos, abrigamos muy profunda e involuntariamente, un ansia de sobrenaturalidad, magia, o como se llame.
Una noche tarde, tirando ya a madrugada, caminaba solo por calle España rumbo a San Luis. Hacía frío, el aire estaba muy húmedo y el silencio era sepulcral. No había un alma en la calle. De pronto vi en el cielo encapotado unas luces como nunca había visto antes: rayos que se proyectaban girando sobre las partículas de vapor y smog suspendidas en el cielo, al tiempo que una sirena (como esas que anteceden a los ataques aéreos) ululaba como venida de otro mundo.
—Cagamos —me dije, derrotado—, era cierto. Nos invaden los extraterrestres.
Mantuve la compostura, sin embargo, y llegué hasta San Luis. Allí el ulular misterioso se escuchaba más como lo que era: una alarma antirrobo, activada seguramente por alguna falla. A un muchacho con el que me crucé le pregunté señalando el cielo:
“—Che, ¿qué son esas luces?
—Ah, los reflectores del Carrefour, hacen eso todas las noches. Como publicidad.
—Me cago en la mierda. Yo pensé que nos atacaban los marcianos.
—Sí, parece eso, ¿no? —dijo amablemente, siguiendo en su derrotero.
Claro, esa publicidad del Carrefour era la primera vez que yo la veía. Además, la alarma, que en San Luis era reconocible, desde calle España se oía distorsionada, misteriosa.
Ay, qué vida de mierda la mía. Por un momento sentí el vértigo de ser tal vez abducido hacia Ganímedes, por lo menos. Y de repente: nada. Un pelotudo que activa una alarma antirrobo por torpe; los hijos de puta del Carrefour jugando con los reflectores. Y yo, desencantado, esperando el ómnibus que me lleve a casa, a tomarme una ginebra reparadora e irme a dormir como un infeliz.
En la espera solitaria, fumando, canté bajito ese tango que dice:

¿Cómo querés que te quiera
una minusa moderna
que busca un muchacho pierna,
si vos sos un pajarón?

 

De Gerardo Campani, 23 abril 2012.