Archivos de la categoría ‘Reflexiones’

impunidad-y-venganza

La muerte, si la miras sin cobardía, es enviar a la mierda al mundo y lo que contiene.
Es dejar pagos incumplidos y tareas por realizar. Pasarse promesas y obligaciones por el culo y dejar que otros se sigan jodiendo.
Y salir impune de todo eso. Nadie podrá hacer nada por hacer pagar el daño ocasionado o las deudas dejadas. Te vas y tienen que tragarse toda su mierda.
Y me parece bien.
Tengo cierta impaciencia.

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En Telegramas de Iconoclasta.

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Callamos con una sonrisa el hastío de ver los seres diarios y mascamos con sabor a sangre lo que anhelamos. Y es mejor sentir óxido en la boca aunque duela dos veces, que la letanía desesperante e indolora de los saludos estériles.

lo-que-no-es-la-vida

La vida ya no es una lucha. La han convertido en un concurso hipócritamente incruento y aburrido de poses y mentiras.
En un video global de protagonistas mediocres, un desfile de egos injustificadamente inflados en un desesperado intento por parecer interesantes a alguien.
La ignorancia intentan vestir de ingenio barato y comicidad.
Y los mensajes de oportunistas y falsos gurús llena librerías de éxitos de ventas y memes con frases estúpidas en las redes sociales. De lectores que elevando a rango de mesías a un idiota, pretenden aplacar con esas frases la vergüenza de su cobardía a la soledad.
Los humanos no son luchadores, solo son víctimas que inspiran «likes» y mariconas plañideras gritando al mundo sus bondades que no tienen.
A la mierda.

 

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Pongamos que dios existe.
Pongamos que si algo existe, es que algo lo creó.
El dios que creó a dios, es un ser superior a dios.
Es pura semántica, no creo en dioses ni su divinidad, de ninguno, de nadie. Podría escribir «el inventor que inventó a dios»; pero en el imaginario popular un dios se entiende a la perfección para estas disquisiciones.
¿Dónde está ese ser superior a dios?
¿Por qué no rezarle a él? Y al otro superior, y al superior del superior…
A lo absurdo e irracional se le llama infinito para tranquilizar la ignorancia y la imposibilidad de saber.
Y así no hay quien folle.
Es imposible buscar el origen plausible, un inicio que explique esto que respiramos, pisamos, comemos, cagamos, dormimos, follamos, morimos, matamos, envidiamos, equivocamos, tememos e ignoramos.
No se puede explicar la existencia de dios y ninguna existencia que carezca de origen.
Ni la del mismísimo universo, que fue creado por alguien, si existe realmente tal enormidad infinita.
Dios y el universo son infinitas imposibilidades y extravagancias.
El planeta y el universo que conocemos, solo son una serie de azares demasiado lejanos en el tiempo para encontrar su génesis.
Y se ha perdido tiempo y esfuerzo en conocer algo que no tiene razón de existir. Si no hay origen, no hay existencia.
Hasta los sueños tienen su momento de nacimiento y un creador.
Hay un fallo cuántico, reiterativo, eterno e irresoluble en la creencia de un dios y un universo infinito (y por lo tanto eternos y poderosos).
Ambas cosas solo me parecen restos intuidos de algo que el cerebro humano, ineficaz para estas cosas, no nos permite imaginar.
Tal vez somos los restos de un ser que ha muerto durante el sueño y nada tiene explicación o lógica.
Tal vez todo esto, sea ese instante de agonía eterna de algo que muere.
La inexistencia no puede explicar la existencia.
El universo y dios solo pueden conciliarse en mi pensamiento como algo absurdo.
El sueño de un ignorante con pocas luces.
La necesidad de creencias nace del miedo, y el miedo se aplaca con promesas de eternidades y metempsicosis.
Ahí, en el miedo, reside la imperfección, la improbabilidad y la inexplicable existencia (inexistencia) de dios y el universo infinito.
El miedo metafísico es irracional, intuitivo, y todo lo que con él tiene que ver, es también irracional y desesperado. Es lógico que se inventen mitos para tapar esos agujeros de ignorancia, de angustia.
Jesucristo junto con otros profetas y santones, fue uno de los casos hagiográficamente documentados (a posteriori) de paranoia. De miedo.
La evolución, la geología y la física cuántica, intentan explicar lo presente; pero no el origen o inicio. Porque de la nada, nada se puede crear.
Es tan simple, que es frustrante.
Y no se podrá explicar jamás, porque nos falta alguna dimensión o visión que nos permita encontrar un origen demasiado profundo, o demasiado desplazado del eje del pensamiento que el cerebro humano no puede gestionar.
Es un serio conflicto metafísico que sin miedo, sin necesidad de creer en supersticiones, es inconciliable con la razón.
Y entonces duermo, y todo pierde importancia. Porque los mundos oníricos, carecen de explicación; pero son infinitamente más inquietantes, más angustiosos. No quiero saber nada de ellos cuando estoy despierto, porque podría morir sin saberlo y convertirme en dios creador. En un inventor de mundos imaginarios durante ese instante eterno de muerte.
El origen eres tú y tu pensamiento, tu cuerpo, esos muslos que esconden la Vagina Todopoderosa que es mi única creencia. Mi única afirmación y prueba de existencia de algo tangible, penetrable y lamible.
Tanta inexistencia para al final decir que te quiero.
Locos escritores…

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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En Telegramas de Iconoclasta.

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Todos los seres, los que existen y los imaginarios, necesitan y deben tener su momento de tristeza.
Es la forma de trascender, de afrontar que la vida se acaba y evocar lo que se vivió y lo que resta en un momento de íntima soledad.
A pesar de la luz y el color.
Ser importante para uno mismo, independientemente de lo que ocurra alrededor.
Es nuestra tristeza, nuestro momento.

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Ahora puedo hablar con seguridad.
Ahora que la muy puta se ha fundido. Arrastrada por el agua, evaporada por los rayos de un sol cabrón y vencedor.
La muerte no es negra, el miedo y el dolor son carbón y son vida.
La muerte es blanca, un fogonazo de luz que no vemos extinguirse porque se abren los ojos en rebeldía al fin.
El cerebro asustado corre hacia ella, pensando que luz es vida.
Adquiere sentido y lógica la frase: «la luz al final del túnel». Porque el túnel y su luz es un eterno resplandor fijado en las pupilas muertas.
Lo blanco, lo fulgurante, es la muerte y lo oscuro es follar; los ojos se cierran con un gemido para que nada contamine ni interfiera con el placer.
Así pues, escritores, pintores y otros artistas se han confundido y han otorgado a la muerte la tenebrosa oscuridad del dolor y el miedo.
Hoy he visto de cerca la muerte, y la he pisado. Era fría y destacaba en el suelo nocturno como el cadáver destripado de la luna llena.
La nieve es muerte, un albo frío que se agarra a los pies y trepa hacia el corazón con dedos congelados, lenta y serenamente cruel.
La nieve intenta robarme el contacto con la tierra y me hace resbalar hacia la fractura (un dolor que puede partir el corazón o reventar los conductos sanguíneos por una presión excesiva y sorpresiva), hacia el canto afilado de un banco de piedra. La nieve busca la zancadilla que estrelle mi cabeza contra el suelo con un fogonazo de luz de extinción absoluta.
La nieve quiere que muera como un poseso, mirando directo atrás con el cuello roto.
La muerte viste de blanco sugerente y hermoso, como la puta que se maquilla para los hombres que no quiere, los hombres que detesta.
La oscuridad es sueño y libertad.
Sabía yo que la humanidad está equivocada.
Tuve que nacer con un fin, igual que dicen de Cristo.
Y mi fin es corregir lo mal pensado, lo mal creado, las malas semánticas.
La nieve es la muerte que nos cae, la que se aferra a la cabeza y congela las lágrimas y el corazón contrae.
Y como toda belleza, es letal.
Porque lo bello te aboca a la locura y la autodestrucción.
«Año de nieves, año de bienes», solo para los herederos.
He visto la garza solitaria, encorvada en el prado helado, con el cuello encogido entre las alas contraídas, como los hombros caídos de un hombre derrotado haciendo capilla. Como yo cuando nadie me ve.
Dejaba que la muerte subiera por sus largas patas sin carne, de madera. Con los ojos muy abiertos.
Lo sé porque nos hemos mirado, y hemos asentido; comprendemos, sabemos: no hay final feliz cuando lo blanco nos hipnotiza con su belleza.

 
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Foto de Iconoclasta.

 

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En Telegramas de Iconoclasta