Lo que había aprendido al llegar a la madurez intelectual, es que millones de humanos estaban equivocados y yo no. Justo lo contrario que dice el saber popular. A partir de ese momento, de esa iluminación a los trece años, todo fue a peor. Es deseable poseer una mente simple en un cerebro sin rugosidades para conseguir un estado de gracia espiritual en esta pocilga que llaman sociedad.
Sí, ya sé que son tiempos de coronavirus o covid 19. Sé que hay mucha angustia humana por la posibilidad de contagio y sus consecuencias: calvicie, caída de pies o manos, amputación más concretamente (como la propaganda televisiva que el fascismo español transmite de vez en cuando para potenciar el miedo de la chusma), rotura de uñas, muerte, muerte, muerte e incluso toser y estornudar mocos. El simple catarro deprime y aterroriza a los millones de cabezas de ganado humanas que portan su bozal personalizado o de molón diseño. Pero no es mi preocupación, soy un metafísico que reflexiona sobre cosas serias de verdad: ¿Por qué la pinche tortilla de patatas está tan requetebuena en la montaña? Mucho más que en casa, que incluso la acompaño con los putos tomatitos Cherry que no saben a nada; pero son tendencia como se le llama ahora a la moda o mediocridad. Igual es que soy un poco susceptible con el asunto de la libertad y me sugestiono… Pero no, mi inteligencia es perfecta bien entrenada e inasequible al mimetismo con la chusma. Soy de otro planeta, resumiendo. Incluso he pensado que el buen sabor se debe a que se ha contaminado con esas bolitas erizadas e invisibles que son las cargas víricas, esas que flotan horas y horas como drones premium ante las narices de los miedosos y aguantan la respiración para no quedar impotentes o frígidas (otra secuela del coronavirus, fijo). Si es así, no me puedo quejar, no pueden ser más malas esas bolitas del coronavirus que el hummus. Pinche tortilla… Está que te cagas, moragas.
Su blancura no es angelical, cuando está despierto puede ser diabólico en su capacidad destructiva. La peonza me la aconsejó un exorcista de gatos para evitar más daños domésticos, le da paz, y de paso a mí también. Había probado con Netflix, HBO y YouTube, sin resultado alguno.
– No las mires, están lejos. Tan lejos que deberías tener la edad del universo para llegar a la más brillante. Si insistes, tu mente quedará congelada, allá, en una de esas estrellas.
– Mirar el cielo me da paz, no intento llegar.
– Alguien dijo que se ve lo que se observa y se observa lo que ya está en la mente.
– Bobadas incomprensibles. En mi mente está todo, lo que jamás he visto ni veré, lo posible y lo inasequible, lo observado, intuido y adivinado. Y tú también, un Pepito Grillo que se encarga de guardarme de mí mismo.
– Yo no existo, solo soy tu paranoia.
– No importa, si te observo, si te escucho y te hablo; eres en mi mente. Lo digo yo. ¿O soy algunos? Cuando muramos, tú no dejarás cadáver. Quisiera ser paranoia, no quiero que duela.
– Cuando llegue el momento, me coloco detrás de los ojos y tú te haces paranoia.
– Me parece bien… Miraba las estrellas pensando en como sería besarla en el espacio, sin un solo sonido, sin voz alguna.
– La amas tanto que quieres que desaparezca La Tierra para quedarte solo con ella.
– Sí. Solo ella y yo, como si fuéramos un amor cuántico capaz de atravesar planetas y atisbar agujeros negros y sus vergüenzas, que tanto esconden.
– Sigue soñando, yo te sujeto.
– Gracias, no tardaré. Cuida del cuerpo, aún nos tiene que contener un tiempo más, no mucho; pero es mejor que estemos cómodos mientras existamos.
– Descuida, soy una paranoia eficiente. Bésala cuanto puedas allá arriba, o allá en lo profundo del cosmos silencioso. Ámala hasta la desintegración.
“De vez en cuando la vida, toma conmigo café…”, cantaba Joan Manuel Serrat. Bueno y de vez en cuando, entre tantos cobardes dictadores de tres al cuarto, surge alguien con suficientes cojones y poder para frenar (aunque sea poco) a los caudillos Sánchez e Iglesias y a sus caciques y secuaces. Se les llena la boca con la palabra democracia y eyaculan con su “no me temblará la mano para joderos y prohibiros hasta el aire”. Y la chusma que ha creído en ellos y sus medidas represivas con el pretexto del coronavirus, son el equivalente al pueblo alemán con su amor por el maricón de Hitler, o al pueblo ruso con sus reverencias al cabrón de Stalin.
Es justo lo que ocurrió durante el estado de alarma que impuso la dictadura de Sánchez e Iglesias, mataron a más gente que el coronavirus al dedicar hospitales y recursos solo a los acatarrados por coronavirus. De ahí que les fuera incómodo realizar autopsias, ningún dictador se carga sus crímenes a sus espaldas.
No es necesario ser epidemiólogo para llegar a esta conclusión sobre la pandemia del coronavirus, basta el sentido común y moderar la intensa cobardía de una población y gobierno decadentes hasta el vómito. Es la primera noticia en la que se critica con fundamento médico el confinamiento, al fascismo se le ha debido pasar por alto censurarla.
A pesar de la belleza del bosque en otoño no puedo evitar una tristeza que me impregna con suavidad y ternura con la llegada del sueño invernal y sus colores. Es una despedida, un mensaje cifrado en amarillos verdosos, dorados, marrones, rojos, bronces y por fin el gris de los árboles-esqueletos que dibujan líneas quebradas en los cielos blancos. Dicen los colores en su espectacular tristeza: “Hasta luego, compañero. Si los dos sobreviviéramos…”. Las hojas caerán muertas de los majestuosos árboles que se convertirán en no muertos de grises claros gélidos. Lo que hace dos semanas era verde ha comenzado a amarillear; ahora vira al dorado y dentro de unos días, será rojo y marrón. Y un poco más allá, cuando el frío forma nubes con la respiración será el gris de las cortezas lo que domine el bosque. Los rumores de las frondosas copas, se convertirán en crujidos con el viento. Y así sin darme cuenta, pienso en otoños; porque en los años no hay bellos mensajes de colores de agonía y miedo. Los años son pura banalidad, una invención de los seres que perdieron su lugar en la naturaleza. Mis otoños no son dignos, solo soy un espía del bosque. Yo tengo una guarida caliente y alimentos inagotables. Juego sucio a ojos del bosque, aunque nunca quise hacerlo. Me deberían fusilar…
Hay que ser muy imbécil para, después de haber escuchado las mentiras de las noticias del régimen fascista español, y además haber colaborado en su invención; escribir semejante artículo. Los que estaban enfermos de diabetes, de diarrea, diarrea mental, diarrea cobarde, del corazón, del hígado, de los riñones, los que tenían dolor de cabeza, caries y los que se masturbaban compulsivamente mirando al indigente Fernando Simón dar el parte diario de muertos e infectados en la tele; todos se contagiaban. Y los que tienen el cerebro seco como el redactor de esta noticia, también se contagiará junto con el sida por tanto dar por culo con estupideces.
En el budismo hay esa falta de entusiasmo que no puedo asumir. Pretende ser todo muy medido y reflexionado. Mal carácter el mío para semejante control. No quiero ni puedo controlar mis emociones. No hay en mis días tiempo para meditar, y para mayor inri, escribir es volcar todas las emociones posibles. Me he dedicado a cultivar los reflejos y la rapidez del pensamiento, aceptando el alto grado de errores que ello conlleva. Sé que es más elegante y eficaz la disciplina budista; pero al igual que para cantar se precisa una buena voz, para el control de las emociones se precisa un cerebro especial y, otra vez, demasiado tiempo. Si he de reír o llorar en el momento adecuado, que así sea. Quiero los grandes contrastes, arrancárselos a puñetazos a la vida. Y no pretendo el saber ni ser comprensivo con mis semejantes, es como correr tras el viento. Adoro mi naturaleza animal que va de la agresividad a la compasión, del amor al odio, del grito al silencio, del conocimiento a la irracionalidad.