¿Qué ocurriría si no tuviera pluma y papel para hacer de mi amor por ti algo táctil que no se esfumara como los segundos en la vida? Quiero hacer del amor que sufro por ti, algo como la energía que no se destruye y se transforma. Quiero dejar unas palabras que perduren, que el viento de otoño pueda arrastrar a ti como las hojas caídas. Como las bellas hojas muertas llenas de un color de paz y lujuria. Desde lo más adentro del planeta, lanzar estas palabras al viento con la infantil esperanza de que llegarán a tus manos. Llegarán arrugadas, sucias y viejas. Tan cansadas…; pero tus manos las alisarán, las limpiarán y tus ojos las emocionarán como pensamientos de amor que son. Y yo sentiré que se me derrama el alma bajo la piel como un llanto cálido. ¿Sabes una cosa, cielo? Las cosas obscenas que deseo hacerte, irán cerradas en un sobre lacrado con cera blanca. Blanca como lo que derramaría entre tus piernas, en tu vientre, en tu boca, en tus pechos y en tu piel toda. Serán palabras secretas y sucias que solo los amantes impúdicos pueden hacer suyas y sentir como amor en estado puro. Cuando rompas el sello, sé discreta, mi amor. Podrían oír los gemidos, oler los fluidos… Que el viento me lleve a ti, mi vida.
En la plaza de la Concordia un hombre alzó una mano al reconocer a un amigo a pesar de la mascarilla y un sol cegador.
– ¡Hombre, Ramón! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo está la familia?
– ¡Hola, Esteban! Sí que hace tiempo, amigo. Pues la familia, gracias a dios, todos muertos: los dos gemelos, la niña y mi mujer.
Los hombres se quitaron de la boca las mascarillas dejándolas colgadas de una oreja. Ramón alzó el codo para rozarlo con el de Esteban.
– ¡Qué bien! A mí aún me queda el pequeño Iván, tiene seis años. Si hay suerte, se me muere en cinco días, a más tardar empezando la semana que viene. Ya habrá expulsado todo el cerebro por la nariz para entonces. Y según qué zona escupe, tengo que sedarlo fuertemente porque le dan locuras. Tengo unas ganas de que pase todo y descansar… -suspiró Esteban.
-La última en morir fue mi esposa, hará tres semanas. Tenía la piel del revés y no podía soportar el dolor, ningún medicamente la calmaba -respondió Ramón.
– ¡Pobre Elvira! ¿Y tú cómo andas, amigo?
-Pues de camino a la planta incineradora ya. Anteayer cagué un trozo de mi intestino; estaba podrido.
– ¿Y cuándo te mueres? -preguntó con pesar Esteban.
-Posiblemente mañana a la noche, en la madrugada de pasado mañana a más tardar. La septicemia se ha extendido a todos los órganos. Incluso estornudo pus; pero cuéntame de ti.
-Pues no tengo previsto morir esta semana. Hace cuatro días vomité un pulmón que se desprendió y los médicos dicen que con el que me queda puedo ir tirando porque se ve bastante sano. Y bueno, unos gusanos de la carne me comieron los dedos de los pies mientras dormía; pero me desinfectaron los muñones y a seguir trabajando, hasta que toque.
Ramón asintió con la cabeza:
-Pues sí, no hay otra -concluyó.
Mientras se colocaban de nuevo las mascarillas, Esteban sonrió.
-Qué puta costumbre con la dichosa mascarilla ¿eh?
-Y que lo digas. Desde el verano del dos mil veinte que mis padres nos obligaban a llevarla incluso en casa, ya no puedo salir a la calle sin ella. Y mira que han pasado treinta años.
– A mí me pasa igual. Si es que somos burros de costumbre. Nos vamos a morir mañana y seguimos con el bozal aunque no sirva “pa ná” -respondió divertido Esteban.
– Ya sabes, pasa como con la navidad, ni crees, ni la sientes; pero la celebras.
Ramón, de nuevo, alzó el codo para despedirse de Esteban.
– ¡Venga esa mano, hombre! -le espetó Esteban con ánimo.
– No es por tradición, Esteban, me he despertado esta mañana con todos los dedos rotos.
-Espero que te mueras pronto, amigo mío -le dijo con tristeza.
-Igualmente, amigo.
Se frotaron los codos y cada uno siguió su camino.
Ramón caminó un par de manzanas hacia el supermercado y de pronto sintió una viscosa y caliente humedad en el ano. Una gran cantidad de sangre manó por el pantalón y las piernas. Se estaba desangrando. La brigada de limpieza lo recogió del suelo, aún vivo.
Cuando lo vertieron por la tolva del horno de la planta incineradora, se ajustó la mascarilla para morir decentemente según es tradicional.
Cuando la luna aparece de día, si la observas bien, parece que el cielo la desgarra, como si la luz del día quisiera borrar lo que es de la noche. Odia a los forasteros. Y la luna mira con su cuenca-cráter de calavera muy abierto y dolorido al oeste, esforzándose en no ser desgarrada. Intentando escapar de la aniquilación del día que se la come desde el este. Y debe ser verdad, porque repentinamente ha empezado a soplar el viento furioso queriendo desgarrar mi cuaderno. A nadie le gusta que lo identifiquen como algo mezquino y envidioso; aunque reconozca mortificado su condición. Si los planetas envidian, los microbios que los habitan, padecen la misma indignidad. El universo todo está sucio… Pobre luna desgarrada…
No hay nada sencillo en vivir: hay que encontrar comida, refugio, sombra, calor, agua. Luz contra las bestias… Eso es vivir. Ocupar espacio en una sociedad o granja humana, no es vivir. No es vivir esperar la galleta como premio a cambio de obediencia y aceptación. A cambio de evitar cualquier esfuerzo. Vivir en sociedad es esclavitud, dependencia y ganadería. Es por eso por lo que algunos humanos, los que sienten con angustia que sus vidas son una mierda, se frustran. Se encolerizan, se deprimen y lo odian todo como pauta de vida. Es supervivencia a la indignidad de la decadente ganadería humana. Los que disfrutan, los integrados en la pútrida sociedad artificiosa y estabulada, están mentalmente castrados; ya no tienen solución y sus muertes serían beneficiosas para el bien de la especie humana. Quien vota a su político y cree que de verdad aporta algo o más aún, que su voto se tiene en cuenta; está definitivamente acabado. Requiere ser sacrificado porque no queda nada en ese espécimen de lo que la especie humana pueda sentirse orgullosa. Sueño cada día con horrores que aún pulsan en la oscuridad cuando abro los ojos, con un sexo brutal, primitivo y cruel que me lleva a masturbarme compulsivamente al despertar. Con tal hostilidad hacia el momento y lugar en el que despierto, que me lleva a morder con rabia el cigarrillo, el primero tras la paja al despertar. A nadie le debería sorprender las masacres que habitualmente se llevan a cabo en el planeta por individuos solitarios en colegios, lugares públicos o templos. Cuando hay muertos, suelo bostezar. No es por maldad, es simple indiferencia. Y a la mañana siguiente, con la fuerza de mis sueños, me masturbaré sin ningún pudor de nuevo.
Lo que ocurre con la follable Ayuso, es que al reunirse con el Caudillo Sánchez, se ha visto iluminada por un fascismo en estado puro y le ha gustado. Se ha infectado de hijoputismo y ahora, excitada y húmeda, quiere ejercer igual o superior poder dictatorial robando más libertades a más gente. Ya lo he dicho muchas veces, los caciques del fascismo español, conocidos como presidentes autonómicos, son la más radical cara del fascismo; como suele ocurrir, mucho más virulentos que sus amos o jefes de estado. España se ha convertido en un nicho de imbéciles fascistas en el estado más puro. Cualquier imbécil se ha dado cuenta ya a estas alturas que, robar libertades, acosar a la población e imponer a todas horas y en todo lugar el bozal de perro o mascarilla; no ha servido para frenar la epidemia. Lo que ha hecho la dictadura fascista española es arruinar, atemorizar a una población decadente, cobarde y servil debilitando su sistema inmunológico con esa prisión que llaman confinamiento; y provocar una nueva subida de contagios y enfermos de coronavirus. Y es que una de las grandes amenazas de cualquier sistema fascista, sea comunista o capitalista, es la ignorancia. La ignorancia combinada con la ambición, la corrupción y el adoctrinamiento de la mentira, es el verdadero virus. Esa ignorancia de políticos y funcionarios españoles, es lo que ha causado “los nuevos rebrotes”, hijo putas. No los que salen a pasear por la calle, hijoputas.
Busco un rumbo que me lleve a quien amo. Que sea en un lugar donde solo vivan animales sin habla. Aunque sean humanos con cáncer de cuerdas vocales, que ya no puedan hablar. Apenas vivir… Que nadie pueda expresar mediocridad si no han muerto todos los afectados de mezquindad. Y en semejante paraíso de silencio y mudas indignidades, la quiero a ella. Con amnesia, para que no se acuerde que en otro momento y lugar fue feliz sin mí. Que no recuerde lo que amó y a los que la amaron, para que no tenga datos para juzgar. Para evitar que pueda tener cualquier tipo de competencia, sean recuerdos en su hermosa mente o humanos que aún existen. Quiero ser su único amor y dios. Quiero que mi brújula marque ese rumbo donde para ella seré la única posibilidad de encontrar amor y ser amada. No importa cuantas mentiras y verdades deba inventar. El rumbo a ella justifica cualquier barbaridad o falta de sutileza. Justifica todos los medios. Y jugar limpio es una opción que no me ha servido de nada a lo largo de la vida que se me agota ya. Si tuviera alma se la vendería al diablo si existiera. La quiero a ella y su coño en el mejor lugar, sin más interferencias e injerencias. Así, con todo mi egoísmo, con mi indiferente crueldad a todo lo que no sea ella. Con esta polla dura de glande viscoso marcando el rumbo al único paraíso que puedo imaginar.
El puto grupo Covid lo forma una banda de fascistas hijos de puta, ansiosos como perros en celo de amputar cualquier tipo de libertad y bienestar. Es un grupo de piojosos dictadores enmascarados con un bozal forrado de oro y cocaína. Y tienen la sagrada y puta misión de joder, matar y envenenar cualquier asomo de dignidad. Pero sobre todo, llevar a cada rincón del país la ignorancia, la cobardía y la mezquindad con la que fueron putamente paridos y tan malformados (aunque alguna esté realmente follable).
Lo que me encanta de este asunto del coronavirus, es que son los dueños de los perros los que llevan el bozal. Talmente como si el perro los paseara a ellos. De hecho es así, ellos, los perros, saben mejor que hacer y como comportarse. Digo yo que estarán alucinando pepinillos en vinagre, como si les hubiera bendecido una justicia divina colocando el bozal en la jeta de sus amos. A veces algo tiene un final feliz.
Al subnormal que ha redactado la noticia: si no convives con tu pareja, no es tu pareja; solo son servicios comprados a un chapero o a una puta. Alguien tenía que escribir la imbecilidad que anhelaba leer y que tanto ha tardado en salir. Cuando lo lean las parejas cobardes tanto macho-macho, hembra-hembra o macho-hembra sopesarán follar con mascarilla como dice la noticia boba de los medios de la incultura y el fascismo, está clarísimo. Pronto, en las noticas, veremos videos de folladores mal follando muy obedientes al régimen fascista. Y en caso de tener dificultades respiratorias, que hagan como los perros y por el ojete. Hay matrimonios o parejas con derecho a follar que son auténticos cretinos: dentro, en su propio coche usan mascarillas. Eso quiere decir que no follan o han aprendido a hacerlo con antenas como escarabajos y otros insectos que juegan con mierda. La mezquindad y la cobardía pudrirán cualquier actividad sexual. Aunque de hecho siempre ha sido así, lo que ocurre es que ahora se vanaglorian de ser grandes y obedientes cabestros estabulados exhibiendo sus miserias en las redes suciales.