Posts etiquetados ‘Iconoclasta’

El cielo que nadie quiere.

Naturaleza quemada y muerta.

Bolas chinas, bolas anales, vaginas de silicona con potentes movimientos de succión, consoladores grandes, muy grandes, monstruosos, pequeños y para usar mientras amamantas al bebé, sofisticados retardadores, pinzas pezoneras, clitorianas, lubricantes…
Hay tantos productos para hacer un sexo más excitante, que follar requiere licenciatura.
Y sin embargo, una buena mamada en el coche o una rápida follada en la cocina, manda a la mierda todos esos productos. Ni te acuerdas que existen.
Si hay ganas y prisa, claro.
El consumismo compulsivo llega a todos los rincones del mundo, a todos los coños, culos y pollas.
Y se infravalora un escupitajo en el sexo como lubricante.

Un aire de mi mundo mini

Árbol monstruo.

Hace tanto calor y el sol molesta tanto mis ojos, que el amargo café se hace dulce en mi boca y el humo del cigarro es aire fresco en mis pulmones. Estoy tan cansado de andar, que la incómoda silla del bar es un trono a la sombra de un edificio, en una calle extraña a pesar de mil veces visitada.
No es extraña, es ajena.
Y de repente llega una brisa suave, fresca… Como un premio, como una bendición para un católico, para un humano.
Es un aire que arranca las cosas malas de mi piel y de mi cabeza. Dolores y carencias. Ardores y vergüenzas.
Me llena de calma y me da paz. Cierro los ojos para aislarme en ese placer sensorial y me abandono a una melancolía que provoca lo que no fue, lo que no sucedió.
No importa, todo eso se lo lleva mi viento amigo. Me transporta al mundo inhóspito e ignoto, un mundo inalcanzable, como una maldición cuando el sol y el polvo de esta tierra me envuelven y me hacen débil.
Un viento que trae aromas de picantes y refrescantes cítricos que alguna vez olí.
Moho y antiguas aguas estancadas.
Ruina y eternidad.
Un mundo de dolor, muerte, lucha, vida y amor…
La trascendencia en estado puro.
Y pienso que no es tarde. No es tarde.
Sé que no lo es.
Tengo tiempo, aún puedo llegar.
El viento golpea mi pecho como las palmadas de un amigo que hace tiempo no veía. Hace una caricia en el cuello y atraviesa mi cabello convirtiéndolo en espigas frescas al alba. El cigarrillo se me cae de los dedos relajados y el humo que aún sale de mi nariz se arremolina como un tornado alejándose de mí.
Deseo con toda mi alma (porque cuando el aire me conforta, siento tener alma) ir allá, a aquel horizonte de donde llega el viento, un cielo de nubes negras que de tan pesadas, parecen aplastar lo que hay bajo ellas y hundirse en esta tierra indecente.
Son de una belleza letal, imponentes y sinceras en sus tormentosos y amenazantes cúmulos verticales hasta el cosmos, como si fuera una sólida torre al infinito.
Quiero cobijarme allá donde nadie quiere estar, donde nadie quiere ir.
Donde los árboles muertos se convierten en bestias pétreas.
Donde la oscuridad del fin del mundo aterroriza a los demás.
En esos momentos en el que el aire me aísla de esta banalidad y agita con una ráfaga de ternura, vislumbro el mundo maravilloso oculto en aquellas peligrosas nubes. Y todo está bien, sé que soy bienvenido y habrá una complicidad inevitable entre esos seres y yo. Porque ambos somos ajenos a este mundo, solo que yo, en algún momento me perdí.
Ya no habrán silencios incómodos, no seré extraño en el planeta, no más presencias forzadas. Se acabó el trabajo agotador para soportar y ser soportado. Se acabaron los recuerdos de amados muertos y los de amados vivos ya inaccesibles, ya lejanos.
Allí, en las grises rocas celestes que bajan del espacio a la tierra, corren lobos con el lomo cubierto de rosas azules.
Qué bellos son los colores donde nadie quiere estar.
No quiero abrir los ojos, no quiero que cese el viento, dame unos segundos más, dame una eternidad. Mi Aire, dame el tiempo necesario para llegar allá.
Los dientes de los lobos imposibles están manchados de sangre, con los ojos encendidos de hambre y ferocidad, pupilas rojas, niñas amarillas… Un oso lucha contra ellos, sus garras han herido sus lomos y de ellos brotan serpentinas de hiedra que los convierte en setos en un jardín para enamorados que huele a amor y muerte.
Es algo importante, es algo trascendente.
En la glorieta, ella llora por mi muerte, yo lloraré por perderla y renaceremos tantas veces como sea necesario para hacerlo intenso hasta la desesperación. Hacemos padecer a las carnes el dolor de la pérdida y la desolación y hacer del próximo encuentro una felicidad esquizofrénica.
Es importante morir con una violencia y dolor inhumanos por amor y ser héroes, amados y deseados. Es algo por lo que vale la pena cerrar los ojos ante el viento de un universo que es el mío.
A veces ocurren errores…
Viento amigo, no sé si es error mío o vuestro, pero no me dejes morir aquí. No quiero una enfermedad triste, ni morir en la indiferencia de los humanos. Soy un guerrero perdido, llévame ahora, aunque muera en el ascenso a mi mundo perdido.
No me dejes aquí, viento mío.
¿No ves que me duele el cuerpo? Si no fuera un guerrero de verdad, lloraría. Y mis ojos están secos como la tierra que piso cada día.
Soy valiente, puedo aguantar el dolor. Necesito el dolor de mi mundo, las emociones sangrantes, los amores que matan.
Un hombre que me cae bien, lucha desnudo contra un águila grande como un avión. El animal clava sus garras en su pecho y le arranca un corazón de bronce. El hombre grita de dolor al tiempo que muere, es un segundo.
En la glorieta, mi semen corre ajeno a la muerte por la boca y pechos de mi hembra. Y sé que todo está bien. Mi pene es un latido que se escucha en medio de un silencio sepulcral expulsando las últimas gotas en el rostro de la que amo.
Hay árboles que dejan caer una lluvia de hojas frescas verdes, rojas y marrones. Pequeños frutos en forma de ataúdes.
¿Por qué eres tan precioso e inaccesible, mundo mío?
Los lobos han dejado de ser setos, han mudado a su pelaje y respiran. Buscan con gruñidos la caricia de mi amada desnuda.
Ráfagas de viento portadoras de ilusiones, robáis mi recelo y mi sabiduría y me siento tontamente ilusionado. Viento mío, haces de mi cinismo candidez, de mi abatimiento ilusión.
El águila deja caer el corazón de bronce, que al tocar el suelo, crea una placenta que arraiga en las sólidas nubes donde intensamente vivimos. Renace el hombre gritando a una nueva vida. Le ayudamos a subir a la glorieta de madera blanca cubierta de rosas rojas que sangran y hacen regueros de pasión que llegan al suelo haciendo florecer cuchillos de brillantes filos.
—No eres nuevo, has llegado por fin —me dice ofreciéndome un cigarro—. Recuerdo que hace eones, el universo rotó en un accidente sismicosmológico, y tú caíste porque estabas luchando en el mar contra un kraken. Salían naranjas de tu pecho cuando morías, cuando el pico de la bestia destrozó tu tórax. Tuviste mala suerte, amigo. Caíste a la tierra de lo posible y nadie pudo salvarte. Ella lloró y te esperó…
Besé a mi mujer , la besé deseando morir de amor y mi corazón dejó de latir para ser un héroe para ella. El dolor apenas me dejaba hablar.
—El viento a veces me encuentra, pero algo se debió romper cuando caí. Tengo miedo, amigo. No quiero volver allá, donde morimos en la calle, donde una gripe detiene el corazón, un bulto se come el cerebro, donde no hay monstruos, ni amores inmortales. Donde todos mueren de hemorragias, no hay flores ni metales preciosos saliendo por las carnes abiertas…
Los humanos huelen mal cuando mueren. Yo oleré mal.
Mi amada y mi amigo se disuelven lentamente.
Y la sensación de pérdida hace agua mis entrañas, en un llanto invisible.
Viento amigo, no me dejes.
Contigo no temo al ridículo, viento de las nubes negras, solo tú sabes ilusionarme.
Sigue amigo mío, sigue sacudiendo de mi piel y mis huesos toda esta tristeza.
Dame más sensacionesde un mundo que extraño y sin embargo no recuerdo. Hazme creer que muy pronto estaré ahí, con los seres que no existen.
Donde todos somos secretos y ocultos. Donde la muerte es puro juego y la vida cacería, risas y un buen follar.
El viento ha cesado de repente. Y toda esa ilusión se ha esfumado, observo la cajetilla de cigarros, enciendo uno y pido otro café. El lejano cielo de tormenta se ha deshilachado.
Pienso en el tabaco y el cáncer, en el calor y la sed, en la tierra caliente y los pies sangrando.
Me trago las lágrimas de la decepción con cada sorbo de café y con cada bocanada del cigarrillo.
La reminiscencia de un olor a naranjas evoca una añoranza de un lugar o tiempo donde lo importante, era luchar, morir, vivir…
He de comprar pan y tomates, jabón y…
Algo no está bien…

 

Iconoclasta

En Telegramas de Iconoclasta.

«La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo.» (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656

Las Tarjetitas de la sabiduría de Iconoclasta ya no son virtuales. Ya se pueden tocar, doblar, usar como papel higiénico de emergencia, etc…

Tarjetitas de la sabiduría de Iconoclasta
Tarjetitas de la sabiduría de Iconoclasta
Tarjetitas de la sabiduría de Iconoclasta

Pablo navaja 201407281833 def

Pequeñas licencias literarias…

Un instrumento cortante en la piel siempre ayuda a mantenerte en la realidad y sobriedad cuando las letras se ponen duras.

Como diría aquella canción: «Cuando el camino se pone duro, el duro se pone en camino».
La chulería y la vanidad no están reñidas con ser un magnífico escritor como se puede ver.
También podría ser más decente; pero como que no quiero.

Se sigue un camino por la simple razón de que si alguien lo ha trazado llegará a algún sitio y tendrá un destino, una finalidad; pero las metas están demasiado lejanas y el camino se hace largo y monótono; es más seguro que pasar a través del bosque y sus ruidos.
Los caminos de los vulgares y mediocres, acaban con final feliz cuando son viejos y sus cerebros están desgastados. Podrían llegar a unos servicios públicos y los viejos beberían agua de los urinarios pensando que es una puta fuente de la vida, porque tanto esfuerzo merece un premio, tiene que ser así.
Una mierda…
He perdido mucha vida en pos de metas y ahora sé que no llegaré a ninguna. Mi meta es la muerte, simplemente. Me cago en los caminos, porque son fraudes.
Alguien estaba aburrido y se lo pasó bien desbrozando montañas y trazando sendas. Todos tenemos una finalidad, y es morir tras haber vivido mal. Los hay con suerte, pero no me consuela una mierda el bien ajeno. Que se lo metan en el culo.
Somos caminos que caminamos.
Hay un coño enorme goteando entre dos montañas sin árboles, en un paraje tan árido que no tiene explicación la existencia de esa coñomonstruosidad. Es como una flor carnívora que espera que me aproxime.
Mi camino no tiene bifurcaciones, lo he creado para no poder escapar. No es la odisea de Ulises, en mis caminos no hay aventuras, solo hay tristeza, desolación y absurdo. No hay un amor, no hay nada que querer. Podría correr, podría pasar entre piedras ocultándome, fuera del alcance de los labios vaginales que oscilan de deseo, de un clítoris que destila gotas que forman una laguna viscosa. Y no funcionaría, porque el coño es omnipresente, allá donde vaya, allá está, solo debo pasar por debajo, no hay nada más que decidir. Y camino y el coño me atrapa, me absorbe y muero. De todas formas debía de morir.
Y despierto con la sensación de pérdida de las ilusiones.
Hay caminos que conducen a prados verdes, de la misma forma que hay muertes que conducen al paraíso.
Eso no ocurre en mi mente, creo caminos que no conducen a nada, porque no me gusta lo conocido. Quiero un lugar y perderme en él, descubrirlo. Y sobre todo, saber que ningún hijoputa ha pisado ese espacio. Solo quiero una brújula y trazar mis metas para no llegar a ellas porque algo interesante ha llamado mi atención.
Un camino trazado conduce inexorablemente a un destino vulgar, porque de las manos de la humanidad solo puede salir eso: mediocridad.
Mis caminos conducen a mares monstruosos y asesinos, al espacio letal, a un arenal sin vida.
Cuando el camino se acaba llega el vértigo del fracaso, la vergüenza, el ridículo. Pero estoy solo, es mi camino, mi humillación no la ve nadie. Solo existo yo y mi mierda.
Siento ganas de llorar por todo ese tiempo perdido y los esfuerzos para llegar; pero sobre todo el temor de quedarme en medio de toda esa hostilidad.
Mis caminos son buenos para llorar, es en el único lugar que lloro. No le doy un espectáculo dramático de mierda a nadie.
Me convierto en algo atrapado y soy solo desolación. Un monolito de barro seco…
Aunque después de la primera impresión y recapacitar sobre lo que me he encontrado en la vida que otros han construido, no tengo miedo a la desolación.
Los caminos de mi mente quieren ser desalentadores. Y por eso las sanguijuelas se alimentan de mi glande y bebo sangre de venas anónimas, de cortes profundos en las ingles…
Mis caminos son circuitos de entrenamiento, más duros que la vida. Nadie puede enseñarme la dureza y la bestialidad, porque mi cerebro tiene más de eso que todas las materias grises de la humanidad.
Mis caminos son tenebrosos.
El cielo que los cubre es gris como el plomo, las nubes están tan bajas que el pensamiento rebota en ellas, y me oigo mil veces. No hay música, porque es banal. La música distrae de la miseria en la que se vive, distrae de los sueños infantiles que jamás se cumplirán. No hay música, solo mi respiración y mi pensamiento. Y caen rayos en el horizonte y sobre mí. Hay gatos sin patas que se arrastran pidiendo muerte, y yo no quiero matarlos. El ruido de los pasos en la grava es ensordecedor. Y no hay un solo declive en el camino, no hay cambios, es andar sobre una cinta continua, no hay movimiento.
Y aún así, llego a una distancia en la que soy adolescente, me saludo; pero no hago caso al caminante y continúo metiendo en una bolsa de plástico transparente uñas ensangrentadas y sucias, colillas y trocitos de carne que huelen mal que salen de la tierra húmeda.
— ¿Por qué llenas esa bolsa con tantas miserias? —me pregunta el caminante.
—No sé, en algún momento nací y me encontré aquí. No hay otra cosa que hacer. Y el camino es infinito. Solo caen rayos. ¿Eres tú el creador, verdad? —me responde el adolescente.
—Soy tú cuando tengas cincuenta años.
—Te conservas bien, me gustará llegar a esa edad.
—Habrá dolor, joven yo. Y miedo.
—Pues que llegue pronto, porque esto es un aburrimiento, no me gusta recoger los restos de nadie, sus miserias, sus penas. Porque no hay seres vivos, si no se las metería a todos por el culo de nuevo para que las cagaran con sangre, donde quiera que sea que caguen.
Siempre hemos sido unos cínicos, de joven y de mayor, nos reímos de nosotros mismos, y decidimos cuanto despreciar lo que hicieron mal tantos muertos. Tenemos derecho, no pedimos todos esos campos vallados propiedad siempre de algún subnormal sin cerebro. No pedimos nacer para que alguien nos hiciera mierda la libertad.
Siento ganas de abrazarlo, porque era valiente, yo era valiente y sabía que era mierda lo que había en mis manos, y que nada variaría. No se lo dije a nadie, era mi secreto, mi madurez, mi sabiduría.
Y aún así, miré y miro el mundo buscando algo, en la triste realidad a sabiendas que voy a fracasar; pero tengo cojones y fuerzas para intentarlo hasta morir. Nadie me enseña nada, nadie me condiciona. Aunque duela, aunque me mate, lo haré. Buscaré lo bueno, sabiendo que no está. No tengo otra cosa que hacer, más que morir, soy tenaz.
Yo creo mis ilusiones y esperanzas y yo las mato.
Soy pesimista, pero jamás derrotista, cuando esté muerto hablaré de la paz.
Son tan densos mis caminos, tan metafísicos y existenciales, que temo quedar atrapado en toda esa trascendencia al enfrentarme a todo ese vacío. Y asustado sigo adelante.
Me haría una foto para mi perfil de las redes sociales: me colgaría de las orejas los testículos descompuestos de algún cadáver que a veces caen desde el cielo.
Temo el dedo en el gatillo que no cesa de realizar una presión cada vez mayor y mis células gritan que pare. Cada día estoy más sordo, y las células más afónicas.
Alguien toma un camino trazado porque sabe que alguien lo hizo, luego, no hay razón para no andarlo. No hay razón para temer; pero en mis caminos los hijos están muertos y eso duele infinito. Están podridos y sufren en una eterna y dolorosa agonía, sin reconocer las voces de sus padres. Están sucios de algas podridas que el mar arrastra a la playa de arena de cristales afilados. No llego nunca a los hijos muertos, me desangro antes y dejo un rastro de quince metros de tendones y piel.
Mis caminos tienen una razón para no recorrerlos, y yo ando por ellos, porque son mi creación, aunque me joda.
En mis caminos hay volcanes que convierten en ceniza las ilusiones y es difícil respirar. Imposible reír.
Mis caminos son tan importantes, que la vida y la muerte se confunde. Nunca sé cuando vivo y cuando muero, cuando camino o cuando me convierto en un mojón en la vereda.
Salgo de mi camino para volver a la realidad, con la esperanza de que habrá algo por lo que merezca la pena respirar.
El joven que era yo, se disuelve en una bruma iluminada por rayos, con su bolsa de miserias ensangrentada, sucia de colillas… Se ríe, me saluda con la mano.
—Seguiremos buscando, lo haré, aunque duela. No te preocupes, viejo yo. Husmearemos entre la mierda las cosas hermosas, y cuando fracasemos, volveremos a nuestros caminos a ser héroes hacia la muerte. Fracasados de sonrisas rasgadas.
Salgo del camino y me enciendo un cigarro frente al cuaderno abierto. Y escribo de mis ilusiones encima de la ceniza del cigarro que cae en el papel.
Se me escapa una risa y pienso que un fracaso más no importa, cierro el cuaderno.
Salgo al camino ajeno, al sol, al ruido y a la música. Tal vez haya algo más que banalidad. Aspiro hondo ante el próximo fracaso.

 

Iconoclasta

No me gustaría tener amigos porque tendría muchos errores que confesar en deprimentes charlas. O debería mantener un incómodo silencio respecto a mí.

No me gustaría tener hijos porque no me gusta ser indigno, hay cosas mejores que ser.

Solo me gustaría tener padres vivos y preguntarles qué hicieron mal conmigo, dijéramos que quiero saberlo. Porque el resto del planeta se lo pasa bomba.

Solo es curiosidad.

Les diría que he soñado que dormía con un tubo de gas en la boca en lugar de un marlboro.

Y que duermo en un incómodo colchón de ilusiones rotas, de esfuerzos que no sirvieron de nada, y de enfermedades por las que no valió la pena esforzarse en sanar. De trabajos mediocres y de gente con trabajos y sueldos magníficos.

Que algo salió mal porque no hay un equilibrio entre satisfacciones y males, casi todo son males.

Les diría que veo el mundo a través de un cristal roto y que mi vista está un poco cansada.

Llevo gafas, coño.

Algo tienen que ver los padres con los hijos.

Yo no quiero tener hijos por eso, los querría demasiado para darles algo de mí.

Pudiera ser que padre y madre lo hicieron bien conmigo, todo lo bien que pudieron para un cerebro tan mermado como el mío.

Tampoco me gustaría tener padres vivos, porque la verdad no sería agradable.

Entonces tiene sentido el gas en mis pulmones.

Algo salió muy mal conmigo.

Me gusta la soledad porque mantiene claro en mi mente lo que no quiero.

Y sueño que todo se deshace, va hacia atrás. Da vergüenza todo eso… No jodas.

Si no estuviera solo debería haber avisado que al  entrar en casa no encendieran las luces.

No hay nadie en la casa, solo el gas y yo.

Ningún ser vivo más que lo que era yo.

Al menos no es un error…

A veces tengo suerte y acierto con lo que quiero, aunque fueron tan pocas veces…

 

Iconoclasta