Posts etiquetados ‘muerte’

Esperan un abrazo, un beso, un ánimo; pero es difícil encontrar el instante porque no abunda, aún así les gusta la vida: son los optimistas.

Hay múltiples variables para que todo salga mal. Y esperan, ansían, desean de forma incansable.

No hay mucho que decir de ellos, su vida está bien. Es lo habitual.

“Dios proveerá” acabarán diciendo si algo les falta.

Dios me tiene metida su sagrada polla en el culo.

Hay errores que son inevitables. Sorpresas que no era posible prever.

Morir es más fuerte que amar, dicen los pesimistas.

Afirmo.

Y joder es el único placer que experimentan, cuando el semen ha corrido o la vagina se ha derramado, no queda ningún mal recuerdo porque siempre suele acabar igual: con unos gemidos de placer y la respiración agitada.

El semen se enfría tan rápido… Tantos niños muertos se secan en las sábanas…

Follar es suficiente; es bueno. Mejor que vivir.

Mejor que un puto partido de fútbol.

Porque cuando las sorpresas y los errores tienen más masa que la presión atmosférica en nuestros hombros, se dan cuenta los consternados que la montaña de fallos es enorme, insalvable. Los pesimistas cuentan con muchos años a sus espaldas y saben lo que dicen.

Y así, de una forma natural, coloquial y afable se preguntan: ¿cuándo coño voy a morir?

Follar no arregla nada, solo retrasa lo inevitable.

No es que tengan prisa por morir, simplemente están desesperados y la vida no es para tanto, no vale la pena respirar tanta amargura; hace los años eternos.

La muerte es un coño húmedo y abierto, listo para penetrar, para hundirse en él.

Cuando no hay sexo, hay masturbación. Los dedos se encargan de lo que el cerebro no puede dar o suministrar: algo de placer.

Es mentira lo que dicen vuestros padres y abuelos, hacerse pajas no estropea la vista. La hace más clara y ágil.

También tienen sus recursos los pesimistas y un buen cómic para esperar a que alguna enfermedad llegue.

Morir es la salida de emergencia. Es alarmante en un principio, cuando se dan cuenta que están pensando en la muerte como solución; pero cuando esa idea ha germinado, ya se han hecho todo lo valientes que se puede ser y es imposible detenerse ante el arrebato de muerte. Y desean en silencio que algo falle en su organismo: un tumor, pulmones podridos, un corazón con una brecha…

Se callan los dolores, y deciden no ir al médico. Dicen estar bien con un esputo de sangre entre los labios. Nadie quiere seguir viviendo con ese cúmulo de errores demasiado tiempo (los optimistas sí, porque piensan que los errores tienen solución se pueden subsanar, no piensan en la vergüenza). “La vida es una mierda y luego te mueres”, es correcto, está bien expresado; pero el detalle que no revela el dicho, es que te mueres cuando has sufrido lo indecible. Te mueres cuando estás cansado de todo.

Es mejor morir feliz.

Morir de un ictus lamiendo un coño, por ejemplo, es una idea romántica; podría ser incluso optimista. No se ha de perder la esperanza de mierda.

Hay tómbolas que rifan un peluche y los idiotas se matan por conseguir un Snoopy mal hecho. Las esperanzas suelen ser banales.

Se murmuran jaculatorias al cáncer y a la infección, al coágulo que hay tras un dolor de cabeza, riñones muertos, cirrosis…

Morir es más fuerte que amar.

Es más fuerte que mi polla dura.

Cualquier tumor, cualquier hígado podrido, da menos miedo que la presión de la vida para los pesimistas. Ellos entienden de eso y saben que tras una cucharada de mierda, llega otra y otra y otra y otra…

El pene corrupto de un leproso que no sirve más que para mear, no espera nada más que se le desprenda del cuerpo.

A veces ocurren cosas buenas; pero cuando se desea la muerte, tiene más fuerza que el amor. Y por una simple cuestión de convicción y sabiduría, desean la muerte aunque estén follando. Están locos los pesimistas.

Con amor todo se supera: error.

Con el amor se comparten las miserias; pero la felicidad se va tiñendo de negro y la muerte es el verdadero amante que se busca.

Y cuando el corazón se desboca por amor, yo pesimista, pido que al mismo tiempo se infarte. Que se parta por la mitad y morir con la polla tiesa.

Se desea con más fuerza morir que amar.

Morir es insuperable, es sublime; porque te libera del tormento de amar y frustrar. Una vez el amante se ha desengañado, el amor ya no tiene fuerza alguna para mantener con vida al amante que ha defraudado.

Estas cosas pasan continuamente; pero pocos tienen la suerte de morir en el momento adecuado.

La muerte libera, más años de vida solo consiguen empeorarlo todo. Y al final la vamos a palmar; vale la pena ahorrarse unos disgustos.

El pesimista no puede permitirse el lujo de suicidarse porque es traición a los que te aman. El pesimista espera la muerte, se dice que con su mala suerte, un tumor en sus cojones hará metástasis para luego subir al cerebro. Algo así, porque si algo sabe el pesimista, es que no va a tener una vida feliz.

Lo único feliz será el final: la muerte, el descanso, el reposo del guerrero.

Morir está bien, suicidarse daña a otros. Y el pesimista ama, suele tener la desgracia de amar; es su mala suerte.

Los suicidados suelen ser cadáveres maltratados o que huelen mal. Morir entre vómitos de enfermedad tampoco es como para tirar cohetes; pero siempre dirán los optimistas: luchó como un león por la vida.

Y una mierda.

Morir es más fuerte que amar (oración agnóstica, atea y anti-vida para tipos con demasiados años, con demasiados errores que recordar).

No hay nada que relaje tanto como imaginarse muerto.

También relajan los balnearios y los baños de barro húmedo; pero no estoy de humor para ensalzar sus cualidades psico-terapeúticas.

No se puede entender el deseo o la indiferencia a la muerte hasta que la vida te ha apretado demasiado las tuercas. Y cuando eso ocurre, el organismo tiende a infectarse, pudrirse, mutar, hablamos solos…

Ser pesimista no es alegre; pero da una valentía cuasi suicida, cosa que es ética en estos tiempos.

Cuando un pesimista folla, se pregunta que otra porquería le espera tras el orgasmo. Y evocar la muerte se convierte en la sonrisa tranquila. Hay más esperanzas de morir que de vivir más tiempo. A veces los pesimistas tienen suerte, aunque no se lo crean.

Puede que a un pesimista le toque la lotería y aún así deseará morir rodeado de toda clase de comodidades. Los pesimistas no se venden por nada, cuando la vida te ha enseñado sus sucias tetas, ya no hay dinero para comprar la suficiente esperanza.

La única mamada que te apetece es la que la muerte realiza arrancándote el aire de los pulmones.

Y mientras esperamos la solución y el descanso, es bueno no dejar de fumar, no bajar jamás la guardia. Hay que inyectar todo lo malo que se pueda en el organismo para que llegue pronto la muerte.

Antes de sufrir más, si es posible.

La muerte es más fuerte que el amor.

Más fuerte que la vida misma.

Es hora de morir, no más retrasos, plis.

Iconoclasta

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Se ha muerto la madre que me parió, a mí, mi hermano y mi hermana.

Y ha dejado una historia, como rastro de su vida.

Setenta y dos años… Es una historia modesta en su longitud, hay gente que vive más. No importa, si su historia hubiera sido más corta, la habría querido más aún. Soy un cabrón amando y no me soborna el tiempo ni el dinero.

Hubiera preferido que se hubiera muerto antes un rey, una reina, un presidente de cualquier país, o cualquier persona de relevancia social, política o económica.

Pero es un mundo imperfecto, legalizado e injusto.

Mi madre no era artista, ni especialmente culta, cosa que me parece bien porque me paso el arte y la cultura por el forro de los huevos.

Mi madre pasó hambre, fue casi abandonada y no llegó a conocer a su padre. Su marido (nuestro padre) murió pronto; y todas estas cosas no quebrantaron su ánimo. Sufrió durante el tiempo necesario sin que ello amargara su carácter de forma permanente.

Con toda naturalidad nos contaba que de pequeña se alimentaba de pieles de plátanos chafadas en la calle de la Barcelona de la posguerra. Y que un señor la tomó en brazos para llevarla a unas monjas, porque cagando en mitad de la calle se le salieron los intestinos.

No era un lamento, era una forma de enseñarnos que en la vida ocurren cosas malas y que no tienes que romperte por ellas.

Sin embargo, toda esa mierda que vivió (un pequeño porcentaje de su vida), le marcó la salud y le vedó una vejez tranquila y lúcida. De tal forma, que de repente toda la porquería pasada irrumpió en su cerebro ya más débil por la edad encharcándolo de sangre. Luchó en los momentos lúcidos por no enloquecer.

A tomar por culo, madre. Los que no se lo merecen tienen una vida sana y amable; ojalá hubieran muerto otros antes que tú.

La vida es imperfecta, una soberana mierda.

A veces hablabas de encontrarte con el papa en la muerte. No creo en esas cosas; aún así, deseo que estéis juntos. Es una hermosa e inofensiva mentira, no puede hacer daño.

Y si continúo con la mentira, pronto nos veremos también, he estado a punto de ganarte. Soy veloz para algunas cosas.

Sobre todo para las malas, para la mala suerte.

Y la mala suerte es también saber que has muerto.

No lo creo, no lo digo con fe, no nos encontramos con nadie al morir. Solo alardeo de un optimismo y una ilusión que no tengo, como homenaje a mi madre.

Desapareceré, no hay otra cosa tras la muerte; pero mientras vivo, amo tu memoria y nuestra historia.

Lo importante no ha sido tu muerte. Tu muerte ha sido solo dramática.

Lo importante ha sido tu vida y toda, absolutamente toda nuestra historia contigo.

Un beso mamá, te quiero.

A mi madre Mercedes Albaladejo Candela 6/6/1940 – 17/7/2012

Iconoclasta

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Triojidanius observa el cosmos desde el asiento de vigía de la antena de comunicaciones.

Un pequeño asteroide pasa veloz trazando una estela plateada a medio millón de kilómetros al este de la nave, provocando con su turbulencia una corriente de gases inertes que agita sus antenas, formando pequeñas gotas de hielo de amoníaco en su exoesqueleto verdinegro. Acaba de despertar de su periodo de descanso.

Necesitaba salir al espacio exterior antes de proseguir con su trabajo en la estación orbital y sentarse frente al acuocular del arqueotelescopio. Le gusta sentir el frío del vacío en su recubrimiento queratinoso antes de trabajar. Sus mandíbulas enormes y fragmentadas en tres piezas, se abren y cierran dando chasquidos que no se propagan por el espacio, expulsando una baba espesa que se convierte en filamentos que no llegan a congelarse; una telaraña caótica que avanza ondulándose como las medusas en el mar. A su mente llega el pensamiento de su pareja, en la estación. La hembra provoca impulsos eléctricos en sus antenas: es hora de empezar a trabajar.

Antes de pulsar la liberación del cinturón de sujeción del asiento y desplegar sus élitros de quince metros de envergadura, gira su cabeza ciento ochenta grados con lentitud y los dos puntos negros de sus enormes ojos verdes intentan adentrarse más allá de la cosmogonía del Primigenio Artrópodo. Conoce bien aquel conjunto de planetas y las inusitadas ondas psico-luminiscentes que de allí proceden, traduciéndose en imágenes y sensaciones que le contagian algo que no puede definir; pero provoca que hiera sus ojos al acariciarlos con sus patas erizadas de púas para calmar cierta ansiedad. Cierta pena. Las lágrimas, siempre se contagian aunque no se tengan glándulas lagrimales.

El humano piensa a menudo en ello: en penas y alegrías; pero sobre todo en la melancolía. No entiende sus palabras, no puede asimilar ningún lenguaje; pero los artropocarios son excelentes analizando y decodificando las ondas mentales de cualquier ser del universo. Mimetizándose con los estados de ánimo ajenos, es la única forma de entenderlos.

Cuando accede al interior de la nave por la esclusa, la hembra lo recibe lanzándole sus peligrosas patas como amenaza por su demora. Sus mandíbulas se mueven veloces provocando un chirrido agudo que rebota por el metal de la nave molestando el único oído de su tórax.

Toma asiento en la espaciosa y enorme sala del observatorio. La hembra empuja el acuocular hacia a su ojo izquierdo hasta aplastarlo. Es un momento de dolor que dura un segundo, luego llega la imagen y las emociones.

Sus antenas han dejado de percibir lo que le rodea para centrarse en las imágenes y datos del programa. Se agitan espasmódicamente ante la intensidad de la información que recibe. Su ojo libre parece muerto, la niña ha quedado en la base del ojo, descolgada. Como la de un muñeco roto.

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Es hora de sentarse cómodamente en el sillón, la digestión pasa factura y los párpados pesan como grandes cortinajes de grueso terciopelo granate. No hay cansancio solo un atávico sueño de cuando éramos cazadores. El reposo del guerrero; un premio que se ofrece a si mismo.

Es tiempo de no hacer nada.

Se abandona totalmente, el pene se siente libre. El placer de una erección lo hunde en el sopor con sensualidad. El televisor habla de noticias que no le importan y aunque le importaran, carece ya de voluntad para prestarles atención.

Es su armonía y ninguna desgracia, alegría o anécdota extraña a él puede romperla. Es su tiempo, sus sentidos no permiten interferencia alguna.

Hay una creciente sensación de melancolía, es dulce y evoca paz. Hundiéndose en el sueño araña esa emoción intentando descubrir que hay tras ella, intentando frenar el descenso a la inconsciencia.

Descubrir el génesis.

La historia de esa deliciosa inquietud.

No quiere esforzarse en entender, porque lo racional mata la magia. La ansiedad le haría salir del cálido sopor.

Siempre es delicada y efímera la calma.

Esa dulce añoranza de un equilibrio desconocido le hace pensar que todo estuvo bien, que todo está bien. Da importancia a la vida.

La hace perfecta.

Se rebela ante el sueño, no quiere dormir más profundamente, teme perder la paz, necesita estar en la frontera de lo onírico y la realidad. Desespera por identificar qué momento de su vida es la causa de esa dicha y pedir a los dioses que lo guíen. No se permite llorar.

Necesita conocer el origen para repetirlo, para disfrutarlo en toda su magnitud y no pensar que es una alucinación. Para seguir así siempre.

En un susurro inaudible, le ruega a su cerebro que lo guíe, que lo lleve al recuerdo certero que lo explique todo.

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El humano está en paz y le proporciona equilibrio. Sus antenas se agitan suavemente, al ritmo de una música serena, sin que se dé cuenta. Sin música.

La hembra recoge los restos de su baba que rocían algunos de los controles secundarios del arqueotelescopio y le mete en la boca uno de sus hijos que recientemente ha salido del huevo, de los miles de huevos que tienen en la bodega de la estación. Triojidanius se lo come involuntariamente y los pequeños chirridos de la cría no producen efecto alguno en los dos adultos. El arqueotelescopio se alimenta de ellos y es necesario mantener un alimento constante en el operador durante la prospección psico-luminiscente del sujeto que estudian.

Geneva revisa las constantes vitales de Triojidanius en el monitor, verifica la correcta grabación de la sesión. Luego, sin novedades, queda inmóvil al costado de su pareja, con el abdomen paralelo al suelo y sus peligrosas patas plegadas en oración. Su mirada es hostil y observa el espacio a través de la panorámica cristalera de la nave.

Existe más de un millar de estaciones espaciales operando con arqueotelescopios. La misión es comprender el funcionamiento cerebral y nervioso de los humanos para una próxima invasión. Su enorme planeta Mantis Plata se ha agotado y el nivel de canibalismo entre la población hace peligrar la especie.

El arqueotelescopio indaga en la luz que viaja a través del infinito; la luz de cada lugar y tiempo tiene su propia frecuencia propagándose en forma de cintas invisibles por el espacio, mostrando la historia íntegra del universo. Hay lugares del cosmos donde las mezclas de gases sirven de reflejo y pantalla para la luz. Ahí enfoca el arqueotelescopio. Este equipo puede viajar a través de esa luz, descubriendo el pasado. Es la máquina del tiempo que tanto soñaron muchas civilizaciones, solo que el futuro no existe.

No hay nada más rápido que la vida. No hay rastro más perenne que el de la muerte.

Los extraños cerebros artropocarios procesan la información para su visualización y análisis. Son predadores hostiles cuya única misión es vivir como sea y donde sea.

En función del origen de la luz, se puede conocer su edad. Triojidanius está analizando a un individuo que vivió hace mil doscientos años en el planeta Tierra. Suficiente para conocer con seguridad la naturaleza humana actual, ya que en un milenio, apenas hay evoluciones notables en las especies.

El humano transmitió potentes ondas psico-luminiscentes que entran como un estilete por su ojo dejando una brecha abierta de recuerdos confusos. Está zarandeado dulcemente por la melancolía que embarga a su espécimen.

Solo que él sí puede conocer el origen, retrocediendo en la frecuencia, en el tiempo. Un rastreo de ondas coincidentes a lo largo de cincuenta años no dura más de medio minuto.

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Con calma, evitando premura como tantas otras veces, indaga en sus recuerdos sonriendo para si. No hay prisa y le pide a su cerebro que abra archivos, que los mueva a zonas más visibles y accesibles. Nunca lo consigue, el cuerpo se relaja demasiado, se sume en el puro sueño con felicidad y cuando despierta, esa paz es solo un recuerdo amable. ¿Dónde te escondes, paz mía?

Se levanta del sillón con esfuerzo. Su brazo enfermo le duele de tanto que ha trabajado y de una infección que le está robando la vida. Es hora de pasear, de distraer el pensamiento. De buscar paz mientras muere de una infección que nadie le puede curar. De una gangrena que avanza imparable desde que la sierra eléctrica quebró su hueso con un estruendo de dolor tras arrancarle la carne. Los antibióticos le cansan, le mantienen vivo; pero el pus es imparable y el vendaje de su brazo por las noches, huele igual de mal que el primer día.

Se acabó la armonía por hoy. Es hora de seguir muriendo. A veces no puede creerse que vaya a morir por algo así. No tiene miedo, ya solo queda la curiosidad.

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Ha dirigido el foco del arqueotelescopio unas nanomicras de segundo desplazadas de los cincuenta años del humano. Encuentra una coincidencia en la subfrecuencia. Es el mismo hombre, veinte años más tarde.

Se encuentra trabajando y al igual que hoy, se siente tranquilo, en paz. Trabaja sin pensar en preocupaciones, dentro de unos minutos acabará su jornada y saldrá a la calle contento: tiene trabajo, gana suficiente dinero para permitirse vivir con holgura y además goza de cierto carisma en su puesto de trabajo.

Se dice que todo irá bien, ha llegado su momento como solía decir su padre. Jamás se estropeará, ha trabajado demasiado. Ha sido engañado y defraudado demasiadas veces y cuando te topas con la verdad, la reconoces.

Todo irá bien, se dice para sí mismo encendiéndose el último cigarro de la jornada en el taller. No tiene prisa por salir de allí, está bien.

Que todo irá bien ha sido una afirmación contundente, no hay asomo alguno de consuelo, no hay duda. Es la ley más rotunda del universo.

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El cerebro de Triojidanius ha detectado el nexo, el recuerdo. El origen de la melancolía. Y lo que es más, ha dado con un pequeño puente de luz fino como el filamento de una lámpara que une las dos épocas del individuo. El pensamiento, la verdad del hombre joven, saltó treinta años adelante. Algo de paz desde el pasado, cuando más lo necesita.

La emoción lo embarga y transmite a Geneva su necesidad de descansar. Se siente bien, como el descubridor de un tesoro. El investigador que ha encontrado uno de los secretos más importantes de su vida.

Geneva retira el acuocular de su rostro.

Se levanta del asiento y abre sus élitros en un abanico agresivo para desperezarse, la hembra da un paso atrás haciendo chirriar sus mandíbulas.

Antes de salir al espacio exterior, se dirige a la bodega y devora cuarenta huevos con glotonería.

Después de tres horas en la estación, el paisaje ha cambiado. Ahora dos soles lucen al este y al oeste, dando sensación de calor en el vacío si ello es posible. Su cuerpo crea dos sombras en el fuselaje de la estación espacial.

Todo irá bien es la emoción que reproduce su pensamiento una y otra vez.

En lugar de sentarse en el asiento del vigía como hace unas horas, su pata se abraza a uno de los cables de comunicaciones para evitar que una corriente cósmica lo arrastre, dejando que el cuerpo sea mecido por la nada. Mientras tanto, su sistema nervioso central crea ondas eléctricas que relajan su cuerpo y su pensamiento.

Y piensa en la luz, en la vida, en la muerte y en la paz que se encuentra tan escondida y es tan sencilla. Chasca sus mandíbulas y otra telaraña de baba queda suspendida en lo negro del universo. Tampoco es una maravilla, el cosmos tiene desperdicios. No hay nada perfecto, salvo la luz que lo transmite todo.

Que nos hace eternos.

Geneva vuelve a transmitir prisa a sus antenas: hay trabajo, ya ha descansado suficiente. Es hora de enviar los resultados del día.

Con pereza se desprende del cable al que se sujeta y abre sus élitros para planear hacia la esclusa. Los ojos enormes y hostiles de la hembra lo miran a través de la escotilla con acritud.

De nuevo siente su ojo reventar, el programa entra como una descarga a través del mismo, cargándose en el sistema nervioso y convirtiendo sus patas en los controles virtuales más importantes del equipo de prospección arqueóloga-cósmica. Las antenas vuelven a transmitir datos al banco informático. Avanza el control de la psico-luminiscencia; en respuesta el arqueotelescopio enfoca un día más adelante en la vida del hombre mayor; con el puntero, empuja el pequeño filamento de luz entre el pasado y el presente del hombre para avanzarlo la milésima parte de un nanosegundo tras hacer zoom en la escala para obtener mayor precisión.

Geneva observa el monitor sin interés, siente emociones extrañas que provienen de su pareja; se ha contaminado de alguna luz extraña.

Mueve sus mandíbulas con malhumor e impaciencia. De la central de Datos Psico-Lumínicos, se les exige el envío de los datos procesados. Es tarde. Golpea la cabeza de Triojidamius con una pata para que se apresure en su trabajo.

Triojidamius parece no sentir nada, está inmerso en el hombre que tras comer, se sienta para hacer una pequeña siesta y buscar la armonía. Su brazo luce un nuevo vendaje limpio.

Hace miles de años, hace distancias de eones que su vida se propaga por el espacio. ¿Alguien lo observa a él también?

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Fumando aún recuerda las palabras de ánimo del médico “Esto cada vez está mejor”; pero la forma en la que arruga la nariz ante el olor y la mirada de preocupación que le dedica a la herida tras sacar el vendaje viejo, lo desmiente. En secreto le agradece los ánimos y que le duplique la dosis de antibiótico.

Cierra los ojos, el televisor funciona a bajo volumen como siempre, le gusta porque parece el murmullo de quien habla de un secreto.

Una canción de repente le eriza la piel: Speed of Sound. Están emitiendo el video de Coldplay. Como si un fusible se hubiera repuesto, como si su cerebro hubiera abierto un archivo recóndito por fin; así actúa la música en todo su ser.

Ha de haber algún acorde musical que emociona a sus torpes oídos en esa canción; sus pies subidos encima de una silla siguen el ritmo. Eso no importa, porque todo está bien, aunque se muera.

La añoranza es ahora alegría y emoción. La música es la banda sonora de la comprensión y la respuesta se expone tan clara y sencilla…

Por fin lo entiende, lo identifica, lo sabe.

Había mucho tiempo sepultando el mensaje, cubriéndolo de otros actos. Veinte años representa un trillón de cosas hechas, sueños y pesadillas. Estratos arqueológicos de una vida que es larga o corta en función del grado de placer o sufrimiento.

Variable…

El recuerdo se abre instantáneamente. Es inmediato y siente que su corazón se desboca. Se incorpora en el sillón y sube el volumen del televisor, Speed of Sound atruena en el salón llenándolo todo, las vibraciones duelen en su hueso infectado, cosa que no le molesta demasiado.

Se ve a si mismo cuando era más joven, veinte años atrás. Recuerda con precisión aquel momento en el que se encontraba trabajando. Se dijo que ya lo había logrado. A partir de entonces todo sería fácil.

Estaba cableando las mamparas de aluminio y cristal que formaban los cubículos de la empresa en la que trabajaba. Lo hacía a gusto, se sentía en su momento.

Aquel día no ocurrió nada especial, simplemente lo supo: había configurado su vida, se encontraba en fase de expansión. No dependía de nadie ni de nada, solo de él mismo, su fuerza y valor.

En ese instante afirmó ser el hombre completo, sin miedo y con más fuerza que conociera jamás. “Todo irá bien”, afirmó al universo.

Y ahora, con cincuenta años, sabe que le debe un abrazo a aquel hombre más joven. Reconoce que le debe el mensaje de fuerza y ánimo. La convicción que lo ha llevado hasta aquí.

Tenía razón, todo ha ido bien, incluso ahora que muere. No ha necesitado jamás de nadie, todo ha sido producto de su voluntad y esfuerzo.

Ahora sí que llora, porque desespera por viajar al pasado para abrazar a aquel hombre que lo ha convertido en lo que es hoy.

Lo tiene dentro, lo saluda.

Por fin nos vemos, joven amigo. Te debo la vida toda.

Y te aseguro, que todo seguirá bien.

Tenía la razón, la suprema razón.

Le envía besos a su interior, a esa imagen cuasi onírica que era él de joven.

Aquel día, con aquella fuerza impresionante, envió a través del tiempo su mensaje de seguridad. Qué cojones tuvo…

La canción ha acabado en la televisión; pero su corazón y su ánimo continúan el ritmo.

Antes de levantarse del sillón, se enciende otro cigarrillo. Levanta la tapa del portátil y busca en internet la canción de Coldplay para reproducirla de nuevo.

En la cocina escoge un afilado cuchillo, sin vacilar clava la punta en la vena del codo prolongando el corte hasta el antebrazo para que la sangre mane regular y abundantemente. Para que la vena se abra como se ha abierto su mente.

Sigue fumando el cigarrillo con los dedos manchados de sangre.

Todo irá bien, mi amigo, no dejaremos que nada de lo que hiciste con todo tu esfuerzo degenere en un final deprimente; no moriremos así, con un largo sufrimiento, tristes y sin ánimos. Tenías razón, todo ha ido bien y es imposible que nada pueda salir mal.

Un abrazo, jefe.

Recuerdo nuestra camisa azul de trabajo abotonada hasta el cuello por presumir. El bolsillo lleno de bolígrafos, destornilladores y una libreta de notas. Así me acuerdo frente al espejo aquel día antes de acabar la jornada. Estábamos guapos iluminados por la seguridad y la fuerza.

No lo permitiremos. No lo permitiré, hoy es mi responsabilidad, hoy demostraré la valentía que tú me diste.

Tal vez algún ser de una galaxia lejana, nos observará felices dentro de cien millones de años a través de su arqueotelescopio cósmico de óptica plasmática.

El hombre se marea por la hemorragia. Al cabo de unos minutos cae al suelo, el cigarrillo se apaga crepitando en el charco de sangre que se ha formado en la cocina. La sangre mana ya más lenta, como su respiración, como el pus que mancha el vendaje.

Fin de la vida, fin de la transmisión.

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Triojidamius ha enviado las imágenes al banco de datos, trabajo realizado.

Geneva retira de su cara el acuocular.

Se siente bien, se siente cargado de fuerza, casi de alegría.

Todo ese cariño hacia un recuerdo…

Cuanto valor tiene la vida…

No imaginaba que pudiera haber agradecimiento hacia una edad pasada. Lo importante que es el pasado para el presente.

El tiempo nos hace desconocidos de nosotros mismos.

Le duele el ojo, todo a de ir bien. Se han filtrado emociones en su sistema nervioso que no debieran estar. Geneva lo mira con extrañeza, con sus patas delanteras moviéndose nerviosas.

Él no quiere que nada vaya mal, ha aprendido.

Salta sobre Geneva, sobre su espalda para penetrarla.

Geneva intenta zafarse de su embestida; pero él es más poderoso y da inicio la cópula. Ante lo inevitable, la hembra adopta una actitud pasiva y estática esperando que el macho se derrame.

Llega el orgasmo; da un adiós a la vida cuando la hembra gira la cabeza ciento ochenta grados hacia él. Ha apresado su cabeza para devorarlo durante la parálisis que le da el orgasmo. Su mandíbula cruje entre las fauces de Geneva.

Está muriendo en paz, sabiendo que en lo que restaba de su insectora vida, jamás hubiera podido experimentar algo así. La valentía, el honor, la fuerza… Ha aprendido que es bueno morir bien.

Es hora de convertirse en un buen recuerdo.

Tal vez, dentro de mil años, alguien lo admire desde un arqueotelescopio más cómodo, donde nadie te tenga que aplastar el ojo para realizar tu trabajo.

La hembra ya ha devorado sus mandíbulas y ahora, cuando le arranca uno de los ojos, Triojidamius asegura al universo por medio de sus antenas, que nada puede salir mal.

Geneva deja caer el gigantesco cuerpo decapitado al suelo y lo transporta arrastrándolo hasta la bodega, para que se alimenten de él las crías que están naciendo.

Es hora de descansar de seguir existiendo sin demasiado interés.

Sus antenas reciben el mensaje de que un nuevo operador viene en camino. Aunque no recuerda porque.

Iconoclasta

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No es fácil vivir, a veces es tan difícil que la muerte se presenta como una solución.

Falta espacio y falta aire; por tanto, falta libertad. Y sin ella, la muerte es el único horizonte.

Mueren los amores por la estrechez y el aire viciado.

Las ilusiones se aplastan contra las paredes y caen al suelo mezcladas con la suciedad y la tapa de un frasco de comprimidos.

Ahí es donde entro yo si aceptan mi presupuesto.

Deberían promocionar la carrera de basurero entre los estudiantes, es más humana que la de médico. Se sobrevaloran las ciencias y las letras.

Se sobrevalora la inteligencia del ser humano; hay superávit de abogados, ingenieros y médicos. Faltan operarios de limpieza.

Yo soy el mejor limpiador de mierda y miserias. Y opero con mi Súper-Visor de Mierda GTX-FIC666XPJ5 Tócamelos del revés.

No hay suciedad que se me escape por muy incrustada y adherida que esté a las paredes, suelos y en los cerebros.

Puedo ver con una calidad matricial de un puto trillón de megapixels toda la mierda que hay a mi alrededor.

Y al vuestro.

No hay tanto cerebro como se piensan, por mucho que quieran graduar a un millón de estudiantes al año.

Y mientras unos juegan a querer ser médicos, nadie barre la mierda.

Excepto yo y alguno más que no conozco.

Los hay que no soportamos un piso sucio de sueños muertos. Los hay que intentamos limpiar; pero jamás se acaba la mierda.

Mi Súper-Visor de mierda la ha detectado a unos trescientos metros de mi almacén. A veces soy curioso. Otras por instinto y porque soy viejo en el oficio, sé que “algo huele a podrido en Dinamarca” y si no tengo trabajo, me dedico a analizar las porquerías que detecta mi aparato. Me gusta mi trabajo, soy filósofo y cocino como dios.

También soy voyeur aficionado. Es un asco ser experto en tantas disciplinas…

Soy el hombre perfecto. Dueño de la empresa: Limpiezas de Miserias y Podredumbres Zaratustra, The Man.

Es un título rimbombante; pero como trabajo con la mierda, tenía que darle estilo y profundidad al nombre de mi empresa.

A sus pies hay un suelo cubierto de papeles pisados. Palabras sucias y avejentadas, como mi pensamiento que no sabe hacia donde expandirse sin encontrarse con una pared pintada con estuco italiano o con acrílica barata y blanca; pero siempre rezumando hastío.

Es mejor morir y que la muerte llegue rápida antes que seguir degenerando en vida sobre el manto putrefacto de las ilusiones desintegradas.

También debería haber un módulo de formación profesional dedicado al suicidio. Ser suicidador no garantiza un buen sueldo; pero siempre es edificante meter una aguja cargada con veneno en la vena de algún desgraciado que se asfixia en un mundo pequeño.

De todas formas va a morir.

Y el dinero nunca viene mal.

Me estoy formando por mi cuenta en venenos y drogas. Muchos clientes que me contratan para la limpieza suelen estar tan destrozados y hartos de basura, que se levantan la manga y me muestran la vena por si tuviera a bien inyectarles algo; pero cuando les digo que eso tiene un coste adicional, me suelen enviar a la mierda. Es redundante.

Nada nuevo, la vida es repetición tras repetición.

El amor tampoco viene mal, a veces cumple su misión de hacer volar a los hombres y mujeres batiendo las orejas como abejitas. Lo malo es que no estamos preparados para volar, los cojones y las tetas desequilibran a “abejos” y “abejas” y en lugar de libar, se emborrachan o se drogan y montan una historia romántica basada en mentiras y narcosis.

La idealización del amor es un trance por el que hemos de pasar.

Es un papel que revolotea buscando un sitio donde aterrizar en el piso sucio. El amor solo puede formarse a partir de buenos sueños y esperanzas. No es malo, es incluso bueno; pero no deja de ser papel y palabras que se tornan borrosas.

Escribimos notas que tiramos al viento pensando que el amor llegará como el mensaje del náufrago en una botella. Es así y no existe otra forma de enamorarse.

Solo que los mensajes en una botella llegan a alguien cuando el náufrago ha muerto; o su cuerpo está tan consumido, que se rompe al rescatarlo.

No es que sea pesimista, soy realista.

También puedes pagar a una puta para que te diga: “Eres divino y te amo”. Cosa que va bien para pasar el rato; luego se le dice que barra los papeles de mierda que ha tirado por el suelo y te deje el piso limpio (hay que acordar este detalle en el servicio antes de pagar); pero a largo plazo acabas harto de gastar dinero para nada.

Y luego está la música y las películas que forman en el suelo otro estrato de inmundos restos de momentos pasados. De momentos abortados.

Las películas y canciones marcan momentos de la vida, las lecturas apenas nada; requieren demasiadas horas y son íntimas. Un libro solo nos recuerda a nosotros mismos en algún momento de nuestra vida. Algo que no compartimos. Maravillosa sea la lectura…

Leer solo deja un rastro de cultura y de emociones que es difuso. Las palabras tan numerosas se pierden con el tiempo.

Sin embargo, las canciones y las películas son breves, se comparten. Y sobre todo, se repiten y se propagan en todos los espacios y épocas. De ahí que dejen un lastre tan pesado en el ánimo para bien o para mal.

Las canciones y películas de nuestras épocas de amor y cariño son especialmente emotivas y melancólicas

Es lógico dar un buen trago de veneno escuchándolas, cortarse distraídamente las venas. O dejar un fogón de la cocina abierto.

Si a la música o a esa película se le añade un sórdido decorado de persianas bajadas y humo de tabaco, se crea un ambiente propicio para atajar esa melancolía.

No es broma, el cerebro insiste en escuchar esas canciones una, y otra, y otra, y otra vez.

En lugar de sosegar, el pensamiento hace un descenso directo y vertiginoso a la Gran Fosa de la Tristeza.

Y si esa pena causa cobardía para seguir viviendo, se compensa con una fuerte valentía por morir.

Es lógico y de obligado cumplimiento, que esa mujer se trague en este momento, dieciséis comprimidos (justo los que quedan en el frasco) de la medicina que el psiquiatra le recetó hace unos meses.

Nadie es tan ingenuo de pensar que su depresión se va a curar en un día si en una sola toma, se traga la dosis de dos meses juntos.

Que nadie se equivoque, lo que quiere es morir. Lo último que ahora quiere es vivir; lo dice su respiración interrumpida por el llanto.

Dan ganas de morirse con ella. No parece una mala mujer. Es emotivo que muera tan sola.

No me gusta.

Pero nadie tiene tanta suerte de encontrar un compañero de suicidio.

Morimos solos.

Algunos pensarán que es una putada.

Yo pienso que es mejor así, si no has encontrado en toda tu vida a nadie con quien compartir decentemente la vida; a la hora de la muerte que no venga nadie a molestar.

El CD de éxitos de los 70, suena una y otra vez. Sus ojos no llegan a secarse y me pregunto cuántas lágrimas podemos almacenar.

El micro unidireccional del Súper-Visor, vale su peso en oro. ¡Qué maravilla!

Dicen que quien llora no mea; pero me da asco pensar que las lágrimas puedan subir de mi vejiga.

A la mujer poca gracia le hará escuchar semejante sandez y puede que no se ría cuando lagrimee más aún por la falta de aire cuando le sobrevenga el fallo cardio-respiratorio.

Morimos asfixiados, boqueando como peces en la arena buscando aire.

No puede ser agradable, ninguna muerte lo es.

Ha dejado un cigarrillo en el cenicero que se consume solo, como ella. Sin que nadie le haga caso. En la planta de su pie, tiene enganchado un mugriento papel que dice: Adiós juventud.

Mi Súper-Visor es cojonudo, capta hasta el más mínimo detalle. Capta hasta el dolor.

No se molesta en despegarlo, no tiene a nadie que le quite la mierda de los pies. Una vez lo tuvo, un envoltorio de pastelillo de chocolate que está pegado en el pomo de la puerta de su dormitorio dice: Luis, te amaré siempre.

Nadie ha hecho caso de ese papel desde hace seis años (el Súper-Visor analiza la edad de la mierda por medio del espectro cromático). Nadie lo ha desprendido de allí para anotar otro nombre. Se pudre el papel creando moho en el metal.

Por otra parte, los restos de ese dulce pastelillo que un día protegió el envoltorio, parecen mierda seca.

Y nadie quiere tocar la mierda…

Debería haber más titulados en porquería para ayudarnos en esas tareas domésticas.

Sería bueno que los gobiernos becaran los estudios de mierda.

Y vomita no porque el chocolate ahora parezca mierda, si no porque las pastillas le están jodiendo el estómago, el medicamento se ha ido al hígado en grandes dosis. Y a su cerebro.

Siente un mareo devastador que la inmoviliza a un sillón que se agita en un mar proceloso de papeles sucios. En un barco pequeño, muy pequeño.

Muy sola…

Esta parte me gusta especialmente me suelo masturbar a pesar de que la vida es una mierda: se acaricia el sexo evocando placeres que lleva años sin sentir. El clítoris está seco y le duele. El vaivén de su barco en las turbulentas sucias la distrae del placer y no acaba de sacarle placer a ese coño aún lamible. Es extraño ver una mujer haciéndose una paja y llorando.

Mostrando su vagina desflorada a nadie. Nadie le lame el coño.

Es vieja, tiene al menos cincuenta.

Los cincuenta es una mala edad, no acaba de definirnos como viejos ni como maduros. No acaba uno de decidirse por el coito vaginal o el anal.

Tengo que ser sarcástico y divertido porque la mierda que rodea y se come a esta mujer que muere es desesperante. Me infecta el ánimo.

Dan ganas de comer su vómito para llenarme de ansiolíticos también y ayudarle a cruzar el Hades, que no lo haga sola.

Ha muerto ya, se ha puesto histérica cuando sus pulmones no han podido aspirar aire y se ha levantado del sillón, arrepentida. Ha caído al suelo y se ha destrozado la cara al caer sobre la mesita de cristal; no le importaba la cara, solo quería respirar.

No lloro, estoy meando. Los limpiadores de mierda y miseria no somos demasiado escrupulosos.

Coloco la funda de mi Súper-Visor de Mierda GTX-FIC666XPJ5 Tócamelos del revés para protegerlo de la mierda de la noche, que es más traidora. Siempre me llena de nostalgia este momento del día; pero no me voy a suicidar.

No aún.

A la mierda.

Iconoclasta

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Lección de preescolar para hipócritas

Publicado: 19 octubre, 2011 en Lecturas
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*pornografía. (De pornógrafo). 1. f. Carácter obsceno de obras literarias o artísticas.

*obsceno, na. (Del lat. obscēnus). 1. adj. Impúdico, torpe, ofensivo al pudor.

*Extraído del diccionario de la Real Academia Española

Vamos a ver si lo entendéis con unos ejemplos. ¿Habéis leído las definiciones de pornografía y obsceno? ¿No?

Pues ahora mismo os vais al inicio de este ensayo y lo leéis, coño. Que sois muy mirados y muy probos ciudadanos; pero la lectura no se os da nada bien.

Pornografía u obscenidad:

Esto no se les puede enseñar a los jóvenes, es impúdico.

Vamos a ver ahora donde tenéis vuestro pudor de mierda:

El niño muerto sí que es para decorar la habitación de vuestros niños y una obra de arte.

Os entiendo más de lo que quisiera, mis estúpidos fariseos.

¿Es más impúdico ésto:

qué ésto?:

Por mí os la podéis pelar con lo que queráis; pero mi hijo me agradece más esto:

Que esto:

Bueno, ahora me diréis según el diccionario, que es lo que os hiere más el pudor y según lo que penséis, pensad que vuestra sensibilidad está podrida.

Y vuestra mentalidad está más cerrada que los pulmones de esos niños muertos.

Y tenéis el gusto en el culo.

Es que no hay otra forma de enseñaros, fariseos.

Buen sexo.

Iconoclasta

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Un muerto y un cínico

Publicado: 13 agosto, 2011 en Reflexiones
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Entran marido y esposa en el tanatorio, el tío de la mujer ha muerto tras seis meses de cáncer de estómago.

El marido camina quedándose atrás, es lento caminando y más cuando no se siente especialmente afectado por la muerte de alguien.

Tiene ganas de fumar apenas ha cruzado la puerta del teatro de los plañideros (aunque puede reconocer que alguien llora por verdadero amor a su o sus muertos).

La familia se encuentra. La esposa habla con todos y especialmente con los hijos del muerto. Hablan tanto que siente dolor de cabeza y no quiere estar ahí, es aburrido, es más de lo mismo.

El marido se apoya en una pared y prefiere evitarse el espectáculo de: a ver quien llora más y quien ama más al muerto que nadie.

En los tanatorios las paredes suelen estar revestidas de mármol. Es bueno porque alivia el calor. No es por otra cosa, porque los muertos tienen una toma de aire acondicionado directa para que no se pudran ante los ojos de quienes le lloran con demasiada rapidez. La espalda del hombre cínico agradece esa frialdad aunque sea mortal. Piensa que él también puede matar, es un derecho que todos tenemos.

El hombre, apoyado en una pared de la sala de duelos, espera que se estropee el aire acondicionado. Se sonríe y recuerda que ha de fumar.

Se dirige a la salida y procura pasar lejos del corrillo donde su mujer habla y habla con los ojos rojos. Piensa el cínico que tal vez algo quería a su tío, todo puede ocurrir.

La mujer lo intercepta y lo llama.

—Ahí está mi tía, salúdala, por favor —le dice en voz baja, confidencialmente.

No responde y con malos modos da media vuelta para dirigirse a la reciente viuda.

—La acompaño en el sentimiento.

—Gracias, él te apreciaba mucho.

“Y una mierda”, piensa el hombre cínico. A ese hombre solo lo vio tres veces en veinte años y le parecía un patán de esos que se pasan toda la puta vida trabajando en su casa para sentarse por las noches a ver su mierda de televisión super-grande bebiendo cerveza barata. Un mediocre sin más importancia. Mueren muchos de ellos.

—Si quieres puedes pasar a verlo, lo han dejado muy guapo.

—Con su permiso —respondió entrando en el velatorio.

El ataúd era de madera clara y ocupaba casi todo el estrecho habitáculo. Un candelabro de pie en cada esquina de la habitación perfumaba el ambiente muy frío con unos cirios blancos y ya casi agotados.

La luz fría de un fluorescente empotrado en el techo no aportaba demasiada calidez y dificultaba la visión de las tres personas más que rezaban ante el ataúd.

No les saludó.

Cuando se asomó por encima del ataúd, pudo apreciar que había una tapa de zinc con una mirilla de vidrio sucio que dejaba ver la cara del muerto. Tampoco era algo que le emocionara mucho observar la cara de un muerto; pero ya que estaba allí no se iba a ir con la curiosidad.

Casi da un silbido al ver el rostro del muerto. Era un hombre de cincuenta y nueve años y parecía tener ochenta.

Lo conoció cuando pesaba más de cien kilos. Y algo más pesaba un año atrás cuando se lo encontró en la calle y se saludaron. Aquel rostro era de un tipo que se había quedado en cincuenta kilos. El cuello de la camisa permitía el paso de un puño entre la tela y la nuez. El cáncer lo había consumido como si fuera tabaco seco.

Un reflejo no le dejaba observar con detalle la cara e hizo pantalla con las manos: la boca se había hecho enorme, la nariz espantosamente grande y las orejas parecían pequeñas sábanas. Sus dientes asomaban por entre los labios arrugados y algo le decía que en el momento que sacaran la tapa de zinc, los operarios irían bien preparados con unas buenas mascarillas.

Una mujer joven lo miraba casi con admiración, pensaba que estaba diciéndole alguna intimidad al muerto.

El hombre cínico pasó la mano por encima del vidrio para borrar el vaho que había dejado. La mujer que lo observaba sonrió con ternura ante lo que ella creía que era una caricia de despedida. Se acercó a él.

—Yo era muy amiga de su hija y lo conocía desde pequeña. Si gusta, puede dejar una frase en el libro que hay a la entrada.

—Gracias, lo haré.

El hombre cínico salió del velatorio y abrió el libro de condolencias.

Escribió: Serenidad es un buen lugar, nos veremos allí.

No creía en toda esa mierda de la serenidad, el descanso eterno y los encuentros tras la muerte; pero se le daba bien escribir.

Firmó orgulloso de su regalo al muerto y salió con prisa de la sala de duelos para fumar.

Alguien le dijo que lo sentía, él dijo que también sin saber a quién.

“La peña tiene ganas hasta de dar el pésame por el simple gusto de socializar. Qué mierda”, pensó.

A través de las vidrieras podía ver como su esposa hablaba con unos y con otros.

Le hubiera gustado más asistir a la cremación del cadáver, aquello era muy aburrido.

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Muérete humanidad

Publicado: 26 julio, 2011 en Absurdo
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Me encuentro cercado por mala gente en un planeta pequeño, caliente y apestoso.

Nadie puede sentirse tan contaminado, sucio e infectado como yo.

No puedo alejarme del planeta, mi puerca naturaleza no me deja volar al espacio, no puedo respirar vacío, mi porcina piel no puede tolerar los rayos gamma que vienen de esa asquerosa estrella que llaman sol.

Siempre hay un roce de alguien en la calle que molesta. No tengo escapatoria. Estoy tan prisionero y condenado que mejor sería estar muerto.

No hay suficientes muertes que me satisfagan.

Imagino un mundo cuya tierra está plagada por fin de muertos. Camino sobre cuerpos corruptos y estoy maravillosamente solo.

No camino descalzo, llevo botas de pescar que he encontrado en una tienda a cuyo dependiente muerto se le escapa su hígado negro por la boca.

Mis botas me mantienen a salvo de la corrupción, necesito cosas artificiales porque mi repugnante naturaleza no es suficientemente fuerte.

No hay suficientes muertos cuando abro los ojos…

No siempre estoy a salvo de los infecciosos humores de los muertos, cuando piso sus vientres siempre les rezuma por la nariz un líquido venenoso que es sangre, mocos y vísceras. Me da mucho asco que salpiquen mi pantalón los muertos.

He deseado tanto sus muertes… La humanidad aniquilada es mi gran ilusión.

Y en este bendito mundo no lloro de felicidad porque no soy demasiado sensible; pero me encuentro en paz a pesar de esta peste que desprende la carne muerta.

En fin, no hay nada perfecto…

¡Me cago en la virgen! Todos los muertos huelen de forma repugnante por muy buenos que se hubieran creído en vida.

Incluso odio que estén muertos porque no puedo reprocharles lo apestosos que son.

Incluso muertos son molestos.

Los niños pequeños deberían oler mejor.

Sólo los viejos tienen un aroma a podrido algo más suave. Es normal, están más secos.

Sus tórax no crujen, no se rompen al pisarlos (los piso porque ellos me pisaron a mí, soy rencoroso), tiene que pasar más tiempo, se han de pudrir mucho más. Quiero tener tiempo para verlo.

La serosidad ambarina de sus bocas es una constante en sus rostros.

No hay cuervos ni buitres comiendo de ellos, en mi mundo perfecto nadie quiere comer tanta mierda.

Estoy seguro de que este repugnante hedor con el tiempo desaparecerá. Es muy reciente.

Estoy lo más cerca de la felicidad que puedo estar.

No quiero abrir los ojos, no quiero volver al planeta que me mantiene prisionero. Quiero aspirar el olor a carne podrida antes que sentir el roce de los vivos.

No quiero estar con ellos, entre ellos. No quiero respirar parte de lo que sus mediocres pulmones expulsan.

¿Tan difícil es que ocurra una catástrofe?

No quiero morir, me conformo con la aniquilación de la humanidad. Son odios que me mantienen vivo e ilusionado.

Si pudiera crear de la nada como Dios, regaría la tierra con muerte, con mi orina ácida y que sus vapores mataran y corroyeran hasta el último hálito de vida.

Pero si no hay más remedio, si no puedo mantener esta ilusión y tengo que volver a despertar en este planeta inmundo con la humanidad como plaga, mejor me arranco los pulmones con un gancho.

No quiero volver aquí, no hay libertad, no hay espacio ni para el pensamiento.

Muérete humanidad, ten piedad.

Moriros todos antes de que deje de imaginar y así se haga realidad mi sueño.

No tenéis mucho valor y yo necesito espacio.

Por una vez en tu puta historia, humanidad de mierda, haz realidad mis sueños y déjame cerca unas botas de pescar para no ensuciarme.

Iconoclasta

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Ejemplo de dolor

Publicado: 22 abril, 2011 en Reflexiones
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Tengo prisa por morir. Soy curioso.

Quiero ser la nada, no sufrirla. Porque nada es mi vida vacía.

Morir a velocidad lumínica en un estallido nuclear. Algo doloroso y tan horrendo que eternice el milisegundo violento y atroz y mi grito en los oídos de la humanidad.

Dijéramos que estoy cansado de esperar. Dijéramos que soy viejo, infinitamente más viejo que mi cuerpo de vellos canos y polla floja.

Deseo que se calcine toda mi piel, mi carne, mis huesos y se evapore mi sangre en menos de un parpadeo y una agonía sin fin.

Me da miedo morir en la cama, cuando se corta mi respiración. No quiero ser un cadáver que se ha meado y cagado en un colchón.

Yo no quiero morir sin un grito atroz, sin que un dolor desfigure mi cara y parta mi espina dorsal.

No quiero ser la pierna podrida que a un forense le inspire curiosidad.

No quiero que un coche me aplaste como un perro o una rata. Tengo derecho a una muerte digna.

Quiero que un trozo de mi piel desintegrada sea una molécula viajando por el espacio.

Arder, sufrir. Mi muerte ha de ser ejemplo de angustia y dolor para la humanidad, quiero ser un Cristo sin cruz, y no redimir. Me conformo con aterrar.

Ser ejemplo de dolor infinito.

Que mi piel se separe de la carne y mis ojos revienten.

Ser el ejemplo de lo que vosotros sufriréis.

No importa vuestra ilusión, yo tuve las mías y ahora se han calcinado sin darme cuenta. Se han evaporado. Las vuestras se evaporarán también. No sois especiales.

Hay un momento en el que miras el aire y está lleno de cenizas. Esas cenizas son ilusiones quemadas que duelen al respirarlas. Es un dolor melancólico, no produce hemorragias ni infecciones. Sólo un hastío profundo.

El dolor es una sensación pura, no deja pensar. No permite la pena. No permite verse como un ser totalmente anodino. El dolor mortal te hace protagonista de tu propia vida. Es un cortocircuito en el cerebro, la ignición de la emoción más pura.

El dolor no permite la vergüenza. Ojalá nadie supiera de mi vida estúpida. Ojalá se borrara mi existencia de la mente de los que me han conocido.

Necesito dolor, puro dolor. La síntesis absoluta de lo que ningún ser humano pueda soportar sin volverse loco.

Quiero morir siendo mensajero de terror.

Sufriría durante horas para que mis gritos no los olvidara ni un puto dios.

No he visto la luna, no he visto las grandes profundidades. Ni siquiera un animal salvaje. Mi suerte se ha acabado, sé que no hay más por ver porque me falta vida. Porque algo me dice, que no busque.

Que hay cosas que han sido vedadas para mí.

Si has llegado a las tres cuartas partes de tu vida y no has conseguido nada, sólo te queda la degeneración absoluta.

Tengo prisa por morir. No tiene ninguna gracia la vida.

Cincuenta años de fracaso son muchos años, por mucha moral que tengas.

Se acaban las esperanzas y las ilusiones. Todo son palabras vanas de una imaginación desengañada.

Soy una estrella muerta prematuramente que ni un rayo de luz lanzó.

Una bomba mojada.

Un pene lacio e inservible.

Es lógico que pretenda morir con cierta espectacularidad. Vendo todo mi cuerpo por treinta toneladas de dolor infrahumano.

Que alguien pague por el espectáculo pirotécnico de mi muerte. Prometo sufrir hasta que vuestras miradas se dirijan al suelo. Hasta que tengáis que cubriros los oídos.

Es un buena oferta. Ojalá hubiera visto a alguien sufrir como sufriré yo y así poder sentir al menos el horror a una muerte dolorosa.

Deseo que vosotros escuchéis mis alaridos, que por un momento temáis que así será vuestro fin.

Si en vida no he sido piadoso, en mi muerte quiero ser lo más execrable.

No soy un buen tipo. Y para lo que me queda en el convento, me cago dentro.

Ya es tarde para aprender. Es tarde para la generosidad.

Las ilusiones no han muerto conmigo, han muerto antes que yo.

¡Bum!

Iconoclasta

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Padre muerto, hijo no nato

Publicado: 1 marzo, 2011 en Reflexiones
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Padre muerto, hijo que no existes:

El mundo es estático, no varía. Es plano como el electroencefalograma de un subnormal. Como el de una persona en coma.

Posiblemente como el mío.

Todos sufren, todos se cansan, ríen, lloran y descansan.

Yo no lo siento, todo resbala en mí. Soy impermeable a mierda y alegría.

Padre muerto, hijo no nato: el mundo es una película que he visto demasiadas veces. No hay sorpresas.

Lo poco que observo ya a través de mis ojos idiotas es un decorado que mi escasa imaginación puede crear con mucho esfuerzo. Un filtro que apenas me da ya consuelo. Es la única forma de sobrevivir.

Con mis últimas reservas de imaginación he podido durar un poco más.

Hijo: si hubieras nacido, si estuvieras te necesitaría. Necesitaría salir a pasear contigo, fumar acompañado aunque digan que es malo. Sólo una vez. Nadie salvo yo, sufre cáncer por fumar un cigarro.

Padre: quisiera ser pequeño y que no estuvieras muerto y que me dijeras que hay cosas nuevas por descubrir.

Construyo castillitos en el aire que se desmoronan con un soplido. Y cuando se tambalean pongo las manos. No tengo suficientes manos para sujetar las almenas y caen rompiéndose con un gemido que me duele aquí, muy adentro; en un punto de mi viejo cuerpo que no puedo definir, que no puedo identificar.

Caen con un ruido sordo, porque sordo me estoy quedando.

Ojalá no oyera nada, ni siquiera mis gemidos.

Hijo que no naciste: papá es viejo, ojalá estuvieras aquí para cuidarlo. No quiero cuidados. Me conformo con un poco de compañía mientras lo que queda de vida duele.

Padre: voy contigo, espérame. No me dejes solo cuando llegue. Soy tímido.

Entre las ruinas de mis castillos en el aire asoman pies de soldaditos muertos. No soy cruel con mi imaginación, pero a veces ocurren cosas.

Y es lo hermoso de imaginar, que ocurren…

Sorpresas de soldaditos muertos que no imaginé y ahí están.

Padre: no me acuerdo de tu cara. Tengo miedo.

Hijo: es tarde ya, me arrepiento de que no nacieras.

Mi imaginación está en crisis, se ha agotado. Es el fin, el Segador está cerca y mi yugular se defiende endureciéndose ante la proximidad del acero frío. Sólo es un acto reflejo, no me defenderé, estoy cansado.

Si mi padre no estuviera muerto me acercaría a él sin vergüenza para que supiera de mi tristeza. Sé que él no preguntaría y me posaría la mano en la espalda. Que callaría a mi lado y yo me confortaría viéndolo fumar.

Hijo: a veces sueño con abrazarte y engañarte, decirte que lo hago porque te quiero. Pero en realidad, sólo lo haría por un poco de calor, sería egoísta. Aún sin nacer, te quiero tanto que deseo tu calor. Sé que no es bueno que un padre llore en el hombro de un hijo. No es natural.

No consigo imaginar calidez, mi imaginación ya es fría como el cadáver del que hubiera podido ser tu abuelo.

¿Hubieras venido conmigo a pasear?

A veces sueño con muertos y con los que no existen. Y la soledad es devastadora y me siento héroe luchando contra la inexistencia. Hasta de la tristeza más absoluta arranco algo de sueños imposibles.

Estoy abandonado, hijo que no existes. No tengo ni alma, padre muerto.

No soy nada, ni el producto de mi imaginación.

Mi melancolía es potente, es pura e inmaculada como la virgen misma.

Suena música hermosa por la radio. Sería un buen momento para no estar sin vosotros, sería un buen momento para llorar disimuladamente en vuestra compañía. Padre, hijo, nieto… Deberíais existir.

Si me quedara suficiente imaginación…

Estoy vacío.

Algo hice mal, muy mal.

Y ya no tiene arreglo.

Mi imaginación está muerta como papá. No hay ni cadáver de ella. Como no lo hay del hijo que nunca nació.

No es bueno vivir así, no vale la pena.

Padre: no hay remedio, no pasa nada, estás muerto. Has salido bien parado en mi castillito en el aire.

Hijo: perdona que hayas muerto sin haber nacido si quiera. Te he matado sin ser necesario.

No me perdones, no sería justo para ti, mi pequeño…

Vuestros pies asoman entre las ruinas de un castillo roto.

Estáis tan muertos… Y yo también, es mi última imaginación.

Mis castillos en el aire son pura degeneración, mato lo que no nació y lo que está muerto.

¿Alguien da más? Posiblemente esta sea mi única sonrisa en lo que queda de sueños.

Es tarde, vamos a dormir.

Que el Segador nos encuentre dormidos aunque no existamos.

Os echo de menos padre e hijo muertos.

Iconoclasta

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Lo que debe hacerse

Publicado: 1 marzo, 2011 en Amor cabrón
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Yo no quiero morir; pero hay cosas que deben hacerse.

Porque morir no ocurre, morir es algo que hacemos.

No me da miedo, no tengo miedo al dolor; pero ¿sabes? No quiero volver a sentir que no estás. Quisiera morir y que el espíritu se pudra con el cuerpo. Tengo miedo de que el pensamiento sea otra cosa, otro ente. Y que sobreviva al cuerpo estropeado.

No quiero ir solo a cruzar el Aqueronte. No sin ti.

Tengo miedo; si la vida sin ti ha sido insufrible, la eternidad me matará día a día.

Muerte sobre muerte… Da miedo, da terror.

Pudrirse no importa, lo que importa y hace mucho daño es no tenerte a las mañanas, que anochezca sin ti.

Tengo un miedo que me muero.

Mi vida, destruye mi alma cuando haga lo que debo hacer. No quiero un óbolo en mis párpados. No quiero que Caronte me guíe por el Hades. No quiero que haya ojos que cubrir ni espíritu que guiar.

No quiero paraíso ni infierno.

No quiero estar solo, no quiero saber que sufres.

Tengo que morir, es mi deber, no hay problema con ello.

Soy valiente.

Pero asegúrate que muera completamente, dame el tiro preciso en la nuca para que ni una sola idea pueda sobrevivir a mi cuerpo.

Asegúrate, mi amor, que cuando me entierren mi alma no pueda salir, que no haya resquicios por donde evaporarse. O mejor que me incineren hasta la emoción más pequeña.

Y perdona que me vaya antes que tú; pero no puede ser de otra forma. Ni soportaría que fuera de otra forma. Los que nacemos antes nos vamos antes; es estúpido afirmar lo obvio; pero amarte confunde y me he de repetir lo más básico. Soy un deficiente mental cantando repetidamente en voz alta que ha de comprar una barra de pan.

Morir es algo que tenemos que hacer, no podemos dejar que ocurra. Tenemos que vivir intensamente con ímpetu. Y al final marchamos solos.

No quiero, otra vez solo no; por favor.

No sé si nos encontraremos; pero no quiero que duela el alma, tengo bastante con el dolor del cuerpo.

No quiero sobrevivirte, ni tampoco quiero sentir el horror del tiempo sin ti.

Tiene que existir el tiro justo y cabal que acabe con mi pensamiento cuando mi puto cuerpo deje de funcionar.

No dejes que vague solo sin ti.

No quiero otra eternidad esperándote, ya soy demasiado viejo, mi amor.

Y si algún dios, por alguna razón estúpida, existiera; blasfema en mi nombre, cágate en él y que mate lo que queda de mí.

Haré lo que debo hacer sin miedo al corazón reventado, a los pulmones sin aire.

Pero tú, mi amor, haz lo que sea por no dejar que mi alma sufra otra vez.

Hasta nunca, mi vida.

Iconoclasta

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