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Palabras electrónicas. Mayo 2017. Tel Samsung

De joven, en la adolescencia, me convertí en el amanuense de mi abuela analfabeta según su dictado.
Me llegó a gustar escribir a mano. Y con ello aprendí a no escribir cartas de la misma forma, con las mismas fórmulas de redacción y expresiones.
Como todo lo que he leído, me ha servido para no escribir igual. La redacción tiene que ser dura y directa como una patada. Ha de empezar a cuajar para bien o para mal en la mente del lector desde la primera frase.
No tiene que importar la opinión de nadie sobre lo que escribes, has de ser absolutamente tú.
Ni siquiera la mía, debo creerme mis propias mentiras y fantasías. No tengo escrúpulos de hipocresía o ética cuando escribo. Mi mente es libre y salvaje.
Y me gusta causar más rechazo que admiración, es mi pequeña venganza a este mundo mal hecho en el que nací.
Mi educación se basó siempre en no incurrir en las vulgaridades que oigo, veo, leo y toco. Mi principal trabajo en la vida es alejarme de todo lo que está hecho, escrito o dicho. Aunque me joda.
Y así, si quiero ser sincero conmigo mismo, si quiero ser; antes de teclear en el ordenador o en el móvil debo escribir en papel mis ideas, mis mentiras, mis sueños, mis odios, mis deseos y amores. Confesar ante el blanco lo que de verdad soy, no lo que quisiera.
Y luego llega la tarea de tergiversar mis verdades y teclear lo que ya existe, lo que se toca. Con toda su dimensionalidad y trascendencia. Cuando está escrito en la realidad, en el papel; es ley y es palpable.
Mi ley única y absoluta. Y por ella existo de forma visible y a veces, me diluyo. Es difícil ser sólido en este lugar de mierda.
Un mundo sin papel es el peor escenario que puedo imaginar.
Porque no quedaría espacio para la emotividad ni la sinceridad, el pensamiento se pudriría sin posibilidad de convertirse en algo táctil.
Cuando escribo a pulso, con la mano y en papel, creo una imagen de mi pensamiento. Trasciende más allá de mi cráneo.
Son tiempos de mensajes electrónicos que carecen de validez emocional. La misma letra, la misma esterilidad.
La misma mediocridad, todos los mensajes son iguales salvo los destinatarios.
Solo se escribe por alardear de tecnología y gracias al corrector ortográfico, a veces son legibles esos mensajes.
Los ordenadores y teléfonos crean banalidad y ordinariez a nivel de comunicación.
Alguien dirá que hay quien escribe cosas interesantes: me parece correcto; pero son tan pocos que siento un vacío en el estómago.
Si alguien no vale el tiempo que requiere escribir una carta en papel, no merece la pena molestarle con un mensaje electrónico de mierda. Puedo pasar mi vida tranquilamente sin hipocresías. Sin recibir un solo mensaje electrónico en lo que me resta de vida.
El afecto solo se demuestra dedicando tiempo a quien queremos, y gusto. Independientemente del super-ordenador o super-teléfono de mierda que se tenga.
La tecnología masificada solo sirve para ponerse en contacto con gente en la que jamás pensabas, ni importa.
El miedo a no tener un mensaje en el ordenador o el teléfono es casi patológico para la humana mediocridad, como lo era en tiempos pasados creer en brujas y ovnis.
Seguramente hay excepciones, como he dicho; pero no pesan.
Que cada cual se consuele de la banalidad de sus palabras como pueda con esa excepcionalidad.
He escrito mensajes a Dios en el que si lo encontrara, le daría un navajazo en su divino cuello de mierda.
Que las palabras dan miedo es otra historia.
Otra de tantas.
Mierda, hostia, coño, polla… Muerte, asesinato, desgarramiento…
La Virgen puta…
Toma ya miedo.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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De vez en cuando por desgracia me topo con grandes musicólogos. Y como la experiencia a veces tiene utilidad, me cuido mucho de esos seres con exquisito gusto musical; auténticos doctores que te dicen: “Yo sí que te voy a pasar música buena”.
Cosa que dicen convencidos de que yo voy a escuchar su música y además, mostrar agradecimiento.
Tan listos y tan inocentes. Membrillos…
Así que cuando me preguntan si me gusta la música, opto por una respuesta táctica: “No necesariamente”.
Sobreviene un momento en el que el aire se torna denso y dan ganas de tomar un cuchillo y untar el pan con él. El musicólogo va a la deriva durante un rato y luego, ante la absurda ambigüedad de mi respuesta, lo más posible es que hable de climatología o fútbol.
Y en ese instante, muy astuto yo, recuerdo que tengo mucha prisa, pongo cara de: “me estoy cagando” y corto el rollo.
Lo cierto es que me gusta la música, la escucho todo el tiempo que estoy en mi cuartel general; pero jamás con auriculares: me incomoda llevar cosas metidas en cualquiera de mis agujeros.
Así que opto por ocultar mi gusto por la música y parecer aburrido y falto de interés para no soportar un rato largo de consejos musicales, que me voy a pasar por el culo con la misma naturalidad con la que escupo cuando voy en bici.
Disfruto la música que colecciono, y tanto es así, que es solo en mi casa donde la escucho, a salvo de interferencias del mundo y por supuesto, con un buen equipo musical (esto quiere decir: caro. Es que lo barato me da alergia).
Y por supuesto, los únicos discos que suenan bien, son los originales, los caros.
Los caseros o copiados, por muy clones que sean del original, suenan de pena por mucha ilusión que les pongan en hacerlos y en adquirirlos a precio de decir: “Por un euro y suena igual”.
Y una mierda.
Si fuera pobre, y no tuviera más remedio, yo también diría que suenan igual. Incluso copiaría en internet la portada del disco y la imprimiría para sentirme menos miserable (si tuviera dinero para pagar una impresora dado el ejemplo).
Puedo ser tremendamente cínico conmigo mismo si me lo propongo.
Mi orgullo y mi elitismo no me permite tener en mi colección un horrible CD con la carátula en blanco (con el título escrito con rotulador o plumón permanente) y tan asquerosamente barato.
Pero insisto, no soy intolerante y comprendo que hay pobreza en el mundo.
Pareciera que me estoy riendo, pero no.
Bueno… ¡Ja!
Buen sexo.

 

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Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Genialidad y perfección

Hay destellos de genialidad que supuran tinta por cada uno los poros de mi piel. Se me da bien, escribir y amarme a mí mismo como a mí mismo.
Ser vanidoso, vulgar, simple y además tener gracia, requiere años de esfuerzo y tener muy buen riego sanguíneo para que, a pesar de la influencia humana, la erección sea posible.
Eso de amarse los unos a los otros es un producto de la descomposición del cerebro, imagino que primero se pudren los sesos y luego los pies; por eso se dicen tonterías al morir y luego los pies se agitan espasmódicamente en último lugar, como si dijeran: No le hagáis caso, está loco.
Aunque cuando me masturbo, no pienso en mí mismo, hay mujeres realmente deseables que provocan la contracción de mis testículos que se ponen duros como canicas.
No soy tan egoísta con el sexo como lo soy en mi faceta de escritor, tal vez sea porque el pene es mi parte más humana. Decir sensible sería caer en lo obvio.
(Aunque desearla es obvio, y no puedo evitar decirlo.)
Las mujeres suelen arañarme bien en la cabeza si está entre sus piernas, bien en mi poderoso pecho cuando me cabalgan. Soy perezoso.
(Me metería entero dentro de ella, aunque muriera asfixiado.)
Y nadie te araña si no te desea, nadie te clava las uñas si no está muy, muy, muy, muy excitada. La pornografía también tiene sus profundos mensajes.
Es una entelequia eso de estar en pleno coito y soltar algún poema. Bastante trabajo da respirar como para ponerse a declamar alguna poesía que ni caso me va a hacer la mujer cuyos pechos se agitan como flanes con ese “dale que te pego”. Cuando estoy en plena sesión de sexo sudoroso, jamás digo un “te amo”, y menos si estoy haciendo un cunillingus; para llegar al orgasmo no puedes detenerte para oler flores urticantes por el camino. Eso que lo haga Caperucita Roja.
(Le digo cosas de amor cuando duerme, para que no interrumpa este torrente de ansia que me provoca, para que no sepa que soy esclavo y débil ante ella.)
Hay cosas que no es necesario que me las diga nadie, la certeza de mi perfección me basta. Se requiere mucho desprecio cultivado durante años para llegar a mi nivel de absoluta indolencia ante el dolor de los seres humanos.
De tal grado es mi indolencia, que cuando la peña ve un partido de fútbol, le doy patadas a la antena para joderles la transmisión. El diablo me observa con recelo, porque no entiende como un humano puede ser tan malvado.
(Es una pena que algo tan perfecto, equilibrado y consecuente con sus ideales y acciones sea una mentira más. El diablo debería existir y ser presidente del planeta.)
Padre y madre murieron sabiendo que hicieron una obra maestra conmigo.
Podría vivir solo en cualquier rincón del mundo y no sentir jamás la necesidad de tener a nadie cerca, más que un par de indígenas con los tendones de Aquiles cortados y sus montes de Venus rasurados (me repele ver vello por doquier) para realizar las tareas domésticas y las otras.
Mi poderosa imaginación no me da descanso, puede ser atronadora.
Soy único y trascendente, no existe ley, ni justicia que pueda juzgarme o guiarme.
Lo que pienso lo escribo y mi mano no se queja jamás, es inmune a principio o moralidad alguna.
Una vez me dijeron que lo mío jamás sería escribir. Y pensé que inventaría otras formas, otras ofensas, otros miedos, otros ascos, otras miserias. Y sin estar borracho.
Soy un extraño para los humanos.
Es mi condena, soy un error de la madre mediocridad y mi vida pasa lenta en esta prisión. Me diferencio de los presos en que no llevo la cuenta del tiempo que llevo encerrado, principalmente porque no tengo deseo alguno de salir.
Y si uno de esos presos calientes y ambiguos con complejo de “amaros los unos a los otros” (lo correcto sería las unas a los otros) se me acerca con ganas de sodomizarme, le arranco los pulmones con una cuchara a la que le he sacado filo con una piedra de tungsteno y vanadio que pedí por catálogo desde la biblioteca de la prisión.
Aún así, a pesar del hartazgo y hastío de encontrarme en un mundo tan escaso de inteligencia e interés, no reniego de mi perfección. Parecerá tonto decirlo, pero es que hay humanos que van de humildes y pueden alegar que les gustaría ser “iguales”, y bañarse desnudos en una playa llena de medusas en comunión con el resto de seres vivos que evidentemente son inferiores a ellos. Toda esa mierda que se dice para no cargar con la pesada losa de sentirse solos y aislados y poder ser aceptados por las comunidades gays y lesbianas, y así participar en una marcha de las putas con un calzón de piel de leopardo con una graciosa cola cosida en el culo.
Me lleva la chingada (en mexicano en el original).
Cuido y acreciento mi soledad, y si fuera necesario, puedo hacer un agujero en la tierra.
Hay arenales realmente apetecibles.
No necesito más que una mesa, una silla y mi colección de papeles y libretas para viajar a otra galaxia y crear lo que quiero y necesito.
Que se metan el ordenador y el teléfono por el culo, yo no escribo pensamientos virtuales, todo ha de quedar en el papel para que sea tangible y cuantificable. Quiero que mi pensamiento tenga las tres dimensiones, como las tablas de los diez mandamientos que Moisés estuvo cincelando durante cincuenta años para nada, para que al final aquellos idiotas acabaran haciéndole un agujero al vellocino en los cuartos traseros.
Además, el papel es combustible y si hace fresquito siempre puedo encender una hoguera.
Esas pantallas que simulan un leño ardiendo, son aborrecibles y adocenadas para mi alma sensible con ansias de libertad.
No puedes darle a un león un canapé de salmón ahumado con una montañita de caviar encima y que te dé las gracias educado él.
A la mierda, ya he divagado bastante.
Buen sexo.

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Iconoclasta

Hablar por hablar, buscar tiempos que rellenar, inventar pretextos. Pronunciar o escribir palabras que distraigan la vergüenza de reconocer soledad. Jugar al ingenio sin tenerlo…
Qué harto estoy de tanta banalidad.
No me interesa la crítica musical; estoy excitado, la tengo dura…
No importan los derechos de nadie o el precio del petróleo, quiero saber la marca que deja la ropa interior en la piel de su vientre y sus hombros. Quiero el descaro de su sensualidad expresado como una bofetada a las convenciones sociales. Con esa soberbia maravillosa y desinhibida.
No lo entienden…
Hay tanto tiempo perdido en palabras vanas… Tenemos una responsabilidad con nosotros mismos: expresarnos ante lo que amamos y deseamos sin asomo alguno de pudor, para bien o para mal.
Equivocarse está bien, te libera de la ortodoxia del aburrimiento.
Odiar si es necesario, sin prejuicios. Solo importa expresar pasión. Precisamente por respeto a quien hablas, por muy ofensivas que puedan ser las palabras.
Decir lo que se siente y luego, atenerse a las consecuencias.
Porque lo demás es perder un tiempo precioso.
Y el humor.
Medir lo que se expresa es lo mismo que adulterar la comida: solo queda un triste proyecto de sinceridad que aboca al hastío, como el discurso de un político o un sacerdote en el púlpito con su sermón de mierda.
Pellejos vacíos al viento que no trascienden más que dos segundos en el tiempo.
Moralidades tipo estándar que a nadie incomodan, que no molestan nunca; pero que llenan convenientemente tiempos vacíos y egoísmos.
Un “tengo cosas que hacer” es la respuesta a esa normalización correcta de la expresión.
Y los hay que se creen que es verdad.
Doblarse en un vértigo cuando habla de necesidades del alma y la carne. Morderse el labio de deseo… Ser testigo de la angustia de la soledad y bajar los ojos conmovido…
Necesito eso, no quiero ser educado, no quiero ser correcto. Aunque me joda.
Hay un tiempo para las charlas usuales y otro para las importantes. Hay un deseo de expresarse sin tapujos cuando el peso de la cotidianidad nos asfixia.
Debería haberlo.
No me gusta el ritmo monótono, y lo rompo con una obscenidad, con un deseo, con una tristeza, confesando una melancolía. Si ello lleva a un silencio incómodo, está bien, no hay tiempo que perder. Morir es tan habitual… No somos conscientes de lo tarde que suele ser siempre.
Y hablan, y hablan, y hablan…
Cuando estemos tranquilos, cuando estemos saciados, hablaremos ya relajados de cosas superficiales que no lo son, que importan. Importa compartir la vida toda, sin trampas, sin sofismas, sin superficialidad. Porque es necesario saber la música que le gusta y así, replicar que imaginas las notas deslizándose por sus pechos y sus muslos.
Los detalles son importantes porque rodean el amor. Son el decorado y el color, son el descanso de la metafísica de los amantes.
Expresada la pasión, demos paso a las risas y a películas que no nos gustaron. A libros que no se deberían haber publicado jamás, porque están escritos con la técnica del aburrimiento, la vanidad injustificada y la corrección académica.
De la misma forma que hablan escriben.
Por sus palabras bostezaréis.
Hay tantos libros que quemar, como charlas que intentan disimular la vergüenza de la falsedad y la cobardía de la soledad.
Así que dejemos la angustia de la soledad reflejada en las palabras, porque es trascendente. Porque es la única forma de expresar lo inexplicable del amor y sus consecuencias: los tiempos y los lugares.
Aunque duela un poco…
Aunque duela mucho y te deje desnudo.
No hay tiempo que perder, no es necesario padecer hastío y aburrimiento sino lo deseamos, hay otros tiempos para lo inevitablemente social.
Hay cosas importantes de verdad como saber el tamaño y el tono de sus pezones. No es algo banal, porque va respaldado por una mirada acuosa, húmeda de deseo y por un temblor de labios al pronunciar y de dedos al escribir.
Los detalles son importantes, insisto.
Intuirlos es imprescindible para expresar lo que se siente e impactar en su pensamiento.
Impactar es lo que importa cuando la opresión de la cotidianidad asfixia.


Iconoclasta

Hay un libro que no se debería haber publicado jamás para no insultar la inteligencia de algunos. Corren malos tiempos y cualquier basura se publica y se vende si el personaje que lo escribe es lo suficientemente grotesco para la mente adocenada de la chusma o bien, va dirigida a los adolescentes sin inquietudes o con un cerebro perezoso (por llamarlo de algún modo suave).

En este caso, me he ventilado enterito el libro ¡Me vale madres! de un tal Prem Dayal.

Por medio de una literatura para niños de cuatro años y un estilo mojigato y con una redacción del carajo, se detallan cuatro mantras para que los mexicanos y todo aquel que no tenga demasiado cerebro, pueda ser feliz, o al menos sentirse a gusto con la mierda que le rodea y la mísera vida que tiene.

Así que como hay muchos que desean ser engañados y creerse a cualquier gurú analfabeto con ansias mesiánicas, el libro (lo llamo así porque tiene hojas encuadernadas) ha sido imprimido 16 veces desde Octubre 2011 hasta Octubre 2013.

Kilos y kilos de basura que no sirven ni para distraerse.

Kilos y kilos de papel para limpiarse el culo en los cagaderos de los antros o salas de baile de 3ª categoría.

Esto dice muy poco de la inteligencia de los humanos en el siglo XXI y mucho de la mierda que se obsesionan en vender los grandes editores de mierda, que son los auténticos impulsores de las basuras pseudo-intelectuales que se propagan como una mala enfermedad.

No es por censura, es simplemente por dignidad, que hay libros que deberían arder, porque al igual que el Mein Kampf de Hitler era una hediondez de un subnormal paranoico, estos libros como los de Prem Dayal, se constituyen en una fábrica de retrasados mentales y le roban el sitio a autores inteligentes que tienen algo importante que aportar.

Entre esta basura de auto-ayuda y los vampiros, licántropos y héroes de ciencia ficción de moral falsa y completamente amables, empieza a ser difícil encontrar algo que valga la pena leer.

Los cuatro mantras mexicanos que prometen cunillingus o felación gratis si consigues dominarlos son (a pesar de sentirme sucio, voy a seguir escribiendo):

Me vale madres (un equivalente de Me suda la polla o Me perfuma el coño. Cosa de tíos inteligentes cuando se refieren a leer mierda).

A la chingada (un equivalente de A la mierda. Cosa de inútiles que no pueden trabajar o esforzarse por algún tipo de extraña alergia).

No es mi pedo (un equivalente de Me importa menos que el rabo de la vaca ó Las veces que tu madre le ha puesto los cuernos a tu padre. Cosa de cobardes e ignorantes).

No hay pedo (equivalente de No hay problema o No tengo cerebro para entender. Cosa de subnormales).

Esto son las expresiones más humildes y coloquiales del populacho mexicano, redactadas así con un enfermizo afán oportunista que ha dado muy buenos resultados.

Me cago en la puta madre que parió a la virgen por esta mierda que tengo que leer (mantra iconoclasta de verga -en mexicano, en el original- empalmada por la ira).

Ahora, y como prueba asquerosamente irrefutable de la mierda que se escribe, ahí van algunos fragmentos del libro:

Y si lo piensas bien, si la gente se presentara: “Hola, no sé quién soy, mucho gusto”, “yo tampoco, encantado”,  todos se volverían inmediatamente más humanos, se pondrían a reír y se abrazarían sintiéndose hermanos, parte de este mismo irresoluble misterio. Se volverían como Sócrates.

Este es uno ejemplos de los cientos y cientos de párrafos llenos de filosofía barata, tontorrona, chocha y superflua como ceniza en la mesa.

Que todos se volverían como Sócrates, ni en sueños, aunque de hecho, la mentalidad de muchos es tan vieja como la de este filósofo, que tuvo su mérito en su tiempo, pero tampoco es para tanto.

Que todos se sienten hermanos cuando están borrachos. es verdad. Es entonces cuando no saben quien son o han perdido la habilidad para pronunciar su nombre.

Este párrafo es una mierda, no puede sostener un razonamiento inteligente y decente.

Otra mierda:

Rezando todos ¡No es mi pedo! ¡No es mi pedo! ¡No es mi pedo! la humanidad se despertará un bonito día en el Jardín del Edén dándose cuenta que nunca había salido de allí.

Vaya mierda. Y Blancanieves caminará todo el puto día con pajaritos azules y rosas danzando por su cabeza y los pezones no se le marcarán en el vestido, perfecto.

Por otro lado, eso es lo que dirá el puerco que se ha tirado una flatulenta ventosidad en un ascensor atestado de gente.

Sigo pensando que cualquiera que tenga unos buenos contactos puede convertir su mierdalibro en un bestsellerpiojoso.

La confusión es siempre un hecho positivo. Porque de la confusión algo nuevo está destinado a nacer. Del orden nunca sale nada nuevo. Por esto la mayor parte de los adolescentes son patológicamente desordenados: necesitan el desorden para encontrar un orden nuevo y personal que refleje su individualidad, no se contentan con el orden de los padres.

De la confusión solo nacen burros, los adolescentes no son patológicamente desordenados por esas razones tan preciosas e idealistas, son desordenados porque no les sale de los huevos trabajar en ordenar sus cosas, hasta que a sus padres se les hinchan las narices de trabajar para ellos y les obligan a recoger la mierda que esos genios tienen en sus cuartos. Porque todos esos “genios” que buscan su nuevo orden estúpido, son los mismos que éramos nosotros, y ya sabemos lo que es la adolescencia ¿verdad? Es una sucesión de masturbaciones compulsivas y un montón de pañuelos de papel sucios bajo la cama. Tampoco hay que hacer dios y genio a cualquiera, luego la humanidad se cree que hay inteligencia y que ellos son ejemplo a seguir.

Y una mierda.

Así que menos oportunismo estúpido, infantiloide e ignorante. De la confusión y el desorden solo nacen seres descerebrados e ideas estúpidas e idiotas. Es la historia de la humanidad, coño.

¡A la Chingada!

Una correcta práctica de este poderoso mantra te permite liberar todo lo que tienes reprimido, y sentirte otra vez fresco y ligero como una florecita de primavera.

Una correcta práctica de esta estupidez solo te hace escupir entre los dientes, no liberas nada. Simplemente te has asqueado de hacer lo mismo una y otra vez. Si te sientes como una florecita de un jardín, es que eres más idiota aún de los que era posible. Los predadores no comen hierba y el esclavo no le come el rabo al amo. Como ocurre en el caso de los sacerdotes y sus seguidores o crédulos de cualquier superstición llamada religión.

si encuentras algo  que te estorba, que obstaculiza la danza de Dios dentro de ti, no mandes simplemente a la chingada, mándalo ¡A la Chingada!

Esto sí que es pura doctrina y acto de fe. Repítelo con mucha fuerza a ver si la puta chingada va a pagar la hipoteca, el coche que debes y las tarjetas de crédito. No jodas… El cerebro del oportunista de Prem debe ser del tamaño de una semilla de alpiste.

Y para esto un libro de trescientas y pico aburridas y simples páginas…

Y por último, un fragmento de una de sus parábolas apestosas con un rancio aire de mesías gracioso e ingenioso. De mesías puede que lo tenga por los tontos que han comprado su basura, pero de ingenio, ni arrancándole el corazón saldría algo. Por otro lado, la redacción del dichoso cuentito, es tan malo como lo escrito en la biblia y tan repetitivo que uno piensa si ha llegado a pasar por manos de un buen editor y ha sido convenientemente revisado. Claro que no, de lo contrario no existiría semejante estupidez.

Entonces intentó sacarlos de su cabeza, pero cuanto más trataba, más monos llegaban. ¡No era posible! Empezó a sacudir la cabeza, se paró en una fuente para mojarse la cara, se agarró a cachetadas suscitando la lástima de los marchantes… ¡Pero nada! Más intentos hacía, más monos llegaban: en grupos, en fila, en formación de diamante, en cuadrados, en triángulos, a horcajadas, caminando al revés, de cabeza, en cuatro, sobre una mano, en fila de dos, de cuatro, de seis, en fila india…

Gracias a Prem Dayal, ahora sabemos las muchas combinaciones que pueden hacer los monos.

Es increíble la cantidad de tonterías que se escriben cuando falla la imaginación, la lógica y la inteligencia.

No compréis jamás semejante basura de libro. Es un insulto hasta para la inteligencia de los que padecen síndrome de Down.

Buen sexo y tomad muchas drogas (es mejor que leer cosas como estas).

Iconoclasta

Las obras de arte, de literatura, fotografía y cine están ejecutadas, pensadas, difundidas y premiadas por la chusma y para la chusma. Al fin y al cabo, los gobernantes, los empresarios y los grandes e ilustres proceres, no son más que un reflejo con suerte de esta mierda de sociedad miedosa, hipócrita y falsa.

Solo así se entiende que muchas obras completamente idiotas y sin asomo alguno de creatividad se premien y se difundan.

Ser premiado puede ser un serio insulto o una descalificación de nuestra inteligencia por poco que uno recapacite.

Porque los que juzgan, premian o condenan, son gentecilla vulgar con demasiada suerte y poca inteligencia. Más de lo mismo.

Y la cosa se eterniza y seguimos viendo y leyendo idioteces y banalidades a niveles de Nobel y Pulitzer. Y peor resulta ya a niveles estatales o privados.

Iconoclasta

¿Dónde están las cosas que me daban temor? No hay nada terrorífico, no hay nada mágico y el plomo solo se transmuta en cáncer. Los alquimistas eran simples curanderos con un afán demente por salir de su miseria.

Padre y madre no están en ninguna parte, no se encuentran en dimensión alguna. Están vulgarmente muertos y nada de ellos flota en el aire, no hay mensajes de cariño y esperanza desde otros mundos.

Es decepcionante la vida. Esto me pasa por ser intrépido y ya es tarde para no serlo; los cerebros no se formatean: o enloquecen o simplemente se mueren.

Me gustaba sentir miedo, me daba esperanza de vivir con valentía. De demostrarla.

Ahora soy el hombre más valiente y junto con mis miedos he destruido la fantasía. Aunque nunca la ha habido, nunca ha existido la magia. ¡Qué putada!

Cuando estaba engañado, cuando el miedo me obligaba a cubrirme con una sábana por las noches, sentía que valía la pena vivir. Lo jodido, es que no se necesita vivir con valentía, sino con un buen estómago que no tienda a vomitar ante tanta trivialidad.

El amor se rompe con un suspiro, con una simple corazonada de que algo no está bien, así de fácil. Como muren los padres con un ronquido cuando el corazón se rompe como un jarrón contra el suelo. El amor no lo destruye un conjuro, sino el hartazgo y el aburrimiento. La muerte llega solo por un corazón u otro órgano en mal estado.

No somos lo suficientemente importantes para el mal y el terror y lo que nos destruye son cosas tan cotidianas que uno se plantea si no han sobrevalorado la vida.

No hay seres malignos, no hay conjuros, ni encantamientos.

Soy tan intrépido que me suda la polla si el corazón me fallara ahora. Si el amor estallara como una pompa de jabón delante de mis narices sin que nadie la toque, me fumaría un cigarro pensando en el precio de una lima para uñas.

Si eres valiente ya no te queda nada por sentir más que el tedio y la repetición cadenciosa y matemática de todos los días iguales.

Uno más uno es uno, dos más dos es uno, tres mil más tres mil es uno.

Y el dolor… Una punzada en un hueso podrido no es motivo para temer.

Alguien debería crear algo nuevo a nivel cósmico para que volviera sentir el temor de cuando era niño. Y con ello, las esperanzas de una vida interesante.

Quisiera decirle a alguien, que tengo miedo por las noches, sentirme cobarde ante fuerzas que no conozco.

Sueño con mi polla expandiéndose, haciéndose enorme cada día y el resto de mi cuerpo se convierte en un pellejo pegado a ella. ¡Qué horror…! Convertirme en un pene enorme junto con la angustiosa sensación de que mi mente se hace pequeña y desaparece. Mimimimi… Claro que con una polla así, me la pela la mente. Y más si soy motivo de envidia para todos mis congéneres.

Es cinismo simplemente, hasta mis miedos sexuales han desaparecido. Y sé que lo único que podría crecer es la próstata hasta convertirse en un tumor que me colgara más abajo que los testículos.

No moriré víctima de mi propia hombría, no tengo miedo a ello. Tampoco le tengo miedo a la mutación, la espero aburrido.

Si sabes leer y comprender, la ciencia se encarga de quitar el miedo para transformarlo en una lógica aplastante. En algo aburrido. Me conformo con disfrutar y padecer de los actos, de los hechos, de las reacciones. No busco orígenes, no los quiero conocer.

Se debería hacer a sí mismo un dios verdadero que mate y haga sufrir a la humanidad, como lo hacen ahora las gentes mediocres en nombre de los dioses inventados con mentiras e insistencia secular que tantas páginas “sagradas” han llenado.

Que las deidades sean de verdad, reales y tangibles; que su mierda nos llueva sobre las cabezas.

Las tormentas y sus truenos que hacen temblar las paredes dejaron de inquietarme al conocer la física y los monstruos me hacen sonreír o me dan pena desde las primeras nociones de genética que me obligaron a estudiar.

Ni siquiera todo este hastío me da miedo, solo dolor de cabeza y más decepción.

Perdí el miedo a todo y con él, una parte importante de ilusión (a efectos prácticos, toda). Las esperanzas se fueron por un tubo largo directas a un pozo negro y pestilente donde se ahogaron entre tanta banalidad.

No tengo miedo; pero sí una fatídica tristeza. Me cuesta caminar, no quiero un nuevo día sin temor. No quiero saber, quiero ignorar y creer en leyendas que hagan peligrar mi vida con un castigo por cagarme en dios.

No hay hombres lobos, recortados contra una luna llena enorme, no hay vampiros contra los que luchar.

Mi sangre día a día se hace más espesa y al corazón le cuesta cada vez más bombear toda esa pesadez.

Ser temerario es la decepción más grande que a un humano le pueda ocurrir.

No existen los villanos, solo hay gente insignificante que estafa, daña y mata de la forma más vulgar. Y es tan mediocre y sé tan bien como actúa, que me siento sabio, ergo frustrado.

No son simpáticos, no son inteligentes. No aportan creatividad, ni interés en sus actos abominables. Cuando uno lleva dando vueltas por el planeta unos cuantos años y si no es idiota, mira a los ojos de algunos e identifica en cuestión de segundos un seso tarado, un cerebro podrido de ambición y envidia.

Y así es cada día, lo mismo. Una y otra vez sabes que no has de tener miedo, porque son solo humanos de segunda clase y solo basta estar atentos para que el miedo desaparezca con toda la magia que tiene. Ya no hay que preocuparse más que de ser cuidadoso, no hace puñetera falta la valentía.

Chorreo un coraje que cae por mi piel como un sudor rancio y viejo.

No existen ni han existido todos esos héroes, ni los zombis.

No hay seres inmortales que acaparen conocimientos y habilidades. ¿Es que no hay nada que valga la pena de temer?

Porque solo hay náusea y vómito. Y un aburrimiento que te roba el calor de la piel.

En la vida cotidiana los malos son de un adocenamiento que apesta. No tienen ninguna gracia o carisma. No se les puede repeler con ajos y las balas de plata no los matan porque pagan los mejores seguros médicos.

A veces lloro por los miedos perdidos; siempre en lugares ocultos o en lo más profundo de mi mente, allá donde las palabras se olvidan para convertirse en emociones primarias. Yo me meto allá donde solo se sufre por la falta de libertad de mi conciencia salvaje sin poder definir las ideas que duelen. Yo mismo soy mi cuarto oscuro.

Un castigo a mi osadía.

Los jueces matan la justicia y los médicos anteponen la vida de la mala gente (políticos, funcionarios, leguleyos y deportistas de élite) a la gente buena o a la que no mata a nadie.

Ojalá se transformaran esos vulgares, asesinos y envidiosos en demonios o posesos, algo fácil de matar y mágico que me diera miedo y no asco. Algo contra lo que poder luchar heroicamente. Estos villanos son longevos y si existiera Mefistófeles, habría un contrato de alma archivado en algún sitio; no venderían su alma, sino la de sus hijos o padres.

Es por ellos, por su falta de interés y decepcionante personalidad, que no recurriría a sofisticadas armas para asesinarlos.

Me bastaría un puñal o un simple y pequeño revólver.

Y mis cojones, mi valentía.

Cuando mueren, sangran como sangran todos, no hay nada de especial en sus hemorragias. Si le revientas el cráneo a un juez o al presidente de cualquier nación, se orina y defeca encima mientras su cerebro intenta funcionar a pesar del trauma. Patalea como muñecos a batería roto.

Como todos.

Si fueran super villanos se desintegrarían, se convertirían en humo o se harían pequeñitos (de un tamaño apropiado para metérselo en el culo a su puta madre) lanzando una carcajada sádica al morir.

Pero solo vomitan sangre apestosa.

Yo no quiero morir a manos de un mediocre. No quiero que me arruine un juez porque ese día le pica el culo y está de malhumor.

No hay robots que despedazan a la gente, ni temibles extraterrestres de sangre ácida.

Ya hace miles de años que no me cubro la cabeza con la sábana para protegerme de monstruos. No tengo miedo, no soy capaz de sentirlo. Cuando el miedo se va, con él lo hace la fantasía.

Ya me ha ocurrido.

Ahora me limito a blasfemar cuando identifico un ordinario peligroso y escupo con sensación de asco para aliviarme del aroma a mierda que me deja en la nariz; pienso que una estaca en el corazón de un presidente no sería suficiente, lo podrían salvar sus maravillosos médicos.

El tiro ha de ser directo a la cabeza y que no sufra, porque cuanto más sufre una mala persona, más tiempo está viviendo y más tiempo está destruyendo miedo con cada uno de sus sufrimientos. Sus muertes han de ser rápidas y eficaces. A ser posible sin que perdamos el humor.

Que sus muertes sean tan anodinas como son ellos y la vida que han creado. Que mueran con los enormes ojos abiertos de una vaca en el matadero cuando le alojan una bala en el cráneo. Tengo miedo de que no haya suficientes balas.

Ejemplo y conclusión (Lecciones de Epi y Blas en Barrio Sésamo, chapter nine):

Meter el rabo en una olla bien caliente de pozole por culpa de que Merlín el mago te haga un encantamiento, es una imagen que amedrenta al más curtido de los humanos; pero ni con senilidad, ni con cincuenta pastillas de éxtasis color azul fosforescente (“fosforito” para los más nacos o charnegos tipo Estopa) diluyéndose en mi estómago, tendría la idea de meterla dentro. Ni por accidente. No me da miedo la posibilidad de que eso ocurra. Merlín era un mago senil y no tenía ese poder.

Los hay que aún tienen la suerte de sentir miedo y temen esta posibilidad por un infantilismo o complejo idiota de Peter Pan. Si creen que su polla puede acabar dentro de una olla por un conjuro, ya pueden ir formando cola en el ministerio de cultura para que les den su plaza de profesor. Porque se la han ganado a pulso sin necesidad de hacer oposiciones. Los ministerios de cultura de todos los países están llenos de gente así.

Lo real es que te encuentres trabajando en un restaurante porque no has encontrado trabajo de ingeniero, que es para lo que te has pasado diez años estudiando (con sus correspondientes repeticiones de cursos).

La olla de pozole o lentejas estofadas está hirviendo y hay que remover el guisado para que no se pegue, lo dice el chef que es el que paga y decide si vives o mueres.

— ¡Jefe! No encuentro la espátula para remover el guisado —te lamentas al chef sudando, impotente ante la falta de recursos para realizar el trabajo.

El chef se gira y observa una espátula del tamaño de un elefante recostada en la cocina, a un lado de tu culo y fumando tranquilamente.

— Pues lo haces con la polla —te responde amablemente.

Y ahí se te viene encima todo el miedo, todo el terror de meter el pene en esa sustancia hirviente y sufrir un dolor indescriptible. Los que aún conservan el miedo y su ilusión, lo consideran como una peligrosa y más que probable disyuntiva que les hace sudar.

Por mi parte, ante mi total ausencia de miedo y mi valentía desaforada, esa respuesta del chef me haría pensar en un refrán que dice: Donde tengas la olla, no metas la polla.

No tiene nada que ver; pero como no tengo miedo, acabo alardeando de mi inmensa cultura. Y maldiciendo todos los días tan penosamente intrascendentes que aún me esperan sin sentir temor hasta que muera.

Iconoclasta