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Es un sábado soleado y la chusma camina en tropel con su bozal calzado firmemente en el hocico, con sus perfiles de perros sin boca y los ojillos fijos en quien no calza el bozal. Si la envidia fuera un rayo láser, unos pocos acabaríamos ardiendo.
Mamá cabestra, papá cabestro, hijito cabestro, hijita cabestra, abuelito cabestro, abuelita cabestra e incluso tías y tíos cabestros caminan con su bozal con la naturalidad de haber nacido con eso en la cara.
La ciudad es una gran feria de ganado donde las reses lucen sus crías y sus prendas de ropa; haciendo gala de su mezquino miedo y una obediencia descerebrada. Los pastores policías con sus armas colgadas del cinto controlan con rigor que ninguna res se junte con otra más de lo decretado por sus amos penitenciario-fascistas del coronavirus.
Yo digo que debería acelerarse el cambio climático a nivel de catástrofe. La práctica totalidad de la humanidad no merece un presente ni un futuro mejores. Que se caliente el planeta hasta que toda esta cobardía y mezquindad (el gesto ajeno de taparse la boca apresuradamente me causa náuseas) sea incinerada de una vez por todas hasta la extinción.
La especie humana es una plaga. Una plaga enferma que podría contagiar con sus miserias al resto de especies.

En Cinesuerte, de Iconcoclasta.

No es por el valor o no de meter la mano en la boca de un león muerto o drogado.
Es que la sonrisa del andoba es genuinamente la de un deficiente mental que se lo pasa bomba.
Es genial.

Hay personas que dan comida a palomas y patos salvajes (si se puede llamar comida a unas mierdosas migas duras de pan enmohecidas) de forma habitual, ritual. Como si tuvieran pendiente alguna expiación.
Como un deber moral.
O sufren complejo de santos.
Los patos no necesitan las migajas miserables de nadie, ellos solitos se bastan para vivir.
Que no se crean los lerdos que los patos son tan indignos como sus vidas formadas por migajas de miseria y dejadez.
Me causa una profunda antipatía esa ancianidad beatorra alimentando animales salvajes, con total seguridad, pensando que gracias a ellos pueden sobrevivir. Lo que me hace pensar que han sido alimentados igual; tal vez hayan pasado gran parte de su vida pidiendo con lloriqueos, apelando a la caridad de otros descerebrados.
Lo que sí tengo claro, es que si a un carcamal de éstos le das pan duro, no le gustará.

Como ocurre con las gallinas, los criadores de cerdos neofascistas dictan cuando es la hora de que salga el sol o anochezca.
No es ahorro, es tan simple como enseñar a la chusma cobarde, cabestra y mansa, quién manda; incluso sobre el día y la noche. Así que han decidido, que esta noche, atrasarán las horas en casi todas las pocilgas del planeta.
No hay ninguna sutileza en ello, porque lo del ahorro energético, es algo que les hace escupir el café con una risa.

No sé si los tontitos de la foto son reales o los han plantado tan lelos ahí, en el paredón para fotografiarlos como a monos.
Pero desde luego, no inspiran ni elegancia, ni mucha inteligencia.
Eso sí, parecen tan iguales que se merecen la medalla de oro a la mediocridad.
El titular debe haber sido escrito por ellos, porque tiene tan poca importancia como sentido. Es absolutamente incomprensible, salvo para los que conocemos la verdad de la prensa fascista: solo hay que rellenar espacios en blanco para que los idiotas los ocupen con sus volubles pensamientos que sufren a veces como ataques de neurosis.

No soy tan permeable como otros a los tontos misterios de las cosas que no lo tienen. Y como no tengo que comprar ese cuadro, pues me la pela que la sonrisa tonta lo encarezca.
La famosa sonrisa de La Gioconda, que algunos dicen que si se mira en un determinado ángulo cuando la luna llena está en cuarto creciente, puedes ver que es una mueca de hastío. Y otros dicen que su sonrisa tiene un romántico misterio y les gustaría saber de qué coño se reía. O a quién le reía tan obscena y comedidamente.
Bien, pues el pintor le dijo a la modelo que sonriera y esta sonrió. Y lo hizo bien, porque si estaba hasta el coño de posar, su sonrisa fue bastante normal, sin dejar entrever su molestia. A la Gioconda solo se la puede acusar de amable y a Leonardo de pintor (y según una serie de televisión de Amazon, de maricón también).
Cuando las tonterías se quitan de en medio da gusto respirar ¿eh? Y además, no te da dolor de cabeza el “gran misterio”.
Y que conste que me gusta la imaginación, pero no para tamaña e insulsa vulgaridad.
Coño con la puta sonrisa…

No todo es malo en el cine en esta época de censura y doctrinas de la bondad, la solidaridad, la cobardía adulta y la obediencia de los cabestros.
También hay películas poco o nada interesantes.
Las películas ladrillo (son eternas y aburren un millón, tanto que no me apetece siquiera mentarlas porque ya hay carteles que recuerdan que se hicieron) me han provocado mucha humillación por todo ese dinero perdido en verlas.

Y no es por otra cosa el destacar sino, porque tienen a bien mucho pagar a la prensa mundial para que se los muestre como los grandes gurús del oscurantismo cultural de la chusma globalizada. Venden lujo como religión a los muertos de hambre y cobardes, consiguiendo así que la chusma entre en una especie de catarsis y piense: “Todos somos, Branson, todos somos felices”.

Y así la chusma, desde sus encarcelamientos y acosos por parte de sus nuevos y normales fascismos, encuentran momentos por los que sonreír y dejar de pensar en lo buenas que están sus hijas adolescentes, que tienen un buen polvo (demasiado tiempo encarcelados en casa todos en familia, siempre trae de la mano un divertido y coloquial incesto).

“Como sois pobres de mierda, ya me monto yo el avión para que podáis disfrutar como becerros viendo como floto”. Viene a decir el bicho.

No hay que olvidar que estos supermillonarios, son los mecenas de los grandes fascismos del coronavirus. Así; si fuerzan a que se encarcele y acose policialmente a toda la población, tienen el planeta para ellos solitos sin que nadie les moleste, a ellos y a sus esclavos comprados sin el sudor de su frente: los presidentes, ministros, diputados, jueces y reyes de los países de La Tierra.

El precio de una vida banal es una muerte también banal.
Incluso los que importan, en solo unos días ya son carne de charlas de fiestas de año en año.
Si has sido tan banal como un bostezo, ni siquiera darán pésames a los que vivos, tengan algo que ver contigo, con tu cadáver.
Y por favor… Cuida un poco tu agonía, porque no hay nada más aburrido que un muerto superficial que no acaba de morir y reúne a su alrededor a sus allegados para despedirse largamente, protagonizando su propia caricatura.
Normalmente, cuando mueres (a no ser que seas una imbécil y asquerosa celebridad de de yutup, tuiter o feisbuc) nadie pondrá una carita triste. Y menos aquella puta de la que eras cliente habitual y casi usurero, so puerco.
Si tienes contratado un buen funeral en tu seguro, pudiera ser que a la hora de tomar el tentempié que celebra tu muerte, alguien diga algunas palabras emotivas en tu recuerdo; pero seguro que será producto de la ebriedad.
Normalmente al morir no importas a mucha gente: un pequeño y tímido lamento y unas palabras mentirosas para el indiferente cadáver vestido de muñeco ventrílocuo, con la chaqueta cortada por la espalda. Y a seguir devorando canapés de merienda.
De hecho pondrán cara de estreñidos muchos menos de lo que piensas. La banalidad se paga con indiferencia y no con putos bitcoins de mierda.
Si no hay merienda o algo de picar para amenizar el funeral, tu cadáver y tu banalidad silbaréis impacientes hasta que os quemen u os metan en el nicho.
Pudiera ser que aún que estás vivo, pienses que lo peor es que de tu superficial vida no trascienda nada, ni siquiera por esa accidentalidad de una azarosa cadena de pensamientos que llega a evocar que alguien existió en algún momento de la película.
No sé si es bueno o malo ser banal; pero me lo tomaré como un asunto de elegancia: prefiero que me recuerden con asco que con indiferencia bostezante.
Habré aportado mi granito de arena sucio a este mundo de mierda.
Y como tengo más facilidad para ser desagradable que banal, mi muerte no dejará indiferente a mi gato.
De cualquier modo, todo lo que conocí en la ciudad, podría morir antes que yo por aplastamiento, cremación o disuelto en ácido sulfúrico y no se me elevaría un milímetro ninguna de mis cejas bien separadas y definidas, ni siquiera levemente por algún inopinado tic (por lo único que recuerdo que una tal Frida Kahlo existió y tascendió, es por su uniceja tan rústica, que siempre me deja bizco, es la razón de que me preocupe el asunto estético).
Además, cuando has conocido la muerte de alguien allegado a ti por segunda vez, el resto de muertes te dan el carisma de un forense aburrido que mastica con glotonería unos snacks crujientes de arroz inflado con los guantes sucios de mierda.
Pensándolo bien, no importa que seas banal o trascendente.
Los muertos se disipan en el aire en cuestión de segundos y no tienen oídos ni ojos y solo dejan un desagradable olor, por mucho que los hubieras querido cuando tenían color.
Si un día te masturbaste con la mano llena de excrementos y gritando como un cochino, ni siquiera generarás un pecado ominoso que pagar, ni para lo malo trascenderá nada de tu vida.
Morir es lo que es, peña. El único misterio reside en que hay tantos muertos acumulados en los anales de las historia cuyas almas no aparecen por ningún lado, que es absolutamente estúpido y patológico que la chusma siga creyendo en paraísos e infiernos. Ven que desapareces y siguen con su esperanza de mierda en que la muerte sea una renovación de tus vacunas caducadas. Una nueva vida tras la muerte.
¡Qué lelos!
Por ello, olvida los asuntos de la banalidad y la trascendencia. Antes de morir (si tienes suerte de morir lentamente por un cáncer o un hígado que se deshace y lo cagas cada día un poco), deja todo lo que puedas por hacer; pero sobre todo deja muchas cosas por pagar. Y esas cosas rómpelas para que no se puedan recuperar.
No trascenderás; pero morirás con la sonrisa más divertida y sincera que jamás hayas tenido.
Tanto filosofar de mierda, para acabar concluyendo lo de siempre, que se jodan los vivos cuando te mueres.
No me negaréis que no ha sido divertido, superficial pero con clase, este pequeño ensayo sobre banalidad y trascendencia.
No intentéis hacer estas cosas en vuestras casas si no sois adultos bien formados, u os deprimiréis.
Y bueno, cuando acudáis a un funeral, imprimid esto para amenizarlo. Ya veréis la visibilidad que conseguiréis, mucho mayor que la del cadáver.
Tal vez haya que volver a la moda de las fotos victorianas post mórtem, al menos trascendieron unos minutos más aquellos cadáveres, aunque tuvieran un gusto del carajo.
Aquella gente debía tener el cerebro podrido (lo vivos de las fotos digo).

Iconoclasta