Internet es un curso acelerado y vertiginoso de la mentira y la envidia.
Se debe a la rapidez de la transmisión de mentiras y que todo el mundo puede publicar la suya impunemente.
Es demasiado rápida para demasiados cerebros lerdos. La minoría que puede adaptarse a esa rapidez no importa, es insignificante. Y además, no suelen ir a votar.
El que no aprende es simplemente porque no puede. Por mucho que quiera, un cerebro endurecido no es permeable a ningún conocimiento más allá del coito rápido por alguna urgencia hormonal o instintiva.
De ahí que la ignorancia se propague como la peste bubónica o la neumónica, incluso en un medio tan poco orgánico como el de las órbitas atómicas donde se mueven los electrones.
Podría continuar denigrando con gracia y donaire a la humanidad e internet, lo sé todo y tengo mucho desprecio como combustible; pero también poseo ciertas habilidades narrativas que me dicen cuándo el texto ha cumplido su objetivo.
Eso y que tengo ganas de fumar tranquilo.
Bye.

Me gusta sentarme a pleno sol con el abrigo cerrado por el viento frío.
Es un bonito y heroico contraste.
El ruido del viento azotando la vegetación es la mejor música que ha existido jamás.
Y eso, maldita sea, por enésima vez y sin descanso me lleva a tomar la pluma y el papel y escribir, escribir, escribir… Estoy cansado de mi cerebro.
Necesito unas vacaciones, una muerte.
No quisiera ser pesimista en exceso; pero si las montañas están llenas de vida, más muerte contienen.
La mayor parte de vida es vegetal.
Y toda esa masa forestal se alimenta de lo animado. Es una belleza monumental y voraz. Espera paciente e infatigablemente la muerte de los animales todos.
Si se tiene esto presente en la naturaleza, es que se ha comprendido cual es el fin de la vida animal, su destino final.
La vegetación es una asesina muda, silenciosa e insaciable.
Nos da aire para morir mejor.
Los cuervos brillan como el metal cuando el sol les alcanza; parecen pájaros mecánicos…
No deberían confiarse de la pérfida rama que los soporta, porque son de pluma y carne.
Románticos y nuestras tragedias…

En Telegramas de Iconoclasta.

El momento preciso dura una eternidad y devora la razón, el tiempo y el mundo que nos rodea. Nos abandona a nosotros mismos.
Ocurre con el beso profundo, cuando muerdo con mortificante contención tus labios dioses y mi mano se mete entre tus muslos buscando apresar tu coño.
Y es entonces, cuando tus muslos se separan y mi mano se baña de tu humedad ardiente; que se detiene el movimiento de las moléculas y te conviertes en lo único vivo que existe. En lo único que necesito. Lo único que me da vida.
Mi corazón se sincroniza con las voluptuosas contracciones de tu sexo. Mi pene se congestiona de sangre en algún lugar ajeno a mí, dejando escapar un filamento hambriento e impío de deseo.
Es ese el momento preciso, cuando tus cuatro labios se funden con los míos y en mis dedos ávidos por follarte.
Lo que ocurra luego no importa. Y tal vez, no lo recuerde con claridad.
Cuando tus muslos se separan y mi mano apresa tu coño con furia incontenida, se rasgan las dimensiones y desaparecemos de La Tierra. Y somos dos en extinción, una nebulosa obscena.
Lo invariable es que te amo hasta el dolor antes y después de que el movimiento atómico se congele: el momento preciso.
Creía que era inexplicable, que jamás podría definir semejante instante; pero he analizado cada variación de tu frecuencia cardíaca, el grado de humedad de tu coño, sus micro colapsos suaves y la dureza y las venas de mi bálano.
Lo he descrito y medido con una absoluta precisión y con las exactas palabras de la locura del deseo.
Créeme, cielo, no hay nada banal en “el momento preciso”.
Soy tu obsceno físico nuclear.
Sonríe, mi amor, eres atómicamente amada.

Iconoclasta

Imagen  —  Publicado: 14 marzo, 2019 en Sin categoría
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Un lugar distinto, un firmamento extraño. Una luz suave, una tierra púrpura y la serenidad de los caballos.

Si yo hubiera nacido antes que Dios, hubiera creado un mundo más bello.

Sí, ya sé que la salud de las abejas mide la calidad del ecosistema; pero si me vuelve a pasar otra abeja bajo las napias, la aplastaré sin piedad.
La abeja Maya fue otra (como La casa de la pradera) de tantas cosas insustanciales que han hecho de mí el insensible incrédulo que hoy soy; con una vanidad tal que, no me libraría del infierno si existiera.
Bueno, no solo la abeja Maya… También los cómics para melindrosos en los que no muere nadie y visten los calzoncillos por fuera, como Superman, Batman y todo el melifluo y gay universo Marvel.
Doy gracias a la existencia de Milo Manara y cómics como Creepy, Vampus, Dossier Negro, 30 Días de noche, Sin City, El arte de la guerra, etc…
Sin ellos, no sería el animal que soy.

-Y tú ¿a dónde vas? -le pregunto a la piedra.

-A votar -me responde rodando apresurada y cuasi nerviosa.

-Era de esperar -concluyo mirando al cielo para evadirme de la tierra.

Colofón:
Se puede morir de muchas maneras; pero no hay ninguna peor que la muerte por hastío.

Imagen  —  Publicado: 11 marzo, 2019 en Sin categoría
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¿De dónde vienes, gélido viento? ¿Dónde te has alimentado para barrer con tanta fuerza y sin perdón los cálidos rayos del sol?
Dímelo con un rugido de tu seca garganta. De fumador a fumador ¿Dónde te escondes? ¿Dónde naces?
De viento a hombre ¿arrastras muerte? Soy curioso, no es temor.
Gélido viento que cortas los labios que lucen imprudentemente brillantes ¿Vas a otro lugar? ¿Es trabajo atrasado tu ráfaga fría?
¿Morís los vientos todos, gélidos y ardientes? No es por temor, solo me interesa la vida y la muerte porque intento escribirlas y describirlas de forma clara para que todos se enteren de una puta vez. Alguien tiene que hacerlo.
Ya hemos vivido y ahora toca morir. Es eso ¿verdad, gélido viento?
Yo no puedo rugir, simplemente blasfemo sin fe cuando la muerte duele. Encuentro que a veces tensa demasiado la cuerda sin ser necesario. Casi alegremente, sádicamente. Como si no bastara con morir, debe doler.
Si puedes sóplale tu gelidez en su negro rostro a un millón de kilómetros por hora, a ver si le gusta.
Y arranca las banderas que gallardas de mierda haces ondear, limitando mi libertad y el planeta. Arrasa los mástiles como las ramas de los árboles a los que ruges.
Gélido viento… Qué suerte que no tienes huesos. Si no hay hueso no duele. Y lo que no tiene hueso se evapora suavemente.
Sé cosas, gélido viento.
Sé muchas cosas.
Y no quiero saber más, no caben ya en mi cerebro. Las nuevas que entran duelen, porque han de atravesar un hueso para llegar. No es necesario que respondas a nada, es que solo quiero ser un poco social en lugar de sociópata.
Y en este mundo de seres feos, la cordialidad es una pincelada de paz. Es bueno relajarse de tanto hastío.
Muere en paz viento gélido.
Y agradece no tener huesos.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.