Que no se comunique a nadie mi muerte,
que nadie llore por mí,
y que no me entierren en tierra sagrada,
y que ningún sacristán toque las campanas,
y que nadie pueda ver mi cuerpo muerto,
y que ningún lloraduelos me siga en mi entierro,
y que no se depositen flores en mi tumba,
y que ni un solo hombre me recuerde.
Esta es mi voluntad.
¿Sueñan las feministas atómicas y recalcitrantes con acosos, discriminaciones, tocamientos, violaciones y con ser madres por culpa de un espermatozoide salido de pene? ¿Sueñan con todo eso para luego hacer un tuit ilustrado con pelos de sobaco que sea la hostia puta de retuiteado y con miles de likes? (De la misma forma que, por ejemplo nacionalistas, soberanistas o independentistas de territorios con una economía más o menos de bienestar y demasiado tiempo libre; sueñan con ser subyugados u oprimidos y llamar así a Robin de Locksley para nada; por puro capricho de niño bien con un buen coche y una universidad que le vende un título.)
Benditos los caracoles, su autosuficiencia sexual, su casa a cuestas y su absoluta falta de electricidad para lloriquear.
Y por favor, borrad esa sarcástica sonrisa del rostro. Los caracoles además, no son transexuales, son otra cosa que no os voy a decir porque no quiero ser maleducado e incorrecto. Eléctricos borregos de eléctricos tiempos de eléctricos mensajes. Con lo fácil y refrescante que es decir: “Vete a la mierda”.
Es como una maldición. El amor es una estrella a años luz y cuando llegas, se ha consumido tu vida.
Algunos detienen su viaje en un asteroide gélido.
Otros agotan el oxígeno y flotan en el vacío vacíos.
Y no es morir de amor, es por desesperación.
Quien muere de amor está con quien ama.
Y son tan pocos que, es preciso que alguien escriba encuentros y padecimientos ficticios de amantes que se tienen por fin.
Soy el amanuense vacío de los amantes.
Al despertar cada mañana, durante unos segundos (lo que dura el proceso) observo el café dando vueltas dentro del microondas “arrascándome” el culo. Doy gracias de no tener que preparar una cafetera con este humor con el que me levanto. No importa los días que tenga el café preparado, importa la inmediatez. De la pizza pienso lo mismo.
Suena la campanita por fin y me pregunto si dios se marea de tantas vueltas que tiene que dar ahí dentro para hacer su trabajo. ¿Le dejo dentro del horno una biodramina como sacrificio de agradecimiento?
Y ya, tras sorber el primer trago de asqueroso café y aspirar la primera bocanada de humo de un cigarro precioso, dejo que la humillante erección matinal se relaje al ritmo de las aburridas noticias del diario y rascarme sin molestias las pelotas con cierta obscenidad natural y espontánea en mí.
Luego todo irá a peor.
“Siento que mi espíritu se quiere salir” dice de repente y tristemente. Y recibo un suave puñetazo desde dentro a fuera. Y pierdo un latido en silencio. Lo dice con tal sencillez, con tanta naturalidad; que pienso que es así de fácil que ocurra. Y llevo la mano a la cabeza para sujetar mi espíritu que se escapa. Soy tan sugestionable con las coloquiales genialidades… Me gustaría un día decir algo así de importante con semejante serenidad. Hermosas tristezas que te cubren quieras que no.
“Cuando los ángeles del cielo caigan y abran sus alas como palomas. Hermanos y hermanas caminaremos de la mano por la tierra prometida”. (Promised Land, de Joe Smooth) Me gustaría creer en ángeles y demonios para poder escribir cosas a las que se pudiera imprimir un ritmo musical tan bueno, tan energizante y danzante. Tan optimista; pero soy un sórdido insalvable. Y arderé en un infierno sordo.
– Ya nos podemos
ir, lo sabemos todo. No hay nada nuevo que ver.
– Todo no.
– Vaaaale… Digo cosas
que nos ilusionen. Porque la cura del cáncer o un nuevo asteroide, me aburren
hasta el bostezo.
– Es solo esa
tristeza vital tan tuya. Pasará. Vivamos un rato más.
– Una mierda…
Vivir duele y produce sequedad de boca y ojos.
– Mentira.
– Verdad. Tenemos
algún órgano que se romperá tarde o temprano y nos dejará tirados en el camino.
Como una muñeca en el vertedero a la que las gaviotas engañadas pican su cuenca
vacía. Ha llegado el momento.
– Eres un
pesimista, solo es eso. Escribir mirando adentro es suicida. Sal a caminar.
– ¿Otra vez? ¿No
ves lo negra que está? Cojear todo el puto día es tan aburrido como doloroso.
– Y la
autodestrucción fascinante ¿verdad?
– Es
absolutamente hipnótica. La autodestrucción nos da la trascendencia absoluta y
última. Nos hace importantes a nosotros mismos.
– Yo solo soy tu
esquizofrenia, tu paranoia. Técnicamente no existo; pero quisiera ser un tiempo
más. Las alucinaciones tenemos inquietudes…
Y hay seres que
te quieren, no se puede soslayar.
– ¿Quiénes?
– No te lo digo.
Lo negarías.
– Hay quien te
ama.
– ¿Quién?
– No te lo digo.
Lo negarías.
– Y amas.
– ¿A quién?
– No te lo digo. Es
pecaminoso en algunos momentos.
– En el fondo lo
sé; pero me haces reír. Pecaminoso…
– Pues no los
digas porque cuando algo se nombra, se rompe.
– Tú también eres
pesimista.
– No lo soy.
Simplemente sé que eres peligroso para ti mismo. Para nosotros, todos los que
somos.
– Ahora solo vivo
para contrastar con el decorado. Soy un artículo decorativo que ya no espera
nada. Como las ramas desnudas de hoja y vida que contrastan hermosamente contra
el cielo, como frágiles esqueletos. Aunque yo no aporto esa plástica. Soy
infinitamente más vulgar.
– Un día te
inyectaron contraste en las venas. Tal vez sea un efecto secundario.
– Tal vez ha
llegado la hora.
– ¿No te parece
que este café huele rancio?
– A almendras
amargas.
– Como el
cianuro.
– Sí.
– Tú no tienes de
eso.
– Bueno, tengo mis
recursos.
– ¿Por eso está
vacío el bote de superglú?
– Sí.
– Entonces va en
serio. Nos vamos ya.
– Es necesario antes
de degenerar en algo peor.
– Ha sido bonito
vivir tan intensa y brevemente, escribiente fracasado.
– Ha sido un
placer conocerte, mi amigo Paranoia.
– El final va a
doler ¿lo sabes?
– Lo sé; pero
durará poco. Cuando el cuerpo se convulsione, ya no estaremos.
El buitre vuela muy alto y no sabe nada del bebé muerto aún enganchado a un trozo de placenta, abandonado pérfidamente bajo un coche estacionado. El buitre planea alto, lejos de la puta que vendió su coño y su boca por un papel en una película o por un tiempo de fama. Y ahora vende con lágrimas de mierda su “violación” por más dinero. El buitre no mira abajo por los fanáticos patriotas que claman tierras que no les pertenecen, que sufren el complejo patológico de ser hijos de ella, de esa tierra. Patriotas asesinos de libertades… El buitre busca cualquier cosa que le sirva de comida. Tal vez el bebé, si no estuviera bajo el coche… El buitre planea ajeno a todo lo que no sea comida y altura. Yo soy un buitre con la extraña habilidad de caminar por la puta tierra y hacer mosaicos legibles con trozos de mierda. Soy el buitre que piensa sin asomo de moral o juicio, en la madre que parió al bebé y lo tiró. En mi mundo, hay madres de otras especies que devoran a sus hijos o los dejan morir de hambre, por las razones que sean. Si te sirve de algo vivir, si acumulas experiencia; no es extraño, no es antinatural que una madre mate a su hijo. Por otra parte, los genitales están desligados de la voluntad del cerebro en gran parte de la chusma o población humana. Es una conclusión un tanto escatológica fruto de la aburrida experiencia de estar entre ellos. De soportarlos. Sobrevuelo con curiosidad por encima de la cabeza de mamá asesina, intentando picotear su miedo y soledad. Como querer saber para nada, como quien ve una película. Hay tiempo para ocuparse de ociosidades si eres un buitre hábil. No me importan los patriotas juzgados y los frustrados, en ellos simplemente hay una ambición tan vulgar y mórbida que siento deseos de vomitar. A la puta que llora su falsa violación, simplemente me la follaría solo por saber si vale la pena tanto dinero que ha cobrado por su coño torpe. Así que soy el buitre que caga sobre las putas oportunistas y las emotivas patrias y lo que contienen. Sobre jueces, mandatarios y sus decisiones que arruinan vidas. Solamente picoteo cosas que son realmente dolientes y el bebé produce cierta desazón que trasciende más allá del bostezo: su sangre mezclada con aceite de motor y la mierda de la ciudad. Apetece la metafísica de la muerte tierna, tiene morbo. Más interés, definitivamente. Es una buena performance en un mundo tan vulgar. Siempre es mejor lo malo intenso que lo bueno anodino. Lo sórdido suele tener una expresión artística mucho más impactante que una bandera de mierda o una puta que mal actúa. O los que lloran su repugnante poder. Al fin y al cabo, los buitres comemos mierda, carroña. Queramos o no. Seguramente lo mismo que come la madre asesina, seguramente lo que hubiera comido el bebé muerto. Todo encaja… O tal vez, la madre no quería dejar de teclear el móvil y vivir una eterna adolescencia cobarde y miserable. Hay hembras humanas infinitamente menos nobles que las de otras especies y venderían un hijo por unos miles de “likes” mierdosos a su “selfi”. Son tiempos de protagonismo para los idiotas envanecidos por ninguna razón. Luego, los que no son buitres, debatirán en programas televisivos para deficientes mentales, la necesidad de reglamentar el parir y su edad, se hablará del aborto y de la situación social y económica de algunas de las reses de las ciudades pocilgas. Mientras tanto, en algún poblado miserable, una mujer joven se lanza al suelo de nalgas desde unos metros para desprender el feto que lleva en el vientre sin necesidad de permisos ni espectáculos. Y en soledad. Posiblemente muera, la picotearé si estoy cerca. Soy un buitre que ve cosas, no juzgo si son buenas o malas, yo solo vuelo aburrido; como mi colega que cuelga a un millón de metros sobre mí. Asisto a una mala película porque no puedo hacer otra cosa mientras espero la muerte. Me alimento de carroña; pero no me gusta. Es mi puta idiosincrasia e ineludible vida: comer mierda y restos. Todos los días. Porca miseria…