Posts etiquetados ‘Iconoclasta’

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«Te cubriré de oro y joyas, de piedras preciosas engastadas en gemidos lascivos, bañadas de dulce y espesa sangre.»

Ciudad Vieja de Jerusalén. Donde inicia la comercial calle Jaffa, en un pequeño local interior; un orfebre joyero pule y da brillo a las piezas que ha tallado y moldeado en su taller. Tiene que detenerse a menudo para secarse las lágrimas de los ojos y calmar el temblor de las manos.

«Dos finos anzuelos de oro traspasarán los labios de tu coño, unidos con cadenitas prendidas a dos esclavas en tus muñecas.
Que cuando tus manos se alcen tu vagina se abra como una orquídea ante mí, para mi boca, para mi corrupto bálano goteante…»

Aquel día, hace siglos, hace apenas doce días; sus hijos al llegar de la escuela le preguntan dónde está mamá. Les miente que ha tenido que tomar repentinamente un vuelo a Ámsterdam: el abuelo se ha puesto muy enfermo.

«Coronas de diamantes y rubís con finas agujas de platino en su interior para tus pechos, para coronarlos. Que las areolas y los pezones asomen por encima de toda esa riqueza con soberbia. Y lamer la sangre que manará suavemente por tu pecho y abdomen por cada embestida que pegaré en tu coño, agitando violentamente así tus tetas coronadas.
Te mortifico… Te odio y te amo…»

La cabeza de su esposa cuelga del techo tal como le indicó aquel engendro, no la ha descolgado. A aquel ser le acompañaba el olor a descomposición de la carne. La fetidez de la maldad absoluta. Entró en el negocio familiar, saltó con tranquilidad sobre el mostrador de la tienda, tomó a su esposa por el cabello y con un hacha que sacó de la cintura del pantalón decapitó a Batiofi antes de pronunciar una sola palabra.
Como si hubiera entrado… No, simplemente irrumpió en su cerebro, lo obligó a no llorar, a no gritar. Se sintió sucio por dentro, quería lavarse la sangre.
Le bloqueó el alma y el cuerpo en una exhibición de hediondo poder.
Quería evadirse de ese horror absoluto que es estar prisionero en un rincón de tu propio cerebro.
Y prestó toda la atención del mundo a lo que 666 le exigió.

«Un espéculo bucal de acero con diamantes engastados para inmovilizar abierta tu boca y follártela.»

– Eres Guibor, el mejor orfebre de Tierra Santa. Lee este poema. Quiero que fabriques cada uno de los objetos que enumero. Si en dos semanas no lo has conseguido, decapitaré a tus hijos en la escuela, en hora de recreo, ante todos los primates. Y luego te arrancaré la piel del cuerpo y no dejaré que te desmayes. Pregunta a tu Yahvé, si no me crees.
Y toda la familia os pudriréis de dolor y miedo en el infierno. Y el infierno soy yo.
Y soy eternidad. No habrá descanso a vuestro dolor y sufrimiento.

«Un fino cilindro de plata labrado en basto para llenar tu ano palpitante cuando gozas.»

Guibor observa aterrorizado el 666 escarificado en carne viva y siempre sangrante en el antebrazo de Satanás.

«Gruesos cordones de platino ceñidos a tus muslos y sujetos a cadenas y argollas de titanio placado en oro, para que no puedas cerrar las piernas, para que el agua de tu coño corra libre en todo momento.
Pornográfica y suciamente abierta a mí.»

– Puedes fundir todo este oro y platino y usar las piedras necesarias. Son viejos tesoros, algunos con miles de años de antigüedad -le dijo 666 dejando sobre el mostrador una vieja mochila de lona repleta de joyas.

«Una pinza de oro en el clítoris para aislarlo y sensibilizarlo. Y desesperes cuando sople en él todo mi deseo y toda la maldad que te ama.
Una máscara de plata esmaltada en negro. Con los ojos ciegos para que no puedas ver los abusos que cometo en tu cuerpo y en tu mente.
Una jeringuilla damasquinada para que el dolor se convierta en libidinosa paranoia. La clavaré en una de las palpitantes venas de tus pechos coronados y la heroína y YO seremos sangre hirviendo en tu coño, pulsando con dureza en tus pezones.
Y yo… Yo me estrangularé el pene con una vieja cadena sucia y oxidada hasta casi gangrenarlo, cuando escupa mi semen en tu boca abierta sin piedad.
Esta es la riqueza y el placer que te prometí. La que te ofrezco con el glande dolorosamente henchido de sangre.»

Te quedarás con lo que sobra y tú y tus hijos Idan y Jadash conservaréis la vida. Es el precio de tu trabajo.

La Dama Oscura se golpea el clítoris con cada palabra que 666 recita de su Oda a la riqueza y al placer negro.
Con los dedos separa los labios de la vagina y orina ante los pies de 666. Toma de un clavo de la pared de la cueva un antiguo aro de hierro de una cámara de tortura inquisitorial y lo cierra en el bálano duro de su Ángel Caído.
666 ruge con una ira feroz y con él, hacen coro con bramidos de terror las almas condenadas que padecen eternamente en el infierno; creando así el más espantoso de los coros que cualquier criatura creada por Dios pueda soportar.
Porque las almas temen que un nuevo dolor se sume al que padecen.
Si pudieran morir…
Toma con violencia la negra cabellera de la Dama Oscura y la obliga a mamársela.
Ella vomita y él eyacula.

Guibor llorando y soportando el dolor de la muerte de Batiofi, se apresura en su trabajo con la esperanza de salvar la vida de sus dos hijos.
A pesar de que Yahvé, mediante el ángel Etienel, le comunicó que 666 los matará y arrastrará sus almas al infierno.
Y Guibor pensó entonces que no tenía otra cosa que hacer antes de morir.
Y en porqué su Dios no los salvará.
La verdad le ha sido revelada y en silencio clama la blasfemia: porque el verdadero Dios es 666.
Su credo se ha venido abajo. Todas las promesas y amenazas que le inculcaron se han quedado tan muertas como los ojos de su amada Batiofi cuya cabeza decapitada se balancea sin ser necesario y su rostro ya putrefacto, parece vivo de sufrimiento.

666 sentado en su trono de piedra, acaricia distraídamente el monte de Venus rasurado de su Dama Oscura que reposa con desidia en sus piernas.

Es la noche del decimotercer día. Guibor envuelve los objetos fabricados y los coloca dentro de la mochila con una Estrella de David rota, bajo la cabeza de su esposa.
Sube a la habitación de los niños y los mata de un tiro en la cabeza. Luego se mete el cañón de la pistola en la boca y es el fin del mundo.

666 sonríe, su encargo se ha realizado con puntualidad.
– Mañana te coronaré con semen, placer y sangre Emperatriz del Infierno, mi oscura puta.
Ella sonríe y aprieta sus muslos excitada.

Siempre sangriento: 666
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Foto de Iconoclasta.

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En Telegramas de Iconoclasta.

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Foto reflexión en Realidades Truncadas.

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Me observa resoplar desde el borde de la cama. Hago abdominales y su mirada me distrae y pierdo la cuenta de las repeticiones que llevo.
No importa, los músculos están dolorosamente contraídos. Le pregunto si le parece bien que descanse. Responde que no le importa. Dice que por mucho que me observa no encuentra mi humanidad, que soy bestia.
Estoy de acuerdo, aún así, me lavaría sangre y venas para borrar cualquier rastro de hombre.
Comienzo una serie de flexiones y él sigue buscando en mí.
Es un buen silencio el de esta caverna.

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Haber sentido tu voz o simplemente evocarla provoca un ritual pagano y carnal, siempre el mismo. Es inevitable y no tiene espera ni pudor.
Rozar mis labios deseando que sean los tuyos, soñándolos…
Mantenerlos entre mis dedos para que el tiempo y la distancia no me los arranquen. Quieren ir contigo unirse a los tuyos.
Engañarlos, ahora que están enfermos de ti y deliran. Que los labios crean que son tus dedos los que en ellos se posan.
Que tras acariciar tu sexo ávido, los labios se unten de tu deseo y besen tu esencia enloquecedoramente obscena.
Caliente, caliente, caliente…
Calmarlos de una avidez feroz, de una fiebre atroz.

Es el rito de la desesperación.
Y bendito sea tu coño, amén.

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Hay quien da un significado especial, alegórico a los puentes.
Depende del grado de sensibilidad poética que se padezca en el momento en el que lo cruza o lo observa.
O si está sano o a punto de morir. Es joven o viejo…
Los puentes sirven para no mojarse los pies o atajar un paso alto entre montañas.
Por lo demás, eso tan repetido de que un puente es símbolo de acercamiento, es otra hipocresía más. Una espantosa ñoñería.
Porque en grandes extensiones de tierra, en el que todos están cerca, es decir, no separados por una altura o un río; el único acercamiento que ha habido durante siglos es para la guerra, dominación, saqueo y captura de esclavos.
¿Me van a decir que por cruzar un puente se cura la envidia y la idiocia de la chusma?
No jodas…

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Así se extendería mi alma al morir, si tuviera.
Como un riachuelo helado en la montaña.
Moriré con frialdad, con el mismo hielo que sentí por la humanidad. Con esa gelidez que me hace sentir bien en la cálida soledad.
Una eyaculación helada y estéril, secreta.
Oculta y anónima.
Un legado efímero.

aportar-a-la-sociedad

Hay una pregunta siempre en el aire por parte de las instituciones: ¿Qué haces, qué aportas a la sociedad?
Es una pregunta estúpida, burda, tramposa, capciosa, oportunista, anal…
La única pregunta posible es: ¿Qué hace la sociedad por mí a cambio del dinero que me roba por respirar?
Menos dar por culo con el cuento de la conciencia social, porque la sociedad, al fin y al cabo es un rebaño de borregos cuyos pastores son un cártel de ladrones.
Y yo tengo que soportar a unos y a otros.
Por la sociedad no puedo hacer nada; pero si pudiera (y de una forma harto improbable, lo quisiera), no le gustaría a ninguno de esos dos bandos: a los borregos y los ladrones o gobierno.
Cuando hagan algo por mí, cuando el dinero que me han robado a lo largo de la vida me dé algo de fruto, tal vez no les tenga tanto odio, tanto asco.
Y aún así…
Es que el rencor me hace más macho.
Puedo vivir odiándolos a todos, no me molesta demasiado.

 

sasha-cane

En Telegramas de Iconoclasta.

la-ira-de-amar
Tengo un problema.
Seré más preciso: la humanidad tiene un problema conmigo.
Cuando ella no está cerca de mí, cuando no la puedo tocar, cuando no la oigo respirar, cuando no veo sus letras; mi tristeza y melancolía crean una ira que me llevaría a cortar de un tajo la yugular de Jesucristo si hubiera existido, si hubiera resucitado y si hiciera su segunda venida.
No soy un ser que sufre y llora en silencio, quédamente en un rincón oscuro.
Soy violencia, soy cancerígeno, portador de muerte y dolor.
Sin consideraciones de quien muere, si es culpable, inocente, hermoso, espantoso, rico o miserable.
Yo digo que la tristeza con sangre, dolor y miedo se paga.
La de alguien desconocido y la mía que aparece como vetas en el semen que escupe el meato dilatado de mi glande cuando me masturbo furioso porque no es su mano ni su boca la que se apodera de mi rabo.
Pienso en su coño y en sus labios, en sus palabras tiernas y en las obscenas.
Y no hay nada en el mundo que pueda superarla, no existe nada ni nadie a quien valga la pena sonreír si ella no está a mi lado.
Cierro los puños con fuerza y soy un ser primitivo que caza y folla. Que devora a los de su propia especie si es necesario.
Si así lo deseo, simplemente.
Cuando la ira de su ausencia me hace babear fiero, hostil…
La ira tiene el fin último de liberar espacio en el planeta.
Y cuantos más mueran, más cerca estoy de ella.
¿Quién es el idiota que dijo que el amor a los seres humanos hace mejores?
Bueno, me queda poco de humano, tal vez sea acertada la ñoña sentencia con los mediocres.
Los mediocres enamorados son como primerizas madrazas embarazadas.
Donde alguien ve felicidad por el hijo que va a nacer, yo veo una seria amenaza a mi libertad, a la exuberante obscenidad con la que ella me trata.
Porque no quiero un hijo que me quite tiempo con ella.
No quiero un hijo que provoque su ternura y la convierta en una madre tierna y cariñosa.
Devoraría a mi propio hijo si interfiriera entre su coño y yo.
Quiero su vagina húmeda goteando en mi boca. Quiero ser yo que el que irrite sus pezones mamándoselos con hambre lujuriosa.
Con la polla tiesa rozándole los muslos.
El mundo está mal cuando ella no está para apaciguar mi ánimo hambriento.
No soy un romántico que sufre, soy un romántico genocida.
Pulsaría tres botones rojos para asegurarme de que no quedara nadie en toda la faz de la tierra.
Solo su mamada salvaría la humanidad.
No tengo lágrimas, no nací para llorar, no nací para sufrir y abrazarme a mí mismo desesperado.
Soy la patada en la sien, en la boca, soy el puño en el vientre, soy una navaja veloz, un filo indoloro y desangrante. Soy las manos que rompen un cuello, que estrangulan el paso de aire. Que arrancan los pulmones.
Soy odio en estado puro.
Soy quien la tiene más gorda.
Mi alma es negra como las montañas en noches de luna muerta.
Mi amor es desgarrador y solo existe por ella.
No tiene sentido nada de lo que me rodea sin ella.
Mi existencia no tenía razón alguna hasta que a ella la parieron y la encontré.
Si la perdiera… No quiero imaginar el dolor que se desataría en el planeta hasta que consiguieran darme caza.
No existiría hombre, mujer, niño o bestia a la que no descuartizara.
Aún así soy demasiado bueno: mi ira es por amor.
Los mediocres hacen lo mismo por dinero, o por un ascenso social en su entorno de mierda.
Aunque no lo digan.
¿Ves, amor? Merecen morir todos si tú no estás para hacer mi mundo perfecto.
No te lloraré jamás, pero extenderé miedo, dolor y muerte hasta que me extingan.
Te lo juro.
Mi padre ya no existe por ti, por tu ausencia. Resbalo en la sangre que aún mana de su garganta, de su vientre abierto a puñaladas.
Te brindo su vida como prueba de amor.
Ha llegado de su paseo diario, con toda su vejez doblándole la espalda. Cuando ha abierto la puerta, no eras tú.
La sangre aún corre rauda por mis venas y el corazón es un pistón que hará reventar alguna vena de mi cerebro.
Si muero será por amor, por muchos seres que asesine.
¿Lo sabes, verdad?
Sé que te excita.
Hasta pronto, mi amor.

 

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Iconoclasta