Posts etiquetados ‘Iconoclasta’

Te propones no escribir por un día o por muchos.

Y uno piensa en como es posible que alguien no pueda llenar un papel en blanco.

Tal vez, escribir sea una patología. Porque es imposible no escribir. Es imposible no tomar la pluma entre los dedos.

Cocaína epidérmica, dactilar…

Siempre hay algo o alguien dispuesto a robar el descanso de un escritor.

No es quejarse, es poner de manifiesto una condena.

Llamando a La Tierra

Por M-Clan (versión de Serenade from the Stars, de The Steve Miller Band).

«He visto una luz
hace tiempo Venus se apagó.
He visto morir una estrella en el cielo de Orión.»
Yo no he visto esas cosas, pero no pierdo esperanza.
«No hay señal…
No hay señal de vida humana y yo
perdido en el tiempo, perdido en otra dimensión.»
Perdido en una atmósfera densa, pesada y pegajosa, donde los sonidos hieren y las imágenes insultan. Salvo las de ella, la que se tiñe la piel de fragancias hermosas y danza su sensualidad entre sábanas revueltas.
«Soy el capitán, de la nave tengo el control.
Llamando a La Tierra, esperando contestación.»
No necesito más que un mensaje desde el pasado en este mar infinito de estrellas, solo dos besos en un café y una ilusión improbable.
«Soy un cowboy
del espacio azul eléctrico.»
No lo soy; pero por favor, que alguien lo crea, me gustaría. No tendría miedo alguno.
No soy cobarde, lo juro.
«A dos mil millones de años luz de mi casa estoy.»
Es la masacre del tiempo en el infinito, no hay esperanza, es tarde…
«Quisiera volver
no termina nunca esta misión.»
Y abrazar a un trozo de mi mismo que amo más que a mí mismo, antes de morir yo, a ser posible…
«Me acuerdo de ti, como un cuento de ciencia ficción.»
Una secuencia que no ocurrió, pero viaja a velocidad lumínica por el espacio directa a mi cerebro. Estoy abandonado a ella. A la imagen, a los besos que se quedaron en un dibujo en los labios.
«No estoy tan mal…
Juego al póker con mi ordenador.»
Y las palabras y las imágenes y los sueños y las esperanzas fluyen en esta oscuridad tachonada de estrellas y gases venenosos, hermosos…

«Se pasan los días
no hay noticias desde la estación.»
Estamos abandonados, Iconoclasta, somos nuestro propio sueño de ciencia ficción, casi hecho realidad. ¿No es hermoso, amigo de ti mismo?

Adoro la ciencia ficción porque desata mi mente en lugares de muerte y nada, donde todo es imposible, donde los sueños se hacen reales en una locura cósmica y psicótica. Fría y mortal…
Yo quiero ser un cowboy del espacio azul eléctrico, aunque duela la pierna…

Paseo distraído fijándome en el suelo, porque no me acabo de relajar cuando me cruzo con alguien.
Así que doy patadas a fragmentos de hormigón y asfalto que aparecen en mi camino.
Tal vez debería dar patadas a seres humanos; pero no sería un paseo suficientemente tranquilo para mi gusto.
Aunque tranquilidad no define bien un paseo por las calles sucias, donde los coches dejan estelas de irritantes olores y sonidos en el aire.
Unos gritan sus frutas, otros venden gas, otros son chatarreros…
Me duelen los oídos y alguien con voz monótona y cansina como una letanía, vende tamales.
Me roban hasta el pensamiento…
Le doy una patada a una piedra y ésta golpea la matrícula de un coche estacionado.
Menos mal que hay piedras. En dios no creo; pero las piedras tienen una lúdica inutilidad.
Pateo otra piedra que golpea contra el portón metálico de un garaje particular.
Unos perros ladran furiosamente tras la puerta y un deficiente mental ya mayor, sentado en el bordillo de la acera, cesa de contar unas monedas dentro de una lata de pintura vacía. Me mira con la boca abierta durante un eterno segundo y vuelve a meter su cabeza en la lata.
Hay más piedras y pienso en como sonarían al impactar en la cabeza del idiota. Sonrío.
Cuando la vida ha cometido una crueldad contigo, te sientes autorizado a cometerla también.
De cualquier forma, las crueldades lo son cuando se cometen. Cuando se piensan son simplemente banalidades de un cerebro recalentado por el sucio y polvoriento sol de mediodía.
«Partirá la nave partirá…!». Pienso en la vieja canción italiana y mis ganas por salir de este momento de calor, hastío y aburrimiento.
Doy otra patada a un trozo de asfalto y golpea con fuerza contra el plástico de las luces traseras de otro coche estacionado.
Hay un placer insano, casi inmoral, en el sonido de algo que se quiebra. Sea lo que sea.
Llego a un cruce don se acumulan en las esquinas bolsas de basura y otros desperdicios que huelen mal. A mierda pura.
Cosa que no aporta ningún beneficio a mi ánimo.
Y por si fuera poco: «¡Empanadas de atún, empanadas de crema…!». Atruena de golpe el anuncio a través de un megáfono abollado que asoma por una ventanilla de un viejo coche que me rebasa.
Me sobresalto, me irrito, me enfurezco.
Un trozo de hormigón del tamaño de un puño, restos de un tope anti-velocidad, vuela y luego rueda veloz por una patada furiosa que le he propinado.
Adelanta al coche sin tocarlo, para mi desilusión, y queda en el centro de la calzada.
Una de las ruedas del vendedor ambulante lo pisa lateralmente y sale disparado por el aire a una velocidad de mierda, peligroso como puta infectada.
En ese instante, una mujer de unos treinta cruza la calle y su cabeza se cruza en el vuelo de la piedra.
«Hay un placer insano, casi inmoral, en el sonido de algo que se quiebra. Sea lo que sea.»
Desde diez metros atrás, lo observo con la nitidez de una proyección Imax.
La piedra golpea la sien de la mujer y cae en el suelo como un robot de juguete sin pilas, sin un solo grito. Su rostro se ha deformado por el impacto, de los ojos, nariz y orejas mana sangre. Su cabello corto y oscuro parece gelatina de café. Durante unos segundos, los pies patalean frenéticos para quedarse abruptamente inmóviles después.
«¡Empanadas hawaianas…!». El ambulante apenas reduce la velocidad, observa por la ventanilla a la mujer tirada en la calle y acelera repentinamente llevándose su mierda de sonido a un volumen de la hostia.
En parte ha sido culpa mía. O totalmente, me importa poco. Y no hay nadie en la calle que lo haya visto. Y es que paseo cuando a nadie le apetece demasiado.
Saco el teléfono del bolsillo para llamar a la policía. Desde la ventana de una casa, un televisor habla veloz y atropelladamente de cuarenta y pico de estudiantes torturados, mutilados, asesinados y calcinados, no siempre en el mismo orden, en un lugar que me recuerda un reptil: Iguana, aunque habla tan rápido el locutor que no podría asegurarlo.
Ya con más tranquilidad y ambiente festivo, dan paso a los resultados de los partidos de fútbol.
Guardo el teléfono, le doy otra patada a otra piedra y golpea contra la cabeza de la mujer tendida en la calzada.
«Cuando la vida ha cometido una crueldad contigo, te sientes autorizado a cometerla también.»
La rebaso sin dirigirle una mirada y prosigo mi camino. Hace mucho sol, quiero llegar al frescor de mi casa.
Tampoco es para ponerse nervioso por una muerte accidental cuando la costumbre es que mueren por veintenas.
La crueldad en exceso aburre y lleva a la indiferencia. No es que sea malo ni bueno, es así.
Hay días tan mediocres que te arrepientes de haber salido a la calle.

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Iconoclasta

En Telegramas de Iconoclasta.

Qué hermosa intimidad
con la madre noche
cuando el planeta duerme
y yo fumo.
Cuando el planeta despierta
y cierro los ojos a la luz,
negándola.
Soy oscuro, soy noche,
mi propio sueño tangible
milenario y ancestral.
Una erección lunar
una sangre maldita
una piel oscura y doliente.
Después de tanto tiempo,
de tanta lucha,
tantos años…
Oscuro y oculto
la más grande y discreta
íntima libertad.
A salvo de envidias
de dioses y gusanos.
Oscuro y oculto…

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Iconoclasta

«La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo.» (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656

Las Tarjetitas de la sabiduría de Iconoclasta ya no son virtuales. Ya se pueden tocar, doblar, usar como papel higiénico de emergencia, etc…

Tarjetitas de la sabiduría de Iconoclasta
Tarjetitas de la sabiduría de Iconoclasta
Tarjetitas de la sabiduría de Iconoclasta

Tarjetita de mi sabiduría. Como una galleta de la suerte, pero con inteligencia e ingenio.
La alegría de todos. En Manuscritos de Iconoclasta.

«Es un caos íntimo» dice ella.
¿Qué es un caos íntimo? El de una mujer que lo expresa con la naturalidad con que da los buenos días…
Es un montón de objetos entre las sábanas y encima de ellas, son mil emociones y sentimientos y recuerdos y sueños y experiencias. Amalgamado todo por una sensualidad traviesa, innata e incontenible. Un lujo, que se permite a sí misma.
«Un caos íntimo» no es una expresión mía, soy demasiado lerdo para escribir esas cosas.
Es la expresión distraída, relajada y serena de una mujer a quien admirar. Por decir poco, por decir lo mínimo.
Tal vez sea del planeta Tierra, pero hay seres que parecen de otra galaxia cuando exponen su sentir.
Yo tengo un caos en la mente; pero no es íntimo y mucho menos sensual.
Qué mala es la envidia… La mía.

Los actos de fe son actos de cobardía o de simple pereza, falta de inquietudes.
Son esfuerzos por creer lo que no existe; pero conviene y ocultar la triste realidad para millones de seres.
La fe es una mentira millones de veces pronunciada.
De mentira pasa a mito. de mito a creencia. Y la fe la mantiene a lo largo de los siglos, amén.
Se crea en la infancia y se eterniza en la muerte, en las mentes de los que creen estar vivos.
Y no hay escapatoria, no hay arreglo para los actos de fe. Por más que se eduque a la peña, la cobardía gana. Es una cuestión genética.
Estoy abandonado.