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Pensar en ella es llevarme la mano al pubis y evocar su monte de Venus poblado de rizados vellos blancos que apenas cubren una raja profunda y húmeda coronada por un pequeño y duro clítoris. Un arrecife que emerge en entre sus rosados pliegues y es imposible evitar.
Uno naufraga inevitablemente en su coño de luz.
Sus ojos son tan claros que deseo que no los abra, porque parece un ángel, un ser ultraterreno.
E impone respeto follarse un ángel.
Los pliegues de la vulva son pétalos de rosas pálidas y las venas que recorren sus pechos son ríos subterráneos bajo esa piel blanca como la leche, como mi semen.
Las pestañas apenas visibles son alas de mariposa que aletean sincronizados con los movimientos de mi lengua hostigando su clítoris.
Alba… Sus pezones contrastan con fuerza en su piel albina, como dos bombones que deshacen en mi boca con cada succión desbocada y dolorosa que la hace jadear entre el bien y el mal.
Cuando tensa la pelvis para que mi pene se entierre más profundamente en ella, las crestas ilíacas parecen rasgar la nívea y fina piel que las cubre. A veces sueño que sangra cuando la follo.
Me pregunto si su nombre tiene que ver con su hermosa tara. Me pregunto si Cristo se hubiera dejado matar si hubiera conocido la luz de un coño igual.
Su coño es pequeño y estrecho, acoge mi pene con fuerza.
Es ahí donde me doy cuenta de que me ama, cuando su coño me desea, me atrapa. Me succiona entero, no expulso el semen, ella lo aspira…
Alba mi esposa blanca, carne hecha luz.
Cuando pienso en ella y su pálida naturaleza, me masturbo en lavabos sucios como un ser de la oscuridad mental, como un maníaco, compulsivamente. Soñando el momento de volver a casa y follarla y comerme su coño pálido como carne cruda mojada.
Alba vive alejada del sol, porque la belleza angelical de su piel es su condena. El sol la quema.
La jodo en la penumbra alumbrando su piel con tres velas.
Sus pechos lucen llenos de cardenales que mis labios provocan en esa piel de seda blanca.
Sus dedos de porcelana descubren y dejan indefensa la vagina a mi boca y mi polla, y una prematura gota de semen translúcido emerge de mi glande amoratado para caer en sus muslos trémulos de deseo. Sus blancos ojos ciegos tienen un don especial para sentir el deseo y la agresividad que mi pene emana.
Cuando retiro mi pene de su coño tengo la fugaz visión de que es blanco. Contrastan en la carne las venas henchidas de sangre que mantienen la erección, mientras expulso restos de esperma en los ecos del orgasmo.
Ella no lo sabe, pero mancho mis dedos con carbón y ceniza para dejar su cuerpo lleno de mis rastros.
Su melena blanca y lacia a veces cubre su rostro y creo que jodo a una divinidad.
¡Dioses de mierda…! Cuando mi verga se clava en ella, cómo contrastan los sexos.
Su coño pálido…
Se la meto y la saco a un ritmo muy lento, para hacerme blanco como ella y convertirnos en un rayo de luz.
Solo hay un pequeño defecto en su piel: entre sus omoplatos hay una zona oscura y rugosa, como una peca deforme, es un cáncer. Es lo único oscuro que hay en ella. Y me desespera, me da miedo.
Cuando la he follado, unto mis dedos con semen y froto esa zona oscura y mortal para hacerla blanca.
Tengo mis propias ideas sobre la quimioterapia.
No estoy enamorado de ella, no me importan sus ideas, sentimientos y emociones.
Solo me importa su piel. Es tan blanca que parece que una luz la alumbra desde dentro.
Dentro de su coño, dentro de su pecho…
Solo quiero metérsela porque es follar una luz.
Todas esas marcas en su piel la convierten en mi posesión, en mi muñeca penetrable de porcelana.
Otro Pinocho que consiguió ser humano.
Luz hecha carne…
Eso es ella y su precioso coño.
No soy un hombre bondadoso que carga con una bella ciega albina, de piel tan blanca y bella como enferma. Lo hago porque estoy enfermo de obsesión por su piel.
No me gusta que hable, porque su voz no es blanca como la piel que apenas consigue cubrir las venas de sus pequeñas y firmes tetas.
Era adolescente en el barrio y la veía crecer cada día. Obsesivamente.
La admiraba en la calle cuando caminaba del brazo de su madre, cuando sus pechos empezaron a formarse.
Durante años esperé a que se hiciera adulta, era mi sueño, mis pajas, mi obsesión.
Alba, la hermosa ciega albina.
Cuando ya caminaba sola con su bastón por la calle, la saludé. Con el tiempo conseguí que me amara.
Tiro del prepucio y el glande luce baboso y brillante a la luz de las velas.
Me preocupa que muera, no quiero quedarme sin mi Pinocho de coño blanco.
Mañana irá al médico por el creciente dolor de la espalda, la jodo, le meto la polla hasta en el ano y la hago gritar sin que sepa bien si es dolor o placer. Su ano es rosado…

Alba ha muerto y su piel blanca se ha evaporado por las llamas del horno crematorio en un ataúd blanco que exigí para ella.
No sirvió de nada mi semen en esa llaga mortal, ni tampoco la quimio, ni la cirugía. El cáncer de la piel horadó sus pulmones y luego su cerebro. Se convirtió en pocos semanas en un esqueleto cubierto de piel amarillenta. Tenía treinta y un años. Y cuando agonizaba, le mentí diciéndole que la había amado y que la amaría siempre.
Mantengo tres velas encendidas, en la habitación y en el desván. Me hace sentir bien, como faros en la oscuridad.
No hay mujeres como Alba, nace una cada dos o tres generaciones, no encontraré nada igual en lo que me queda de vida.
Tres meses sin Alba… Mi puta polla va a estallar.
El desván huele mal, hay botes de pintura blanca de todo tipo: acrílico, esmalte, al agua, óleo, acuarela… Pero no consiguen recrear la piel. La blancura y la luz de Alba.
El desván huele mal porque hay tres cadáveres de mujeres hermosas. Y la pintura blanca con la que están cubiertas, no consigue aliviar el olor a descomposición.
No consigo que sus pieles parezcan luz y cuando penetro esos cadáveres apestosos, no siento nada, solo el frío de la muerte en la punta del pijo.
Mi pene también está corrupto, lo pinto de blanco en honor a Alba; pero la piel no soporta la pintura y sus componentes. Se han formado llagas de pus que se extienden al pubis y los testículos.
Yo mismo huelo mal como un cadáver.
Las cucarachas corren por encima de la cama y entre los vasos y platos sucios de la cocina. Hay excrementos de rata en el suelo. Los párpados y los labios de Alba 1, la primera que llevé a casa y le clavé un punzón en la nuca, han desaparecido roídos por esa rata que caga por toda la casa.
Yo solo busco lo blanco. Solo quiero que Pinocho de porcelana cobre vida y sea de carne hecha luz.
Mi obsesión choca con la realidad: es imposible; pero soy tenaz.
Separo las piernas de Alba 2, y le meto una linterna en el coño agusanado, pero su piel no emite luz. No es como mi Alba.
Alba 3 descansa sobre una caja de madera con el cuello roto y parece reírse de mí con la cabeza colgando y la boca supurando humores de descomposición.
Yo también reiría si viera a alguien tan tarado como yo mismo.
No tengo otra cosa que hacer hasta morir; así que me meto en el baño y me aseo.
Doy un un portazo a toda esa sordidez y salgo a la calle en busca de otra mujer. Me siento como Gepeto creando un muñeco de piel blanca y luminoso como la porcelana.
¿Cuál es el secreto para hacer luz de la carne?
Alba 4 baila sudorosa entre decenas de hombres y mujeres, su piel no es tan blanca como la de Alba. Me acerco hasta ella y contoneo sin ganas mi cuerpo al son de una música que me da dolor de cabeza.
Solo soy feo por dentro, así que le digo: Hola.
Y ella me sonríe y me responde: Hola…
En dos horas he conseguido que se embriague y le ofrezco llevarla a su casa en mi coche.
Acepta. Cuando se ha sentado a mi lado me pregunta: ¿Cómo te llamas?
Gepeto, le respondo.
Y no acaba de entender, aunque le hace gracia el nombre. Está encendiendo un cigarrillo cuando hundo entre las costillas una afilada y larga varilla de acero, (no quiero estropear demasiada piel, podría funcionar esta vez). Tampoco puede gritar porque le he dado una descarga eléctrica en el cuello. Sus cuerdas vocales están contraídas y su cerebro habrá subido repentinamente de temperatura.
Cuando llego a casa, hace rato que ha dejado de respirar, y solo una pequeña gota de la sangre que ha invadido su pulmón asoma por la comisura de sus labios.
Espero que esta vez funcione. Que Alba, la luz hecha carne, vuelva a mí, a mi pene, a mi lengua.
A mis dedos sucios.


Iconoclasta

Hay provincianos y provincianas tercermundistas que con servilismo de retardados mentales, sienten admiración por la carne estadounidense, sueca, alemana, inglesa o italiana.
Y entonces deciden llevarse a la boca, el culo o el coño esa carne para salir del negro abismo del agobio que llena sus tristes y grises vidas.
Piensan con ese poco cerebro que alguien les ha heredado, que esa polla o coño que van a saborear sabe a mermelada. Al final, acaban bebiéndose y oliendo la misma orina que han mamado de los genitales de sus paisanos. Eso sí, son lácteos de otra región, un poco de exotismo ganan, aunque dure una mierda.
La verdadera razón de que los idiotas se deslumbren ante seres de razas «superiores» y se los follen o les hagan una buena comida de bajos, es para curar su baja autoestima y sus complejos de cargar con un cerebro poco eficaz. Y pretender ocultar a un forastero esa vulgaridad que reina en sus vidas. Creen que el extranjero no es un subnormal como ellos, pero quien tiene un poco de cerebro, no cree en razas superiores ni en hombres o mujeres que sean mejores que él mismo, aunque vengan de otro puto planeta.
Como si follarse a uno del norte, los hiciera del norte.
El servilismo, la ignorancia, y un retraso mental es caldo de cultivo para una prostitución fácil o barata. Por mucho que la quieran disfrazar de ligue o de conquista.
Otra cosa son las putas y los chaperos, que no tienen complejos, solo van a por dinero, sin pensar que se la están comiendo a Odín o a una walkiria. Son un poco más inteligentes que los y las idiotas que se ponen cachondos/as con carnes eslavas, arias o sajonas.
No jodas… Yo no le como el coño ni a una princesa si no me parece algo interesante, y se lo voy a comer a una rubia gilipollas por ser simplemente de una región del norte.
La dignidad no es algo que se pueda debatir o negociar. O hay dignidad, o se trata de un perro o una perra metiendo el hocico en el culo de otro perro o perra.
¿Razas superiores? No…
Solo hay retrasados mentales en todas las regiones del planeta.
La misma mierda de siempre, nada nuevo bajo el sol.
Vamos que lo que se aplica al fútbol internacional, se aplica al sexo internacional entre idiotas.
No es malo follar con carne eslava (por ejemplo), lo malo es ser tan idiota de creerse que es especial…
Las orientales son otra cosa, que conste. No es que las admire, que yo soy muy digno; pero es que no son italianas, alemanas, inglesas, suecas o estadounidenses. Son más espirituales.
¡Ja! Me parto…


Iconoclasta

«La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo.» (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656

Hay momentos buenos por los que vale la pena pagar, porque lo bueno no existe gratis.
No importa que la idiota mienta y diga lo maravilloso que soy. Ya soy mayor para creer toda esa mierda, sé lo que soy, como soy.
Y el que yo sea un ser despreciable, no convierte a nadie en algo mejor que yo.
Hasta yo, siendo tan desarraigado e indiferente a las vidas y emociones de los demás, supero ampliamente en calidad a cualquier otro espécimen.
El mundo es sórdido, yo solo soy un producto de él, de lo que han creado. Que se jodan, a mí me va bien.
El condón me incomoda, pero ese coño rosado promete una muerte dulce e infecta. No soy un suicida.
Un billete de quinientos y otro de doscientos asoman en el bolso de la puta, cuando ha sacado el condón para vestirme la verga, le he pagado.
Follar entre miseria tiene un aliciente y una intensidad que no tienen los buenos burdeles de altos precios para gente como yo.
El niño de unos cuatro años, juega con el teléfono de la puta de su madre. Se encuentra justo a mi lado, sentado en una silla a la cabecera de la cama. Yo jadeo sin ningún pudor mientras me la come rico.
Le gusta mucho el sabor a frutas del condón, se nota.
Me relajo, yo pago y ella trabaja, no me preocupo si ella siente placer, no me gusta preocuparme más que por el mío.
Su coño, encima de mi cara porque así se lo he pedido, está seco como el tabaco al sol.
Entre chupada y chupada dice cosas como: «¡Qué rica verga, papi!». Su vulva lo desmiente.
Me gustaría decirle que dejara de rajar mentiras y estupideces, pero crearía un mal ambiente. La zorra hace su trabajo, es inevitable.
Cuando ya se ha cansado de darle al «que te pego» con la boca, se sienta en mi vientre clavándose mi polla, noto la habilidad de su vagina estimulándome, tiene prisa de que me corra rápidamente.
El niño se queja de que el móvil se ha quedado sin batería, lo dice varias veces y me irrita. Está tan cerca que darle una bofetada es inevitable. Así que le cruzo el rostro con el dorso de la mano derecha haciéndole una pequeña herida en el labio superior.
La puta, entre jadeos y cabalgándome, le dice que le ha estado muy bien, que se ha ganado la hostia a pulso. El niño apenas llora, se limita a bajar la cabeza con el teléfono entre las manos y hacer como que no existe su madre follándose a un desconocido en su casa.
El monte de Venus de la guarra sube hasta casi el ombligo, seguro que aparece en internet. Es un vello negro y rizado de esos que da asco lamer. No haces más que escupir todo el rato. Por otro lado, hay que estar muy loco para pegarle una mamada al coño de una puta.
Llega el momento de eyacular y lanzo mi pelvis hacia arriba, la puta sonríe porque por fin puede descansar y como una buena amazona, mantiene el equilibrio sobre el caballo.
Blasfemo de placer y ella se retira, durante unos segundos aferro con fuerza el pene entre el puño vaciando los restos de semen que aún salen con pequeños espasmos.
«Qué rico te vienes, papi», dice bostezando.
«Cállate, joder», le respondo.
Ahora me da asco, cuando eyaculo, durante unos minutos no soporto a la mujer y me contengo de darle un puñetazo en la nariz y aplastársela.
Me saco el condón y lo tiro encima de la cama, el semen se derrama en la colcha, pero la puta no lo ve, está lavándose el coño.
Al niño lo aparto de la silla para sentarme y atarme los zapatos.
«Vuelve pronto, mi amor», me dice desde algún lugar del baño.
No respondo y al salir del dormitorio su marido está dormido frente a la televisión sin volumen. El pantalón está desabrochado y sus calzoncillos tienen una gran mancha de humedad.
No me importa que se masturben mientras follo siempre y cuando no lo vea o no me molesten. Este puerco me debería pagar a mí. Su cabello negro está sucio de polvo y cemento de la obra.
Vale la pena pagar por estos buenos momentos, porque cuando pagas eres amo y no existe nada más adictivo que la posesión de un ser humano. O de una familia entera.
Podría meterlos a ambos en la trena durante toda la vida y a su hijo meterlo en una picadora de carne. Decido perdonarles la vida.
Enciendo un cigarrillo y lanzo el fósforo aún caliente entre su cabello.
Su vaso de algún licor con hielo está a medio terminar y lanzo un salivazo dentro.
El puerco no se despierta a pesar de mi proximidad. Es una razón por la cual muere mucha gente: es demasiado holgazana hasta para estar alerta. Menudo cabrón.
Es lo que decía: con todo lo despreciable que soy, estoy por encima muchos idiotas en ética, valor e inteligencia.
Cuando entro en mi casa, mi santa ya tiene la cena servida, comemos en silencio porque no tengo nada que decirle, al menos algo que le guste oír.
No tenemos hijos porque a mí no me ha dado la gana, hace años que le dije que si se quedaba preñada, no soñara con tenerlo, porque la haría abortar a patadas en la barriga si fuera necesario.
De postre me saca una cremita que está mala, ácida. Me jode que no tenga cuidado, por lo que le doy una paliza de casi cinco minutos con cinturón y patadas.
Uno de los golpes le ha ido al pecho izquierdo y se le ha inflamado. Tanto, que me la pone dura.
La levanto, la obligo a que se ponga encima de la mesa con las piernas abiertas, le rasgo la bata y le arranco las bragas. Se la meto y comienzo a follarla; pero como estoy cansado se me arruga y la llevo al dormitorio para que me la chupe. Tras veinte minutos de una mala mamada, no consigo correrme de nuevo. No tengo ganas de darle otra paliza y me duermo.
Me despierto, llego a mi trabajo, me visto con la maldita toga que la haría arder y cuando entro en la sala, golpeo con el mazo para dar inicio a la sesión y me convierto en dios.
Vale la pena pagar por los buenos momentos.
Y que te paguen por tener en tus manos la vida y el futuro de otros, no tiene precio.

 

Iconoclasta

No acabo de entender el proceso de como un tortugo se la mete a la tortuga. Por otra parte, me parece muy forzada la posición del macho haciendo equilibrios sobre el caparazón de su santa, mientras mueve torpemente las patas en el aire y estira el cuello.
No sé si los deficientes mentales follan así, pero no me cuesta nada imaginarlos con un caparazón haciendo carambolas sexuales con gemidos gangosos.
Qué sordidez… Tengo el cerebro podrido…
Hay reportajes en la televisión que no tienen ninguna gracia.
Y la naturaleza no es para tanto, es más bien algo estúpido. Y es por eso, que no reciclo absolutamente nada, porque parece que «la madre naturaleza» lo ha hecho todo mal, empezando por las bestias y acabando con los humanos.
Es razonable que tire las pilas gastadas al río, alguien tiene que poner fin a esto.

Ella duerme con esa piel tan caliente, con sus pesados pechos rozando la piel del vampiro, con las piernas entrelazadas tentando a su señor cruel.
Y él intenta romper su sueño y su descanso. Someter su conciencia a su voluntad.
Los dedos del sin nombre siguen y resiguen con insistencia las tiras de un tanga que convergen en un coño hambriento, un sexo húmedo y dormido que espera la caricia que lo ahogue en sus propios humores. La tela es un medio por donde circula el placer, lo amplifica, crea la expectativa, anticipa lo inevitable. Cuando se aproxima a las ingles o a su inmaculado pubis rasurado, la respiración de la hermosa se convierte en algo audible. Su coño exige más oxígeno y sus pezones más sangre para endurecerse.
Los dedos del vampiro tiemblan abriéndose camino entre las sábanas, buscando la piel, la suave carne de la vagina trémula y ardiente que palpita en la oscuridad y alcanzar la seda de los muslos internos, que pretendiéndolo, aplastan una vulva ya exaltada, jugosa y anegada de lujuria.
Es una violación impune en la noche, la invasión de una vagina indefensa ante lo nocturno y el sueño. Es posesión casi predatoria en la oscuridad.
Una violación que el instinto permite, que busca…
Algo atávico.
Orgasmos nocturnos, robados, vampirizados en el silencio de la madrugada, en las respiraciones oníricas.
Orgasmos sin luz ni conciencia.
Placeres que emanan de pliegues íntimos creando temblores incontrolables en las extremidades, desde un clítoris secreto que palpita cuando la conciencia duerme.
Escalofríos de una fiebre incontenible que agitan en un espacio que no hay, (los cuerpos están cosidos entre sí con suturas de deseos y fibras nerviosas) los brazos y las ingles en una agonía pornográfica, silenciando gemidos de placer para ocultarse a la conciencia. Ignorando lo que duerme y lo que invade; no hay control de las manos que se crispan, de los dedos que empujan a la mano invasora más adentro.
Más…
Está poseída.
Apenas rozan las yemas calientes y rudas los labios entre los muslos apretados, hambrientos de recibir castigo; cuando se le escapa el aire en un exhalación prolongada como un desmayo.
Se vampiriza el deseo, robando la voluntad y saciando el coño lenta y metódicamente; provocando un sismo que derrota el control de los brazos y las piernas.
Es una lujuria que anida descarada entre la nocturnidad llenando los oídos con jadeos difícilmente contenidos que solo la bestia puede percibir, amplificados en un glande resbaladizo a punto de estallar.
El vampiro convierte el aire de la madrugada en una niebla profunda preñada de un placer narcótico.
Sexos derramándose sin apenas un roce, la noche y sus pieles ardiendo.
Un vampiro hambriento e impío… Su pene rozándose con ella, latiendo…
«El coño es una víctima sin voluntad y mi pene una estaca temblorosa derramando un semen retenido durante una eternidad en unos cojones inflamados, colmados…»
El vampiro se arranca la ropa y con un puño que duele sacia su hambre derramando una lefa en las sábanas. Una marea blanca y espesa que empapa sus propios dedos, los testículos y la piel deseada allá done la toca.
El semen se enfría al tiempo que vampiro y víctima regulan su respiración para entrar en un sueño profundo.
La conciencia se siente engañada, algo se le ha escapado a su control, la vagina está tan empapada…
Una gota tardía de semen casi transparente, se desliza placenteramente del falo del innombrable al tiempo que sus párpados se relajan y la mano se hunde en el negro cabello que le condena a la luz y a la oscuridad.
Y todo está bien, el sueño no puede impedir lo inevitable, jamás pudo.
Bendita sea la condena de los seres de la noche.

 

Iconoclasta

¡Oh puta entre las putas!
Tus mamadas son grandiosas, me arrancan la leche y la sangre dejándome vacío. Hacen débiles mis huesos.
Y provocan mil blasfemias, donde la virgen recibe un sagrado rabo meándose de placer.
Sé que tu boca vale más que trescientos cincuenta pesos. Tu arte no tiene precio, puta.

¡Oh, ramera, naciste para esto! No necesitas amar ni ser amada, tu vanidad basta para que me destroces la polla con lengua, labios y dientes.

No haces ascos, no temes.
Si tuvieras hijos serían presidentes, escritores, artistas, jueces…
Si no tuvieras una matriz tan podrida…
Te ríes cuando te llamo zorra. Eres una delicia, mi puta. Por trescientos cincuenta pesos rompes la monotonía que destroza mi ilusión convirtiéndome en un pene triste que escupe su lefa sin alegría.
Contigo el semen brota como cuando tenía dieciséis y ya han pasado dieciocho.
Trescientos cincuenta pesos y va incluida alegría y buen humor. Si no fuera un pobre de mierda te pagaría tres veces más.
Si no fuera porque mis hijos tienen que comer, al menos mañana, te abriría la boca y te haría tragar otra vez lo que hace pesados mis cojones.
Me perteneces, eres mía en estos minutos que tu increíble boca da placer a toda esta carne entre mis piernas.
Provocas dolor dentro de mis huevos cuando me corro. Es tanta la presión que provocas en los cojones…
Estoy seguro que si durmiéramos juntos, el hechizo se iría a la mierda, como ocurrió con la madre de mis hijos. Tiene una boca cuidada y limpia, no fuma; pero es aburrida como el puto dios que la parió.
Y tu coño… Es tan prieto, tan tenso. Si pudiera pagar más, te la metería sin condón más a menudo.
Es tan prieto, tan tenso…
Quien lo diría, con las vergas que te han clavado.
Las putas sois tan especiales…
Ojalá mi madre hubiera sido una puta como tú, porque ahora sería un cochino presidente o un juez como esos subnormales que van disfrazados por los juzgados, así podría meterte diez mil pesos en tu puta boca de puta ramera, puta, puta, puta mojados con mi semen.
Soy un asqueroso pobre, ramera. Y por unos segundos tu boca y tu coño eficientes son míos.
Si no tuviera hijos o no comieran, te daría más dinero para pagar los pezones que te arrancaría con los dientes.
Pero estos trescientos cincuenta, es lo que he ganado en estos tres días en la obra. Date cuenta cuanto te valoro, cuanta admiración… Vales más que el hambre de mis hijos y la de mi patética esposa.
No te puedo pagar más tiempo, puta.

Juan Greco Zamora hunde una vieja navaja oxidada y sucia entre las costillas de la puta, el aire que escapa por la herida es como el de un neumático pinchado. Se encuentran bajo las oscuras escaleras de un bloque de apartamentos sucios y ruinosos, en un barrio bajo de Puebla.
La puta no puede separar la cabeza de entre las piernas de su cliente, una mano ancha y fuerte de piel sucia de cemento, mantiene su nuca inmovilizada contra esos cojones que huelen a orina y sudor. Se ahoga con el pene, con el semen que baja por la garganta y la sangre que sube de su pulmón reventado. Son las últimas cosas que percibe Evangelina antes de que su boca se llene completamente de sangre. Tiene treinta y cuatro y hace quince que es puta barata. Especializada en mamadas rápidas, muere también rápidamente con una polla en la boca y trescientos cincuenta pesos metidos en el sostén blanco y sucio.
Así mueren las putas: con las pollas puestas.
Una vida de mierda y una muerte igual. Es de risa…
Cuando Juan llega a casa, su mujer le pide dinero para comprar huevos, él le dice que no le han pagado. Mañana…
Toma a su parienta por los hombros y la dirige a la mesa, donde la obliga a postrar el pecho. Le levanta la bata, le baja las bragas y le mete el pene sucio de sangre en el coño. Ella jadea desganada y aburrida. Él eyacula silenciosamente y los dos pequeños juegan en el suelo con las colillas de un cenicero, no prestan atención a la follada.
Cenan gelatina y se van a dormir muy pronto.
A la puta muerta la descuartiza un forense en una especie de matadero con azulejos que jamás serán ya blancos.
Y a la mañana siguiente no habrá variado absolutamente nada; porque otra puta ocupará la vacante del portal y Juan Greco Zamora, un mediocre peón de albañil que no es hijo de una ramera, comprará carne de puta cuando vuelva a cobrar su jornal de mierda por ser analfabeto.
En otro lugar de México muere una cantante y cientos de miles de seres lloran su muerte y otros piden justicia por la muerte de un periodista.
Es de risa…

 


Iconoclasta

Está encima de una mesa forrada de cuero, sucio y húmedo, como la piel de un animal recién despellejado. Sus muslos anchos y musculosos están ceñidos por unas cintas de cuero con hebillas de hierro oxidado, de las que salen unas cadenas que se enganchan al techo, de tal forma que sus piernas están suspendidas, con las rodillas en alto, inclinadas hacia el pecho y a su vez separadas hasta el punto que los abductores de las ingles se tensan como cuerdas bajo la piel. Sus pies cuelgan lacios de los tobillos, no les llega la sangre que debiera.

«Átame pies y manos. Cuando me la mames, pon tus nalgas en mi cara, quiero sentir en la panza esos enormes pezones». «Eres una puta hermosa, porque… Te gusta que te llamen puta ¿verdad?»

No le gusta que le digan en voz alta lo que es, pero tiene que afirmar para sacarles todo el dinero que sea posible.

No siente asco ni rabia, solo indiferencia profesional por sus clientes. Es mejor ser buena actriz que saber follar. Puedes no saber hacer una mamada, dejar el coño completamente lacio y poner el culo como si te fueran a meter un supositorio. Si solo una vez en la vida te la han metido, basta con saber gemir, gritar y hablar con voz sensual para ser puta.

Las putas no saben follar, no tiene porque saber. No saben ni mamarla. Por eso escupe en la mano y se frota el coño en el lavabo, que luzca brillante para ellos y ellas.

El único sonido audible en la habitación de paredes moradas salpicadas de manchas más oscuras, es el tintineo de las cadenas y su respiración.

Cuando se pone bajo la ducha, siempre encuentra alguna escama de semen seco en su piel, siempre aparece algún resto en algún rincón de su cuerpo, el semen de los puercos, la ama, es imán para él. Y se siente desgraciada cuando se lleva «trabajo» a casa.

La vulva se exhibe obscenamente abierta, el ano luce enrojecido e indefenso, el clítoris parece cansado de tanto aire fresco y el meato se exhibe como una boca de sanguijuela en una vagina mojada y brillante.

De un pequeño tubo de silicona que sale del techo hasta aproximarse al rasurado monte de Venus, caen tres gotas de algo viscoso que aterriza muy cerca del clítoris y riega la vulva. Suspira con cada gota de ese aceite calentado a muy baja temperatura, lo suficientemente frío para que no queme, lo suficientemente templado para que sea notorio cuando cae en su sexo.

Los ojos de un verde esmeralda, enmarcados por unas largas pestañas negras y rizadas, lloriquean, observándose en el espejo que se encuentra a un metro sobre ella, en lo alto. Lloriquean del placer de verse a sí misma indefensa y  expuesta, con todos sus agujeros abiertos. Porque hasta su boca se mantiene abierta por un abrebocas de cirugía dental, se puede observar el movimiento ansioso de la lengua y la baba que cae de la boca para deslizarse por el cuello.

No puede ver otra cosa más que su rotundo y exuberante cuerpo, la cabeza está inmovilizada por un taco de madera a cada sien, unidos por una cinta de cuero que sujeta su frente. No puede alzar el cuello ni girarlo.

Un tubo de mayor diámetro que el de silicona emerge del techo y se aproxima hasta el monte de Venus, una pequeña serpiente cae enredada y recorre el vientre, se acerca a las ingles y luego opta por el olor de su sexo, donde su lengua lame los labios vaginales y todos los pliegues, hasta que en un momento dado, cuando va a explotar de placer, el asco y el deseo desaparecen. Su corazón palpita acelerado.

Su respiración es forzada, porque sus manos están atadas por una cuerda bajo la mesa, los brazos y los hombros se mantienen tensados hacia atrás, a ambos lados de la cabeza y casi dolorosamente doblados hacia el suelo. Los pechos oscilan como flanes, enormes y perfectos gracias a la cirugía y la silicona, las areolas perfectamente delimitadas, del color del melocotón están coronadas por dos pezones gordos como cerezas. Que se mantienen erizados, dolorosamente erectos.

De algún lugar de las paredes dos chorros finos, apenas visibles de agua helada, impactan con fuerza en sus pechos; cuando aciertan en sus pezones el placer se confunde con dolor, porque es una fuerte presión que duele en puntos muy concretos, enerva los nervios y lanza mensajes de un dolor confuso.

Un hombre del que apenas puede ver un poco de una bata blanca, le ha azotado el clítoris con un cinturón negro, con la hebilla. Siente pulsar ese pequeño y duro trozo de carne como si estuviera mutilado. Luego llega un beso y una lengua que se agita rápida, en el espejo ve una cabeza rasurada entre sus piernas y una mano que se apoya en el monte de Venus hiriéndole la tenue piel al enterrar las uñas allí.

Se ha aferrado a la pata de la mesa y se ha partido una de sus largas y curvas uñas de puta, siente que un corazón palpita reventándole la yema del dedo corazón, el derecho. No importa, tiene bisutería que camufla las heridas y la mierda.

Dura poco el placer viscoso de la lengua y se vuelve a quedar sola.

La melena rizada negra como el universo, se agita dejando caer gotas de sudor cuando gime y pide más.

Su piel blanca, muy pálida, tiene un tono cerúleo, casi cadáver. La luz que incide sobre ella desde las paredes, está pensada para ello.

Es una puta de alta categoría, su cuerpo ha costado ciento de miles de pesos, y en pocos años ha rendido quince veces más.

Pero su coño no sabe ya del placer, los hombres y mujeres cuando pagan solo piensan en su placer. Y ella necesitaba, algo fuerte como su cuerpo, sus tetas perfectas y obscenamente enormes donde los hombres dejan su semen invariablemente, su vagina hiper entrenada; había llegado el momento que la sentía tan enorme de tantas veces que se la habían metido, que estaba segura de que no llegaría a sentir nada jamás.

Algo fuerte omo su mente insensible…

Algo se acerca a su lado, lo percibe por el rabillo del ojo. Es un pene, el prepucio goteando se acerca a su ojo izquierdo.

Una gota de aceite templado cae en su vagina y la siente como una piedra por lo sensibilizada que está. Un dedo hijoputa oprime el clítoris y desearía curvar la espalda de placer y deseo. Sacude fuertemente los muslos para abrir más el coño y que ese dedo se meta; pero el dedo cede en su presión. El prepucio se retira lentamente, ante sus ojos. Desaparece por un segundo, como una exhalación, es el efecto de una luz estroboscópica que la aturde y la ciega.

El meato asoma ahora, muy cerca de su boca, sale de entre un ropaje negro, se encuentra en la verticalidad de su boca. Una pegajosa gota de fluido se desliza hasta caer en el acero del abrebocas que mantiene las mandíbulas separadas, la limpia con la lengua. Las escenas se suceden como fotogramas, la luz esquizofrénica que la baña hace una realidad nueva de un mundo que creía conocer.

El glande luce enorme y brillante y acaricia sus inmovilizados labios, con la lengua lo sigue, con dificultad consigue gritar que se lo meta en la boca. El pene sigue bordeando los labios, sube por la nariz y se apoya en cada ojo dejando un pegajoso resto de humor sexual en los párpados.

Cuando abre los ojos el glande ha desaparecido y algo duro y cálido, algo artificial está oprimiendo el ano, caen tres gotas más, las siente correr por los labios vaginales y se encharcan en el ano, entre lo que le presiona y el esfínter ahora hambriento.

«¿Es que no me vais a follar nunca, hijos de la gran puta?» Piensa desesperada, está cansada de intentar hablar, le duelen las mandíbulas y la garganta.

Unas manos sujetan un martillo próximo a una barra de madera de un diámetro semejante a la de un pene grueso. El espejo lo detalla todo y piensa que sus nalgas poderosas, bien moldeadas con silicona, están preciosas, son dignas de acoger cualquier cosa que le metan.

Un martillazo fuerte y sin piedad.

Y toda esa barra de madera le entra en el ano, otro martillazo más y cree que van a reventar los intestinos. Luego nada… Con la barra encajada en el esfínter, cuatro manos acarician sus glúteos con rapidez, con avidez, crean círculos en la piel con las palmas de las manos y aceleran el ritmo por momentos, hasta que se convierten las caricias en palmadas y las palmadas hacen eco, en la madera que la penetra, como si fuera una antena que amplifica señales obscenas de un mundo oscuro y violento.

El placer la lleva a rotar la cadera cuanto le es posible, para provocar la ilusión de movimiento en esa dureza que la hace sangrar. Ha visto dedos sucios de sangre acariciar su carne en el espejo. La madera arde en el ano, la irrita, pero está bien. No sabía que pudiera estar tan en su sitio. Aunque cualquier cosa es buena para aplacar todo ese deseo que no satisfacen.

La túnica negra parece flotar hacia ella de nuevo, las luces estroboscópicas le han arrebatado la percepción del tiempo y del lugar.  Cuando creía que estaba lejos, en su boca se mete toda aquella carne que huele a orina, a deliciosa orina. Acoge por unos segundos el deseado glande y lo acaricia con la lengua. Con horror siente que el pene se mete más adentro, más profundamente en su garganta, debe hacer acopio de serenidad para respirar por la nariz. Tiene que luchar con todas sus fuerzas por el vómito que le provoca.

Allá abajo en su coño, puede intuir lo que ocurre, porque la túnica negra de la que sale ese pene que le folla las cuerdas vocales oculta su visión en el espejo.

Le han arrancado la tranca del culo, tan rápidamente que ha sentido con toda su vergüenza como salía excremento. Una, dos, tres, cuatro, cinco gotas de ese aceite cálido han caído en su hambriento coño.

Y le alivia cuando alguna de ellas se desliza hasta el ano, ahora tan dilatado, que forma un círculo perfecto del tamaño de una moneda de diez pesos.

Siente los testículos tocar los dientes, el cuerpo de ese desconocido en sus pechos, doliéndolos y quitándole el aire…

Un tubo se desliza en su ano, intenta cerrar el esfínter, pero está tan lubricado que no puede evitar que la invada velozmente y le llene de agua caliente las tripas. Se resiste lucha contra ese agua, pero solo consigue expulsarla explosivamente y con toda la mierda que hay en sus tripas, para su humillación. Una mano con un guante de goma acaricia brutalmente la vagina, exprimiéndola, dándole manotazos y siente asco, se siente como una res maltratada, hay algo tan sucio en ello…

«Al fin y al cabo soy puta, no hay humillación para las putas», piensa con un vómito que ha subido  a su garganta y no puede salir porque esa polla lo impide.

La mano no toca el clítoris ni de cerca, siente que va a estallar de excitación.

De repente las luces se apagan, el pene sale de su boca bruscamente y el vómito sale libre de su boca abierta, deslizándose apestoso por el cuello, metiéndose en la nariz, ensuciando su piel casi cerámica.

Un brutal chorro de agua es lanzado contra la vagina, parece que la va a arrancar de la camilla, la presión en insoportable. Y el dolor. Llora y grita, no lo puede soportar… Solo puede mover las nalgas un ángulo mínimo para evitar todo ese daño, un ángulo insuficiente. Siente el agua meterse bajo la espalda, recorrer las nalgas, las ingles. Sus pechos reciben parte de ella, es la única zona donde agradece ese frescor.

Cesa el agua, siente un frío agradable, se relajan sus músculos. Solo queda un suave dolor en el ano, la vagina está hiper sensibilizada y piensa que se la dejaría lamer por un perro y correrse, correrse, correrse… Un humor caliente y viscoso le unta los labios vaginales. Hacía tiempo que eso no ocurría, hacía años que su coño solo estaba húmedo por el semen y los lubricantes de tubo.

Con la lengua intenta humedecer los labios. Su melena rizada gotea, y sus pechos se mueven tranquilos, sincronizados con la caja torácica, las costillas están sumamente marcadas en la piel.

Intenta girar la cabeza, intenta hablar, decir que ya se siente satisfecha, no quiere seguir con la sesión.

Otra vez el ser de la túnica negra, en sus manos lleva dos pequeñas pinzas de bocas dentadas con finas y pequeñas puntas agudas de las que cuelgan pequeñas cadenas.

Intenta gritar que no quiere eso, agita la cabeza y mueve las nalgas desesperada.

No hay efecto alguno, el de la túnica negra continúa su trabajo impasible. A través del espejo observa como coloca una en cada pezón, es un dolor que provoca escalofríos, escalofríos veloces, superficiales como cucarachas que corren por la piel y que parecen unirse en su coño a frotarse allí las antenas. Observa fascinada como las manos giran unos pequeños tornillos que dan más presión a las pinzas. La piel se rasga, hasta tal punto que se despide de esas hermosas cerezas que le construyeron; piensa en el cirujano, en otra sesión de quirófano para arreglar todo ese daño. Se centra en la anestesia y el no ser.

Las cadenas se sujetan también en algún punto debajo de la mesa, sus pechos ahora están forzados hacia los costados. Procura respirar suavemente, no quiere que el pezón cuelgue grotesco de la mesa del placer. Puto placer… ¿O es dolor?

«Soy puta y no hay dolor, soy puta y nada me asusta, soy puta y tengo dinero, mucho más que las que tienen el coño más estrecho del mundo».

La mesa ha empezado a vibrar, le sigue un movimiento oscilatorio lateral suave, al cabo de unos minutos es brutal, y grita. Grita como nunca ha gritado jamás, grita más que cuando su padre le reventó el ano a los diez años y corría calle abajo con las piernas escurriendo sangre.

No quiere perder los pezones, que cese esto por favor…

No se ha dado cuenta, pero se ha roto dos uñas más y ahora sangra por tres dedos, y por los pezones. ¿Por qué la excita tanto su reflejo de tetas ensangrentadas?

Su ano no sangra ya, solo está inflamado y late haciendo eco en el clítoris. No puede describir con claridad lo que siente ahí abajo.

Las luces estroboscópicas muestran su rostro dolorido en el espejo, sin embargo su lengua lame el metal del abrebocas. Sus pechos sangran, sin embargo, ella agita su tórax forzando más el dolor.

Es esquizofrenia pura.

«Qué paranoia, puta», piensa para sí.

Vuelve de nuevo el silencio y la quietud, ahora se ha hecho la oscuridad.

«Preciosa, hermosa, ahora enséñanos como se corre una mujer de verdad.»

Es un susurro apenas audible, que le pone el vello de punta, las pinzas de los pezones se han aflojado, y con cuidado alguien las desprende.

Una luz suave ilumina el sórdido y sucio cuarto donde se encuentra.

Otras manos frotan con esponjas suaves y calientes sus pechos heridos, el ano y la vagina. La excitación le acelera el corazón, demasiado…

Demasiado, teme morir.

Unos labios han empezado a besar el clítoris, lo lamen, lo aspiran y luego lo dejan ir. Se lo imagina enorme, se lo imagina creciendo y expandiéndose en su vagina.

«Hermosa, tu coño es una fuente, qué bien lo haces, te amamos».

Siente que en su vientre se hace agua, siente que se orina.

Una  cabeza en cada pezón se aplica en mamarlos. Está enloqueciendo.

«Ahora, preciosa, ahora».

Un pene asoma sobre su monte de Venus, se exhibe durante unos segundos, dos manos ocultas han abierto su vagina más allá de lo que ya estaba abierta.

El pene entra dulcemente, y solo bastan cuatro movimientos de empuje en la vagina para que sus piernas se tensen, el torso se arquee y de su boca salga un gemido casi animal. Su caja torácica parece que va a reventar. Las venas de su cuello se han hinchado tanto que parecen a punto de reventar.

Está al límite del colapso, el orgasmo sacude cada célula de su cuerpo y prefiere morir que vivir, prefiere morir así, con todo ese placer, porque sería vivir eternamente.

No importa nada lo anterior, ha nacido una nueva estrella en su puto  coño.

«Es heroína, la más buena, la más pura, te hará bien, amada nuestra…» Y una bellísima aguja se hunde en su ingle. Suave y dulcemente su sangre se aplaca y llega a su cerebro como una marea de paz devorando todo el dolor.

Y se desvanece la consciencia, deja de existir con una sonrisa satisfecha.

La oscuridad, una bendita oscuridad y un coño latiendo, vivo como un gran corazón.

 

Tres cuartos de millón de pesos ha incluido la reconstrucción de los pezones y tres días de ingreso en el mejor hospital de México.

Los cuidados están siendo exquisitos.

En  la primera noche en el hospital, se acarició la vagina, y se derramó casi al instante.

Es la última noche de ingreso en el hospital, el collarín para inmovilizar el cuello se lo retirarán dentro de un mes, ha sufrido luxación en tres vértebras, podría haber quedado paralítica o muerta.

Juguetea con la tarjeta entre los dedos, un cliente, no  recuerda cual, le dijo que algo no iba bien en su coño, o en ella misma. Y le ofreció la tarjeta, un centro de rehabilitación sexual muy exclusivo para putas, era el dueño del negocio.

«Sexo vivo. Regeneración del deseo sexual en una sesión de seis horas».

Así decía la tarjeta negra con letras blancas, además de un número de teléfono de contacto.

No creía que fuera posible, le preguntó al gerente de la empresa si de verdad se creían que podrían regenerar el deseo sexual en una puta ya insensible como ella.

«Señora Margueritte, no crea que el mundo del sexo acaba solo en una habitación de hotel de lujo o con unas correas y un látigo de diseño. Le aseguro que no tendremos piedad para conseguir que su vagina se convierta en otro ser vivo en usted. Será puta, pero le aseguro que no lo sabe todo del sexo, el dolor y la crueldad» le dijo el gerente del negocio.

Se rió con vanidad y desdén. Y sobre todo, tenía demasiado dinero para gastar. Pagó la casi millonaria cifra.

Lubricaron su vagina de nuevo, pero también el alma.

Ahora siente unos felices deseos de llorar, se siente bien llorando. Ya no es una seca vida de mierda. Tal vez los lacrimales y el chocho tengan algo en común.

Con cuidado para no lastimarse los pechos vendados, se coloca de costado en la cama, y mete entre las piernas la mano con los tres dedos vendados, que tardarán más de tres meses en recuperar las uñas. Y deja que fluya todo ese humor cálido y viscoso mojando las vendas y los muslos.

Se duerme y su padre le revienta el culo, un cliente la trata como un cenicero, se aplica un escupinajo en el coño para parecer húmeda en un sórdido lavabo frente al espejo y ella solo goza.

Su coño se hace vivo y toma el poder del sueño, las riendas del placer.

Ha nacido un nuevo chocho.

Y llora… Y ríe.

 

Iconoclasta

17:52 de un apestoso día como otro cualquiera en una plaza comercial, en la fila de caja de una hamburguesería de esas que regala mierda con cada cajita gozosa para los niños. Y algún descerebrado de más de veinte años que también las compra, claro.
Estoy de vacaciones y cuando mi mujer trabaja, si no me la follo me aburro, así que salgo para distraerme y ver mundo.
Tengo ocho personas u objetos animados delante de mí para hacer su pedido.
Enseguida, mirando sus caras y sus ademanes, me doy cuenta de que los seis primeros y una tía buena con blusa transparente, van juntos. La tía buena resalta entre ellos una barbaridad, viendo quien es su novio, imagino que debe tener algún daño cerebral, pobre chica. O tal vez sea una furcia muy necesitada. Me inclino por su daño cerebral, porque su novio no tiene cara de poder pagar ni una mamada en el dedo índice de su dedo izquierdo. Es de mediana estatura, buenas tetas y un sostén que no es un Victoria Secrets, pero le queda bien, me gusta que transparenten su ropa interior, me ayuda a follar y masturbarme. Su piel es bastante blanca.¬
Le daré mi tarjeta de visita para follármela en la fábrica de condones, luego, cuando los otros se estén cebando con lo que encarguen. La voy a volver lista abriéndole el cerebro a otras dimensiones a través del culo con la nueva gama de condones Hard Culinos from The Hell.
Los otros son una sarta de super bronceados de nacimiento, de ese tipo que crees que son sucios sin fecha de caducidad. Es curioso lo lejos que llegaron los gitanos para follar, seguro que mucho antes que Colón el maricón. Hay dos niños de unos 10 y 12 años, una niña de 14, el novio de la retrasada mental buenísima, que tiene pelo-casco de moco de gorila y negro como el tizón. Otro muy parecido al novio, que debería llevar esponjas en los incisivos para no rayar el suelo. Mismo pelo, pero en forma de cuña, que a esta raza les mola mucho y no sé porque. Al final ni parecen mohicanos, ni soldados de fuerzas especiales. Tal vez se parezcan un poco a los dibujos de ánime, que imagino que a falta de cultura y dinero para ver otras cosas de más calidad, se han puesto hasta el culo en la infancia de ver teleseries de esos dibujos japos; cosa que deja huella quieras que no, en esos cerebros tan lisos y moldeables que hay bajo todo esos kilos de fijador a granel.
Y completa el circo una vieja de aproximadamente unos 60 años que parece tener 90. Es como un títere que solo se mueve cuando el resto de la tribu la estimula con un grito que solo ellos son capaces de entender.
La niña lleva unas plataformas en los pies de mujer de cuarenta, los niños y hombres, todos calzan zapatos muy elegantes, negros, desgastados hasta ver el forro sintético presionado por sus indudablemente largas uñas y con unas punteras que te hace pensar en las babuchas de Aladino. Deben pertenecer a una raza que se denomina Nacos. Lo he oído alguna vez.
Con dificultad, y algunos babeando, piden sus refrescos, patatas fritas y algún café; pero nada de carne, no creo que sean vegetarianos, simplemente son pobres, eso sí, con mucha gomina.
Gente humilde… Bueno, sin eufemismos, son más míseros que las ratas.
Con los pobres hay que tener mucha paciencia porque sus cerebros son tan lentos, que uno solo requiere la ayuda de otros tres de su clan para elegir el puto refresco pequeño de mierda que va a elegir.
Y si el cajero realiza alguna pregunta estúpida como: ¿azúcar o sacarina para el café?, los seis (la tía buena retrasada se ha retirado de la fi¬la porque no quiere nada, seguramente su novio ya la ha hartado de leche en la choza de cubículos con catres separados por viejas lonas de propaganda de partidos políticos), clavan sus ojos negros de gruesas cejas en el rostro del cajero, se hace un silencio intenso en el local, de sus labios abiertos se deslizan unos hilitos de babas, que dulcemente se convierten en gota para caer en las largas punteras de sus calzados.
Cuando todos los clientes pensamos que nadie será capaz de responder, dice el de los dientes de morsa algo así: «ucar pché jero, … pta mdres». Y el cajero de alguna forma lo entiende y sonríe como un idiota. Todos respiramos aliviados tras acabar el tenso suspenso que ha provocado el cajero con su estúpida e imprudente pregunta.
Y no es por echarle más mierda a la mierda, pero son pobres por alguna cuestión genética, y cuanto más pobres, más lerdos. No es racismo, es simple biología aplicada.
Por si no hubiera habido suficiente espera, para esos lerdos endogámicos de ambiente marcadamente rural, llega la hora de pagar. Por seis productos han conseguido pagar menos de 75 pesos (si es que saben montarse unas fiestas con tan poco dinero…). Cuando el cajero les repite tres veces la suma, todos miran a la vieja de pelo cano, sucio muy sucio. Y con una cola que parece una brocha de pintor roída por el perro juguetón que siempre tienen en los tejados de sus casas todos los habitantes. La vieja no se entera, se debe pensar que le miran sus tetas, cuyos pezones llegan hasta las rodillas y apuntan con una perfecta verticalidad al suelo. Y sonríe mostrando su único incisivo feliz ella. Es pobre…
Es entonces cuando uno de los niños le da unos golpes en el codo diciendo «ela, ela». La vieja se sobresalta y con una lentitud perfecta, en la que da tiempo de calcular los ángulos de sus brazos por cada movimiento y hacer el pronóstico del tiempo con cuatro días de antelación, saca del bolsillo de su bata de casa color azul cielo, un monedero pequeñísimo, tan pequeño que nadie pensaría que pudiera llevar más que algún par de bacterias dentro.
Pues aunque nadie lo crea, consigue sacar un montón de putas monedas de un centavo y dos, que tarda en contar como si fueran quince millones. El café ya no humea en el mostrador, se ha enfriado hace un par de horas ya. Cuando se las da al cajero que le llegan en una cadena humana de seis bronceados, en la fila de al lado ya han atendido a diez clientes.
Ya solo queda delante de mí un chico bajito, de hombros caídos, cabeza hacia adelante, gruesos brazos con vello pelirrojo y cuello de toro. Es un síndrome de Down, un mongol. Así que respiro hondo para acopiar paciencia.
Está más nervioso que un desdentado queriendo partir un garbanzo frito. Apenas ha comenzado o «principiado» a retirarse la comitiva de aldeanos endogámicos con sus míseras consumiciones, el mongol se acerca rápidamente a la caja empujando a la vieja sin disimulo alguno.
Como estos individuos son dados a gangosear, le pide algo al cajero que nadie entendemos. El chico se gira hacia mí y con la mirada me pregunta si el pinche cajero es imbécil o qué. No le digo nada, solo veo con fascinación e incomodidad sus ojos bizcos que parecen mirar a alguien muy lejano tras de mí.
Se gira de nuevo hacia el cajero y le señala con insistencia lo que quiere en el tablón de productos, al tiempo que le deja un billete en el mostrador y dice algo así como «pinche puto caguego».
Tiempo de elegir tres refrescos, dos de patatas fritas y un café para los aldeanos: quince minutos.
Tiempo de elegir el menú deseado por el mongol: 3, 3 segundos, con pago incluido.
Cuando me acerco por fin a la caja, el mongol ya está sentándose en una mesa a la que ha llegado sorteando a los seis humildes que aún están decidiendo en que mesa amontonarse y embrutecerse. Por lo visto, no les ha gustado que el mongol les ganara la mesa y dicen cosas esotéricas entre ellos mirando al chico con rencor.
La tía buena se acerca a ellos acomodando ostentosamente y sin demasiada elegancia, sus grandes tetas en las copas del sostén.
El cajero me pregunta que deseo e interrumpo con un sobresalto el profundo repaso que le estoy dando a la Blancanieves que va con los cinco enanitos y la abuela con muerte cerebral.
«Un paquete de Marlboro rojo» le pido.
Me mira como si le hubiera enseñado mi enorme polla, casi ofendido.
«Aquí no se vende tabaco ni productos relacionados», me contesta.
Yo ya lo sabía, claro, pero es que cuando en el cine no dan una buena película, puedes ponerte en la fila de cualquier hamburguesería elegida al azar, con la total seguridad de que vas a pasar un buen rato distraído.
Cuando salgo por la puerta, me encuentro a la chica buena del grupo de rurales endogámicos fumándose un cigarro frente a la entrada.
«Estás buenísima, ¿te puedo dar una tarjeta de mi empresa para conseguir trabajo en mi departamento? Allí te explicarán en qué consiste.
«Sale», me responde mascando chiclé.
Me acompaña el parking subterráneo sin avisar a su tribu. Cuando abro la puerta de mi coche, se me caen dos monedas de veinte centavos y las toma rápidamente. Como poseída, me empuja y me quedo sentado frente a ella en el asiento. Me desabrocha el pantalón, me saca la polla con habilidad y se la mete en la boca. Me encanta como la chupa, en calidad y velocidad. Cuando me corro, se traga todo el semen sin dejar caer ni una gota, no me ha ensuciado nada. Es hábil la hija de puta.
Tras eructar, me pregunta si me ha gustado.
Yo respondo que ha estado genial y con una sonrisa que la convierte en idiota, me dice: «Ayer cumplí 14».
Por toda respuesta, en lugar de darle una tarjeta de mi empresa, le doy cinco pesos que hay en el cenicero y se larga contenta con las rodillas sucias y las punteras de sus zapatos de fino tacón arañadas.
Arranco el coche y me voy a buscar a mi mujer que ya me estará esperando a la puerta de su trabajo. A ver si me la follo rápido, que la putita me ha puesto caliente.
Siempre tengo razón: hay cosas mejores que una mala película para pasar el tiempo.
Siempre abundante: El Probador de Condones.

Iconoclasta

«Qué lástima que tengas esa cara redondeada, dulce y tierna de chica manga. Eres preciosa, una Heidi deseable… Porque no te servirá de nada para que sea cuidadoso y educado contigo.
Te la voy a meter por el culo hasta que muerdas de dolor las infectas sábanas de la cama del motel.
Y luego me la chuparás con los ojos ciegos y las manos esposadas.
Estoy caliente; pero no será rápido. Te arrancaré ese precioso vello lacio del coño, con la cera de una vela negra que dejaré caer en tu raja, que mantendré abierta con unas toscas pinzas de madera.
Tu pequeño y durísimo clítoris latirá ardiendo.
Confundirás dolor y placer. Cuando de tu coño mane la leche del orgasmo, me correré en tu cara y tus manos no podrán limpiar el semen de los ojos, que se filtra por la tela negra que te mantiene ciega. Ni el de la nariz, tendrás que tragarlo o ahogarte.
Beberás tanto semen que te quedarás embarazada vía digestiva.
Si supieras, preciosa Montse, lo que destila ahora mismo mi pijo… La densidad del deseo, la pegajosa lujuria que humedece mis calzoncillos. Te masturbarías como una ninfómana, el vello castaño de tu vulva se empaparía y se pegaría a esos labios pequeños y tersos que forman tu coño.
Respirarías agitando con fuerza esas enormes tetas con los pezones endurecidos como bolas de acero, serías una asmática de la pornografía.
Te apresaría entonces el coño entero, presionándolo con la palma de la mano y cerrando los dedos hasta que entre ellos se derrame el humor que te hace puta.
Sé que eres de las que babea y se extiende toda esa ansiedad por la cara y por los pechos, pero no podrás y las comisuras de tus labios serán unos embalses desbordados.
Cerda… Cerda…
Te dilataré con el puño y no podrás mover las piernas temiendo que se te desgarre el tejido que separa el ano del coño.
Te llevaré a la confusión, donde muere el placer y nace el dolor. Aunque nunca he sabido distinguir qué es lo primero.
Te enseñaré que el dolor o el placer, nacen con la primera bofetada que hará sangrar tu respingona nariz de nena buena, para luego morder tu coño y golpear sin cuidado esa pequeña perla perfecta que escondes entre los pliegues de la vulva con el glande amoratado, henchido de sangre como una variz, como una sanguijuela».
Montse se siente abrumada por silenciosa e intensa mirada de Cristian. Se encuentran sentados frente a frente en una pequeña mesa de un restaurante italiano, en la zona alta de la ciudad, es caro, pero íntimo.
Es su primera cena en pareja, durante cinco semanas, hasta que han podido dejar a sus hijos (son divorciados) a cargo de los abuelos. Hasta ahora solo se han limitado a pequeños tocamientos y besos en los reservados de las discotecas.
Siente una especie de ternura en la mirada de Cristian, es un hombre bueno, amable. Tiene una ligera sensación de vacío en el estómago ante la incertidumbre de como será una noche entera con él; pero es una agradable incógnita.
¬—Tienes cara de niño bueno, esa mirada tuya tan tierna…
—Y tu coño es mío, lo maltrataré cuanto quiera ¬—le respondió al tiempo que metía el pie descalzo entre las piernas, separándole los muslos.
No supo que decir ni como reaccionar, la sonrisa afable de Cristian permanecía inmutable en su rostro. Su sexo se hacía agua, el tejido de la braguita estaba empapado.
—Te aseguro que no quedará ni un rincón de tu piel libre de mi leche.

Todo su cuerpo está dolorido, su ano parece tener enormes hemorroides y su vagina es un horno ardiendo. El monte de Venus está en carne viva por la cera derramada.
Y aún así se masturba al evocar a Cristian, el niño bueno. Le gustó especialmente que le violara la boca con sus manos atadas y los ojos vendados….
Cuando le metió mil dedos en el ano y sintió que la iba a partir por la mitad…
Aún mancha el papel de sangre cuando se limpia.
El clítoris tan pequeño que era, ahora está inflamado como una vejiga. Lo golpeó, lo mordió, lo succionó.
La tierna Montse, la de los ojos grandes de Heidi, se está masturbando con una recia manopla de esparto para exfoliar la piel sentada en el inodoro, con un espejo de maquillaje frente a su vulva irritada e inflamada, maravillosamente inflamada.
Y a medida que le sube el orgasmo, se ríe. Ríe del gesto infantiloide de Cristian, su ademán cortés de predador cruel. Lobos vestidos de cordero…
Se apaga el cigarrillo en la ingle y aguanta el dolor sudando, sus pezones irritados y lesionados, se estremecen con el escozor de la humedad que baja desde su rostro empapado. Evoca el momento en que le arrancó un buen trozo de prepucio con los dientes.
Toda aquella hemorragia en su boca, mezclándose con el semen y la baba.
Se comportó como un hombre, gritó de dolor pero siguió bombeando en su boca, la hizo vomitar.
Con el pene mutilado… Se ha detenido en las caricias, el dolor de los labios vaginales arrasados por la manopla es insoportable. El clítoris parece que va a estallar y se moja con agua fresca que toma del lavabo haciendo cuenco con la mano.
Ella llevaba en el bolso una enorme aguja de peletería, y se dejó atravesar la piel del escroto para follarla, con cada embestida la sangre de sus huevos mojaba su vulva, respiraba dolorosamente, pero no paró hasta eyacular. Mordió los labios de Cristian hasta que sangró y la sangre se mezclaba en las dos bocas. Era una aberración de follada.
Se ha corrido, con el agua fresca aliviando los labios vaginales…
Le duele la ingle, pero no importa.
Espera impaciente otra noche con él. Lo malo no es el dolor ni las lesiones, lo malo es el tiempo que tardan las heridas en sanar para poder volver a realizar las mismas aberraciones.
Su pene mutilado en su boca… Dios…
Ella también parece una buena chica.
Y de hecho lo son.
Serán dos buenos chicos desintegrándose con mutilaciones y heridas, hasta desaparecer en la habitación del horrible motel «chino».
Un día se dejarán la vida desangrados o infectados porque no podrán esperar a que las heridas sanen. La familia y los amigos, no podrán creerlo, se les veía tan amables, tan tranquilos…
Es hermoso soñar.
Mañana irá a ver a Cristian al hospital, el prepucio se ha infectado, los médicos le habían avisado que no se masturbara mientras la herida fuera reciente.
Es tan hombre…
Heidi y Pedro el cabrero…
Está caliente otra vez.

Iconoclasta