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Hay gente llorando su soledad entre sus amigos, familia e hijos, y también clama por tener una vida maravillosa que tal vez con unos cuantos millones de la lotería pudiera ser factible.

No lloran su soledad, lloran su frustración.

Es un error sintáctico bastante común.

No saben que se equivocan con la palabra y confunden el sentimiento, no lo hacen de mala fe, pero no ayuda a mejorar su ánimo; cosa que me importa exactamente lo mismo que la migración de las mariposas monarcas y el vuelo sincronizado del ibis. Simplemente soy vanidoso y me gusta lucir mi sabiduría.

Sé que no soy Coelho; pero para lo que me pagan, que le den por culo al optimismo y la esperanza. Tampoco tengo interés en ayudar a nadie.

The Secret es un libro al que recurro frecuentemente cuando el portarrollos de papel higiénico está vacío. Odio el papel satinado para limpiarse el culo, no recoge nada.

Es un error lingüístico común confundir la sensación de soledad con la frustración de un montón de decepciones y vanidades insatisfechas.

La cuestión de mis errores es algo con lo que puedo vivir; hablando en plata, me suda la polla lo que me equivoqué.

La frustración es uno de esos efectos colaterales que comporta la vida, no mata, puedo vivir con ello también. Y la muerte no hace ángel a nadie; así que una vez cadáver no me preocupa si dejo o no un buen recuerdo, así que jamás me siento solo. No quiero ser un Gran Yoda flotando en una nube blanca asesorando psicológicamente y ofreciendo paz de mierda a un maníaco depresivo.

Lo que me hace deliciosamente solitario y en lugar de llorar soledades o frustraciones, mejor me las meto en el culo junto con mis vanidades insatisfechas y sigo caminando.

Porque aunque desafortunadamente nunca estamos solos, lo que sí es cierto es que el movimiento se demuestra andando.

Da gusto tener una ley física a la que aferrarse y no un montón de frustraciones que acunar entre los brazos en compañía de seres perfectos que jamás existieron ni existirán.

Las cosas no son tan complicadas: si estás solo te haces una paja y si estás acompañado follas.

Si no es perro es perra y si va con faldas bien podría ser un travelo (a veces las cosas se complican por cuestión de vestuario nada más).

Los seres humanos no son tan complejos como se creen o sueñan. Son más simples que una pelota.

Así que como hizo mi madre querida antes de morir (y los japoneses también son aficionados a ello con sus suicidios), me meteré cualquier cosa que encuentre en el culo y a seguir jodiendo la vida como ella me jode a mí.

Por lo demás, fumo.

Buen sexo.

Iconoclasta

Las palabras son pobres para expresar el rechazo, la repulsión. Pueden llevar a engaño, a ser demasiado ambiguas a pesar de la claridad con la que se apuñala con ellas.
Hay diccionarios que recogen el acervo cultural de los ignorantes y acopian palabras que sirven absolutamente para nada, solo son expresiones de analfabetos con una pretenciosa ambición de ser neologismos. Los hay de citas, que aunque no den satisfacción, te hacen parecer culta. Hay diccionarios de todo tipo, seguramente se puede comprar uno que no servirá absolutamente para nada, salvo para taparme la cara ante el asco que siente al verme.
Pero si pudiera, me comería el coño ahora mismo y todo el asco que me tiene me lo metería con su glande en el culo sin piedad. Yo me dejaría, pero sin demasiada alegría.
Hay medios atenuantes para evitar sentirme infectada por la repulsión que siente hacia a mí.
Puedo imaginar chistes obscenos, hablar de banalidades o ver una película en silencio para no soportar todo ese asco que me tira a la cara y darle tiempo y lugar para que se pueda expresar con quien ama y desea con más intimidad.
No es por bondad, ni por ser tolerante y comprensiva con su nuevo amor de mierda, es para tener algo de comodidad en medio de toda esa repulsión. Llegados a este punto todo está acabado, es un proceso imparable y cuanto menos molesto sea, mejor.
El lenguaje, para la cuestión del asco y el rechazo, carece de suficientes recursos.
Hay una serie de consoladores rotativos, con perlas que frotan los labios vaginales, que te distraen deliciosa y tiernamente de ese asco que siente; no son muy caros y me quieren. Es que uno solo es aburrido y ya está viejo el que tengo.
Las palabras a veces son mentirosas, ofensivas, hirientes y siempre superfluas, es muy difícil que revelen lo real. Podrían considerarse un berrinche pasajero.
Nunca alcanzarán la intensidad y la sinceridad que produce el contacto con la piel de quien siente asco.
Es un proceso simple, pero te pringa los dedos y los labios como una brea que no se puede quitar aunque se froten las manos desesperadamente con arena.
Un beso en la mejilla y sus lágrimas se derraman como si fuera violación, acaricias su piel y sus músculos se crispan.
Ya no es esa piel que le besa la que deseaba. En el mercado de los fracasados siempre hay pieles mejores que elegir.
Ahí, en ese instante de llanto y tensión, hay que pensar seriamente en que el amor se ha ido a la mierda, o mejor expresado, ha encontrado otra simpatía, otras risas y otro placer.
Cualquier palabra es infructuosa y patética.
Hay esmaltes de uñas preciosos que te mantienen un rato distraída de tanta repulsión. Mucho asco, pero clava su mirada en mis pezones duros sin disimulo.
En ese mismo instante en el que sus lagrimitas se escapan tras el casto beso, comienza a aflorar mi vergüenza por haber amado ese ser que ahora se ahoga en asco al besarle, al hablarle, al acercarme… En todo momento.
La vergüenza de que su nuevo amor se fraguó ya meses atrás, cuando yo le comía la polla y él soñaba que era la boca de la otra.
No es suficiente y hay que realizar otro test de repulsión.
Acme (la de los inventos del Coyote y el Correcaminos) los vende baratos y son bastante fiables; pero si la economía va un poco deprimida y por el mismo camino que el amor, hay un recurso más sencillo, aunque es sucio: el abrazo.
La prueba de fuego es el abrazo: cuando su cabeza se mantiene rígida y lejana para que no llegue mi beso, cuando su cuerpo se endurece y parece que es madera, algo ajeno a mí, a lo que un día fue; resulta positiva de repulsión.
Es algo lógico, era de esperar tras el primer llanto por un beso en la mejilla; pero hay que pasar por ello antes de enviar a la mierda «tantos años o meses de amor», hay que asegurarse y untarse de esa mierda que su piel despide: repulsión, asco, rechazo, pena, soledad…
El beso en los labios ya no se debe intentar, porque sería tomar veneno, cosa que es innecesaria y excesiva cuando te has intoxicado con su asco. Es mejor que el beso se lo dé quien le ama de verdad y no enfermarse más, que tome sus putas maletas y salga de una vez por todas con su repulsión a que otra le chupe los cojones.
En medio de todo ese asco, lo más saludable sería follar, no es inverosímil, puede ocurrir. Por eso quiero mis tres dildos de diferentes tamaños.
A veces los que ya no se aman copulan como medida de tregua, sin esperanza; tragándose todo el asco que sienten, por la polla o por el coño. Es algo meramente funcional: hay que vaciar los huevos e hidratar la vagina; eso sí, siempre pensando en el nuevo amor y que todo ese placer es un mal trago por el que hay que pasar. No follarán mucho, pero es mejor que un beso que deja sabor a mierda en la boca y en la piel.
Los hay que siguen follando a pesar de que ya están con aquella piel que no les repugna, por algún motivo, sienten la necesidad de enmugrarse follando y recordar los viejos tiempos del asco y la miseria; pero los deficientes mentales no son ejemplo a seguir.
La repulsión no es una palabra, no son mil deseos, no son gritos ni llantos. No son onomatopeyas.
La repulsión anida en su piel y solo se siente en toda su magnitud cuando la mano hace contacto, cuando los labios se cuartean resecos tras un beso que solo ha llevado a un llanto y una tristeza infinitas.
Así que mientras él siente toda esa repulsión y asco, mejor entro en la página de Acme y compro una sex-machine, que es una especie de taladro con un pene doble (anal y vaginal): viene con un trípode y solo has de agacharte un poquito acercando el culo con el control en la mano, lo hace todo.
De verdad, que esto de ser repulsiva, me preocupa mucho.
Bip-bip.

Iconoclasta

Un tipo camina lentamente mirando el suelo y lo que no hay en él. Un tamalero pedaleando en su triciclo amarillo con sombrilla azul, parece luchar contra la monocromía de la calle de gris asfalto roto, paredes despintadas y charcos eternos de agua que hacen espejo para las nubes de plomo. Se detiene junto al hombre que refleja en su rostro la gama de grises del mundo y el cielo.

-Buenos días, mi jefe. Tengo ricos tamales de rajas de pena y asco, con dolores pulsantes en las sienes.
– ¿Y para qué quiero eso? No tengo esposa a quien regalárselo para el desayuno. Es que me meo…
-Es mejor que esa indiferencia que le pesa en los hombros, güero. El dolor y la pena dan intensidad y color a la vida, es mejor lo malo que la nada.
-Ya he tenido de todo eso, tamalero. Me ha costado mucho tiempo y desengaños ser neutro. Me va bien la vida con la indiferencia, me gusta más. Yo elijo.
-Cómpreme aunque sea uno de frustración con salsa roja, es el último que me queda.
-No. No me apetece, ya he tenido bastantes emociones a lo largo de mi vida. Soy mayor. Sé lo que digo y tú no tienes ni puta idea de nada.
– ¡Qué triste acabar así!
-Mira tamalero, lo triste es amasar cada día toda esa basura para hacer alimento con ella. No sigas convenciéndote de que la mierda es buena. Has fracasado y de ello haces un manjar, no tienes nada que contar más que la vulgaridad tuya de cada día.
-Es usted muy duro hablando, mi jefe, se nota que no es de aquí. ¿De dónde viene?
-Ni lo sé, ni me importa.
– Está bien, güerito, me tendré que comer este tamal y además solo.
-Tampoco me importa, tamalero. Cuando tengas de mole dulce, mi indiferencia y yo te compraremos uno en torta.
– ¡Ándele, mi jefe!
-Vete a la mierda con tus penosos tamales, falso romántico.
-Si es que un pesito cuesta mucho de ganar y quería vender antes los que se pasan más pronto. Todas las emociones mueren rápidas. Tengo uno de mole como a usted le gusta.
-Pues dámelo y déjame en paz.
-Parece que va a llover, mi jefe.
-Me suda la polla, los hay que van a morir y no importa.
-Tenga… ¿Quiere un vasito de atole?
– ¿También está hecho con penas de mierda?
-No, mi jefe, es puro maíz endulzado con piloncillo, leche y cacao. Si le digo la verdad, como el atole lo hago yo, no quiero mancharme las manos con dolores; porque de alegrías apenas hay ingredientes y van muy caros. Es mi mujer la que hace los tamales y el champurrado, que está aromatizado con enfermedad y pobreza.
-Dame un vaso; pero es que tomar maíz con maíz es lo mismo que hacerse una torta rellena de torta.
-Tiene razón, pero es barato… Acá entre nos, güero: la vida no es intensa, es siempre más de lo mismo. Tamal tras tamal, atole tras atole. Voy aprendiendo, mi jefe. Lo del dolor y la pena es pura publicidad, no le voy a engañar.
-Es tan gris este atole como yo me pensaba, precioso. No me gustan los colores banales. Me largo, no tengo nada que hacer y no quiero estar aquí más tiempo.
-Adiós, mi jefe. Cuando sea viejo, quiero ser como usted.
– ¿Y qué importa? Tal vez mueras antes.
-Estamos muertos los dos, mi jefe.
-Lo sé, está bien. Adiós.

Iconoclasta

Moriré como un pájaro enfermo o viejo que espera la muerte en lo alto del tejado de una casa. No compartiré nada de mi muerte.

No más compartir, la muerte es mía y solo mía.

Dejaré que el agua de la lluvia arrastre lo que me queda de vida en soledad, con mis plumas desordenadas y apagadas; caóticas de enfermedad, vejez y muerte.

Sin miedo y sin llantos. Ignorándolo todo y a todos como si el resto del mundo estuviera muerto; como si nadie hubiera existido jamás.

Soy único e irrepetible, conmigo muere una especie. Y nadie asistirá a mi muerte para humillarme o arrebatar mi protagonismo en mi propia historia. Que se joda la especie humana, porque no dejaré nada de mí que se pueda aprovechar, ni siquiera el ridículo.

Nadie tendrá la posibilidad de reír mi muerte, cuando se den cuenta, seré plumas enganchadas en el asfalto. Solo eso.

Sueño con ser ese pájaro enfermo bajo la fría lluvia, sin importarle el afilado viento. Por encima de todos muriendo.

Con el cuello plegado sobre el buche para apagarse sin mirar a nada o a nadie.

Iconoclasta

Ocurre en cualquier momento, en un segundo comienza un apocalipsis gradual: la mirada borradora destruye las formas, los colores, las cosas y las personas.

Destroza todo el amor y el odio del mundo, es la extinción total de vida, materia y espiritualidad.

Si es una afección psicótica o una mutación ocular, no importa porque el resultado para quien la padezca o disfrute, es idéntico: la aniquilación total. Y la realidad es absoluta para el que borra todo aquello que ya se ha cansado de observar.

Suele ocurrir cuando los ojos se encuentran relajados, asaces. Cuando una masturbación solitaria ha creado una intensa fantasía idealizando una realidad que no existirá. Es una forma de supervivencia en un mundo hostil que insulta nuestra inteligencia con vidas y cosas que nos han hastiado durante mucho tiempo haciendo la vida inviable.

La mirada borradora aflora cuando el semen se enfría solo entre los dedos, con la leche aún borboteando por el meato del bendito pijo, que es el único que placer nos da. La mirada desdibuja entornos y contornos. Los colores se convierten en cera caliente derramándose por el suelo. Los ojos de las bestias de dos y cuatro patas caen de sus cuencas lánguidas y elásticas deformadas por su propio peso.

Ocurre cuando ya se sabe todo de la vida y comprendes que no hay otra dimensión, ni otro lugar donde ir que se pueda parecer mínimamente a lo que sueñas.

Todo comienza con una lágrima que desenfoca el planeta. No es la lágrima lo que deforma las cosas, la lágrima solo es un producto nacido de la desesperanza.

El mundo que imagino es perfecto y la realidad hedionda. Estoy abandonado.

Ante esta comprensión es cuando se adquiere un super poder, o una enfermedad mental. Y la mirada borradora comienza a radiar su destrucción sin que se pueda evitar; igual que una fusión nuclear nadie puede parar. La gente muere silenciosamente, desaparece.

“No quiero desaparecer así”, “No puedes borrarlo todo”.

El que no quiere desaparecer, siempre te ha querido joder la vida, no hay que hacer caso; hay que borrarlo empezando por el cerebro. Sí que se puede borrar todo cuando la enfermedad de los ojos borradores ha destruido todos los anticuerpos de la razón, todo es posible. Como sumergir todas las vidas y todas las cosas en el Mar del Olvido Cósmico. Solo queda su luz molesta viajando en el espacio, demasiado lejana para que la pueda ver y borrar.

La mirada borradora llega para vengar las ilusiones asesinadas que jamás ocurrirán. Es mi némesis contra una vida de mala suerte. Odio a los triunfadores por nada en especial. Si no puedes ganar, odias. Es así de simple. Con los años aprendes a sentir asco por los afortunados, por los inteligentes, por los que más ganan. Deseas aniquilar a todo ser dichoso que te echa en cara tu fracaso con su existencia de mierda.

Y rindes culto a tu polla, que para eso la tienes. Y escupes tu felicidad por el pijo con cada cosa que borras.

El mejor amigo del hombre no es el perro.

Los contornos de los seres humanos ya prescindibles en lo que queda de mi vida, se difuminan con el aire; cosa que provoca una náusea, un mareo. Poco importa, porque aunque vomitemos, es bueno que desparezca todo aquello que no nos gustaba o nos gustó en algún momento. Lo importante es que mis manos están nítidas y el semen forma perfectas y definidas gotas en mi pubis. Eso no se puede borrar, no lo quiero borrar.

El semen es un conjunto de hijos borrados.

No es quedarse ciego, porque lo ves todo. Observas toda la muerte y la venganza contra la mediocridad y lo plano ante el triunfo ajeno agonizante. La mirada borradora se convierte en heroína que corre veloz por mi sangre y necesito inyectar más y más.

El sol ya no tiene una forma definida, ese hijoputa que tanto me ha calentado la piel, que me ha podrido dando vida a otros… Es ya un foco que ha perdido intensidad. Ya no es la puta estrella creadora de una vida mierdosa.

Mi mirada acaba con la vida que el sol creó y el frío se instala en los huesos y en las entrañas de todo lo animado. Solo mi pijo desprende vapor escupiendo semen.

Sin tanta luz todo se ve mejor: las cosas horrendas ya no se pueden maquillar con un contraluz y si existiera algo bello, se podría apreciar con más detalle.

Los pelos rojizos de mis cojones se saturan de color como las hojas muertas en el otoño. Gracias a que he borrado el sol.

El vómito ante la mirada borradora se mantiene nítido, como un monumento, una obra de arte perfecta ante lo que se diluye y desaparece. Mi asco es mi obra eterna en lo que queda de este mundo.

La mirada borradora es voraz e ingobernable, ya no hay segundas oportunidades. No más esperas, es hora de que todo desaparezca.

Menos mi polla y yo.

Lo corrupto ya no se sostiene, no tiene ojos, no tiene músculos, ni huesos. Lo que odio es leche sin pasteurizar. Dura nada bajo mi mirada borradora.

Los rostros han perdido detalles, todos son idénticos deshaciéndose y lloran su muerte intentando con sus manos indefinidas, cubrirse de mi mirada.

Las casas y sus fachadas son rostros con ojos sin color ni movimiento que lucen bocas abiertas sin labios ni dientes. Hay ventanas como cuencas vacías, en las que se borran familias que se creían felices, intentando dibujarse los rostros con pintalabios y acuarelas infantiles.

Los hay que aún no saben que se están deshaciendo y piensan en ir al médico porque creen que es conjuntivitis el no verse a si mismos en un mundo que ha perdido luz.

Los más inteligentes, no saben que los estoy borrando. No eran tan listos como ellos u otros pensaban.

La mirada borradora es justicia plena y los que un día triunfaron a costa de mi fracaso, ahora mueren por mi voluntad. Mi triunfo.

Sus carnes se estiran y se derraman por el suelo con sangre descolorida, los perros ladran perdiendo sus mandíbulas blandas al aire y se desangran por las desparecidas arterias. Los pájaros se convierten en borrones de tinta en un cielo caótico mezclado de azul y blanco que se diluye para convertirse en nada.

La mitad del gato que descansa en el alféizar de la ventana, se descuelga varios metros y su mirada es triste como lo fue la mía antes de ser borradora.

Yo me mantengo íntegro, mis manos son perfectas y mi cuerpo es sólido.

Con cada árbol, con cada coche, casa y ser vivo que desaparece, mis fracasos se olvidan y los recuerdos se hacen amables. Yo vivo y la humanidad y lo que la contiene, muere. Por mi voluntad.

Mi santa volición.

El miedo y el dolor de la humanidad se ha convertido en mi gozo, en mi sueño cumplido.

Todo lo que me rodeaba carecía de importancia, porque no siento más que alivio con toda esa muerte.

Nada importaba demasiado, y ahora me queda el pesar de no haber cultivado antes mi mirada borradora. Todo se podía borrar y he dejado que durara demasiado tiempo. Era tan fácil acabar con lo anodino…

Las vidas ajenas no son más que simples dibujos que alguien trazó mal y de malhumor. Y yo he pagado ese error demasiado tiempo.

Que mueran, que desaparezcan, que dejen de existir y que no quede huella de nada. Que luchen y fracasen contra mi mirada borradora.

Que se jodan, no los soporté nunca.

Yo regaré la nada con mi semen blanco, sólido, dulce y cálido.

Que no abran la boca los que mueren, o se tragarán el maná de mi placer.

Llega la noche, y el mundo está más silencioso que nunca. La luna es un queso podrido y aguado, las estrellas no brillan, solo son manchas blancas de grasa.

Mi cama está definida y mientras borro mirando por la ventana la luna y el cielo negro, mis ojos piden descanso. Hay poco ya que borrar, puedo dormir tranquilo y acariciar mi triunfo que está erecto y deja un rastro incoloro, espeso y de fuerte olor entre mis dedos.

La mirada borradora es excitante…

Me pregunto donde despertaré mañana si casi todo se ha borrado, qué comeré o adonde iré. Sonrío por primera vez en muchos años ante mis dudas, ante lo desconocido.

No importa si mi muerte es el precio por gozar del privilegio de una mirada borradora. Ojalá naciera mil veces para hacer mil veces lo mismo en otros mil planetas.

Aunque me joda.

Yo no seré borrado como los vulgares, moriré con mi cuerpo íntegro, como un hombre.

Si alguien no ha muerto, que aproveche unas horas de vida mientras duermo, mañana no quedará nadie.

Que mi mirada borradora me libre de vosotros.

Iconoclasta

El trueno y yo

Publicado: 9 septiembre, 2012 en Reflexiones
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Me gustan tanto los truenos…

Presagian malos augurios en los cobardes cerebros humanos. Los truenos son terribles en su amenaza sonora como lo es mi silencio hostil. Somos iguales inquietando, odiando…

Despreciando.

Es mejor escuchar el molesto estruendo de una moto sierra que mi silencio o el rugido del cielo que hace recordar a la humanidad que no está a salvo.

Yo no ofrezco demasiado peligro, soy aburrido; pero prometo el más letal de mis pensamientos en mi último aliento. Cuando el corazón se me parta o mis pulmones no puedan ya coger aire, lanzaré mi último y primer pensamiento optimista: me voy, pudríos.

El trueno y yo somos iguales transmitiendo inquietudes.

El trueno tiene perdón por su naturaleza; pero mi silencio y mi desprecio son imperdonables a ojos de la bondad. Yo no tengo inocencia alguna, no soy un fenómeno atmosférico. Soy pura voluntad de rencor y aislamiento.

No existe nadie suficientemente valioso que merezca conocer mi verdadero sentir. Y si existiera semejante persona, no se merecería saber como soy, lo que soy.

Por otra parte mi voz no es elegante, conozco mis limitaciones y para hacer el ridículo, mejor estar callado.

Mi padre decía que usara la boca para comer y para respirar si me encontrara con congestión nasal. Aún no sabía que iba a deshacerme de todos los órganos fonéticos.

Le hago caso a pesar de que lleva años enterrado.

Ahora soy yo más viejo de lo que él era al morir. Mi padre es más joven que yo si existiera de alguna forma.

A lo mejor mi longevidad se debe a mi silencio.

Él hablaba más.

A veces el rayo y el trueno vienen juntos; igual seguimos pareciéndonos. El sonido de mi escupitajo a las bondades, amores y cariños rasga el aire como el relámpago y mi silencio hace el aire denso y pegajoso.

El rayo deja el olor del ozono en el aire. Mi silencio apesta a mierda.

No nos parecemos en nuestra duración, el trueno dura unos segundos con su eco. Yo duro muchos años, muchos putos años. Puede que la humanidad se haya acostumbrado a que la odie por ninguna razón en especial. Soy bueno odiando, soy pertinaz no sintiéndome bien.

No puedo sentirme bien en tierra de extraños. Soy extraño en el universo.

Exijo mi terreno, mi planeta particular.

Cuando recuerdo aquel trago de lejía bajando por mi garganta, vomito. Con la rapidez del rayo, claro. Y con un sonido líquido, lo que había en el estómago se estampa contra el suelo, como un cuadro abstracto. Fue tan doloroso y repugnante beber el cloro, que la operación para extirparme laringe, cuerdas vocales y el posterior tratamiento me supo a dulce, a chocolate.

No era un suicidio, solo quería mutilar mi capacidad para hablar, hacer mi silencio inquebrantable.

Aún así, a pesar del sabor y olor que se encajaron en mi mente como un trueno eterno, me masturbo con la mano mojada de lejía. No puedo permitirme el lujo de intentar gritar, porque todo lo que me falta en la garganta, duele. El cuerpo guarda memoria de lo que un día tuvo, y cuando es necesario utilizarlo, lanza mensajes de dolor para recordar que un día pude hablar. No importa, ya odio también mi cuerpo, mi cerebro.

El glande se empalidece al contacto con la lejía y me duele tanto… Quema tanto en la llaga ya profunda y vieja, que la eyaculación sobreviene por alguna razón de reflejo, no hay voluntad. Luego meto la polla en un vaso con agua fría y me duermo pensando que soy un trueno, un breve trueno que asusta y desaparece sin sentirse bien ni mal. Simplemente existe el tiempo que debe, no hay horas de más, no hay tiempo que hastíe.

El trueno y yo somos iguales, en esencia.

El trueno disfruta de una breve y elegante vida.

El trueno y yo no tenemos la misma longevidad

Yo me muero de pena durante años y años.

A lo mejor el trueno no sería capaz de soportar una vida tan larga. A lo mejor soy un privilegiado al ser tan fuerte, tan monumental.

Me cago en dios…

Mi polla desea ser amputada, lo sé con cada masturbación que me hago con el cloro. Mi pene está cansado de estar pegado a mí.

Que se joda, como me jodo yo.

Que se joda mi cerebro.

Que se jodan todos.

Mierda puta… El trueno y yo no nos parecemos en nada.

Es todo una gran mierda.

Iconoclasta

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No es fácil vivir, a veces es tan difícil que la muerte se presenta como una solución.

Falta espacio y falta aire; por tanto, falta libertad. Y sin ella, la muerte es el único horizonte.

Mueren los amores por la estrechez y el aire viciado.

Las ilusiones se aplastan contra las paredes y caen al suelo mezcladas con la suciedad y la tapa de un frasco de comprimidos.

Ahí es donde entro yo si aceptan mi presupuesto.

Deberían promocionar la carrera de basurero entre los estudiantes, es más humana que la de médico. Se sobrevaloran las ciencias y las letras.

Se sobrevalora la inteligencia del ser humano; hay superávit de abogados, ingenieros y médicos. Faltan operarios de limpieza.

Yo soy el mejor limpiador de mierda y miserias. Y opero con mi Súper-Visor de Mierda GTX-FIC666XPJ5 Tócamelos del revés.

No hay suciedad que se me escape por muy incrustada y adherida que esté a las paredes, suelos y en los cerebros.

Puedo ver con una calidad matricial de un puto trillón de megapixels toda la mierda que hay a mi alrededor.

Y al vuestro.

No hay tanto cerebro como se piensan, por mucho que quieran graduar a un millón de estudiantes al año.

Y mientras unos juegan a querer ser médicos, nadie barre la mierda.

Excepto yo y alguno más que no conozco.

Los hay que no soportamos un piso sucio de sueños muertos. Los hay que intentamos limpiar; pero jamás se acaba la mierda.

Mi Súper-Visor de mierda la ha detectado a unos trescientos metros de mi almacén. A veces soy curioso. Otras por instinto y porque soy viejo en el oficio, sé que “algo huele a podrido en Dinamarca” y si no tengo trabajo, me dedico a analizar las porquerías que detecta mi aparato. Me gusta mi trabajo, soy filósofo y cocino como dios.

También soy voyeur aficionado. Es un asco ser experto en tantas disciplinas…

Soy el hombre perfecto. Dueño de la empresa: Limpiezas de Miserias y Podredumbres Zaratustra, The Man.

Es un título rimbombante; pero como trabajo con la mierda, tenía que darle estilo y profundidad al nombre de mi empresa.

A sus pies hay un suelo cubierto de papeles pisados. Palabras sucias y avejentadas, como mi pensamiento que no sabe hacia donde expandirse sin encontrarse con una pared pintada con estuco italiano o con acrílica barata y blanca; pero siempre rezumando hastío.

Es mejor morir y que la muerte llegue rápida antes que seguir degenerando en vida sobre el manto putrefacto de las ilusiones desintegradas.

También debería haber un módulo de formación profesional dedicado al suicidio. Ser suicidador no garantiza un buen sueldo; pero siempre es edificante meter una aguja cargada con veneno en la vena de algún desgraciado que se asfixia en un mundo pequeño.

De todas formas va a morir.

Y el dinero nunca viene mal.

Me estoy formando por mi cuenta en venenos y drogas. Muchos clientes que me contratan para la limpieza suelen estar tan destrozados y hartos de basura, que se levantan la manga y me muestran la vena por si tuviera a bien inyectarles algo; pero cuando les digo que eso tiene un coste adicional, me suelen enviar a la mierda. Es redundante.

Nada nuevo, la vida es repetición tras repetición.

El amor tampoco viene mal, a veces cumple su misión de hacer volar a los hombres y mujeres batiendo las orejas como abejitas. Lo malo es que no estamos preparados para volar, los cojones y las tetas desequilibran a “abejos” y “abejas” y en lugar de libar, se emborrachan o se drogan y montan una historia romántica basada en mentiras y narcosis.

La idealización del amor es un trance por el que hemos de pasar.

Es un papel que revolotea buscando un sitio donde aterrizar en el piso sucio. El amor solo puede formarse a partir de buenos sueños y esperanzas. No es malo, es incluso bueno; pero no deja de ser papel y palabras que se tornan borrosas.

Escribimos notas que tiramos al viento pensando que el amor llegará como el mensaje del náufrago en una botella. Es así y no existe otra forma de enamorarse.

Solo que los mensajes en una botella llegan a alguien cuando el náufrago ha muerto; o su cuerpo está tan consumido, que se rompe al rescatarlo.

No es que sea pesimista, soy realista.

También puedes pagar a una puta para que te diga: “Eres divino y te amo”. Cosa que va bien para pasar el rato; luego se le dice que barra los papeles de mierda que ha tirado por el suelo y te deje el piso limpio (hay que acordar este detalle en el servicio antes de pagar); pero a largo plazo acabas harto de gastar dinero para nada.

Y luego está la música y las películas que forman en el suelo otro estrato de inmundos restos de momentos pasados. De momentos abortados.

Las películas y canciones marcan momentos de la vida, las lecturas apenas nada; requieren demasiadas horas y son íntimas. Un libro solo nos recuerda a nosotros mismos en algún momento de nuestra vida. Algo que no compartimos. Maravillosa sea la lectura…

Leer solo deja un rastro de cultura y de emociones que es difuso. Las palabras tan numerosas se pierden con el tiempo.

Sin embargo, las canciones y las películas son breves, se comparten. Y sobre todo, se repiten y se propagan en todos los espacios y épocas. De ahí que dejen un lastre tan pesado en el ánimo para bien o para mal.

Las canciones y películas de nuestras épocas de amor y cariño son especialmente emotivas y melancólicas

Es lógico dar un buen trago de veneno escuchándolas, cortarse distraídamente las venas. O dejar un fogón de la cocina abierto.

Si a la música o a esa película se le añade un sórdido decorado de persianas bajadas y humo de tabaco, se crea un ambiente propicio para atajar esa melancolía.

No es broma, el cerebro insiste en escuchar esas canciones una, y otra, y otra, y otra vez.

En lugar de sosegar, el pensamiento hace un descenso directo y vertiginoso a la Gran Fosa de la Tristeza.

Y si esa pena causa cobardía para seguir viviendo, se compensa con una fuerte valentía por morir.

Es lógico y de obligado cumplimiento, que esa mujer se trague en este momento, dieciséis comprimidos (justo los que quedan en el frasco) de la medicina que el psiquiatra le recetó hace unos meses.

Nadie es tan ingenuo de pensar que su depresión se va a curar en un día si en una sola toma, se traga la dosis de dos meses juntos.

Que nadie se equivoque, lo que quiere es morir. Lo último que ahora quiere es vivir; lo dice su respiración interrumpida por el llanto.

Dan ganas de morirse con ella. No parece una mala mujer. Es emotivo que muera tan sola.

No me gusta.

Pero nadie tiene tanta suerte de encontrar un compañero de suicidio.

Morimos solos.

Algunos pensarán que es una putada.

Yo pienso que es mejor así, si no has encontrado en toda tu vida a nadie con quien compartir decentemente la vida; a la hora de la muerte que no venga nadie a molestar.

El CD de éxitos de los 70, suena una y otra vez. Sus ojos no llegan a secarse y me pregunto cuántas lágrimas podemos almacenar.

El micro unidireccional del Súper-Visor, vale su peso en oro. ¡Qué maravilla!

Dicen que quien llora no mea; pero me da asco pensar que las lágrimas puedan subir de mi vejiga.

A la mujer poca gracia le hará escuchar semejante sandez y puede que no se ría cuando lagrimee más aún por la falta de aire cuando le sobrevenga el fallo cardio-respiratorio.

Morimos asfixiados, boqueando como peces en la arena buscando aire.

No puede ser agradable, ninguna muerte lo es.

Ha dejado un cigarrillo en el cenicero que se consume solo, como ella. Sin que nadie le haga caso. En la planta de su pie, tiene enganchado un mugriento papel que dice: Adiós juventud.

Mi Súper-Visor es cojonudo, capta hasta el más mínimo detalle. Capta hasta el dolor.

No se molesta en despegarlo, no tiene a nadie que le quite la mierda de los pies. Una vez lo tuvo, un envoltorio de pastelillo de chocolate que está pegado en el pomo de la puerta de su dormitorio dice: Luis, te amaré siempre.

Nadie ha hecho caso de ese papel desde hace seis años (el Súper-Visor analiza la edad de la mierda por medio del espectro cromático). Nadie lo ha desprendido de allí para anotar otro nombre. Se pudre el papel creando moho en el metal.

Por otra parte, los restos de ese dulce pastelillo que un día protegió el envoltorio, parecen mierda seca.

Y nadie quiere tocar la mierda…

Debería haber más titulados en porquería para ayudarnos en esas tareas domésticas.

Sería bueno que los gobiernos becaran los estudios de mierda.

Y vomita no porque el chocolate ahora parezca mierda, si no porque las pastillas le están jodiendo el estómago, el medicamento se ha ido al hígado en grandes dosis. Y a su cerebro.

Siente un mareo devastador que la inmoviliza a un sillón que se agita en un mar proceloso de papeles sucios. En un barco pequeño, muy pequeño.

Muy sola…

Esta parte me gusta especialmente me suelo masturbar a pesar de que la vida es una mierda: se acaricia el sexo evocando placeres que lleva años sin sentir. El clítoris está seco y le duele. El vaivén de su barco en las turbulentas sucias la distrae del placer y no acaba de sacarle placer a ese coño aún lamible. Es extraño ver una mujer haciéndose una paja y llorando.

Mostrando su vagina desflorada a nadie. Nadie le lame el coño.

Es vieja, tiene al menos cincuenta.

Los cincuenta es una mala edad, no acaba de definirnos como viejos ni como maduros. No acaba uno de decidirse por el coito vaginal o el anal.

Tengo que ser sarcástico y divertido porque la mierda que rodea y se come a esta mujer que muere es desesperante. Me infecta el ánimo.

Dan ganas de comer su vómito para llenarme de ansiolíticos también y ayudarle a cruzar el Hades, que no lo haga sola.

Ha muerto ya, se ha puesto histérica cuando sus pulmones no han podido aspirar aire y se ha levantado del sillón, arrepentida. Ha caído al suelo y se ha destrozado la cara al caer sobre la mesita de cristal; no le importaba la cara, solo quería respirar.

No lloro, estoy meando. Los limpiadores de mierda y miseria no somos demasiado escrupulosos.

Coloco la funda de mi Súper-Visor de Mierda GTX-FIC666XPJ5 Tócamelos del revés para protegerlo de la mierda de la noche, que es más traidora. Siempre me llena de nostalgia este momento del día; pero no me voy a suicidar.

No aún.

A la mierda.

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La garrapata

Publicado: 5 diciembre, 2010 en Reflexiones
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Hay un cansancio vital que parece enroscarse y cortar la circulación de sus piernas; la garrapata inocula con potentes latidos ponzoña de tristeza y soledad en su ánimo.

Pero ahora no llega a su cerebro, toda esa miseria va directamente a su pene, directamente, y allí se transforma en energía. En presión constante.

Estar solo no siempre es un privilegio, puede ocurrir que ames y no ser amado.

No es esporádico, suele pasar.

La mujer mantiene las manos apoyadas en el mármol de la cocina, su tanga está ligeramente ladeado por el pene que bombea en su vagina. El fino hilo de la prenda, roza su clítoris de forma irregular y sus rodillas tiemblan por la fuerza de la penetración y un placer que las debilita. Sus pechos se agitan furiosos por las embestidas del hombre. Y algún grito incontrolado se le escapa cuando las rudas manos los agarran, clava sus dedos y maltrata sus pezones.

El hombre siente la humedad de la excitada vagina bañar su bálano y todo se acelera. Sus testículos están empapados, el vello húmedo.

Follarla es un tratamiento contra el cansancio vital aunque sus piernas tiemblen durante el coito. Quiere llegar a su útero mismo. Quiere llenarla de él.

Nunca será amado y un litro de agua pesa un kilogramo. Las cosas son así.

Deja de penetrarla y con unos cachetes en los muslos interiores, la lleva a que separe más las piernas. Con un cuchillo corta las cintas del tanga y retira la prenda aún metida y mojada entre la vulva. Ella siente un escalofrío de placer cuando retira de entre sus labios esa tela provocando un delicioso roce. Sus nalgas se abren, la vulva brilla húmeda. El hombre saliva abundantemente.

La garrapata late en su ingle, succionando sangre dejando ir un torrente de ponzoñosa tristeza a cambio. No es parasitismo, es simbiosis. Al menos en cuanto al pene se refiere.

En cuanto a la mente, ni simbiosis, ni parasitismo. Es simple fiebre, infección que mata.

Aunque ahora no percibe en toda su magnitud ese torrente de pesar, puede observarse el irreparable daño del alma en su forma casi agónica de entregarse a la mujer que ama.

Él no hace caso del agotamiento que la tristeza lleva, simplemente folla. Es lo único que puede hacer para estar más cerca y dentro de ella.

Se arrodilla antes las nalgas y acaricia el clítoris masajeando el ano con la lengua. Penetra su vulva con los dedos y ella arquea su espalda acallando un gemido sin conseguirlo.

Se interna más en los muslos. La lengua busca el coño que derrama un continuo y viscoso placer.

Cierra los ojos evitando mirar el mundo. Evitando ver ese coño palpitante y dilatado de deseo para no quedar inmóvil ante la belleza del placer obsceno.

La mujer nunca lo amará, ha pasado demasiado tiempo desde que se prometieron amor inmortal. El amor no existe en ella, sólo es un cariño, una atracción sexual.

Él lo siente en el sabor de la baba que de su coño mana.

Ella nació para ser amada y él para amar. Ella llega excitada a la casa y él la folla enamorado.

La garrapata es su única amiga, la que no se quiere separar de él.

Hace dos semanas, tenía dos cucarachas, consiguió que se le subieran por el cuerpo y se posaran tranquilas en su cuello, en su frente; pero murieron pronto.

La soledad es buena para sentir aprecio por todos los seres del planeta.

Tal vez sea mejor así. Ser amado es una responsabilidad muy seria, está seguro que no sabría que hacer si fuera amado. Se sentiría agobiado. Importar tiene que ser una carga pesada.

Ser amado requeriría el convencimiento de ser digno de ello. Y a estas alturas de la vida, nada le hace pensar que pueda ser digno de semejante privilegio.

Amar está bien, hay gente que no lo hace nunca.

O piensa eso, o se pega un tiro en la boca.

La garrapata se hace enorme, está bien instalada en su ingle, a veces mueve sus pequeñas patas un poco inquieta y a él le gusta ese cosquilleo. Como si alguien que te ama te hace cosquillas en la piel con sus labios.

Y a pesar del placer que ahora le embarga siente bombear de la boca de la bestia el ácido cansancio de la tristeza en sus piernas cansadas.

Llegó demasiado tarde a su vida, las plazas para ser amado se han agotado. Ella ama a demasiadas personas. Él ha llegado con cientos de años de retraso.

Ella no tiene la culpa. Él tampoco. Empate.

Él la ama aunque tenga que esperarla semanas para tenerla esa media hora que dura el polvo. La follada de la quincena, del mes.

Se propuso amarla, a pesar de la certeza de que nunca sería amado. Pero era lo más parecido al amor que se le ofreció. Tuvo que aceptar.

Siempre es la misma pauta: él también ama a la vida, se aferra a ella como la garrapata a su piel; pero la vida no acaba de amarlo tampoco.

No acaba de quererlo lo suficiente.

La vida, igual que la mujer que ama, simplemente lo soporta. Ambas le regalan algún tiempo que tengan libre. De vez en cuando recibe alguna atención en pago a que ama tanto. Una gratificación que no vincula más allá de media hora, una hora a lo sumo si tiene suerte.

El amor está demasiado disperso en ella y en la vida, aman a muchas personas y en él apenas focalizan algo.

Se está masturbando con fuerza, recibiendo en su boca las contracciones de la mujer, cuyo hermoso cuerpo se tensa ante la proximidad de un orgasmo. Le gusta que ella se corra en su boca, le gusta ese jarabe que ella expulsa cundo llega al clímax.

Al mismo tiempo él escupe su semen salpicando las pantorrillas y los tobillos de la mujer, exprimiendo las últimas gotas que salen de su glande con una mano. La otra se ha cerrado en la vagina presionándola durante el placer sumo. Ella tiene su mano sobre la de él, obligándole a que contenga con más fuerza todo ese gozo que hace enloquecer su coño y su columna vertebral cuando la recorre el explosivo orgasmo. Sienten que sus sexos estallan.

Los jadeos de ambos ponen de manifiesto el absoluto silencio en el apartamento.

Ella le da un beso cálido y él se deja llevar por el momento. Ese roce de labios parece combatir todo su cansancio y la garrapata se siente celosa. Se remueve inquieta y rasga más la herida con su boca para castigarlo.

-Te llamo -le dice al hombre abriendo la puerta de la casa para salir.

-Gracias -responde él con verdadero agradecimiento.

El hombre se sienta en el sillón aún desnudo. El semen se enfría rápidamente en su pene y le da una agradable sensación de frescor.

Observa a la gorda garrapata inyectando ahora dosis masivas y casi mortales de soledad. Siente la presión en todas sus venas.

Y un poco de asfixia, que por extraño que parezca, con el cigarrillo alivia.

Suena el teléfono.

-Hola papá.

-Dime.

-Feliz cumpleaños. Te quiero. ¿Te han regalado muchas cosas los amigos?

¿De verdad hoy es su cumpleaños? ¿Cuántos cumple?

Tal vez dos mil, no importa.

-Aún no; pero esta noche tenemos una cena -le miente. No hay cena, no hay amigos.

Y acaricia el cuerpo repulsivo de la garrapata en un acto de repugnante ternura.

Está dura, parece de piedra.

-Te quiero hijo.

-¿Cuándo volverás?

Silencio…

-Nunca -dice el hombre con un dolor en el corazón.

-Un beso papá.

La garrapata ha crecido tanto…

Ya no hay nadie al otro lado del teléfono, la garrapata ha cortado la comunicación.

Está firmemente anclada sobre la femoral, muy cerca de los testículos.

El cuchillo está en el suelo parcialmente cubierto por el tanga roto, lo toma del suelo estirando el brazo casi con esfuerzo. Con cansancio.

Con el cigarro colgando de los labios y entornando los ojos por el humo que le ciega, apoya el filo entre la piel y la bestia. Y corta.

Un chorrito fino de sangre se escurre por el muslo y gotea el suelo.

La garrapata ha quedado pegada en la hoja del cuchillo. La hace estallar como una burbuja entre sus dedos.

La cabeza con su boca ha quedado enterrada en la piel. De ahí sale mucha soledad y tristeza acumuladas; un humor que tiene el color de la sangre gastada y vieja, casi azul.

Escuece.

Así que hunde la punta del cuchillo para extraer la boca, que como un aguijón dentado, se ha quedado firmemente metido en su carne.

Está cansado, está nervioso, hurga en la herida sin llegar a conseguir mover el aguijón. Profundiza, llega la ira de su propia torpeza, hunde el cuchillo con rabia y sin cuidado.

Hay demasiada sangre para que pueda haber un final feliz.

El cuchillo hiere la gran arteria y la sangre ahora le salpica la cara.

No hubiera sido nunca un buen cirujano.

Qué fácil es morir.

Fue un error adoptar la garrapata, cuando hace una semana trepó por su pierna buscando sangre y compañía, la miraba asqueado subir por la piel lenta y torpemente.

Y aún así le invadió cierta ternura. Era tan pequeña…

Estaba necesitado de algo de compañía, de alguien que no se avergonzara de estar con él; pero esa amistad ha resultado ser demasiado agresiva. Obsesiva.

Las cucarachas eran más distendidas.

Ahora no importa, está cansado, es mejor abandonarse.

Bueno, tampoco es nada extraño. Es normal morir de la misma forma en la que se vive.

No sucede que cuando te vas a morir, todos los amigos vienen a despedirte o te dice alguien que te ama.

Te largas igual de solo que has vivido.

Le da una última chupada al cigarro, con incomodidad; sus pies resbalan entre la sangre y no puede relajarlos.

Cuando el corazón falla, da un último ronquido.

Feliz cumpleaños. Feliz cumplemuerte.

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Puta invisible

Publicado: 14 noviembre, 2010 en Reflexiones
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La puta está aburrida, estira el escote de su vestido que nadie mira. Cree hacerlo con discreción; pero en su frente hay un rótulo luminoso que se enciende y apaga y dice: «Puta y aburrida».

Las tetas ya no son lo que eran. Sus cabellos están tristes de necesidad de dinero, de alegría, de respeto. Tal vez de amor. ¿Las putas aman? Alguien dirá que sí y a mí me llamará cabrón por dudarlo.

Yo también puedo hacerme invisible cuando me insultan. Tengo algo en común con la puta.

Se levanta para ir al lavabo demasiadas veces, porque nunca acaba la copa que se lleva a los labios. Las putas no beben, sólo aparentan pasarlo bien.

Nadie lame el coño de una puta, pienso con ferocidad.

No tengo piedad porque es lo último que necesita ahora. Tiene que ser fuerte ahora cuando nadie la mira. Tiene que mantener su rabia.

Su coño jamás será lamido, ella no ha de sentir placer, es puta. Sólo da un asomo de placer, es su trabajo. El resto del tiempo, simplemente se ha acostumbrado a ser carne agujereada.

Tal vez no sea así, pero la tengo enfrente y mi maldita empatía me hace sentir cosas que no debiera.

Es triste ser puta invisible. No es bueno para el negocio.

Necesito el beso de mi esposa, hundir mis dedos en sus rizos abundantes y cálidos, alejarme del pensamiento destructivo.

La puta no tendrá final feliz. Y yo tampoco si la analizo demasiado.

-¿Te has fijado en la puta, cielo? -le pregunto.

Y ella me sonríe. Sabe, lo que pienso. Tengo que contar una historia de una mujer que nació puta y que hoy es invisible.

-Hace rato, amor.

Los mariachis cantan Cielito Lindo y tengo a mi mujer a mi lado, la amo. Me siento orgulloso, nos tenemos, es un momento precioso. Caliento sus manos con las mías. Choque metálico de anillos, tintineos de un amor invasivo como una marea. El tintineo marca el tiempo de amar, una música íntima que sobrecoge mi alma alejando tiempos de invisibilidad.

Es obsceno que me sienta tan amado, tan deseado y la puta tan invisible, tan nada.

Cierro los ojos a pesar de lo alto que suena la música y agradezco no encontrarme estirando mi escote. Soy hombre y siempre se puede ser puto sin darte cuenta, como cuando te haces invisible y no eres nada para nadie.

Mi esposa tiene los dedos fríos, como si siempre tuviera necesidad de mí. No es vanidad, quiero pensar que es así, me hace feliz, me hace hombre que requiera mis manos para dar calor a las suyas. A veces, en un arrebato de egoísmo deseo que sus dedos se enfríen y con esa naturalidad que da el amor, los entrelace entre los míos y me pida calor.

Cómo amo a mi reina…

La puta tiene los dedos fríos, se nota en que los posa en sus rodillas cuan largos son para calentarlos. De vez en cuando eleva los dedos para mirarse las uñas en un gesto de desesperación por poder mirar algo que no sea el mobiliario o los cantantes de todas las noches.

Pienso de forma atroz que le falta un pene caliente entre los dedos. Yo caliento dedos con amor, y la puta no se ha podido vender para calentarlos con una sucia polla. Con una polla borracha, con una polla drogada, enferma. Insana…

Y aún así, a pesar de la invisibilidad, no se librará de llevarse un pene a la boca en una comunión sórdida con la vida. Una hostia de carne que huele a orina.

No tengo que sentir pena, es demasiado humillante para cualquier humano. La puta no quiere que nadie sienta pena. Hace su trabajo y se lleva el olor y el sabor del semen como un mal que se sobrelleva con el tiempo.

No quiero ser malo, pero prefiero la maldad a la pena. La pena es denigrante para mí y para la puta.

La puta no quiere pena, quiere una caricia aunque deba pagarla. Le gustaría ser clienta para variar.

Llama poderosamente mi atención. Nadie la ve, nadie le dice nada a pesar de que los borrachos florecen como hongos de putrefacción entre moqueta barata y licor. A veces el cantante la llama «amiga» porque también siente cierta lástima. Son todas las noches sentada con sus ya casi viejas piernas cruzadas mostrando aún un muslo que un borracho acariciará tarde o temprano, es razonable pensar que sea amiga, aunque no estoy seguro.

Las putas no tienen amigos, y sus amigos siempre quieren una mamada gratis. Tal vez sean sólo conocidos. La amistad no exige follar.

La verdad es que la llaman amiga, pero piensan que es simplemente la guarra. No lo piensan con malicia, no hay malicia en la naturaleza intrínseca de las cosas y las personas. Nacemos y somos, no hay un empeño especial en ser cabrón o puta.

Y mientras espera, finge mal la indiferencia.

Hoy nadie la mira. Está nerviosa mirando a un lado y a otro. Estará pensando en los años que ya ha cumplido su piel seca. Está pensando que pronto deberá salir a la calle, empieza a ser mayor para el club.

Yo sí la miro, y mi mujer me mira a mí, y sabe que mi cabeza está tejiendo de nuevo un atlas de la humana miseria.

Es preciosa mi esposa, por ella no soy puto.

Me da pena la puta porque la entiendo.

Aunque no quiera, se me escapa la lástima.

Lo siento, puta.

Me da pena porque a veces lanza su mirada a nuestras manos entrelazadas y piensa que ese calor le está vedado. Ella piensa que no se hizo puta. Nació puta, nada pudo evitar que el semen corriera triste entre sus dedos, que se convirtiera en yogur sucio estrellado en el suelo. En su piel fría.

Tanto da el suelo que su piel, ambas cosas se sienten pisoteadas.

Aprieto con más fuerza los dedos de mi amor para darle calor, para que me bese y me saque de una introspección que no me hace ninguna falta.

Creo que una vez fui puta. A veces no te das cuenta de que vendes el culo por nada.

A veces mueren seres queridos y no nos preguntamos si fueron putas o putos. Esas cosas sólo nos las preguntamos cuando están vivos, para hacer daño.

Cuando beso a mi mujer, me olvido de la zorra. Es invisible, es triste.

Se levanta otra vez con su traje corto y barato para lucir un culo que ya cae demasiado, unas piernas que no la sujetan al suelo con suficiente firmeza. Una melena rubia que su rostro no acepta de buen grado.

Hoy la puta está fea.

Una vez, ni mostrando mi alma desnuda fui mirado.

Me sentía el más feo del universo.

Un hombre se acerca, le dice algo.

Y ella extiende una amplia sonrisa, casi de enamorada. Las putas necesitan poca cosa para sentirse guapas.

Tal vez se la mame en el lavabo, y luego se pinte los labios y se diga que aún es una mujer apetecible. La plata acrecienta el autoestima.

Puede que ya no sea consciente del sabor de la orina y el semen en su boca. Y por eso se mira al espejo viéndose guapa.

Pero no lo es. Y ella retira la mirada rápidamente de su reflejo para no darse por enterada.

Ni la puta ni yo queremos verdades.

Pero es puta, nació para eso, para tragar por unos billetes y alguna paliza de vez en cuando. Que se joda.

La pena para los perros aplastados en la carretera.

No recuerdo haber sonreído a nadie cuando yo fui puta, o puto.

O simplemente un fracasado.

Los dedos de mi esposa aprietan los míos, me avisa de que ya es hora de salir de ahí, de esa maraña de emociones en las que tanto me gusta revolcarme para salir sucio.

Beso sus dedos ahora calientes. Besos sus labios que son brasas.

No hay puta, no hay nada más que mi amada y su escote.

Su escote vertiginoso el cual tenso yo.

Pobre puta invisible, ahí te quedas.

Tal vez un día no nazcas puta y te amen como sueñas y no con las rodillas en el suelo y la boca llena de ignominias.

Cuando salimos del club, el aire frío se hace cómplice con mi deseo y mi amor se abraza a mí. Soy importante, soy su calor. Ella me templa, ella me conduce.

Pobre puta, pienso ahora que no me oye.

Pobre…

-Déjalo ya, cielo -me dice con paciencia.

-Listilla ­-le respondo con un beso.

Pero la puta es una guarra.

Le digo al taxi que nos lleve lejos, con eso basta. Donde no haya putas invisibles.

Mi mujer me ofrece sus pechos, el taxista está acostumbrado a no mirar el origen de un gemido suave, es hábil haciéndose invisible.

¿Será posible que la invisibilidad infecte, se contagie?

No importa. Beso los pechos de mi amor.

-Cielo…

-Dime corazón.

-¿Si una vez me vuelvo invisible, me insultarás? No quiero dar lástima.

No me responde, me besa, me toca, me excita.

Nadie conduce el taxi en la noche.

Iconoclasta

201011052312. México D.F.

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