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El arbol humano Portada libro

«La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo.» (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
http://binibook.com/details.php?id=1656

El arbol humano Portada libro

«La soledad es su naturaleza, o una parte de ella. Porque su otra naturaleza se marchita de pena entre savia y fibras que no acaba de asimilar como suyas.
Las noches son el descanso de los árboles, la fotosíntesis es agotadora.
El vegetal se retira y da paso al hombre.
Al hombre más solo del mundo.» (Iconoclasta)

Para leer en:
http://issuu.com/alfilo15/docs/el___rbol_humano_libro
y
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El calendario muestra que es marzo. Los días están cuadriculados en una hoja vulgar, amarillenta y quemada por el tiempo.

El tiempo lo ensucia y enturbia todo. El tiempo es algo en lo que no confío, simplemente estoy en él sin poder haber decidido.

El tiempo y yo somos la desesperación de muchos seres.

Los números son espantosamente grandes. Hay fases lunares en el margen derecho y los sábados y domingos figuran en rojo. Un diseño de lo más anodino.

El mes de marzo no sirve absolutamente para nada, lleva años aquí. Hay más meses debajo, pero me da grima tocar las sucias hojas.

Tal vez por ello no he arrancado la hoja, porque tanta ordinariez hace más elegante y espectacular la foto de la que pende. Pon un poco de mierda a los pies de una cosa bella y ésta destacará aún más. No soy decorador, pero cuando ves porquería, cualquier cosa que no lo sea, se hace agradable.

No limpio el espejo para eso mismo, para adorarme cada mañana, soy lo que resalta entre la mierda. Aunque no sé si el óxido que salpica la superficie es de mi piel o se ha desprendido el ahumado del cristal.

La foto es un dibujo de una chica pin-up con un flequillo enrollado encima de las cejas y un moño muy elaborado tras la nuca, su cabello está sujeto con un pañuelo morado de hacer tarea doméstica. Unos shorts vaqueros muy cortos, dejan ver sus muslos cubiertos por unas medias de malla. Viste una blusa granate anudada bajo los pechos dejando su abdomen desnudo. Sus pechos, ocultos y apenas visibles entre el escote, se adivinan pesados y rotundos.

A veces salen cucarachas tras la foto.

Su agresivo pecho me pone la polla dura todos los días.

Es una joya de los años cincuenta del siglo pasado, aunque estéticamente es deplorable tener semejante cosa en tu dormitorio, frente a la cama. Yo la prefiero a una virgen maría, un crucifijo o la playmate del mes actual que parece una subnormal a la que le han arreglado todo el cuerpo con plástico y retocado la raja del coño hasta parecer infantil.

Hay muchos hombres que desean coños lisos e impolutos, que les recuerden los de sus hijas cuando eran niñas.

La pin-up es una mujer joven de grandes ojos oscuros desmesuradamente abiertos, podría masturbarme con sus enormes y espesas pestañas. Su cabello es rojizo.

La sonrisa es candorosa y pícara, denota sorpresa y su mano refuerza esta cualidad apoyándose con infantil sorpresa en la mejilla derecha. Su rostro está graciosamente sucio por alguna tarea doméstica que estaba realizando cuando el dibujante la creó. También lo está el brazo que cuelga: exhibe manchas de grasa que contrastan con la mano larga y de dedos delgados, cuyas uñas están pintadas de color rosa, como el rubor de sus mejillas.

A menudo arrastro la piel de mi glande hasta casi desgarrarla imaginando que esas uñas se hunden en mi meato.

Su sonrisa deja claro que sabe que su coño y sus tetas pueden enloquecer a un hombre como yo.

Su boca entreabierta, tiene unos rollizos labios explosivamente rojos y dejan entrever unos redondeados dientes blancos que contrastarían (de hecho lo hacen) con el púrpura de mi glande henchido de sangre.

Me he hecho tantas pajas con ella…

No la miro cuando me la meneo, ya la tengo en mi mente y cometo cosas con ella que de existir, se suicidaría.

Cuando estás solo aprendes a buscarte compañía que no sea humana. Se descubren tesoros, que de estar acompañado, pasarían desapercibidos.

El calendario se encontraba en la cocina cuando hace más de diez años alquilé este apartamento. Un día, tras masturbarme ante ella tomando un café en la cocina, decidí que sería más cómodo tenerla en la habitación, así que la clavé en la pared que queda frente a mi cama.

Tengo un gusto patético para la decoración y no tengo ayuda con ello, nadie viene a mi casa.

No es culpa de nadie, soy perezoso para relacionarme.

La madrugada trae ruidos a los que estoy acostumbrado, pequeños crujidos y voces lejanas. Alguna cucaracha se remueve inquieta tras la foto dándole vida a la pin-up y otras corren entre los platos sucios de la cocina, no las oigo; pero sé que si ahora encendiera la luz de la cocina, las vería correr para esconderse entre las juntas de los armarios y los azulejos.

Precioso…

Pero es sobre todo en la madrugada cuando la observo fumando, con los ojos irritados por un exceso de humo.

Su blusa anudada por encima del ombligo contiene los pechos haciendo resaltar su potencia y peso.

Deshago el nudo y un pecho parece saltar furioso, está coronado con una gran areola del color del café con leche. La acaricio hasta que el pezón se contrae. Su boca entreabierta y sus labios de rojo sangre dejan escapar una exhalación entrecortada.

Es el gemido reprimido de una pin-up sonriente e inocente. Creada para ser sensual sin ser sexual. Algo entre lo tierno y lo obsceno, mierda hipócrita para ser más exactos.

A mí me gusta arrancar la ternura y la inocencia como la piel de un conejo muerto y dejar que las cucarachas devoren esas virtudes de mierda.

La picardía no puede ser graciosa ni hacer sentir bien a un hombre como yo.

La sordidez de mis deseos es tan desmesurada y oscura, que lo pudre todo.

Como todo lo pudre el tiempo.

Esta imagen y sus tonos pastel, es tan real como la vacuidad de mi vida, así de palpable. Solo trabajo, violo, como y duermo.

No tengo inquietudes intelectuales, ni ideal alguno.

Y no aspiro a mantener una familia.

Ni amo ni soy amado. Me basta follar, sea violando, pagando o gratis por alguna de esas raras razones que le parezco atractivo a una mujer.

Y está bien, soy un predador, mi única ley es la naturaleza, la mía propia. Si mi instinto me dice que es el momento de follar, violo. Si no puedo violar pago y entonces a la puta la deshago a golpes. Si consigo conquistar a la mujer, se arrepentirá toda su vida de haber venido conmigo porque el hematoma de mi patada en su vientre no se curará en meses.

Tal vez amaría a la chica pin-up, hasta me permitiría meterle el rabo entre las tetas para que mi semen se acumulara en el hueco de su perfecto cuello, bajo la nuez.

Y meterle una botella en el coño.

Metérsela… No existe momento más tierno y cálido como el instante en el que mi polla es arropada por su vagina.

Siento su humedad abrazando y pringando mi pene. Sus contracciones, el pulso de su útero… Su flujo se extiende tibio por el vello de mis cojones.

Y ella con su pañuelo morado, exhibiendo sin descanso su candorosa y pueril sonrisa.

Aunque le golpee los ojos cuando la jodo cubriéndola con mi cuerpo, aunque le mastique los pezones hasta quedar bañada en sangre; sonríe.

Ella piensa que el mundo es mejor, que no hay monstruos. No acaba de entender que dentro de sus pantalones dibujados, hay un clítoris grande como una perla que palpita indecentemente hambriento. No puede creer con su sonrisa, que de su coño se pueda desprender una humedad densa y olorosa que yo puedo detectar, y me llevará a que la penetre hasta perforar sus intestinos.

Es una putada para ella que la crearan con una pícara sonrisa, de esas que dicen: provoco, mirad pero no tocad. No soy puta.

No puede imaginar que si me provoca una mujer, le desgarro el coño en su optimista mundo de mierda.

Por muchos colores pastel con la que la hayan pintado.

A veces sus pantalones, más que de grasa parecen manchados de sangre.

No sé si los sueños traspasan alguna dimensión y se hacen realidad en alguna otra. Si fuera así, quiero ir ahí, donde la sangre mana y el dolor hace explotar el corazón con un placer inenarrable.

Separo mis piernas y oprimo el pubis para que mi polla erecta luzca enorme ante los ojos de la pin-up. Y sé que yo también sonrío, la diferencia es que soy pura hostilidad y si se la metiera, le arrancaría los ojos para verla sufrir mientras me corro.

¿Los dibujos tienen miedo? Tengo que aclarar mi vista frotándome los ojos, porque la chica Pin-up parece temblar; asoman unas antenas negras por encima de su cabeza.

Es la cucaracha y me molesta, me resta concentración. Le pego un manotazo a la fotografía y la cucaracha cruje aplastándose con un ruido a patata frita rota. La sombra de mi pene en la pared es más grande. Me gusta ver mi animalidad.

A veces pierdo la calma. Muchas veces…

Desde hace unos días a la chica pin-up se le ha torcido la sonrisa. No es aberración de mis ojos, ni el papel se está descomponiendo. Es real.

En su blusa han aparecido manchas más oscuras justo donde están los pezones que le desgarro noche sí y noche también.

Hoy el rímel de sus ojos se ha corrido. Decididamente ha llorado.

Me gusta más así, las mujeres me gustan más llorando que gozando.

Soy un asesino, violador y un ser abyecto; pero no padezco alucinaciones: la chica Pin-up ha perdido ya por fin todo asomo de picardía e inocencia.

Se ha ido a una dimensión donde yo no estoy. Como si su creador hubiera hecho algo por ella, ha debido modificar el dibujo desde allá, Mundo Feliz, donde seres como yo no existen.

En la mano del brazo sucio que cuelga, hay una navaja de afeitar con el filo mellado y oxidada, como la que conservo en el lavabo; con ella corté las tetas de la primera chica con la que follé.

El cuello de la Pin-up está abierto de oreja a oreja y la mano que está apoyada en su mejilla, ahora está crispada y hunde las uñas en la piel hiriéndola.

Sus rodillas se han juntado cansadas y sus pechos parecen haberse hundido por la falta de sangre. Es una muñeca rota, casi sin color.

Da un poco de pena que algo tan inocente se haya suicidado. Me hubiera gustado verlo…

Sé que no se puede suicidar un dibujo, nadie me creería. Así que mi vida seguirá transcurriendo como siempre, sin preocuparme por ello.

La cuestión es que me importa una mierda que alguien me crea o no. Me basta con lo que sé. Y lo único que veo, es a la chica que ya no sonríe, que de su mano pende una navaja sucia de su propia sangre y su cuello es una grotesca sonrisa demente por donde se ha derramado toda la sangre que pudiera tener. Son los hechos, soy bueno en mi trabajo, examinando las pruebas; a menudo, las de mis propios delitos.

El tiempo lo pervierte todo y Gepetto prefiere matar a su muñeco para que no sufra.

Hija de puta…

Arranco la hoja de la pared y la arrugo lanzándola al suelo.

Me visto, son las tres de la madrugada, tomo mi pistola y mi placa de policía, voy a buscar a una mujer a la que hacer sufrir y violar, el orden me la pela.

Sólo sé que mi instinto me lo pide.

Y estoy furioso porque mi chica Pin-up me ha abandonado. Alguien ha de pagar y no será un dibujo. Ninguna mujer podrá escapar a la otra dimensión si no está clavada en la pared de mi habitación.

Iconoclasta

6

 

A primeros de enero de 1903, Adolf tenía catorce años, era un adolescente de gesto lánguido. Muy pasivo y temeroso de su padre.

 

Adolf era casi venerado por la tarada de su madre y el cerebro estropeado de su hermana Paula; nadie más lo soportaba. Su presencia en la escuela y en las reuniones familiares provocaba una antipatía innata.

 

La casa estaba decorada con motivos navideños, el árbol lucía cerca de la chimenea y el viejo Alois estaba demasiado borracho como para estar despierto en pleno mediodía. Ya era un elemento innecesario, su trabajo de estropear la mente y la autoestima de su hijo había llegado a su fin. Klara y sus hijos se encontraban en la plaza del ayuntamiento de Leonding, comprando comida y regalos en la feria ambulante.

 

La Dama Oscura se acostó en la cama, junto a Alois y su elegante bigote, sacó su daga de la liga del muslo derecho y la introdujo en su oído lentamente. El viejo sacó la lengua de dolor ya que estaba demasiado podrido para gritar, aún así le tapé la boca con la mano y le hundí mi puñal en los intestinos.

 

—Ya no sirve para nada, Sr. Hitler. Es hora de morir.

 

Intentó hablar, pero sus ojos se cerraban con fuerza ante la daga que le estaba destrozando el oído, el cuchillo clavado en el vientre era una caricia comparado con aquello.

 

Pero cuando el cuchillo se mueve hacia los genitales cortando todo lo que encuentra a su paso, el dolor se convierte en una obra de arte de insoportable impacto. Y con ese arte abrí su paquete intestinal, el viejo austríaco tuvo un honor que pocos se han ganado. Metí las manos y saqué sus tripas para ponerlas a un costado. Esto no mata a ningún mono inmediatamente; da tiempo a que sufra mucho.

 

Los viejos no gritan con fuerza, es una lástima; pero tienen un lamento cansino que me incordia mucho y le metí un trozo de intestino en la boca como mordaza.

 

La Dama Oscura se aseguró de que la daga quedara firmemente alojada en el oído y salió de la habitación para dirigirse al salón. Fueron unos minutos que yo usé para castrar al viejo. Volvió con las manos cargadas de bolas de adorno del árbol y las metió todas en el hueco que dejaron los intestinos. En el montón que formaban sus tripas, clavamos con un alfiler la estrella de la anunciación. Un par de piñas con un lacito rojo quedaron entre sus piernas, donde deberían estar sus cojones de machote reproductor. En la tetilla izquierda le grabé con el cuchillo una cruz con los maderos quebrados como la que le tallé a Adolf en la nuca. El centro de la cruz era el pezón cortado en cuatro trocitos, se meó miserablemente cuando se hundió el cuchillo en el pezón.

 

Quedó precioso para celebrar la epifanía de los Reyes Magos, y con el frío que hacía, es posible que aguantara tres días sin oler demasiado mal.

 

Abrí mi boca, la pegué a la suya y aspiré su alma a pesar del asco que a veces me dan los primates; también puedo ser delicado. La Dama Oscura observaba fotos y cosas del cuarto distraídamente.

 

Tardó veinte minutos en morir.

 

La Dama se había puesto caliente, hirviendo. Vestía una capa roja con borde blanco, típico de navidad, debajo no llevaba nada, más que unas botas altas hasta las rodillas.

 

Me senté en la mecedora de Alois y rompí los apoyabrazos. Levantó la capa hasta su vientre con una sonrisa traviesa, se sentó empalándose con mi pene y esperamos tranquilamente a que llegara el resto de la familia.

 

Apoyaba sus muslos en los míos y yo le daba impulso a la mecedora. El resultado fue apoteósico, mi pene se hundía en ella, sus pechos se agitaban tranquilamente y mis cojones hirviendo recibían el frescor de aquel ambiente. Su clítoris sobresalía con dureza y la castigaba por vanidosa con fuertes palmadas en la dilatada vulva.

 

Breves miradas al cadáver de Alois me excitaban más aún y entre los jadeos de mi Oscura, sentía las voces de tantos torturados y muertos. De todos los primates que aún me quedaban por matar. Mi placer se incrementaba con cada caricia que aquel coño suculento me hacía, con las tripas apestosas del viejo Alois infectando las navidades en aquella parte del mundo. Imaginé a Dios masturbándose y llorando ante la vagina de mi Dama que subía y bajaba rítmicamente plena de mí.

 

Abrieron la puerta de la casa.

 

— ¡Papá, ya hemos llegado! ¿Tienes hambre? —gritó Klara alegremente acercándose hasta la habitación —su voz se había hecho fea y su caminar denotaba cierta cojera. La sífilis es silenciosa e implacable.

 

—Te hemos comprado unos cigarrillos de importación —la voz de Adolf había cambiado, era más grave, aunque continuaba siendo ridículamente chillona.

 

Paula reía correteando. Todos se dirigían a la habitación del macho.

 

Cuando abrieron la puerta y nos vieron follando en la mecedora el silencio cayó como una losa sobre sus cerebros de simples primates.

 

Nosotros continuamos con nuestra cúpula, mugí como un toro al eyacular y la Dama Oscura se clavó las uñas en las mejillas haciéndose heridas por el placer que la poseía.

 

Cuando nos calmamos, se levantó. Su coño dejó caer mi semen al suelo y un pequeño río viscoso se deslizaba por sus muslos. La familia Hitler, lo observó todo en alta definición y tridimensional. Klara protegía a sus hijos tras de sí que lloraban y gritaban queriendo huir de allí.

 

Acabé de consolar con caricias la excitación que provocaba aún espasmos en mi pene, saqué mi cuchillo clavado en mi espalda y les sonreí.

 

—Papá ha muerto, podéis usar sus tripas para haceros una buena frittatensuppe, para el día de reyes sería perfecto. Personalmente me ha dicho que os de una buena lección porque sois un poco indisciplinados y sobre todo, Adolfito, a ti te la tiene jurada. Aún te es difícil leer con claridad, a los catorce años, todos los chicos de tu edad leen sin tener que silabear. Durante un rato voy a ser vuestro tutor y dejaros el mensaje de Don Alois bien inculcado.

 

— ¿Por qué no nos deja en paz? Ya nos ha hecho mucho daño —lloraba Klara.

 

Adolf era tenía la estatura de su madre, que no era muy alta; pero era notable lo que había crecido desde la última vez que lo vi. En aquel entonces, un primate de catorce años ya aparentaba ser un hombre de veinte.

 

La cara regordeta de Paula estaba sonrojada por el frío y húmeda por las lágrimas. Sus manos se aferraban con fuerza al vestido de su madre.

 

Me puse en pie y tomé el cinturón del pantalón del primate muerto.

 

—Desnúdate, Adolf.

 

— ¡Noooo! No lo toques hijo de puta —gritó abalanzándose sobre mí Klara.

 

La Dama Oscura puso un pie para hacerla caer, le di una patada en la cabeza y quedó desorientada. Paula salió corriendo y la Oscura la alcanzó en la puerta, intentado salir a la calle, como no dejaba de gritar, le quitó el lazo rojo del pelo camino de la habitación y la estranguló hasta que su cara se puso amoratada, la dejó caer al lado de su madre. Por un momento creí que había muerto y sonreí a mi Dama Oscura con amor; pero la mona seguía viva…

 

Adolf se estaba desnudando deprisa. Cuando se bajó los calzones, mostró un pubis muy poblado de vello negro y casi oculto entre él, un pene circuncidado muy toscamente.

 

—Eres todo un hombrecito ya. ¿Sabes que los judíos también tienen su pene descapullado, es algo que tendrás que ocultar, ya me entenderás. Ahora quiero que me digas cual es mi nombre —me acerqué y le azoté no sé cuantas veces con el cinturón.

 

En algún momento se derrumbó en el suelo y cuando observé al mono, su espalda y su costado izquierdo estaba sangrando, faltaba piel en algún sitio.

 

La Dama Oscura había amarrado los pies y manos de Paula y la había acostado desnuda al lado de su padre muerto.

 

A Klara le había subido el vestido y arrancado las bragas, su culo delgado se agitaba con el llanto.

 

Aquella visión aplacó mi ira.

 

— ¿Cómo me llamo?

 

— ¡No lo sé, no lo sé! ¡No me pegue más! —se encontraba tumbado del lado derecho y sus rodillas encogidas contra el vientre, cubriéndose la cara.

 

Yo nunca obedezco a un primate, así que me ensañé con su muslo izquierdo hasta que sangró también.

 

—Soy 666.

 

—666 —repitió hipando.

 

— ¿Cuánto es seis por seis?

 

No respondía, solo lloraba. Tuve que sacarle las manos de la cara, tirar de su cabello para levantarle la cara y cruzarle la cara con el dorso de la mano. Sus labios se partieron a la primera hostia que le di.

 

—Me cago en Dios… Sino respondes te destripo, primate de mierda.

 

No se puede ser amable con las bestias, primates y el resto de animales funcionan igual: paliza o premio.

 

—Diez… Dieciocho…

 

La Dama Oscura lanzó una carcajada y clavó su daga en un glúteo de Klara que aulló de dolor.

 

—Mi 666… ¿Éste tarado va a ser el führer? ¿Quieres que le haga una lluvia dorada a tu hijo, Klara? A lo mejor se le despierta un poco el cerebro.

 

Volví a darle una buena paliza con el cinturón, duró unos cuantos minutos.

 

—Estás matando a mi hijo… —gimoteaba Klara con una voz cada vez más ronca.

 

—Arráncale la piel mi Dios Negro —susurraba la Dama con su capa abierta.

 

Paula se había caído de la cama intentando desatarse y su nariz sangraba.

 

—Treinta y seis, subnormal. Seis por seis son treinta y seis… —gritaba mientas lo azotaba una y otra y otra y otra y otra vez.

 

Se estaba vaciando de sangre, sangraba por tantos sitios… Una oreja se había rasgado y le colgaba ligeramente. Ya no lloraba.

 

Invadí su mente y no lo dejé desmayar, tenía que sufrir.

 

— ¿Treinta y seis por seis?

 

— Ciento dieciséis —respondió.

 

Quedé dudando un momento, tal vez había contado los cintarazos que le había dado solo en la espalda. Tal vez estaba confundido, tal vez… Sentí ganas de decapitarlo lentamente, cortando con calma su fino cuello de adolescente.

 

Suspiré con paciencia y me encendí un cohíba que llevaba en el bolsillo de la camisa.

 

—Ata a la cerda, porque este idiota aún no tiene muy claro lo que es multiplicar y me tienes que ayudar.

 

La Dama ató los pies y manos de Klara haciendo tiras las bragas que le había arrancado.

 

Tomé a Adolfito por las axilas y lo puse en pie manteniendo sus brazos por encima de la cabeza con mi presa.

 

—Mi Dama Oscura, dile, enséñale cual es el resultado de treinta y seis por seis.

 

Cogió el cigarro de mi boca, se arrodilló en el suelo frente a los genitales de Adolfito.

 

— Son doscientos dieciséis. Doscientos dieciséis —dijo quemándole el meato con la punta del cigarro.

 

Es curioso de donde sacan las fuerzas los primates cuando les aplicas dolor… Pareciera que ya no podía ni respirar; pero el grito que lanzó nos hizo daño en los tímpanos. Su madre parecía una foca intentando reptar con su barriga por el suelo en busca de su hijo y la pequeña Paula lanzó un grito tan fuerte que me irritó al punto de destriparla desde la garganta hasta los intestinos. Son cosas que puedo hacer, y de hecho hago, con suma facilidad.

 

Luego, la Dama se metió aquel pene ridículo en la boca y le apagó las briznas incandescentes que quedaron prendidas en el glande.

 

Se acabó la lección.

 

Besé a mi Dama en la boca y le metí los dedos en la raja, la tenía húmeda de nuevo.

 

Colocamos a los hermanos juntos apoyados al pie de la cama, frente a su madre para que vieran el espectáculo.

 

Me tumbé encima de Klara y le penetré el ano. Aferraba su cabello con una mano y con cada embestida, le estrellaba la cara contra el suelo de madera.

 

La Dama Oscura azotó la cara de Paula hasta que comprendió que no tenía que gritar. Con siete años, a pesar del trozo de cerebro que se le había estropeado recién nacida, era más inteligente que su hermano Adolf.

 

Yo ya me había corrido y le metí el pene en la boca para limpiarlo de mierda, luego me acerqué hasta la pequeña Paula.

 

—Esto no ha acabado aún —dije metiendo la mano bajo su vestido de terciopelo azul marino para acariciar su infantil vagina ante su madre.

 

—Moriréis cuando sea mi volición, cuando a mí me apetezca. No os olvidaré jamás mientras estéis vivos. Y cuando estéis muertos, os espera una eternidad de sufrimiento.

 

Le di una bofetada a la niña, a Adolf le besé la boca y le mordí los labios.

 

La Dama Oscura metió en el ano de Klara una vela roja y la encendió.

 

Nos reímos e hicimos un par de comentarios jocosos respecto a la familia Hitler y salimos de aquella casa para ir a comer un par de lágos cubiertos de carne picada y salsa de tomate en el mercado del ayuntamiento.

 

En 1905 vendieron la casa, ninguno podía olvidar lo que ocurrió dos años atrás.

 

Se trasladaron a la capital de la provincia de Leonding, Linz. Era una ciudad mucho más grande y poblada. Allí pasaban desapercibidos de tantas muertes y asaltos. No había vecinos que los incordiaran con sus preguntas, pésames y recuerdos.

 

7

 

Europa estaba hirviendo: coaliciones de franceses y alemanes por seguir con el control de Marruecos. Grecia, Bulgaria, Serbia, Montenegro, Rusia, Turquía… Todos esos países estaban gestando el ambiente ideal para una gran guerra y eso era bueno.

 

En las guerras ganan los más idiotas, es una condición que impuso Dios, lo mismo que la virgen se aparece solo a los tontos.

 

Y ahí, en medio de ese caos, el pequeño Adolfito, florecería como retrasado mental igual que un hongo en los excrementos.

 

En 1907 ya estaban todos aquellos países completamente ocupados en la preparación de la guerra, aunque muchos no lo supieran.

 

Y claro, la familia Hitler no era muy lista, no tenía suficiente capacidad intelectual para ver lo que se avecinaba. Además, estaban obsesionados conmigo. Por ello Adolfito, con dieciocho años, por fin había aprendido la tabla de multiplicar del seis, aunque ya no iba a la escuela.

 

Y no iba a la escuela porque la Realschule lo había expulsado en 1905 sin darle ningún título por su bajo rendimiento, era tan mediocre como repulsión causaba su trato en docentes y amigos. Solo obtuvo el certificado de estudios primarios.

 

Así que me propuse que 1907 fuera su año, que dejara de vivir cobijado bajo las tetas de su madre y su pensión. El mono no hacía nada en todo el día más que pintar. No conocía el trabajo ni el esfuerzo. Toda aquella apatía y vagancia era alentada por la madre que tanto lo amaba. Eso se lo iba a solucionar yo muy pronto.

 

Comenzaría su gran año para formarse como hombre independiente y convertirse en la mierda que sería años más adelante: el líder del Tercer Reich. Una vergüenza para los primates, ya que si alguien como ese mono llegaba al poder, era el indicativo de que la humanidad estaba realmente agusanada. Eso sí, fue mi preferido durante aquel tiempo, mi primate mimado: mató tantos millones de circuncidados y otras clases de primates de segunda clase, que por un tiempo pensé (me ilusioné, ya que a veces soy un alma cándida a pesar de todo; pero que no se fíe nadie) que Dios había muerto.

 

Linz, al noroeste de Viena, es una gran ciudad y gran centro económico de la región, con la pensión y la herencia de Alois, lo que quedaba de los Hitler, vivía holgadamente. Era un buen lugar, con un alto nivel de vida, nada parecido a Leonding y sus cuatro casas mal repartidas y las calles llenas de barro. Mi Dama Oscura y yo paseábamos por el centro de Linz y nos dirigíamos hacia el bloque de apartamentos donde vivían. El apartamento era grande, de altos techos como todo edificio modernista, los techos artesonados con escayola y las puertas altas y recias con abundantes cristaleras.

 

Eran las cuatro de la tarde del 21de diciembre, el portero nos preguntó a donde nos dirigíamos y nos indicó que vivían en el 3º C.

 

Paula Hitler abrió la puerta y se quedó muda de terror al vernos. Tenía once años y empezaban a abultar unas pequeñas mamas que aún no requerían sostenes.

 

Me agaché y la besé en la boca.

 

— ¡Feliz navidad, familia! ¡Heil a los Hitler! —bromeé sin que entendiera lo último.

 

Klara se asomó al pasillo, había reconocido mi voz, se metió en la cocina para pedir ayuda a través de la ventana del patio, cojeaba ya notablemente y sus manos temblaban descontroladamente. Corrí hacia ella tirando a Paula al suelo, en la cocina la arranqué de la maneta de la ventana que estaba abriendo y la golpeé en la cabeza con un mazo del mortero. Se cascó su cráneo, la sangre brotaba a borbotones mientras se convulsionaba, temí que muriera demasiado pronto; pero era solo conmoción cerebral. Pude ver que también había perdido los incisivos superiores e inferiores por la sífilis.

 

Paula venía llorando dócilmente de la mano de la Dama Oscura. Al ver a su madre en el suelo sangrando se sentó a su lado en silencio.

 

—Aún no está muerta, no es el momento de velarla.

 

Arrastré a Klara por el suelo hasta su habitación, la subí a la cama y la desnudé. Sus piernas estaban un tanto torcidas, los dedos de los pies contraídos por el daño neurológico.

 

La Dama Oscura se había sentado en un silloncito con Paula en sus piernas, le acariciaba sus prominentes tetitas a punto de desarrollarse.

 

— ¿Dónde está tu hermano?

 

—Dibujando en el Ayuntamiento Viejo.

 

—Lo vamos a esperar —respondí.

 

—Pronto serás mujer —le dijo al oído la Dama Oscura, mirándome con malicia. — ¿Ya te has tocado?

 

—No —respondió con un hilo de voz.

 

— ¿Seguro que Adolf no te ha tocado ya?

 

—No —respondió de nuevo llorando.

 

La hizo bajar de sus rodillas, se subió la falda larga y negra y le mostró su vagina depilada, de labios sobresalientes brillantes y húmedos.

 

Klara comenzaba a despertar e invadí su mente para inmovilizar su cuerpo. Su pelo se había apelmazado con la sangre que empezaba a coagular y olía mal. Siempre huele mal la sangre de primate.

 

Mi Dama separó las piernas y se abrió la vulva con las dos manos.

 

— ¿Tu hermano te toca aquí? —se tocó el clítoris suavemente con un dedo y sus ojos se cerraron de placer.

 

Paula corrió a la cama de su madre para echarse sobre su pecho. La arranqué de allí y la tiré al suelo frente a la Dama.

 

— ¿Tal vez te hace esto? —se metió el dedo corazón en la vagina, un filamento de fluido se desprendió hasta el suelo, sentí que la boca se me hacía agua.

 

Paula estaba atenazada de miedo y vergüenza, se pasó las manos por los mini pechos.

 

— ¿Adolf te toca ahí? ¿Solo eso siendo ya todo un hombre?

 

— ¿Quieres tocar mis tetas para saber lo que tu hermano busca de verdad?

 

Paula sacudía la cabeza negando cuando la puerta de la casa se abrió.

 

— ¿Mamá? Ya he llegado —era Adolfito.

 

Sus pasos sonaron hasta la cocina, se detuvo un instante mirando la mancha de sangre en el suelo y luego llegó a la habitación, traía una carpeta con dibujos bajo el brazo. Se le cayó al vernos y reconocernos desparramando una acuarela y un par de bosquejos a lápiz de algún edificio.

 

— Adolf, tenemos que hablar seriamente de tu educación, no puedes estar viviendo siempre de la teta de tu madre. Te has de hacer independiente, tener tus propios medios de vida. Follar con mujeres y no limitarte a masturbarte tras tu caballete en la calle o tocarle las tetas a tu hermana. Tu madre no va a vivir siempre, es más va a morir ahora mismo.

 

—Tócala antes de que la mate.

 

Se le llenaron los ojos de lágrimas, se acarició el pelo de la sien y dijo:

 

— No me hagan daño.

 

—Toca a tu madre te he dicho.

 

Adolf se acercó a la cama, su madre no podía ni mover un músculo. Pasó su mano temblorosa y tímida por los pechos y los pezones se erizaron involuntariamente. Luego recorrió su vientre para llevar la mano hasta el poblado monte de Venus donde hundió los dedos y perdió la noción del tiempo. Su boca temblaba.

 

—Con lo tarados que sois los Hitler, me hubiera gustado que tu madre viviera para que gozarais de unas orgías, cosa que ocurriría en cuanto a tu hermana le viniera la regla; pero dado tu carácter pasivo y holgazán, esto no será posible.

 

— ¿Te has masturbado hoy con las niñas que salían de la academia del Ayuntamiento Viejo? —preguntó la Dama mostrándole sus pechos y su sexo desflorado.

 

Adolfito no respondió, se quedó mirando fijamente el monumental cuerpo de la Dama Oscura.

 

Giró la cabeza cuando oyó el primer golpe, como una especie de azote: con el plano de mi puñal, golpeé con fuerza un pecho de su madre.

 

Sin prisas seguí golpeando un pecho y otro, no produje un solo corte. Klara se retorcía de dolor a pesar de mi control, aunque no podía gritar. Se había formado un hematoma tan importante bajo la piel, que formaba una bolsa líquida oscilando temblorosamente con cada golpe. Tenía un cáncer en el pecho izquierdo y fue el primero en el que reventó el pezón. Con tres golpes más, el otro pezón se abrió. La sangre acumulada en ambos pechos formó un manantial rojo en cada pezón que se deslizaba tranquilo hacia el vientre y por las costillas.

 

—Bebe de ahí, Adolf.

 

Tomó un candelabro de la mesita de noche e intentó pegarme con él, una de las pocas cosas de valor que hizo a lo largo de su vida; pero no lo hizo para proteger a su madre, lo hizo para evitar su dolor, su próximo tormento.

 

Le golpeé en la boca del estómago con la suficiente fuerza para provocarle una leve hemorragia interna, se le escapó por la boca un hilo de sangre cuando intentaba tomar aire con los pulmones colapsados por el puñetazo.

 

La Dama Oscura acariciaba a Paula, de nuevo sentado en sus rodillas, aunque la había desnudado de cintura para arriba y le acariciaba los incipientes pezones que a mí no me decían nada. Los primates jóvenes no me inspiran nada más que deseos de descuartizarlos, prefiero follar a las hembras bien desarrolladas. Aunque no he de negar que de vez en cuando, un coño infantil reventado es una delicatesen. La piedad no la conozco.

 

Tomé por el pelo a Adolf y le planté la cara en los pechos destrozados de su madre.

 

—Chúpalos de una puta vez, coño —le dije pegándole en el trasero con el plano del puñal.

 

Liberé la mente de la madre, ya que la hemorragia casi la había vaciado y apenas tenía fuerza ya para respirar. Abrazó a su hijo mientras este succionaba de sus pezones tragando sangre y así murió la perra austríaca que tanto amaba a su hijo de mierda.

 

Arranqué a Adolf de sus brazos lanzándolo contra la pared. Abrí mi boca y cubrí la de Klara para aspirar su alma, mis dedos hurgaban su coño mientras su alma de asqueroso sabor se deslizaba por mi garganta.

 

Luego tiré el cadáver al suelo, lo que originó en Paula un ataque de histeria. La Dama Oscura le golpeó la cabeza con el candelabro que había dejado caer Adolf.

 

La niña cayó encima del cadáver de su madre, formando un cuadro de dramática belleza, hasta tal punto que la Dama Oscura hizo una foto con la cámara de turista que llevaba en el bolso.

 

Adolf estaba intentando detener la habitación que giraba en sus ojos y le abofeteé.

 

—Tu madre ha muerto. Ya eres un hombre, mono de mierda. Nos seguiremos viendo, no dejaré de visitarte hasta que estés muerto, primate de mierda. Vas a sufrir tanto, tus noches van a estar tan llenas de miedo… Y sabes, querrás ser tu el que provoque el terror. Eres tan simple, cabrón… —y le escupí en la cara.

 

Me saqué el cinturón y le di tal paliza que le hice jirones la ropa.

 

—No me pegue más, por favor, no me pegue más… —lloriqueaba antes de entrar en shock.

 

La Dama Oscura se colocó frente a él, se llevó una mano al coño y dirigió su chorro de orina hacia su cara.

 

—Tu madre ha muerto ¿qué haces durmiendo? —le dijo la Dama Oscura cuando abrió los ojos ensangrentados, el cinturón había herido cada centímetro de su piel.

 

Arranqué a Paula del cadáver de su madre, le di unas leves bofetadas para que despertara y le enseñé un par de bocetos al carbón que llevaba Adolf en su carpeta: eran dos niñas desnudas, arrinconadas tras los setos de un parque en un atardecer, en ambas lloraban con sus manos entre las piernas, con los dedos manchados de sangre. La única diferencia es que una era de pelo largo y otra de pelo corto.

 

—Cuídate del pederasta que tienes por hermano. Le gusta que lloren, que le tengan miedo.

 

La Dama Oscura se arrodilló para darle un tierno besito en su imberbe monte de Venus y yo le di una patada en el costado derecho que de nuevo la hizo caer de bruces entre las tetas ensangrentadas de su madre.

 

Yo ya estaba aburrido de aquellos primates de mierda aquel día.

 

Llegamos a mi oscura y húmeda cueva sin escalas, directos al infierno.

 

8

 

Ya había modelado totalmente el pequeño cerebro idiota de Adolf, su madre ya no le podía dar autoestima alguna y se encontró en un mundo en el que todos los primates lo rechazaban por su carácter apocado, timorato e introvertido. Ningún mono soportaba tener cerca a Adolf, no tenía amigos de ningún tipo. Su único contacto social fue con tres niñas de doce y once años que violó en los arrabales de la ciudad al atardecer, cuando las sombras son duras e impenetrables.

 

Durante unos meses vivieron juntos los hermanos en el apartamento. A Paula le vino la regla a los dos meses que asesiné a su madre. Adolf la espiaba en el baño, en la habitación cuando se desnudaba; cuando se sentaba en el sillón miraba su entrepierna y su erección se hacía dolorosa. Hasta que una noche Paula despertó con el peso de su hermano en su pecho y su pene duro abriéndose paso entre su vagina. Logró zafarse y salir a la escalera para pedir ayuda a los vecinos.

 

Adolf tuvo que irse a Viena por el escándalo que montó Paula. Allí intentó acceder a la universidad de Bellas Artes, pero no pudo superar el examen de ingreso.

 

Mientras tanto vivía de la herencia de su madre y de la mitad de la pensión que compartía con su hermana. Insistió en pintar y en seguir abusando de niñas durante unos meses más. A finales 1908, recopiló todos sus dibujos y los presentó en la Academia de Bellas Artes de Viena, esta vez tras examinar su obra, no le dejaron ni realizar el examen.

 

El dinero ya se había acabado y apenas conseguía algo haciendo postales para turistas.

 

Y llegó el momento de vagabundear, de entrar en contacto con emigrantes de todo tipo, con mendigos. Le robaron, lo rechazaban en los grupos. En los albergues sociales comía mierda con pan, igual que los inmigrantes más pobres.

 

Las mujeres no lo soportaban, sus relaciones sexuales se basaban en abusar de niñas y en algún pago a alguna puta cuando estaba demasiado borracho.

 

Precisamente, mató a esa puta con una botella de vino de la marca Heurige rellenada con anís de la peor calidad: la zorra primate se burló de su pene mal circuncidado.

 

— ¿Eres un maldito judío, querido Adolf?

 

En aquella habitación de una fonda casi en ruinas le golpeó el cráneo hasta que los sesos se desparramaron por el suelo. Estaba borracho; sereno era demasiado cobarde para hacer semejante heroicidad. Hasta tal punto era apático, que la botella no se rompió por lo débiles que eran sus golpes.

 

Las putas muertas no llamaban la atención de nadie en Viena y no se investigó el crimen.

 

Es en 1909, tras una paliza que le propinaron unos inmigrantes polacos bajo el puente en el que durmió una noche, cuando se empapa de panfletos fascistas y racistas, la única lectura a la que tenía acceso. El enfermero que le curó las heridas en el hospital era un ferviente discípulo de un retrasado mental con sueños de mesías: un tal Liebenfels, un racista que hablaba de la gran raza aria y del resto de las razas inferiores que eran simiescos. Y el enfermero le obsequió con un pequeño libro mal impreso de las teorías de su admirado imbécil.

 

El tarado de Liebenfels tuvo suerte de ser un don nadie y que no le hiciera una visita como a Adolf, porque le iba a enseñar que todos los humanos son primates y se lo enseñaría arrancándole los pulmones con una varilla de paraguas.

 

Hitler ya era un hombre, con sus veinte años, ya estaba germinando en su minúsculo cerebro su reinado de la miseria y la estupidez primate; pero era tan inútil, que pasó hambre, más que cualquier inmigrante analfabeto en Viena. Sus únicas lecturas de frustrado seguían siendo las mesiánicas y fascistoides publicaciones que le regalaban en mítines y reuniones de fracasados muertos de hambre y con las que luego tenía que limpiarse el culo tras cagar.

 

Antes de que cumpliera los veinticuatro, tuve un encuentro con él. Estaba escuchando un discurso fascista en la plaza del parlamento. Viena empezaba a ser un lugar peligroso para la democracia, cosa que a mí me sudaba la polla y me parecía bien, porque la única libertad que tienen los primates, es la dirección en la que han de correr para escapar de mí y librarse de ser descuartizados.

 

—Hola Adolfito —le saludé presionando mi puñal en su espalda.

 

— ¿Quién coño eres? —dijo con odio girando la cabeza hacia mí.

 

Cuando me reconoció, se meó en los pantalones, y yo suspiré con paciencia. Atravesé la ropa con el cuchillo y lo hundí en la zona lumbar, sin llegar a lesionar el riñón.

 

—Si gritas, si te mueves, lo acabo de clavar y mueres aquí bajo la polla de ese fascista. Escúchame bien, tarado: tan pronto como puedas, pásate a Alemania, hace tiempo que te están buscando aquí para obligarte a hacer el servicio militar. Y deja de mirar a las niñas con esa obsesión o te atrapará la policía y entonces sí que te mataré.

 

Se estaba poniendo pálido, sudaba copiosamente por el dolor y sus pantalones sucios y remendados se estaban ensuciando de sangre. Giré el puñal para abrir más la herida.

 

— ¡Que ningún polaco ocupe el puesto de trabajo de un austríaco y que ningún gitano pise nuestras calles! —vociferaba el político.

 

— ¿Seis por seis?

 

—Treinta… treinta… —no pudo acabar la frase, se derrumbó en el suelo como un pelele.

 

—Retrasado mental… —susurré mientras se le doblaban las piernas.

 

Pisé su mano derecha y le rompí los dedos con un fuerte taconazo.

 

A los veinticuatro años cruzó la frontera para entrar en Alemania y evitar el servicio militar austríaco, su estado era deprimente: apenas podía ya hablar y sufría una fuerte desnutrición. Era el año 1913 y la primera guerra mundial estaba a punto de estallar, yo lo sabía por los chismorreos de los ángeles maricones de Dios y porque conozco a los cochinos primates como conozco a Yahveh el imbécil.

 

En ese año Adolf recorrería por fin el camino directo para el que yo lo había preparado.

 

Pero estoy cansado, tal vez, después de que mi Dama Oscura me la haya mamado y me dé un paseo por Afganistán para violar y esterilizar a unas cuantas mujeres de talibanes, me sienta lo suficientemente relajado para recordar el resto de la historia del subnormal, de cómo llegó a ser un dictador que mató a muchos primates en muy poco tiempo y se hizo ídolo de una raza de ratas “arias” asfixiadas por la envidia, la pobreza y la ignorancia.

 

Mirad mi pene lubricado, esto es lo que me excita: la muerte masiva de los primates, el dolor en el planeta. Cataratas de sangre y vísceras…

 

Y los pechos duros de mi Dama Oscura.

 

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

El pene asoma fláccido por el agujero de una pared, una mampara de madera pintada de vivos colores azules, rojos, amarillos y verdes con multitud de pequeños penes en las más diversas posiciones, algunos con sonrisas y otros con pequeños pies. Una niña lo acaricia hasta que se agita por un momento, tiene quince segundos para conseguir la erección; unos electrodos insertados en la base del pene transmiten la intensidad de placer a un ordenador y éste lo traduce a señales eléctricas que van a un enorme marcador de luces verticales, vistosas e intermitentes en la tarima, frente al público.

La gente asiste al espectáculo como las polillas a la luz de una farola. Muchos se deciden a pasar por la taquilla para comprar un boleto, mientras una multitud de críos ríen, gritan y lloran a sus padres por encima de la megafonía porque quieren probar suerte y llevarse el importante premio.

La niña de unos seis años va vestida con un pantalón rosa y suéter de cuello alto de piel roja con un reno navideño en el pecho. Calza botas altas de color rojo y lazos de navidad en la caña. Hace unos instantes estaba nerviosa y ansiosa por acariciar ese trozo de carne que cuelga de la pared, su madre la ha animado y aconsejado que sea cuidadosa para que el pene se ponga erecto y se enciendan las luces de premio.

—No lo agites bruscamente, no tengas prisa. ¿Ves esa piel que cuelga un poquito? Ténsala hacia atrás y verás como se agita para hacerse más grande, dura y gorda.

Y así la niña ha acariciado con cuidado el pene y torpemente ha retirado un par de veces el prepucio para descubrir el glande.

Transcurre el tiempo sin conseguir la erección y el feriante la separa amablemente del pene; el marcador indica que ha logrado dar un bajo nivel de placer. Solo se han encendido las luces azules. El máximo son las rojas, que cuando se muestran intermitentes indican eyaculación.

La madre dice “¡Oh!” con fingida tristeza y sube a la tarima a buscarla.

—Lo has hecho muy bien, niñita, vuelve a probar suerte de nuevo y es posible que te lleves el implante ocular para juegos virtuales —dice a través del micro el dueño de la atracción.

La niña sonríe y la madre la conduce a la taquilla de nuevo.

Los transductores en la base del pene, al otro lado de la pared aún registran ondas de un ligero placer, por ello las luces del marcador siguen azules.

— ¡Que pase el siguiente jugador! Y recuerden que el certificado de sanidad y su vigencia pueden verlo justo encima del pene. No hay ningún problema, nuestros mongoles transgénicos son especialmente seleccionados y criados. Higiene y profilaxis garantizada. ¡Vamos, papás, mamás, niños y niñas, el placer está ahí aún, aprovechad para elevarlo!

— ¿Quién conseguirá la erección? ¿Quién conseguirá el mayor premio con la eyaculación? —sigue el feriante animando a la gente que observa el espectáculo desde el suelo embarrado que cubre todo el terreno donde se asienta la feria ambulante.

El pene pertenece a un joven SD (síndrome de Down o trisonomía 21), que se mantiene quieto porque por su espalda pasan unas cintas anchas de cuero que lo aplastan contra la madera. Está desnudo, babea y sus ojos idiotas miran sin interés la madera basta contra la que se aprieta su carne, mientras percibe emociones de placer que llegan con más o menos fuerza a su cerebro. Es un individuo de unos diecisiete o dieciocho años, rechoncho y macizo. Sus nalgas átonas se contraen cuando su pene transmite algún gozo que podría venir de una simple corriente de aire fresco. Los transductores adheridos en la base del pene, tocando el rasurado pubis miden los impulsos eléctricos para ser monitorizados en el luminoso de la atracción.

Son las navidades del 2020 y la gente está alegre, la crisis a nivel mundial ha comenzado a superarse y hay una euforia que hace años no se percibía por estas fechas.

Hace tres años se consiguió clonar y modificar transgénicamente a los mongoles (ya nadie los llama síndrome de Down, han vuelto a ser llamados mongoles debido a su gran popularidad por el Córrete-Córrete, el juego de erecciones y eyaculaciones). Tras unos meses de intenso debate político y social y manifestaciones más o menos violentas, la gente aceptó a estos seres creados para formar parte de un juego barato que ayudaría a elevar el ánimo del populacho.

Unos nueve meses antes de la aparición del Córrete-Córrete, se usaron jóvenes latinos presos en reformatorios (los negros solo se pueden ver ahora esclavizados en las minas de diamantes y los chinos trabajan exclusivamente en circos donde mueren muy jóvenes por los arriesgados espectáculos que llevan a cabo) para que pelearan a muerte entre ellos en circos ambulantes; pero la gente sumida en una profunda depresión no encontró que este espectáculo tipo gladiador, lo entretuviera suficiente , ya que la violencia resultaba aburrida por el exceso cotidiano y además era más caro.

Se impuso el silencio imbécil de los mongoles transgénicos y el morbo de sus grandes penes, que sumado a los avances de la sanidad, no ofrecían riesgo alguno de enfermedad. De hecho, la parte final de la atracción requiere hacer una felación para asegurarse el premio.

Sus penes miden diez centímetros en reposo y unos tres centímetros de diámetro. Cuando alcanzan la erección, llegan a los diecisiete centímetros y unos siete de diámetros. El agujero en la pared es un poco más pequeño que el pene erecto para que corte ligeramente la circulación sanguínea durante la erección y sea más llamativo. Cuando la erección es potente, el glande vira al color cárdeno y palpita con fuerza.

— ¿Qué edad tienes? —le pregunta el feriante al niño que acaba de subir a la tarima con dos boletos en la mano.

— Once años.

— Y llevas dos boletos… Estás decidido a llevarte el premio ¿eh?

El niño afirma vehementemente con la cabeza mirando a su padre entre el público.

— Pues adelante con tus treinta segundos y mucha suerte.

Un zumbador suena y el niño toma el pene fláccido con su puño y comienza a agitarlo, de arriba abajo con fuerza. El marcador de placer sube dos luces y se sitúa en el amarillo. Un zumbido indica que han transcurrido los primeros quince segundos. El tamaño del pene ha crecido ya visiblemente y el puño del niño apenas lo puede rodear, necesita las dos manos, que se han cerrado con fuerza. Con semejante rigidez ya puede masturbar el pene con un movimiento de vaivén.

El padre aplaude con fuerza dándole ánimos.

—No te canses, chaval, el idiota ya es tuyo —grita alguien del público.

El desagradable sonido del zumbador indica que se ha agotado el tiempo y el niño baja desanimado los cuatro escalones de la tarima para reunirse con su padre.

Las cuatro luces amarillas se han iluminado y se mantienen en el límite de la primera roja. El próximo que pruebe suerte es muy posible que se lleve el premio.

El cuidador de los mongoles de la atracción se acerca al ordenador y observa los datos: indica que con dos tandas de quince segundos, llegará la erección total. El dueño de la atracción le ha dado instrucciones para que la erección se retrase lo suficiente para que suban al menos diez clientes por mongol. Del cajón de la mesa del ordenador saca una jeringuilla y separando el pubis del mongol de la madera con una barra de hierro, le inyecta brutalmente en el pene un retardador eréctil especialmente diseñado para estos seres, su erección actual no bajará; pero se mantendrá en el mismo estado por unos diez minutos más. El joven ni siquiera parpadea a pesar de lo dolorosa que es la punción.

Genéticamente han sido diseñados para no sentir dolor ni placer (un requerimiento de la OMS para que en su momento aprobara el uso de estos seres para la atracción), su respuesta eréctil es casi puramente vascular.

— Ánimo idiota, dentro de diez minutos puedes soltar tu carga; pero ahora tranquilo —le dice en voz baja dándole una fuerte palmada en la nuca que hace que la nariz se estrelle contra la pared provocándole una hemorragia.

El idiota ni siquiera se mueve por el golpe y sigue manchando de baba la madera.

Bajo el suelo de la atracción hay una jaula con diecisiete mongoles apiñados entre sí. Si intentaran moverse, no tendrían espacio para alzar los brazos. El cuidador los rocía con agua; alguno que posiblemente es defectuoso, se lamenta con una especie de berrido por la frialdad del agua.

Mientras tanto, dos niños y una niña han subido a la atracción sin llevarse el premio.

Dentro de un par de horas, la gente se irá a sus casas a celebrar la Nochebuena y todos ambicionan poder llegar con el premio. En la taquilla hay una cola de más de treinta personas.

Un hombre de unos treinta y pocos años sube a la atracción.

— Y aquí tenemos un papá que va a probar suerte para su bebé… —grita por el micrófono el feriante.

El hombre saluda a una mujer que tiene a un niño de dos años en los brazos y se arrodilla frente al pene.

— ¡Ah, no! No puede usar la boca hasta que la erección sea completa, lo siento señor. Son las reglas.

Hay gente que exclama decepción entre el público, la parte del espectáculo donde chupan el bálano del imbécil es la más esperada.

Se pone en pie, y suena la señal de inicio. Aferra el pene cubriendo el glande completamente y con gran velocidad imprime el movimiento de vaivén. En diez segundos el pene ha adquirido toda su dureza y se han encendido las cuatro luces rojas.

— Ya tenemos al ganador del premio a la erección —anuncia el feriante haciendo entrega al hombre de un implante ocular.

La gente aplaude y silba.

Ante el durísimo masaje, el mongol, al otro lado de la pared ha detenido su respiración y sus puños se han cerrado con fuerza en un movimiento reflejo.

Desde el suelo enlodado frente a la atracción pasa desapercibida la sangre que cae del pene; el frenillo del prepucio se ha rasgado por la fuerza de la masturbación. El dueño de la atracción lo limpia con un pañuelo de papel.

—Ante todo limpieza. ¡Que suba el siguiente! Y veo que ya se puede practicar la felación —grita mostrando un condón al público.

La primera niña vuelve otra vez a subir a la atracción.

— Vamos a ver si esta belleza de niña se lleva por fin el premio gigante.

— ¡Con la boca, Dori! —grita la madre entre el público.

— Lo quiero hacer con la boca —dice con timidez la niña.

— ¡Qué niña tan atrevida! Pues que sea con la boca —responde el dueño de la atracción entre los aplausos del público.

El hombre rasga con los dientes el envoltorio del condón y sujeta con una mano el pene que está duro y parcialmente estrangulado en el agujero de la pared, el prepucio se ha retraído y el glande asoma amoratado, congestionado de sangre. El meato se encuentra entreabierto como la cuenca vacía de un ojo. En pocos segundos, el pene queda revestido por una capa de color púrpura que se agita con breves espasmos por la fuerza de la presión sanguínea que lo llena.

La pequeña Dori se arrodilla pero así no llega con la boca al pene, el feriante coloca un sucio cojín para que gane altura.

Suena el zumbido de inicio de tiempo y la gente rompe a gritar lo que más espera de la atracción: “Córrete-Córrete”.

La niña abre la boca todo lo que puede para poder meterse ese pene que apenas le entra. Respira a duras penas por la nariz moviendo la cabeza para provocar la fricción del pene contra sus labios, tal y como ha visto que mamá hace con papá.

La gente ríe y aplaude:

— ¡Córrete-Córrete! ¡Córrete-Córrete! —la gente no cesa de corear al ritmo de la mamada que la niña está haciendo con esa gracia infantil.

El mongol encoge los labios presionando la cabeza contra la pared, su impulso natural es penetrar más profundamente, por ello sus nalgas se contraen con fuerza e intenta empujar.

Respira entrecortadamente provocando un sonido asmático producto de sus deficientes pulmones, los labios se han azulado por la falta de una buena circulación sanguínea, ya que el corazón de estos transgénicos es débil y defectuoso.

La boca de Dori es tan pequeña, que el roce es realmente recio contra el paladar, y los dientes. La estimulación es tremenda. No tardan los conductos seminales en llenarse con un semen que sale a presión por el meato. El mongol golpea su cabeza contra la pared sin saber por qué.

Las luces empiezan a parpadear lentamente, quedan apenas dos segundos de tiempo, cuando el semen hincha el depósito del condón, la niña lo siente en la lengua como algo más blando y padece una pequeña náusea. La gente aplaude a sus espaldas: las luces rojas se han encendido parpadeando rápidamente y unos coros con música festiva anuncian por la megafonía: “Se ha corrido, se ha corrido”.

— ¡Ya tenemos a la ganadora!

El feriante le entrega a la niña una gran caja: es un módulo cerebral para videojuegos, con conexión directa al sistema nervioso.

La madre sube saltando de alegría para recoger a su hija.

— ¡Un momento, mamá! —anuncia el feriante— Tenemos que entregarles el trofeo final.

Tras la pared, el cuidador de los mongoles ha desabrochado las cintas de cuero que inmovilizan al chico, y lo ha obligado a tenderse en el suelo boca arriba. Saca y guarda los electrodos del pene en el cajón de la mesa del ordenador, le arranca el condón y con un cúter, de un rápido tajo amputa el miembro aún sucio de semen.

Mete el bálano ensangrentado en el robot embalsamador del tamaño y apariencia de un microondas, y se limpia las manos de sangre con un trapo que lleva en el bolsillo trasero del pantalón. Al cabo de quince segundos el aparato emite una señal. Tras colocarse una mascarilla antigás, abre la puerta y lo toma con la mano: parece una figura de plástico brillante recién fabricada. Es gracias al gas Epoxicloro, con el que actualmente se embalsaman los cadáveres en segundos y a precios de risa, de tal forma, que pueden tenerse en casa como una decoración más. La crisis ha llevado a las familias a ahorrar en todo tipo de gastos. Se saca con precaución la careta antigás olisqueando el aire por si hubiera algún resto que el ventilador del aparato no hubiera eliminado.

Apresuradamente saca de una caja de cartón una funda de terciopelo gris claro con el nombre de la atracción en letras negras y lo lleva al escenario donde le espera el jefe y la niña ganadora con su madre.

— Y aquí tienes el triunfo: el pene que has conseguido dominar —grita con el micro en la mano al tiempo que saca el bálano embalsamado para mostrarlo al público.

— Y que no lo use mamá ¿eh? Es solo tuyo.

La madre ríe feliz ante la broma y la gente aplaude cuando madre e hija bajan con los premios que han ganado.

— Y ahora, niños y niñas, papás y mamás: vamos a por el siguiente Córrete-Córrete. En cinco minutos tendremos preparado otro mongol con el que podréis participar para ganar los grandes premios que hay para los más hábiles y rápidos. Daos prisa en sacar vuestros boletos en la taquilla. Cuantos más compréis, más oportunidades tendréis de ganar.

El cuidador da la vuelta al escenario para llegar hasta el mongol que se está desangrando en silencio sin mirar a ningún sitio en concreto. Sus ojos están llorosos y le cuesta respirar; pero no hay expresión alguna.

—Bueno, muchacho, ahora a descansar.

El hombre clava una navaja en la nuca del transgénico y la gira hasta que de repente el mongol deja de respirar; de la misma forma que descabellan a los toros. Pisa un pedal cerca de la pared y una trampilla se abre haciendo caer el cuerpo inanimado en una bolsa negra.

Se dirige a la jaula, y elige al mongol más cercano. Lo saca agarrándolo por su pelirroja cabellera, son todos exactamente iguales. El chico que antes se había quejado por el agua fría, intenta balbucear algo y el cuidador, sin soltar al que tiene sujeto se lleva la mano al bolsillo de la camisa y lo marca rápidamente con un rotulador permanente en la frente para cambiarlo otro día por uno bueno que no tenga sensibilidad.

—Sois todos iguales, coño… —dice tirando del cabello del mongol escogido para una nueva ronda de juego.

La pequeña Dori y su madre se dirigen a casa exultantes de felicidad, la pequeña ha insistido en llevar la caja grande con el premio. La madre lleva la bolsa gris con el trofeo. Ambas ríen y esperan que papá haya llegado ya a casa para darle la buena noticia y contarle todo.

Entran en el aparcamiento subterráneo donde tienen el coche estacionado y un hombre les sale al encuentro en el rellano de la escalera mal alumbrada de la segunda planta.

Sus ojos, a pesar de ser oscuros brillan en la penumbra, de su espalda extrae un puñal manchado de su propia de sangre, en su antebrazo supura pus y sangre sucia de unos números escarificados profundamente en la carne: 666.

Una mano de uñas negras cubre la boca de la madre y la inmoviliza clavándole lentamente una fina daga en el pulmón derecho.

La niña apenas grita cuando el filo le corta la garganta. Y aún no ha muerto cuando siente su vagina estallar con un tremendo dolor por el miembro plastificado que ese ser le ha metido tras arrancarle los pantalones rosas y las braguitas de Barbie.

La oscura dama que sujeta y amordaza a la madre, la obliga a arrodillarse frente a los genitales del hombre que ha matado a su hija. Este se saca el pene del pantalón y se lo mete en la boca que derrama sangre con cada respiración.

— ¿Así va bien? ¿Crees que me correré en quince segundos?

La dama oscura hace correr el filo de la daga en dirección al corazón haciendo un corte más largo en el pulmón.

La agonía de intentar respirar, los jadeos entrecortados que la mujer sufre por la perforación del pulmón, provoca en el bálano de 666 un placer salvaje e intenso. La dama oscura roza su vagina excitada contra la cabeza de la mamá al ritmo con el que el pene se mueve en su boca.

Cuando 666 eyacula, la madre ya está muerta y la sangre del pulmón sale por la nariz.

—Siempre he deseado tener un juego de éstos, pero no los venden en ninguna puta tienda que conozca —dice golpeando suavemente la caja del video juego.

La Dama Oscura se arrodilla sobre el cuerpo de la madre muerta para limpiar la sangre del pene con la lengua, con lengüetazos largos y lentos que acaban en el glande, haciendo especial énfasis en el meato.

— ¿Me ahogarás también así, mi Dios?

Iconoclasta

Es viernes, Tomás es un técnico industrial que está realizando la conexión eléctrica de los elementos de control de una caldera de vapor, es un trabajo sencillo y charla con el jefe de mantenimiento de la planta farmacéutica de cosas intrascendentes conectando cables. El trabajo sale bien y pronto comenzará el fin de semana. No se siente cansado, sino alegre de que por fin acabe la dura semana laboral.

En la planta de elaboración, un laborante deshecha reactivos caducados por un conducto que va a parar a una incineradora. Son productos tóxicos y otros son pruebas realizadas que no han dado el resultado pretendido. La chimenea de la incineradora está conectada a un filtro especial de carbono, justo encima de donde se encuentra trabajando Tomás.

—Ya podemos hacer las pruebas, Sr. Vázquez —dice Tomás cerrando la puerta del armario eléctrico.

—Vamos allá. A ver si funciona bien y nos vamos pronto a casa hoy.

En ese mismo instante, se produce un fuerte golpe encima del techo de metal del local donde se encuentran, a los pocos segundos se forma una nube de polvo negro.

El jefe de mantenimiento sale rápidamente a ver que ha ocurrido, es pleno mediodía y le deslumbra el sol cuando mira hacia arriba.

—Mierda… Hoy no iré pronto a casa…—se lleva un pañuelo a la boca y entra de nuevo en el cuarto de la caldera. Tomás también se ha tapado la nariz y la boca con una mascarilla de papel.

—Se ha caído el filtro de carbono encima del techo. No es nada grave, esperaremos a que se pose el polvo y abriremos la puerta.

A continuación se comunica con su teléfono con uno de los operarios.

—Rafa, súbete al tejado con Adolfo, traed unas cuantas bolsas basura, escoba y recogedor, se ha roto el soporte del filtro de carbón de la incineradora y se ha puesto todo perdido.

Tomás ya ha conectado la caldera.

— ¿No será tóxico todo ese polvo Sr. Vázquez?

— No te preocupes, Tomás, todo viene de la incineradora, lo único molesto es que cuando te suenas la nariz salen mocos negros. Pero eso solo son unos minutos. ¿Ya está haciendo vapor?

Tomás saca una cajetilla de cigarrillos e invita a fumar a Vázquez. Las pruebas van bien, aunque se siente un poco mareado y su nariz está irritada.

Dos horas antes de su horario habitual ya está camino de su casa. Metido en un atasco circulatorio, observando las montañas que rodean la ciudad, piensa que le gustaría ser libre, correr por la sierra sin nada que hacer, sin más obligaciones que comer y dormir. Ser un animal libre y salvaje, no verse sometido durante cinco días a la semana a la voluntad, normas y obligaciones impuestas por otros.

Es el momento más feliz de la semana, cuando tiene ante si más de dos días de libertad. Porque a medida que disfruta su libertad, se aproxima el momento de comenzar su esclavitud de nuevo.

Estornuda y al observarse en el retrovisor, su nariz se ha ennegrecido de restos de carbón. Se limpia con un pañuelo las ventanas de la nariz para asegurarse de que ya no hay restos. El coche de atrás hace sonar el claxon para que avance. Tomás desearía arrancarle la laringe con sus dientes; le ha comenzado un fuerte dolor de cabeza, es una presión, como si los sesos se hincharan y apretaran desde dentro el cráneo.

Cuando por fin consigue circular a velocidad, aunque lenta, el calor disminuye dentro del coche y el dolor de la cabeza ha cesado.

CLIC

Se encuentra entre las estanterías de una librería, en la sección de novedades.

Tiene la nariz congestionada e intenta limpiarse con el pañuelo sin conseguir que mejore. Mete el dedo en la fosa nasal, profundiza y nota que algo se le ha pegado en la punta. Es una partícula más dura, más sólida; aunque tan húmeda como un moco vulgar. Cuando lo extrae siente un pequeño tirón, como si algo se rompiera en la frente, se le escapa un pedo sin que sea su voluntad.

Alguien, un par de pasillos más atrás, se ha reído. Y observando eso que se ha pegado en su dedo, le importa lo mismo que la economía de Tanzania (por poner un ejemplo) que alguien se sienta ofendido o que le peguen la nariz en el culo para absorber mejor el aroma.

Es un trozo carnoso gris, casi blanquecino, un tanto esponjoso como los sesos de cordero, y no hay restos negros del polvo de carbón que aspiró ayer.

En efecto, es un trozo de su cerebro. No ha habido dolor; sin embargo, ha sufrido un pequeño cortocircuito cuando lo ha extraído.

Aparte del pedo, encuentra extraño tener en la mano la biografía autorizada de Benedicto XVI: el camino anal de la infancia. En la portada hay una foto del Papa sentado en su trono y sonríe acariciando la cabeza de un pequeño monaguillo que porta entre las piernas un cirio en actitud claramente obscena.

Le gustaría saber qué función de su intelecto se ha visto afectada: la cognoscitiva, la lógica, la matemática, la motora… Porque no deja de ser un trozo de cerebro y seguro que ahí había mucha información.

Salta a la vista que ha sufrido una merma en el reflejo anal y ha perdido el control. Tal vez la parte que rige la vergüenza también se ha visto afectada, porque se tira otro pedo sin ningún pudor. No se siente azorado.

Ya no tiene ganas de comprar un libro, piensa que si está expulsando el cerebro por la nariz como si fuera un catarro al uso, no vale la pena gastar dinero en cosas intelectuales, ya que podría encontrarse un día arrancando las hojas del libro y metiéndolas en la olla a presión junto con sus calcetines.

Por lo visto, el miedo también le falla. No está en absoluto preocupado.

Hay que ver cuántas cosas caben y se pueden perder en un trozo tan pequeño de cerebro.

Con rapidez cuántica sienta las bases de una lógica aplastante: perder algo de cerebro es preocupante; pero no puede hacer nada por evitarlo. Cuando haya perdido todo el cerebro, será preocupante; pero no se podrá preocupar porque no tendrá cerebro para ello.

Pues no funciona tan mal su cerebro.

Su primer impulso hubiera sido correr hacia casa para conectarse en internet y revisar en la wikipedia algún artículo que dijera: el cerebro podrido y su tratamiento, los mocos cerebrales, los sesos licuados, cerebros deshechos y clara de huevo…

No conseguirá nada poniéndose nervioso.

Y bueno, en un mundo como éste, los cerebros no sirven para nada a menos que tengas una buena recomendación para un trabajo pornográficamente bien remunerado. Como no tiene amigos de esa índole, no se va a estresar por perder alguna facultad mental. Tampoco está tan mal pertenecer al grupo de sujetos más extendido y numeroso del planeta. Concretamente hay un noventa y ocho por ciento de cerebros podridos cuya podredumbre se queda dentro; él al menos la expulsa.

CLIC

Así, inmerso en estas reflexiones, se encuentra que tiene el pene erecto en la mano y se está masturbando con la portada del último libro de Daniela Stil, titulado El muñón del amor. En la ilustración de portada, una mujer de exuberante escote ataviada como una campesina suiza, muestra el muñón del pie izquierdo enfundado en cuero negro brillante, y otra campesina lo lame de rodillas con los ojos cerrados de placer. De fondo hay una magnífica vista de un pico nevado y unas cuantas vacas pastando en una verde ladera.

—Es mejor que me largue de aquí —se dice a si mismo dando las últimas sacudidas al pene tras la eyaculación.

Sale sin comprar nada.

En la calle todo está en orden y su pene está en el pantalón, sus lapsus mentales parecen haberse calmado.

Son las doce treinta de un sábado por la mañana de un templado diciembre, el sol calienta lo suficiente como para llevar el abrigo en el brazo y sudar. Se siente más liviano con unos gramos menos de cerebro. Poco a poco el cerebro va distribuyendo sus funciones para adaptarse a la nueva masa, es un momento tranquilo. Se enciende un cigarro y cuando llega a la estación de metro, espera a acabarlo antes de meterse.

No hay demasiada gente en el tren dirección a su casa y puede sentarse. El lunes le espera una jornada de trabajo particularmente dura, ha de desplazarse más de sesenta kilómetros para comenzar la instalación de una costosa caldera de vapor. Normalmente se encontraría nervioso ante la semana de largos viajes que le espera; pero su mente está despejada, no tiene la más mínima preocupación por ello. Todo saldrá bien o no saldrá.

Ha valido la pena perder parte de cerebro si con ello ha conseguido esta templanza.

Solo lamenta no haber comprado el libro de terror que quería. Parecía interesante según las críticas y la sinopsis que leyó en un artículo del periódico.

Su hijo está en casa, seguramente ahora estará viendo una película. Su mujer trabaja. Se mete el dedo en la nariz y no hay nada.

Antes de abrir la puerta de casa, sabe que su hijo Sancho está viendo por enésima vez Rocknrolla, a él también le gusta.

—Hola papa. ¿No has encontrado el libro? —se ha levantado para saludarlo como siempre, con un simbólico beso en la mejilla. Es más alto que él con dieciséis años.

—Nada, no lo he podido encontrar. ¿Has desayunado?

—Claro, me he levantado hace un rato.

—Te sale un poco de sangre de la nariz —le avisa Sancho antes de sentarse de nuevo en la butaca.

—No me había dado cuenta.

Tomás se dirige al lavabo y en efecto observa una pequeña gota que aflora por la ventana izquierda de la nariz, está casi seca. Se lava la cara y frente al espejo se da unos pequeños golpes en la cabeza para observar si por la nariz baja algo.

Tiene cuarenta y cinco años, aunque aparenta diez menos cuando la gente lo conoce por primera vez. Su barba es muy sutil, el perfil rectilíneo y la piel clara, como el cabello. Sus manos recias son las que indican la verdadera edad.

Se desnuda para ponerse un cómodo pijama y echa al cesto de la ropa los calzoncillos y pantalones sucios de semen.

No le ha preocupado la posibilidad de que lo hubieran sorprendido masturbándose entre los libros, porque lo peor no ha sido eso, lo peor ha sido perder cerebro. Cuando ocurre algo realmente grave, todo lo demás es superfluo.

De repente se siente muy cansado y se estira en la cama.

—Sancho, si dentro de una hora no estoy despierto, pide lo de siempre en la pizzería, no tengo ganas de hacer nada en la cocina. En mi cartera hay dinero.

—¡De puta madre! —le responde Sancho, le encanta la pizza.

Y apenas pone la cabeza en la almohada se queda dormido. Le gusta dormirse con el sonido de las películas que Sancho ve.

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Su mujer llega a casa y al entrar en la habitación, observa su erección. Le baja el pantalón del pijama, se baja las bragas, se arrodilla a su lado y se llena la boca con su pene. Al tiempo que la lengua juguetea con el glande y acaricia los testículos, se masturba con una intensidad rayana en la paranoia.

Tomás no puede moverse, la puerta de la habitación está abierta. Tampoco puede hablar, y no le puede preguntar a Sara porque su paladar es tan áspero, le duele el glande. Tampoco le puede decir que su hijo los está mirando.

Su nariz se está taponando de nuevo, y no puede meter el dedo para sacarse lo que hay dentro, así que respira abriendo la boca, cosa que coincide con una eyaculación fuerte y casi dolorosa. Al mismo tiempo, Sancho se ha arrodillado tras su madre y la ha penetrado.

Tomás piensa en lo curioso y casi excitante que resulta correrse en la boca de tu mujer cuando tu hijo se la está follando. Sara abre la boca de placer y uno de sus colmillos está negro, con una caries que lo ha roto por la mitad. Le parece horrible.

Los dedos de Sancho se clavan en la cadera de su madre sujetándola durante la cópula, muestran uñas rotas, melladas. Como si hubiera escarbado en tierra negra y ponzoñosa.

Madre e hijo gimen en un in crescendo; su pene aún sujeto por la mano de su esposa escupe restos de semen que ahora gotea caliente por sus testículos.

—Los tres nos hemos corrido al tiempo, es hermosa la vida en familia. La familia que se corre unida jamás será vencida —piensa con tranquilidad y echando de menos un cigarro —Y que bien folla Sancho, a su edad yo no tenía esa habilidad y sincronización.

Sara aún de rodillas se acaricia extasiada la vagina empapada de semen lamiendo el pene que no suelta.

Ya empieza a sentir sus músculos, sus dedos se mueven. Habla con la voz rasposa, su garganta está seca.

— ¿A qué hora va a venir la pizza? Tengo hambre —estira sus brazos con un bostezo.

Sara suelta su pene y Sancho se sube el pantalón. Los tres sudan copiosamente.

Cuando sus ojos enfocan perfectamente se da cuenta de que Sara está llorando y que Sancho tiene el semblante desencajado por la sorpresa y el miedo. Sus ojos están rojos y a punto de llorar. No hay colmillo podrido en la boca de Sara y las uñas de Sancho están limpias y bien cortadas.

— ¿Qué nos ha pasado? —susurra su mujer avergonzada y confundida.

Sancho sale del cuarto sujetándose el estómago con una mano y con la otra tapándose la boca para no vomitar; lo hace en el pasillo.

Un cigarro aparece entre los dedos de Tomás, está tranquilo, piensa que la mamada ha sido genial y el hecho de que el cigarro volara hasta sus dedos con el encendedor desde su chaqueta colgada de la percha, es un ejemplo divertido y anecdótico de telequinesis.

Enciende el cigarro y cuando exhala el humo por la nariz solo sale por la ventana derecha, la presiona con un dedo y hace presión empujando el aire de sus pulmones hasta que consigue expulsar un trozo de cerebro del tamaño de un garbanzo.

Una gotita de sangre le llega hasta la comisura de los labios; pero lo principal es que ahora puede respirar bien.

—Tomás ¿Qué es eso? —pregunta Sara observando el trozo de cerebro —. Estabas en nuestra mente, tú no has obligado a esto. Me he sentido forzada, ha sido lo más sucio que he experimentado en mi vida.

—Mi cerebro se está pudriendo, se me deshace a trozos que salen por la nariz, no sé por qué. Os he metido en mi sueño y habéis hecho exactamente lo que soñaba. No ha estado tan mal ¿no? Además, puedo hacer cosas, mira.

La almohada de Sara se eleva en el aire y gira en vertical durante casi veinte segundos.

— ¡Hijo de puta! ¡Te mataré, cabrón! —Sancho se ha detenido gritando en el umbral de la puerta del dormitorio, le ha lanzado a su padre un pesado cenicero de vidrio acertándole en el pómulo izquierdo. Se han roto ambas cosas, pómulo y cenicero.

Sancho ha salido corriendo de la casa tras pegar un portazo que ha retumbado en las paredes.

— ¿Sabes? No siento dolor, Sara. Estoy muy jodido; pero tranquilo.

La esclerótica del ojo izquierdo es un charco rojo de sangre que contrasta con el azul del iris. Cuando habla el hueso roto se mueve bajo la piel amenazando rasgarla.

Tomás se incorpora para acercarse a Sara, la ayuda a ponerse en pie y la abraza.

—Ojalá pudiera sentir lo que os he hecho; pero no puedo. Lo he disfrutado. Me ha gustado especialmente como tus pezones se han erizado. Conmigo nunca has gemido tanto.

Sara mira a sus ojos con incredulidad, aún horrorizada. Un gusano gris se derrama de la nariz de su marido y cae al suelo el trozo de cerebro con un sonido a escupitajo.

—Tienes que ir al médico… ¿Desde cuándo te ocurre esto? ¿Te has intoxicado en la planta química donde trabajaste ayer? —Sara habla atropelladamente — ¿Cómo has podido hacernos esto? No imaginas lo repugnante, lo sucio que ha sido.

—Lo que no imagináis el placer que he sentido. No sé si voy a morir pronto; pero ahora hago cosas que antes no podía ni imaginar. Y si he de morir, tanto me da el asco que sintáis. No importa, no importáis.

Tomás deja a su esposa y se viste de nuevo para salir a la calle.

Tiene hambre.

CLIC

Son las tres de la tarde, en el ancho paseo que se encuentra tres manzanas por encima de su casa, apenas hay gente, es hora de comer. Los pocos transeúntes que se cruzan con él, lo observan durante un embarazoso instante para ellos con curiosidad o asombro y bajan la cabeza para mirar al suelo. Los oye pensar: ¿Qué le habrá pasado? ¿Con quién se ha peleado? Menudo elemento, eso tiene que doler…

Tomás responde pensando en el vómito, visualiza la amarilla y amarga bilis que a veces ha vomitado. Una mujer con la que se cruza, se dobla sobre su estómago y con una fuerte arcada vomita, su olfato está colmado de ese sabor y olor nauseabundo. Lo mismo ocurre con el hombre que la precede y que mira desafiante a Tomás. Cruza tres calles más hasta que encuentra un lugar para comer.

Se sienta en la mesa de la terraza bajo una sombrilla, nota la mejilla palpitar rápidamente, su ojo izquierdo anegado en sangre ha quedado sepultado por la carne tumefacta, cosa que es de agradecer porque el sol molesta mucho para estas cosas.

Esperando al camarero de la cervecería juguetea con el hueso roto moviéndolo distraídamente.

Es maravilloso no sentir dolor.

Cuando llega el camarero Tomás está intentando mover el sol hacia un lado porque le molesta; pero no puede. Aún no.

—¿Se encuentra bien, jefe?

—Sí, estoy bien. Tráigame una jarra de cerveza bien fría, una ración de gambas al ajillo y tres croquetas de jamón. Y lo quiero gratis —Tomás ha dirigido sus palabras intentando clavarlas en el cerebro del camarero.

—También tenemos pescadito frito fresco.

—De acuerdo.

El camarero se lleva una mano a la sien, ha sentido una molesta punzada y camina un poco inseguro hacia la barra del bar.

Espera fumando a que le sirvan el pedido y se hace preguntas que no le angustian: ¿Cuánto cerebro he perdido ya? ¿Por qué no me fallan las piernas? Las alucinaciones son lógicas; pero no es lógico que haya una buena coordinación motora. ¿Cómo es posible entrar en la mente de los demás y mover objetos? ¿Es así como se crean las leyendas, con una persona enferma que puede realizar actos inusuales porque su cerebro se ha hecho mierda? ¿Ahí está el gran secreto del poder de los seres prodigiosos? No jodas… ¿Y esta total ausencia de vergüenza, sentimientos y escrúpulos?

Se ha convertido en un hombre nuevo, ha dejado de amar, de sentir cariño. No teme y es completamente libre. Se está desprendiendo de todos los lazos afectuosos y sociales. Solo queda ambición, capricho y un básico deseo meramente territorial.

Observa el servilletero y lo eleva en el aire con el pensamiento.

Un coche circula a sus espaldas, por la calzada. Se gira para observarlo, para estrellarlo contra una casa. El conductor no entiende porque el volante gira por si solo hacia la derecha, le es imposible enderezar la dirección y le grita a su hija que se sujete bien cuando el pedal del acelerador se hunde. Cuando colisiona contra la columna de una zapatería que hace esquina, sale despedido por el parabrisas para estrellarse contra la pared del edificio, una niña cae al suelo con la cara ensangrentada al abrirse la puerta del acompañante por el impacto. Los vecinos y los transeúntes se acercan y forman tumulto en el lugar del accidente. Tomás, tranquilamente recostado en el respaldo de la silla metálica con las piernas cruzadas, se rasca la nariz despreocupadamente y saca una pequeño trocito de cerebro, como una piel que había quedado enganchado en el interior de la aleta.

Piensa que pronto podrá mover el sol, solo es cuestión de esperar y escupir la suficiente cantidad de cerebro. Porque está visto, que cuanto menos cerebro tiene, más poder disfruta y más libre se siente.

Come con hambre atroz, no usa el cuchillo ni el tenedor y la cerveza se derrama por el pecho al tomarla con la boca abierta. Quienes lo observan desde el interior del bar, bajan los ojos para no encontrarse con los suyos.

Cuando acaba de comer, se va sin pagar con tranquilamente saludando al camarero.

Hace calor, el sudor le irrita el ojo sano y la mitad de su rostro parece un trozo de cartón que se mueve con cada paso. Los huesos partidos chocan entre si molestándole. Es un ruido extraño. Por lo demás, siente que esa piel es de plástico recio y no es suya.

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— ¡Tomás! ¡Tomás! —un coche hace sonar el claxon, una voz de mujer lo llama, su suegra.

Se detiene unos metros delante de él y sus suegros bajan del coche.

—Sara nos ha contado que algo te ocurre… ¡Jesús! ¿Qué te ha pasado en la cara?

Tomás se lleva el pañuelo a la nariz para limpiarse, ha salido otro trozo de cerebro que observa con interés; sin prestarle atención a sus suegros que avanzan hacia él.

—Sara está histérica ¿Qué ha pasado? Nos cuenta cosas extrañas. ¿Sancho te ha hecho eso? —su suegro le toma la mano del pañuelo que tiene en la nariz para observarle bien la cara.

—El largo camino hacia la superación nos lleva por situaciones extrañas y hechos inexplicables. He visto perros jugar al ajedrez y llorar amargamente al perder —responde Tomás

Su único ojo recorre los rostros sorprendidos y boquiabiertos de sus suegros.

Con la fuerza de su voluntad los eleva en el aire, para luego hacerlos girar como aspas de un molino. Dos coches colisionan entre sí al ver el fenómeno.

El matrimonio grita pidiendo ayuda y a medida que giran más rápidos, sus alaridos se convierten en aullidos, a los treinta segundos han perdido el conocimiento. Cuando dejan de girar, son lanzados casi veinte metros hacia adelante, por encima de su coche para aterrizar de cabeza en el suelo, cosa que les rompe el cuello a dúo.

Tomás no ha visto perros jugando al ajedrez, pero si le da la gana, está seguro de que podría conseguir que un doberman y Pluto hicieran una partida rápida. Últimamente tiene mucho poder de persuasión.

La gente se ha congregado en torno a sus suegros y sus miradas se dirigen a él de vez en cuando. Desconfían de él y su cara.

— ¡Han volado, yo lo he visto!

— ¿Cómo ha sido posible?

—No lo sé, ese hombre estaba hablando con ellos y han comenzado girar en el aire.

La gente no da crédito a lo que han visto. Los que se acercan de nuevo, quieren saber que ha pasado. Cada vez hay más vecinos que bajan de sus casas para enterarse de lo ocurrido.

Tomás borra sus recuerdos, bombardea esos cerebros con sus poderosas ondas mentales, y emprende su camino a ningún lado sin que nadie le moleste.

El sol le calienta demasiado la cabeza y el rostro, en una plaza encuentra un banco bajo la sombra de una mimosa y se deja caer cansado. El calor crea espejismos temblorosos de la arena y los juegos infantiles del parque.

Su cara está rígida. Necesita descansar. Tal vez comprender lo que está pasando, aunque la curiosidad es algo que ya poco le atañe.

CLIC

Sueña que la zona reptiliana de su cerebro, la más profundamente alojada y más antigua en el ser humano, responsable de la territorialidad, el sexo, el combate, la huida y los actos más instintivos se está desarrollando de forma incontrolada. Expulsando con una fuerte compresión por los agujeros naturales del cuerpo la capa más externa del cerebro, la neocortical (la que se encarga de las operaciones más complejas matemáticas, lingüísticas, creativas, abstractas). Y proseguirá aumentando de tamaño para eliminar el cerebro límbico (el que básicamente es responsable de las emociones como amor, cariño, enemistad, miedo), la segunda parte más profunda y así hasta que no quede nada de humanidad en él. Tal vez el cerebro reptiliano llegue a expandirse hasta salir por la boca, las orejas y la nariz; entonces será el fin.

La destrucción del cerebro está creando presiones, rompiendo tramas sinápticas, desvirtuándolas. Y con ello crea fenómenos temporales inexplicables; como su propio sueño: el conocimiento de lo que está sufriendo traducido con todos los datos almacenados a lo largo de su vida, tal vez de breves lecturas, de las clases en sus tiempos de estudiantes. Todo sirve, todo queda y quedó registrado.

Tal vez le queda poco tiempo para razonar con coherencia, tal vez muera en cualquier momento, tal vez se convierta en un simple animal…

Un niño se acerca a él ha salido entre los espejismos que el sol provoca. Sus brazos son delgados y negros, y de sus hombros se extienden unas alas queratinosas. Es un cruce de niño y cucaracha. El sol arranca algún destello metálico de sus brazos marrones, su boca se mueve continuamente, nerviosa. Tomás está inmóvil, su cerebro reptiliano espera sin miedo, no siente asco.

El pequeño se ha acercado hasta casi pegar su rostro con el suyo, sus pequeños ojos negros lo observan con curiosidad, una de sus patas se posa en su cabeza y la lengua lame la herida de su cara dejando una baba espesa.

Tomás actúa rápido y mete los dedos pulgares en los ojos del niño reventándolos. Parte sus brazos delgados que se resquebrajan como un plástico rígido. Dobla su cabeza empujándola hacia atrás, a pesar de que la pata que tiene en su cabeza, intenta evitar ese mortal empuje. A pesar de las lágrimas de miedo que brotan de la cucaracha humana.

Lo que debe hacer es atacar, es ineludible la orden instintiva.

El pequeño niño insecto muere con una lucha pasiva y en silencio, reconociendo lo inevitable de su muerte y debilidad.

Tomás despierta del sueño. Es un avance de lo que se está convirtiendo: un animal sin miedo que solo existe para sobrevivir a otros, que no pretende dejar más huella que su genética en una hembra de su especie. Libre de cualquier precepto y concepto de moralidad y amor.

Comer, beber, dormir, atacar, huir, follar…

Se incorpora, el sol ha avanzado retirando la protectora sombra de la mimosa, sus piernas están ardiendo por los rayos que caen a plomo. Vomita. El dolor ha irrumpido como una tromba en su sistema nervioso, el pómulo roto es un erizo que se mueve bajo la piel rasgándolo todo.

De su nariz cuelgan dos trozos de cerebro que resbalan hasta quedar enganchados en la camisa. En el suelo hay una buena porción que ha vomitado. Es suyo, lo toma y se lo come junto con la arena y la suciedad que se ha pegado en esa materia gris.

Se alegra de no haber defecado, hubiera sido un poco más repugnante. Ser un animal está bien cuando se ha perdido la conciencia de ser humano porque los animales tienen unos hábitos repugnantes. No le gustaría encontrarse haciendo bolas de mierda y llevarlas rodando por la calle.

Casi trotando va en busca una farmacia para aliviar el dolor del rostro fracturado. Tras de sí deja el cadáver de un niño de tres años y su abuelo también con el cuello roto.

Ha recorrido casi un kilómetro, encuentra una farmacia en la que habitualmente compra; pero está cerrada. Una nota de la federación farmacéutica expuesta en un pequeño tablón de anuncios dice que cinco calles más adelante hay una farmacia que cumple servicio ininterrumpido de veinticuatro horas. Observa su reflejo en el cristal, la parte izquierda de su cara está amoratada, tan hinchada que la presión de los tejidos no solo le ha cerrado el ojo, sino que amenaza con aplastárselo, hay sangre seca allá donde el cenicero impactó. Sus labios están resecos y cortados, la nariz sucia de sangre. Y su camisa está salpicada de vómito y cerebro.

— Pues prácticamente ya me ha pasado todo, no puedo sufrir más. He cubierto todo el espectro del dolor.

No sabe bien de donde sale el humor; pero le gusta. Es mejor que sentirse aterrorizado y asqueado de si mismo.

CLIC

Intenta abrir la puerta de cristal de la farmacia; pero está cerrada desde dentro, ha llegado de algún modo hasta aquí, de alguna forma que no le preocupa.

Presiona el pulsador del timbre.

— Buenas tardes. ¿Qué desea? —el farmacéutico le habla a través del interfono desde algún lugar del almacén.

—Me duele mucho la cara, así que no puedo ser amable, no me apetece darte las buenas tardes. No tengo ganas de sonreír, al menos por alegría. Sí por sadismo, cosa que no es muy edificante. Si pudiera te arrancaría las cuerdas vocales por hacerme esperar aquí fuera con este calor mientras tú estás fresquito ahí dentro —no sabe bien si lo ha pronunciado o lo ha pensado —. Necesito un analgésico fuerte.

El farmacéutico aparece tras el mostrador, lo observa con atención y retira la mano del pulsador de apertura de la puerta.

—Debería ir al médico, esa cara está muy mal y con analgésicos no va a conseguir nada.

—Sí, lo sé; pero mientras llego a Urgencias, necesito aplacar este dolor.

Al farmacéutico no le gusta la cara de ese hombre, no le gusta lo sucio que está, y le inspira desconfianza, miedo más concretamente.

—No se preocupe, llamo ahora mismo a una ambulancia para que lo trasladen, es un trauma grave el de su mejilla —ha tomado el teléfono y está marcando el número de la guardia urbana.

Tomás observa al dependiente hablar por teléfono, la ira crea una presión dolorosa en su cabeza. Cierra el ojo con fuerza y la puerta de cristal estalla, el hombre corre hacia el almacén y se encierra dentro con el teléfono. También revienta esa puerta con un ruido sordo creando una tormenta de astillas de madera. Tomás entra en el almacén y el dependiente deja caer al suelo el teléfono.

—Dame mi analgésico, el más fuerte, el mejor —pronuncia lentamente, para evitar más dolor en los huesos fracturados.

El farmacéutico toma de una estantería una caja de valium y de un cajón una de diclofenaco. Se las muestra a Tomás con las manos temblorosas para que las coja, observando un moco gris que sale por sus orejas. Tomás se toca con los dedos el oído derecho para ver lo que llama la atención del hombre.

—Es cerebro, nada de porquería, ni infección. Sesos limpios y puros —se lleva la mano a la boca y lame lo que hay entre sus dedos.

Tomás coge los medicamentos que el hombre le ofrece e intenta elevarlo con la fuerza de su pensamiento para partirle la espalda estrellándolo contra la pared; pero ya no funciona, ya no hay telequinesia, se ha debido quedar enmarañada entre los trozos de sesos que le han salido por las orejas.

El tamaño de su cerebro reptiliano es ya muy considerable: casi dos terceras partes del cerebro.

Siente la perentoria necesidad de atacar, de combatir contra ese macho. Le golpea la cara con los puños cerrados, lo derriba y en el suelo le da patadas en la cara y la cabeza hasta que deja de moverse.

Se saca el pene y orina en el cuerpo.

Luego, ya más calmado se traga dos píldoras de cada caja.

Cuando se dirige de nuevo a la calle, escucha un gemido femenino que llega desde el fondo del almacén. Una mujer con bata blanca abierta y una combinación negra de lencería, está estirada sobre un montón de bolsas de basura negras. Por ellas se mueven las ratas y una hiena se ríe devorando una.

La mujer se acaricia el monte de Venus y se retuerce de placer.

—Tu cerebro está podrido, como mi coño —habla en un susurro, excitada, al tiempo que baja la braguita y se abre de piernas—. No duele. Lo podrido solo huele mal, no hay dolor en lo que no hay vida.

Tomás piensa que tiene razón, es cierto. Debe llevar tiempo en esto de la podredumbre. Siente ganas de anotarlo en algún papel para soltarlo en alguna conferencia.

La mujer defeca encima de un gusano y de su vagina cae algo resbaladizo y sanguinolento. Hay dos pequeños pies de bebé y una pequeña cabeza de cordero entre toda esa masa de gelatina sangrienta y carne. La hiena le arranca un pecho a la mujer y ésta ríe.

—¿Ves como tengo razón? No hay dolor. Saca tu picha y deja que la hiena coma, no duele, ya no necesitas pene, no tienes nada que reproducir de ti.

Tomás la mira con cierto escepticismo. No tiene ningún tipo de curiosidad por saber si es cierto lo que dice la puta loca, sin embargo se saca el pene para masturbarse. Lo que más le excita es que a pesar de que la hiena le está arrancando jirones de carne de la cara y el cuero cabelludo, no cesa de gemir de placer metiendo y sacando de la vagina una lata oxidada de espárragos.

La sirena de un coche patrulla de la policía se aproxima, aunque con las orejas taponadas con su propio cerebro no es capaz de oírla.

El dolor se ha convertido en un murmullo suave, se retira lentamente de su cara. Su pene está duro; pero la farmacéutica sexiguarra ha desaparecido. El cadáver del hombre sigue ahí, vaciándose de sangre por la boca y la nariz reventadas.

Huir. Es hora de marchar, puede oler el peligro.

Al salir a la calle, una arcada lo dobla y vuelve a vomitar. El cerebro ahora no es gris, es blanco. No hay rugosidad.

No entiende nada, solo tiene miedo y debe correr.

La policía llega a la farmacia cuando Tomás ha girado a la derecha por la siguiente calle. Le asusta el rugido de la sirena, y en su mente se dibujan formas borrosas de animales que lo acosan y acechan para comérselo. Ha de correr, ha de huir.

La sirena va perdiendo potencia a medida que se aleja. Al cabo de unos minutos ha cesado el ruido y su miedo se tranquiliza. Ya no piensa, solo atiende a su respiración fatigosa y las piernas doloridas. Al llegar a un estacionamiento público, se oculta tras el maletero de un coche que le da sombra y protección.

Se adormece, se estira en el suelo encogiendo las piernas contra su vientre y las manos bajo la cabeza, se estremece de vez en cuando; pero no sueña.

Dos agentes de policía, pistola en mano, están buscando en el estacionamiento, en silencio. Hay varios coches patrullas situados en cada esquina de la manzana. En las ventanas y balcones de los edificios que rodean el aparcamiento hay multitud de gente observando, guiando con sus dedos extendidos en silencio a los policías hacia donde se encuentra Tomás.

Los policías lo descubren tras el coche y uno de ellos habla por radio para comunicar que lo han encontrado. De los coches patrullas salen cuatro agentes presurosos para apoyar a sus compañeros.

—¡Eh, tú! ¡En pie! —le grita el agente a un metro de distancia.

Tomás se despierta, y su único ojo enfoca una figura negra, le transmite sensación de peligro. Su cerebro dicta: ataca.

Con un grito se lanza hacia la figura; pero no llega, una patada en el costado izquierdo le roba el aire de los pulmones y lo devuelve al suelo. Su rostro fracturado impacta contra una piedra. Un fogonazo de luz lo lleva a la inconsciencia.

CLIC-CLIC-CRAC

Tomás se despierta cada mañana en una celda blanca acolchada, defeca y orina en el suelo, come y recibe la visita de una figura blanca que no es amenazadora, que le tranquiliza con palabras y un pinchazo en el brazo. También se ha acostumbrado a que lo bañen con agua, ya no tiene miedo.

Su cabello está blanco y sus huesos artríticos le duelen. Sus articulaciones se han desgastado por la vejez y se lame las rodillas y los dedos retorcidos continuamente. Cuando cree que es necesario grita hasta quedar extenuado.

Muere anciano en el mismo rincón donde duerme, con las nalgas sucias de excrementos, con la piel blanca por treinta y dos años sin sentir el sol ni la libertad.

Cosa que hace tiempo que no le importaba, sinceramente.

Iconoclasta

Triojidanius observa el cosmos desde el asiento de vigía de la antena de comunicaciones.

Un pequeño asteroide pasa veloz trazando una estela plateada a medio millón de kilómetros al este de la nave, provocando con su turbulencia una corriente de gases inertes que agita sus antenas, formando pequeñas gotas de hielo de amoníaco en su exoesqueleto verdinegro. Acaba de despertar de su periodo de descanso.

Necesitaba salir al espacio exterior antes de proseguir con su trabajo en la estación orbital y sentarse frente al acuocular del arqueotelescopio. Le gusta sentir el frío del vacío en su recubrimiento queratinoso antes de trabajar. Sus mandíbulas enormes y fragmentadas en tres piezas, se abren y cierran dando chasquidos que no se propagan por el espacio, expulsando una baba espesa que se convierte en filamentos que no llegan a congelarse; una telaraña caótica que avanza ondulándose como las medusas en el mar. A su mente llega el pensamiento de su pareja, en la estación. La hembra provoca impulsos eléctricos en sus antenas: es hora de empezar a trabajar.

Antes de pulsar la liberación del cinturón de sujeción del asiento y desplegar sus élitros de quince metros de envergadura, gira su cabeza ciento ochenta grados con lentitud y los dos puntos negros de sus enormes ojos verdes intentan adentrarse más allá de la cosmogonía del Primigenio Artrópodo. Conoce bien aquel conjunto de planetas y las inusitadas ondas psico-luminiscentes que de allí proceden, traduciéndose en imágenes y sensaciones que le contagian algo que no puede definir; pero provoca que hiera sus ojos al acariciarlos con sus patas erizadas de púas para calmar cierta ansiedad. Cierta pena. Las lágrimas, siempre se contagian aunque no se tengan glándulas lagrimales.

El humano piensa a menudo en ello: en penas y alegrías; pero sobre todo en la melancolía. No entiende sus palabras, no puede asimilar ningún lenguaje; pero los artropocarios son excelentes analizando y decodificando las ondas mentales de cualquier ser del universo. Mimetizándose con los estados de ánimo ajenos, es la única forma de entenderlos.

Cuando accede al interior de la nave por la esclusa, la hembra lo recibe lanzándole sus peligrosas patas como amenaza por su demora. Sus mandíbulas se mueven veloces provocando un chirrido agudo que rebota por el metal de la nave molestando el único oído de su tórax.

Toma asiento en la espaciosa y enorme sala del observatorio. La hembra empuja el acuocular hacia a su ojo izquierdo hasta aplastarlo. Es un momento de dolor que dura un segundo, luego llega la imagen y las emociones.

Sus antenas han dejado de percibir lo que le rodea para centrarse en las imágenes y datos del programa. Se agitan espasmódicamente ante la intensidad de la información que recibe. Su ojo libre parece muerto, la niña ha quedado en la base del ojo, descolgada. Como la de un muñeco roto.

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Es hora de sentarse cómodamente en el sillón, la digestión pasa factura y los párpados pesan como grandes cortinajes de grueso terciopelo granate. No hay cansancio solo un atávico sueño de cuando éramos cazadores. El reposo del guerrero; un premio que se ofrece a si mismo.

Es tiempo de no hacer nada.

Se abandona totalmente, el pene se siente libre. El placer de una erección lo hunde en el sopor con sensualidad. El televisor habla de noticias que no le importan y aunque le importaran, carece ya de voluntad para prestarles atención.

Es su armonía y ninguna desgracia, alegría o anécdota extraña a él puede romperla. Es su tiempo, sus sentidos no permiten interferencia alguna.

Hay una creciente sensación de melancolía, es dulce y evoca paz. Hundiéndose en el sueño araña esa emoción intentando descubrir que hay tras ella, intentando frenar el descenso a la inconsciencia.

Descubrir el génesis.

La historia de esa deliciosa inquietud.

No quiere esforzarse en entender, porque lo racional mata la magia. La ansiedad le haría salir del cálido sopor.

Siempre es delicada y efímera la calma.

Esa dulce añoranza de un equilibrio desconocido le hace pensar que todo estuvo bien, que todo está bien. Da importancia a la vida.

La hace perfecta.

Se rebela ante el sueño, no quiere dormir más profundamente, teme perder la paz, necesita estar en la frontera de lo onírico y la realidad. Desespera por identificar qué momento de su vida es la causa de esa dicha y pedir a los dioses que lo guíen. No se permite llorar.

Necesita conocer el origen para repetirlo, para disfrutarlo en toda su magnitud y no pensar que es una alucinación. Para seguir así siempre.

En un susurro inaudible, le ruega a su cerebro que lo guíe, que lo lleve al recuerdo certero que lo explique todo.

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El humano está en paz y le proporciona equilibrio. Sus antenas se agitan suavemente, al ritmo de una música serena, sin que se dé cuenta. Sin música.

La hembra recoge los restos de su baba que rocían algunos de los controles secundarios del arqueotelescopio y le mete en la boca uno de sus hijos que recientemente ha salido del huevo, de los miles de huevos que tienen en la bodega de la estación. Triojidanius se lo come involuntariamente y los pequeños chirridos de la cría no producen efecto alguno en los dos adultos. El arqueotelescopio se alimenta de ellos y es necesario mantener un alimento constante en el operador durante la prospección psico-luminiscente del sujeto que estudian.

Geneva revisa las constantes vitales de Triojidanius en el monitor, verifica la correcta grabación de la sesión. Luego, sin novedades, queda inmóvil al costado de su pareja, con el abdomen paralelo al suelo y sus peligrosas patas plegadas en oración. Su mirada es hostil y observa el espacio a través de la panorámica cristalera de la nave.

Existe más de un millar de estaciones espaciales operando con arqueotelescopios. La misión es comprender el funcionamiento cerebral y nervioso de los humanos para una próxima invasión. Su enorme planeta Mantis Plata se ha agotado y el nivel de canibalismo entre la población hace peligrar la especie.

El arqueotelescopio indaga en la luz que viaja a través del infinito; la luz de cada lugar y tiempo tiene su propia frecuencia propagándose en forma de cintas invisibles por el espacio, mostrando la historia íntegra del universo. Hay lugares del cosmos donde las mezclas de gases sirven de reflejo y pantalla para la luz. Ahí enfoca el arqueotelescopio. Este equipo puede viajar a través de esa luz, descubriendo el pasado. Es la máquina del tiempo que tanto soñaron muchas civilizaciones, solo que el futuro no existe.

No hay nada más rápido que la vida. No hay rastro más perenne que el de la muerte.

Los extraños cerebros artropocarios procesan la información para su visualización y análisis. Son predadores hostiles cuya única misión es vivir como sea y donde sea.

En función del origen de la luz, se puede conocer su edad. Triojidanius está analizando a un individuo que vivió hace mil doscientos años en el planeta Tierra. Suficiente para conocer con seguridad la naturaleza humana actual, ya que en un milenio, apenas hay evoluciones notables en las especies.

El humano transmitió potentes ondas psico-luminiscentes que entran como un estilete por su ojo dejando una brecha abierta de recuerdos confusos. Está zarandeado dulcemente por la melancolía que embarga a su espécimen.

Solo que él sí puede conocer el origen, retrocediendo en la frecuencia, en el tiempo. Un rastreo de ondas coincidentes a lo largo de cincuenta años no dura más de medio minuto.

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Con calma, evitando premura como tantas otras veces, indaga en sus recuerdos sonriendo para si. No hay prisa y le pide a su cerebro que abra archivos, que los mueva a zonas más visibles y accesibles. Nunca lo consigue, el cuerpo se relaja demasiado, se sume en el puro sueño con felicidad y cuando despierta, esa paz es solo un recuerdo amable. ¿Dónde te escondes, paz mía?

Se levanta del sillón con esfuerzo. Su brazo enfermo le duele de tanto que ha trabajado y de una infección que le está robando la vida. Es hora de pasear, de distraer el pensamiento. De buscar paz mientras muere de una infección que nadie le puede curar. De una gangrena que avanza imparable desde que la sierra eléctrica quebró su hueso con un estruendo de dolor tras arrancarle la carne. Los antibióticos le cansan, le mantienen vivo; pero el pus es imparable y el vendaje de su brazo por las noches, huele igual de mal que el primer día.

Se acabó la armonía por hoy. Es hora de seguir muriendo. A veces no puede creerse que vaya a morir por algo así. No tiene miedo, ya solo queda la curiosidad.

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Ha dirigido el foco del arqueotelescopio unas nanomicras de segundo desplazadas de los cincuenta años del humano. Encuentra una coincidencia en la subfrecuencia. Es el mismo hombre, veinte años más tarde.

Se encuentra trabajando y al igual que hoy, se siente tranquilo, en paz. Trabaja sin pensar en preocupaciones, dentro de unos minutos acabará su jornada y saldrá a la calle contento: tiene trabajo, gana suficiente dinero para permitirse vivir con holgura y además goza de cierto carisma en su puesto de trabajo.

Se dice que todo irá bien, ha llegado su momento como solía decir su padre. Jamás se estropeará, ha trabajado demasiado. Ha sido engañado y defraudado demasiadas veces y cuando te topas con la verdad, la reconoces.

Todo irá bien, se dice para sí mismo encendiéndose el último cigarro de la jornada en el taller. No tiene prisa por salir de allí, está bien.

Que todo irá bien ha sido una afirmación contundente, no hay asomo alguno de consuelo, no hay duda. Es la ley más rotunda del universo.

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El cerebro de Triojidanius ha detectado el nexo, el recuerdo. El origen de la melancolía. Y lo que es más, ha dado con un pequeño puente de luz fino como el filamento de una lámpara que une las dos épocas del individuo. El pensamiento, la verdad del hombre joven, saltó treinta años adelante. Algo de paz desde el pasado, cuando más lo necesita.

La emoción lo embarga y transmite a Geneva su necesidad de descansar. Se siente bien, como el descubridor de un tesoro. El investigador que ha encontrado uno de los secretos más importantes de su vida.

Geneva retira el acuocular de su rostro.

Se levanta del asiento y abre sus élitros en un abanico agresivo para desperezarse, la hembra da un paso atrás haciendo chirriar sus mandíbulas.

Antes de salir al espacio exterior, se dirige a la bodega y devora cuarenta huevos con glotonería.

Después de tres horas en la estación, el paisaje ha cambiado. Ahora dos soles lucen al este y al oeste, dando sensación de calor en el vacío si ello es posible. Su cuerpo crea dos sombras en el fuselaje de la estación espacial.

Todo irá bien es la emoción que reproduce su pensamiento una y otra vez.

En lugar de sentarse en el asiento del vigía como hace unas horas, su pata se abraza a uno de los cables de comunicaciones para evitar que una corriente cósmica lo arrastre, dejando que el cuerpo sea mecido por la nada. Mientras tanto, su sistema nervioso central crea ondas eléctricas que relajan su cuerpo y su pensamiento.

Y piensa en la luz, en la vida, en la muerte y en la paz que se encuentra tan escondida y es tan sencilla. Chasca sus mandíbulas y otra telaraña de baba queda suspendida en lo negro del universo. Tampoco es una maravilla, el cosmos tiene desperdicios. No hay nada perfecto, salvo la luz que lo transmite todo.

Que nos hace eternos.

Geneva vuelve a transmitir prisa a sus antenas: hay trabajo, ya ha descansado suficiente. Es hora de enviar los resultados del día.

Con pereza se desprende del cable al que se sujeta y abre sus élitros para planear hacia la esclusa. Los ojos enormes y hostiles de la hembra lo miran a través de la escotilla con acritud.

De nuevo siente su ojo reventar, el programa entra como una descarga a través del mismo, cargándose en el sistema nervioso y convirtiendo sus patas en los controles virtuales más importantes del equipo de prospección arqueóloga-cósmica. Las antenas vuelven a transmitir datos al banco informático. Avanza el control de la psico-luminiscencia; en respuesta el arqueotelescopio enfoca un día más adelante en la vida del hombre mayor; con el puntero, empuja el pequeño filamento de luz entre el pasado y el presente del hombre para avanzarlo la milésima parte de un nanosegundo tras hacer zoom en la escala para obtener mayor precisión.

Geneva observa el monitor sin interés, siente emociones extrañas que provienen de su pareja; se ha contaminado de alguna luz extraña.

Mueve sus mandíbulas con malhumor e impaciencia. De la central de Datos Psico-Lumínicos, se les exige el envío de los datos procesados. Es tarde. Golpea la cabeza de Triojidamius con una pata para que se apresure en su trabajo.

Triojidamius parece no sentir nada, está inmerso en el hombre que tras comer, se sienta para hacer una pequeña siesta y buscar la armonía. Su brazo luce un nuevo vendaje limpio.

Hace miles de años, hace distancias de eones que su vida se propaga por el espacio. ¿Alguien lo observa a él también?

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Fumando aún recuerda las palabras de ánimo del médico “Esto cada vez está mejor”; pero la forma en la que arruga la nariz ante el olor y la mirada de preocupación que le dedica a la herida tras sacar el vendaje viejo, lo desmiente. En secreto le agradece los ánimos y que le duplique la dosis de antibiótico.

Cierra los ojos, el televisor funciona a bajo volumen como siempre, le gusta porque parece el murmullo de quien habla de un secreto.

Una canción de repente le eriza la piel: Speed of Sound. Están emitiendo el video de Coldplay. Como si un fusible se hubiera repuesto, como si su cerebro hubiera abierto un archivo recóndito por fin; así actúa la música en todo su ser.

Ha de haber algún acorde musical que emociona a sus torpes oídos en esa canción; sus pies subidos encima de una silla siguen el ritmo. Eso no importa, porque todo está bien, aunque se muera.

La añoranza es ahora alegría y emoción. La música es la banda sonora de la comprensión y la respuesta se expone tan clara y sencilla…

Por fin lo entiende, lo identifica, lo sabe.

Había mucho tiempo sepultando el mensaje, cubriéndolo de otros actos. Veinte años representa un trillón de cosas hechas, sueños y pesadillas. Estratos arqueológicos de una vida que es larga o corta en función del grado de placer o sufrimiento.

Variable…

El recuerdo se abre instantáneamente. Es inmediato y siente que su corazón se desboca. Se incorpora en el sillón y sube el volumen del televisor, Speed of Sound atruena en el salón llenándolo todo, las vibraciones duelen en su hueso infectado, cosa que no le molesta demasiado.

Se ve a si mismo cuando era más joven, veinte años atrás. Recuerda con precisión aquel momento en el que se encontraba trabajando. Se dijo que ya lo había logrado. A partir de entonces todo sería fácil.

Estaba cableando las mamparas de aluminio y cristal que formaban los cubículos de la empresa en la que trabajaba. Lo hacía a gusto, se sentía en su momento.

Aquel día no ocurrió nada especial, simplemente lo supo: había configurado su vida, se encontraba en fase de expansión. No dependía de nadie ni de nada, solo de él mismo, su fuerza y valor.

En ese instante afirmó ser el hombre completo, sin miedo y con más fuerza que conociera jamás. “Todo irá bien”, afirmó al universo.

Y ahora, con cincuenta años, sabe que le debe un abrazo a aquel hombre más joven. Reconoce que le debe el mensaje de fuerza y ánimo. La convicción que lo ha llevado hasta aquí.

Tenía razón, todo ha ido bien, incluso ahora que muere. No ha necesitado jamás de nadie, todo ha sido producto de su voluntad y esfuerzo.

Ahora sí que llora, porque desespera por viajar al pasado para abrazar a aquel hombre que lo ha convertido en lo que es hoy.

Lo tiene dentro, lo saluda.

Por fin nos vemos, joven amigo. Te debo la vida toda.

Y te aseguro, que todo seguirá bien.

Tenía la razón, la suprema razón.

Le envía besos a su interior, a esa imagen cuasi onírica que era él de joven.

Aquel día, con aquella fuerza impresionante, envió a través del tiempo su mensaje de seguridad. Qué cojones tuvo…

La canción ha acabado en la televisión; pero su corazón y su ánimo continúan el ritmo.

Antes de levantarse del sillón, se enciende otro cigarrillo. Levanta la tapa del portátil y busca en internet la canción de Coldplay para reproducirla de nuevo.

En la cocina escoge un afilado cuchillo, sin vacilar clava la punta en la vena del codo prolongando el corte hasta el antebrazo para que la sangre mane regular y abundantemente. Para que la vena se abra como se ha abierto su mente.

Sigue fumando el cigarrillo con los dedos manchados de sangre.

Todo irá bien, mi amigo, no dejaremos que nada de lo que hiciste con todo tu esfuerzo degenere en un final deprimente; no moriremos así, con un largo sufrimiento, tristes y sin ánimos. Tenías razón, todo ha ido bien y es imposible que nada pueda salir mal.

Un abrazo, jefe.

Recuerdo nuestra camisa azul de trabajo abotonada hasta el cuello por presumir. El bolsillo lleno de bolígrafos, destornilladores y una libreta de notas. Así me acuerdo frente al espejo aquel día antes de acabar la jornada. Estábamos guapos iluminados por la seguridad y la fuerza.

No lo permitiremos. No lo permitiré, hoy es mi responsabilidad, hoy demostraré la valentía que tú me diste.

Tal vez algún ser de una galaxia lejana, nos observará felices dentro de cien millones de años a través de su arqueotelescopio cósmico de óptica plasmática.

El hombre se marea por la hemorragia. Al cabo de unos minutos cae al suelo, el cigarrillo se apaga crepitando en el charco de sangre que se ha formado en la cocina. La sangre mana ya más lenta, como su respiración, como el pus que mancha el vendaje.

Fin de la vida, fin de la transmisión.

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Triojidamius ha enviado las imágenes al banco de datos, trabajo realizado.

Geneva retira de su cara el acuocular.

Se siente bien, se siente cargado de fuerza, casi de alegría.

Todo ese cariño hacia un recuerdo…

Cuanto valor tiene la vida…

No imaginaba que pudiera haber agradecimiento hacia una edad pasada. Lo importante que es el pasado para el presente.

El tiempo nos hace desconocidos de nosotros mismos.

Le duele el ojo, todo a de ir bien. Se han filtrado emociones en su sistema nervioso que no debieran estar. Geneva lo mira con extrañeza, con sus patas delanteras moviéndose nerviosas.

Él no quiere que nada vaya mal, ha aprendido.

Salta sobre Geneva, sobre su espalda para penetrarla.

Geneva intenta zafarse de su embestida; pero él es más poderoso y da inicio la cópula. Ante lo inevitable, la hembra adopta una actitud pasiva y estática esperando que el macho se derrame.

Llega el orgasmo; da un adiós a la vida cuando la hembra gira la cabeza ciento ochenta grados hacia él. Ha apresado su cabeza para devorarlo durante la parálisis que le da el orgasmo. Su mandíbula cruje entre las fauces de Geneva.

Está muriendo en paz, sabiendo que en lo que restaba de su insectora vida, jamás hubiera podido experimentar algo así. La valentía, el honor, la fuerza… Ha aprendido que es bueno morir bien.

Es hora de convertirse en un buen recuerdo.

Tal vez, dentro de mil años, alguien lo admire desde un arqueotelescopio más cómodo, donde nadie te tenga que aplastar el ojo para realizar tu trabajo.

La hembra ya ha devorado sus mandíbulas y ahora, cuando le arranca uno de los ojos, Triojidamius asegura al universo por medio de sus antenas, que nada puede salir mal.

Geneva deja caer el gigantesco cuerpo decapitado al suelo y lo transporta arrastrándolo hasta la bodega, para que se alimenten de él las crías que están naciendo.

Es hora de descansar de seguir existiendo sin demasiado interés.

Sus antenas reciben el mensaje de que un nuevo operador viene en camino. Aunque no recuerda porque.

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666 y los perros sucios

Publicado: 8 febrero, 2011 en Terror
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Perros sucios, perros comidos por las pulgas.

Los hay de dos y cuatro patas.

Animales que un día se sentirán tan hambrientos que morderán cualquier cosa para arrancar un pedazo y comer.

Los neumáticos son demasiado duros y las piedras parten los dientes.

Las latas cortan el paladar.

Y yo corto todos los tejidos primates y animales.

Mis queridos perros, mis hambrientos amigos. En la ciudad sólo pueden comer restos venenosos por la fermentación y carne humana.

Si es carne indefensa, mejor. Al fin y al cabo, deben ahorrar cuanta energía puedan.

Sois demasiado idiotas para pensar con claridad. Son obra vuestra, de vuestra desidia, de vuestra incultura y desprecio. Animales abandonados de hambre alentada por vuestra idiotez.

El perro que ha devorado las extremidades del bebé, ahora menea la cola zalameramente a un grupo de obreros que desayunan en plena calle con los dedos sucios de alquitrán ya tatuado en la piel. Es un perro mediano, demasiado peludo para este clima, hace tiempo abandonado; tanto tiempo que ya nadie adivina que su pelaje era blanco puro. Sus ojos grises son sólo un poco más oscuros que su pelo.

Uno de los primates toma un cascote y acierta en la cabeza del animal que aún tiene el hocico ensangrentado de pura sangre de bebé mono, de cría de primate.

Se ríe y ríe el grupo de monos que son sus compañeros escupiendo trozos de comida.

El perro huye profiriendo gemidos. Se aleja sangrando. Ha perdido un ojo, el globo ocular se vacía poco a poco dejando una legaña de dolor y un brillo de aceite en el pelaje de su hocico.

Los perros se lamentan solo lo necesario.

Si pierden un ojo o una pata, aúllan el primer momento, más de sorpresa que de dolor, para luego seguir buscando comida. O bien para morir en paz.

Es entonces cuando buscan un lugar oculto, como si hubieran aprendido demasiado tarde que hay que alejarse de los primates.

O tal vez sean vergonzosos a la hora de morir. Cuando mueres, ocurre como cuando duermes, nunca sabes cuando se te cae la baba. Además, cuando mueres se vacía el cuerpo de toda clase de materias y fluidos y la imagen que uno deja no puede ser la mejor para ser recordado. Esto solo vale para los perros de dos patas, a los de cuatro patas les importa poco su puta imagen.

Si fuera primate, es decir, si el perro pudiera entender la vida como uno de vosotros, posiblemente hubiera vuelto al patio abierto de aquella de casa donde devoró al bebé y pediría al dueño de la casa algunas sobras de comida, que bien podrían ser el resto del cuerpo del rollizo bebé cuya carne huele y sabe aún a leche.

Pero el perro intenta acostumbrarse a su nueva visión con un solo ojo.

No se lo voy a permitir.

Alguien, algún primate no sabría si sentir pena por el perro. Los hay que sentirían más dolor por el sufrimiento del perro que por la muerte del bebé.

Y odiaríais al obrero. Comprenderíais que el perro no tiene culpa alguna de lo que ha hecho. Es entonces cuando interesa conocer la opinión de los padres del bebé devorado al respecto del sufrimiento del perro.

Ellos, a pesar de haber dejado al bebé solo tanto tiempo como para que lo pudiera devorar un perro en su sucio jardín de entrada, cerrado con una puerta rota de madera a modo de verja que cae con una patada; no se sentirán especialmente responsables.

Son pobres, aún así, la pobreza no aporta estupidez, sólo falta de cultura. Porque la cultura se compra, el sentido común y la responsabilidad va metida en el cerebro si se tiene.

Dijéramos que la cuestión de la responsabilidad es algo instintivo.

Para empezar voy a hacer lo más fácil y lo que menos me gusta: matar a la perro.

Se encuentra bajo una camioneta, tirado en un charco de aceite ennegrecido. Lo bueno de los perros abandonados es que no requieren demasiado lujo para morir.

Chasco los dedos y cuando se acerca a mí temblando a pesar del implacable sol que nos arranca vapor de la piel y cocina el alma, le abro la boca y le desgarro la mandíbula inferior, y la lanzo lejos de mí. Lo dejo caer al suelo retorciéndose de dolor y miro con calma y sosiego como muere lentamente. Unos segundos antes de que muera, le aplasta la cabeza con el pie, con una patada vertical deseando aplastar los pulmones de Dios.

Estas historias de pobreza, muerte, estupidez, perros y primates no tienen arreglo. La forma de actuar es eliminar todos los factores que son o han formado parte de la historia concreta; para evitar que se pudiera extender más el despropósito.

No soy paciente. Y vosotros sois dados a la pereza y dejáis que estas inmundicias de la vida, ocurran como algo inevitable o con cierto actitud fatalista.

No soy como vuestros dioses homosexuales que pretenden arreglarlo todo con el paso del tiempo.

Si queda algo con vida, algo que haya intervenido en esta historia; no acabaría jamás. Siempre hay alguien que abre la boca cuando la bola de mierda vuela por el aire.

Y me aburre lo que dura demasiado.

La Dama Oscura tampoco espera, es más impaciente que yo.

Viste una camiseta blanca de tirantes tan ajustada que sus oscuros pezones se transparentan a través de la tela. Sus jeans negros y ajustados montan encima de unos tremendos tacones que la obligan a caminar con un espectacular movimiento de sus musculosos glúteos.

Cuando la penetro por el culo, esas hermosas nalgas se separan en dos perfectas mitades como Dios separó el Mar Rojo para que el timorato de Moisés huyera de Egipto con sus cobardes y serviles hebreos. Mi semen brota por su ano, rezuma entre mi bálano y su esfínter como una crema que brota lenta para ganar en caudal. Y entonces todo es suavidad y mis cojones hacen tope y me duelen como me duelen las uñas que ella clava en mis antebrazos hasta hacerme sangrar.

La Dama Oscura sabe mover el culo para que los primates sientan deseos de penetrarlo, deseos que rayan el paroxismo. Ella convierte a un sacerdote en un violador en menos tiempo de lo que tardo en arrancarle las alas a un ángel.

Cuando un primate apenas ha llegado a presionar con su glande el esfínter de la Dama Oscura, se puede decir que ya está muerto. Su culo es mío, su coño también. Sólo mi falo sagrado entra en ella. Y ella así lo quiere.

Apenas unos minutos caminando por la estrecha acera repleta de puestos de tacos, burritos y jugos, llegamos al cruce donde los obreros están levantando el asfalto, donde el perro recibió la pedrada. Donde el obrero más macho y más valiente con los animales, marcó su intervención idiota en esta historia anodina de muerte y estupidez.

La Dama Oscura cruza la calle para pasar ante ellos, yo me mantengo a distancia y adopto una actitud de primate mediocre al que nadie mira.

El obrero deja de coger paladas de trozos de asfalto para admirar el culo ajustado.

-¡Ay mamacita! Ven, te voy a aflojar ese culo tan duro.

La Dama Oscura clava sus dos esferas de ébano en los pardos y sudorosos ojos del obrero y se acerca a él.

El pantalón la ciñe tanto que marca su coño. No lleva bragas y la costura se hunde en la raja que tanto he lamido. Una impúdica mancha de fluido puede apreciarse en la negra tela que se hunde entre sus muslos.

Me pregunto de donde saca tanto fluido sin llegar a deshidratarse.

-¿De verdad la tienes tan dura como para partirme el culo, cabrón?

Cogiéndola por la muñeca y retorciéndosela, el primate la atrae hacia su rostro, y ella no puede evitar hacer un mohín de desagrado al oler su aliento.

-Vamos a la bodega güerita, pa´que veas lo que es un macho.

El barracón donde se cambian de ropa los obreros es un espacio que comparte un inodoro infecto, una cocina llena de cucarachas y toda la ropa maloliente de seis primates que no valen ni su peso como abono.

El primate casi la arrastra y yo muerdo mis labios hasta que sangran para evitar ir a por él y arrancarle la cabeza ante todo el mundo y luego, comerme su lengua.

La Dama Oscura se deja arrastrar y un tirante se rompe, la areola del pezón asoma por la tela provocando hambre y sed en los primates que prestan atención a su compañero.

La Dama Oscura se desabrocha el pantalón y se lo baja, se apoya contra la pila del lavabo con las piernas abiertas y espera.

-¡Vamos, cabrón! Si te comportas como un hombre te doy veinte pesos, para unos cigarrillos.

El primate monta en ira y se baja apresuradamente los pantalones, su pene es mucho más pequeño de lo que él piensa.

Apenas roza la nalgas de la Dama Oscura, ella saca de entre sus muslos una pequeña cuchilla de afeitar sujeta con esparadrapo.

Con un rápido movimiento corta el escroto y los testículos de color marfil salpicados de sangre, se descuelgan y no caen al suelo porque están suspendidos de los conductos seminales.

El primate se mira los testículos y los sujeta con las manos gritando.

Ella cierra la puerta con el pasador para que nadie entre, con el pantalón por los tobillos, se mueve segura, sin prisas. Dejando ver su maravilloso pubis rasurado y brillante. Los labios de su vagina están hinchados de deseo. La excita tanto matar…

Yo fumo un cigarro e intento calmar mi sed de mutilar, torturar, masacrar, aniquilar. Una turista con minifalda se ha parado delante de mí para hablar por teléfono, e invado su mente mientras aspiro el humo de mi cigarro. Cuando deslizo mis dedos en su tanga y acaricio su clítoris ante toda la gente que pasea, deja de hablar por teléfono y cierra los ojos en un éxtasis. Moja mis dedos, pellizco su clítoris con una presión constante y ella cierra los muslos con fuerza aprisionando mis dedos. Su piel suda y sus ojos dejan ver un brillo de terror, su coño ya no le pertenece, ni su sistema nervioso. Está sola y aislada dentro de si misma mientras la violo delante de todos.

La Dama Oscura ha cortado los ojos del primate, los compañeros golpean la puerta al oír sus gritos. El primate llora su propio líquido ocular, como el perro. Otro corte más en la comisura del labio y corta el malar hasta el oído. La mejilla le cuelga en dos largos filetes de carne que dejan ver su dentadura.

Sangra por tantas partes que no morirá de infección.

Grita como un animal, como el perro al que le reventó el ojo.

Dios ha enviado dos ángeles que nadie ve. Uno lleva en una mano la quijada del perro en la otra, al perro entero. Dios es idiota, qué coño querrá hacer con el perro.

Los ángeles sudan como suda la puta a la que estoy metiendo los dedos. Siento como se contrae su vagina en un intenso orgasmo. Todo el que pasa mira fascinado, nadie se atreve a decir una sola palabra. Una lágrima suya se escapa de mi control y cae por su mejilla.

El clítoris lanza ráfagas de placer y dolor. Su teléfono ha caído al suelo haciéndose añicos y por sus muslos bajan dos finos ríos de sangre.

Los obreros están golpeando con mazos la puerta del barracón, cuando la Dama Oscura abre la puerta y la sangre que cubre su camiseta también oculta ahora sus pezones.

El primate está sentado en el sucio inodoro y su garganta está abierta verticalmente, desde la papada, hasta la clavícula. La Dama Oscura la ha llenado de tornillos y clavos. El resultado es espectacular. Los primates, dejan que salga sin decir palabra, mirando su cuerpo y la sangre que la baña.

Observando con horror su compañero, se santiguan. El ángel, se mueve invisible entre ellos y le cae una pluma de tristeza. Mi Dama Oscura le acaricia su estéril y vacía entrepierna con obscenidad. El querubín gira su cabeza a la derecha mirando al suelo con vergüenza.

El ángel que tiene en sus manos los trozos de perro, simplemente mueve los labios salmodiando algo ininteligible mientras sus pies se bañan con la sangre del perro.

He dejado de presionar la mente de la turista y ahora llora llevándose las manos al coño, llora avergonzada. Se ha hecho un ovillo a mis pies y las braguitas blancas están manchadas de sangre en la zona del pubis. Me temo que he presionado demasiado fuerte el clítoris. Que de gracias la mona de que no se lo he arrancado.

Un hombre se acerca y me mira con una interrogación, pidiendo permiso para ayudarla, a mí me suda la polla y paso por encima de la primate turista para encontrarme con mi Dama Oscura.

Queda trabajo aún.

Mi Dama me recibe metiendo la mano en mi pantalón, allí dentro tira de mi prepucio para descubrir mi sensible glande y yo siento deseos de arrancarle los labios de puro deseo.

Se ha descalzado, ya no quiere tacones, no quiere parecer sexual. Ahora es simplemente una bestia sedienta de más dolor ajeno. Yo me limito a aplastar su pezón izquierdo hasta que lanza un gemido de dolor con sus ojos pidiéndome más.

Soy Dios y sé que dos cuadras al este, se encuentra la casa del bebé devorado. Vosotros no lo sentís; pero la muerte deja autopistas de efluvios para los seres superiores. Y aunque sea dios, no me recéis, vuestro sufrimiento y dolor es el motor de mi existencia. Y joder a vuestro blanco dios, también.

Las calles están salpicadas de comercios de todo tipo. El olor de las especiadas comidas mexicanas es una constante junto con el ruido de los coches, el ruido de los primates, el ruido de las casas. Todo es ruido y sol que cae plano como una plancha.

La gente nos observa con desconfianza y procuran no cruzar la mirada con la nuestra.

La sangre que empapa la camiseta de la Dama Oscura se ha endurecido y huele mal. Mis dedos huelen a orina y fluido sexual de la turista. En las cutículas de mis uñas hay sangre.

Los ángeles nos siguen silenciosos y a prudente distancia. Esto se debe a que me encuentro en una región del planeta muy religiosa y Dios el melifluo cuida de sus clientes. Bueno, no es que los cuide, simplemente tiene que hacerse notar por un exceso de vanidad que no tiene motivo alguno.

-¿Qué vas a hacer?- me pregunta Dios.

-Matarlos a todos -respondo para mis adentros. Nunca le respondo directamente, no le hablo. Me pone enfermo.

-En esa familia ha habido ya mucho dolor déjalos. Mis ángeles te lo piden. Escúchalos.

No los escucho, el canto de los ángeles es como el ruido del planeta, al que te has acostumbrado como algo inevitable. Las voces de esos alados castrados me produce el mismo efecto que el ruido de un motor: ni siquiera soy consciente de que hace ruido.

El hedor a muerte y desesperación en esta casa a medio acabar es tan fuerte que se me descuelga un hilo de saliva desde mis labios. La Dama Oscura presiente mi excitación y se acaricia impúdica el sexo ante mí y el llanto de los primates.

En el patio de entrada, lleno de desperdicios aún está la vieja y cochambrosa cuna llena de sangre. Desde la puerta abierta de la casa llegan lamentaciones y gritos furiosos de un hombre. Golpes.

Mi Dama Oscura avanza hacia la casa y yo escupo en la cuna tras ella. El plástico se derrite y mi Desert Eagle .357 pesa llena de munición. El puñal que llevo enterrado en la carne de mis omoplatos parece calentarse como en una fragua.

-¡Qué poca madre! ¡Hija de la chingada! ¡Te olvidaste del Luisito hasta que se lo tragó un pinche perro! ­-grita el mirado al tiempo que le da un golpe en la cara a la sucia primate con una sartén llena de aceite.

Un viejo tiene el cadáver del niño en los brazos, está ausente y lo mece como si el monito durmiera.

Le pego directamente un tiro en la cara y media mandíbula aparece en la fregadera de la cocina. Otro tiro más en el pecho del bebé muerto lo convierte en una hamburguesa.

El padre y marido se gira hacia a mí sorprendido mientras la mujer grita.

La Dama Oscura la agarra por los cabellos pringosos de aceite y sangre.

No tienen ni clase para hacerse daño. Con una sartén sucia…

Es que no merecen respirar más tiempo.

-¿Tú dónde estabas, primate? ¿Dónde estabas cuando tu puta hacía la comida y limpiaba tu mierda pegada al inodoro? -le pregunto sabiendo que no habrá respuesta.

Su aliento huele a cerveza rancia.

He guardado la pistola y la punta de mi ensangrentado puñal está ahora en una de sus fosas nasales. No mueve ni una pestaña el muy borracho.

La mujer grita cuando la Dama Oscura saca su navaja de afeitar y le hace una cesárea completamente innecesaria.

Ha cogido el cadáver de su hijo y se lo ha metido con más o menos habilidad donde debería estar el útero.

-No tendrías que haber parido, primate. Ahora toca «desparir» -le dice con una tranquilidad pasmosa mientras la sangre salta por todas partes.

Al primate le corto la fosa nasal y da un berrido, como el de los cerdos en la matanza y creo que con ello, se le evapora todo el alcohol en sangre.

Entran dos niños corriendo en la casa. No lo pienso un segundo y disparo cuatro veces. A la niña de seis años le desaparecen las trenzas que salen volando junto con el trozo de cráneo que las sostiene y el otro tiro entre las piernecitas la convierte en una muñeca rota.

Al niño, un poco más mayor, la bala le sale partiéndole la columna vertebral y la otra bala que entra por un ojo, no sale. Se queda dentro.

-¿Te quedan más crías aún?

No me responde el marido.

La Dama Oscura está cosiendo el vientre de la madre, que ya no se mueve, aunque respira.

Todo ocurre demasiado rápido para la mente de un primate. Invado su mente y la policía no sabe nada, el muy borracho ni siquiera ha dado el parte de lo que ha sucedido.

La policía tiene suerte, ahora podrían estar muertos.

Lo agarro por la nuca y hago que su boca se estrelle contra el lavadero de cemento.

Sus dientes se parten, con un ruido que me llega a molestar. Levanto su cabeza de nuevo y la vuelvo a golpear en el mismo sitio. Ahora su mandíbula se ha desencajado.

Los ángeles cogen pedazos de niños primates, todos los que pueden y sus salmodias parecen gritos.

-¡Callaos de una puta vez o os arrancaré las alas y con ellas la piel de vuestro lomo, idiotas! -callan y noto a Dios suspirar inquieto.

Cuando la gente sepa lo que ha ocurrido en esta choza de mierda y no encuentren un culpable, ni siquiera la forma en la que ha ocurrido, Dios va a tener mucha tarea.

Le amputo los dedos de las dos manos, no le duele demasiado. Todo el dolor se concentra en su boca. La aleta cortada de la nariz se agita con cada inspiración. El moreno primate no sabía lo que era el dolor hasta ahora. Lo sé porque se ha cagado y se ha meado.

La Dama Oscura ahora está cosiendo el coño de la mona, que apenas se agita. Le ha descoyuntado las ingles para que sus piernas se mantengan abiertas. La mona menstrua, lo que hace la tarea de sutura, algo más sucia y maloliente de lo habitual. Cosa que a mi Dama Oscura le importa poco.

Cuando ha acabado el trabajo, ya no queda vida en ese cuerpo.

Al mono borracho le he cortado los párpados y ahora lo estoy castrando. Los testículos los he dejado en un plato a medio acabar, junto a una memela roja de chicharrón y queso blanco.

Mi Dama Oscura abre con habilidad la navaja de afeitar, el mono está en el suelo sujetándose los genitales mutilados con sus manos mutiladas. ¿No es una cómica redundancia? Me río con una carcajada fuerte y atroz y el ruido del mundo ha callado por unos segundos.

Dios ha tragado saliva y a un ángel se le ha desprendido una pluma suavemente.

La Dama Oscura corta con precisión la bragueta de mi pantalón y saca mi falo. Con un cuidado que me hiela la sangre en las venas, acaricia mi glande empapado en humor sexual con el filo y cuando se lleva a la boca mi pijo, mi leche se derrama en su boca y corre por el escote diluyendo la sangre de su camiseta.

Tenso la piel de la polla para que el glande asome en toda su magnitud y que me lo limpie bien.

Y lo hace con tal maña que mis cojones se contraen en un orgasmo furioso y pisoteo la cara del primate con ira.

Aún se desprende una gota de semen de mi pene, cuando la Dama Oscura ha cercenado el glande del primate. Justo el glande. Porque el machote primate, cada vez que mee, recordará que ahora su polla es solamente la cloaca de su cuerpo. Que su estirpe muere con él. Que su estupidez no tendrá descendientes.

Y no podrá ni borracho, alardear de lo muy hombre que es.

El glande se suma al plato de testículos y memela para que cuando vengan los policías y forenses, se pregunten como coño ha podido ocurrir esto a plena luz del día y en tan poco tiempo.

La obligo a sentarse en la mesa, con las piernas abiertas. Con mi puñal rajo su pantalón, para acceder a su vagina, que inmediatamente me empapa los dedos.

El primate gime desesperado, vaciándose de sangre. No se vaciará hasta morir. Tendrá una larga vida. Y además, le hemos infectado con sífilis. Durante toda su vida deseará haber muerto.

Cojo el glande amputado y acaricio con él el clítoris duro de mi Dama.

-Quiero el tuyo, mi Dios.

-Primero quiero ver tu coño lleno de esto.

Cuando se lo introduzco, ella vomita de asco. Es alérgica a los primates, como yo. Sólo que yo no soy tan humano como ella. No soy humano.

Me gusta decirlo con vanidad.

El vómito decora con otro nuevo color su playera y ahora sí que el hedor a muerte y podredumbre en este rincón del mundo alcanza las más altas cotas de perversión.

Los ángeles cantan un aria silenciosa en el patio, porque se sienten ofendidos ante nuestra lujuria.

Dejo el glande de nuevo en el plato y cuando la penetro sin cuidado, su útero se contrae y aprisiona mi pijo con fuerza; pero resbala porque aún está manchado de cremoso semen. Cuando bombeo cuatro veces más con fuerza en ella, sus pezones se contraen hasta el dolor y abre su boca en un orgasmo jadeante. Yo le escupo más semen dentro y le clavo las uñas en las areolas de los pezones hasta que sangran.

Ella se pone en pie aún temblorosa y pasando cada pie a un lado de la cabeza del primate, se acuclilla un poco para que su vagina se abra y gotee mi semen en la boca del primate.

Con el mejor de mis acentos mexicanos, llamo a la policía dando la dirección de esta choza de mierda: – Oiga, mande una ambulancia a la Vicente Guerrero porque les acaban de partir la madre a unos vecinos.

-Deme su nombre y dirección.

-¡No mames pendeja! Chíngale o te rompo tu puta madre también.

Es ella quien corta la comunicación. Cuando me lo propongo, el viento retrocede con miedo ante mí.

Soy un puto Dios, no me cansaré de repetirlo.

-Vamos, mi Dama. Es hora de volver a nuestra húmeda y oscura cueva.

Ella me coge por la cintura y me besa la boca. Mi lengua se hace bífida y abarca la suya. Ella gime.

Ya os contaré más cosas, más secretos.

Que la muerte sea con vosotros.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

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