Pues esos usuarios apenas deben tener un cerebro (si lo tuvieran) más desarrollado que el de una mosca, porque no puede entender como una app de fotos puede dañar la salud mental de un ser humano con un mínimo de cerebro operativo.
Tal vez fuera que Instagram proyectaba nano insultos voltaicos que atravesando la pantalla del pc o el móvil, se les clavaba en las pupilas y por ellas, se introducía en sus cerebros, si los tenían, destruyendo la única neurona útil. Y se quedaban con la boca babeando ante la pantalla como si hubieran llegado a algún clima sexual eterno y la entrepierna húmeda y resbaladiza de humores sexuales.
Y si así fuera, pues que quieres que te diga… Que feisbuc hizo un buen trabajo bombardeando con nano insultos voltaicos a tanto cabestro y cabestra estúpida y banal hasta la náusea.
Un canal de televisión de viajes (Viajar) ha emitido hoy el más espeluznante y horroroso en su simplicidad y claridad de los reportajes que he visto hasta ahora del genocidio judío que llevó a cabo la Alemania nazi: Los trenes del holocausto. Tal vez sea por el testimonio directo de aquellos pobres supervivientes, que es más escalofriante el relato en este tiempo de cobardía en el que el neofascismo sanitario ha podrido las libertades democráticas de toda Europa (especialmente en España) y otras democracias de corte occidental. No puedo dejar de agradecer que en esta época de cobardía y trivialidad generalizadas (el reportaje es del 2018), haya aún personas que evoquen los grandes crímenes que perpetró la humanidad en masa y escupirlos así a la cara de la “pacífica”, ecológica, tolerante, ignorante, telefonizada, lúdica, infantilizada y consumista sociedad actual. Ocurrió algo terrible tan solo ochenta años atrás (entre otras muchas monstruosidades). Y todavía respiran algunos pocos que vivieron padeciendo aquella época de criminales asesinos gobernando. Asesinos elegidos democráticamente… La historia se repetirá. Cualquiera que conozca la especie humana sabrá que en este momento hay gente que piensa escondidamente, que los enfermos de coronavirus deberían ser trasladados y aislados en campos de concentración. Y una vez allí, pensar que el humo de las chimeneas de los hornos, es solo carbón para la calefacción; para mantener calentitos a los enfermos. Los nuevo líderes nazis de las “democracias” del coronavirus tienen el permiso y la simpatía de una gran parte de la población para llevar a cabo un genocidio. De la misma forma que Hitler y Franco tuvieron el apoyo de la población alemana y española. Porque España no tiene nada que envidiar a Alemania. Franco exterminó con total seguridad a tantos españoles como judíos asesinó Alemania. Incluso, la llamada “limpieza étnica”, es muy posible que fuera una patente española. Hay que recordar que tras cada batalla que Franco ganaba durante la guerra, le seguían largos meses de exterminio en cada territorio hasta asegurarse de que ni un solo amigo de los republicanos respirara. De ahí que la guerra civil española fuera tan larga. Pero mi reflexión, muy sórdida, y de una certeza horrible; es que cientos de millones de habitantes que colaboraron, aplaudieron o toleraron comprensivamente a sus líderes fascistas y asesinos tuvieron (y aún tienen) una larga vida. Follaron sin gracia alguna, como ratas, y tuvieron hijos. Y sus hijos, hicieron nietos de ellos. Hijos y nietos paridos con ese mensaje genético y luego educados en los mismos valores morales. Hay cientos de generaciones conviviendo entre sí, gran parte de ellas descendientes de asesinos, colaboradores y tolerantes nazis o franquistas. Descendientes de los que comprendieron que había que exterminar a determinada gente porque su gobierno o caudillo sabían lo que era mejor para el pueblo. Gracias a la actual globalización (analfabetización universal), toda esa descendencia viaja a menudo y folla. Se reproduce creando nuevas generaciones de colaboradores u obedientes con el régimen que los gobierna con mano que no tiembla. Generaciones que crecen y se adoctrinan con el gen del cáncer de la mezquindad presto a desarrollarse en cualquier momento. La próxima guerra mundial quintuplicará el número de asesinatos por genocidio, porque hay cinco veces más de asesinos, colaboradores y tolerantes con las nuevas y actuales dictaduras de la sanidad nazi del coronavirus. Se ha entretejido tanto la ignorancia, la cobardía y la obediencia con la doctrina del neonazismo, su ambición y usura; que la especie humana ha asumido el uso del bozal (mascarilla que le llaman) para ocultar su boca babeando obscenamente de cobardía y deseo de extinción de los enfermos por miedo a padecer una simple gripe. Y todo gracias al intenso adoctrinamiento al que han sido sometidos los individuos del rebaño humano por los actuales líderes nazistas de las falsas democracias; por medio de los medios televisivos y telefónicos. Con la indecente colaboración de una prensa podrida que ha asesinado cualquier asomo de periodismo o crítica contra el gobierno en lo que ha medidas de encarcelación, extorsión y ruina al pueblo se ha llevado a cabo. Se han instaurado como uso común pasaportes sanitarios de la misma forma que a los judíos se les impuso un brazalete con la estrella de David. La Segunda Guerra Mundial ensució cientos de generaciones que hoy día, continúan apareándose, reproduciéndose… Como un repugnante parásito en La Tierra. Y no ha hecho más que empezar, y su inicio fue: Marzo 2020. La única incógnita de hoy día, es que no se puede decir exactamente el número de asesinados o exterminados que cometerá el nazismo y su sanidad surgido de la mano del coronavirus.
Como debe ser; tantos meses de acoso, prisión y ruina contra la población no podía saldarse de otro modo. Y se callan la ira y el rencor que se guarda hacia el gobierno y sus fuerzas armadas que han sido los verdugos de la libertad, la dignidad y la economía de los hogares. Los que llevan su bozal con fe inquebrantable en sus amos fascistas tienen una salud mental acorazada gracias a que sus neuronas son una o inexistentes. Un cerebro que no existe no se puede deprimir.
Y porque les ha gustado pintar sus avisperos con rotuladores de fosforito que se han encontrado por ahí tirados. Y tal vez, los biólogos tampoco deberían esnifar cosas tan raras y que dejen de jugar con los filtros y retoques de los programas de edición fotográfica. Resulta que ahora las avispas son también auténticas Van Gogh.
Los lunes, insisto, en la naturaleza son los días más serenos. Y se debe a que los animales descansan de la invasión humana del fin de semana. No es una percepción romántica la mía. Es experimentación y una instintiva y vieja sabiduría. La humanidad agobia al resto de especies del planeta. Y ello se debe a que el humano es un accidente en el planeta, en la naturaleza; un defecto. Tal vez la especie humana surja de alguna mutación por la radiactividad que produjo el choque de un meteorito, como el que dicen que extinguió a los dinosaurios. La humanidad es una plaga que al igual que las termitas, hormigas o langostas, lo devora todo. Con el añadido de que no hay ningún animal que coma humanos. ¿Será por asco? Benditas sean las guerras, masacres y catástrofes naturales y radiactivas, que aunque escasamente; moderan la población humana. Poco es mejor que nada. Todo indica que la era del coronavirus que se inició en el 2020, será la era una nueva guerra planetaria. Se huele en el ambiente. Ya hay problemas de desabastecimiento en una gran crisis mundial originada por la acción extorsionadora, usurera y ambiciosa de los líderes de los nuevos gobiernos nazistas del coronavirus, en lo que se han convertido las caducas y decadentes “democracias” occidentales. Está bien, una gran guerra que dure cinco o seis años, con toda probabilidad (si no aniquila a la especie humana) pondrá las cosas en su sitio. Y esa cobardía e inmovilidad de una humanidad degenerada, dará paso a gente con más ímpetu y afán de reconstruir algo nuevo y quemar las miserias en las que actualmente estamos sumidos.
Al menos en este caso, Estados Unidos no se pasa por el culo los derechos ciudadanos. Así que no entra en la lista de países como España, Italia, Francia, Australia, China, etc…; que se pasan por el culo los derechos civiles y usan su constitución como papel de cagadero. Países que han cometido traición contra sus propias leyes y han instaurado un nazismo populista venenosamente doctrinal y paternalista: La libertad es enfermedad. La vacuna del coronavirus, así como su bozal, son las bases de un neofascismo que ha corrido como un río de diarrea por todo el planeta. Y aun así, la inmensa mayoría de la chusma que puebla estos países, acepta sin rechistar la dictadura y sus policías acosadores que los encarcela, arruina y enferma. Estamos ante una humanidad convertida en un rebaño de rumiantes que se suben al camión hacia el matadero con una obediencia ofensiva para cualquier mínima inteligencia.
Es un sábado soleado y la chusma camina en tropel con su bozal calzado firmemente en el hocico, con sus perfiles de perros sin boca y los ojillos fijos en quien no calza el bozal. Si la envidia fuera un rayo láser, unos pocos acabaríamos ardiendo. Mamá cabestra, papá cabestro, hijito cabestro, hijita cabestra, abuelito cabestro, abuelita cabestra e incluso tías y tíos cabestros caminan con su bozal con la naturalidad de haber nacido con eso en la cara. La ciudad es una gran feria de ganado donde las reses lucen sus crías y sus prendas de ropa; haciendo gala de su mezquino miedo y una obediencia descerebrada. Los pastores policías con sus armas colgadas del cinto controlan con rigor que ninguna res se junte con otra más de lo decretado por sus amos penitenciario-fascistas del coronavirus. Yo digo que debería acelerarse el cambio climático a nivel de catástrofe. La práctica totalidad de la humanidad no merece un presente ni un futuro mejores. Que se caliente el planeta hasta que toda esta cobardía y mezquindad (el gesto ajeno de taparse la boca apresuradamente me causa náuseas) sea incinerada de una vez por todas hasta la extinción. La especie humana es una plaga. Una plaga enferma que podría contagiar con sus miserias al resto de especies.
Otra noticia idiota más para la colección. Posiblemente, además de respirar podridamente con el bozal, el chicle podría tener unos efectos secundarios tan malos como las aspirinas que tenemos en casas. Donde esté una buena vacuna y una mascarilla que te haga enfermo, que se quiten los chicles. El fascismo no tiene sutileza alguna predicando y decretando sus dogmas y el periodismo se ha convertido en catecismo.
Aún no es llena; pero transmite con su lechosa luz, la fría y gélida esterilidad que la hace fascinante. Tan muerta… Un cadáver brilla redondamente. Es la única cosa que puede rasgar y conjurar la oscuridad del planeta. La que con su luz alborota y hace aullar a los locos.
No se trata de fetichismo, de violar preñadas; soy biólogo aficionado. Quiero decir que el asesinato no es el fin, ojalá pudiera hacer mi trabajo sin matarlas; pero ya entramos en metafísicas de ciencia ficción. A menos que a las mujeres se les dé la opción de usar en el futuro un útero artificial que puedan tener en sus casas alimentado y atendido; deberé seguir matándolas. No me follo a las embarazadas que degüello. Me gustan los vientres sin demasiada prominencia y las tetas plenas, sin leche, por favor. Y me gusta joder a mujeres vivas que no estén preñadas, la muerte vendrá luego, ni antes, ni durante el acto sexual. No padezco o disfruto de parafilia alguna, este aspecto de mi vida es simple cinegética reproductiva. Puro instinto ¡ea! ¿Y dónde me proveo de embarazadas? Soy taxista, obvio. No voy a ir a una consulta de un obstetra a pillar una preñada como quien va al supermercado. La biología requiere siempre discreción. Además, a lo sumo abro tres preñadas cada seis meses, el futuro de la especie humana está asegurado. Y sobre todo, se debe a la cautela hacia mi propia seguridad, no me apetecería pasar unos años en la cárcel, soy muy celoso de mi libertad. En lugar de llevarlas a la consulta del obstetra, las conduzco a un vertedero a veinte kilómetros de la ciudad, y allí las degüello, destripo y disecciono el feto. Por si quedara alguna duda, dispongo de un inhibidor de frecuencias móviles. Y dosifico un gas que las aturde garantizando mi seguridad con una mampara de metacrilato perfectamente sellada que divide el asiento trasero de los delanteros. Solo mato a preñadas de seis meses en adelante. Hace dos años, me quedé con una que ya estaba con dolores de parto; pero son demasiado voluminosas y pesadas para manejarlas con comodidad. Necesito más cantidad de gas para drogarlas. Se me cayó dos veces entre la basura y pensé que no podría hacer mi trabajo, hay que marcar un tiempo para hacer las cosas o corres el riesgo de encontrarte con gente curiosa. Dicen que cuando matas a una embarazada, matas dos vidas por el precio de una; pero es mentira. No hay tanta humanidad en la gestación como se piensa la peña, ocurren cosas escalofriantes. Siempre sospeché de ello desde que pequeño observaba fascinado las fotos de los fetos en internet. Los fetos humanos se hacen humanos a posteriori, primero es la rata. Llegó el momento en el que sentí la acuciante necesidad de averiguar la verdad, de corroborar mi teoría nacida de una intuición primitiva. Muy adentro de mi cerebro, como los instintos. A los diecisiete años, rajé a la madre de mi amigo y vecino Eduardo Galán. Era una madre ya un poco tardía. Regentaba una mercería, y una tarde a la hora del cierre, entré en la tienda con una navaja haciéndole creer que quería robarle. La obligué a meterse en la trastienda, la amordacé y embridé sus manos pies. Con rapidez y torpemente di un tajo rápido. Era la primera vez y sentí que cortaba varias cosas más duras además de la carne del vientre. Corté el feto en dos mitades y era normal, no había rata. No me desanimé, por ello, estaba seguro de que algo olía a podrido en Dinamarca. He abierto un feto y he visto una rata blanca fundiéndose en él. Así se forman tres de cada diez humanos. Siempre me he sentido fascinado por esos fetos tan jóvenes aún sin extremidades definidas. Podrían ser cualquier cosa en un principio. La primera vez que abrí a una preñada, el feto era normal; pero a la segunda, lo que yo intuía, se demostró. Por eso siento repulsión por roedores: nos parasitan al formarnos. Hay bebés que nacen sin extremidades porque la rata ha muerto antes de que sus huesos y carne se fundieran en uno solo. No sentí miedo, sentí asco. Si la embarazada hubiera sobrevivido a la cesárea, habría dado gracias por haber sido rajada a tiempo. Metí el puño en la barriga le arranqué el feto, lo corté longitudinalmente en dos mitades y allí estaba, una rata que aún agitaba una de sus patas traseras no queriendo morir aún. Alguna consecuencia tangible y razonable debía haber por la milenaria convivencia entre ratas y humanos. Los datos son escalofriantes, de treinta embarazadas que he destripado, diez tenían rata. Repugnante. A veces siento deseos de destriparme yo, para saber si soy un hombre-rata. Día último: La preñada tenía un feto de rata, por alguna razón la rata era enorme sus brazos y piernas eran humanos ¿Es un paso más en su evolución? Cuando la he sacado del vientre de su madre, se ha lanzado a mi cuello y me ha destrozado la carótida. He podido rajarle el vientre y eviscerarla, pero ya es demasiado tarde. Me desangro. Ya no hay nada que frene a las ratas humanas, estoy muerto.