Archivos de la categoría ‘Conclusiones’

Me gusta el silencio previo a la lluvia porque, todos los seres expresan con él sus temores: ¿será la última lluvia? ¿nos ahogará? ¿seguro que será agua y no mierda?
Y mientras todo ese temor primigenio se apodera de los seres vivos, se me ocurre que me falta ajo.
¿A qué precio está la malla de cabezas de ajo? ¿Son radiactivos los de color morado?
También me preocupa mucho que un día me receten supositorios. Es la medicina más denigrante.
Es tan puta la vida…
Como siempre caerán dos gotas, únicamente para emborronar lo que escribo.
Y no habrá calamidad alguna.
Qué aburrimiento.

Mi padre me amonestaba y aconsejaba: «Pablo, te he dicho que no hables, no es lo tuyo. Come, bebe, respira y fuma; pero no uses la boca para hablar».
Yo pensaba que se podía meter sus consejos por el culo y cuando me hiciera un poco más fuerte, le daría una buena paliza, aunque en otros momentos lo quería mucho.
Él tampoco soltaba chorros láser de inteligencia por su puta boca.
A pesar de ello, callé y me puse a escribir furioso. Y también lo hice bien.
El que un padre sea amado, no le exonera de ser un bocazas listillo y un imbécil.
Soy la cumbre de la objetividad y la ecuanimidad. Ni mi puto padre se salva de mi poderoso e infalible juicio, digo. Sentencio.

En Telegramas de Iconoclasta.

Es lógico, es lo que debe pasar conociendo a la especie humana: al racismo y supremacía catalana le ha salido su antagonista exacto, la ultraderecha ultraespañola.
La chusma funciona como una canica en un tobogán de juguete: previsible y en la misma dirección.
La envidia es idéntica en todas las regiones del planeta, así que: culo veo, culo quiero, es el criterio de vida universal. Y de estricto cumplimiento por todos los fascistas (todos aquellos patriotas de pocas luces que sacrificarían a su hijo a dios y su amo si así se lo exigieran) sean catalanes, españoles, chinos, vascos, gallegos, valencianos, estadounidenses, mexicanos y batusis.
El cerebro está igual de podrido en todas las reses sea cual sea la cháchara en la que se expresen o comuniquen.
Lo ideal para España y Cataluña es una guerra que, servirá para desfogar a tantos nacionalistas intransigentes. A medida que la peña muere y se pasa hambre y penurias, los ánimos decaen. De tal forma, que se preguntan qué coño está pasando y en lugar de preocuparse por tuits y estados de feisbuc de sus mesías o líderes, se dedicarán a buscar comida y preocuparse de que no les meta un tiro en la cabeza un francotirador. Algo así como en Bosnia, pongamos por caso.
Dos nacionalismos antagonistas, forman un caldo de cultivo ideal para que crezca y madure otro trozo de mierda como Franco y se sienta paladín de la justicia y protector generalísimo de la puta patria. En definitiva, un general muy general.
Eso ya pasó, no es una hipótesis facilona.
Además, las guerras son un mecanismo que mantiene a raya la explosión demográfica planetaria. Hay una conciencia colectiva (como en cualquier enjambre, piara o cardumen) que hace estallar la guerra cuando los idiotas llegan incluso a volar y tapar los rayos del sol, provocando una nueva glaciación.
Las muertes en guerra no son selectivas, la conciencia colectiva crea una aleatoriedad; el único objetivo que tiene la guerra, es eliminar a cantidades suficientes y notorias de individuos.
La guerra tiene que eliminar vidas humanas con rapidez antes de que los recursos planetarias se agoten o lleven a estropear más el planeta.

Claro está, que esto no aplica a políticos, militares y puestos de favor en la administración de un país. Ellos están a salvo de toda mierda que han provocado
Si en una guerra no mueren los suficientes, se crearán más guerras.
La ciencia no ha demostrado que exista semejante conciencia colectiva, cosa que a mí me la pela. No necesito que nadie corrobore o apruebe mi sabiduría, conocimiento y experiencia.
No habrá un buen final, hay demasiada ingenuidad, demasiada inmadurez.
Hombres y mujeres que deberían tener una sólida formación mental, padecen la ingenuidad de un niño de cuatro años.
Es alucinante: nadie cree que en estos tiempos en el que todos disfrutan de su smartphone, su coche y banales deportes, pueda haber una guerra.
Salvo los que la están viviendo, o la vivieron hace pocos años atrás en Europa mismo.
La muerte próxima, la violencia ante las propias narices es la única forma de constatar que jamás puede existir un país maravilloso y justo, donde todos sus habitantes son pitufos felices hermanados y mono-pensantes que, en caso de ver a la pitufina pasear desnuda por las calles, no se la follarían. La respetarían.
Y una mierda.
Creer ciegamente que un político iluminado puede crear un país paradisíaco merece la guerra, porque marca el punto sin retorno a la idiotez de todo un pueblo. El aburrimiento de una vida acomodada y banal que busca magia, y la encuentra en la retórica basura humana que habita el planeta.
Venerar a un político hasta el punto de usar a tus hijos para apoyarlo y encumbrarlo, es la cima de la miseria humana y la decadencia de la dignidad.
Y ya se sabe que todo pueblo consigue el gobierno que se merece.
La guerra es la única forma eficaz de que un pueblo decadente aprenda que un político es por definición, una persona de la que desconfiar. Es irremediable que los haya; pero de soportarlos a creerlos y confiar en los ambiciosos, hay un abismo.
El pensamiento crítico se ha convertido en un excremento viajando cloaca abajo.
Todos, absolutamente todos los políticos, son más de lo mismo: te exigirán sacrificio a cambio de darte mierda.
La guerra es necesaria para elevar el grado de rumiante en el que ha caído un pueblo, a un estado superior donde haya algo de dignidad en los adultos.
De hecho, la paz solo es buena y conlleva progreso tras los primeros treinta años posteriores a una guerra; lo dice la historia.
Tras esos treinta años en los que se consigue alzar de las ruinas y la pobreza un pueblo, llega la inevitable decadencia de nuevo.
Estamos en la época en la que la dignidad pide a gritos una nueva contienda.
Indignidad e ingenuidad, con muerte se pagan. También lo dice la historia.

 

 

ic666 firma
Iconoclasta

Se escriben reflexiones de lo más ramplonas y aburridas, así como muy buenas y divertidas; sobre el asunto de las mujeres, las feministas y los hombres respecto al asunto de la depilación o rasurado de sobacos, piernas y genitales.
Básicamente me importa una mierda lo que cada cual haga.
Ocurre que como no puedo estar callado, también tengo que decir la mía y como tengo gracia y dominio del lenguaje, entraré a formar parte de la mitología moderna de escritores cerebrales que no se prostituyen por un “me gusta” en las redes “suciales”.
Y por ello digo que mis cojones están limpios, rosados, tiernos y apetecibles porque no tienen un solo vello.
Desde muy pequeño observaba hasta quedar bizco cada naipe de aquella baraja de mujeres desnudas que mi padre guardaba en el cajón de la mesita de noche.
Como me impactó mucho, me preguntaba en mi tierna candidez al ver los sobacos peludos de mi madre, si allí habría también un coño. Mi padre también tenía sobacos peludos; pero como no tenía tetas, carecía de interés alguno para mí.
Luego, con la edad fui subiendo de nivel, sobre todo cuando el puto Franco murió por fin.
Y así la pornografía entró a formar parte de mi vida diaria y cotidiana hasta hoy, en el que felizmente internet regala muy entretenidos videos pornográficos que tienen una utilidad aproximada de veinte, treinta segundos a lo sumo. Una vez he eyaculado, la película porno me aburre hasta el bostezo.
Nunca he tenido conflictos entre masturbarme y follar, da igual el orden.
Y si tenía que ir a trabajar todos los días, ¿qué razón había para que no me la pelara cuantas veces me diera la gana y luego se la metiera a mi santa?
Así que nunca me privo de una buena paja mirando porno lesbiano (es que cuando sale una polla me da asco).
Y como el porno es tan natural en mi quehacer diario y mi pene muy discreto de tamaño, me rasuro los cojones para que la picha parezca más grande.
No hay ninguna cuestión de higiene, es por pura vanidad. Y por otra parte, cuando el semen se desliza calentito por el pubis y los huevos, hay un placer añadido que los que tienen esa araña de pelo afro entre las piernas, desconocen.
Como mi cultura es básicamente pornográfica, adoro los coños rasurados ya que los puedes chupar, lamer, sorber y morder sin que un desagradable vello rizado te provoque una arcada y un vómito.
Además, un coño depilado, hace mi polla también más notoria (que sea efectiva no es consuelo para mí), más grande durante la cúpula. Los vellos restan unos centímetros importantes para mi desmesurada vanidad pornográfica.
Eso es todo lo que me rasuro, no soy un maricón, narcisista o un tonto del culo refinado (o todo junto, que los hay a patadas) que se afeita piernas, brazos, pechos, sobacos y genitales para que sus músculos resalten y se crea que una tía al azar le va a comer el rabo por verlo tan bien depilado.
Si tuvieran algo de cerebro, sabrían que hacer mientras no duermen.
Son tiempos de mierda: mujeres barbudas y bordes, compartiendo espacio con julandrones provincianos sin un solo vello.
A mí, conque la polla luzca bien, me basta. Ya soy suficientemente guapo.
Ya que soy un tanto vergonzoso no aporto una foto de mi pene luciendo en un pubis prístino y diáfano, libre de pelarros. Por otro lado, algún envidioso de mierda censuraría la foto.
Así que dejo aquí como documento gráfico, mi rostro erótico, dulce y trascendente durante el acto masturbatorio o de follar.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Esta araña tigre está viva (a la hora de tomar la foto) porque estaba ahí, monstruosa ella, paranoicamente atareada haciendo un ovillo de seda con una mosca.
Me gusta la naturaleza, incluso puedo llegar a respetarla a pesar de fumar; pero si el bicho hubiera estado cerca de mi pie, luciría aplastada en la suela de mi bota; un irreconocible cadáver.
Hay quien grita, se aleja, se frota la piel como si la tuviera encima y los hay que (idiotas) la cogerían entre sus dedos para lucirla, por esos colores tan bonitos, en una foto que colgarán al instante en alguna red sucial de las dos que hay (no saben que son levemente venenosas, lo suficiente para que la picadura te amargue el día).
Mi reacción natural es pisarlas sin pasión, sin alegría, tristeza u odio.
Es lo que debo hacer dada mi naturaleza hijaputa.
Y si está en su telaraña como ahora y no invade mi territorio, me limito a fotografiarla y luego ignorarla, como si la operan de algún cáncer, me da igual. Y así podrá en un futuro, poner sus huevos (es hembra, las arañas cuando son llamativas y bonitas, son hembras ¿por qué será?).
Ahora resulta que además de ser un asesino impasible de insectos, también soy biólogo. Seguro que a Dios se le pone gorda cuando me observa desde el cielo.

En Telegramas de Iconoclasta.

Dan ganas de despedirse de alguien o algo cuando el otoño irrumpe por primera vez con un viento frío y una tarde oscura.
Cuando ayer hacía calor y el planeta, repentinamente pierde unos grados de temperatura en este lugar. Y te los arranca de la piel si estás donde debes, donde quieres.
Tal vez sea porque todos los animales solitarios sabemos que los inviernos son las pruebas que hemos de superar para merecer el título de “seres vivos” otro año más.
De ahí ese tétrico deseo de decir adiós, tal vez sea el último invierno.
A medida que pasamos inviernos, estos se hacen más duros.
Como el pellejo, los huesos y el corazón.
Me despido de los animales y las montañas. De los árboles y los musgos. De los ríos y los senderos solitarios que hacen audible mi vida con cada paso.
Y secretamente me despido de mi hijo, de la que amo, de mis amigos y los desconocidos que entre ellos debería haber algún buen ser. En secreto, porque me da vergüenza confesar que es posible que muera, suena a tragicomedia barata para quien no ha sentido sus pulmones ensuciarse de la propia sangre.
El otoño es una melancolía porque evoca tiempos de muerte y lánguida belleza con sus saturados colores.
Y las ramas-esqueleto que han perdido sus hojas, no mejoran el
ánimo con esa hermosa tristeza planetaria y vital: tal vez no vea otro año más.
Y vuelvo a pensar que es la época más hermosa, la que me hace trascendente. Cuando estoy triste, mi alma es más pesada, soy más…
Tal vez sea eso, las ramas desnudas, lo que hace la muerte peligrosamente cerca. Ayer bullían hojas verdes y el movimiento les arrancaba sonidos suaves, sedosos. Hoy suenan a cáscaras secas arrastradas por el viento en los caminos y lucen los árboles como cadáveres descarnados.
Lo que en verdad hace el otoño, es despertar esas reminiscencias inmortales del instinto, una serie de emociones y reacciones que permanecen inalterables en el tiempo. Hace cientos de miles de años, los inviernos mataban por el frío, por la falta de caza, de alimento…
Por ese instinto buscamos la teta al nacer, por eso follamos sin manuales de instrucciones; y por eso sabemos ante según que dolor, cuándo la muerte es inminente: duele de forma extraña un órgano y pensamos que algo huele a podrido en Dinamarca. Y tenemos razón.
Me gusta la tristeza de pensar en morir entre las frondosas e invasivas montañas.
El otoño le arranca las hojas a los árboles y los últimos calores a la piel advirtiendo: “Tienes hasta la primavera para sobrevivir. Sé fuerte o muere. Ten suerte o muerte”.
Seré muerte, porque nunca he tenido suerte. Es tan fácil morir…
Qué curioso… Todo lo que importa en este otoño acaba con las mismas letras:
fuerte
muerte
suerte
Solo coño se parece algo a otoño.
Me gustan el otoño y el coño, no sé cuál más.
Hay que forzar una sonrisa o un sarcasmo en otoño, o te come vivo.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

Siguen los tiempos oscuros donde cualquier sujeto está autorizado para escribir una noticia o reseña de arte, independientemente de su nivel cultural, intelectual o incluso si es un moralista mojigato.
Lo del cuadro “El origen del mundo”, no es un vientre (aunque lo haya) es un primer plano de una vagina, un coño peludo.
El “periodista” de La Vanguardia debería ir a un psicólogo por su problema de moralina vieja, a un oftalmólogo por si tuviera un defecto en la vista; y sobre todo aprender un poco de cultura para expresarse con corrección y sin prejuicios moralistas.
Los censores están presentes hasta en los más intrascendentes lugares y momentos de la vida.
Son como las pulgas o las chinches. Algunos no matan; pero me provocan cierto prurito testicular que hace que me mueva incómodo en la silla acariciando distraídamente mis huevos cansados.
Por lo visto, todos los tiempos son una mierda.