Los que gritan llorones clamando por sus derechos se equivocan cobardemente.
Los derechos no se piden, se ejercen.
Se menosprecia la violencia, la única virtud sincera y efectiva de los humanos. Por ella muchos aprendieron a leer y a escribir.
Y también dejaron de comer donde cagaban.
La sangre es la mejor y más eficaz manifestación de la libertad. Muchos mueren esperando pacíficamente. Gandhi no se mereció el nobel de la paz, se mereció el nobel al mejor actor por su gran labor para eternizar la miseria.
Es un día gris como un muro de hormigón, frío como la anestesia que en el quirófano me hiela la sangre dentro de la carne. En los auriculares suena Oh Susie de Secret Service, como si quisiera salvarme de este gris hermoso y letal para el ánimo que me lleva a pensar en la vida y sus ataúdes. Sin embargo, la vieja y rítmica canción me encanta: pero no mejora mi ánimo. Me provoca una súbita añoranza de triste juventud. Y observo con los ojos lagrimeando frías gotas que me roba el viento, que los árboles sin hojas lucen grises, grises las farolas, grises las pieles de los humanos, gris mi pensamiento que tiñe el papel. El cielo lo impregna todo, no hay salvación. Y lo peor: no me comprendo, estoy bien bajo este cielo; de alguna forma trasciendo. Los auriculares hacen lo que pueden con lo que tienen. Tienen buenas intenciones; pero se equivocan como yo con su aleatoria reproducción. Y cuando parecía que iba a llevar una sosegada y gris melancolía sin demasiados sobresaltos, atruena en mi oído el brutal y colosal Concierto para Margarita de Cocciante. Mi pecho parece que va a estallar de tanto amor que le inyecta la canción. Sueño por un momento con la tragedia de amar y morir en un abrazo, en un beso fibrilador. Porque las palabras del concierto, dicen con exactitud lo que fui, lo que fue, lo que deseé, lo que no se cumplió. Lo que debería haber sido en un mundo perfecto. Lo que debería ser y ya no queda tiempo. ¡Por favor…! Es mágico, es impío en su operística contundencia. Los buitres vuelan bajo en círculos, les incomoda ese gris, tal vez teman planear en plomo puro y que sus grandes alas se rompan. Dos gaviotas chillan alto y contrastan con un sedoso blanco, perfecto en toda esta grisentería. Saco la navaja del bolsillo, en principio para cortar los cables de los auriculares, algo definitivo que me libre de esta bella y fascinante autodestrucción. Sin embargo, por alguna razón el filo corta las venas ya cansadas de bombear tanta vida, tanta tristeza y esta fuerza que no me abandona y no me da descanso. Ser fuerte tiene sus inconvenientes en un mundo gris. La sangre que sale de mi carne no es gris es de un rojo granate que, hipnótico se desborda por el asiento de madera de plomo que me sostiene. Es un buen final, aprendí con el tiempo a cazar las oportunidades al vuelo. Adiós, Susie. Adiós Margarita. Bye…
¿Alguien con un mínimo de capacidad intelectual puede creer en una Fuente de la Vida?
Estoy seguro de que en algún momento de la historia, ocurrió que un deshidratado a punto de morir dio con una fuente que le salvó momentáneamente la vida.
Pero que un agua dé vida o juventud eternas… Una mierda.
Algún idiota lo creyó y la buscó.
Cada época se caracteriza por sus peculiares idiotas e ignorancias.
E internet ha hecho del analfabetismo virtud y bondad.
Esta época que me ha tocado soportar como un hemorroide incurable, tiene tantos idiotas e ignorancia por metro cúbico (los que están muertos también ocupan mucho espacio), que no hay peculiaridad alguna.
Precioso…
A ver como te lo explico, hermosa mía… Cuando estoy ante ti, no es simple calentura. Es que soy un obsceno filamento de una lámpara de tres millones de watios. He fundido la cremallera de mi bragueta en tres segundos. ¿Ha quedado suficientemente claro y gráfico mi deseo por ti? El deseo a veces, es un ejercicio de ingeniería electrotécnica.
El gato corretea eufórico por el estrecho balcón y él, divertido, se enciende un cigarro; porque hay que fumar para calentar los pulmones en una mañana tan fría. Sonríe torcidamente, porque cuando hace calor también fuma. En un momento de silencio escucha los sonidos que hace el aire con las cosas y observa la vieja fachada frente a él, una galería ruinosa que parece gemir su mísera antigüedad agitando un viejo plástico hecho jirones. El gato observa una paloma con ansia predadora y él cree que el velo mísero que agita el aire es un alma en pena. Todos tenemos cosas que hacer, que pensar. Las almas de las cosas son esos velos rasgados azotados por el aire como festones de la decadencia, ignominia, vejez, abandono y muerte. Velos de plásticos quemados por el tiempo y lonas corruptas que hacen sórdidos ruidos con sus sacudidas agónicas. Ha habido muertes tras los velos de la miseria. Lo sabe porque al crepitar, lloran las vidas que hubo dentro hace eones ya. Y piensa:
Yo soy cosa, lo sé porque mi alma cruje igual cuando la azota el aire, lo siento hasta en el tuétano de los huesos. Lo sé porque soy una ruina, algo ajeno a los que me rodean. Y sé que soy cosa, porque no siento pudor alguno por ser un plástico rasgado. Qué más da que fuera de puto oro y seda, si ya estoy muerto… Decoraciones aparte, ser algo y trascender como sea, siempre está bien.
El gato se pone en pie sobre sus cuartos traseros y le roza las piernas con sus suaves patas: quiere jugar. Y seguramente no le gusta el rumbo del pensamiento de su compañero humano.
Da una última calada al cigarro y tira la colilla a la calle con desdén.
El pelaje del animal se agita lleno de vida y color.
Y se siente mejor.
Para celebrarlo, ya en el calor de la casa, enciende otro cigarro para quemar alguna tristeza, alguna melancolía.
Lanza la pelota con cascabel, el gato la caza al vuelo tras dos rebotes chocando sonoramente contra la puerta del salón.
No es precisamente un ser delicado… Y sonríe, esta vez bien.
Hay oscuridades en mi mente, secretos que guardo celosamente de la traidora luz, de los falsos colores que confunden la envidia con el deseo y compartir la vida con la cobardía a la soledad. En verdad Yo os digo: envidiosa y cobarde es la luz que refleja la humanidad. Tengo obscenidades ocultas envueltas en amor y ternura, como moléculas indisociables. Si intentas separar alguno de los componentes, se desintegrarán y se perderá todo lo que son y lo que podrían ser. No son vergüenzas mis oscuridades, son vanidades. Mis tesoros a salvo de mediocres. Aunque a veces un glande húmedo, inquieto y palpitante temo que me delate. Mi indecente y oscura debilidad… No creo en dioses, iluminados y líderes. Solo creo en mis palpables penumbras, húmedas, duras, crueles, adultas y sexuales que marcan mi naturaleza. Obscenos y dichosos secretos… ¿Ternura? Los cachorros de perros son tiernos y las patatas bien cocidas. Yo solo soy oscuridad y deseo. Nací en un tiempo que no me corresponde; pero no es mi error.
A pesar de que eso de “año nuevo” e incluso año sin más es una mera convención social (sucial), diré que ha empezado bien. O sea, como cada día: la naturaleza está hermosa en el mismo grado que ayer. Si ha empezado bien, es porque hoy de mañana hay menos gente que los días ordinarios ya que, la noche pasada es embrutecieron comiendo, bebiendo, fumando y esnifando familias enteras durante más horas de las que están habituados. Y ahora duermen la mona o se masturban perezosamente sin ganas de salir de la cama esperando la próxima comilona. Hay un buen silencio y una aceptable ausencia de reses humanas. Es esperanzador por unas horas. Ojalá fuera “año nuevo” todos los días. No por ellos, claro, si no por mi paz. Más de lo mismo independientemente de cómo enumeren los días. La mona aunque se vista de seda…