Posts etiquetados ‘Amor cabrón’

Irreductible

Esta mirada que pueda parecer dura o experimentada, no lo es. Lo que ocurre es que el cansancio vela un poco el brillo de la ilusión. Solo déjate abrazar y besar para que sientas que eres algo nuevo e inexplorado para mí. No hay prejuicios, no hay precauciones. Te amo a tumba abierta, a pesar de lo que la vida se empeña en enseñarme.
Nada ni nadie puede llevarme a vivir según sus normas.
Nadie puede domar mi pensamiento y mis principios.
Una mala persona jamás me podría enseñar a amar el dinero y ese brillo que la hipnotiza con un enfermizo interés… No aportará ningún dato útil su vanidad decadente y corrupta, una frecuencia que pulsa entre palabras y sonrisas venenosas.
No dejará huella alguna en mí su sexo sucio, aburrido y económico. Un sexo alcohólico, torpe y reproductivo. No habrá rastro alguno en mi pensamiento que provoque un recelo, una duda ante el amor que doy y que busco.
Amaré haciéndolo como me parieron.
No puede eclipsar mi ilusión nada tan bajo. Ni siquiera lo excelso.
Soy irreductible ante dios y el diablo.
Solo que a veces, la vida te cansa, porque es un juego de desgaste; pero me recupero, mi amor. Solo posa tu mano en mi hombro, eres mi amiga también. Estas ternuras son necesarias para reponer fuerzas.
Ser amado es la prueba irrefutable de que no he aprendido nada, no me han contaminado.
Un estafador no me educará jamás en ganar dinero, me gusta sudar y llegar cansado a casa. Y ducharme y abrazar tu piel perfumada. Un explotador no me enseñará a hacer esclavo a nadie y yo secaré los platos diciéndote que estás preciosa.
Te violaré y tus manos llenas de espuma de jabón se aferrarán a mis brazos que te aman.
Seré explotado y estafado; pero yo no sirvo para explotar y estafar. De ahí mi cansancio: no he cedido ni un ápice de mis principios. No cederé.
Soy irreductible.
Y la vida pega y golpea, no es fácil.
Te amo sin coartar nuestros sueños, sin experiencia. No pueden obligarme a asumir la miseria. Nadie puede lanzar esa basura a mi vida para que se convierta en dogma.
Soy irreductible creyendo en el amor y en el esfuerzo de vivir. En sudar y llorar, en reír y lavarse la cara con agua fresca en las mañanas. En despertarte hundiendo mi boca entre tus piernas bajo las sábanas.
Nada contaminará mis sueños. Y mi sueño eres tú.
Por eso, si ves un brillo de ira en mis ojos o si mi mirada parece un tanto triste, mi amor, piensa que es solo un cansancio vital que desaparecerá con el beso que tanto ansío. Es difícil tener principios en este planeta que nos oprime, mi amor.
Es una lucha constante evitar que la estupidez y la ordinariez contaminen mis sueños.
Soy lo contrario a tantos seres que aprenden y beben de los consejos de mujeres y hombres que viven por y para la usura de la posesión egoísta e infecciosa, que juegan al amor y acaban mordiendo las carnes por envidias enamorados de sí mismos. Que mueren con los dedos crispados sobre el pecho ante lo que no han podido engañar o robar.
No quiero ser un sucio como ellos. No quiero enloquecer ante la hipocresía y la miseria de un amor falso, de un amor de interés y usura.
Solo quiero que me digas que todo está bien, mi amor, que me ves íntegro con mis sueños y esperanzas.
A pesar de este cansancio, mirarte dibuja una sonrisa, si no en mi boca, en mis ojos milenarios. Y quiero que tú la sientes en la piel como una caricia que se desliza suave por tus hombros.
Nada podrá socavar mis ilusiones, el amor que me enloquece y me hace retroceder al maravilloso desconocimiento de tu ser.
Como un niño que descubre algo nuevo y fascinante, atónito y con los ojos muy abiertos.
Nada podrá empañar el beso que muero por darte, el abrazo desesperado. Mi miembro latiendo por ti y dentro de ti con la ilusión de un primer amor.
Mi vida, no existen los amores primeros y segundos. No he aprendido eso. Los amores son únicos y exclusivos. Trascienden sin antecedentes e intuiciones, son selvas inexploradas.
Lo demás es prostitución del cuerpo y el pensamiento.
Lo que no es amor es aberración y es desechable, como un paquete de cigarrillos vacío.
Los estafadores del amor y el esfuerzo son basura que esperan su día de recogida. Solo duran lo que el camión tarde en llegar.
He tirado seres y amores a la basura, sin dudar. Es cansado, hay demasiada mierda en el camino.
No pienses que he aprendido algo a pesar de mi mirada torva y agotada.
Soy irreductible, y soledad y muerte no me acobardan. Si llego a ti, es porque te amo sin recelo, sin interés. Es amarte con el pecho desnudo.
Te amo con la fuerza de la ilusión y la razón. Con tal tenacidad que más que irreductible, me convierte en indestructible.
No sé hacerlo a pesar de mis años y mis dolores, no puedo prostituirme por miedo a nada que pueda doler.
He visto perros en la carretera que han muerto solos, sin un consuelo. Yo seré uno si tú no estás. No me conformaré con otra cosa.
Llego a ti, descubriéndote con la fuerza y la ingenuidad de la infancia; como el único ser que eres, sin parangón con nadie.
Y si observaras que mi mirada está un tanto curtida; has de saber que es pura determinación de ignorar y apartar a todos esos seres horrendos y bífidos que se han cruzado en mi camino.
Llego a ti amándote libre y sin saber nada.
Ser irreductible es agotador…
Descansa, relájate voy a ti, a descubrirte. Eres única.
No tengo experiencia alguna, mi vida. Y por ello te exploro día a día.
Totalmente ilusionado.
Disculpa algunas torpezas de este hombre irreductible que te ama y que llega agotado.
Serán pequeños defectos que me perdonarás cuando mis manos aferren esas nalgas preciosas durante un beso en tu boca ignota y salvaje.
Soy carnal e irreductible.

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Iconoclasta

Solo carnes

He probado las muchas carnes que hay. Yo no sé de la psique, soy demasiado simple, no soy más que un pedazo de carne con escasa sensibilidad, soy eminentemente visual y táctil. No capto complejos matices psicológicos.
Soy carnal porque sé que entre carne y huesos habita el pensamiento. Sin cuerpo no hay alma. Independientemente de lo que filósofos, novelas y películas cuenten.
Porque mi carne tiene la fuerza y la convicción de mi edad y por ello, de la experiencia.
Soy un experto carnicero que no vende, solo degusta, atesora y registra su sabiduría con cierta habilidad para escribir, provocar e impactar.
Mi carne no es humilde, se conforma con ser certera.
Mi carne no es superflua, arraiga tan profundamente en mi pesado esqueleto, casi patológico, que por horas y horas que me hicieran hervir, nadie conseguiría desprender la carne de los huesos.
No es algo habitual, no es casual. Es mi volición.
Tengo un catálogo de carnes intrincado entre mis tejidos: de sabores recios, amargas, dulces, suaves, duras, nerviosas, adulteradas, reales y volátiles.
Las hay complejas en su textura y en su dureza, las hay sencillas que apenas dejan un sabor o un aroma que se evapora con un simple adiós.
Las recuerdo todas, soy obstinado dándole importancia a la vida, aunque sea desagradable.
Pensamiento y carne es con lo que nacemos. Dicen que la carne llama a la carne, yo digo que no, que mi carne apenas busca, es encontrada. Mi carne está desarraigada del planeta, como si no fuera de aquí; pero las leyes naturales dictan sus normas reproductivas y al final, por puro instinto, estoy sometido a ellas.

Carne puta. La más sencilla de describir. Hay que comenzar con las cosas fáciles, porque a medida que avanza el tiempo, las cosas se complican, es la naturaleza de la propia carne.
Es una carne simple, sin sabor, como un chicle gastado que engaña un poco el apetito cuando hay hambre. La carne puta sacia sin dejar una huella emotiva, es puramente monetaria.
Es sincera y translúcida, efímera como el dinero que empleas en comprarla. El condón te mantiene a salvo de sus miserias, no importa el pensamiento que haya metido entre esa masa de carne. Has pagado y no interesa saber qué siente.
Es un descanso para el agujero de emociones que vende su sabor y la carne que lo compra.
La carne puta es una necesidad fisiológica como el cagar. O una conquista de borrachos e idiotas.
Carne de amor. Es para paladares exigentes y muy experimentados. Los hay que la comen sin merecerla, margaritas a los cerdos… Siempre ocurre igual, no se ha hecho la miel para la boca del asno.
Es adictiva, te lleva a la necesidad de devorarla insistentemente y excluye a las demás carnes.
Te mueve la ilusión y la angustia de buscarla en todos los restaurantes, a todas horas. Todos los días.
Toda la vida…
Tiene un equilibrio perfecto, entre el magro hay pequeñas vetas de grasa que le dan una jugosidad que no posee ninguna otra carne. Sus fibras forman una trama casi artística, como su sabor que impulsa la sangre a los genitales y a lo más profundo del corazón. Es completa en vitamina y proteína.
Es un continuo de risa y llanto. Y cuando la comes en el momento y lugar adecuado, una paz satisfecha. Lo tienes todo.
Se acabó la búsqueda.
Es tan rara y escasa, que no pasa inadvertida.
Tiene la cualidad del pensamiento y lo tangible, es real… Existe, no es una foto publicitaria de un restaurante. Es metafísica y carnal, satisface el paladar y el pensamiento.
Es tal la necesidad que provoca, que antes de comerla la acaricias y te llevas los dedos sucios de amor a la boca para decir cosas incomprensibles que la carne necesita pronunciar cuando está en sintonía con otra carne.
Carne mística. Es fina, se corta con el tenedor. Como si tuviera la consistencia de una idea, de un aire que generan unos labios. Es hermosa, se deshace en la boca generando una melancolía. No desprende jugo, como si se resistiera a ser lo que es: carne. Me lleva a preguntarme si es posible que exista algo tan magnífico o es un espejismo de mi mente sometida a tantas ideas sugerentes y hermosas. Las carnes místicas tienen un doble filo: su profundidad pone de manifiesto mi superficialidad, y cuando he acabado un filete, siento que he quedado incompleto, que a la carne le falta carne entre tanto pensamiento y palabras. Es una carne preciosa, pero deja hambriento. Tiene demasiada añoranza irreal entre sus fibras.
Carne de los hijos. Es una carne que se devora sin pensar; sin observar si es demasiado seca, si está dura o mal cocinada. La carne de los hijos se come y sabe siempre a un cariño y lealtad incondicional. Si la carne estuviera podrida, la comería sin pensarlo. Si estuviera envenenada, sonreiría eructando un olor a almendras amargas.
Carne mentirosa. Es una carne llena de nervios y tendones, con la apariencia de un jugoso bistec. Sabe bien al principio, en los primeros segundos que se mastica; pero en cuanto el paladar se ha colmado de su sabor, se convierte en algo sucio que es demasiado tarde para escupir.
Va revestida de una capa de milésimas de grosor de amor y otra de metafísica de soledad y emociones supremas. Estas capas envuelven una carne puta y densa; infinitamente repugnante cuando pasa por el esófago. Cuando la carne puta queda desnuda, intenta enmascararse con la grasa que tiene un ligero aroma de carne de los hijos, una maternidad o paternidad devotamente paranoica; pero acaba manifestándose el sabor de la carne puta a cada instante. Y es esa mezcla la que provoca un vómito. La carne mentirosa es carne de un día, pero su repugnante sabor dura semanas en el paladar.
Tiene el sabor de una res mil veces montada, o una res mal castrada antes de descuartizarla; la suciedad entre las fibras es evidente. Una res a la que le han robado cualquier sustancia que le pudiera dar un buen sabor. Sus consumidores son básicamente los borrachos, los retrasados mentales, los ignorantes y los endogámicos. Porque esa carne misma pertenece a esos círculos.
Es fácil llevarse un bocado a la boca por su naturaleza mentirosa, por ese revestimiento de amor que desaparece apenas la dentadura se hunde en ella. Solo los sucios pueden tragarse el filete entero portador de infecciones del pensamiento y la carne.
Porque la única verdad de esa carne, es que ha sido una fértil madre o ha fertilizado sin control y sin placer. Tal vez no sea res, tal vez sea carne de hiena ante lo corrupto de su sabor.
Nunca se debería moler, porque penetraría más fácil y rápidamente en el organismo llevando a un vómito rápido y doloroso. Hay que huir de los puestos de hamburguesas que hay frente a los antros o discotecas, frente a las salas de baile o los bares nocturnos.
Carne triste. Esa carne se mastica con pasión por su textura consistente y agradable; pero aunque se la sazone bien, no consigue desplegar todo su sabor en el paladar. Es carne que desconfía de sí misma y de los demás. Lleva la amargura impregnada en su fibras sabrosas. Te tragas el bocado con la sensación de que eres vulgar comparado con su triste y vanidoso sabor en el que todo es ella. Como si la saliva no pudiera ablandarla lo suficiente.
Intento masticarla bien, con ternura, pero la tristeza no se puede combatir. Te lleva a un lugar en el que no eres nada, en el que todo es el dolor de esa proteína. Es una carne echada a perder por su propia voluntad.
Carne alegre. Es una carne de sabor fulgurante que te hace decir: «Joder, qué buena y que tierna»; pero sus nervios te hacen sacar de la boca el trozo para dejarlo en la orilla del plato. Como si fuera de plástico, artificial. Tal vez fuera mejor molerla para hacer hamburguesas, en las que se mezclan tantas salsas e ingredientes que pasa desapercibida toda esa superficialidad en su sabor.
Y es que con la carne, pasa igual que con los humanos, quien está siempre alegre, es porque tiene una lesión cerebral y no capta la vida en toda su intensidad, pierde muchos matices su cerebro poco eficaz y jocoso.
Es una carne barata, fácil de comprar y cocinar.

Tal vez, en lo que me queda de vida, encuentre alguna carne más que catalogar, sea buena o mala; aunque lo dudo, cuando has probado todas estas, acabas pensando que poco o nada te puede sorprender.
La más importante: la carne de amor, porque de alguna forma extraña recuerda el mar, como si llevara impregnada la sal de la vida entre sus fibras. Y evoca reminiscencias de alta montaña que nos llevan al romanticismo de un paraje aislado y remoto para amarla.
La carne de amor no necesita sazón, ni siquiera fuego. Se puede comer cruda como un carpaccio con la pasión de un instinto primario.
Las demás son solo accidentes, algunos evitables y otros que por su mínimo riesgo, no vale la pena dar un rodeo y perder tiempo.
Y si hay hambre, desgraciadamente, el organismo pide comida. Quieras o no.

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Iconoclasta

Malditas y divinas deidades

Deidades…
No son lo buenas que se creen.
Esas deidades son como gigantes que toman un bebé con la punta de sus dedos, con cariño y ternura; pero aplastan su pecho y lo matan con su desmesurada magnitud y fuerza.
Las deidades creen que como ellas aman y sienten, aman los humanos. Y les echan al rostro y a la mente toda esa sensualidad y erotismo sin ser conscientes de que los doblan como si recibieran un puñetazo en la barriga. Crean con su poder divino un universo que no está al alcance de los no sagrados.
Sonríen radiantes y nosotros pensamos en como es posible querer tanto en tan poco tiempo, porque no somos dioses como ellas. Sonreímos porque nos contagian; pero hay un profundo amor serio como la muerte en algún punto de nuestro pecho; un dolor de no poder alcanzar, de no ser suficiente para todo esa pasión y deseo que destilan las diosas por cada poro de su piel.
No creía en seres divinos capaces de con el silencio, transmitir su divina existencia. Con sus palabras fulminar mi paz e independencia y convertirme en su devoto amante pequeño.
Infinitesimal…
«Yo soy Dios», quisiera decirle con convicción a la diosa; pero sé que sonreiría con cariño y ternura, como si fuera una pequeña réplica graciosa y barata de un tótem.
Una figurilla coleccionable.
La deidad me quiere; pero no imagina el impacto que tiene en mi pensamiento y organismo. No calibra la magnitud de su ser frente a un humano.
No tienen necesidad de ello, ya hacen bastante con mostrarse con toda su divinidad ante nos; están libres de escrúpulos, son diosas.
Su grandeza las define.
Se convierten sin saberlo, con una exquisita inocencia, en seres crueles que nos enamoran sin ningún reparo. Con toda su belleza inexpugnable.
Tal vez no, sean crueles, pero no puedo ser ecuánime. No soy justo juzgando cuando el mundo lo cubre mi diosa y todo es ella.
Te hacen sangrar el corazón con sus palabas, con unos puntos suspensivos prendidos de sus santos labios…
Hay un cigarrillo consumiéndose en el cenicero al que no hago caso porque la diosa está presente. No es momento para la banalidad, podría morir en cualquier momento, no soy divino. Debo administrar bien mi tiempo.
Yo un ateo convencido, soy ahora un sacerdote pagano.
Soy demasiado viejo para esto… Las deidades son inmortales y su eterna juventud nos hace viejos cualquiera que sea la edad. Ellas marcan las épocas.
Escribo y describo lo inexplicable con suficiente precisión, pero no hay consuelo.
Tal vez quede una esperanza: ¿los dioses nacen o se hacen? Es un problema en el que estoy trabajando.
Me centro en la segunda opción, estoy harto de imposibles.
Si pudiera ser tan solo un poco dios, le haría sangrar los labios con un beso de furiosa y desbocada lujuria. El dolor del amor desatado, desbocado. Una venganza de amantes.
Tal vez no debería ser dios, no tengo medida alguna como hombre.
Porque le mostraría mi polla palpitante y una gota de fluido que se descuelga desde un glande cárdeno por la congestión sanguínea que provoca su cuerpo divino.
¡Ah… La sagrada obscenidad!
Apuñalaría el espiráculo de un delfín sonriente para mostrar que mi crueldad es equiparable al amor que me dobla por ella. Para demostrar que cualquier vida importa menos que amarla.
Mataría hombres que eran tan humanos como yo, para demostrarle mi violenta divinidad. Como un reproche a la esclavitud a la que me tiene sometido.
Aplastaría con mis pies los dedos de un niño que juega en el suelo…
Tal vez no le gustara, pero soy su obra. Tiene que ser consecuente con lo que provoca.
Malditas y divinas deidades…


Iconoclasta

Quiero ser desconocido.
Oculto e ignorado.
Que nadie sepa lo que te amo. Que nadie imagine que eres deseada por mi cuerpo y mi alma hasta la obscenidad y la paranoia.
Porque los hay mejores que yo, y si te pierdo, me muero.
Y me da igual morir; pero no así, sin ti.
Podría llorar con solo pensarlo.
No hay nadie mejor que yo, te lo juro, solo tienen suerte. No hay nadie mejor que yo amándote.
Es mi íntima vanidad este deseo titánico por tu piel y por tu pensamiento todo.
Los fuertes y tenaces no tenemos suerte, perdemos y ganamos a pulso, abatidos por el cansancio, con los párpados escaldados por el sudor. Nos mordemos los labios de deseo.
Y los puños.
No es de extrañar esta sonrisa un poco torcida y sangrienta.
No soy inteligente, pero amarte así, no es de tontos.
Tú puedes decir que soy idiota y nadie nos molestará. La chusma está tranquila si no siente la mordedura de la envidia.
No soy vanidoso, no quiero lucirte como un premio. Ocúltame.
No le digas a nadie que eres para mí un ser de otra dimensión. No le cuentes a nadie que el café humea íntimamente para nosotros en la mesa todas las mañanas. Su aroma es el inquebrantable testimonio de que la noche nos ha cubierto y la mañana nos ilumina juntos de nuevo.
No le digas a nadie que te amo con esta importancia casi agónica. Porque irán a por mí y no tengo tiempo para pelear, no quiero hacerlo. Toda la vida he peleado, y si me sobran fuerzas, es para quererte.
No quiero perder más tiempo, me lo he ganado todo. Te he ganado palabra a palabra, segundo a segundo, beso a beso, silencio a silencio…
Esperando, esperando, esperando…
Es mi turno de amar tenaz y serenamente.
Secretamente.
Yo estaré tras un árbol admirándote, esperando que no haya nadie en la calle para besarte toda; a traición y con alevosía, por la espalda con mis brazos apresando tu vientre.
Con una erección entre tus nalgas, así de obsceno, así de hombre, así de loco.
Así te amo.
Déjame ser la bestia solitaria en el día que te ama secretamente bajo el sol y con descaro en la oscuridad o bajo la luz artificial del hogar.
Déjame ser la fiera que te asaltará en lugares despoblados, en los momentos en el que la humanidad dormita o celebra sus inutilidades, miedos y frustraciones.
Estoy a salvo de esas cosas contigo, amándote. Soy tu androide aparcado en el armario de las escobas, esperándote.
Mantenme oculto y secreto, mi amor.
Es por mi bien, es por mi tranquilidad.
Que nada ni nadie me robe un instante para amarte.
Perdona que te cargue con esta responsabilidad.

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Iconoclasta

No sé donde estás, pero sé que existes. Me lo dice toda mi piel.
Deberíamos estar juntos ya, mi amor desconocido, pero han surgido problemas. Soy falible.
He cometido error y he caído en una trampa de tiempo frustrante. Una confusión…
Pero lo he solucionado, cielo. Ahora voy disparado y certero a ti como una flecha. Como las que disparaba en el bosque con mi arco antes de ser tullido.
No importa donde estés, voy a ti con el corazón acelerado.
Bum-bum, bum-bum..
Perdona si me demoro un poco; pero la pierna a veces me duele más y otras menos.
No sé como eres, solo sé que que eres preciosa y te reconoceré.
Soy tímido, un poco anti-social; pero bailaré contigo una canción lenta y te besaré.
No desesperes. Te lo tengo que decir porque aún no me conoces: cuando me propongo algo, lo hago.
Sin juramentos ni ceremonias. Es connatural en mí.
Así, si sientes unos nervios en el estómago, soy yo pensando en ti. Dirigiéndome a ti.
Sé que estas fiestas de fin de año estaremos solos; pero no cierro por vacaciones, ni por dolores, ni descanso, mi amor.
No me detendré, llegaré con el frío o con la templanza de la primavera.
Llegaré antes de que sea tarde.
Esa alarma en tu estómago, muy adentro, esa pequeña contracción nerviosa; mantenla viva, porque soy yo rastreando tu ser en el planeta.
Mientras tanto, mi amor, no te sientas sola. Sé que estás aquí, en el universo. No sé si en algún lugar cercano o remoto.
Quisiera que estuvieras cerca, tengo prisa por comerte a besos; pero es solo un detalle sin importancia. Por lejos que te encuentres, llegaré a ti con todas mis fuerzas, para que te sientas orgullosa de tu hombre.
Rápido como un expreso de medianoche.
Nuestra soledad es solo un instante en el cúmulo de la vida.
Felices fiestas, cielo. Ya casi llego.
Te amo.
Con ansiedad: tu amor desconocido.

P. D.: Sé que eres valiente, por eso te amo también.
No soy un niño: sé muy bien que podría morir antes de llegar.
Si se diera el caso, mi vida, mantente viva e ilusionada, porque naciste para ser amada, yo soy solo un corredor con desventaja en tu búsqueda y conquista. Conmigo no acaba el amor.
A pesar de esta posdata de madurez y controlado pesimismo, llegaré a ti, cielo.
Te amo a través del tiempo y del espacio, en todas las dimensiones.

Iconoclasta

Ha reventado algo muy adentro, como si una bolsa con agua caliente se hubiera roto de repente y diera un calor extra al corazón y los pulmones.
Una molestia mortificante que mantiene contraído el estómago; pero no es el estómago, es algo mucho más profundo. Imagino que es donde reside el alma.
¿Por qué envía el cerebro tan lejos y recóndita el alma? Te llevas las manos al abdomen para nada. No hay consuelo, ni siquiera me acerco al alma emocionada y contrita.
Atendiendo al estómago, no puedo frenar esa agua tibia que se derrama por todo el cuerpo para llegar a la entrepierna.
Una erección, por extraña que sea, distrae de la metafísica. Es el obsceno anclaje a la realidad.
Lo que me hace suponer que mi pene es más poderoso que mi pensamiento.
Y concluyo de la forma más lógica que soy idiota.
Un idiota con las entrañas inundadas de esperanza e ilusiones y con la polla tiesa…
Es de risa…
No reniego de mi naturaleza básica y simple como una canica.
Está bien así.
Me quejo de mis pretensiones intelectuales. Debería ser más elegante y no escribir de esperanzas y amor con esto tan duro entre las piernas.
Debería callar y simplemente masturbarme.
Soy malo conmigo mismo, despiadado.
Todo va junto, es un lote: amor y sexo.
Tampoco hay tanto misterio. Me canso de pensar.
Siento rabia de tener cerebro y usarlo demasiado.
Estoy furioso, porque mi temperatura interna ha subido y el agua que me inunda dentro me asfixia.
No soy un romántico, soy un hijoputa que ama y folla.
Que la mete y lame.
¡A la mierda! Si te amo te la meto.
Que nadie me joda más. Sobre todo yo mismo.
Toda esta calidez que sobrecalienta mis órganos va dirigida a la polla. No es amor, o tal vez sí; pero me duele de dura que está. Y eso no mejora mi humor.
Ni mi equilibrio mental.
Ahí, en algún lugar profundo de mi estómago está el amor, un núcleo duro, inconfundible.
Como un tumor inoperable.
El amor se esconde profundo.
Tal vez por ello te la quiera meter. Follarte es buscar el tuyo, querer golpearlo con todas las venas de mi rabo. Así de básico, así de sencillo.
La obscenidad va de la mano de la sinceridad.
Y el romanticismo solo esconde la semántica de follar y correrse. Eufemismos que hacen perder un tiempo precioso.
Y cuanto más pienso en ello, más me desboco.
Me torno tan profundo como irracional.
Es hora de mostrar la locura. El rabo duro y mis manos en el abdomen buscando un consuelo.
A la mierda el civismo y atávicos prejuicios.
Yo solo doy amor y semen.
Y por favor, solo pido unas horas de paz para alejarme de esa metafísica que contrae mi estómago y esa irracionalidad que mantiene el glande empapado.
Quiero dejar de ser incomprensible por unas horas, solo quiero ignorar que existo entre palabras, risas, humo y comida.
O llantos, da igual…
Algo sencillo, algo sincero para variar.
O simplemente odiar, odiar es sencillo y fácil. No se necesita un riego sanguíneo tan potente como para mantener una erección.
Me basta con ignorar que soy incomprensible a mí mismo.
Que Linda Ronstadt cante Blue Bayou…

Iconoclasta

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Cuando estaban cerca, cuando las líneas estaban superpuestas, no era el momento; y se trazó una línea paralela que aisló a los dos en un tiempo de sus vidas.
No se cruzan las líneas paralelas, no hay forma de saltar de una a otra; pero a veces el Gran Delineante comete un error, o tal vez, tenga un arrebato de compasión; cosa improbable, pero esperanzadora.
Y traza dos líneas paralelas muy juntas. Demasiado para su forma de actuar, tal vez porque se le haya metido humo en los ojos.
A veces fumar es beneficioso para alguien.
De alguna forma, una gota de tinta cae entre esas dos líneas. Posiblemente debido a un estornudo del Gran Delineante. Tal vez haya sentido un ataque de compasión. Aunque no es un hecho verosímil; pero sería agradable que lo fuera, aumentaría las esperanzas en el planeta.
Se crea así un espacio por el que cruzar. Con una serena pasión entran en el espacio borroso, irregular. Cautamente por experiencia, pero con todas las ilusiones entre los dedos, como un póker de ases. Y saltan las líneas porque es el momento adecuado. Se han preparado para ello durante tiempos y desilusiones.
No hay grandes eventos cosmológicos, no hay señales premonitorias, solo el rumor de unos árboles mecidos por una suave y húmeda brisa.
Discreta y contenidamente se acercan. Ilusionados a pesar de todo. Tal vez un poco confundidos por nuevos horizontes, por posibilidades razonables.
Las palabras saltan de un muro a otro derribando amarguras y errores, cañonazos que abren brechas en el tiempo y el espacio.
Es poderosa la palabra…
El Gran Delineante mira a otro lado, sería bonito que lo hiciera por piedad. No importa el porqué, el paralelismo se ha interrumpido.
Querer entender es perder el tiempo y ese ser podría usar corrector.
Y hay suerte, el Gran Delineante ha ido a mear.
Las palabras, escritas con cautela y letras pequeñas, se convierten en pasos paralelos que se dibujan tranquilos como por arte de magia, a veces se entrecruzan debido a un beso o un abrazo; desde la perspectiva del Gran Delineante, una hormiga con las patas sucias y colocada con marihuana está haciendo de las suyas.
Pasos serenos, cálidas y otoñales confidencias…
El Gran Delineante toma la hoja de papel y la clava con chinchetas en la enorme e infinita Pared del Destino, junto a miles más. Y cuando se da cuenta de la mancha y esas líneas pequeñas y erráticas, no hace nada. La observa y sonríe con el cigarro entre los labios.
Tal vez esté cansado de un paralelismo monótono y cansino. Cuasi eterno. Tal vez se sienta el Dalí de las líneas paralelas.
Toma otra enorme hoja de papel, se coloca unas gafas y comienza a crear otro universo de líneas paralelas, con decisión. No quiere sentar precedentes.
Es un cuento de navidad feliz, aunque el Gran Delineante sea un perfecto cabrón escondido entre los bastidores de un teatro.

Iconoclasta

No somos dos enamorados.

No somos solo eso: solo amantes.

Somos dos rarezas en una esfera transparente de cristal de amor.

Somos un sagrado misterio en el planeta. No existen dioses, solo nosotros.

Un sagrado misterio porque nadie puede comprender como es posible amarte tanto, con tanta fuerza.

Cómo es posible ser tan amado como yo.

Somos la representación plástica y metafísica del amor. Una performance conceptual, surreal, mística y carnal.

Carnal, carnal, carnal…

Por todos los dioses, no sabes lo  que te amo…

Somos admiración, ante todo envidia.

Van a destruir nuestra esfera de amor, ya no seremos exclusivos el uno para el otro, ya no seremos especiales. Van a reventar a golpes el misterio que somos, con puños y dientes. Rabiosos, fariseos…

Ahora, precisamente ahora…

Te busqué en países lejanos, en tiempos que eran trampas.

Y estabas aquí, mi amor. Perdí tiempo y fuerza en errores.

Se acercan, quieren tocar, violar y mancillar el sagrado misterio, mi amor.

Abrázate urgente y fuertemente a mí. Oprime tus preciosos y menudos pechos contra mí, quiero fundirme contigo y que sientas la sagrada erección del amor. Antes de que nos olvidemos, antes de que nos destruyan como misterio.

Quiero crear en mi memoria toda una vida contigo, creer con firmeza que estos instantes de amor en los que te he encontrado, reconocido y besado, han llenado mi vida.

Dame tus labios y tu lengua, no te importe que los rasgue,  que duela el beso del sagrado misterio.

Quiero estar unido a ti cuando destruyan lo que somos y  dejaremos de ser.

Es tan breve lo hermoso, mi amor.

Cientos de hombres, mujeres y niños golpean la esfera del sagrado misterio de esos amantes anónimos y obscenos en su amor exclusivo y aislado del mundo. Son golpes sordos, en un silencio de pasos sin voces, de emoción insana, sin alegría…

Unos quieren entrar y ser misterio, otros quieren destruir lo que les está vedado.

La primera fisura que se abre en la esfera, contamina el interior en un instante corto como un latido de corazón.

El mediodía hace de la calle y sus seres un infierno, un horno al rojo vivo.

Los amantes han cesado el beso y sus cuerpos se separan.

Ya no hay misterio. La esfera de sólido cristal de amor estalla como una burbuja de jabón que cae dulcemente sobre el suelo ardiente.

Sin ruido y con la vulgaridad como atmósfera, los cientos de seres guardan silencio cuando los amantes se alejan el uno del otro con indiferencia autómata.

Alguien entre la multitud ríe, y todos se dirigen hacia algún lugar de la ciudad, charlando animadamente o con una carga de mediocridad sobre sus hombros que los encorva.

Los amantes ya no existen, no hubo misterio jamás. No se distinguen del resto de seres humanos.

El atardecer y sus sombras largas como finos cuchillos, masacran los restos de un misterio sagrado y efímero.

Jamás ocurrió, no hubo nada ultra terreno.

No es posible, no es legal semejante amor.

No hay misterios en un mundo plano, previsible y anodino.

Iconoclasta

Es un frío agradable que hace cálida la casa.
Un frío amigo de liberación y renovación.
Un frío acogedor que apaga las brasas de un calor insano, ondulante y vibrante como cinta de asfalto bajo el sol de mediodía. Un espejismo, una mentira…
El frío es la verdad y la luz.
El frío bendito que deja las calles vacías y silencios caídos en el suelo…
Vencido el calor, vencido el polvo cegador y asfixiante, barridas las moscas y los aromas corruptos, el frío anida en el corazón como un estilete que rasga una membrana sucia.
El frío trae la serenidad como premio a esos sudores derramados con hartazgo y desgana.
Vence a fiebres contagiosas y contagiadas por ese calor metido en los sexos mediocres y sucios de semen y humores rancios.
El frío, mi frío, lo arrastra todo, incluso tiempos y dolores.
Y el amor entra por los resquicios de la ropa creando escalofríos, cálidas erecciones y humedades entre el ropaje y las hojas secas de los árboles
Abrígate junto a mí, mi amor.
Clávate a mí en este frío conmovedor, mi amor.
Haremos cálido el hogar con nuestros corazones ardientes y la piel fría.

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Iconoclasta