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Tengo chorros de amor que emitir.

Tengo chorros de semen que eyacular.

Tengo chorros de lágrimas por los sueños muertos.

Tengo chorros de tierra con los que cegarme los ojos.

Tengo las manos vacías y no saben qué les falta, están crispadas.

Tengo una pena vital, porque la vida es muy pequeña.

Tengo un dolor en la médula, dentro de los huesos.

Tengo mucha presión, chorros de impaciencia por un tiempo que transcurre lento.

Tengo un encendedor ya gastado.

Tengo una afilada cuchilla para liberar tanta presión.

Mierda…

Iconoclasta

Mi jardín no tiene flores ni árboles. Mi jardín es un arenal con un viejo toldo rasgado para que dé sombra. Es un trozo de desierto puro y árido.

Es duradero.

La arena no muere, la arena es eterna.

En cambio, las flores y los árboles mueren siempre y rápido. Las hay que duran muchos años y los árboles llegan a los trescientos años; pero no conmigo.

No sé que ocurre conmigo, con mi suerte.

La arena no muere y cubre a los muertos, tal vez sea lo que me toca, tal vez me llevo bien con la muerte y con la nada.

Los árboles y las plantas se secan y mueren cuando los miro. Sin apenas dar una flor, sin tiempo para un fruto. Es tan triste…

Me cago en mi suerte.

Mi jardín es un trozo de desierto en el que nunca habrá un oasis. Y eso es bueno, es único, soy la hostia puta de la innovación. Y acepto esa imposibilidad de vida en mi desierto como el único lugar del planeta en el que no crecerá nada jamás mientras viva.

Me gusta la exclusividad, no soy humilde.

Y como la situación era cuanto menos irritante, sino frustrante, cubrí las flores y los árboles muertos con arena. Enterré a la muerte lenta y desecante en más muerte.

Más que nada porque aquel cementerio de vegetales, parecía el reflejo de mi vida: cuando algo está a punto de florecer,  cuando va a rendir frutos, se me escapa como esta arena blanca y seca se me escurre entre los dedos.

Cuando miras el brote y crece y piensas que vas a tener un bonito árbol, se muere.

Y se genera cáncer y enfermedades y ya no quieres estar en la tierra y pierdes la esperanza y todo es tan triste como la cabeza decapitada de un delfín que se hunde en el océano sonriendo.

Así que me ahorro la metáfora de mierda que constituye el maldito jardín de las flores muertas.

Porque si la vida intenta darme una lección, me cago en la vida y hago exactamente lo contrario de lo que la puta experiencia dicta.

Y así es como en mis tardes solitarias, hasta el anochecer, me tiendo en la arena, encima de la muerte.

Con dos cojones.

Con un arrebato de valentía.

Un tanto enojado con la vida.

Demasiado enojado si he de ser sincero. Haces algo con ilusión y siempre hay alguien vigilando para estropearlo, como si cometiera un delito cuando me siento bien.

Plantas un árbol y el perro de un deficiente mental te lo pudre con su orina.

Una planta se seca con una flor a medio brotar bajo el asqueroso sol por mucho que la riegue.

Tienes un hijo y se muere o nace idiota.

Tienes una mujer y se hace fea.

Tienes un perro y te lo envenenan, porque si de algo hay, son cantidades industriales de cerdos de dos patas.

Son habitualidades de la vida, no son raras, ocurren a menudo, solo hay que escuchar el mundo atentamente y te das cuenta de que la felicidad es un pequeño y breve claro en una lluvia de mierda.

Y soy optimista…

Un vecino llamó a la puerta para recolectar dinero para los arreglos del jardín comunitario y lo invité a pasar porque soy un tipo solitario y sé que algunos piensan cosas raras porque no me relaciono. Lo invité a un café.

Un tipo listillo, ingenioso, chistoso de mierda. De esos que una vez ha abierto la boca para decir sus subnormalidades, te das cuenta de que es mejor que estuviera muerto.

A mi jardín, a mi desierto, se accede desde el salón, queda en la parte trasera de la casa.

Y se acerca hasta las cortinas y las separa para atisbar cuando me dirijo a la cocina a por unas tazas de café que ha aceptado con rapidez.

«La verga… Parece el arenero de mi gato pero en grande. Y eso sí, limpio».

«Mi jardín es un arenero de gato; pero no cago ni meo en él, tío mierda hijoputa» Pienso sintiendo como el veneno de su puta envidia invade mi organismo.

La envidia es malísima para las plantas y los árboles, para los jardines.

Me pregunto si puede ser mala para un desierto.

«Hay arenas y piedras de colores. Precisamente, donde trabajo, al lado hay una tiendita que vende cosas de jardinería, te traeré algo a ver si te gusta».

Otro que tiene fabulosas y buenas ideas, otro que tiene que mejorar lo que no es suyo y dar sus putos consejos e ideas a alguien que apenas conoce. Y eso porque ve un espacio tan grande y tan extraño, que se caga de rabia de la mediocridad que tiene en su casa.

«Tómate el café de mierda y vete, puerco. Tómatelo y vete ya…»

Me costó tanto no decírselo…

No sería la primera vez, ha habido gente que no conocía y he insultado con calma, pero aquí, en el barrio no quiero malos rollos con los vecinos.

«Pues has tenido una buena idea», le miento apretando los puños con ganas de acuchillarle los ojos y cortarle la lengua.

Y la polla.

Después de unos cinco minutos de decir cosas a las que no le presté atención, se marchó.

A los siete meses, el vecino ingenioso y simpático, su mujer, su hija de doce, su hijo de ocho, el pequeño de cinco, su suegro y su madre, murieron asfixiados por un fallo en la evacuación de gases quemados del calentador de agua. Murieron apaciblemente de noche.

Sinceramente, me sentí feliz. Sentí el aire más limpio sin ellos.

He sentido más pena por las flores muertas de mi jardín.

Y compré la casa que nadie quería, al menos nadie que supiera de su historia.

La vacié completamente, la desinfecté, la pinté por dentro y por fuera de un color amarillento semejante a la arena y llené todo el piso de arena, dos palmos de arena en cada habitación y rincón.

Y los fines de semana, como si de un viaje o una expedición se tratara, me meto en mi desierto con un saco de dormir, un libro y un farol de gas. Es más grande que el de mi jardín, más estéril aún y con el inevitable aroma de la muerte en su paredes.

No puedo ver las estrellas del cielo, pero maldita sea la falta que me hace ver algo que ni siquiera sé si existe en estos momentos. Hay estrellas que podrían estar tan muertas como las flores bajo mi desierto, o como la familia que vivía en esta casa.

Y así no hay engaños y este cansancio de cada día, de cada día lo mismo, de cada hora lo mismo; se desvanece entre la arena de este desierto que es obra mía.

A veces me siento tan cansado que desfallezco, cansado por dentro, como si en la cabeza tuviera músculos en lugar de cerebro.

Y soy razonablemente feliz así. Todo lo feliz que mi suerte de mierda me permite ser.

No es poco, es solo mi mérito, soy soledad y soy arena en el desierto, en mi desierto.

Al fin y al cabo, soy un árbol sin frutos, el vegetal más solo y seco del planeta.

Es mi opinión, es mi experiencia.

Es mi eterna tristeza, mía y solo mía, exclusiva, intransferible.

Iconoclasta



Caí hecho mierda por una pendiente sin fin, recorriendo etapas de un infierno cada vez más profundo y absurdo.

Las mil primeras profundidades eran millones de muertos que flotaban difuminados y me acariciaban y extendían las manos para detenerme y que me quedara con ellos, a ninguno le hice caso y seguí cayendo. Las siguientes profundidades o alturas, no sé que eran, nadie me hacía caso, pero los muertos se mordían unos a otros, vivían en un lodo de odio y envidia, seguramente como vivieron. Todos lloraban riendo con la boca torcida, lucían sus carnes rasgadas, heridas sin sangre, carnes rosadas abiertas y las orugas pulsando allí metidas como enormes granos de arroz. Nada que me interesara particularmente.

Al final caí, debieron pasar ciento cincuenta años, o tal vez dos segundos, o tal vez no me moví; pero ciento cincuenta años está bien para mi percepción del tiempo.

Se me rompieron los brazos y las piernas cuando aterricé, al cabo de veinte años se me pudrieron y se desgajaron de mi cuerpo.

Yo deambulaba como lo hacía cuando estaba vivo, sin mirar demasiado, sin que nada me importara más que por un instante. Me arrastraba como un gusano por encima de trozos de cuerpos: extremidades, cabezas, intestinos. Y todos aquellos trozos tenían algo de que lamentarse, los oía a todos, a todos los pedazos y los que estaban enteros.

Yo no me quejaba, solo me lamentaba en mi interior, de que como en vida me ocurría, aquí también tenía que escuchar estupideces que no me incumbían.

El infierno es demasiado ruidoso, parece un mercado de la mierda y la corrupción en fin de semana.

Satanás detuvo mi avance pisándome la cabeza. Y se me escapó la orina por mi desgarrado pene intentando vencerlo para seguir adelante.

Lo último que quería era hablar con un idiota que estuviera de pie, más alto que yo. Soy orgulloso.

A través de sus pezuñas de macho cabrío, en una de las cavernas de las infinitas que habían, se encontraba Cenicienta agachada, espiando por la cerradura de una enorme puerta tosca de madera. Sus dedos sucios de grasa y hollín, se metían en la vulva velluda y sucia, que dejaba escapar continuamente gotas de orina en un suelo de losas de piedra. La puerta se hizo de cristal para quien observaba la escena: se masturbaba llorando desesperada, con frenesí, espiando a sus hermanas que se bañaban felices e inocentes.

A mí me puso cachondo y se me puso dura, me dolió porque el glande estaba gangrenado; pero al dolor, al igual que al desprecio y la indiferencia, te acostumbras con una facilidad pasmosa.

—Vaya vida de mierda has tenido ¿eh?

—Sí, para cagarse en Dios.

—Yo soy un dios.

—Aquí no hay nada que perder. Me cago en ti y en el blanco que dicen que está arriba.

Lanzó una carcajada de milenaria sabiduría y sarcasmo.

No me impresionó. Ni vivo ni muerto recuerdo que haya habido algo que me impresionara demasiado.

Así que continué hablándole, cuando sé que no tengo nada que perder soy especialmente agresivo. Soy digno.

—Tampoco eres para tanto. Me suda lo que me queda de polla que te rías. No voy a reír contigo, a menos que me regales unas piernas y unos brazos para separarme más de toda esta mierda condenada que se lamenta continuamente frente a mis narices.

— ¿Y con qué me pagarías?

—Prestándote atención alguna vez, como si me importara que me hablaras, eso es bueno para tu orgullo. Porque lo cierto es que no tengo brazos ni piernas y me suda la polla lo que te rías, quiero decir que es el menor de mis problemas. No seré amable, no seré paciente y no reiré de mierda porque ni tú, ni dios, ni un bebé de meses me hace puta gracia. No te vayas a creer que he aprendido algo mientras caía en este estercolero.

No respondió, levantó su pezuña hendida y me partió la columna vertebral; quedé inmóvil sin posibilidad de arrastrarme, la cosa empeoró notablemente. Mis ojos solo veían un cráneo aún con carne pegada aleatoriamente (mi olfato no había perdido efectividad, joder) por cuyas cuencas entraban y salían koalas y osos panda en miniatura con trocitos de carne blanca y gelatinosa entre sus garras.

—Hablas poco y mal, Iconoclasta —díjome un tanto irritado.

—Hace mucho tiempo que dejé de hablar, me limito a afirmar o negar. No es conversación, no espero respuesta. Yo digo y otros escuchan, es así de sencillo.

—Dime: ¿Qué crees que te espera?

—Desaparecer evaporarme. De alguna forma, lo malo y los finales los consigo con facilidad. No estaré mucho tiempo aquí —le dije intentando levantar mi cabeza; pero solo conseguí mirar su pezuña moviendo los ojos hacia arriba.

—Eso no va a poder ser, esto es la eternidad.

De repente me sentí cansado, muy cansado y con ganas de cerrar los ojos, pero mis ojos no se querían cerrar, no podía descansarlos y mucho menos dormir.

—¿Me entiendes ahora? ¿Alcanzas a vislumbrar el infierno ahora?

Habían pasado trescientos años desde que me partió la espina dorsal y yo me mantenía en el mismo lugar. Mi único amor me besaba y se clavaba a mi pene acuclillándose sobre mi vientre, cubriéndome con un manto de cariño y humor sexual que yo le devolvía con un semen que se derramaba entre nuestros pubis con los cuerpos tensos por las descargas del placer. Blasfemábamos con cada riada de placer… Cuando yo era joven, cuando ella aún vivía también. Es lo que veía entre las patas de Satanás, en una de las múltiples cavernas, reflejado en negras piedras donde algo se movía inquieto. Yo no podía por menos que llorar.

—Eso  es lo que no volverá, esos recuerdos es lo que acaba con toda posibilidad de esperanza a aquel que se arrastra por este lugar —decía mientras defecaba y sus líquidos excrementos salpicaban mi rostro.

Vomité algo, que me ardió en la garganta y el sabor a óxido de la sangre invadió mi boca. De cabeza para abajo estaba desapareciendo, vomitaba mi cuerpo.

—No te preocupes, siempre habrá algo de ti en el infierno para que puedas seguir sintiéndote enfermo y triste, nunca acabarás de desaparecer del todo.

Llevo tanto tiempo en este lugar que tengo la sensación que no me quedan intestinos, aunque no los necesito, siempre se siente uno mejor con ellos.

Echo de menos caminar.

Satanás ha desaparecido, o desapareció hace doscientos años, no lo sé.

El cielo es de color azul oscuro, la tierra es roja, tan roja como caliente. La piel arde sin piedad. Hay que fijarse en los detalles, en las sórdidas imágenes que decoran el infierno. Sea o bueno o malo, hay que observar y olvidar que la muerte es un fuego que no consume y acaba lentamente con la razón.

Mahoma grita en un idioma que no entiendo, pero está blasfemando contra Alá; sus calzones están sucios de mierda y sangre, los lleva a la altura de las rodillas. Intenta meterse el extremo de una media luna, intenta metérsela toda por el ano; pero no deja de sangrar cada vez que se sienta con fuerza sobre la afilada punta.

Debe haber sesión de videoclips teológico-fetichistas, porque Buda toca el pene de un niño de cinco años y suda copiosamente intentando acariciar su propia picha enterrada en grasa.

—Hay más, es como la pornografía para los humanos: primero ofende, luego excita y al final aburre, porque te das cuenta de que todos la meten igual, todas la chupan igual. El infierno es la amplificación de la vida, simplemente más de lo mismo; pero sin los ratos felices —me dice Satanás en su  periódica visita de cada cien años.

Sigo pensando que hace tan solo unas horas que he muerto.

Intento mirarlo a la cara, pero mi cuello no puede doblarse tanto.

—¿Me puedes sacar esa rata que ha hecho un nido en mi nuca? No puedo rascarme y me da comezón.

—¿Es todo lo que se te ocurre pedir?

Observo sus pezuñas hendidas doblarse y se agacha, toma mi mentón con el dedo índice y me obliga a observar como se come una rata con su quijada de cabra chascando los dientes. Lo cierto es que no me picaba la nuca, el hecho es que no siento absolutamente de boca para abajo. Lo que quiera que quede.

—¿Si te diera extremidades no te gustaría estar con ellos?

Y lleva mi mirada hacia unos escenarios, tan vívidos, que siento los olores, capto hasta las miserias que corren por las venas de todos esos personajes.

Thor sodomiza a Odín con el mango de su martillo. Las valkirias se frotan sus sexos abriendo desmesuradamente sus piernas, coño contra coño. Odín llora de vergüenza cuando Satanás mete su lengua de cabra en su oreja y Thor muestra un pene pequeño y arrugado que no puede usar.

—Eres un astuto, Satanás. Tus hologramas son perfectos, pero posiblemente tan falsos como este infierno y como yo mismo.

—Idiota… —me dice al tiempo que desaparece.

Y ahora escupo mis dientes podridos, estoy tan cansado que no puedo ni alzar el cuello sin sudar, sé que algo corre por mi espalda, algo que me agita. Y hasta mi cara se acerca una abeja grande que empuja su aguijón peligroso contra mi globo ocular derecho. Me dan asco los insectos, me da miedo el dolor que podría provocar. La pezuña de Satanás la aplasta.

—Este mundo es hostil, afortunadamente. Siempre hay algo dispuesto a martirizar. Me debes tu ojo. Entiéndeme, no soy bueno, si pierdes tus ojos, debería conectarme a ti para llenarte de toda esta mierda y tengo demasiado trabajo para perder el tiempo.

Jesucristo está besando la boca de Pilatos, profundamente, con su espalda despellejada por los latigazos, mete la lengua en la boca del romano y ambos se acarician los genitales.

La verdad es que siempre pensé que podría ser así.

Yo tenía un hijo que jamás hubiera pensado como yo, él estaba a gusto con la vida, no era un renegado como yo. Como lo adoraba y lo adoro. Qué suerte que no se pareciera a mí y no hubiera toda esta mierda en su cabeza. Seguramente, a estas alturas está muerto y no está aquí.

Jesucristo está clavado en la cruz, ya muerto. María Magdalena acaricia la avejentada y gris vulva de la virgen María para consolarla de la muerte de su hijo a los pies de la cruz. María gime de placer avergonzada y la orina del nazareno las riega como una ducha dorada.

—Eres un genio, la meada es una obra maestra, cabrón. Eres un figura —grita Satanás entre carcajadas Satanás alzándome en brazos —. Sabía que tenías potencial, cabrón Iconoclasta.

María y Magdalena nos observan con miradas tímidas y avergonzadas, sin poder dejar de tocarse.

En el pesebre de Belén, tras el buey y la mula, María está arrodillada encima de un montón de estiércol haciéndole una mamada a José, que tiene su cabeza entre las manos para marcarle el ritmo.

El buey está excitado y su pene yace entre la paja sucia, cubierta la carne desnuda de garrapatas, la mula lo observa con indiferencia.

El bebé Jesús llora pataleando entre excrementos con su carita sucia. Y se calla y se calma cuando le ofrece oro un rey que pasaba por allí.

Consigo darle algo de interés al infierno, si es verdad lo que dice Satanás.

—Esto es una obra maestra, Iconoclasta. Te voy a dar piernas y brazos, te voy a devolver tu físico. Continuarás aquí por toda la eternidad. Serás el encargado del castigo y mortificación de los que mueren por bondades y creencias religiosas, eres bueno, hijo de puta. Castígalos, que vomiten, que se deshagan en heces viendo su fe convertida en mierda.

Y desde hace mil años ya sonrío. Puedo evocar a mi amor, a mi hijo y algunos momentos que valieron la pena en mi vida sin sentirme perdido, sin la necesidad de consolarme; pero por encima de todo, me siento bien con este trabajo. Nací para morir y caer aquí. Me gustaría ahora que quien en su día me amó, viera lo feliz que soy.

Porque sonrío y la eternidad es mi sorpresa, mi gran triunfo. Valió la pena una vida de mierda para llegar al triunfo total.

Los condenados aúllan, Pinocho se ha encontrado con su creador y le ha metido su enorme nariz en el culo. Los bebés corruptos, se agitan en el suelo como gusanos ante algo que no comprenden pero les hiere: un bautismo con ácido les deforma los rostros. No crecerán jamás, y en los próximos cien mil años, no quedará absolutamente nada de la inocencia con la que murieron.

Sigo con mi trabajo, en la sección de mujeres musulmanas con clítoris extirpados, tengo una sesión maratoniana de sexo con crucifijos y navajas de afeitar.

Y así por toda la eternidad. Mi eternidad, mi mundo, mi paraíso.

Nos veremos aquí, crédulos y santones, os espero con impaciencia, mi imaginación no tiene límites, no se acabará nunca, como vuestro tormento y vergüenza.

Es hora de morir, venid a mí.

Iconoclasta

Son pequeñas bombas que van estallando en mi cabeza. A veces detonan sin causa aparente creando una reacción en cadena. Una triste y melancólica fisión neuro-emotiva.
Es posible que la muerte esté cerca; cuando uno piensa mucho en sus recuerdos, es que se presiente el final. Es un examen de conciencia inevitable que ha de juzgar de si ha valido la pena vivir. Estoy convencido de ello, lo he experimentado, lo he sentido en los que han muerto.
Los duendes del pasado lejano y reciente detonan una mina situada en lo profundo y olvidado del cerebro y un torrente imparable de imágenes y de emociones colapsan mi sistema nervioso.
Pierdo un latido y muero un segundo.
Contengo la respiración porque el torrente de emociones me ahoga, me asfixia deliciosamente, narcóticamente…
Me tiemblan las manos porque las emociones son descargas potentes de nostalgia.
Un solo cigarrillo no basta para diluir en humo todas esas tristes alegrías que han muerto en el tiempo.
Cierro los ojos y los oídos al mundo para revivir aquello, para alargar una mano y tocar las emociones que maltratan mi sistema nervioso. Es desesperante, porque están ahí dentro y no puedo tocarlos, no puedo acariciar a mi hijo bebé, como no puedo dar la mano al hombre joven que fui y que me convirtió en lo que soy.
Me arañaría el cerebro para pringar mis dedos de esas emociones, como los pringo en el coño de quien amo. Mas los recuerdos son cadáveres de luz y color que se mantienen preciosos en mi cabeza, son mis tesoros: intocables y no pueden resucitar. No se les puede aplicar el desfibrilador para que vuelvan a vivir; solo se pueden añorar.
En cada uno de ellos, estoy yo muerto, sonriente y fuerte; mi hijo es un delicioso cadáver de bebé de ojos azules, y un adolescente alto y musculoso en otro instante, los cuerpos de mis recuerdos son hermosos.
Ahora son diferentes, son más bellos y perfectos porque aún están vivos, se pueden tocar y por ello no hay tristeza, solo franca alegría.
Pero malditos recuerdos traicioneros…
Yo quiero morir así: intentando no llorar hacia fuera con esas tristes alegrías pasadas, con toda esa melancolía que me haga olvidar que ya no puedo respirar, que no debo respirar.
Que se pare el corazón en ese instante de triste belleza.
Quiero morir bien, porque he vivido bien. Con tal intensidad que mi pene estará erecto sin saber por qué, pobre pene… Siempre ha sido un buen compañero, aunque sea idiota.
Tengo recuerdos de él, de su primer coito, de la primera mamada, de la primera masturbación, las primeras erecciones, tan extrañas, tan placenteras… Nada de lo que avergonzarse.
Es bueno, no puede hacer daño morir ahora que todo está bien, que el balance es positivo.
Da miedo la vida y apostar por más años y que el inventario pueda dar negativo; no quisiera morir así: triste y sin melancolía. Sin razones para sentirme satisfecho de lo vivido y sentido.
Un viejo video musical golpea como un ariete contra la barrera que pongo a las lágrimas. Me arrastra a evocar momentos felices. Los tristes están allí escondidos, son a prueba de bomba, para que no estropeen lo más hermoso. Mi cerebro es tan eficaz, que lo echaré de menos durante esa fracción de segundo que sabré que estoy muerto.
No quiero soñar, quiero cerrar los ojos escuchando la música y dejarme inundar, hasta sentir que lloro, que mi fortaleza no pueda evitar que las lágrimas salgan al exterior.
No quiero dormir, solo quiero cerrar los ojos y hundirme en mis recuerdos aunque duela, abrazarme a ellos y morir sin darme cuenta, siendo yo aquel, siendo yo un tiempo pasado y ya caduco.
Si sigo viviendo, crearé más recuerdos y no quiero más por hermosos que sean, porque duele la vida pasada, duele la belleza y la alegría que ya murió.
Es una putada, dios. Lo hiciste todo tan mal… Hasta tú te hiciste mal a ti mismo.
Yo soy dios y un tanto crítico conmigo mismo.
La alegría se acumula como el mercurio en el organismo, y los recuerdos anulan el tiempo y la perspectiva, es posible un viaje al pasado. El tiempo se fractura entre el pasado y el presente y crea solo una desconfiada incertidumbre del futuro.
Tengo miedo a esa nostálgica tristeza y a la vez busco el momento del silencio de mediodía cuando la comida se asienta y el organismo se relaja, cuando las defensas mentales se hacen permeables a los sentimientos y las bombas-recuerdos detonan sin piedad en esa preciosa semi inconsciencia de la tarde. No quiero recuerdos que me hacen débil y aún así, alargo la mano para tocarlos y acariciar el pelaje brillante de Bianca, la doberman llorona; de Megan, el gremlim; de Falina, la escapista; de Atila el bravo y desobediente; Demelsa la llorona…
Animales queridos…
La voz de mi padre, potente, perfecta, firme…
La alegría de mi madre, su amor avasallador y su orgullo de que caminara a su lado de pequeño y de viejo.
Ellos ya están muertos, solo hay alegría triste, solo hay momentos de un cariño inenarrable.
Las charlas, las travesuras e ilusiones con mis hermanos en toda su historia: niños, adolescentes, hombres y mujeres…
Esas charlas que no han acabado y hay otras por iniciar. Somos y seremos, pero lo pasado es tan hermosamente nostálgico…
Cuando esos recuerdos se convierten en drama, la melancolía desaparece instantáneamente. Porque mi cerebro es eficaz y no permite el trauma. Solo es un ejercicio, una práctica que me prepara a la muerte; una lección que me enseña a no tener miedo porque todo se ha hecho, porque mi vida está saturada de recuerdos tan bellos que son tristes por su condición de impalpables.
Eternas y orgánicas son las emociones que inocularon en mi sangre.
No me gusta ese momento en el que mi cerebro decide cortar el suministro de nostalgia: sin previo aviso me deja abandonado en el presente, sin siquiera un «hasta luego».
Es hora de morir, o tal vez no, pero no hay miedo. Está todo hecho, he hecho lo que debía, porque no hay nada de lo que me arrepienta.
El vídeo de U2 avanza tierno, mostrando un desfile de alegrías y esperanzas, sincronizando mis emociones mientras Bono canta a la cosa más dulce.
Pero no saben hasta qué punto es dulce, y por lo tanto adictiva.
Como el olor a nafta del gas que sale con un relajante siseo del fogón apagado de la cocina.
Podría fumar si no fuera por el gas, pero es un detalle sin importancia.
Hoy no será efímera: hoy será eterna la felicidad de mi nostalgia, hoy moriré con ellos. Mi cerebro no me arrancará de esa historia mágica que hay en mi pensamiento. Detonaré todas y cada una de las minas de emociones que están sembradas en mi cabeza, con la absoluta tranquilidad de que no volveré al presente y sentir la pérdida de lo que una vez fuimos.
Los cerebros se cansan de crear emociones y acumularlas en el pensamiento, pero gestionarlas es responsabilidad del dueño del cerebro y no sé donde guardarlas ya.
Digo yo que es un aviso para acabar ya con la vida. Y la vida debe ser como el dominó: quien acaba antes sus fichas, gana.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Es imposible no sentir tristeza por lo que una vez viví, por lo que sentí.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Son irrecuperables imágenes. Y ahí radica la profunda tristeza de lo pasado, de lo muerto.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Un beso y un abrazo a mis recuerdos, os quiero y no me arrepiento de haberos creado y atesorado hasta el umbral mismo de la tristeza.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
A vosotros, mis recuerdos, os debo lo que soy, os debo la vida y la felicidad que me causa esta melancolía, porque lo malo quedó desterrado en algún rincón oscuro de la mente.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Soy vuestra creación, mis entrañables recuerdos.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Moriré satisfecho de todo lo que hay en mi cabeza, de todas esas imágenes y emociones.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Fantasmas de seres vivos y muertos, dañaría mi cerebro para poder tocaros.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Ya tengo bastante emociones para la eternidad si existiera.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Si fuera más débil lloraría también por fuera.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Recuerdos: sois mi vida, sois yo, y yo soy vosotros.
¡Oh oh oh, the sweetest thing!
Os quiero con toda mi alma por haberme llenado de vida y vida y vida…
¡Oh oh oh, the swe…


Iconoclasta

De padre a hijo

Publicado: 28 diciembre, 2013 en Terror
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¿No te das cuenta de los pequeños detalles? Esos pequeños pájaros que ayer no estaban, son la prueba de que es un día diferente. No te falla la memoria ni es un sueño.

La muerte marca el tiempo y el tiempo se escurre entre los dedos mientas esperamos. Entre muerte y muerte solo hay un suspiro, una ráfaga de color.

Una rata aplastada y unos pequeños intestinos que parecen de juguete se entrevén a través del humo del tubo de escape de un coche que se aleja veloz buscando más ratas. La muerte y el tiempo, existen, son palpables, se pueden tocar ambos.

Si esos detalles no son perceptibles a tus ojos cansados porque los confundes con una alucinación; ve a un hospital, observa detenidamente a los moribundos, fotografíalos (no pidas permiso para ello, no les preocupa otra cosa más que aspirar otra bocanada de aire). Toma tu tristeza y vuelve a tu madriguera a esconderte de tanta vida y luz.

Imprime las fotos y espera fumando que pasen veinticuatro horas.

Vuelve al hospital y compara las fotos. Verás que esos seres han empeorado y verás también camas vacías donde antes agonizaban.

Verás ataúdes oscuros y blancos con seres dentro. Fotografíalos es un precioso contraste.

¿Ves ahora que los días pasan? No estás maldito, no tendrás jamás esa suerte. La magia no existe.

Confórmate con saber que el tiempo avanza y el semen  que hoy derramas observando toda esa muerte, es distinto del que ayer escupías observando los pajarillos que envenenaste.

No llores más en tu oscuridad, si no crees que el tiempo pasa, cree en la muerte y aférrate a ella como si fuera el caballo que te salvará la vida en un desierto.

No envenenes pájaros, no sigas ahorcando gatos o apaleando perros.

Mientras asesinas niños, la muerte actúa en otros lugares y puedes morir en cualquier momento. No malgastes tiempo y energía.

Ya hay suficiente muerte en el planeta. Tanta como para que puedas eyacular cuatro o cinco veces al día. No hay que desesperar buscándola. Observa a tu alrededor. La ansiedad nubla la visión y esconde detalles de dolor que puedes gozar.

No busques  emociones que no existen en exóticos parajes que tampoco existen. La metafísica del hastío y la monotonía se combaten con la pragmática muerte. La vida es solo un rodeo para evitar la nada.

Todas las células del cuerpo piden vivir y no podemos hacer nada sin un tremendo esfuerzo por dejar de respirar y ese tipo de esfuerzo, está vedado a los fuertes. Solo es para los deprimidos cuyas células también lo están. El suicidio es un cúmulo de debilidades, no tienes esa suerte tampoco.

El suicidio es un azar de emociones, como lo es este planeta creado por una serie de errores y azares.

Así que toma aire, acaríciate las sienes y respira profundamente ante el último aliento de los demás.

Tu degeneración es tu desdicha; pero también marca la diferencia con los otros. Es mejor ser alimaña que vulgar. Es mejor eyacular ante la muerte que en un coño muerto e insípido. Aunque la piel de ese niño aún esté caliente y su sangre aún no se haya coagulado en torno al agujero por el que le has sacado el corazón, estás en un tiempo muerto.

El tiempo pasa mientras otros mueren y no lo gozas.

Debes optimizar los recursos que te ofrece el planeta.

No mates más, porque pierdes el tiempo, solo has de mirar y acariciarte hasta vomitar de placer.

El tiempo y la muerte van tan íntimamente ligados, que la experiencia se convierte en agonía. Todos los recuerdos del mundo son tristes, sean cuales sean.

No se dan cuenta, pero el recuerdo es una muerte, todos…

El tiempo y la muerte es un bebé de dos cabezas.

Tal vez llegue pronto tu muerte, si se diera el caso, excava ya tu propia tumba para que no te entierren junto a ellos. Es importante morir como has vivido: solo y con la mente podrida.

Cava cerca de casa, que te puedas arrastrar al ataúd como el gusano que eres cuando sientas que el corazón se te ha partido, cuando la sangre se mezcla con la orina y vomitas trozos de hígado.

Todos sabemos cuando vamos a morir, arrastra pues tu degeneración y que nadie sepa que un día exististe.

Vamos, hijo, no hagas que me arrepienta de no haberte devorado cuando naciste.

Papá que te ama.

Iconoclasta

No hay drama en la soledad, solo descanso y serenidad.

Soledad no es un país o un lugar, es mi pensamiento sabio que todo lo sabe.

La vida se tuerce sola y lo único recto en mi horizonte es mi pene, directo y firme. Animal sin raciocinio pegado a mí. Me da placer cuando orino y cuando eyaculo.

No pide nada, solo usa la sangre que compartimos.

No quiere saber nada del cerebro, mi polla es una buena compañía. Sin complicaciones.

No os habréis fijado bien, porque lo bueno acabó apenas comenzó. Hay que ser observador: el cáncer y todos los males se activan con el nacimiento, al igual que la muerte.

Mi vida no solo se tuerce, se rompe.

Y mientras se desarrollan los embriones de las enfermedades, las desgracias, la pobreza y los desamores; la peña se cree que es feliz a pesar de la planicie de su vida. Les han enseñado que la ausencia de males y desgracias, es felicidad. Y mejor que lo crean, porque de lo contrario, se deberían suicidar.

Plano es el electrocardiograma de los que están muertos. Lo plano es inactividad, con optimismo podría ser una alucinación que hace pensar que se vive.

La humana mediocridad diaria es el súmmum de lo que obtendrán. Si acaso, sueñan con viajes en los que no conocerán nada.

Somos el reflejo de la vida en el planeta, una mecha chispeante y rápida.

Y todo lo que tocamos, sentimos, y amamos u odiamos está acorde con ello.

Follar son solo unos segundos entre tantos años de mierda.

Hay fetos que sirven de comida a las ratas y las ratas no aportan beneficio alguno. No le veo la gracia. Solo  tiene moraleja: no existe justicia alguna para los que sufren y aún no ha hecho más que comenzar el tormento.

Durará mucho más que un millón de putas mechas.

Los humanos tenemos una imaginación que no lo es, simplemente nacemos locos.

Alucinando…

Lo único que me mantiene en la realidad, lo único tangible es el semen entre mis dedos.

Y es gris…

El semen entre los dedos es placer, no reproducción. Aunque el planeta necesitara una gota de mi leche para seguir con la especie humana, la tiraría por el inodoro.

No es por misantropía, simplemente protejo la soledad, que es lo único real junto con el semen y la tos que me produce el tabaco.

Hay cosas buenas a pesar de todo, aunque duren eso: un puto cigarrillo.

Es algo que todos lo saben…

Porque… ¿lo sabéis verdad?

Tampoco es la cochina novedad del día, simplemente la locura a veces provoca idiocia y eso impide pasar un rato real con el semen entre los dedos, hasta que se seca.

Hasta que evapora.

Auto-ordeñarse no es malo ni bueno, solo necesario.

No puede hacer daño.

Iconoclasta

-Nunca he comprado muertes, jefe.
-Pues sería bueno de probar.
-¿Son muy caras?
-Es un producto barato
hay mucha muerte, cliente.
La encarece la manufactura:
pringa mucho la piel
es tocarla y estremecer.
-No importa, morir no es caro
ni barato. Es decoro.
Me da vergüenza la vida.
-No mata, cliente
es un placer al dente.
Una exquisitez.
-Entonces erré
no quiero delicatessens
que no maten, que no acaben.
Es confuso el nombre
de su lúgubre comercio.
-Pruébela, siempre sorprende
el sabor a muerte prende
es vicio.
Es grata al paladar si
no es la muerte propia.
-Esa muerte tan negra…
La que gotea alquitrán
en el pedestal de la vida…
-Es añeja, alguien sufrió.
Alguien nació prácticamente
muerto.
Muerto, muerto, muerto…
-Debe ser fuerte, picante.
Desmoralizante tanta solera.
-No, cliente mío.
Es tan madura que dulce sabe.
La muerte es miel cuando
de sufrir la vida es el juego.
-¿Y cómo la cocino?
-Hiérvala diez minutos nada más,
en caldo de pollo
sazonada con romero y pena.
Y deje que enfríe.
Luego unos picatostes
como gazpacho de vida
para que suene la muerte
para que cruja
en el paladar y de alegría
a lo negro.
Y diga mierda como brindis.
-¿Me moriré?
-Solo nos mata nuestra
muerte nuestra.
Nuestra, nuestra, nuestra…
-La gente es supersticiosa, cliente.
Algo caprichosa, no saben
que solo nuestra muerte nos acaba.
La muerte ajena es vida
para los demás.
Una alegría para algunos,
si me permite la chanza.
– ¡Qué contradicción!
Filósofo charcutero de muerte
que das vida.
Cortas con guadaña.
-Tiene un gran humor
cliente mío,
más no es contradicción
cuanta más muerte
más espacio, más aire.
-No quisiera morir y favorecer
a quien no es de menester.
-Pues así es;
más no os desaniméis.
Habéis robado espacio
y aire a otros.
Hay un equilibrio.
Equilibrio, equilibrio, equilibrio…
– ¿Y qué me dice de la muerte tierna?
Es casi blanca, una sábana
de recién nacido.
-Es un bouquet muy refinado,
se debe haber comido
mucha muerte mucha
mucha, mucha, mucha…
para encontrarle agrado.
La más amarga de todas.
-Es curioso, cliente mío
que la muerte más tierna
sea la más recia al paladar.
Contradicciones vitae, amigo mío.
-No tengo tiempo para
apreciar muertes,
yo solo buscaba medio kilo
para echármela encima.
La vida me harta.
-Viva un poco más
para probar la muerte.
¿Le gustan las paradojas?
Bromas de buen gusto…
No puede hacer daño,
cliente mío.
-Tengo muerte seca,
pasa bien con un
negro vino divino.
Es tasajo de hombre
quemado al sol,
seco de trabajo
de venas plenas
de sangre en polvo.
Tiene el sabor de
las olivas amargas,
está tostada
sabe rica con ajo
y un poco de perejil fresco.
Más buena que papa frita.
Más buena que la vida
de muchos de cientos.
-Deme un cuarto
y luego veré.
-Aquí tiene, cliente mío.
-Gracias charcutero con guadaña.
-Qué gracioso es, amigo mío.

-Buenos días, charcutero
de muertes muchas.
Quiero más muerte,
la seca me la comí
apenas sin sentir.
-Buenos días, cliente mío.
Ya no tengo más
hasta el martes
a más tardar.
-Siempre se acaba
demasiado pronto lo bueno.
Es hora de morir,
no se preocupe, no es por su muerte
es por mi vida.
-Yo le ayudo, cliente mío,
es lo menos que puedo hacer.
– ¡Era verdad, mi charcutero
del horror!
¡Corta con guadaña!
– ¡Ay cliente mío!
¿Cómo lo sabía?
No me haga reír más,
una guadaña corta sin esfuerzo
y es sanguinariamente romántica.
-No lo sabía, cruel charcutero
siempre he tenido suerte
para acertar lo que duele
y lo que acaba.
-Adiós, cliente mío,
muera usted por fin.
-Gracias charcutero de muertes,
me llevo el buen sabor
a muerte seca.

-Buenos días, charcutero.
-Buenos días clienta mía.
-Este es mi hijo, lo que parí
lo que amo.
-Es un niño hermoso
a pesar de ser calvo.
-No es calvo, señor charcutero,
se lo come el cáncer
tal vez mañana muera.
Y quiero que antes
que la muerte se lo coma,
él muerda la muerte.
– ¿Tiene dulce muerte para él?
Negro charcutero negro.
Negro, negro, negro…
Estamos cansados de lo amargo.
-Toma pequeño que vas a morir,
ésta es muerte añeja
la más dulce, la más esperada.
Es un regalo.
-Gracias charcutero mortal,
gracias por esa negra muerte
que chorrea ahora dulce
por su boca llagada.
Te lo agradezco.
-Clienta mía, cuando
tu hijo muera mañana
ven a verme y te arrancaré
el dolor, la vida, el aire lleno de púas.
Lo haré gratis.
-Vendré mi amigo charcutero,
te lo juro.
-Adiós, que mueras feliz,
pequeño cliente mío.
Dame un abrazo.
-Adiós señor.

Iconoclasta

Infinito…

Eso no existe, es mentira. Todo se acaba.

El que algo se termine más pronto o más tarde depende del placer o dolor que provoque; pero jamás nadie será eterno ni resucitará. Ni hay espíritus o energía en el «otro lado».

No habrá un orgasmo eterno o una eyaculación que provoque una riada que arrastre, ahogue y deje preñadas a miles de mujeres.

Nuestros hijos no serán mejores que nosotros, solo serán más de lo mismo y puede que mueran antes.

No hay nada infinito, ni siquiera el universo lo es. Ni los putos números decimales o la patética lista de números primos que tanto misterio tiene para los más pseudo matemáticos de cerebro ágil y admirable hasta la masturbación.

No se dan cuenta de que algo falla terriblemente cuando le dan un número infinito al perímetro de una circunferencia tan finita y tan pequeña como una pelota de ping-pong. Ese cálculo es una muestra de miedo y de una religiosa y enfermiza fe en lo inacabable.

Es la aberración pura de la cobardía.

Su coño es infinito y mi polla inconmensurable. No te jode…

La circunferencia tiene unas medidas tan limitadas como limitada es la imaginación de millones de seres humanos.

Vuestra vida es finita y con ella el universo y el estúpido número pi. ¡Qué coñazo con π!

Resulta que el número pi tiene algún misterio de mierda y mientras tanto algunos súper inteligentes juegan para desentrañar su misterio, hay niños que mueren de hambre y comidos por las garrapatas sin ningún misterio. O tal vez con el mismo misterio con el que los hombres pederastas revientan a sus niñas-esposas.

Lo infinito tiene misterio, pero que respiren el mismo aire que nosotros una serie de hijos de puta, eso no tiene misterio alguno.

Los números periódicos son solo unos cuantos números que no han de preocupar a nadie. Excepto si eres tan idiota para creer que los podrás seguir calculando en otra vida.

Y los límites de lo «infinito» se encuentran justo en las paredes del ataúd o de la urna donde os embotellen.

Todo ese cuento del infinito es una especie de consuelo para cobardes, una pedante forma intelectual de decir que hay vida en otra dimensión sin recurrir a la superstición (religiones). Los supersticiosos creen en la resurrección y no solo en una vida infinita, sino que además la decoran como un parque de atracciones con sexo gratis.

Menos mal que se mueren las personas, porque no solo sus cuerpos ocupan espacio vital, su pensamiento es agobiante y asfixia.

El amor es finito y es finita la vida de los optimistas.

Los hijos mueren, como los padres.

Y es bueno que ocurra, porque ni en literas de un millón de altura cabríamos en  este pequeñísimo y limitado planeta, ni en la otra dimensión por la cual se accede por un agujero de gusano o por el agujero negro que bien podría ser algo relacionado con un griego (un servicio sexual).

Lo eterno es una forma de explicar la brevedad y lo vano de la vida humana tal y como nos la impusieron los que ahora están finitamente muertos, creyeran en dios o en sus sexos velludos.

Infinito…

Y una mierda.

La vida, las estrellas, los números y las palabras son tan finitas, que provoca náuseas reconocerlo.

El infinito es un concepto meramente romántico. No existe nada sin límites de la misma forma que no existe dios, de la misma forma que el universo es un conjunto de piedras que jamás han tenido o tendrán vida.

De la misma forma que me pudro infinitamente en este planeta de mayoría imbécil.

El infinito es la triste y patética esperanza de una vida demasiado corta para el gusto del vividor.

Iconoclasta

Moriré como un pájaro enfermo o viejo que espera la muerte en lo alto del tejado de una casa. No compartiré nada de mi muerte.

No más compartir, la muerte es mía y solo mía.

Dejaré que el agua de la lluvia arrastre lo que me queda de vida en soledad, con mis plumas desordenadas y apagadas; caóticas de enfermedad, vejez y muerte.

Sin miedo y sin llantos. Ignorándolo todo y a todos como si el resto del mundo estuviera muerto; como si nadie hubiera existido jamás.

Soy único e irrepetible, conmigo muere una especie. Y nadie asistirá a mi muerte para humillarme o arrebatar mi protagonismo en mi propia historia. Que se joda la especie humana, porque no dejaré nada de mí que se pueda aprovechar, ni siquiera el ridículo.

Nadie tendrá la posibilidad de reír mi muerte, cuando se den cuenta, seré plumas enganchadas en el asfalto. Solo eso.

Sueño con ser ese pájaro enfermo bajo la fría lluvia, sin importarle el afilado viento. Por encima de todos muriendo.

Con el cuello plegado sobre el buche para apagarse sin mirar a nada o a nadie.

Iconoclasta

El verano.

 

Es verano, cosa mala para el trabajo.

 

El viento no trae aromas de esperanza y libertad. En las ciudades no hay de eso. No se puede ser poético e histriónico con este tiempo y lugar.

 

La ciudad y sus ciudadanos es todo lo contrario a la libertad, es la síntesis de la ganadería.

 

Es un problema de hacinamiento, el espacio entre las pieles es insuficiente para una existencia relajada. Hace años era más grave, ahora han muerto muchos.

 

El viento corre entre las calles y trae olores de comidas baratas, guisos recalentados y maderas y hierros que se retuercen bajo el sol.

 

El viento llega sucio a azotarme la cara con toda su pestilencia y calor.

 

Lo peor son las voces arrastradas desde las ventanas de los apartamentos: mil expresiones urbanas, intrascendentes y molestas, unas de la televisión, otras salen simplemente de bocas idiotas y acobardadas.

 

Las cosas hermosas se dicen con la voz baja y al oído que amas, como confidencias que el viento no tiene tiempo a arrancarnos y arrastrar.

 

¡Pobre viento! Corre entre las calles sucias y las pieles de hombres y mujeres que no pesan, no importan. Seres que se hacen más notorios muertos. El viento arrastra la Mente infecta como un esclavo las cadenas.

 

No quisiera que murieran, no con este calor y este viento.

 

Arrastro los cadáveres que encuentro para ocultarlos en rincones y portales oscuros donde el viento no pueda entrar y no arrastre la fetidez de los muertos; ni que el sol caliente sus carnes.

 

Una vez los he retirado del sol y el viento, me relajo más para la recogida. Hay que organizarse. Los amontono y apilo siguiendo una ruta para luego cargarlos en la camioneta en un recorrido cómodo y lógico. A veces caen los enfermos con sus ojos casi cubiertos por un velo ponzoñoso delante de mi parachoques y no tengo más remedio que detenerme para recogerlos.

 

Mueren de una infección rápida. Se toman las sienes entre las manos crispadas porque dicen que les parece que les va a estallar la cabeza. No lo dicen, lo gritan desgarradamente.

 

En ese momento de sus lagrimales mana pus sucio de sangre. Cuando han muerto se les escurre también por la nariz y las orejas. Por el culo no les sale nada, lo sé porque durante un tiempo los desnudaba antes de triturarlos. Si no fuera por esos agujeros naturales, estoy seguro de que estallarían las cabezas por presión. No es agradable.

 

Una vez muertos se secan las secreciones como si fueran legañas. Tan duras y afiladas que cortan como filos de sílex tallado por antepasados más idiotas que sus descendientes. Si les abres el cráneo, se derrama perezosamente una baba amarillenta. Tras la infección ahí dentro no queda nada sólido, el cerebro se les hace papilla. Literalmente.

 

La mortandad de la Mente infecta, también conocida como peste china por las legañas y el amarillo del pus que segregan los orificios de la cabeza, es del noventa por ciento de individuos infectados. Yo pertenezco al exclusivo diez por ciento de inmunes.

 

Peste china… “Solo” la llaman así los más ignorantes, el grupo social más nutrido de toda sociedad. Debido su bajo nivel cultural, no saben que significa infecta, posiblemente tampoco sepan lo que es la mente. Mueren muy rápidamente, casi diez segundos antes que los individuos con los que vale la pena hablar. Como tienen menos cerebro, tarda menos en licuarse.

 

Esas bacterias son amigas mías (cosa que me parece bien y agradezco, ya que el enemigo de mi enemigo es mi amigo) y de unos pocos de miles de inmunes como yo repartidos por el planeta.

 

De vivir como un obrero, he pasado a ser un hombre millonario. Tengo adjudicada la concesión de recogida de cadáveres en la vía pública desde hace tres años. El año pasado renové el contrato por cinco años por el triple de precio.

 

No tengo competencia, no hay nadie inmune en varios centenares de kilómetros a la redonda. Tampoco tengo ayuda, no hay inmunes suficientes. Y a pesar de las mascarillas y los trajes herméticos, los contratados mueren en menos de una semana.

 

Los cadáveres infectan a los sanos, mueren familias de hasta diez miembros en menos de dos minutos: tienen esa desagradable costumbre de abrazarse a los muertos. Incluso los besan y les limpian las legañas ensangrentadas que se forman en los ojos de los infectados.

 

Es algo que todo el mundo calla, pero cuando transportas a una víctima de Mente infecta, su cabeza hace un sonido líquido, como una botella medio vacía. A la gente no le gusta saber ni imaginar que cuando mueren, parecen sonajas de agua.

 

Primero era embarazoso, ahora se me escapa la risa y la gente gira avergonzada la cabeza cuando se escucha el ruido de los sesos licuados de sus queridos muertos.

 

Los inmunes vivimos sin que nos maten para usar nuestra sangre porque no hay tiempo para tomar ningún tipo de antibiótico: cuando la cabeza empieza a doler, la muerte llega a los cuarenta segundos, los hay que duran un minuto, pero no es bueno, porque vomitan su propio cerebro y el resto de tiempo que les queda de vida, parecen gallinas dando vueltas sin cabeza.

 

No soy demasiado cruel, creo que hubiera bastado con que todos esos muertos hubieran callado en su momento, no era necesario que murieran; pero lo cierto es que la humanidad no calla jamás y lo mismo que la mixomatosis controla la población de conejos, el planeta necesitaba un control de humanos. Y ahí la Mente infecta cumple su labor con una rapidez informática.

 

Me gustan las marionetas porque son mudas, les encuentro semejanza con los cadáveres “frescos”, porque una vez han pasado veinte minutos ya parecen lo que son: muertos.

 

Hace tiempo, usé el cadáver de una mujer madura de grandes senos para maquillarla como marioneta, le clavé clavos en las manos, muñecas, tobillos, codos y cráneo. Até cuerdas de color negro y las uní a una doble cruz de madera.

 

Le hice una serie de fotos espectaculares. Luego la metí en el triturador sin limpiarla.

 

Soy fuerte, alguien tiene que arrastrar a los muertos en días de viento y sol.

 

Prefiero arrastrar bebés antes que cadáveres adultos, pesan menos. Además, puedo cargar en un solo viaje a tres niños de meses en mis brazos.

 

A pesar de que ya estamos en pleno dos mil cien, muchos familiares meten monedas en mis bolsillos buscando que les proteja con mi inmunidad de una forma mística y mágica.

 

Los hombres y las mujeres son tan cobardes que se aferran a una cochina moneda por evitar el dolor.

 

No queda dignidad.

 

Nunca la hubo.

 

A mí me está bien, gano más dinero que un presidente de una nación (que todos han ido muriendo y ocupan sus puestos los inmunes que más cercanos estaban a ellos). Me gusta sentirme una especie de gurú para ellos.

 

Odio sudar, el mediodía es una lámina de metal ardiendo en mi espalda; pero cada vez que recojo un cadáver y lo cargo en mis hombros, el frescor de la carne muerta da alivio a mi piel y a mi alma.

 

Es al mediodía cuando la gente permanece en sus casas, lo que queda de ozono no es suficiente para proteger la piel desde la una del mediodía hasta las cuatro de la tarde. Estas horas son el toque de queda necesario para los que no mueren por la Muerte infecta.

 

Odio el verano y el viento recalentado. Llevo dieciséis cadáveres recogidos en poco menos de tres horas. A la tarde, cuando la gente vuelva a salir a la calle volverán a contagiarse otros cuantos más.

 

No importa que se pudran en la calle, la gente sabe que estoy solo, son pacientes. Y el olfato se acostumbra con facilidad a la carne podrida, el olor más espantoso que uno pueda imaginar, y que al cabo de dos o tres días, pasa desapercibido.

 

Los insectos mueren también por la Mente infecta, no tengo problemas con esos asquerosos animales.

 

La ciudad está maravillosamente vacía, de cinco millones, en cuatro años se ha pasado a tres millones de habitantes. Ahora, el número de muertes se ha estabilizado y si mueren dos mil al mes, nacen casi los mismos. La gente pasa tantas horas en casa, que folla más que nunca. Se rocían las casas y calles con un antibiótico específico desde hace un año, eso ha evitado la extinción de los humanos en las ciudades.

 

A veces pienso que la voz de muertos y vivos se ha quedado incrustada en las paredes, en el asfalto, en las farolas. El viento de verano trae toda esa basura en los mediodías solitarios.

 

Desde una ventana abierta llega un grito irritante:

 

— ¡Por el amor de Dios…! Me va a estallar la cabeza…

 

Escucho golpes, el sonido inconfundible del cuerpo cayendo al suelo y por fin el silencio. Treinta segundos. Hay vecinos que han bajado el volumen de sus televisores y han callado. Es una especie de homenaje a otro infectado.

 

Miro el cielo insípido y blanquecino en busca de nubes de tormenta, pero no las hay.

 

Anoto la dirección porque tarde o temprano me llamarán para sacar el cadáver de ese apartamento; seguramente cuando el olor a podrido no deje dormir a algún vecino.

 

Tengo hambre, me voy a comer.

 

Cuando me meto en el coche, me quito el abrigo anti radiación y dejo que el frío aire acondicionado me erice la piel. No sé si soy inmune a la pulmonía, pero me suda la polla.

 

El otoño.

 

El sol ya es más suave, su luz satura los colores azules, naranjas, rosas y morados de algunas casas y las hojas de los árboles contrastan con un verde intenso y potente contra el cielo plomizo. Colores polarizados que hacen de la muerte algo hermoso.

 

Fotografío un montón de siete cadáveres que he apilado en una esquina, junto a un árbol que ha dejado caer sus hojas secas en ellos. Es precioso.

 

Hago postales que se venden bien. Se ha hecho tan habitual la muerte en las calles, que la humanidad ha desarrollado simpatía por los cadáveres.

 

Hace poco más de dos siglos se puso de moda fotografiar a los muertos. Yo he reavivado esa costumbre.

 

Algunos buscan a sus muertos casi con ilusión entre la colección que les dejo ver y cuando parecen reconocer a algún familiar o amigo saltan de alegría y me entregan el dinero. Y el doble me darían si lo pidiera.

 

El olor de las carnes muertas se disimula con el de las hojas húmedas en los alcorques de los árboles y los grandes jardines. Trabajo en manga corta, con una deliciosa sensación de frescor. A veces me siento a fumar en los bancos de los jardines observando la cara crispada por el dolor del cadáver. Tomo su cartera y divago con su identificación quién sería y qué tipo de vida llevaría. Imagino su estilo al tomarse las sienes al morir.

 

A menudo me entrevistan en programas de televisión, el verano pasado me llamaron de un programa nocturno. El periodista y conductor del programa, es inmune como yo. Todos los puestos de relevancia están ocupados por inmunes.

 

— Nos encontramos con el recolector de cadáveres Neandro Expósito —anunció a la cámara como si fuera el puto delantero centro de un equipo de fútbol.

 

—Neandro: ¿Crees que ya ha empezado a retroceder la Mente infecta en estos últimos meses, tal y como asegura con sus cifras el ministerio de Sanidad? —me preguntó el presentador Oriol Artés.

 

Yo iba vestido con vaqueros y camiseta, él llevaba un traje de terciopelo auzl de la década de mil novecientos sesenta con una camisa con chorreras en pecho y puños. Me recordaba al detective de aquellas viejas películas: Austin Powers. Su mirada iba siempre hacia mi anillo de oro, una calavera con los ojos de rubí y un gran diamante en la frente.

 

—En absoluto, lleva ya casi dos años matando a un número aproximado de gente, no ha disminuido notablemente.

 

— ¿Cuántos trituras por semana?

 

—Entre doscientos cincuenta y trescientos.

 

—Y además encuentras tiempo para cultivar tu gran afición: la fotografía.

 

—Es una afición que nació con mi trabajo de recogida de cadáveres. Lo cierto es que antes de la Mente infecta, la fotografía no tenía ningún interés para mí.

 

A continuación hubo una pausa para mostrar un breve documental de mi obra. Mientras tanto me saludó informalmente.

 

— ¡Cuánto tiempo sin vernos! No pasan los años para ti. Parece que tienes aún treinta y cinco.

 

Nos conocimos hace veinte años. Ambos éramos operarios eléctricos, asistíamos a un curso de programación de autómatas.

 

No deja de ser una broma que los obreros alcanzaran el poder de una forma tan sencilla. Los poderosos morían aferrándose las sienes y unos pocos obreros fuimos más fuertes. Tal vez no fuera casualidad, tal vez la genética de hombres fuertes y de acción estaba predispuesta a que superara a los ricachos y poderosos con demasiada suerte.

 

—Pues ya voy a por los cincuenta y seis. Debe ser porque me paso muchas horas en las cámaras de trituración, el frío conserva bien la piel —le contesté con mi cínico humor negro.

 

La verdad es que sentía tenía tener setenta.

 

Él se había operado hasta el asco y daba la impresión de ser una caricatura de si mismo con una piel plástica. Indisimuladamente artificial.

 

Acabó el pase documentado de mis fotografías y volvió a la entrevista.

 

— ¿Crees que al fin se encontrará algún remedio rápido a la Mente infecta?

 

— Seguramente que sí, aunque no sé si lo hallarán antes de que se extinga la humanidad.

 

Mi respuesta no le agradó e improvisó una patética carcajada, mirándome con ira.

 

— Ahora en serio —corregí para evitarle un infarto—, las medidas profilácticas funcionan mucho mejor que hace tres años, tengo la esperanza de que pronto pueda jubilarme y dejar este trabajo.

 

Fue una entrevista aburrida y demasiado larga, un lucimiento para Oriol y sus chistes sin gracia para un público inexistente. Él es el dueño de la cadena de televisión.

 

Dejo la cartera sobre el cadáver después de haber sacado el dinero, no soy maniático, aunque la ley dice que he de triturar toda la ropa y objetos del contaminado.

 

Yo soy la ley, mi dinero y mi inmunidad lo dicen.

 

Como hay tanta cantidad de cadáveres, la incineración provocaría una alta contaminación, así que trituro en enormes rodillos dentados los cadáveres, y ese repugnante puré humano se vuelca en una solución ácida durante cuarenta y ocho horas, luego se trata a altas presiones para convertirlo en fertilizante y combustible. Yo me limito a llenar bidones de carne, huesos y ropa. Es otra empresa la que hace los restantes tratamientos, que ya no son tan peligrosos, puesto que los bidones sellados, los abren y vuelcan en la solución ácida los autómatas de la planta.

 

El sol se oculta lentamente y la franja plomiza avanza por la claridad como si fuera la Mente infecta de la atmósfera. Una ligera brisa hace crujir las hojas muertas.

 

El cadáver no cruje, solo se le mueve el cabello.

 

El otoño es bellamente deprimente, los que mueren y la naturaleza están en sintonía: la tierra desprende un húmedo olor a humus, parece rendir homenaje a los muertos. Es la época del año más hermosa haya muertos o no.

 

El otoño anticipa melancólicamente un ligero letargo de la Mente infecta, como un amigo que se va por algún tiempo.

 

El invierno.

 

El invierno es demasiado frío, no permite relajarse en la calle, aunque sigue siendo un millar de veces mejor que el verano.

 

Los colores son demasiado crudos o fríos. Se mueren los matices entre las heladas partículas de aire.

 

Los muertos ganan rigidez rápidamente y se hace difícil manipularlos.

 

Asocio el invierno con la esterilidad: los cadáveres huelen menos y la Mente infecta reduce su actividad, cosa que me asusta porque no sé que haría sin esa plaga. No podría volver a aquella mediocridad.

 

Tengo miedo de que un día, tal como apareció, se marche como una amante despechada.

 

La trituradora hace otro ruido, funciona más forzada y me duele la cabeza más a menudo.

 

Cuando me duele la cabeza, me preocupa. Me hace pensar en qué hubiera sido de mí sino hubiera sido inmune. No quiero dejar de serlo.

 

Incluso los que mueren en invierno, lo hacen más lentamente, tardan casi un minuto en deshacerse los sesos.

 

Por eso llevo un martillo colgado de mi cinturón. Cuando me encuentro con un infectado, le ahorro la agonía destrozándole el cráneo de un martillazo. No lo hago por filantropía, es por mí, porque me irritan sus gritos.

 

Me estaba limpiando el pus que me salpicó aquel infectado.

 

—Ojalá el día que me infecte, esté usted cerca para ahorrarme la agonía —me dijo un adolescente que observó como golpeé la cabeza de aquel hombre, aferrándome con un cordial apretón el brazo.

 

No olvidaré nunca aquellas palabras, estaba nevando y eran las cinco de la tarde, en la calle solo estábamos yo, el cadáver y el joven.

 

Pensé con cinismo: ¿Y ahora caminará por encima del agua?

 

Qué hijoputa soy.

 

Apenas tendría dieciséis años; pero su voz parecía la de un hombre ya mayor. El vapor que se escapaba de sus labios al hablar le daba un aura mística.

 

No le respondí, no tenía nada que decir; pero sentí que me apreciaba. Lo sentí como si una guja se clavara en mi corazón.

 

Una fría aguja de invierno, si existiera tal cosa.

 

Al instante sentí una especie de remordimiento porque no supe sacar de mí esa simpatía que él me transmitió.

 

Se acuclilló ante el cadáver, pasó los dedos pálidos de frío por los ojos legañosos y se los metió en la boca.

 

En diez segundos se llevó la mano a las sienes y sus gritos eran los de un joven cualquiera.

 

Le destrocé el cráneo al instante, hundí el hierro en su frente y plegándose sobre las rodillas murió antes de tocar el suelo con sus nalgas.

 

Hay gente que se cansa de ver tanta muerte, tanto dolor. Yo no.

 

Era un chico valiente. A veces me sabe mal que alguien muera.

 

—Lo siento amigo —dije cargándolo en mi hombro y arrastrando el otro cuerpo más frío por un pie hacia la camioneta.

 

No soy especialmente cursi; pero a finales del invierno, me encuentro esperando con impaciencia la llegada de la primavera. O mejor aún, sueño con que el planeta gira al revés y vuelve a ser el otoño pasado.

 

Llevé al adolescente al asiento del conductor y lo senté con las manos al volante, giré su cabeza hacia la ventanilla para que se vieran con claridad sus ojos legañosos y su juventud para fotografiarlo. Luego lo metí en el furgón con los demás.

 

Los cadáveres con este frío no desprenden su característica baba fluida, se les queda la boca llena, como si no acabara de gustarles la gelatina. Cuando los fotografío así, me recuerdan a deficientes mentales. La Mente infecta no se conforma con despojarlos de la vida, les arrebata la dignidad.

 

Aún así, me siento orgulloso de las imágenes que capto.

 

La primavera.

 

La considero como un otoño estridente, demasiado ruidosa de luz y sonido; pero preferible al invierno.

 

Hace once años que murió oficialmente la primera víctima de la Mente infecta.

 

La tarde de aquel sábado estaba follando en la mesa del comedor con Marisol, mi esposa. Nuestras hijas adolescentes, Liz de diecisiete y Nicole de quince años, se habían ido al cine con sus amigas.

 

Yo pienso que mis hijas y mi esposa debieron de ser las primeras víctimas oficiales de aquel día; pero no me interesa ese honor.

 

Yo pensé que estaba llegando al clímax cuando se llevó las manos a las sienes y sus muslos se abrieron más dejando ver con toda claridad mi pene hundido en su vagina. Aceleré mi ritmo para eyacular. Cuando gritó a pleno pulmón que le iba a reventar la cabeza, comencé a eyacular brutalmente excitado por la intensidad de su orgasmo.

 

Y cuando se formaron por fin las lágrimas de pus en sus ojos y quedó inmóvil, me separé horrorizado de ella dejando caer gotas de semen en la mesa. El mismo semen que su vagina inerte dejaba escurrir como si lo rechazara. Como si ya no fuera necesario.

 

Mis dos hijas se infectaron tan pronto como llegaron a casa. No se conocía la Mente infecta aún y la ambulancia no se dio demasiada prisa para llegar.

 

Cuando llegaron del cine Liz y Nicole, se cruzaron con el cuerpo de su madre, lloraron a gritos en el portal de la casa. Cuando entraron en el apartamento, se llevaron las manos a las sienes ante mí y murieron sin que las pudiera abrazar.

 

Allí entendí que esa puta bacteria era como un dios: te jode todo lo que puede, luego te dice que te ama y te da algún regalo. Como hacemos con los perros.

 

La primavera evoca con serenidad y contundencia recuerdos dolorosos enredados entre el perfume de las flores y en las patas de los insectos zumbando nerviosos e insistentes entre la flora de los parques y las macetas de las ventanas.

 

Perfuma el aire mezclándose con la podredumbre de los cadáveres más que ninguna estación, pero no me gusta esa mezcla, me provoca náuseas.

 

Cuando no trabajo me entrego a excesos como la prostitución, el juego o la compra de seres humanos sanos para mi servicio. Tengo tanto dinero que no sé que hacer con él. Me acuesto con mujeres a las que infecto para poder repetir aquella última cópula con mi mujer. Me masturbo evocando aquel momento.

 

No quiero que acabe, no quiero que la gente deje de morir, no quiero dejar de recolectar muertos. Es mi poder, es mi vida, mi triunfo.

 

Sin la Mente infecta, acabaré abandonado a recuerdos aciagos. Mi vida no tendría sentido, no se diferenciaría de ninguna otra.

 

Y he de preservar mi estatus.

 

Sí que hay una tendencia a la baja en cuanto a infectados; el ministerio de sanidad tiene razón. Cuando eso ocurre, derramo la carne triturada de los cadáveres en estratégicos rincones durante mi recorrido por la ciudad.

 

Levanto un cadáver y mancho suelos, paredes y árboles con carne ensangrentada disimuladamente.

 

En esas temporadas en las que la infección parece retirarse, me muevo por la ciudad con las manos sucias, rozando personas y animales con ellas. Tocando vasos y tenedores en las mesas vacías de los restaurantes.

 

La Mente infecta no desaparecerá jamás si yo puedo evitarlo.

 

Mató lo que amé a cambio de darme el poder y una vida diferente.

 

El diablo (si existe) compró mi alma (si tenía) sin mi consentimiento, ergo soy su esclavo y el verano es una mierda.

Iconoclasta