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No es cansancio, todo funciona bien, como debería. Mi cuerpo tiene fuerza.

Lo que ocurre es que es un lugar hostil, solo para muy fuertes; el aire es como plomo que duele al invadir mis grandes pulmones y sabe agrio.

Mi pene está repleto de venas varicosas por el esfuerzo que representa mantener una erección en este lugar. Entierro mis dedos en el lacio vello del monte de Venus de la mujer de ojos rasgados y acaricio su clítoris enorme, que se mueve al ritmo con el que la penetro. Los labios de su coño, gordos y oscuros, envuelven mi polla y acarician mis testículos con cada embestida. El ano se dilata esperando que lo llene también.

Sus pezones erizados son tan pequeños como sus pechos que se agitan como gelatina en un vaso, conteniéndose a duras penas en su cuerpo.

Estoy en un mundo donde sobrevivo porque soy casi un dios, soy un héroe con una fuerza descomunal, donde los humanos vulgares mueren aplastados por el peso de la atmósfera. Le he pagado a la puta diez osmons por el polvo. Los héroes necesitamos follar también.

Tal vez sí que sea cansancio.

No importa demasiado lo que es. No hay que pensarlo tanto, no hay misterio ni una pesada atmósfera, solo quería buscar algo de fantasía a este aire vulgar que durante tantos años he respirado y ahora me descubre unas manchas de sangre en el pañuelo cuando toso.

Se trata de la vejez, los músculos tienen ya una edad y si el cuerpo envejece, el pensamiento también. El cerebro se calcifica, se seca y las ideas se rompen como cristal entre las paredes del cráneo.

Es una lenta desintegración y denigración.

Y tiene importancia.

Aquello que se veía lejano, ya ha llegado.

Mi nieta recibe mi pene con gritos de placer, y mis conductos seminales ya viejos, me escuecen cuando el semen los llena, aún así espero y disfruto el momento cuando me derramo.

Es una adolescente hermosa, no es oriental; pero aún le han de crecer más las tetas. Y rasurarse el vello del coño, aunque me gustan sus labios mayores peludos; hacen una caricia extra a mi polla. Es gerontofílica; pero folla bien a pesar de su problema mental. Mi hijo, aún no sabe que su hija me la chupa; pero es igual, es tiempo de morir. Seguramente, cuando se entere estaré muerto desde hace meses.

Se me escapa un gemido de placer cuando eyaculo. Un gemido que parece que me arranca los pulmones y la flema sube a mi garganta creando extraños gorgoritos y silbidos.

Ella se corre y acaricia con infantil torpeza un clítoris rosado del tamaño de una perla. Sus dedos aún parecen de niña…

Estoy orgulloso de lo bien que funciono, como se adapta el pensamiento a la vejez. Hay ausencia total de miedo a morir.

Y a otras cosas.

Estoy bien programado para afrontar la muerte.

No soy un héroe; pero hago lo que puedo en este miserable planeta.

Iconoclasta

Dos años que han pasado en un abrir y cerrar de ojos.

Dos años de un dulce morir.

El tiempo es así de hijo de puta: si estás dos veces bien, pasa cuatro veces más rápido; pero si vive en una pesadilla en lo que todo es gris, los segundos se convierten en minutos y las horas en días.

No sé que pensar, puede ser que mi esposa sea extraterrestre y tenga un arma especial para regular la velocidad del tiempo y yo sea su sujeto de experimentación. Me somete a su tiempo.

Ella rige con su belleza y voluptuosidad el ritmo de mi vida.

Hace girar las manecillas de mi reloj a velocidad de escape de la atmósfera, en una aceleración que acorta el tiempo, que me lanza veloz hacia mi tumba con una velocidad sin freno.

Mi semen en el espacio es una ráfaga láctea que se mueve a la velocidad de los cometas. Mis cojones me duelen cuando eyaculo así, y quiero que duelan. Necesito el dolor del amor.

Y no me importa envejecer más rápidamente, es algo, un precio que pago gustoso.

¿Pero qué haré cuando al morir, en el último hálito de mi vida, sea consciente que mi tiempo a su lado se ha acabado?

¿Es posible que Yahveh insufle, como a Adán, en mi nariz la vida para que pueda seguir con ella? Jodiéndola y cagándome en él, el creador; con el placentero dolor que hace que mis cojones parezcan comprimirse sobre si mismos al derramar mi leche sacra en su coño insondable.

Dios no existe, solo ella. Son elucubraciones de mi mente enferma, como la de todos los creyentes que tienen miedo a morir.

Yo tengo miedo a dejar de follarla. Soy más valiente.

Tengo mucho miedo de que esa fracción de segundo, ese paso impreciso entre el último latido y la muerte íntegra, se convierta en otra vida, en una mierda de vida.

Los segundos, cuando mi amor está ausente, pasan obsesivamente lentos.

Tengo miedo del momento en que será definitivo. ¿Seré un no-muerto durante siglos? Porque el corazón tardará en detenerse mil putos años sin ella.

No quiero morir lentamente, no he de tener tiempo a pensar que con la muerte, dejaré de estar con ella para siempre.

No me queda más que pedirle a cosas en las que no creo, que tengan piedad de mí y en el momento de palmarla, mi cerebro estalle y sea incapaz de razonar. Que no sepa que voy a estar sin ella.

¡Dos años…! ¡Qué rápidos!

Me han parecido tres meses, es vertiginoso amarla.

Aferrarse a ella no es solución, todo lo contrario. Acelera el proceso de mi partida, de mi deterioro, de mi decadencia, de mi vejez. Ergo muero más rápido.

Es una paradoja que me enloquece.

Un problema preocupante; por decir poco, por decir lo mínimo.

No tengo opción: soy un suicida y se la meto aunque pierda un año de vida. Me derramo en su coño al precio de una vejez prematura.

Abrazo y me follo a mi muerteamor desgarrando sus labios (los de arriba y los de abajo) con la rabia de mi deseo.

Y ahora he de seguir muriendo rápidamente, ella está conmigo y el futuro está aquí, mirándome con un saco de muerte en su espalda. Con una soledad cósmica, si no muero lo suficientemente rápido.

No necesito artes adivinatorias para saber mi futuro, necesito un tiro certero en el paladar.

Que alguien, llegado el momento, destroce con un martillo o con un disparo a bocajarro mi cerebro cuando mi semen rezume por su coño, porque ese será el único momento en el que no pensaré que me quedaré sin ella al morir. No pienso que me voy a morir cuando de su vagina mana mi leche.

No quiero un purgatorio de una eterna fracción de segundo alojado en el último latido de mi corazón.

No quiero pensar, solo quiero amarla a costa del tiempo, de mi vida.

Para Aragón, mis segundos más veloces, mi tiempo sin freno.

Iconoclasta

El pene asoma fláccido por el agujero de una pared, una mampara de madera pintada de vivos colores azules, rojos, amarillos y verdes con multitud de pequeños penes en las más diversas posiciones, algunos con sonrisas y otros con pequeños pies. Una niña lo acaricia hasta que se agita por un momento, tiene quince segundos para conseguir la erección; unos electrodos insertados en la base del pene transmiten la intensidad de placer a un ordenador y éste lo traduce a señales eléctricas que van a un enorme marcador de luces verticales, vistosas e intermitentes en la tarima, frente al público.

La gente asiste al espectáculo como las polillas a la luz de una farola. Muchos se deciden a pasar por la taquilla para comprar un boleto, mientras una multitud de críos ríen, gritan y lloran a sus padres por encima de la megafonía porque quieren probar suerte y llevarse el importante premio.

La niña de unos seis años va vestida con un pantalón rosa y suéter de cuello alto de piel roja con un reno navideño en el pecho. Calza botas altas de color rojo y lazos de navidad en la caña. Hace unos instantes estaba nerviosa y ansiosa por acariciar ese trozo de carne que cuelga de la pared, su madre la ha animado y aconsejado que sea cuidadosa para que el pene se ponga erecto y se enciendan las luces de premio.

—No lo agites bruscamente, no tengas prisa. ¿Ves esa piel que cuelga un poquito? Ténsala hacia atrás y verás como se agita para hacerse más grande, dura y gorda.

Y así la niña ha acariciado con cuidado el pene y torpemente ha retirado un par de veces el prepucio para descubrir el glande.

Transcurre el tiempo sin conseguir la erección y el feriante la separa amablemente del pene; el marcador indica que ha logrado dar un bajo nivel de placer. Solo se han encendido las luces azules. El máximo son las rojas, que cuando se muestran intermitentes indican eyaculación.

La madre dice “¡Oh!” con fingida tristeza y sube a la tarima a buscarla.

—Lo has hecho muy bien, niñita, vuelve a probar suerte de nuevo y es posible que te lleves el implante ocular para juegos virtuales —dice a través del micro el dueño de la atracción.

La niña sonríe y la madre la conduce a la taquilla de nuevo.

Los transductores en la base del pene, al otro lado de la pared aún registran ondas de un ligero placer, por ello las luces del marcador siguen azules.

— ¡Que pase el siguiente jugador! Y recuerden que el certificado de sanidad y su vigencia pueden verlo justo encima del pene. No hay ningún problema, nuestros mongoles transgénicos son especialmente seleccionados y criados. Higiene y profilaxis garantizada. ¡Vamos, papás, mamás, niños y niñas, el placer está ahí aún, aprovechad para elevarlo!

— ¿Quién conseguirá la erección? ¿Quién conseguirá el mayor premio con la eyaculación? —sigue el feriante animando a la gente que observa el espectáculo desde el suelo embarrado que cubre todo el terreno donde se asienta la feria ambulante.

El pene pertenece a un joven SD (síndrome de Down o trisonomía 21), que se mantiene quieto porque por su espalda pasan unas cintas anchas de cuero que lo aplastan contra la madera. Está desnudo, babea y sus ojos idiotas miran sin interés la madera basta contra la que se aprieta su carne, mientras percibe emociones de placer que llegan con más o menos fuerza a su cerebro. Es un individuo de unos diecisiete o dieciocho años, rechoncho y macizo. Sus nalgas átonas se contraen cuando su pene transmite algún gozo que podría venir de una simple corriente de aire fresco. Los transductores adheridos en la base del pene, tocando el rasurado pubis miden los impulsos eléctricos para ser monitorizados en el luminoso de la atracción.

Son las navidades del 2020 y la gente está alegre, la crisis a nivel mundial ha comenzado a superarse y hay una euforia que hace años no se percibía por estas fechas.

Hace tres años se consiguió clonar y modificar transgénicamente a los mongoles (ya nadie los llama síndrome de Down, han vuelto a ser llamados mongoles debido a su gran popularidad por el Córrete-Córrete, el juego de erecciones y eyaculaciones). Tras unos meses de intenso debate político y social y manifestaciones más o menos violentas, la gente aceptó a estos seres creados para formar parte de un juego barato que ayudaría a elevar el ánimo del populacho.

Unos nueve meses antes de la aparición del Córrete-Córrete, se usaron jóvenes latinos presos en reformatorios (los negros solo se pueden ver ahora esclavizados en las minas de diamantes y los chinos trabajan exclusivamente en circos donde mueren muy jóvenes por los arriesgados espectáculos que llevan a cabo) para que pelearan a muerte entre ellos en circos ambulantes; pero la gente sumida en una profunda depresión no encontró que este espectáculo tipo gladiador, lo entretuviera suficiente , ya que la violencia resultaba aburrida por el exceso cotidiano y además era más caro.

Se impuso el silencio imbécil de los mongoles transgénicos y el morbo de sus grandes penes, que sumado a los avances de la sanidad, no ofrecían riesgo alguno de enfermedad. De hecho, la parte final de la atracción requiere hacer una felación para asegurarse el premio.

Sus penes miden diez centímetros en reposo y unos tres centímetros de diámetro. Cuando alcanzan la erección, llegan a los diecisiete centímetros y unos siete de diámetros. El agujero en la pared es un poco más pequeño que el pene erecto para que corte ligeramente la circulación sanguínea durante la erección y sea más llamativo. Cuando la erección es potente, el glande vira al color cárdeno y palpita con fuerza.

— ¿Qué edad tienes? —le pregunta el feriante al niño que acaba de subir a la tarima con dos boletos en la mano.

— Once años.

— Y llevas dos boletos… Estás decidido a llevarte el premio ¿eh?

El niño afirma vehementemente con la cabeza mirando a su padre entre el público.

— Pues adelante con tus treinta segundos y mucha suerte.

Un zumbador suena y el niño toma el pene fláccido con su puño y comienza a agitarlo, de arriba abajo con fuerza. El marcador de placer sube dos luces y se sitúa en el amarillo. Un zumbido indica que han transcurrido los primeros quince segundos. El tamaño del pene ha crecido ya visiblemente y el puño del niño apenas lo puede rodear, necesita las dos manos, que se han cerrado con fuerza. Con semejante rigidez ya puede masturbar el pene con un movimiento de vaivén.

El padre aplaude con fuerza dándole ánimos.

—No te canses, chaval, el idiota ya es tuyo —grita alguien del público.

El desagradable sonido del zumbador indica que se ha agotado el tiempo y el niño baja desanimado los cuatro escalones de la tarima para reunirse con su padre.

Las cuatro luces amarillas se han iluminado y se mantienen en el límite de la primera roja. El próximo que pruebe suerte es muy posible que se lleve el premio.

El cuidador de los mongoles de la atracción se acerca al ordenador y observa los datos: indica que con dos tandas de quince segundos, llegará la erección total. El dueño de la atracción le ha dado instrucciones para que la erección se retrase lo suficiente para que suban al menos diez clientes por mongol. Del cajón de la mesa del ordenador saca una jeringuilla y separando el pubis del mongol de la madera con una barra de hierro, le inyecta brutalmente en el pene un retardador eréctil especialmente diseñado para estos seres, su erección actual no bajará; pero se mantendrá en el mismo estado por unos diez minutos más. El joven ni siquiera parpadea a pesar de lo dolorosa que es la punción.

Genéticamente han sido diseñados para no sentir dolor ni placer (un requerimiento de la OMS para que en su momento aprobara el uso de estos seres para la atracción), su respuesta eréctil es casi puramente vascular.

— Ánimo idiota, dentro de diez minutos puedes soltar tu carga; pero ahora tranquilo —le dice en voz baja dándole una fuerte palmada en la nuca que hace que la nariz se estrelle contra la pared provocándole una hemorragia.

El idiota ni siquiera se mueve por el golpe y sigue manchando de baba la madera.

Bajo el suelo de la atracción hay una jaula con diecisiete mongoles apiñados entre sí. Si intentaran moverse, no tendrían espacio para alzar los brazos. El cuidador los rocía con agua; alguno que posiblemente es defectuoso, se lamenta con una especie de berrido por la frialdad del agua.

Mientras tanto, dos niños y una niña han subido a la atracción sin llevarse el premio.

Dentro de un par de horas, la gente se irá a sus casas a celebrar la Nochebuena y todos ambicionan poder llegar con el premio. En la taquilla hay una cola de más de treinta personas.

Un hombre de unos treinta y pocos años sube a la atracción.

— Y aquí tenemos un papá que va a probar suerte para su bebé… —grita por el micrófono el feriante.

El hombre saluda a una mujer que tiene a un niño de dos años en los brazos y se arrodilla frente al pene.

— ¡Ah, no! No puede usar la boca hasta que la erección sea completa, lo siento señor. Son las reglas.

Hay gente que exclama decepción entre el público, la parte del espectáculo donde chupan el bálano del imbécil es la más esperada.

Se pone en pie, y suena la señal de inicio. Aferra el pene cubriendo el glande completamente y con gran velocidad imprime el movimiento de vaivén. En diez segundos el pene ha adquirido toda su dureza y se han encendido las cuatro luces rojas.

— Ya tenemos al ganador del premio a la erección —anuncia el feriante haciendo entrega al hombre de un implante ocular.

La gente aplaude y silba.

Ante el durísimo masaje, el mongol, al otro lado de la pared ha detenido su respiración y sus puños se han cerrado con fuerza en un movimiento reflejo.

Desde el suelo enlodado frente a la atracción pasa desapercibida la sangre que cae del pene; el frenillo del prepucio se ha rasgado por la fuerza de la masturbación. El dueño de la atracción lo limpia con un pañuelo de papel.

—Ante todo limpieza. ¡Que suba el siguiente! Y veo que ya se puede practicar la felación —grita mostrando un condón al público.

La primera niña vuelve otra vez a subir a la atracción.

— Vamos a ver si esta belleza de niña se lleva por fin el premio gigante.

— ¡Con la boca, Dori! —grita la madre entre el público.

— Lo quiero hacer con la boca —dice con timidez la niña.

— ¡Qué niña tan atrevida! Pues que sea con la boca —responde el dueño de la atracción entre los aplausos del público.

El hombre rasga con los dientes el envoltorio del condón y sujeta con una mano el pene que está duro y parcialmente estrangulado en el agujero de la pared, el prepucio se ha retraído y el glande asoma amoratado, congestionado de sangre. El meato se encuentra entreabierto como la cuenca vacía de un ojo. En pocos segundos, el pene queda revestido por una capa de color púrpura que se agita con breves espasmos por la fuerza de la presión sanguínea que lo llena.

La pequeña Dori se arrodilla pero así no llega con la boca al pene, el feriante coloca un sucio cojín para que gane altura.

Suena el zumbido de inicio de tiempo y la gente rompe a gritar lo que más espera de la atracción: “Córrete-Córrete”.

La niña abre la boca todo lo que puede para poder meterse ese pene que apenas le entra. Respira a duras penas por la nariz moviendo la cabeza para provocar la fricción del pene contra sus labios, tal y como ha visto que mamá hace con papá.

La gente ríe y aplaude:

— ¡Córrete-Córrete! ¡Córrete-Córrete! —la gente no cesa de corear al ritmo de la mamada que la niña está haciendo con esa gracia infantil.

El mongol encoge los labios presionando la cabeza contra la pared, su impulso natural es penetrar más profundamente, por ello sus nalgas se contraen con fuerza e intenta empujar.

Respira entrecortadamente provocando un sonido asmático producto de sus deficientes pulmones, los labios se han azulado por la falta de una buena circulación sanguínea, ya que el corazón de estos transgénicos es débil y defectuoso.

La boca de Dori es tan pequeña, que el roce es realmente recio contra el paladar, y los dientes. La estimulación es tremenda. No tardan los conductos seminales en llenarse con un semen que sale a presión por el meato. El mongol golpea su cabeza contra la pared sin saber por qué.

Las luces empiezan a parpadear lentamente, quedan apenas dos segundos de tiempo, cuando el semen hincha el depósito del condón, la niña lo siente en la lengua como algo más blando y padece una pequeña náusea. La gente aplaude a sus espaldas: las luces rojas se han encendido parpadeando rápidamente y unos coros con música festiva anuncian por la megafonía: “Se ha corrido, se ha corrido”.

— ¡Ya tenemos a la ganadora!

El feriante le entrega a la niña una gran caja: es un módulo cerebral para videojuegos, con conexión directa al sistema nervioso.

La madre sube saltando de alegría para recoger a su hija.

— ¡Un momento, mamá! —anuncia el feriante— Tenemos que entregarles el trofeo final.

Tras la pared, el cuidador de los mongoles ha desabrochado las cintas de cuero que inmovilizan al chico, y lo ha obligado a tenderse en el suelo boca arriba. Saca y guarda los electrodos del pene en el cajón de la mesa del ordenador, le arranca el condón y con un cúter, de un rápido tajo amputa el miembro aún sucio de semen.

Mete el bálano ensangrentado en el robot embalsamador del tamaño y apariencia de un microondas, y se limpia las manos de sangre con un trapo que lleva en el bolsillo trasero del pantalón. Al cabo de quince segundos el aparato emite una señal. Tras colocarse una mascarilla antigás, abre la puerta y lo toma con la mano: parece una figura de plástico brillante recién fabricada. Es gracias al gas Epoxicloro, con el que actualmente se embalsaman los cadáveres en segundos y a precios de risa, de tal forma, que pueden tenerse en casa como una decoración más. La crisis ha llevado a las familias a ahorrar en todo tipo de gastos. Se saca con precaución la careta antigás olisqueando el aire por si hubiera algún resto que el ventilador del aparato no hubiera eliminado.

Apresuradamente saca de una caja de cartón una funda de terciopelo gris claro con el nombre de la atracción en letras negras y lo lleva al escenario donde le espera el jefe y la niña ganadora con su madre.

— Y aquí tienes el triunfo: el pene que has conseguido dominar —grita con el micro en la mano al tiempo que saca el bálano embalsamado para mostrarlo al público.

— Y que no lo use mamá ¿eh? Es solo tuyo.

La madre ríe feliz ante la broma y la gente aplaude cuando madre e hija bajan con los premios que han ganado.

— Y ahora, niños y niñas, papás y mamás: vamos a por el siguiente Córrete-Córrete. En cinco minutos tendremos preparado otro mongol con el que podréis participar para ganar los grandes premios que hay para los más hábiles y rápidos. Daos prisa en sacar vuestros boletos en la taquilla. Cuantos más compréis, más oportunidades tendréis de ganar.

El cuidador da la vuelta al escenario para llegar hasta el mongol que se está desangrando en silencio sin mirar a ningún sitio en concreto. Sus ojos están llorosos y le cuesta respirar; pero no hay expresión alguna.

—Bueno, muchacho, ahora a descansar.

El hombre clava una navaja en la nuca del transgénico y la gira hasta que de repente el mongol deja de respirar; de la misma forma que descabellan a los toros. Pisa un pedal cerca de la pared y una trampilla se abre haciendo caer el cuerpo inanimado en una bolsa negra.

Se dirige a la jaula, y elige al mongol más cercano. Lo saca agarrándolo por su pelirroja cabellera, son todos exactamente iguales. El chico que antes se había quejado por el agua fría, intenta balbucear algo y el cuidador, sin soltar al que tiene sujeto se lleva la mano al bolsillo de la camisa y lo marca rápidamente con un rotulador permanente en la frente para cambiarlo otro día por uno bueno que no tenga sensibilidad.

—Sois todos iguales, coño… —dice tirando del cabello del mongol escogido para una nueva ronda de juego.

La pequeña Dori y su madre se dirigen a casa exultantes de felicidad, la pequeña ha insistido en llevar la caja grande con el premio. La madre lleva la bolsa gris con el trofeo. Ambas ríen y esperan que papá haya llegado ya a casa para darle la buena noticia y contarle todo.

Entran en el aparcamiento subterráneo donde tienen el coche estacionado y un hombre les sale al encuentro en el rellano de la escalera mal alumbrada de la segunda planta.

Sus ojos, a pesar de ser oscuros brillan en la penumbra, de su espalda extrae un puñal manchado de su propia de sangre, en su antebrazo supura pus y sangre sucia de unos números escarificados profundamente en la carne: 666.

Una mano de uñas negras cubre la boca de la madre y la inmoviliza clavándole lentamente una fina daga en el pulmón derecho.

La niña apenas grita cuando el filo le corta la garganta. Y aún no ha muerto cuando siente su vagina estallar con un tremendo dolor por el miembro plastificado que ese ser le ha metido tras arrancarle los pantalones rosas y las braguitas de Barbie.

La oscura dama que sujeta y amordaza a la madre, la obliga a arrodillarse frente a los genitales del hombre que ha matado a su hija. Este se saca el pene del pantalón y se lo mete en la boca que derrama sangre con cada respiración.

— ¿Así va bien? ¿Crees que me correré en quince segundos?

La dama oscura hace correr el filo de la daga en dirección al corazón haciendo un corte más largo en el pulmón.

La agonía de intentar respirar, los jadeos entrecortados que la mujer sufre por la perforación del pulmón, provoca en el bálano de 666 un placer salvaje e intenso. La dama oscura roza su vagina excitada contra la cabeza de la mamá al ritmo con el que el pene se mueve en su boca.

Cuando 666 eyacula, la madre ya está muerta y la sangre del pulmón sale por la nariz.

—Siempre he deseado tener un juego de éstos, pero no los venden en ninguna puta tienda que conozca —dice golpeando suavemente la caja del video juego.

La Dama Oscura se arrodilla sobre el cuerpo de la madre muerta para limpiar la sangre del pene con la lengua, con lengüetazos largos y lentos que acaban en el glande, haciendo especial énfasis en el meato.

— ¿Me ahogarás también así, mi Dios?

Iconoclasta

Ahora floto en lo corrupto, en mi ansiado aislamiento.

He llegado tras un descenso impetuoso de un río desbocado. Y elegí no ir al mar, estoy ahíto de amor, cariño y compañía.

Durante el descenso atisbé una charca de agua estancada con peces flotando de lado, muertos. Maloliente y opaca; pero sobre todo, nadie quiere llegar aquí. Mi soledad perfecta… Habito allá donde todo el mundo repudia.

Me masturbo con imágenes del pasado. Yo la follaba; pero ella imaginaba que era la lengua de otro, la polla de él, sus uñas lacerando su piel, no las mías.

En esta charca inmunda me confieso yo también corrupto, no deberían existir seres como yo.

Se la metía usurpando el lugar de otro, eyaculaba en su coño sabiendo que otro semen deseaba mi esposa.

Y empezó a ser perfecto porque lo que quedó de mi amor se convirtió en una perversión. Y cuanto más amaba al otro, más dura me ponía la polla.

Las aguas muertas me acogen en una soledad utópica y cálidamente putrefacta. No era necesaria una cabaña en un inhóspito paraje de montaña.

Solo ella amando a otro y yo jodiéndola por detrás.

El amor, la pasión y los sueños que un día nos unieron, solo eran un caudaloso río con más espuma que agua. Una canoa que conforme descendía, ganó demasiado peso. El amor no es para tres.

Y la soledad es solo para uno. Me quedé con ella, con la soledad y mi polla dura.

Olí la descomposición y salté a las aguas muertas.

Ellos ahora están en su océano de amor y yo me baño entre algas podridas y cuerpos hinchados de animales que se mecen en la superficie de la inmundicia a mi alrededor. Más abajo, en lo invisible hay otras cosas que giran y se meten por entre mis piernas llevados por algún movimiento acuoso que no sé de donde viene. Un sapo con su espalda obscenamente cubierta de huevos, me observa parpadeando tranquilamente, no pondrá sus huevos en mi reino venenoso.

Aguas ponzoñosas como mi pensamiento y mi vida.

Ni siquiera las alimañas quieren estar aquí.

Mi mano se agita serenamente dentro del agua, acariciando el pene. Mi glande descapullado roza cosas ignominiosas que no quiero saber que son.

Ella acuna a su amante en la noche, lo desea y despierta a cada instante con una luz de esperanza brillando frente a sus ojos. Y yo no siento pena ni amor, solo deseo metérsela por el culo y mentirle que la amo, con mi polla dentro de ella, con su verdadero deseo frustrado y empujado por mi carne dura.

Hace tiempo que no es mía, hace tiempo que descendiendo por las salvajes aguas del amor y la vida, subió otro a nuestra canoa.

Me la follaba disfrutando, sabiendo que pertenecía a otro. Era pútridamente poderoso.

Me aburrí o sentí asco con el tiempo. No sé, no importa, solo son elucubraciones de las aguas muertas. Mi pensamiento, mis dudas, mis carencias… Son mi compañía fiel.

Y llegó mi momento, como una llamada en la oscuridad sentí la necesidad de ser solo una unidad, de no ver más de todo lo que ya sabía y conocía.

Decidí que la descomposición era mi sitio, mi lugar. Nadie querría venir aquí y enturbiar mi perfecta soledad.

Ya nada me sujetaba a nadie y me zambullí. Las aguas muertas no dejan ver mi cuerpo de tan sucias y oscuras, solo siento mi pene y mis miembros balancearse entre carnes muertas y mierda.

Mi semen sale despacio y sin fuerza, tan muerto como estas aguas; pero el placer es mil veces más intenso. Mana lentamente por el meato, como una crema que forma filamentos en esta agua venenosa y estancada. Y mi jadeo profundo que nace de lo más solitario, da cuenta de un placer que crece lentamente y se prolonga en el espacio y el tiempo. Una paja en la aguas muertas, es enésimamente más placentera que lo que he conocido. No existe mamada, ni vagina que prolongue el orgasmo con tal fuerza.

Todo ha sido pérdida de tiempo, tantos años…

La punta de mis dedos rozan pieles, huesos, cosas duras y cosas blandas. El asco está vencido y no tengo miedo. A veces vienen ratas heridas a morir aquí.

Tal vez sea una rata herida, pero me siento joven, me siento bien. Pareciera que la suciedad verdosa que esplende el agua en la que vivo, tiñe la atmósfera también de oscuro y me siento a salvo de la luz.

No echo de menos mi polla en su boca, ni el tacto de su piel. Echo de menos invadirla cuando su alma estaba con él. Tomar posesión de su cuerpo y hacerla mártir del amor que sentía por otro.

Estoy podrido como las aguas muertas; solo yo he podido convertir la infidelidad en mi paranoica perversión.

Convierto lo malo en peor. Soy el superlativo de la miseria humana.

En algo tenía que destacar, era imposible ser tan mediocre.

Es una charca pequeña, no puedo nadar; pero me basta con mi pensamiento, con mis recuerdos.

Ellos nadan en aguas limpias, porque los deshice en ácido en la tina tras matarlos con un bate de béisbol en la habitación donde follaban. Sus cabezas reventaron para luego ir deshaciéndose con cada golpe. Perdieron facciones, belleza e identidad. El bate era un amasijo de cueros cabelludos.

La muerte no es un buen cosmético.

En mis orejas se acumulan las moscas y los escarabajos juegan con mi pelo. Los mosquitos me pican los párpados. Y si el agua no fuera tan pútrida, las sanguijuelas se alimentarían de mis ingles. Aún así, no me atrevo a llevar la mano entre mis nalgas, me conformo con pensar que es una alucinación y no hay algo vivo buscando mi ano abriendo paso con pequeños mordiscos en los glúteos .

No los odiaba, simplemente me molestaban para desaparecer, para llegar aquí. Existen trámites por los que no quería pasar, tenía prisa por marchar hacia el aislamiento. Me aseguré que no me buscaran para cosas banales.

Todo es silencio, todo es oscuridad en esta charca del pantano.

Por alguna razón que desconozco, sigo vivo tras una semana aquí, solo como los insectos que se meten en mi boca y bebo esta agua repugnante cuando me duermo y sin querer mi boca se llena de ella. A veces he sentido el acre sabor de mi propio semen en la boca.

No puede quedar mucho de vida.

Lo bueno si breve dos veces bueno…

Y una mierda.

Vivo en aguas muertas, y no me hace gracia morir. Ahora no…

Iconoclasta

¿Y si su alma reside en su vagina? Es lo que pienso cuando acoge mi pene.

Toda esa cálida, resbaladiza y vertiginosa humedad…

Inacabable, insalvable…

La mía, mi alma, habita y se crea en mis cojones. Lo sé porque me la extrae y me deja vacío; mi bálano palpitante y exhausto es la prueba de un morir, de un no saber si soy humano o un bruto sin alma.

Su alma, ergo su coño, es voraz. Es mi basílica pagana e idólatra.

Y mi pene es el pecador reincidente que busca obsesivamente su absolución.

Yo solo me abandono con los brazos en cruz y mi polla escarificada para que me arranque de nuevo el alma en una pornográfica penitencia.

Iconoclasta

Soy un hombre rencoroso y descontento con el mundo. Tengo una angustia interior que crea una presión espantosa y necesito liberarla.

Aún me asiste el control y el cinismo para reír y parecer cortés en lugar de vomitar mi hígado podrido sobre la faz de la humanidad.

Necesito un solo motivo, tener la suerte que algunos tienen para hacer pedazos a alguien con la total satisfacción de haber cometido una buena obra. Es mentira, me da igual que sea una buena o mala acción. Solo quiero denigrar y destruir a alguien, a ser posible, lo que personifique lo más sagrado.

Una mala madre me hubiera servido de entrenador para desfogar toda esta ira.

Quiero una madre como esa, como “eso”.

Esa madre repugnante que hirió con un cuchillo a su propia madre loca.

Madre lo es una rata, no es algo tan divino la maternidad. Que no se crean algunas que por haber rasgado su coño para parir, son santas.

Yo hubiera querido una madre como esa para tener a alguien cercano a quien escupir y sentirme mejor.

Esta ira que me pudre en vida busca un motivo…

“¿Sudas maltratando a tu madre, mamá?”. Le diría arrancando mis profundos mocos de la garganta.

Daría lo que fuera por haber tenido una madre como esa que dice: “Aguanta. Es tu marido y el padre de tus hijos”, cuando llega la hija con la cara reventada a puñetazos y la sangre de su coño violado y reventado bajando por las piernas como dos ríos indecentes.

Necesitaría eso, un motivo para bajarle las bragas y destrozarle las nalgas con el cinturón, hasta que le sangrara el culo como mana la sangre de la nariz partida y el coño forzado de su hija.

No he tenido suerte, no tengo una madre así, que junto con su otra hija, hagan pasar hambre y necesidad a mi padre. Que le roben todo porque él es más viejo e indefenso.

Yo quiero una madre puta así, a la que poder pegar todas las palizas que me apetezca y cuando me apetezca. Dar rienda suelta a toda esta violencia que tengo reprimida. Yo no quiero una madre buena; quiero una rata como esa.

Mi ira es un cáncer que me amarga la vida.

Ojalá mi madre lo hiciera: follarse al hombre que ha violado y maltratado a su hija. Quisiera encontrarla mamándole la polla al hijoputa y con una vara fina arrancarle la piel de la espalda mientras se bebe el semen de ese cabrón.

“Madre puta… La cerda del vecino también ha parido, no eres para tanto”.

Quisiera una madre que no me deja libertad para follar con quien quiero y meterle mis condones usados en la boca mientras come su mierda de sopa.

Quiero una puta madre como esa que miente diciendo que su hija maltrata a sus nietos. Miente para arrebatárselos y criarlos con el puerco que violó y maltrató a su hija. El mismo que le mete esa polla pequeña en su vagina estéril y fría.

Yo quiero una madre así a la que poder hacer rodar a patadas hasta romperle todos los huesos, porque tengo tanta ira en mi sangre, que necesito cometer actos de crueldad que ni siquiera están legislados.

Ojalá mi madre mintiera, me despreciara y diera cobijo a mi asesino. La mataría a golpes, la escupiría, me orinaría en sus ubres secas y viejas.

Y saldría a la calle más tranquilo y desahogado.

Si mi madre fuera como esa, cuando muriera celebraría un fastuoso festín y su foto quemaría en una tarta de cumple-muerte.

No he tenido suerte, no puedo desahogarme.

Solo me queda soñar con una madre como esa, a la que darle una bofetada cuando les arrebata los juguetes a sus nietos para que no puedan jugar, porque es su capricho.

No soy un hombre con suerte, y tengo que tragar toda mi hostilidad en sorbos amargos día a día, sin encontrar a una mala persona a la que destrozar.

Y así, sufro de envidia cuando hay gente que disfruta de tener una madre cerda, a la que un día ir a visitar para arrancarle la piel a tiras.

Un sparring que me ayude a desfogar esta hostilidad y que me dé algo de paz en vida.

Envidio tanto a quien tiene una madre así…

Mierda.

Iconoclasta

Carne molida

Publicado: 27 junio, 2012 en Terror
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Odio la violencia; pero es necesaria.

También es necesario el cáncer, la enfermedad y la muerte; pero no me dan tantas satisfacciones.

Ni a los violadores.

Tengo una raja entre las piernas, lo que me convierte en mujer.

Mis dos estupendas tetas aún sin operar, lo demuestran muy claramente.

Amo el sexo por encima de todas las cosas y de todos los hijos si los tuviera. Y sé lo que digo, porque a punto estuve de tener uno.

Me gusta la violencia sexual; pero cuando yo la practico, si un macho me pone la mano encima sin mi permiso y no me ata, le arranco la polla y se la doy de comer a mi perro.

Yo tenía quince y estaba orgullosa de mis tetas. Cosa que no le da permiso ni a la santísima virgen de sobármelas. Se mira; pero no se toca, hijos de puta.

Los violadores son carne para moler.

Ese hijo que a punto estuve de tener…

Como en carne molida acabó el feto del puerco que me violó y me dejó embarazada en el sanitario del antro después de acobardarme a bofetadas. Un tipo llamado Alberto, de treinta años con anillo de casado y que con toda seguridad vivía con una gorda de muslos ennegrecidos de tanto roce adiposo, con el pelo lleno de mierda, gel y colonia de adolescente pobre. Seguramente con un hijo idiota como toda su familia.

Mis padres me llevaron a comisaría a levantar la denuncia; pero no autorizaron que tomara la píldora del día después. Son unos muertos de hambre analfabetos; pero católicos hasta el vómito. No les he dado ni un centavo para salir de la pobreza a pesar de mi fortuna.

A medida que crecía en mí el hijo de aquel marrano me sentía sucia, cada día más asqueada. Estaba dando cuerpo humano a una gota de mierda que me llegó demasiado profundamente al coño.

Me fui de casa, porque mis tetas y mi culo me daban la mayoría de edad, no dejé nota alguna a aquellos putos padres. Éramos cuatro hermanos, la abuela, y el matrimonio idiota los que vivíamos en dos habitaciones de ladrillo cubierto de papeles sucios.

Me hice puta para ganar plata con la que abortar en la mejor clínica de México.

Agustina era una amiga mía que conocí en los antros, bailando con las compañeras de secundaria y flirteando con los chicos de nuestra edad. Era dos años mayor que yo, hacía un año y medio que se había escapado de su miserable casa. Vivía sola en una habitación que había rentado en Coyoacán. Y como decía ella, con un buen chocho entre las piernas, nadie te pregunta la edad si lo enseñas y te la dejas meter.

En México no puedes fumar; pero puedes follarte a una piba de catorce por el precio de una cajetilla si quieres.

Me enseñó a chupar pollas con naturalidad, con aire profesional y me gustó tanto, que pronto encontré una técnica de succión que iba muy acorde con mis exuberantes labios. Cuando Agustina pedía doscientos por mamada, yo exigía quinientos y los clientes repetían.

Agustina me gustaba mucho. Me ponía un plátano entre las piernas y me mostraba como hacer una felación. Me ponía tan caliente que acababa abriendo mis piernas para que me lamiera el coño. Follamos como locas compartiendo los plátanos de entrenamiento aunque ya no había lecciones que aprender.

Un borracho le cortó el cuello durante una felación en el coche; pero yo ya estaba viviendo sola en un buen apartamento cuando aquello ocurrió.

A medida que mi barriga crecía, los clientes se sentían más atraídos por mí. Agustina, exclusivamente las mamaba, yo fui más allá que Agustina y me abrí de piernas para que me follaran por el triple que una mamada. Cada semana subía el precio, al ritmo de mi embarazo. La clínica me pedía una pequeña fortuna.

Mientras tanto, nadie me buscaba. Y no quería que lo hicieran.

Cuando conseguí todo el dinero, ya estaba de siete meses. Contaba con más de doscientos mil pesos, de los cuales una cuarta parte se la iba a llevar la clínica.

Ya no se trataba de un aborto, tenían que hacerme una cesárea. Sacar el feto y matarlo. Es algo que ni a mí ni al médico nos importaba. El dinero no conoce límites legales de aborto. Si tienes plata te libras de ser la madre del hijo de un violador.

Si no tienes dinero, te inventas toda esa mierda de amor por el hijo que llevas en tus entrañas, que al fin y al cabo no tiene ninguna culpa. Angelito… Y lo crías comiéndote cada día al verlo el vómito de asco que sientes al recordar a su padre de mierda.

Ese pequeño cerdo que crecía dentro de mí llevaba los genes de su padre, tenía parecido con él fuera niño o niña.

Y yo no estaba dispuesta a cargar con esa mierda. Cumplí los dieciséis con esos siete meses de embarazo y al día siguiente me iban a quitar a aquel tumor que crecía en mi barriga.

Me hicieron una cesárea con mucho cuidado, para que la cicatriz fuera sutil.

Exigí por diez mil pesos más, ver al bebé que me habían extraído, mejor dicho, ver como se destruía.

Una vez me desperté de la anestesia, el cirujano Peter Walheimeyer (un alemán que a pesar de llevar cinco años en México aún no sabía hablar español con claridad), entró con el niño muerto en brazos. Apenas tenía formada la cara y su pecho parecía el de una rata, estaba amoratado por la muerte. Lo transportaba en una pequeña mesa con ruedas de acero inoxidable, lo cortó en pedazos muy pequeños. Con cada corte que daba, yo imaginaba que se desangraba el padre, que se le caían los cojones al suelo, que su polla se agitaba en el piso retorciéndose como un gusano parcialmente aplastado.

Los violadores y sus hijos son carne para moler.

En aquella lujosa clínica de la colonia Polanco, no quedó ni un trozo de carne reconocible de aquella cosa que me hizo aquel puto violador.

El director de la clínica, me hizo un quince por ciento de descuento sobre el precio del parto y eliminación de residuos tras hacerle cuatro de mis cotizadas mamadas, una por cada día que estuve internada.

Los trozos de lo que afortunadamente no llegó a vivir, eran tan pequeños que no pude distinguir si era niño o niña. Cosa que no pregunté.

Cuando te haces puta tan joven, tus clientes suelen ser gente con gustos muy especiales, y sobre todo, con cargos importantes. La gente más adinerada es la más puerca y la más devota. A algunos les gusta abofetearme para que me sangre la boca y besarme, les cobro mil pesos por hostia y ellos pagan como retrasados mentales sacando nerviosos los billetes de sus carteras; con sus ridículos penes erectos sombreados por su barrigas decadentes o sus brazos viejo y fofos. Yo no soy una mujer muy grande, así que muchas veces me costaba respirar cuando se me ponían encima. Sus penes no me hacían daño, eran sus barrigas las que me asfixiaban. Sobre todo les gustaba aplastarme cuando estaba embarazada.

Uno de aquellos burócratas del ministerio de la vivienda, me consiguió un apartamento de doscientos metros cuadrados en la lujosa Polanco al precio de la habitación que compartía con Agustina.

Mi amiga no quiso venir conmigo, se había metido en asuntos de cocaína y sus dedos estaban ennegrecidos de prender la pipa de crack.

Un llamativo anuncio en el periódico, me trajo nuevos clientes. A los antiguos les gustaba más embarazada y empezaron a olvidarse de mí.

Parte de lo que ganaba lo invertía en coca que disolvía en la bebida de los que venían a follar para asegurarme su asiduidad.

A los dieciocho años tenía cuatro putas de lujo en el apartamento que ya había comprado, y el guardaespaldas de uno de mis narco-clientes como vigilante y protector. Se llama Caledonio.

Yo solo me dedicaba a follar con los machos que me gustaban verdaderamente y me dejaba hacer regalos e invitar a fiestas y viajes.

Cuando no había clientes y mis putas se iban a sus casas, al finalizar la jornada, generalmente a primera hora de la mañana, evocaba en mi cama el troceo del hijo de mi violador y fantaseaba con su muerte. Se me ponía el coño tan caliente que no había caricia que me aliviara. La carne molida sangrante me obsesionaba. Me dirigía a la cocina y sacaba de la nevera una bandeja de carne de res molida y en mi habitación, me cubría el coño con ella, me la metía dentro y me frotaba hasta quedar exhausta, dormida, con la sangre goteando por mi raja, con los dedos pegajosos…

Cuando tienes dinero, tienes todo el tiempo para leer y para estudiar idiomas. Es necesario cuando los clientes son políticos, empresarios, militares y religiosos. A los diecinueve años, podía ir a chuparle la polla a un presidente hablando inglés y entendiendo francés. Además, me hice culta.

Mi entrada al mundo de las grandes perversiones, llegó de la mano del gobernador de México, coincidimos en un hotel de París. Yo acompañaba a uno de mis amantes clientes, un empresario de la industria de la telefonía móvil que me presentó como la mujer más sensual que había conocido a su amigo gobernador.

Cenamos las dos putas y los dos clientes en el restaurante, entre alcohol y langosta acabamos intercambiando las parejas y acabé con el gobernador, la golfa sin cerebro se quedó con el empresario.

Una vez en su suite me pidió que jugara con sus bolas anales: le introduje quince bolas del tamaño de una ciruela, todo un rosario que casi le llena el intestino. Todo un récord. Sabía que mi discreción estaba fuera de toda duda y se permitió dejar sus excrementos entre mis piernas sin ningún pudor. Salieron con la última bola que le extraje y su semen regándolo todo.

No me dio más asco que otros, simplemente me aportó experiencia.

Una mañana, comprando carne en el Mercado Central de Abastos, observando como la molían apretando mis rodillas una contra otra al imaginarla ya en mi vagina, recordé el hijo que no tuve y a su violador padre. Ya tenía veinte años, y a pesar de sentirme afortunada porque aquel marrano me violara y cambiara así mi vida; decidí ejercer mi poder.

El antro Lipstick seguía siendo frecuentado por las tardes de los sábados y domingos por adolescentes de secundaria y prepa. Y entre toda esa juventud, siempre se filtran los degenerados, los solitarios, los fracasados de su matrimonio, los que aún se creen jóvenes para alternar con adolescentes. Aquellos cobardes que se ven inferiores entre los de su generación.

No supe verlo en su momento, no discerní la iniquidad de Alberto, mi violador y dejé que me acompañara a la puerta del sanitario. Fui idiota.

Hasta que no eres puta no conoces bien al ser humano, lo rastrero que puede ser.

Entré en el local con Caledonio, mi guardaespaldas. El ambiente estaba hormonado por tanto adolescente, me sentí extraña; muy lejos de aquel mundo que había dejado hacía cinco años.

Los adultos eran tan pocos en aquel lugar, que brillaban con luz propia en la oscuridad. De los cuatro que había, dos eran camellos y los otros dos moscones que miraban sin decidirse a abordar a ninguna de las chicas o chicos. Posiblemente, jamás lo harían.

Durante tres semanas, sábados y domingos por la tarde acudí sin encontrar a Alberto, era una posibilidad muy remota; cinco años matan y cambian la vida de mucha gente.

Me aburrí de aquella búsqueda y por otra parte, viajé de acompañante cinco días con el general Armendáriz a Alemania, a un congreso de militares organizado por la OTAN. Un reloj Cartier fue cargado en la minuta de gastos a cargo del gobierno. Mi trabajo: ser un adorno en su brazo por las noches y abrirle el ano con un espéculo y llenar sus intestinos con agua; en definitiva, un enema avanzado y mi orina recorriendo su cara.

Si algo sé, es que a la gente que se encuentra en el poder, le encanta que le metan cosas por el ano.

A los sacerdotes les gusta que les lesiones los genitales, no sé por qué; pero siempre es así.

Y a mí me excitan, disfruto con mi trabajo.

Cuando llegué a México, Caledonio sonreía abiertamente desde que me recogió en el aeropuerto. Cuando llegamos a mi casa y burdel, me llevó hasta el cuarto de dominación y encendió las luces. Allí estaba Alberto, mi odiado violador.

Caledonio tenía grabada la descripción que le di cuando lo buscamos en el antro durante esas tres semanas. Fue casual que entrara a comprar una cajetilla de tabaco en un Oxxo de Reforma. El hijo de puta trabajaba de cajero. Mi guardaespaldas esperó a que acabara su turno y cuando el desgraciado salió del local hacia su casa, le presionó con el cañón de la pistola en la espalda y lo metió en el carro.

Lo desnudó, lo amordazó y le cubrió la cabeza con una capucha sin ojos de cuero. Inmovilizó con las esposas de cuero los pies y manos. Llevaba dos días allí y se había cagado y meado en la mesa. Olía a podrido; pero no me molestaba, era mayor mi alegría.

Salimos de la habitación sin decir una sola palabra y besé agradecida a mi guardaespaldas. Mandé llamar a Vanesa, la más fea de mis putas que se dedicaba a la escatología, le pedí que se la pusiera dura.

Alberto intentaba hablar, sus balbuceos eran un tanto molestos; pero nadie pronunció una sola palabra. Vanesa se metió el ridículo miembro en la boca y lo único audible en aquel cuarto, eran las succiones que le hacía en la polla.

Poco a poco aquello se fue endureciendo, le susurré unas palabras al oído a Caledonio y salió del cuarto.

Volvió a los pocos segundos con un cuchillo cebollero de la cocina.

La polla de Alberto estaba tiesa, aunque era imposible que adquiriera la dureza violadora en aquel estado. Vanesa es una buena profesional, le había metido un dedo por el ano y no dejaba de excitarle la próstata, cosa que provocó que se orinara y mi puta, se masturbó con aquello.

Vanesa mantenía firme y vertical el bálano, me acerqué silenciosamente con el cuchillo y apoyé el filo en el meato, como centro y guía de corte. Le lamía las pelotas para tranquilizarlo, porque el cerdo tensó sus piernas con violencia al sentir el metal en la polla.

Empujé con fuerza el cuchillo y corté transversalmente aquel rabo de cerdo, el corte no fue simétrico; pero el efecto fue contundente: el bufido de Alberto fue acompañado por unos fuertes cabezazos contra la mesa en vano intento para aliviar el dolor. No había nada humano en sus gritos ahogados. Caledonio y Vanesa empalidecieron y vomitaron.

Toda una fiesta…

Con el mismo cuchillo, le corté el escroto y dejé que asomaran los testículos desnudos, se desprendieron de sus conductos y nervios rápidamente por las continuas e imparables sacudidas que hacía con el vientre para soltarse de sus amarres.

Le inyecté una dosis de heparina en el vientre para evitar la coagulación y salimos del cuarto.

A las cuatro horas Caledonio me informó que aún respiraba, le puse en la mano otra inyección de anti-coagulante para que no cesara en ningún momento la hemorragia.

Necesitó dos inyecciones más de heparina, al fin murió desangrado tras dieciséis horas. Contratamos a mi carnicero habitual para que cortara el cadáver en trozos muy pequeños y sacara aquella mierda de allí, le sería fácil deshacerse de todos esos desperdicios en su negocio.

El cerdo estaba casado, tenía un bebé de siete meses y una niña de seis años.

Mi buen guardaespaldas, entró una noche en la casa y degolló a los niños y a la mujer. Trabajó tranquilamente, con la impunidad que da el dinero y la compra de policías importantes que inventaron una historia de drogas y ajuste de cuentas.

Mandé quemar la barraca donde vivían mis padres y hermanos; creo que el rostro de mi madre quedó desfigurado por el incendio; pero todos salieron vivos y sin apenas tener tiempo de coger algo de ropa. Salvo la abuela, que murió asfixiada; pero esa mierdosa estaba vacía, no había nada en su viejo esqueleto.

Tal vez, algún día cuando el aburrimiento de una vida demasiado acomodada me lleve a buscar emociones fuertes, convierta a lo que queda de mi familia en carne picada.

Es mentira, no odio la violencia y junto con la venganza, humedece mi coño al que consuelo con carne de res molida, fresca y sangrante. Un delicioso cataplasma vaginal que me baja el tremendo calor y la excitación que me proporciona pensar en la venganza.

Yo también tengo mis especiales gustos, todos los que estamos en el poder, disfrutamos de perversiones que le están vedadas a los pobres.

Amo la violencia y mi sucio coño de carne molida.

Iconoclasta

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Soy padre muchas veces, he tenido treinta y seis hijos. Veintiocho mujeres a las que he hecho madres (ocho repitieron).

Soy un pene incansable, unos testículos potentes.

Soy el padre semental.

He contribuido a hacer mejor la humanidad, a poblarla. Yo no planto árboles, ni escribo libros de mierda.

Yo solo follo y dejo preñadas a las mujeres.

Algunos de mis hijos han muerto, aunque no me acuerdo de cuales. Uno de ellos murió al poco de nacer con el corazón enfermo, me lo dijo la amiga de su amiga, de su amiga, de su amiga. No suelo hablar mucho con las madres.

Cuando tienes tantos hijos, el que mueran algunos no es un hecho extraordinario, carece de importancia. Lo importante es que nacieron y que salieron por los coños que penetré.

De la paternidad solo me interesa el proceso primero: eyacular, aliviarme, inundarlas con mi semen fértil que las hará fabricar un bebé en sus entrañas.

Es una cuestión de orgullo de macho.

A algunas de ellas no las forcé a tener hijos, querían ser madres y me querían. A otras les dije que era estéril y no tomaron precauciones. A otra las forcé, no creían que fuera estéril y se la metí cuando estaban ebrias, solo a cuatro.

Es increíble lo idiotas que pueden ser algunas mujeres.

Creo que doce abortaron.

¡Putas! Ahora contaría con cuarenta y ocho hijos.

Si ser madre es el milagro de la vida, el acto más bello e importante; para mí ser padre es una de mis más agradables aficiones junto con fumar y ver cine.

No conozco a mis hijos, no sé ni como se llaman. Sus madres les dicen que desconocen a su padre o bien que he muerto.

Soy soltero, tengo un don especial para la paternidad y espero que antes de los sesenta y cinco, pueda alardear de que tengo cincuenta hijos.

Es una cifra bonita: par, múltiplo de cinco y diez, divisible por dos, por cinco y por diez. A mí las matemáticas me tocan los huevos, solo me interesa ser padre, si soy bueno o malo, es algo que no considero. No me gustan las complicaciones.

Cincuenta… Una cifra hermosa de hijos paridos, de orgullo de macho.

Me masturbo de dos formas: evocando el momento en el que eyaculo en sus vaginas e imaginándolas en el paritorio, abiertas de piernas con su dilatada vagina mostrando la cabecita de mi hijo. Esta imagen última, provoca que hiera mi bálano con las uñas al eyacular sin apenas masajearme, como una descarga eléctrica que tensa todo mi cuerpo.

Una pesada carga de leche pringa mis dedos…

Un día me dijeron: “Estoy embarazada”. Yo respondía: “Es tu problema”. Ellas solían contestar con los ojos reventones a llorar: “Cerdo, hijoputa”.

Si tuviera el más pequeño deseo de conocer a un hijo mío, cualquiera de ellas no lo permitiría.

Pero criar y educar a mis hijos no me haría padre, eso me haría santo varón. Me convierte en padre haberles dado la vida. Soy un macho en estado puro, predador y reproductor.

Con el tiempo, de una forma anónima seré homenajeado por mis hijos en agradecimiento a la genética que les he regalado. Con el mismo entusiasmo que sus madres desearían borrar toda huella de mí en ellos.

Y si alguna hija mía quisiera ser madre, no me importaría ser también abuelo.

Felicitadme, me lo merezco, soy padre. Muchas veces.

Iconoclasta

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666 en Bangkok

Publicado: 8 mayo, 2012 en Terror
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Pasear por Bangkok y sus feos barrios humildes es una delicia si no tienes miedo a nada ni a nadie. Hay tanto tarado y enfermo que no encuentras un humano sano en varios kilómetros cuadrados, es decir, en todo Bangkok. Esto que os voy a contar es de hace apenas un mes; en uno de mis múltiples viajes intentando hacer daño allá donde me sea posible.

Para empezar os diré que me gustan mucho las mujeres bien formadas, me refiero a que sean mujeres maduras y voluptuosas, porque cuando me las tiro son las que de verdad disfrutan de la dolorosa penetración a la que las someto.

Si alguna vez habéis estado en Bangkok en una temporada casi otoñal para nosotros, os habréis dado cuenta de que la temperatura es agradable en un primer instante, y cuando uno lleva caminando apenas cinco minutos, unos chorros de sudor le dan al cabello ese aspecto mojado que tanto gusta a los que se engominan cotidianamente. Lo peor es que acompaña una sensación de suciedad, como si esa humedad se te pegara viscosamente en la piel pringándote y te resbalan las gotas desde la cara al pecho, y siguen bajando de tal forma que si tu ropa es holgada y no llevas calzoncillos, las gotas llegan hasta el mismísimo pene excitándolo de un modo salvaje y nada discreto. Pues así iba yo con mi polla bien tiesa y elegante creando un llamativo bulto en el pantalón.

Supongo que mi pene era el encargado en esos momentos de llevar el mando y el cerebro se dejaba llevar con esa holgazanería producto del bochornazo. Estos asiáticos no deben tener sangre en las venas, porque no sudan. No mojan sus camisas. Aunque tampoco tienen un torso como el mío.

Así que las únicas mujeres que veo son putas sidosas y enfermas de cualquier otra cosa, a muchas jóvenes les faltaban piezas dentales y no me gustaban. No eran discretas, las putas no son discretas en ningún lado.

Llevan escrito “puta” en la frente.

Así que en esa estrecha calle atestada de gente y puestos ambulantes de comida ya venenosa, sentí el roce en un brazo de unos pechos pequeños y duros. Era una mujer joven, de una delgadez extrema producto del hambre; iba del brazo de su madre cuyos brazos estaban llagados. A pesar de tener escasamente los cuarenta años aparentaba los sesenta. Las manos escamadas por la soriasis y su boca de encías sangrantes me sonrieron por unos segundos cuando las miré.

Era pleno mediodía y a través de las oscuras nubes el sol intentaba rasgar esa opacidad y el relumbrón me hacía entrecerrar los ojos. Así, con esta climatología yo me encontraba un poco lerdo y tardé casi tres segundos en reaccionar. Di media vuelta y le dije a la madre que me quería follar a su hija a la vez que le pasaba un apretado rollo de billetes. La madre cogió la mano de su hija y me la cedió señalándome una asquerosa casa con dos viejas putas desdentadas sentadas en esos bancos de eskay de la entrada. Olía a opio con sólo mirar hacia allí.

Para llegar, pasamos frente a uno de esos puestos ambulantes tirando por el suelo un canasto lleno de mangos, el idiota del vendedor me llamó hijo puta y me detuve frente a él, con la chica cogida de mi mano y llorando. Esperaba que el jodido oriental siguiera hablándome, que me alzara de nuevo la voz. Después de un segundo interminable para él, en el que se arrepintió de haberme hablado, comenzó a recoger su mierda de frutos y yo entré en la pensión. La mujercita lloraba y gritaba en dirección a su madre, no quería venir conmigo; pegué un violento tirón de su brazo, trastabilló y le di un golpe con la mano plana en la nuca. Algunas voces rieron ante el llanto de la chica, su madre se había sentado frente a uno de esos carritos de carnes de ave cocidas y comía algo con el dinero que le había dado por su hija. Con la mano le decía que se callara y que me siguiera sin rechistar.

El tipo de la pensión me guiñó un ojo cuando le pagué la habitación. Una de esas viejas putas me propuso que la dejara subir con nosotros para hacer una escena tortillera. La aparté de un empujón y se golpeó la cabeza con un extintor, sonó su cabeza con un tono doloroso del que me sentí orgulloso.

Apenas cerré tras de nosotros la puerta de la habitación, saqué un ácido y lo corté en cuatro partes, una de ellas se lo di a la chica con un vaso de agua. No quería tomar la pastilla así que levanté la mano para cruzarle la cara, el lenguaje de la violencia es universal y perfectamente claro. Llorando se llevó la pastilla y el vaso a la boca.

Extendí una colcha encima de la pequeña mesa frente a la única ventana, la cogí en brazos y la tumbé en ella. Me la follaría de pie. Además su cuerpo oriental era tan menudo, que no sabía si aguantaría mis embestidas. Follándola conmigo encima temía que la aplastaría y no podría verle la cara y sus tetas, ver el dolor y los pechos erizados, hace que mi eyaculación sea más aparatosa. Su entrepierna olía a meados y a mierda, llené una palangana con agua y le froté el culo y el coño con la esponja mojada de agua fría y jabón.

El ácido hizo su efecto y dejó de llorar, relajó las piernas y sentí como su vagina se distendía y se excitaba con mi repetido masaje. Entrecerró los ojos ya más relajada.

Os juro que nunca me había tirado a una mujercita oriental tan drogada.

Básicamente para mí los hombres y mujeres más jóvenes son objeto de tortura y malos tratos para crear en un futuro predadores, gente tan maltratada que luego no sientan reparo alguno en asesinar y violar a su vez y que equilibren así, este exceso de nacimientos, los humanos sois como ratas, que folláis y folláis para al final tener que comeros a vuestras propias crías para que no os devoren ellas.

Le estaba pasando la lengua desde el culo a su escondido y pequeño clítoris y la sentí jadear tímidamente. Se tocó las pequeñas tetas y sus pezones se habían endurecido.

Cuando toqué uno de ellos al tiempo que la preparaba para la penetración hurgándole la vagina con el dedo, suspiró desinhibidamente.

Era muy pequeña respecto a mi tamaño, respecto a mi edad milenaria y respecto a mi poder. Si se comportaba bien no la degollaría.

Su pubis estaba poblado de un vello lacio y suave del cual de vez en cuando tiraba obligándola a que alzara la cintura provocadoramente.

Sudaba y se mordía el labio inferior con los ojos cerrados. Le costaba un poco respirar, imagino que la dosis de ácido, a pesar de ser una cuarta parte, debía ser aún grande para su peso corporal.

Alcé sus piernas para situar su vagina a la altura de mi pubis y la penetré. Se quejó y frunció el ceño cuando comencé a bombearla; pero en pocos segundos se volvió a relajar y noté como resbalaba desde su ano a mis testículos, la sangre de su himen desgarrado.

Volvía otra vez a suspirar tímidamente y tocarse los pezones con las puntas de los dedos. Sus piernas tan pequeñas y delgadas no me acababan de excitar, pero sí su pequeño coño tan dilatado por mi pene. Al cabo de unos minutos, ella, asombrosamente frágil y pequeña comenzó a tener las convulsiones del clímax. Yo me corrí dentro de ella, rugiendo y dejando caer mi saliva en su pubis. El semen le chorreaba coño abajo. Se sujetaba la vagina con ambas manos mientras su hombros aún se agitaban con espasmos de uno o varios orgasmos.

Se quedó adormecida y yo aproveché para limpiarme la polla de sangre y semen.

Cuando salí del lavabo, al verla allí en la mesa con las piernas abiertas y el sexo manchado de sangre me volví a excitar y me hice una paja. El semen se deslizó perezosamente por mi puño y lo sacudí contra el suelo. Me puse los pantalones y la camisa y la despejé de su sopor narcótico dándole una hostia en los labios, se le reventó uno. Se puso las bragas aún adormecida y el feo y raído vestido, por el cual se veían sus pequeñas tetas a través de la sisa.

Cuando salimos a la calle, caminaba con dificultad intentado sin poder juntar las piernas.

Se sentó al lado de su madre y ésta me preguntó si me lo había pasado bien, le contesté con un puñetazo en la cara que le alcanzó también medio ojo derecho y le volví a soltar otro fajo de ese puto dinero.

Los que miraban sonreían entendiendo y sin extrañeza. Yo seguí mi camino y comenzó a llover de una forma intempestuosa, cosa que agradecí deseando que una inundación ahogara a todo ese barrio entero.

Me quedé más tranquilo que dios. A propósito, Santo Tomás estuvo presente durante todo el coito, rezando y rogándole a Dios que hiciera algo por evitar aquello. Pero no le hice mucho caso a pesar de sus santurronas lágrimas. Son cosas que sólo yo puedo ver.

Llamadme lo que queráis, porque lo soy. Soy lo más malvado de vuestro mundo. Y soy muy tramposo porque… ¿Qué es mejor: follarla y darle un montón de dinero; o acaso dejar que muera de hambre al lado de su madre muerta, con el vientre hinchado y los ojos vidriosos?

Le he dado tiempo de vida, le he dado salud, y comida.

¿Os escandaliza? Pues no debería, porque yo soy un anti-dios; y ningún primate de entre vosotros es Dios, ni siquiera un querubín en proyecto. Y hacéis cosas peores.

Gilipollas… Os debería visitar en vuestras casas y arrancaros los cojones retorciendo el escroto.

¿Os acordáis del jeque árabe que compra niñas para su harén y las revienta con su polla? No es una mierda de dios, ni siquiera un jodido ángel. Es sólo un puto y repugnante primate.

¿Y las mujeres de esas tribus africanas que dan a sus pequeñas hijas en matrimonio a un cuarentón que las matará a palos en pocos meses?

Muchos hacéis bien en ir a esas procesiones a castigaros; primero os masturbáis con lo que os he contado y cuando habéis purgado vuestros pecados con unos latigazos y una borrachera, ya no os acordáis de toda la mierda que queda en la trastienda. Ni de los millonarios que compran niños y que muchos de esos hombrecitos y mujercitas, no saldrán del antro en el que han entrado. Los humanos no sois tan buenos como pensáis y os creéis íntimamente. Vuestra hipocresía hace daño a los pequeños que no están protegidos. Mucho más que mi maldad.

Y todo al final se justifica: si es un jeque el que lo hace es por su religión. Si es el negro se debe a su tradición.

Y a quien fotografía niños desnudos; a ese, sí que hay que condenarlo a muerte ¿verdad? ¿Tal vez porque no lo hace en nombre de Dios? Sois unos mierdas, fariseos. Deberíais cortarle los cojones al puto pederasta y quemar en la hoguera al follador musulmán.

Pero aún puedo ser muy cruel, en mi reino los crueles disfrutamos con los hipócritas como vosotros.

Si un día me encuentro de tan buen humor como ahora, os contaré lo que le hice a una vieja abuela que castigaba continuamente sus nietos por decir mentiras. Me gustó mucho más que tirarme a esa pequeña oriental.

Ya os contaré. Sé muchas cosas.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

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Mi alma egoísta

Publicado: 4 abril, 2012 en Amor cabrón
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Hay algo que no funciona correctamente, mi tiempo se acaba; como siempreen la puta vida lo bueno es breve.

Le voy a pedir que acepte el compromiso de morir conmigo.

La necesito hasta en la muerte.

Aún así, el tiempo pasa rápido, debo hacer algo al respecto; algún trato con el diablo si existiera; mi alma que se pudra en el infierno, no importa. Lo que quiero es más tiempo para follarla y otras cosas, le podría arrancar al puerco Satanás unos años más con mi alma. Eso espero; porque mi alma es fuerte, es dura como el acero; demasiado para esos seres celestiales de algodón de mierda blanca. Y quiero la lujuria de su cuerpo, el calor de sus labios y sus palabras en mis oídos antes que la paz eterna.

Que se metan la paz en el culo.

No es una cuestión de cobardía no querer morir. Es egoísmo puro. Lo fácil es estar con mi amada; lo difícil es dejar este mundo solo.

Vivir con ella no es un sacramento, no es norma. No tengo elección: no puedo vivir sin mi amor.

Así que hablemos de la muerte.

Le llevo años de ventaja, es algo que me obsesiona. Me molesta que la muerte me deje sin ella.

Soy muy valiente, muy despegado de la vida y cínico. Pero me voy antes y no me gusta. Necesito toda la eternidad a su lado. ¿Cuánto me das por mi alma egoísta, Satanás?

Tampoco puedo proponerle que se venga conmigo. Debería asesinarla y luego suicidarme; pero no tengocojones más que a acariciarla y perderme en la indecente suavidad de sus pechos, de su vagina anegada que unta mis dedos de ella misma.

La amo demasiado para hacerle daño. ¿Qué coño pasa…? ¿Por qué es todo tan complejo?

No veo solución.

No sé si el diablo tenga a bien darme un par de años más y durante los cuales, tal vez en un accidente muramos los dos juntos.

Amarte me hace egoísta y peligroso.

Es una reacción normal dado mi carácter. Te quiero exclusivamente a todas horas. Exijo todo el tiempo del mundo.

Te ofrezco mi culo Satanás y yo beso el tuyo por ella.

No me gusta perder.

No entiendo el amor si no estoy a su lado, no me es posible ser feliz amando porque la vida sin ella se acaba. Es un problema difícil de resolver. Cuando se ama nunca hay suficiente tiempo.

Ella hace lo que puede, es omnipresente en mi pensamiento; pero eso no basta.

Tenemos que conocer juntos muchas más cosas y los días pasan rápidos como los besos.

No hay suficientes besos y no existen días enteros. La semana es una sucesión de medios días. Todo corre demasiado rápido a su lado.

Soy una mecha rápida. Demasiado rápida.

Que Satanás me ayude, es el único que puede hacer la contra al Puto Dios Misericordioso de mis huevos peludos.

No tengo más remedio que blasfemar ante la ira, ante mi rabia que hace descolgarse hilos de baba hostil de mis belfos.

Que alguien maldiga este amor, que nos haga malditos y eternos, esta es mi solución. Es mi utopía.

Mi indecente y egoísta utopía.

Iconoclasta

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