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Ni dejéis que juegue vuestro perro con él.
Os pido ayuda, conocidas y conocidos míos (eso de “amigos” es muy arriesgado de suponer en estos tiempos de ambigüedad sexual), porque hoy, caminando por un empinado sendero, he tosido y se me ha salido un pulmón.
Yo pensaba que era una simple flema pero me he dado cuenta de que sangraba con cada respiración.
Os ruego, que si lo encontráis (es como una especie de tripa semejante a los de la foto), lo metáis en una bolsa y me lo devolváis, estaré fumando impaciente en la plaza del ayuntamiento de la aldea desde las siete hasta las ocho y media de la tarde. Si vuestro perro ha jugado con él, enjuagadlo con agua, lo necesito con cierta urgencia. No es para morirse, pero es muy desagradable el ruidito que hago al respirar.
Se recompensará:
Si es hombre le recompensaré con un “guay” y un apretón de manos. Si es mujer, me la follo y luego le beso la boca con lujuria romántica.
Gracias, conocidas y conocidos míos.

Cada mañana al mirar el reloj me doy cuenta de que ya es tarde para todo.
Y así cada día, esperando el momento preciso en el que el tiempo (el mío) se detenga. Los muertos no tienen prisa ni adonde ir y el reloj hace lo que debe: borrarme.
Bueno, tampoco tengo grandes planes, ni siquiera pequeños. Es tarde, en serio.

Ya es una norma de obligado cumplimiento que los homos (homosexuales, aclaro para los cortitos) adinerados y ya rozando la vejez; se compren grandes motos con muchísimas maletas, de esas que les cuesta pedos mover cuando están paradas y se enfunden en toda esa parafernalia fetichista de cuero para aparentar un volumen muscular que no tienen y esconder una flaccidez muscular que sí tienen.
Luego se bajan con dificultad de la moto y le pasan a su novio el casco mientras se quitan la cazadora para dejar ver unos gruesos tirantes que vete a saber para que los usan en la intimidad.
No sé si sus motos van equipadas con ceniceros; pero temo que sí. Son muy capaces de ello.
Es que cuando vives en una zona de buena acogida del Mondo Gay, aprendes los estereotipos tribales más rápidamente que los nombres de todos los típicos embutidos de forma oblonga que se venden en la comarca.
Para aquellos que sonrían como si fueran psicólogos de feria: no soy homófobo, solo anoto datos, soy puramente macho intelectual. Ni marica, solo observo y ejercito mi paciencia con dignidad y decoro. Además, voy exclusivamente en bici, con anchos pantalones de deporte de algodón en los que puedo llevar cómoda y discretamente una buena navaja.
Creo que los culos (al menos los peludos de hombre) tienen una sola dirección: hacia fuera. Y no es homofobia, es biología.
Y lo bien que me lo paso ¿eh? ¿eh? ¿eh?
Yo también puedo tener mis días de orgullo personal y alardear de ingenio, perspicacia y sabiduría.
Es que en cuanto llega una temporada vacacional, comienza la migración de las viejas y negras mariposas en tropel; y es difícil callar tantas emociones.

Esto de los «queer», esos seres humanos que van más allá del hetero y homosexualismo constituyéndose en un «nuevo género sexual raro e inclasificable».
Viene a ser otro eufemismo para explicar a los niños en las escuelas, que por ejemplo, Caperucita Roja era una «queer» por su relación gerontofílica con su abuelita, amenizada con su impudorosa exhibición ante el lobo (sabiendo que era observada sentada en la cara de la anciana). Lo que irremediablemente la llevaba a tener relaciones sado-zoofílicas con el feroz animal en la espesura del bosque. Luego, ya satisfecha por todos los agujeros, camino de su casa sentía deseos de suicidarse mientras masticaba amapolas a boca llena.
(Por esta razón el cuento ha sido momentáneamente censurado en las escuelas hasta que consigan adulterarlo adecuadamente).
O sea, tenía el cerebro hecho mierda y un gran desgaste ano-vaginal. Y cómo no, una profunda crisis existencialista identitaria.
Es la ultra metafísica pokémon-evolución de gays y lesbianas.
Coño, no es fácil ser «queer», pobres…

(Mi fe impía / un credo incorrecto)

Creo en la violencia como resolución de los conflictos y reafirmación de la dignidad.
Creo en la épica del combate cruento.
Creo que sangre con sangre se paga.
Creo en el rencor más que en el amor.
Creo en la única cópula: la de macho y hembra.
Creo en la prostitución como alivio a la lujuria de la soledad y la narcosis.
Creo en la envidia como motor de la sociedad.
Creo en la compraventa de seres humanos con legales facturas y documentos de propiedad.
Creo en la ofensa y la falta de respeto.
Creo en la corrupción de jueces, ministros y sacerdotes.
Creo en la tauromaquia, en toda esa sangre y el dolor de las dos bestias. La violencia, la sangre y el dolor son lo más efectivo contra la disfunción eréctil.
Creo en la mentira, escudo contra la hipocresía; aunque parezcan lo mismo para un observador negligente.
Creo en la voladura de la sociedad con explosivos para la creación de una nueva digna y limpia.
Creo en la obstinada y obscena voluntad de mi rabo erecto ante una mujer hermosa con ropa ajustada. De tetas y culo rotundas.
Creo en mi propia abominación.
No creo en dios; pero amén.

(Credo in malum)

Iconoclasta

Es sencilla y hermosa (una lágrima no es).

Un átomo de tristeza y otro de alegría (payaso no es).

Vive invisible en la punta de los dedos que desean tocarla como un secreto (bichito no es).

Es tan delicada que la luz puede romper (pompa de jabón no es).

Su mamá es una dulce melancolía (un tren que se aleja no es).

¿Qué es?

…

…

…

UNA TERNURA.

Dada mi gran perspicacia fijo que se trata de alguna especialidad culinaria. Llevo ya un tiempo preguntándome que es un “khashoggi”.
¿Un civet? ¿Una menestra? ¿Pollo trinchado? ¿Un pez venenoso como los de los nipones? ¿Una pizza exótica?
Soy un bon vivant inquieto.