Me tatué un 666 en el antebrazo sin asomo alguno de pudor, bien visible. Por una vanidad mitómana. En el otro brazo, un circuito electrónico, porque no soy una creación de Dios, apenas humana. Y en una mano llevo tatuada una placa metálica con mi inicial: mi propio y válido bautismo. Soy inorgánico en esencia. Y cuando hay tormenta, paseando por la montaña pienso: Si Dios existe que me parta un rayo. Y se me escapa una risa pérfida. No ocurre nada no hay rayo que se me acerque, solo estoy jodido y mojado. Abandonado en este planeta que no pedí. Esperaba que la vejez me aplacara; pero estos putos músculos palpitan violentamente henchidos de sangre. Como mi rabo. Si Dios existe, me espera una muerte apoteósica. Mientras tanto, follo y fumo. Está bien, fumo más que follo, nunca he sido muy sociable, tengo una dificultad patológica para entablar relaciones sociales. Y así es imposible encontrar otra mujer que no sea de pago. Y soy demasiado hermoso para pagar por sexo. Si Dios existiera, me la tendría jurada. Es romanticismo, ese que ayuda a dormir pensando que has vencido a todos los subnormales divinos y mortales con los que te has cruzado a lo largo del día. A veces me sangran los tatuajes. Estigmas de un jesucristo que no acaba de entender qué cojones hace aquí.
Les tiene locos y obsesionados las fotos de cánceres, enfermedades y malformaciones en las cajetillas de cigarrillos. O el fumar en tu propio coche ahora. Bueno, a ver si se enteran de que lo que han de etiquetar con fotos sórdidas son las botellas y cartones de cervezas, licores y vino. Es lo que se lleva el Óscar al mejor y mayor número de muertes de tráfico, palizas domésticas y asesinatos. Hay que ser lerdos con esa obsesión idiota por el tabaco cuando los borrachos matan más rápida, aparatosa y eficientemente provocando más gasto social. Lelos, que sois unos lelos sin cerebro.
Hay momentos que desciendo suave y desidiosamente por la pendiente de la idiotez. Y mientras mi cerebro se vacía y me siento feto sumergido en imbecilidad; pienso con una estúpida sonrisa: Que os jodan. Para lo que me queda en el convento me cago dentro. Dios me mira con ojos terribles y yo le pregunto: ¿Y a ti que te pasa? Y ríome, ríome, ríome, ri… rio… ri…
Está ya tan nervioso y sediento de seguir en el poder, que está decidido a destrozar cualquier asomo de evolución y selección natural en Francia.
Al pánico de los chalecos amarillos, se suma la avaricia. Y les guiña un ojito…
La avaricia lleva al populismo barato y facilón, apto y adecuado para las redes sociales (que son las que importan).
Yo no digo de prohibirlo, que cada cual se insemine como le salga del coño. Pero gratis… Ahora toda imbécil que despierte con el antojo, irá a un hospital sin bragas y tendrá una cría en el futuro con su genética rara y todo a costa de los contribuyentes, como si no tuvieran poco gasto manteniendo a todos los parásitos que forman parte del gobierno y administración francesa (en este caso en concreto; pero es aplicable también al gobierno y administración de España).
Que seáis felices en vuestra retro evolución, galos.
¿Sobrevivirá Dios a mi muerte?
Seguro que no. Está tan obsesionado por ofenderme y joderme cada día, que morirá marchito de hastío cuando me muera de una puta vez.
El hedor a descomposición de la carne no augura gratos momentos en el más allá.
Lo que mal empieza…
¿O es que acaso no veis películas basadas en hechos reales?
Un poco de cultura y menos fe jovial y cándida, por favor.
La angustia, el existencialismo, el romanticismo, las inquietudes humanísticas… Todo eso da mucha importancia a la psique, nos hace parecer importantes a nosotros mismos. La muerte, la vida, el dolor y el placer, el hambre y la saciedad, la riqueza y la pobreza. Sin embargo, pienso en lo mal repartidas que están las experiencias y sus emociones, los hay que conocen solo lo bueno y otros solo lo malo. Fumas, escribes, te masturbas como un animal sin ser necesario y cierras tu pensamiento a cualquier otra consideración que no sea trabajar o hacer correctamente la compra. Por tanto solo sé de lo malo. Y ninguna mente es perfectamente hermética y robotizada o condicionada, por lo que el deseo de que haya una destrucción total asoma como un brillo de inteligencia en mi mirada cuando el jefe me daba la tarea del día o me cobran en la caja del supermercado con evidente aburrimiento tras hacer cola durante una eternidad. Pienso en esos grandes artistas bohemios que tenían la suerte de poder alimentarse de mierda, marihuana y licor sin pensar en trabajar largas horas todos los asquerosos días. Y luego en mis largas jornadas laborales y en mi imposibilidad psicológica de pedir dinero prestado, cigarrillos o cualquier otra cosa. Vivir literalmente del cuento bohemio, no está dentro de mis gustos ni orgullo. Y así, todos esos grandes maestros pierden peso. Su banalidad y su suerte me provoca prurito en los genitales. No soy feliz como ellos. A Bukowski, una puta le come gratis la polla y yo tengo que pagar una pasta por una mierda de mamada de una furcia de dientes podridos y bragas rotas. No soy amable con la suerte de nadie, por muy carismática que sea su forma de alucinar con tóxicos varios. Sin estar narcotizado sé de peores cosas que esos listillos. He visto de niño a locos mutilarse a través de las ventanas de un manicomio y lo que es peor: la envidia. La envidia es el pan nuestro de cada día. Me refiero a la envidia como forma de vida y pauta de comportamiento en esta sociedad mierdosa. Aunque conociendo al ser humano, no puedo imaginar una sociedad sin envidia. Si eres amable por fuera y por dentro desprecias con ira la mierda de leyes que han ido tejiendo a lo largo de los siglos tienes la fuerza del pensamiento; pero si aceptas con resignación el juego, te conviertes en una boca muda que come de una bolsa colgada de un ronzal con la cabeza gacha. Siempre hay medios para hacerse oír y más en estos tiempos. Decir estupideces no es necesario, simplemente inevitable. ¿No se dice que haya donde fueres, haz lo que vieres? Lo hago, cojones. Así que ya no he de ser un borracho de mierda para que un editor me publique y vender el espectáculo del «hombre hecho mierda» y ser leído en un hipotético futuro. Desde la comodidad de una buena silla o una buena mesa, puedo denigrar todos y cada uno de los estándares de esta mierda de colmena humana. Ya no debo esperar a morir para tener la suerte que mi pensamiento sea leído por algún trapero que encuentre mis diarios y mis escritos envejecidos. Ahora, aún vivo, soy capaz de ofender a mucha gente. Tanto o más como yo he sido ofendido. Alguien tendrá que joderse al encontrar alguna de mis frases por culpa de un puto buscador y pensar: ¿Quién coño es este imbécil? La gran obra maestra que solo acabará con mi muerte se ha metido tanto y tan íntimamente en internet que, ya soy una voz que se quiera o no se puede tropezar con ella. No me importa la calidad, importa la claridad y la contundencia. Y cuando alguien busca felicidad, sexo, amor, dolor, envidia, humor, semen, violencia, violación, puta, polla, coño, infancia, mamada, política o religión, se encontrará con mi pensamiento y con toda probabilidad no le va a gustar. Y se preguntarán si soy drogadicto o borracho, de la misma forma que yo me pregunto cómo es posible que los cuerpos con cerebros tan simples como los de la humanidad, puedan realizar funciones tan básicas como cagar o mear sin equivocarse de conducto de evacuación. Nunca fui ni pude ser un puto y afortunado bohemio, solo un puto obrero amargado.
Existen las cosas tristes y las tristes cosas.
Las cosas tristes viven patéticamente.
Las tristes cosas yacen muertas, ocasionalmente picoteadas por funerarios buitres.
No sé bien donde encajo, si entre las cosas tristes o las tristes cosas.
Hay un lugar donde las cosas no pueden dejar de ser espantosas y no ven la hora de morir. Lo llaman purgatorio; pero yo no purgo nada, mi digestión es perfecta; simplemente algo salió mal en mi concepción.
Soy una cosa con ese serio problema, me encuentro en un limbo en el que medio vivo lastimosamente y no acabo de morir para descansar.
Hay cosas que no tenemos suerte para lo menos malo, ni para lo malo absoluto.
Y Dios es una puta que apenas mal te corres, sale veloz por la puerta del motel con el dinero entre las tetas, sin preocuparse si lo eyaculado es pus o esperma.
Sinceramente, yo tampoco me preocuparía. Siempre que he podido he hecho lo que quería, no siempre ha sido agradable para otros, ni siquiera para mí.
Y como la puta o como Dios, no he mirado atrás.
Soy una mala cosa ¿eh? No me quejo, solo concluyo.
¡Ja!