Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

Amarte silenciosamente es lo mejor que me podía ocurrir.
Porque el amor no se deteriora cuando se mantiene secreto, en silencio.
Está a salvo de malentendidos y de mis vergonzosas limitaciones y carencias este amor que oculto y que guardo tan silenciosa y sigilosamente.
Nunca sabrá nadie la brutalidad de mi amor.
No lo pretendo; pero es una consecuencia lógica que este secreto te proteja de mí mismo y de mi existencia al no interferir con la tuya. Todo encaja ¿verdad, cielo?
Amarte silenciosa y caligráficamente es mi privilegio. Forma parte de mi escorada naturaleza.
No necesito tu permiso, ni compartir mis inquietudes y emociones con un amigo confidente.
Sé con certeza que cuando el amor deja de ser secreto, se autodestruye en cinco, cuatro, tres, dos… Estalla mediocremente, sin grandes aspavientos y ni cadáver deja para poder visitar su tumba y llorarlo al evocarlo.
Al evocarte a ti.
Sé de una forma natural, que ambos seremos felices con este amor, porque no sentiré la pesada carga al besarte, de no ser lo que me gustaría.
Sé que algo está deteriorado en mi cerebro.
La cuestión es que no hay remedio, ni lo quiero.
Es tarde, o tal vez, destiempo.
No es para ti esta carta, amada mía.
Es para este amor que palpita oscura y silenciosamente en mis sienes.
¿Te das cuenta de la trascendencia que amarte le da a mi vida? Gracias, mi amor.
La belleza de escribir solitariamente, de amarte sin límites ni gravedad. Poderosamente…
Es delirante, e incluso hace añicos el real concepto del amor.
Suelo romperlo todo, nací disconforme, enfadado con todo.
Así que escribo este secreto para dar peso, tamaño y tacto a este extraño amarte y situarlo como un jalón en mi historia.
Podrías pensar, si supieras de qué forma te amo, que estoy loco.
Claro que sí, no puedo rebatirlo; pero no ocurrirá. Moriré y nunca se sabrá, ni dolerá, ofenderá, ni asombrará.
Y lo mejor de todo, no me avergonzará jamás.
Temo al ridículo como al veneno.
Puedo reconocer mi locura porque este acto, estas palabras no me resultan extrañas. Son connaturales en mí por lo que soy y por lo que sé.
En otro momento, te escribiré de nuevo, no puedo olvidarte, cielo.
Te follaría ahora mismo, con la pluma en la mano…

Iconoclasta

Imagen de Iconoclasta.

Caprichos impúdicos, genitales ostentosamente empapados, la indiferencia al dolor ajeno y un lugar odioso donde intentar permanecer con promesas que no se cumplirán.
Con sueños que estallan con la primera luz del día.
Amar es una rosa floreciendo entre excrementos.
Tan sórdido…
Y aún así…
Somos unos tenaces amantes.

La hendidura íntima que forman tus muslos es el lugar de reposo de mis rudos dedos calientes y palpitantes.
Por alguna razón, la contenida inmovilidad de mi mano vence a los muslos que se separan perezosamente. Los dedos se precipitan en la húmeda carne que ha quedado indefensa.
Y siento como palpita esa perla dura y a duras penas oculta, acompasándose a los latidos de mis ásperos dedos que contienen la respiración en una asfixia de puro deseo.
La carne diosa se hace más blanda, elástica y holgada por momentos, como si supiera que tiene que ser penetrada, bebida, besada, lamida, mordida…
Y sin que te des cuenta, un ligero estremecimiento de tu vientre frío empuja, conduce mis dedos a la gruta del suspiro.
Ahí dentro palpitan y arden de fiebre. Chapotean ahogándose en tu agua espesa en gemidos líquidos.
Y tu boca parece el reflejo de tu coño, de tus labios húmedos surge un suspiro como un vapor de obsceno placer que queda flotando en el aire que ambos lamemos. Un gemido que detiene el corazón y el tiempo cuando tus muslos tiemblan intentando gestionar toda esa invasión de placer, de posesión inmediata e inevitable.
No lo puedes ver, pero tus pezones se erizan en la ansiada agonía que suspiran tus cuatro labios carnales.
Los que maman, abrazan y tragan. Se dilatan y contraen a distintos ritmos en una caótica coreografía pornógrafa y hermosa.
Aunque solo apoye mis dientes hambrientos de ti en tu vientre sísmico, respondes con un espasmo que parece conectar directamente a mi bálano que se balancea inquieto buscando meterse en ti salvajemente.
Sin piedad.
Y así es como se gestionan las hendiduras y los dedos.
Mi paranoia de amarte.
Sin piedad, sin paz… Una lucha hedonista.

Iconoclasta

Si amar es tan bello, ¿por qué se escribe tantas y tantas veces del padecimiento de los amantes?
¿Por qué tantos poetas parecen ver; pero no tocar?
El amor es una entelequia que los amantes se esfuerzan por materializar; saben que no lo conseguirán y ahí reside la tragedia.
Los amores mueren tras el clímax de una euforia. Unas veces por la impotencia de hacerlo real, otras por hastío.
Es una forma de mantener poblado el mundo con diversidad genética.

Estoy aparentemente relajado; pero no dejo de pensarte.
No amarte sería la solución a esta paranoia.
Pero… ¿Cómo lo hago?
¡Dime! ¿Cómo lo hago para no amarte?
¿Cómo cojones puedo dejar de pensar en ti, cielo?
Por favor…

Iconoclasta


Fotos de Iconoclasta.

Cuando la noche se cierra siento que estoy a salvo de la luz. Y es cuando ella asoma rotunda con sus potentes palabras, su boca diosa y su rostro deseado entre la penumbra; como una poderosa luna que transforma toda la mediocridad que hay en la luz en el misterio trascendental del amor.
Ella me da existencia. Ella conmueve mis fríos cimientos clavados en la tierra donde yacen los muertos.
Es razonable no querer que amanezca. Es razonable pensar que tal vez la muerte sea una noche eterna con ella.
Es razonable la locura…

De alguna forma el planeta me lo hace entender, me quita toda esperanza con la sencilla metáfora de la naturaleza. Lo hace sin maldad, sin pasión, sin odio. Me dice: “Es lo que hay”.
No hay un espacio donde poder caminar entre el hielo y la calidez. Si caminas demasiado al borde, puedes helarte. O pasar de la brillante a la luz a la tenebrosa oscuridad.
Todo o nada.
Es como si hubiera dos planetas: uno de luz y color como una oasis, y otro helado como una hermosa y letal luna.
No hay una zona media entre los extremos que nos permita abrazarnos.
Nos separa una dimensión insalvable que tal vez no mida ni un milímetro de ancho.
Tú eres de un cálido planeta y yo exhalo por mi boca el vapor del frío.
Hay una tristeza crónica con la que me despierto todas las mañanas. Y lo único que crea sonrisas en mi rostro, es cuando nos comunicamos confidencial y secretamente con emisiones invisibles, besos imposibles y un amor que rasga los tejidos por dentro y hace llorar la carne de desesperación.
Tu eres única, una hermosa extraterrestre en el planeta Tierra y yo me encuentro abandonado en la Galaxia Gris. Donde solo estoy yo y algún oso que me mira torcidamente.
Mi bella alienígena, tal vez…
Tal vez algún día aparecerá una franja de amor entre el frío y la calidez donde poder realizar la comunión del amor.
Tal vez antes de que muera, porque en mi gélida galaxia, el tiempo corre a velocidades lumínicas.
Hoy se ha empeñado el planeta en darme malas noticias.
Te espero, y anhelo tus secretas palabras para sonreír en este día.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Sucumbimos a los más altos instintos en la vorágine carnal.
Como animales…
Lo carnal es hermoso y sublime.
E irremediablemente las almas se encontraron, se reconocieron y se lloraron la una a la otra en el cárnico encuentro.
Porque las almas habitan en la carne, en lo más profundo. En los intersticios de piel, carne y hueso.
No hay alma sin carne, no hay carne sin alma que no sea cadáver.
Follar es la absoluta comunión.
Solo que, en demasiadas ocasiones follamos carne errónea.
Y mientras vivimos, buscamos la carne correcta porque no hay otra cosa que hacer cuando hambre y sed se han saciado.
Como animales…
Y cuando sacas un billete para pagar la carne en una banal y vacía transacción, tus genitales segregan flemas incapaces de trascender y permear ningún tejido. Y los cerebros acaban oliendo a fracaso y frustración.
Como cadáveres…
Es por ello que cada día doblan las campanas sin descanso, por los millones de cadáveres que pululan la tierra.

Iconoclasta

No te lo digo, pero tiene los ojos más grandes, profundos y manifiestos del mundo.
No te lo digo, pero son bellísimos.
No te lo digo porque cuando las cosas bellas y amadas se pronuncian, el mundo te las roba por envidia.
Lo sé. Siempre ocurre lo mismo.
No te lo digo porque es un secreto. Y los secretos, pueden convertirse en ridículo cuando la luz los ilumina.
No te lo digo, pero sus labios son tan voluptuosos y carnosos que tendría miedo a besarla, porque cubriría mi alma con ellos.
Y me robaría el habla.
No te lo digo porque es un deseo sin base lógica y sólida, un fracaso anunciado. Y no lo quiero anunciar.
No quiero ser patético mientras respiro.
No te lo digo, pero es exuberante hasta la desesperación (la mía), una ligera abertura en el escote de su blusa muestra un universo rotundo y húmedo que sueño explorar y precipitarme suicidamente.
No te lo digo porque hay seres que por alguna razón no podemos acceder a paraísos o ilusiones, y aún así soñamos posibilidades con el riesgo de dolor que ello comporta.
Posibilidades tardías.
Como bebés que nacen rotos, así son mis sueños de amor y deseo con ella.
¡Shhh…! Me da vergüenza ser lo que soy, por eso no te lo digo.
Y su voz… A través de ella impone el poder de su belleza con cierta autoridad (divina vanidad) y me hace sonreír cuando no es necesario, cuando no tengo razones o ánimo. A veces la escucho de nuevo y cierro los ojos imaginando. Su voz transmite frecuencias inaudibles que deseo descifrar; pero no te lo digo, para hacerlo debería estar íntimamente próximo a ella.
No te digo como suena, porque te reirías de mí con una sonrisa forzada y triste, como si supieras que estoy acabado.
Y lo estoy, pero no te lo digo.
Solo te lo escribo con una pluma de tinta roja como la sangre, porque temo a los espías de Envidioland; no quiero que sepa nadie más que tú, papel, de mi fracaso y días tristes. No quiero dar pena, o en el mejor de los casos, inspirar desprecio.
No te lo digo porque un día te quemaré prendiéndote por una de tus esquinas y oleré el dulzón aroma de tu combustión y mis secretos.
Escribiré al final de estas cosas que no digo, de este amor y deseo secreto:
Este documento se autodestruirá en cinco, cuatro, tres…
Y yo con él un poco también.
Tan solo durante unos segundos se verán los trazos de mi letra en rizos frágiles y volátiles de un papel carbonizado. Nada que pueda probar que un día amé.
Cinco, cuatro, tres, dos, uno…
Cero.

 
ic666 firma
Iconoclasta
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