Tiene una luxación del pensamiento, se ha doblado demasiado imaginando tiempos mejores, lugares sin tanta mediocridad. Como un codo al revés, como un testículo lleno de intestinos por una hernia. Así duele, así mata la frustración; como una enfermedad. La enfermedad sea mental o física (siempre acabará siendo mental también), siempre comporta desesperación y un dolor insoportable de vivir. No lamento dar malas noticias, ya hay demasiados predicadores y telepredicadores para las cosas amables de mierda.
El caballo y yo estamos serenos bajo una fina lluvia que no nos molesta. Y en el papel se forman diminutos puntos que las agujas de agua decoran, es una pena que se borren o sequen porque queda precioso. Bueno, no sé si es precioso, a mí me gusta, qué cojones. Yo me diluyo de otra forma más lenta y sé que no puedo evitar ser menos cada día. Bueno, es una bella desintegración, no me puedo quejar. He fumado un par de cigarrillos hasta que la gorra ha empezado a gotear por la visera. Monto en la bici y le digo adiós al caballo, que me responde cabeceando de lado a lado y levantando el belfo para enseñarme los dientes en una sonrisa desconcertante, no sé si es amable o simplemente se ríe de mí. No importa, me gusta lo que sea. Por el camino pasean dos patos anadeando perezosamente, como si ya estuvieran cansados de agua por abajo (el río) y agua por arriba (la lluvia). A punto de alcanzarlos dan un graznido malhumorado que traduzco como un saludo a mi padre y salen volando como dos caricaturas de bombas volantes. Lo bueno de que llueve, es que hay tan pocos humanos que los animales nos relajamos y nos encontramos en todas partes. Y mientras el agua nos diluye lentamente como una acuarela abandonada río abajo; no duele. Que no es poco. Una lluvia fina es el encuentro sereno de unos conocidos cansados del sol y su ruido.
¡Qué pena de tiempos aquellos en los que había que acarrear un tintero para escribir y cargar la pluma continuamente! ¡Con la urgencia que sufro por escribir mi pensamiento! Porque las ideas viven poco tiempo en la oscuridad. Necesito la inmediatez paranoica de hacer de la idea algo palpable, tridimensional. Es algo que la gente ignora; por ello hay tan pocos escritores y un exceso de copistas y versiones de más de lo mismo. Escribir un diario es terapia; pero jamás literatura. Se trata de una acto de vanidad que a nadie interesará jamás. Un diario debe ser personal e intransferible para que nadie se pueda reír de ti. Incluso para proteger tu propia dignidad de lo que el diario te desvela. ¡Shh…! Calla, sé oculto y secreto con tus miserias diarias. Una crónica es un suceso histórico muy limitado en el tiempo, no un diario. Hay que diferenciar cosas. El diario tiene exactamente la misma utilidad y creatividad que resolver una sopa de letras, es entretenimiento, masturbación flagelante. Escribir de uno mismo y pretender que pueda interesar a alguien más mediocridad, es algo que se da en las sociedades decadentes y aburridas. Por ello actores populares y timadores como los políticos escriben sin pudor su vida, plagándola de mentiras y auto hagiografía. Así pues, no importa escribir con plumilla y tintero algo que no es urgente, que es incluso mejor dejarlo para los ratos de ocio, de mucho ocio y hastío. Si tienes una idea, sé veloz, usa medios apropiados para salvar la idea que podría fundirse en la oscuridad de la mente; porque cada vez que hundes el plumín en el tintero, tu idea se hunde un poco más con él. Y el papel necesita sangre…
Y una encrucijada que conduce indefectiblemente al mismo lugar y tiempo; como un agujero negro de la vulgaridad. He emergido de la oscuridad de las montañas para aparecer aquí. Maldita sea mi suerte… La lluvia está afuera, pretende engañarme dándole un brillo imposible a lo que no es tierra, creando reflejos, espejismos de un misterio que no existe. La soledad, el frío y la noche, son dentro de mí. Las pequeñas luces no importan, soy impermeable a ellas. Y el puente mal disimula su humillación. Debería servir para salvar el agua del río y ahora es portador de ella. Avergonzado porque no cruza el Aqueronte, porque no hay barquero arrancando aburrido las monedas de las bocas y ojos de los cadáveres, y llevarlos a ninguna parte. Están muertos, no quieren ir a ningún sitio; la muerte tiene una lógica indiscutible. Los cadáveres no quieren nada; es un lugar erróneo para Caronte. Por eso llueve, para que el barro los hunda más profundamente en la tierra. Se me escapa una risa solitaria, como las de los locos que detonan dentro de si mismos y golpean la pared con la cabeza sin que nadie sepa porque. Hasta ahora… Es simple, les pasa como a mí, quieren escapar de si mismos. Me gusta impregnar la noche con mi frialdad, con mi oscuridad que vence a la luz. A veces hago estas cosas, alardear de lo que nunca he sido. Soy; pero no sé qué. He de dar media vuelta y volver atrás, la encrucijada es una trampa para la ilusión: todas las direcciones convergen en la grisentería. Ha sido un error aparecer en el asfalto. Ya he visto suficiente, vuelvo a la negrura. Adiós puentecito triste. Adiós lluvia tramposa. Adiós asfalto infecto. Adiós, río invisible, apenas audible. Adiós caminos que conducís todos a la desesperante y triste Roma.
Las cosas se rompen por desgaste, vejez o mal trato. Cuando se juntan todas las causas podría tratarse de asesinato o suicidio. Hay que tener mucha voluntad para acabar con las posibilidades de experimentar algo bello. Y es que hay olores, colores, formas y sonidos que te devuelven a la vida aunque no quieras. La autodefensa instintiva no permite el suicidio fácilmente. Protege de las frustraciones que provocan los pequeños momentos hermosos que se pierden para siempre, y han dejado un agujero en el aire lleno de tristeza al evaporarse. Y entonces escupes con displicencia contra dios o la tierra por hijo putas. Es la autoprotección. Si algo se aprende en la vida, es no creer en la durabilidad de lo bueno, de lo hermoso. Vale la pena apreciarlo mientras dure; pero jamás se debe creer que durará mucho tiempo.
Cuando verdaderamente disfrutas de la naturaleza es cuando dejas de fotografiarla a cada instante. Entonces le prestas la atención seria que se merece. Y llegas a ese estado porque ya formas parte de ella y no es un hecho extraordinario vivirla. En definitiva, uno de los síntomas de que ya perteneces al medio natural es cuando dejas de fotografiarlo todo como si fuera el último día y eliges lo realmente bello o curioso tras la observación. Por ejemplo: la corteza que está arrancando y comiéndose del árbol el caballo ¿es narcótica y está enganchado a ella? ¿Flipa con ser Pegaso o un ñoño unicornio? ¿Debería rascarla y luego traficar con ella vendiéndola como crecepelo de la risa? Un poco de dinero extra no viene nunca mal, es para ayuda humanitaria, lo juro. No te fijas en el caballo, si no en lo que hace, masca o esnifa. Incluso sientes ganas de ir a arrancar unas cortezas y masticarlas por si hubiera suerte. Por otra parte, cuando has escuchado la potencia de la coz de un caballo, ni se te ocurre pensar en selfis molonas y tiernas.
Pasear entre las montañas siempre te depara alguna agradable sorpresa. De vez en cuando te encuentras con un perro que te sorprende: “Hostia puta, es grande como una vaca”. Pareciera que me mira demasiado fijamente, como un poco hostil y pienso en los capotes, los toreros, banderilleros, picadores y los animalistas. No sé porque, es un perro. De cualquier forma me digo: “Como me gruña le pego una patada en los huevos al perrito”. Pero nada, es un buen perro que cuando paso por su lado (el que me deja, es condenadamente grande), ni siquiera me mira. Son tan antipáticos cuando quieren… Eso sí, es muy buen escalador. Ha desaparecido entre la espesura del bosque y cuesta arriba. A mí no se me hubiera ocurrido subir por ahí por temor a verme cayendo durante horas como Homer Simpson por un precipicio, en uno de sus ya clásicos e imprescindibles episodios de la estupidez y la torpeza. Este Marlboro me sabe raro…
Soy el sueño muerto de un padre con el corazón roto. La sonrisa de amor de una madre horizontal de carne fría. Y la ternura de una abuela podrida. Soy un rimero, un estercolero de sueños incumplidos, un conjunto de imágenes latentes y difusas en las pupilas lechosas de mis amados muertos. Tengo arcadas de vómito ante el vértigo de ser un nebuloso recuerdo que a veces sangra. Que sufre la condena de ser real, de estar vivo. Como si no hubieran hecho bien el trabajo los muertos, se olvidaron de borrarme o de llevarme con ellos una vez acabadas sus vidas y sueños. ¿Y si respiro solo muerte en mi último segundo de consciencia, delirando que sangro y tiño mis propias pupilas de rojo sanguíneo un tanto coagulado, como legañas espantosas…? Y una tormenta-o de arena me deshace, me erosiona, me diluye… No sé… Pero siento extrañas náuseas de una vida que no acaba de serlo.
La Pantera Rosa, en Ocaso Rosado… ¡Ja! Es un privilegio caminar al anochecer bajo el monumental cielo de nubes rosas. Se despiden de mí con sensual ternura, como si me quisieran. Como si yo valiera lo suficiente. No puede hacer daño delirar un poco. Y como soy invisible para el universo, no tengo reparo en mostrar un ridículo romanticismo. Hasta mañana si sobrevivo una noche más, nos vemos en Ripoll de nuevo. Bye, cielo.