No vale la pena un gran esfuerzo y su dolor para conseguir algo. Cuando has pasado por toda clase de penurias, acabas cuestionando si de verdad ha valido la pena “eso” para tanto sacrificio. Y ocurre con todas las cosas orgánicas e inorgánicas por las que se lucha. Los dolores y los sacrificios prolongados convierten en frustración lo que se ansiaba. Es la ley de la decepción y el tiempo perdido. Y yo soy el Verbo.
Amo las pequeñas flores del bosque porque son tu metáfora. En mi pensamiento a veces hostil, a veces negro; eres el color y el calor que me hace humano. Flotas hermosa en mi enmarañado pensamiento, elevándote sobre todas las cosas vivas y muertas que lo habitan. Con toda esa fuerza… Tan pequeña y tan brava. Irreductible. Es la metáfora de tu belleza y la pasión de vivir. A pesar de la hojarasca… A pesar de los cuervos que graznan malhumorados mi existencia. Extiendes tu color ante mí, un paño húmedo en la sudorosa frente del enfermo. Indecentemente ingrávida esplendes como una diosa, hipnótica, deseable. Y frágil. Me da miedo pensarte tanto y que te pueda doler una pétalo. Los pétalos de tu coño hambriento, cubierto de rocío espeso… Y yo libándolo… No eres la obra de un tumor, mis labios guardan el calor de los tuyos. No puedo regalarte una flor, porque me quedaría vacío entre la hojarasca. Solo tengo una, solo te tengo a ti… Es absurdo; pero ¿qué puedo hacer yo para entender la metafísica del amor? Eres la más hermosa contradicción: esa aparente sutilidad y tu atómico amor. Y los muslos que tiemblan, impacientes por abrirse, que se cierran en contracciones que marcan los jadeos… Que te traicionan dejándote indefensa a mis toscos dedos pringados de viscoso deseo. ¿Cómo puede una flor tan pequeña pesar tanto en mi vida? ¿Cómo puede un animal como yo, poseer ese fulgor de amor constante en su pensamiento hosco?
El invierno crea momentos de desesperanza con la desnudez de los árboles y los escasos verdes que viran al gris. La desesperanza es de un trágico romanticismo, no puedes luchar contra ella porque te rodea, se mete en ti, te hace suya. Y eres uno con la melancolía y la muerte. Unidad con los años que pasaron y los que ya no se cumplirán. Seré una hoja que ha caído seca y fría. Y es relajante saber que no está en mi mano vivir o morir. Da paz. No debo hacer nada, tan solo ocurrirá. Si acaso, tan solo fumar sin prisas, hasta que el humo ya no salga de los pulmones. Cadáveres de invierno. La tragedia tiene un frío halo hermoso.
No recuerdo el momento preciso en el que dejé de amarte para, ya necesitarte como el aire. No pienses ni por un momento que llevo esta escafandra autónoma por cuestiones carnavaleras, esnobistas, de moda o estéticas. Y deja de reírte, me queda poco oxígeno en la escafandra.
Los cerezos y ciruelos empezaron a florecer la semana pasada. Desde hace tiempos inmemoriales, de vez en cuando oigo la misma canción: este año se ha adelantado la primavera. El presunto (como dicen de los delincuentes en la tele) cambio climático es tan cruel… No tiene piedad con sus floraciones tempranas, es lo más triste que he visto en mi vida. Es que me parto… Y ahora un maratón televisivo para recoger dinero y ayudar a esos pobres cerezos que han florecido tan pronto, que cada cual afile su tarjeta de crédito.
La ilusión es tan fascinante y creativa como peligrosa. Es durísimo sumergirse en la imaginación y emerger en la mediocridad completamente seco, sin rastro alguno de lo que has disfrutado dentro de ti.
Tras subir en bicicleta una buena montaña de pronunciadas cuestas, respirando el olor a podrido de los abonos y sorteando con elegancia y habilidad las plastas de esa mierda que un tractor ha dejado por todo el camino, me encontraba fumando lujuriosamente en la primera cima del recorrido. Al menos el cigarrillo me consolaba de ese acre olor a mierda. Y estaba tan deliciosamente solo que hasta me sobrevino una erección. Pero como nada es perfecto, sube un ciclista y sin un saludo, se detiene frente a mí para decirme que no deje la colilla, que me la guarde porque se quedaría allí por mucho tiempo. Yo le digo que por supuesto la recogeré y pienso: “Vete ya a la mierda, hijo de puta retrasado mental”. Y es que además de tener imán para los subnormales en los lugares más insospechados, se junta el hecho de que todo tarado de pocas luces se cree representante de la autoridad y protector de la comarca del Ripollés y del planeta en general. Así que pensando distraídamente en el asqueroso ciclista, me fumo seis cigarros más, cuyas colillas dejo cerca de mis pies para luego reciclarlas si me saliera de la polla. ¿Cómo se tratan los casos en los que te encuentras con un imbécil? Pues bien, recoges el montón de colillas, las colocas en mismo centro del sendero formando una montañita en miniatura y te meas en ellas para que se degraden antes y por supuesto, se apague alguna que aún pudiera estar encendida. Así que luego me monté en la bici pensando: “Espero que te guste hijo de la gran puta. Y fóllate a tu madre cuando llegues a tu choza de mierda”. Y así gestionas la imbecilidad de un ciclista retrasadito y climático como la puta que lo parió. Es que me dan unos disgustos… Lo que me temo es que la próxima vez, en lugar de estrategias ecológicas, deberé usar la violencia para quitarme al subnormal de encima. Si es que me lo paso bomba. Qué mala suerte tengo, cojones. Y lo mal que lo podría pasar el ciclista ecológico de mierda, ni se lo imagina.
Caminan por la calle y hablan, y hablan, y hablan con sus ojillos felices… Sienten miedo de estar solos. Tienen un miedo que se cagan a la soledad y a no pertenecer a un numeroso rebaño de borregos. Nadie vale tanto como para romper mis momentos de soledad. Amar no es ser un cobarde dependiente. Y la amistad es la otra panacea para combatir la soledad. De hecho, la amistad siempre ha sido uno de los vínculos emocionales más hipócritas. Se suele acabar la amistad cuando follan. Madres y padres aman demasiado, asfixiantemente a sus hijos. Es la consecuencia del miedo a quedar solos y desvalidos en la vejez. Invierten en un amor desmesurado, incluso pornográfico para ganarse un cuidador en la senectud. Todo ello salta a la vista cuando los observo hablar a algo con unos plásticos en las orejas. Como locos en sus paseos de permiso del manicomio. Teléfonos móviles que tranquilizan y controlan a los cobardes, creando dependencias emotivas y físicas entre iguales. Entre esa mezquindad humana que no sabría usar su libertad aunque la desarrollara. Porque la libertad no te la da nadie, la creas tú. Humanos castrados que llevan constantemente a alguien como compañía en su teléfono. Debería desarrollarse una app para toda esa horda de timoratos que necesitan el contacto humano constante. Una app para que jamás mueran solos y dignamente. Merecen morir con una app de muerte dulce y arropados por cientos de amigos. Morir como han vivido: pobremente y sin valor. Morir es como el cagar, jamás debería hacerse en compañía. Hay animales pequeños y grandes que viven y mueren dignamente, solos y sin demasiados ruidos, sin demasiadas amistades de favor e interés. Sin amantes cura-soledad. La raza humana siempre ha sido cobarde, salvo algunas raras excepciones. Es lógico que hoy día escriba y describa toda esta miseria pusilánime y borreguil. Los humanos deberían avergonzarse de su cobarde degeneración. Y yo debería no sentir tanta hostilidad hacia ellos; pero nada es perfecto. La vida es una mierda, y los cobardes deambulan con su estúpida sonrisa en el rostro votando a quien no deben.
Pequeñas guerreras que le arrancan al invierno cansado, colores y calidez, arrinconándolo contra las cuerdas. La primavera, cuando llegue, les va a tener que pagar una prima por productividad.