Este tiempo de coronavirus, después de todo, lo disfruto como una moda de ropa que me sienta bien. Me da buen rollo hacia mí mismo. Yo no soy de llevar mascarilla, soy absolutamente inmune a la cobardía global; y cuando me cruzo ante alguien que lleva mascarilla no en el hocico, si no colgada de una oreja o de la mano como un bolsito maricón; se apresura a cubrirse la jeta con esa mezquindad y mediocridad tan propia del miedo y la castración mental. Y es en ese glorioso momento, en el que me elevo por encima de ese espécimen (sea joven, adulto o viejo) como un ser superior al que temer. Muy por encima del que se ha colocado el bozal con tanta urgencia. En definitiva, me siento dominante, territorial y para mayor inri, muy guapo. Es la misma sensación que da llevar una buena ropa, un buen calzado y un reloj de siete mil euros. Y porque no me dejan, que si no también entraría a comprar tabaco tosiendo y escupiendo al suelo. ¿Veis? Alguna cosa buena debía tener este asunto de los bozales anti-coronavirus (que no sirven para nada; pero calma la ansiedad de los mediocres). En definitiva, me siento tan poderoso como aquel puñado de conquistadores que portaban el virus de la gripe; ese grupo de amiguetes que se hicieron con todo un continente lanzando un par de escupitajos mientras se rascaban el culo contagiando a las macizas indígenas con buenas tetas aún. Yo y los indígenas… Precioso.
¿Qué ocurriría si no tuviera pluma y papel para hacer de mi amor por ti algo táctil que no se esfumara como los segundos en la vida? Quiero hacer del amor que sufro por ti, algo como la energía que no se destruye y se transforma. Quiero dejar unas palabras que perduren, que el viento de otoño pueda arrastrar a ti como las hojas caídas. Como las bellas hojas muertas llenas de un color de paz y lujuria. Desde lo más adentro del planeta, lanzar estas palabras al viento con la infantil esperanza de que llegarán a tus manos. Llegarán arrugadas, sucias y viejas. Tan cansadas…; pero tus manos las alisarán, las limpiarán y tus ojos las emocionarán como pensamientos de amor que son. Y yo sentiré que se me derrama el alma bajo la piel como un llanto cálido. ¿Sabes una cosa, cielo? Las cosas obscenas que deseo hacerte, irán cerradas en un sobre lacrado con cera blanca. Blanca como lo que derramaría entre tus piernas, en tu vientre, en tu boca, en tus pechos y en tu piel toda. Serán palabras secretas y sucias que solo los amantes impúdicos pueden hacer suyas y sentir como amor en estado puro. Cuando rompas el sello, sé discreta, mi amor. Podrían oír los gemidos, oler los fluidos… Que el viento me lleve a ti, mi vida.
En la plaza de la Concordia un hombre alzó una mano al reconocer a un amigo a pesar de la mascarilla y un sol cegador.
– ¡Hombre, Ramón! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo está la familia?
– ¡Hola, Esteban! Sí que hace tiempo, amigo. Pues la familia, gracias a dios, todos muertos: los dos gemelos, la niña y mi mujer.
Los hombres se quitaron de la boca las mascarillas dejándolas colgadas de una oreja. Ramón alzó el codo para rozarlo con el de Esteban.
– ¡Qué bien! A mí aún me queda el pequeño Iván, tiene seis años. Si hay suerte, se me muere en cinco días, a más tardar empezando la semana que viene. Ya habrá expulsado todo el cerebro por la nariz para entonces. Y según qué zona escupe, tengo que sedarlo fuertemente porque le dan locuras. Tengo unas ganas de que pase todo y descansar… -suspiró Esteban.
-La última en morir fue mi esposa, hará tres semanas. Tenía la piel del revés y no podía soportar el dolor, ningún medicamente la calmaba -respondió Ramón.
– ¡Pobre Elvira! ¿Y tú cómo andas, amigo?
-Pues de camino a la planta incineradora ya. Anteayer cagué un trozo de mi intestino; estaba podrido.
– ¿Y cuándo te mueres? -preguntó con pesar Esteban.
-Posiblemente mañana a la noche, en la madrugada de pasado mañana a más tardar. La septicemia se ha extendido a todos los órganos. Incluso estornudo pus; pero cuéntame de ti.
-Pues no tengo previsto morir esta semana. Hace cuatro días vomité un pulmón que se desprendió y los médicos dicen que con el que me queda puedo ir tirando porque se ve bastante sano. Y bueno, unos gusanos de la carne me comieron los dedos de los pies mientras dormía; pero me desinfectaron los muñones y a seguir trabajando, hasta que toque.
Ramón asintió con la cabeza:
-Pues sí, no hay otra -concluyó.
Mientras se colocaban de nuevo las mascarillas, Esteban sonrió.
-Qué puta costumbre con la dichosa mascarilla ¿eh?
-Y que lo digas. Desde el verano del dos mil veinte que mis padres nos obligaban a llevarla incluso en casa, ya no puedo salir a la calle sin ella. Y mira que han pasado treinta años.
– A mí me pasa igual. Si es que somos burros de costumbre. Nos vamos a morir mañana y seguimos con el bozal aunque no sirva “pa ná” -respondió divertido Esteban.
– Ya sabes, pasa como con la navidad, ni crees, ni la sientes; pero la celebras.
Ramón, de nuevo, alzó el codo para despedirse de Esteban.
– ¡Venga esa mano, hombre! -le espetó Esteban con ánimo.
– No es por tradición, Esteban, me he despertado esta mañana con todos los dedos rotos.
-Espero que te mueras pronto, amigo mío -le dijo con tristeza.
-Igualmente, amigo.
Se frotaron los codos y cada uno siguió su camino.
Ramón caminó un par de manzanas hacia el supermercado y de pronto sintió una viscosa y caliente humedad en el ano. Una gran cantidad de sangre manó por el pantalón y las piernas. Se estaba desangrando. La brigada de limpieza lo recogió del suelo, aún vivo.
Cuando lo vertieron por la tolva del horno de la planta incineradora, se ajustó la mascarilla para morir decentemente según es tradicional.
El puto grupo Covid lo forma una banda de fascistas hijos de puta, ansiosos como perros en celo de amputar cualquier tipo de libertad y bienestar. Es un grupo de piojosos dictadores enmascarados con un bozal forrado de oro y cocaína. Y tienen la sagrada y puta misión de joder, matar y envenenar cualquier asomo de dignidad. Pero sobre todo, llevar a cada rincón del país la ignorancia, la cobardía y la mezquindad con la que fueron putamente paridos y tan malformados (aunque alguna esté realmente follable).
Lo que me encanta de este asunto del coronavirus, es que son los dueños de los perros los que llevan el bozal. Talmente como si el perro los paseara a ellos. De hecho es así, ellos, los perros, saben mejor que hacer y como comportarse. Digo yo que estarán alucinando pepinillos en vinagre, como si les hubiera bendecido una justicia divina colocando el bozal en la jeta de sus amos. A veces algo tiene un final feliz.
Al subnormal que ha redactado la noticia: si no convives con tu pareja, no es tu pareja; solo son servicios comprados a un chapero o a una puta. Alguien tenía que escribir la imbecilidad que anhelaba leer y que tanto ha tardado en salir. Cuando lo lean las parejas cobardes tanto macho-macho, hembra-hembra o macho-hembra sopesarán follar con mascarilla como dice la noticia boba de los medios de la incultura y el fascismo, está clarísimo. Pronto, en las noticas, veremos videos de folladores mal follando muy obedientes al régimen fascista. Y en caso de tener dificultades respiratorias, que hagan como los perros y por el ojete. Hay matrimonios o parejas con derecho a follar que son auténticos cretinos: dentro, en su propio coche usan mascarillas. Eso quiere decir que no follan o han aprendido a hacerlo con antenas como escarabajos y otros insectos que juegan con mierda. La mezquindad y la cobardía pudrirán cualquier actividad sexual. Aunque de hecho siempre ha sido así, lo que ocurre es que ahora se vanaglorian de ser grandes y obedientes cabestros estabulados exhibiendo sus miserias en las redes suciales.
Con este asunto del pavor al resfriado del coronavirus, hay padres que no quieren que sus hijos acudan al colegio. Y la ministra de educación del Nuevo y Normal Fascismo Español, ha dicho que se tomarán medidas contra esas madres y padres miedosos. Dejando aparte la indignidad de este pánico histérico y fácil que lleva a entrar en histeria a lo más cobarde de esta decadente sociedad; tengo que decir que: una puta mierda. Ningún fascista asqueroso me va a decir cómo, cuándo y dónde voy a educar a mi hijo. Es mi hijo y yo mando y ordeno en lo referente a su formación; cualquier otra injerencia es motivo justificado de violencia. Que los dictadores del gobierno español y toda su banda de perros rabiosos follen más para tener hijos a los que adoctrinar y castrar. En definitiva: si los niños y niñas han salido de sus coños y pollas, que hagan lo que quieran con ellos. Y si los genitales no les funcionan, que le compren niños y niñas a su amo y amigo: el gobierno chino; que tiene superávit de esas cosas, ya que al final los sobrantes acaban sirviendo de abono en los arrozales. Por lo demás, en mi hijo solo mando yo. Y mando muy bien y soy más inteligente y sabio que cualquier hijoputa fascista del gobierno español. Hace unos meses, esta tipa también dijo (por la polémica de adoctrinar a la infancia en la escuela sobre lo bueno, ventajoso y sano que es ser transexual): “Los hijos no son de los padres”, queriendo así, zanjar la polémica. Solo le faltó decretarlo en el BOE. Bien, pues si a ella no le ha salido ningún niño del coño, que calle la hitleriana y no diga más estupideces fascistas. Y si los ha tenido, que use el cerebro en lugar del culo para pensar lo que dice. Porque a mi hijo no lo educa ni dios si existiera.
Quién iba a decir que serían los jueces los verdaderos demócratas, los que plantan cara al gobierno cobarde fascista español y sus caciques autonómicos, auténticos talibanes contra la libertad. Quién iba a decir que un juez sentenciara que la cobardía desmesurada no justifica estrangular las más básicas libertades, entre ellas la salud. Las mascarillas son la forma más vil y rastrera de minar la libertad y la salud pública. Ahora el juez de Ciudad Real, debería dictar orden de prisión contra los políticos fascistas cobardes y las familias colaboracionistas en el robo de las libertades. Debería dictar prisión contra el gobierno español y los presidentes autonómicos por el genocidio cometido durante la prisión que decretaron como confinamiento y que mató a miles de personas que precisaban atención médica por afecciones mucho peores que un simple coronavirus. Bravo por el juez, su decencia y sentido común libre de la cobardía que infecta a España como el peor virus.
No dormita pegado al ordenador por protección o por el calor que proporciona. Está ahí porque mi gato tiene una inteligencia superior (no a la mía, dado el pequeño tamaño de su cerebro). Y como es lógico, adora todo lo que escribo, absolutamente todo; y quiere ser el primero en leer mis textos. Luego discutimos sobre existencialismo, violencia, sexo y reproducción con Cocacola y tabaco. Dicen los orientales que los gatos atraen la riqueza y el bienestar. Esos amarillos chillones no saben lo que dicen, no tengo una mierda de riqueza. Me basta con que Murf sea un buen tertuliano. Lo que no existe en tu especie, debes buscarlo en otra menos banal y cobarde en sus expresiones y actos. Es muy grato saber que una especie animal permanece pura e incontaminada a pesar de llevar tanto tiempo entre humanos. Ocurre simplemente que los gatos han aprendido de los humanos todo aquello que no debe hacerse o es indecente. Aunque me pregunto si no se le secará el cerebro de tanto dormir tan pegado a mi poderoso oráculo del saber.
Vamos a ver, que nadie se asuste o sienta una pena injustificada llevados por el amarillismo y populismo de la noticia. Quien ha sido un cerdo de joven, cuando llega a viejo, es el triple de cerdo, más malo. Los ancianos, por una simple cuestión de edad, no están exentos de ser unos auténticos hijos de puta, ni transmitir lástima gratuitamente. Posiblemente la vieja de la noticia tuviera una buena carga vírica de hijoputería y mezquindad y le dieron lo que se merecía. O sea, que las empleadas debían estar hasta el coño de la tipa. También sé que hay jóvenes despreciables; pero en lo que se refiere a esta noticia; no voy a cometer la ingenuidad de creerlo por un video de mierda adjunto, que seguramente estará amañado para crear esa misma noticia en estos tiempos de cobardía coronavírica. El respeto no se gana por edad, se gana por decencia.