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Aunque no sea elegante decirlo, mi pose no es casual, no es relajada.
Es todo lo contrario: tensa y premeditada.
Cerca de ti reacciono con animalidad.
Y siento vergüenza de mis bajos, duros y húmedos instintos.
Intento ocultarlos; pero sin darme cuenta presiono más de lo necesario.
¿Y sabes, cielo?
No tienes aptitudes de psicóloga, causas emociones hermosas; pero entre ellas no se encuentra la relajación.
No es un reproche, es desesperación por sentarte cuanto antes en mis rodillas no relajadas.


Yo, un blasfemo…
Y te rezo.
Yo, un renegado…
Y te adoro.
Yo, un derrotado…
Y te conjuro.
Yo, un ateo…
Y eres dogma.
Así todos los días
todas las horas.
Eres mi liturgia.
Yo, tu discípulo…
Tu malaventurado siervo.

 

 

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Iconoclasta

Primera fase: bien de mañana, al despertar cualquier cosa que veo en las noticias o en la calle me altera, me cabrea; me ofende la idiotez nuestra de cada día como el mejor de los panes rezados al padre suyo. Me transformo en El Grito de Munch (más bello) y grito absolutamente descontrolado lindezas tales como: subnormales, puercos, asquerosos, tarados, hijos de puta e hijas de puta.
Segunda fase: ya más tranquilo me depuro la nariz y sus miserias con absoluta concentración y total indiferencia hacia la raza humana y sus alegrías y dolores. Me las van a pagar.
Tercera fase: mi poderoso cerebro y portento de vanidad justificada, ha sintetizado y descifrado las frecuencias misantrópicas y codificado en sabias e hirientes palabras, la suerte está echada. Escribo lo peor, de la peor manera. Después, con un buen cigarro colgado de mis sensuales labios, miraré al horizonte con mirada épica y provocaré las más rotundas humedades en las entrepiernas femeninas; accidental y desgraciadamente en algunas masculinas también; hay cosas que se escapan a mi control aunque nadie lo crea posible dadas mis aptitudes cerebrales.

Como si un cocinero paranoico hubiera batido el cielo para crear una enorme y apocalíptica nube con el único fin de inquietarme.
Y mientras esa enorme muralla ocupaba todo el horizonte, yo pensaba en un ataúd y la hermeticidad.
He encendido un cigarro y al final del día he sonreído. Tal vez, imaginar el fin es alentador cuando has vivido asaz.
Gracias cocinero loco, no te olvides la medicación.

Diplomáticos y políticos de exteriores son los actuales sacerdotes de la secta farisea.
No entiendo (sí que lo entiendo: dinero por un trabajo que no es tal, solo un divertimento banal para ambiciosos hijos de ricos) porque tanta algarabía de retórica sentimentaloide por Idlib, ciudad de Siria atiborrada de yihaidistas.
Es bueno que mueran los malos, los yihaidistas.
Muy bueno.
Tal vez, a las familias de esos arribistas ambiciosos de falso talante progre y tolerante, respetuosos hacia toda vida por cerda que sea; las debería atropellar un subnormal conduciendo un camión o camioneta gritando que el puto Alá es grande.
Cosa que les encantaría, porque les daría un empujón a su carrera política otorgándoles un halo de santidad que explotarían pidiendo paz en nombre de sus hijos muertos.
Qué puta mierda…
Hay que leer La Torá y observar la estricta y correcta ejecución de la ley del Talión. Es la única que puede reparar los daños que se han hecho y declarar a los vencidos muertos y a los triunfadores trabajando de una puta vez. Sin más discusiones inacabables que dan dolor de cabeza y aburren a las ovejas que balan desesperadas porque no pueden apagar la puta televisión.
Confío en los judíos y su sincera capacidad de odio y venganza.
Eso es talante y lo demás es mierda.
La política eterniza las guerras, y también el afán de ser el más bueno y piojoso tolerante en las redes sociales y medios de comunicación.
Parafraseando a Jesucristo con aquello de “Dejad que los niños se acerquen a mí”: Dejad que yihaidistas y otros musulmanes se maten entre sí.
Porque lo malo es bueno que muera.
Y lo que es más importante: en mi casa hago lo que me sale de la polla, independientemente de a quien le guste o no. Es justamente lo que están diciendo mientras matan tan ricamente.
Como siempre, no es mi problema; pero si todos dicen sus imbecilidades, yo también puede decir mis absolutas e inquebrantables verdades.
Y además, no cobro ni un cochino céntimo.
Me deberían felar largo y tendido por ello.

Está roto y da mucha pena, es muy pequeño.
Misericordia…
Un bebé ha caído del cielo con un llanto y ha quedado inmóvil y mudo en el suelo. Hay sangre en su cabeza.
¿Cómo puede caber tanta muerte en algo tan pequeño? El cielo ríe pérfido, entrecortadamente.
Mi mundo es sórdido y temible.
Y una luna de manteca rancia, canta desafinada la inaudible canción del horror haciendo coro a los silencios mínimos.
¿Qué pasa conmigo?
El bebé parece un amor roto.
Por favor…
Porque los amores son pequeños para hacerlos secretos. O para que quepan en el corazón.
Y a veces se caen al suelo y se rompen y ya no se mueven más.
Como bebés que llueven llorando.
Y tú te rompes un poco con ellos. Mucho…
Mi mundo es sórdido y temible.
Misericordia… No más, no más lluvia, por favor.
Me quiero ir de aquí.
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Iconoclasta

Una vez muerto no te amaré ¿lo sabes, verdad?
Me quedan un par de segundos y a ti muchas horas para ser contadas.
Una vez muerto no sufriré la tristeza de tus no-besos.
Y tú… No sé, tampoco importa. No habrá inquietud o duda alguna en mi cadáver.
Morir es absolutamente solitario, íntimo hasta la absoluta exclusión de todo.
Lo que ocurra después solo atañe a los vivos.
Es lo bueno de morir.
No es bueno, es tranquilizador.
Mis labios secos no acaban de conseguir suficiente saliva para hidratarse. No es síntoma de muerte, siempre ha sido así amarte, nunca ha sido suficiente.
Siempre sediento de ti…
Silenciosa e incontenidamente sediento en mi fría oscuridad.
Pasan los segundos que dibujan el marco dorado e ígneo de una puerta de emergencia mágica, el neón titila con letras moradas: Es tarde.
Te he amado mientras he vivido.
Corto y cierro.
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En Telegramas de Iconoclasta.

Consiguen ser más vacas que las vacas, más rebaño, más mansas, más manejables, más predecibles, más sacrificadas y sacrificables; para luego comer mierda en cuchara de palo sin lijar. No hay ninguna razón o indicio a lo largo de la historia y de mis conocimientos de que no sea así.
Veo dentro de los rebaños de vacas de cuatro patas, reses solitarias que precisan distanciarse de las otras.
Millones de vacas de dos patas gritan enfervorecidas con puños en alto exactamente las mismas palabras. Todas las reses al mismo tiempo.
Los votantes son una manada sin vacas solitarias.
Es deprimente…
Porque las han asesinado, las vacas bobas iguales les han robado el aire a las pocas solitarias.
Lo gracioso es que gritan libertad al tiempo. No sabrían que hacer con ella si se la concediera su pastor, su amo.
Es la misma escena repetida a lo largo de los años, la misma turba que aupó al poder a Hitler, Mussolini, Stalin, Franco, Milosevic, Pinochet, Gandhi, Trump, Degaulle, Churchill…
Grandes asesinos que firmaron con la alegría festiva de las vacas bobas, la producción de millones de muertes de enemigos y adoradores. De gente con pensamiento libre.
La chusma, las vacas humanas cada treinta o cuarenta años precisan un nuevo pastor, un nuevo amo que les diga qué gritar y pensar. Que su dedo les indique el camino hacia una nueva puerta al matadero.
He visto a las vacas lamentar la muerte de su amo en un llanto cobarde, preguntándose: “¿Qué va a pasar ahora?”
La chusma son como los perros que viven en los tejados de las casas mexicanas: sienten terror a los grandes espacios, no saben que hacer ante tanto territorio.
Esa misma vacada llorona, continuará años adelante, mostrando su añoranza por su amo, reflexionando que con él se vivía mejor. A pesar de que se comía a sus hijos y asesinó a sus padres.
Vuelven las vacas a aupar otro pastor para que las guíe por el recto y claro camino del sacrificio; todos los millones de vacas bípedas a una sola voz sincronizada en distintos basureros humanos del planeta.
Está ocurriendo ahora, siempre ocurre en algún lugar.
Y es cíclico, periódico, inevitable, apestoso, un insulto a la libertad, la inteligencia y la dignidad.
Las vacas de dos patas, con banderas sobre sus lomos y puños en alto, tienen el inconfesable deseo de hacerse mártires ante su amo, por una aberrante consigna y conducir, si así se lo ordenan, con rostro sonriente a sus hijos a un campo de exterminio o entrenamiento. Es lo mismo, ambas cosas son mortales.
Cuanto más grande es el rebaño, más me alejo de la sociedad, más inhumano me torno. Más odio a las reses bípedas, más me ofenden. Más aborrezco su proximidad maloliente.
Lo que tiene más votos y más reses prevalece. La voluntad de las vacas es lo peor que pueda suceder.
Lo que elige la chusma es el error y la estupidez.
Es historia en estado puro. Lo dice mi experiencia y mi conocimiento, del que no puedo evadirme.
Me sobrevienen arcadas al imaginar que un día las coloridas vacas se me acerquen o me rodeen y deba pasar segundos entre ellas, como si fuera de su rebaño, como si me hubieran absorbido como la compresa a la sangre de la menstruación.
Es inconcebible mi pensamiento como vaca, es un insulto a mi dignidad, a mi inteligencia, a mi espíritu predador, vanidoso y egoísta.
Porque no soy un santo de mierda, no soy vaca bondadosa y obediente.
Donde hay millones de seres humanos gritando por la libertad, hay un tirano que les ofrece sus genitales para que lo acaricien como santo protector de sus vidas.
Lo que la gran mayoría exige o vota, es muerte, esclavitud, ignorancia y decadencia.
Millones de bocas no solo están equivocadas, si no que ni ellas mismas entienden lo que sus bocas mierdosas pronuncian.
No puedo abrir libros de historia o periódicos y ver a todas esa gente alzando los brazos hacia un iluminado o sacerdote para convertirlo en su único pastor y dios. No puedo abrirlos sin vomitar.
Es una pesadilla que se repite en el tiempo. Se repite solo a ojos de quien sabe leer y comprender, quien tiene cierta memoria histórica hacia la mediocridad, el engaño y la esclavitud de la ignorancia. Y por lo tanto ha aprendido a conocer a la papilla cerebral humana. E identifica sus movimientos de rebaño colectivo como lo peor para la libertad: encumbrar en el reinado de sus patéticas vidas a un rey zángano paria de su colmena.
A los becerros humanos les han enseñado de muy pequeñitos a ignorar su espacio vital de seguridad, condicionando su comportamiento por medio de festivales musicales y eventos culturales o lúdicos que los obliga a rozarse entre ellos. Hasta tal punto, que ya no distinguen su propia piel de las otras vacas que se rozan con ella. En dichos actos públicos, los que están más alejados no ven u oyen al cantante o protagonistas, solo perciben las vibraciones de la colonia y se sintonizan por efluvios químicos.
Una vez han sido condicionados a perder su intimidad, valentía y libertad, se convertirán en unos fervientes seguidores de toda manifestación, sea del signo que sea, que agrupe a muchas vacas de dos patas. Hasta que mueran de una forma u otra.
Las vacas de dos patas están castradas intelectualmente.
Los han habituado a vivir todo el tiempo cagando y paciendo unos al lado de los otros. Esnifando sus propios hedores orgánicos y robarse la respiración entre todos, bien apiñados en espacios abiertos, que convierten en prisiones.
Han dejado de ser libres desde muy pequeños, porque son hijos de esclavos. Y así, cuando crecen, sacrifican el tiempo libre de sus trabajos en encumbrar a idiotas con suerte o vendedores de mierda envuelta en paquetitos preciosos, como regalos.
Siento suciedad en mi piel cuando imagino que yo hubiera podido acabar como ellos: rozándome como una vaca sucia y mugiendo la misma consigna.
Es imposible que ocurra, soy único; pero me gustan las novelas y cuentos de terror.
Espero alcanzar a ver como su nuevo amo los convierte en abono para alimentar los prados; y que alguna meditabunda vaca solitaria, se alimente de ellos.
Hay que nacer servil, crédulo y con el cerebro podrido para dedicar el poco tiempo libre que deja la esclavitud y la prostitución, a aupar a un nuevo mesías, asesino o tirano.
Los libros están llenos de fotos de vacas desfilando con banderas y puños en alto, con alegría idiota en sus rostros al estar cerca de su amo. Quemando a otras vacas que no son de su color.
Otra vez…
Ha comenzado a repetirse de nuevo, estoy casi dentro de ello.
Y es fascinante ver la mierda reptar y moverse, es fascinante en su repulsión.
Como observar el pus rezumar al reventar un grano.
Otra vez…
En el fondo me gusta, toda esa vacada que muge lo mismo me hace más único, especial, libre… Me aleja de esta mierda de lugar en el que tuvieron a mal mis padres, concebirme y parirme.
Es algo que no puedo evitar reprocharles.
No puedo asimilar el amor a la “tierra”, porque las tierras son muy pequeñas para mi gran capacidad de libertad. Al contrario que a las vacas coloridas de lomos abanderados y puños en alto, mi conciencia se expande ilimitadamente y el planeta se convierte en una pequeña plaza de barrio abarrotada. Así de triste…
Tal vez soy hijo de serpientes, por eso odio a las vacas de dos patas. Por ello siento un asco infinito e inabarcable hacia las grandes concentraciones humanas. Carezco de empatía hacia ellos, los que gritan y ocupan grandes espacios haciéndolos angostos.
Miles de flamencos cagando sobre una pata en un lago africano…
Solo que son vacas cagando sin elegancia en asfalto y vertederos de basura.
En las sucias y opresivas ciudades granja.
Es imposible desarrollar una mínima simpatía por esa vacada gigantesca que grita libertad con un aro de acero apretándoles el cráneo y el cerebro si lo tuvieran.
Pobres…
Los electrocutarán y luego desangrarán en serie, como ha sido y será siempre.
No existen épocas sin vacas bobas y simplonas.
No existen épocas sin uno o varios pastores hijoputas.
De alguna forma, la masa humana precisa de algún mecanismo de autocontrol.
Un control de plagas temporizado.
Está ocurriendo, no ha dejado de ocurrir.
Otra vez.
Es igual que una película que emiten cada dos meses en la tele, solo que no tiene arte, no tiene gusto y su decorado es bostezante y sórdido en su mediocridad.
He visto una vaca mugir sola en el bosque, lejos de las otras.
Le sonrío, me gusta mi amiga preciosa.
Lo han conseguido, lo juro: son más vacas que las vacas.
Ya tocaba de nuevo.
Viví la muerte de un cabrón y estoy viviendo el nacimiento de veinte cerdos como el que murió, de millones de vacas como las que también murieron imponiendo su ignorancia y su necesidad de esclavitud.
La desproporción es desesperante, muere uno y nacen veinte, con sus millones de vacas con el rabo lleno de mierda.
Fascinante.
Que los jodan a todos y todas.
No hay drama alguno en las muertes de las vacas que son más que las vacas, porque renacen.
Puedes observar fotografías de setenta u ochenta años atrás y verás los mismos rostros e idénticas miradas bovinas que las de hoy.
Las vacas que son más que la vacas, al igual que el judío errante, están condenadas (aunque ellas no lo sepan) a lamer siempre los sucios pies de su amo.
No existe otra forma posible de vivir, las vacas que son más que las vacas dictan quien es su próximo amo. La vacas buscan el electrodo en la cabeza y el cuchillo en la garganta.
Cualquier otro concepto de sociedad, es imposible dado el carácter colonial e insectil de las reses coloridas y chillonas.
Estoy abandonado en este planeta-vertedero.
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Iconoclasta

 

No tengo claro si un rayo de luz incide sobre su felino ojo o es él quien lo emite.
Me gusta pensar que mi compañero es un pequeño dios. E ilumina mi oscuro y denso pensamiento.
La soledad te permite ver cosas que en un estado de mediocridad habitual pasan desapercibidas.
Si hubiera nacido y crecido solo, ahora sería un dios, como Murf.
La compañía debiera ser como las putas: tiempo breve y pactado.
Sobre todo breve.
Aunque también se debe sopesar la economía. Soy un solitario pragmático con un gato divino.
Soy tan absurdo, que morir será un daño irreparable para el planeta.