Posts etiquetados ‘Pablo López Albadalejo’

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Así es el invierno entre altas montañas: caótico.
Niebla y humo arrastrándose entre los árboles, levantando aromas viejos como la tierra.
El cobijo de una chimenea, el vapor del manto de pequeñas y anónimas muertes extendiéndose en bajo, para de una forma irónica dar más vida.
Y siento querer ser humo.
¿Quién necesita adorar a dioses cuando la vida misma es enigma y un hermoso caos que parece robar un latido al corazón ante su espectacular visión?
Insisto… Ser humo y filtrarme fantasmal entre tus labios, arrastrarme cálido por tus piernas y penetrarte caóticamente del coño hasta el alma…
Ser caos por tu piel difuminando tus pechos y tus manos.
Dejar de ser dentro de ti. Como un no parir.
Un dulce morir.
No sé qué…
Siento la nostalgia oprimir mis pulmones.
No importa, soy humo, soy niebla, no tengo pulmones.

 

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«Todo ocurre por alguna razón».
Vaya… Así que es eso: su alma y su coño…
Díselo a mi pene, que se encabrita cuando la ve, con solo leer sus palabras, con sentir su voz saliendo por sus cuatro labios dioses.
Joder, si no me lo llegas a decir, mi vida hubiera sido una mierda.
Menudo descanso, genio. Me has tranquilizado.
Y ahora pasa por la casilla de salida del monopoly que te van a dar unos billetes falsos, que te los has ganado, figura.

 

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Los perros ladran excitados invisibles dentro de la montaña.
Un estampido se queda suspendido en el aire como el único sonido posible rebotando entre árboles, cosas, seres y nubes. Luego, un par de berridos que provocan un escalofrío y un asomo de pena.
El ruido de la muerte es inconfundible y común a todas las bestias de dos, cuatro o cien patas.
Carece de importancia la fecha, si es navidad o carnaval; o alguna celebración de independencias y libertades.
Cualquier día, cualquier instante es bueno para morir.
La muerte no es costumbrista ni tradicionalista.
Por eso se crearon celebraciones: para conjurar el miedo a la muerte. Para hacerse la vana ilusión de que en un día señalado no se puede, no se debe morir.
Afortunadamente se equivocan. La muerte tiene trabajo y cumple su cometido sin emotividad alguna.
Adoro su pureza.
El jabalí asiente, me da la razón segundos antes de que el cazador entierre la hoja del cuchillo en su cerviz y lo desconecte.
Un hombre pasea y me dice: que aire más puro, da gusto caminar por aquí. Le digo que sí; pero me callo decirle que lo único puro es la muerte.
Pienso en la pureza y en un himen que desgarré hace centurias.
Como si la sangre fuera el nexo común entre muerte y vida.
Pero la muerte es mucho más profunda, menos banal que una sangre desleída que mana del coño deseado y bautiza mi pene.
Dicen que feliz navidad.
Bueno… Al fin y al cabo, quien lo dice aún no ha muerto.

 

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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

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Si pienso con profundidad, por importante o banal que sea la cuestión, desmonto ilusiones, leyendas y cuentos con una facilidad que raya el sadismo. Y no es sadismo, es algo connatural en mí arquear una ceja y pensar: «no me jodas».
Por ejemplo:
Los caballeros andantes, siempre adelante, los primeros en avanzar hacia el enemigo, generosos y justos como la madre que los parió.
Si fuera mujer, me chorrearía el coño al pensar en ellos.
Y una mierda. A esos «caballeros» les pasaba como a los burros con orejeras. No tenían más cojones que avanzar porque sus yelmos no les daban más visión que la frontal, no había periférica.
Por otro lado, toda la coraza que llevaban, no era precisamente signo de arrojo y valentía.
Eso sí, eran generosos con los soldados-campesinos y otros muertos de hambre que sacrificaban. Cuantos más morían en la batalla, mayor era la gloria del caballero andante.
Tras sus «hazañas» les esperaba como recompensa un título nobiliario y con ello la licencia para explotar y robar a los pobres de la comarca o región que gobernarían.
Y una niña (una hija del rey o de cualquier otro noble) con la que follar (si no eran maricones), infectarse de sífilis o gonorrea, de ladillas y al final dejar preñada a la putilla y tener un bebé tan hijoputa como ellos.
Hoy día estos «caballeros andantes ya no existen (los hijoputas ni siquiera daban un paso, se cagaban y meaban en el caballo); pero sus descendientes son aristócratas, ministros, jueces, presidentes y grandes empresarios.
La misma mierda con otros diseños de moda.
De todas aquellas mentiras que me contaban de pequeño para integrarme y creer en esta marrana sociedad, no ha quedado ni una en mi cabeza.
Nací con el don de purgarme rápidamente de cualquier tipo de excremento por viejo, histórico, tradicional, folclórico y religioso que fuera.

 

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Iconoclasta

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Joder… Prácticamente en este rincón y por el puentecito, solo falta Caperucita Roja saltando alegremente con florecillas en sus blancas manos.
Si algo semejante ocurriera, espero que haga mover unas grandes tetas sin sostén. Y que su vestidito sea tan corto que deje ver su tanga bien encajado en el culo.
Siempre debo llegar a un lugar y reparar errores de diseño y decoración que pueden conducir a la diabetes.
Coño… Me ha excitado imaginar a esa Caperucita en este idílico rincón.
Soy tan ingenuo y cándido…

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En Telegramas de Iconoclasta.

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Mientras ella moría un día, y otro, y otro, y otro…
Yo vivía ajeno a su muerte.
A menudo pensaba en ella viva, respirando.
Y cuando he sabido de su muerte, se me ha venido encima toda esta tristeza y angustioso desconcierto por cada uno de los días que la he mantenido respirando, cuando debería haberla llorado.
Sin pretenderlo, cada día que ha pasado la he resucitado y ha vuelto a morir…
Pobre… Pobrecita…
No es un error mío.
El error está en saber, en conocer. El mundo brillaba más hace unas horas, antes de que muriera.
No quería saber nada más, tengo bastante sabiduría y conocimientos.
Mi ignorancia me protege del dolor.
Me gustaba ella sonriendo.
Hay una angustiosa tristeza porque de repente, todos esos años que la imaginé viva, son de muerte.
Una repentina riada de dolor que arrasa cualquier asomo de alegría.
Mi dolor por ti, amiga.
He muerto un poco contigo.
He llegado tarde a tu partida. Años tarde.
Y pago intereses de demora con una congoja que me atenaza la garganta.
Sin saberlo he burlado a la muerte, te he mantenido viva.
Viva y bella estos años.
Y ha valido la pena, aunque ahora tenga que pagar la usura de la muerte.
Hasta nunca jamás, mi amiga.
(A una hermosa amiga, que murió hace más de seis años, hace unas horas nada más en mi universo.)

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Brindo por los sueños muertos, que quedan pálidos e incoloros entre el hielo y la hierba aplastada de un invierno que hace humo del aire que sale de mis pulmones. Los que murieron en la batalla contra la realidad más espantosa, más mediocre, más gris…
Sueños bravos que se mantuvieron intensos hasta el mismo instante en que la aplastante razón consiguió descuartizarlos.
Hasta en su último segundo de inexistencia, se mantuvieron firmes, marcando el camino.
Como balas trazadoras de un deseo atroz y directo de libertad y pasión, marcaban una esperanzadora ruta.
Pobres… Murieron sin un ¡ay! Masacrados por lo real, por la adocenada y previsible realidad mierdosa.
Sus cadáveres arrancan una lágrima cabrona de mis ojos y debo mirar al suelo para que nadie me vea llorar.
Soy vergonzoso con estas cosas.
Y brindo por los hijos de aquellos sueños, que hoy imponen una maravillosa y renovada locura a mi caminar de voluntad impúdica, irracional e inquebrantable.
Que tiñen de verde vida lo que es gris y muerto.
Herederos de los sueños muertos que me obligan a avanzar adonde quiero y como quiero. Aunque me joda.
Gritan que es la guerra.
Sueños que prefieren morir rasgados como nubes por el viento a convertirse en acuarelas enmarcadas. No quieren ser inmóviles fotogramas en el Álbum de las Frustraciones que un anciano mantiene en sus temblorosas rodillas.
Ellos dicen: ¡Por allí, aunque luego duela! Y yo aprieto los dientes y avanzo con ellos, por ellos.
Aplastando y ofendiendo a todo aquello que interfiere.
Por eso el universo ha puesto precio a mi cabeza. Me intenta matar, a mí y a mis sueños de mil formas, con mil dolores.
Soy inasequible al miedo, los sueños son mi coraza de coraje.
Mejor llegar desangrado que simplemente estar, que permanecer quieto con toda la incolora sangre en las venas.
Brindo por los sueños muertos, por los vivos que piden guerra y odian la paz, por unos buenos cojones y una ira inagotable.
Un trago de hiel y dulce sangre.
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta

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La más grande y pura manifestación de la libertad es el suicidio.
Igual de satisfactoria si la realiza un ajeno que no nos es simpático.
Lo malo es que es un ejercicio de libertad muy breve, dura solo unos segundos desde el momento en el que se inicia.
Bueno… Dicen que lo breve, si bueno, dos veces bueno. (Y una mierda).

 

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– Piénsalo bien: a quién quieres más ¿a papá o a mamá?
– Seamos prácticos: mamá ya no es reproductora.
El cadáver de mamá arde en una pira formada por docenas de cadáveres.
Papá abraza agradecido a su hijo.