Pienso que soy un fenómeno del planeta. Que te amo como los rayos caen en la tierra, con una fulgurante pasión. Soy un efecto atmosférico, un movimiento telúrico a tu alrededor. Hay tantos seres humanos en el planeta que me parece increíble haber caído tan fulgurantemente enamorado frente a ti, lo más bello. No ha sido por voluntad o inteligencia intuitiva, sino por un azar. Y seamos sinceros, tampoco es un azar… De hecho, tengo la certeza de que me creaste de la nada, soy tu creación de memoria difusa y riges mi azar. Me creaste hombre para amarte desde el primer hálito de mi vida. Mis recuerdos de la infancia son tan difusos y débiles que me resultan ajenos y cada día que pasa se diluyen en la lluvia hasta casi desaparecer. Y tú tan desesperadamente sólida… No consigo recordar el rostro de mi madre; pero recuerdo el brillo de sus ojos cuando me miraba. En la infancia las cosas simples y sinceras quedan fuertemente grabadas en la memoria porque no requieren discusión ni aprendizaje. Sólo mirar y sentir… Pero aquel niño no era yo, es un recuerdo ajeno que también creaste para que me sintiera humano. Un recuerdo difuso como un sueño que se deshace al despertar, como la voluta de humo que se expande en el aire hasta desaparecer. No es un recuerdo sólido como yo cuando lluevo sobre ti y me encharco en tu ombligo para derramarme por tu vientre y bajar como un torrente a los muslos y a tus labios mudos que sufren espasmos de placer como los de tu boca entreabiertos. ¿Y si soy una ilusión tuya qué, como el aleteo de una mariposa, se convierte en algo más grande? En tu placer, en tu mirada de amor indiscutible que queda grabada en la memoria como la del niño que no fui. Tú eres el planeta y yo tu clima, tu consecuencia. Este pensamiento es el tuyo. Eres la todopoderosa creadora y yo tu Frankenstein ectoplásmico, una consecuencia de ti. Una aleatoriedad en tu red neuronal que es la réplica exacta del cosmos. Amar es una voluntad y yo no puedo elegir. Unas veces soy marea y no tengo control de mi agua que te baña. Otras soy el viento que le arranca palabras y lujurias a los árboles que se inclinan ante ti. Ni siquiera me importa si me quieres, mi fin último es ser tu atmósfera, recubrir tus dedos cuando a solas te tocas y, tan abiertas tus piernas, asistir al parto de tu orgasmo entre gemidos que arquean tu belleza en una coreografía que desatará una tormenta. Puedo ser la lágrima de un tristeza que tu vida desborda. Lo abstracto puede ser inenarrable y la multi forma es ubicuidad, así es tu creación: yo. Mi génesis está en ti. Por eso atraes al rayo enamorado. No es que te ame, te habito; fuera de ti sólo hay la nada. Podría explicar y nombrar miles de accidentes que soy en ti; pero siempre como consecuencia de tu existencia. Jamás me pregunto o intentaría preguntarte si me amas. No tiene sentido esa cuestión porque no te amo de la misma forma que la rosa no ama sus espinas. Simplemente soy tuyo, estoy entrelazado en ti. Eres existencia y yo no puedo influir, un viento no elige el árbol que tumba. Y cuando no hay opción, dejarse llevar es lo más parecido a una dulce y caótica libertad. Si tuviera huesos y dentro de ellos un mal anidado, sólo podría pensar que es amor y es cruel. Y quiero la metástasis completa. O un corazón infartado, roto de amar. Yo no quiero decidir, cielo. Ni puedo alterar lo que soy, lo que has hecho de mí. No tengo medios para evitar o modificar lo que provocas. No es tragedia, ni dolor, placer o alegría. Es una nube donde las moléculas colisionan entre sí hasta provocar un brillo extraordinario en tu mirada que me hace sentir que soy una buena creación, que te sirvo. Soy la partícula y tú la científica y su acelerador de partículas. Tienes el control. Es como un cuento: la bella científica y su acelerador de partículas. Algo inexplicable como mi existencia dependiente de ti. Por eso tampoco recuerdo el rostro de mi padre… Estas palabras no son mías, sino tuyas. Sólo soy la tinta que llueve en el papel. Soy tu meteorología.
Amar a través de las palabras escritas es penetrar en un universo incierto e imprevisible. En donde la imaginación y voluntad que requiere escribir se confunde lo cosmogónico con lo cosmológico. Lo cuántico con la creación y la reproducción. Los datos se confunden con los deseos… Y los deseos se congelan sin llegar a un sol. Pobres… E inevitablemente las palabras desbocadas, apasionadas, brutales como los besos imposibles como los años-luz; hacen del amor una fe violenta que destruirá al dios de las sagradas escrituras, creando en su lugar una nueva y desesperante divinidad que justificará tu locura y amor por ella. Y a partir de ese big-bang del sagrado amor supernova, escribirás con la urgencia de la inspiración en el papel, las palabras que se harán mayores y más minuciosas describiendo cada una de las facetas del diamantino amor generado con las altas presiones del pensamiento cuántico-sináptico. Se expandirán tus escritos como una galaxia voraz de sentimientos y emociones en tu universo íntimo y subatómico convirtiéndose en enrevesadas fórmulas físicas del inenarrable amar, sin un resultado concluyente de las probabilidades que, jamás serán menores que el infinito. Y respirarás desolado. Es tu condena, otra aciaga constante en el universo, en el tuyo que salvajemente has creado. La cordura es una materia oscura que intenta imponerse, una constante como la gravedad que intentas soslayar. Y como en viejos tiempos medievales, te acoges a sagrado falsificando los cálculos. Tal vez llegues a la consecuencia de que ese amor es demasiado grande para ti y gimas con cada párrafo tu frustración y el privilegio de estar en el horizonte de eventos del agujero negro más bello del cosmos, al que es imposible no amar, Y te arrastra. Te arrastra bella y frenéticamente a la amatoria y desintegradora locura.
Las hojas de fino papel, pobrecitas, al escribir se abarquillan. Se rizan las esquinas cerrándose sobre sí mismas para impedir el daño y su conclusión: el dolor que desencadena la hiriente pluma y mi inexcusable e irracional ira. Soy malo. E impío. La pluma escarifica el papel que no puede soportar la mortificación y la hoja agita sus hombros mermados de brazos como los bebés fajados. Y crujen. Misericordia… Qué lástima de lamento. Un humano que nació sin manos en los brazos intenta defenderse de la puñalada en el pecho y el puñal, irremediablemente, hace lo que debe. Como yo. Soy un hijoputa. La pasión es violenta y doliente sobre todas las cosas, les salgan brazos de los hombros o no. Como si no supieran que los brazos no formados que se cierran sobre el pecho indefenso no pueden evitar la agresión del arrebato. Todos esperamos actos sagrados de salvación. Pobres hojas crujientes de pensamientos tallados sin cuidado. No hay nada sagrado. Y la salvación es un aciago azar. Soy un criminal. Siento pesar en el corazón, lo siento de verdad… Pero no puedo parar o me estallará la cabeza.
Una incontinencia absurda de ti, como un cigarrillo que urge encender… No… Más. Violento. Un jaco en vena rasgada. No… Más. Violento. Follarte. No puedo refrenar emociones e instintos. Eres el percutor de la bomba que soy. Hermosa y tierna como una linda granjerita que ordeña con sus enloquecedoras manos a las ovejas, vacas, cabras y a mí. ¡A mí, por favor…! Con la mirada firme y astuta de estar también en posesión de mi mente. Intento ser bucólico y se impone lo más primigenio de mí y las imágenes niegan el valor de tu naturaleza carnal. ¿Cómo lo haces para gestionar la carnalidad con esa sensibilidad que lo paraliza todo cuando pestañeas? Espero con ansiedad que digas, hables. Que rías para que tu boca se mueva. Cada vez que tus labios trazan palabras en el aire, tus ojos responden con un brillo tonal imposible de prever. A veces reflejan el lago sereno que hay dentro de ti, otras el azul del cielo, otras una fronda profunda donde llega la luz pero no el fuego abrasador del sol. Me gustan las olas que encerradas en tus ojos hacen pedazos mis nervios rompiendo contra el acantilado del deseo. Me hacen sentir hombre y no el mierda que soy. Siempre la mirada líquida, suave y variable… Puede ser un fogonazo de sensualidad y otras, de una profunda tristeza ilocalizable en tu pensamiento. A veces ríes líquidamente, como un embate que porta la experiencia sin urgencia. Esa sabiduría que quiero follarme… Sea cual sea lo que tu mirada dice, soy espectador desesperado. Y siento repentinos deseos de cortarme con un filo la carne de los brazos y drenar sangre que presiona brutal en mi cerebro simple y amatorio sin remedio. No sé bien lo que escribo; pero sé con precisión lo que siento. Estoy colapsado de ti, amor. Totalmente. Sin remedio.
Amar deshilacha la mente en las precisas emociones que escondemos por supervivencia y las expande como el prisma descompone la luz blanca en todos sus colores. Y observando cada una de esas maravillosas emociones desplegadas, robarle un beso porque está preciosa. Arropar su coño con mi mano… Abrazar toda su gama tonal espiritual y emocionarme. Y soportar la mortificación de la sangre congestionándome la polla. Deslumbrarme con ella y doblegar la triste cotidianidad, como el agua refracta la luz quebrando las uniformes líneas rectas. Rompiendo lo sórdido, mediocre y previsible. Descubriendo su clítoris atómico, duro y resbaladizo entre mis dedos… Besarle con los dientes los labios y lamer como bestia hambrienta su coño con líquidos ruidos en una dimensión silente. Mi rabo partido por su poderosa refracción en su líquida vagina. El amor es como la luz. Nos descompone a ambos haciéndonos seres de luz. Y a través de la refracción y descomposición, la vida al fin se muestra asombrosa y fascinante. Como mi leche escurriéndose entre sus muslos trémulos, agotados de placer. El amor y su asombrosa refracción torna el cansancio en una deliciosa desidia y pereza; despertando a su lado la tarea más importante del día ha sido realizada. Con ella todo lo demás puede quedar relegado para más tarde. Voraz, despertarla con mi baba cubriendo sus pezones y mis dedos crispados en su vientre deseando su piel peligrosamente. Ella responde mordiéndose los labios, cerrando el puño en mi pene, domando mi brutalidad, refractándola a su antojo. Y un café sereno en la mañana, frente a frente, para concluir que tal vez no sea un espejismo, un capricho de la luz. Porque los sexos aún laten y los ojos aún tienen reflejados en sus iris todos los colores de la luz del amor y el deseo. Es desesperante la física que lo descompone todo. Es privilegio tener su luz cada día como un faro que barre las tinieblas de un mar sólido, hostil y sus embates de hipocresía.
Ser un fluido tiene sus ventajas, podría llegar a ti con la velocidad del pensamiento. Ser tu buen fantasma y protegerte de las pesadillas y otros fantasmas. Una refrescante corriente de aire en el centro de calor de tus muslos. Y sin ostentosas ceremonias provocar que tu vientre se contraiga con un espasmo de placer penetrándote, embistiéndote vaporosamente. Acariciarte el corazón cuando lo sientas frío y solo e hidratar tus labios en un largo beso onírico. Velar por tu respiración tranquila y pausada. Ser tu bálsamo obsceno extendiéndose por tu piel toda. Y hacer un poltergeist con tus pechos agitados por mis manos y boca invisibles. Decirte unas ternuras en un susurro cuando temas que hoy algo no está bien. Y aunque rías… Pero soy de carne y no vivo en un constante estado de lujuria, de deseo. Bastaría un cigarrillo y un café frente a ti con cualquier palabra que surgiera en ese instante, para serenarme de estas palabras de deseo y posesión. Mi lujuria de ti es tan fácil de aplacar… No soy de esos grandes romances universales, tan solo de pequeñas y serenas cotidianidades, de esas pequeñas ternuras que se atesoran en nuestros recuerdos y súbitamente se evocan en algún momento.
Ivana Cardenal es una mujer construida a sí misma, con todo detalle, con toda su fortuna. Consejera delegada de la cosmética Divina Piel fundada por su padre ya muerto, tiene apenas cuarenta años. Su belleza tallada y depurada al milímetro con bisturí, al admirarla por primera vez inspira una especie de ternura ante su aparente fragilidad, es una muñeca perfecta, con algo más de uno sesenta de estatura, una veinteañera universitaria pija de rostro dulce en la larga distancia. Frente a mí, follándola aquel primer día, una de las mujeres más regias y lujuriosas que pudiera imaginar. Y un poco más allá en el tiempo, una perversa y subyugante amante. Hoy, una alienígena del dolor y el placer. No puedo creer que haya en el planeta otro ser como Ivana. Soy su número cuatro. Porque pronunciar mi nombre me hace vulgar. Estoy de acuerdo.
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Has hecho de mí una puta de tu harén. Mi rabo despellejado sólo obtiene consuelo de tus manos y boca. Estoy enganchado a ti como el yonqui al caballo. Soy una natural consecuencia de tu existencia. Tienes mi pene en tu puño y tú me gobiernas. No pienso, no decido. Eres mi paz. Y mi animalidad simple y brusca. No hay sumisión en mí, ser tuyo no requiere ninguna humillación, es un estilo de vida natural. No necesito más. Me maltrato la polla herida y enrojecida para que la cures durante más tiempo. El bálano dilata el prepucio irritado intentando emerger, buscando la entrada de tu coño. Está tan devastado el pellejo, que parece rasgarse. Estoy a la espera de tu auxilio. Quiero correrme en el algodón y tus dedos. En las gasas y tus dedos. En tu boca y las tetas. Hubiera sido mejor que te gustara la mermelada o el helado; pero no importa. El chocolate caliente y espeso como la cera, cuando hace su trabajo, doler, me arrastra a una eyaculación sin caricias, sin tocarme. Y el chiste está en que es chocolate con leche el que lamerás. Es algo que tenías previsto… Antes de la cura, antes de follarme como a una puta descerebrada, me masajeas los huevos para estimular la producción de leche y su calidad como si fuera un cerdo semental. Lo sabes todo… Soy tu macho de establo, tu animal de monta.
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Dos años atrás la conocí en un restaurante, La Aguja, en el centro de V. Entró y el camarero le dijo que no había mesas libres, excepto la mía, una pequeña para dos. El camarero se acercó y me preguntó con discreción si me molestaría compartir la mesa con la señorita. Le respondí que no había problema. Y se dirigió de nuevo a la entrada para guiarla cortésmente hasta la mesa. No era un restaurante de lujo, sólo de moda. Casi adocenado; pero con una carta bien equilibrada en calidad y precio. Le espeté muy serio, cuando el camarero le sirvió un vermut, que no estaba dispuesto a cederle mi sitio a su novio que muy astutamente la esperaba fuera. Y rio como si no fuera dueña de una empresa, como si no fuera espectacularmente hermosa y voluptuosa. Una diosa petite… Le comenté que era mecánico fresador y que había ahorrado todo el año para poder pagar la comida de hoy en el restaurante. Ella con sincera indiferencia dijo que era la consejera delegada de Divina Piel, o sea, la dueña. En ese momento puntualicé, que además de mecánico era un mierda y escupió en el vaso parte del vermut que estaba tomando. No se le borró su sonrisa perfecta y multimillonaria del rostro, sobre todo cada vez que me atendía cuando le hablaba de alguna banalidad. Tras la comida y un breve paseo por la avenida Cervantes, donde tomamos algo refrescante en una terraza a la sombra de un toldo, me condujo en su deportivo a su piso-palacio, en la zona alta. Literalmente me folló, no me dejó iniciativa alguna, sacó lo mejor y lo peor de mi con su coño, boca y dedos, casi con agresividad; la llamé “puta zorra millonaria” cuando se corría porque todo en ella me decía que debía ser bruto. Su vagina estaba diseñada y remodelada para que entre los recortados labios, el clítoris asomara salvaje y brillante sin pudor desde un prepucio también reducido. Era tan fácil rozarlo… El coño abrazaba con perfección el pene, untándolo de sí misma en una visión hipnótica. Un foco de luz inteligente iluminaba la cópula. Estoy seguro de que caminando debía padecer orgasmos con el roce de la braga. Los pechos estaban tallados con simétrica precisión, forjados sin una sola imperfección, pesados y densos. Los pezones al excitarlos entre los labios, se hicieron duros rápidamente en mi boca y asombrosamente grandes. “Hazme daño” me ordenó jadeando. Y mordí ligeramente. Con la mano, empujó mi barbilla arriba para que cerrara más los dientes. Su coño desflorado se oprimía contra mi muslo y derramaba su humedad y calidez; la enloquecedora presión del endurecido clítoris, perfecto, grande y brillante como una perla bañada aceite, me follaba la pierna. Las areolas se habían diseñado artificialmente grandes y del color de un café con leche pálido. Resbalaba la lengua en ellas como si hubieran sido pulidas. Exuberante en extremo para su talla, aquel busto le confería una autoridad añadida a su actitud agresivamente dominante y depredadoramente sexual. Pero solo fue un aperitivo, nos dimos un descanso y tras encender un par de pitillos de maría, puso a calentar chocolate en la cocina. Sus poderosos glúteos se movían pesados cimbreando obscenos con cada paso que daba. Los muslos retocados, daban una buena perspectiva de la preciosa vagina. Le dije que aún no tenía hambre y respondió que no era para comer. Y cuando me ordenó lo que debía soportar, lo hice. Era imposible negarle nada. Antes, me dejó limpiar con los labios la sangre del pezón izquierdo. Luego… Nunca me había brotado el semen con un orgasmo negro, el del dolor. Mientras curaba con habilidad profesional (había contratado a un dermatólogo para que la instruyera en las curas y cuidados necesarios) las lesiones del pene y los testículos, manifestó que lo que más disfrutó de crearse a sí misma, fueron las prolongadas y dolorosas cirugías en los puntos más sensibles de su anatomía. No había asomo de sarcasmo en sus palabras. Si ella pudo soportar aquello, sus machos también debían soportarlo; sentenció besándome la boca con el puño cerrado en mi polla vendada. Quedó satisfecha y me compró. No pude negarme a ser de su propiedad, ni siquiera lo sopesé. Compró un lujoso chalé en una elitista urbanización a treinta kilómetros de V, una pequeña casa de dos pisos entre frondosos robles y abetos imponentes, a medio kilómetro de la casa más cercana del vecindario, montaña arriba. Ivana me llama cuatro, porque soy el número cuatro de su harén de machos. No es por orden de importancia, es por orden de adquisición. No tiene ningún favorito y no puede prescindir de ninguno. Nunca nos conoceremos entre nosotros, porque simplemente no queremos saber nada los unos de los otros. Sólo importa follar con ella, el fin de semana o la noche o el día. Cuando quiera. Los nombres provocan emociones, evocan recuerdos más allá de la persona y por ello, a ninguno de sus machos los llama por su nombre. La última vez que me llamó Carlos, fue antes de que me follara en su casa. Con ella, dentro de ella, entre sus manos, entre sus órdenes y deseos. Mi semen deslizándose por la cara interna de sus muslos y sus pechos agitados por los últimos jadeos de la explosión de placer… Mi pene herido, los testículos atormentados… Eso es lo que espero, el resto del tiempo tengo mis aficiones. Me siento amado y deseado. Y ser propiedad de lo que amas es tan indigno como ser el presidente o amo de una nación, por ejemplo. Cobro yo más que su CEO o director general de Divina Piel. Una de sus exigencias fue eliminar completa y definitivamente el vello genital y del culo, ella pagaría el tratamiento. Le respondí: Vale.
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Y otra vez la doliente erección y ese cíclope ciego e idiota hinchándose de sangre, poniendo a prueba la integridad de la ahora frágil y elástica piel que lo cubre. Aprieto los dientes ante la proximidad del pornográfico dolor y temo mirar todo ese concentrado de dolor en forma de piel tierna reciente. Amarte es doloroso, ha sido doloroso este mes estéril sin meterme en ti como un parásito. Tiene sentido que tu coño sea un lugar frío y húmedo, confortable por decir lo mínimo. Me dijiste al conocerte: La forma más elevada del placer llega tras un prolongado y elaborado dolor. Veo la lógica en ello. Aunque hasta entonces nunca había pensado en esos términos de lesiva y estudiada crueldad. Mi placer era una vulgaridad más. Correrse tras un dolor profundo y cultivado es liberación absoluta. Trascender descendiendo a las más atávicas emociones de la especie humana. Tras haber lamido el chocolate ya frío desde los cojones hasta el capullo y descubrir las quemaduras, untas vaselina en la piel herida y también en tu ano. Acuclillada sobre mi vientre manejas dolorosamente el pene llevando el glande hasta ese esfínter musculoso que es una compuerta inviolable, que duele forzar. Apenas tengo sensibilidad en el escroto, has clavado tantas agujas atravesando la piel que parece un erizo, púas que me arañan los muslos. Es un misterio cómo puedo mantener la erección. “Te la arrancaré si no empujas” mascullas clavando las uñas y doliéndome un millón de unidades. Y empujo, el esfínter cede y se traga con aspereza la polla hiriéndola más. Te quejas como una puta hambrienta y colocada. Tu intestino arde y siento que me van a estallar los huevos. Pienso que de alguna forma has aspirado la vaselina por el culo para que me duela, que tienes esa maldita habilidad. Noto tu dolor, los espasmos de tu esfínter intentando sacar todo eso que tienes clavado y estrangula mis venas. Y no soy capaz de saber si estoy soltando leche o sangre en tu tripa. Estoy sangrando, el prepucio se ha rasgado. Otra vez… Padeces un placer paranoico y oculto entre el dolor, mi polla y la mierda que amasas agitando las nalgas y aplastándome alevosamente los cojones. Y sé que gozas el triunfo del depredador, de tenerme inmovilizado y listo para la ejecución. Eres la reina de asesinos… Lo sé porque tu coño, a pesar del culo dolorido, desprende filamentos de densa humedad y tus dedos se mojan en él al golpearte el clítoris. Amarte es fácil y follarte tan complejo como un ritual de transmigración aún en vida. El brillo sanguíneo de tu mirada es característico de tu fiera y devastadora sensualidad. Te elevas sin cuidado y siento que parte de mi pellejo se queda entre tu acerado ano. No puedo evitar gruñir, tal vez gritar de dolor. No sé… Y te clavas a mí de nuevo llenando tu coño resbaladizo y asombrosamente tibio. Me dices: “Si te anestesiara, tu semen frío cerraría mi coño”. Me encantan tus lecciones de técnica de fluidos, en serio. “Deja que te duela”, sentencias corriéndote. Y es como si me succionaras también la sangre, siento dolor en los conductos seminales por la velocidad con que corre hacia tu coño el semen. La vagina y ese ano acerado, inyectan en el glande un amor que se extiende por todo mi cuerpo. Amar duele, es literal. Y no quiero que deje de doler nunca. He pasado unos segundos en blanco y estás entre mis muslos. Me muestras en tus manos, con una sonrisa vanidosa, la aguja y el hilo de sutura esperando que el pene quede lacio. Suturas el prepucio rasgado sin miramientos, a la tercera puntada pierdo el conocimiento. Y despierto cuando tu lengua lame los puntos antes de aplicar yodo. Cuando vendas el pene provocas un placer relajante, y lames la gota de semen desleído, como un calostro que brota del meato sin mi permiso: “Mi número cuatro, no se rinde a pesar de estar hecho una mierda”, bromeas. Dejas en la mesita la caja de antibióticos: “Cada ocho horas los cuatro primeros días. Y los puntos los quitaré yo, no los toques”. Sacas las agujas del escroto, la docena que lo cubren, algunas las extraes con rapidez y en otras te recreas mirando mi rostro tenso. Aplicas pomada antibiótica y ya sí que no puedo evitar que mis ojos se cierren, estoy cortocircuitado. Despertaré con el pene vendado, tratado con pomada para quemaduras y antibiótica, sin ti de nuevo, con los cojones también oprimidos con gasas. Y observaré esos quinientos euros sobre la mesita que evocarán lo pasado y apretaré los dientes temiendo una erección que tensará los puntos recientes. Es tu juego, te gusta pagarme para hacerme sentir cosa. No podré masturbarme evocándonos al menos en tres semanas y con cuidado. Somos cuatro tus propiedades, porque cuatro semanas es el tiempo prudencial para que sanen las lesiones y usarnos de nuevo. En un mes mi rabo estará operativo de nuevo y me llamarás desde tu despacho, para concertar otra cita, sonriendo divertida. Llegarás a casa como si yo no fuera la puta que soy y tú mi ama: “Hola maridito cuatro”. Y cuando empiece a hervir el chocolate, me estiraré en la cama alzando las piernas sobre los estribos de acero, para que el chocolate haga su trabajo en profundidad. No sé cuanto pierdo de mí dentro de ti cuando me follas, pero no importa. Yo elegí y tú no tienes piedad. Es perfecto.
No hay nada peor que su ausencia en los momentos más bellos y emotivos, cuando todo está bien. No hay angustia mayor que asistir a un movimiento planetario y no cerrar mi mano en la suya, con aquella inocencia infantil que sin el conocimiento, convertíamos el anochecer en actos cosmogónicos. Ahora somos simplemente cósmicos, flotamos en el universo como accidente. No hay heroicidad o magia alguna. Ni la necesito. No quiero ser épico, solo arrastrar mis labios sedientos por su piel sin ninguna elegancia. Y es dos veces bueno flotar con ella sin más misticismo que su franca mirada intimidándome. Soy una esencia elemental reaccionando a su sensualidad electrizante, no es difícil imaginar que es ella quien crea las auroras boreales aunque se encuentre en el ecuador mismo de la Tierra. Y yo soy el resultado: los mantos de colores extendiéndose en el cielo mortuorio. Ella me disgrega. Me atomiza el alma y soy su aura oscura y ardiente. No hay angustia mayor que el dolor de mi rabo duro y que no sea su mano la que calme el palpitar de las venas que lo recorren. La busco en la belleza y la armonía, en la serenidad y la musicalidad silenciosa de una cucharilla haciendo girar el café al empezar el día. La busco para metérsela sin piedad. No quisiera que estuviera conmigo en las malas situaciones, no quiero ni puedo ser causa de aflicción en quien amo. No le veo la gracia a eso de: “en la riqueza y en la pobreza, la salud y la enfermedad, la dicha y la tristeza”. Las tristezas, dolores y desgracias se deben gestionar en soledad y demostrar fortaleza. Cuando digas que todo está bien, debes ser convincente. El amor no es un asilo, un refugio o una enfermería. No debe ser necesidad, sino hedonismo. El amor no busca salvar el mundo, sólo tenernos a nosotros. Las malas cosas son la mala hierba que parasita y pudre el amor. Hay que mantener la basura lejos. Y hallarnos juntos ante la bellas enormidades lloviéndonos en el alma y la piel. Esto no es una declaración de intenciones, sino de convicciones. Y sí lo es de amor, cielo.
El viento ululaba poderoso y tenebroso entre las ramas desnudas y las frondosas perennes. Entre los retorcidos arbustos y las alegrías del viajero que, como arañas de algodón se ofrecen como alimento a la esperanza en los márgenes del camino. De repente, una ráfaga de aire hacía del ulular un bramido de algo que cae y aplasta; tan fuerte que me hacía perder el equilibrio. El aire colisionaba tan rápido contra mi rostro, que no podía respirarlo, se me escapaba… El caos me disolvía como una escultura de arena, creía diluirme arrastrado en partículas infinitesimales. Y miré al sol, pidiéndole el calor que el viento me robaba: ¡Vamos hombre, no puede hacer daño un rayo de calor! De repente la epifanía… Era ella y sus labios cálidos confortando los míos quebrados en un acto de indisimulada urgencia. Apartó el viento de mis oídos para susurrarme cosas incomprensibles, secretos que me hacían vibrar el alma. Yo inclinaba el oído hacia su boca con un placer de ojos entrecerrados al hacerme cosquillas, tiernos escalofríos con sus labios percutiendo pegados a mi piel. Siempre habla graciosa y rápida transmitiendo poderosamente la certeza y la paz de que todo está bien. Sus ojos esplenden rayos de amor como dos estrellas. Algunas ramas descendían hacia mí porque el viento, absurdamente, soplaba demente del cielo a la tierra. Y me quité un guante para sentir sus dedos entre los míos. Mi pierna-árbol de resquebrajada corteza rompió las raíces que la anclaban angustiosa y vergonzosamente a la tierra cuando ella alegremente tiró de mí. No recuerdo cómo volé y por dónde de su mano, cuánto tiempo pasó hasta que me encontré frente al portal de casa. Todo era ella en el mundo. Recuerdo un último beso veloz como sus palabras de amor. Mantengo el sabor y la calidez de sus labios aún en los míos como una prueba forense de su existencia. Me sonreía con el cabello deliciosamente revuelto, montando una ola de viento hacia su mundo. Yo sólo acerté a decir: ¡Adiós, amor! Como un apóstol, escribí lentamente su epifanía. Para que la demencia no la olvidara. Un testamento a nadie. Un evangelio apócrifo en el que me refugio cuando tanto la extraño perdido entre el viento rugiente. Releyendo o reviviendo lo imposible que ocurrió, mis dedos se mueven inquietos entrelazándose en los suyos. Y durante un instante inconmensurable, la realidad se fractura y un viejo niño vuelve a sonreír con la mágica tristeza de un viento cálido escapándose entre sus dedos con el rostro aún iluminado por tres soles.