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El filo de la sonrisa

Alguien no entiende bien las cosas.
Entonces la navaja corta el abdomen y las vísceras se salen del cuerpo. Las manos intentan retenerlas, que no caigan, que no toquen la tierra. En ese instante, un certero tajo en el cuello acaba con cualquier esperanza de sonreír sinceramente algún día.
Alguien tiene que hacerlo.
Lo cierto es que no debería estar en este planeta; y si no hubiera vida en ninguna parte del cosmos; entonces no debería estar vivo.
Sonreír es mucho más difícil que llorar. Y además, son escasas las oportunidades de hacerlo.
De ahí que en el cine se hagan más dramas que comedias.
De ahí que dure más el miedo y el dolor de morir que la dicha de nacer.
De ahí que no pueda sonreír ni provocar sonrisas. He nacido para crear dolor y miedo que combatan las hipócritas felicidades. Y después la muerte. No importa, es un trabajo como otro cualquiera.
Lo intentan, ellas y ellos quieren reír de verdad; pero la sombra de la frustración se adivina en sus encías como la fiebre de la imposibilidad.
Es mejor no intentar reír, hay gente como yo que sin pretenderlo lo sabe todo.
Nacemos algunos con el don de la certeza. No existe duda alguna en mi pensamiento, al menos que sea mínimamente trascendente.
Ese don hace las infancias infelices y de la madurez, la libertad tan ansiada.
Y los intestinos se deslizan en cascada entre sus dedos crispados.
¿O tal vez autonomía? Porque el concepto de libertad cambia según lo que se piensa en un momento determinado.
Cuando corto la carne, no sé si soy libre o soy esclavo del filo hiriente que cauteriza las malas sonrisas.
La libertad es como un animal salvaje que apenas se deja ver más que un segundo.
En cualquier caso, la libertad no es sonreír, es lo contrario: no tener que humillarse ante nada ni ante nadie. La sonrisa esconde tanta humillación que me avergüenzan las ajenas.
La libertad no provoca sonrisas ni pretende crear felicidad.
La libertad es esto que cometo impunemente: saber y juzgar.
Sin que importe el resultado, a veces pueden parecer simpáticos los culpables y repugnantes lo inocentes; pero me importa lo mismo que la colilla que dejo caer al suelo de la forma más espontánea.
No mato para juzgar, asesino para evitar repeticiones, no tener que ver de nuevo lo mismo en el mismo rostro.
El mundo es un pañuelo, hay demasiadas probabilidades en la vida de cruzarte con la misma persona
Es una forma de evitar tanta monotonía.
No hay prejuicio, no importa quienes son y lo que podrían haber hecho; solo es un juicio sumario y breve a cada mirada, sonrisa o tristeza con las que me cruzo inevitablemente.
Los que ríen demasiado sin ser necesario, arrastran el estigma de la indignidad y simplemente es mejor morir que vivir humillado.
Yo pongo las cosas en su sitio. A los muertos donde deben estar: en la tierra desangrándose con el rostro contraído de miedo y dolor.
Es algo que no puedo evitar.
Por ello la soledad es descanso y paz.
Porque cuando estás solo no matas. No hay esa necesidad.
Nací solitario entre la muchedumbre.
Soy la auténtica prueba de un error de nacimiento.
Os juzgo, os he juzgado a los vivos y muertos. Apenas recuerdo siete miradas hermosas y diez palabras emocionantes en toda mi vida.
Este balance vital es una tragedia que me ayuda a no sonreír, ni siquiera a quien podría salvarme la vida. Mi descontento me hace enemigo de todos.
Sin vehemencia, sin pasión. Cuando los destripo, no sonrío, ni hay odio.
Solo hay control y objetivo: no repetir la misma miseria en un mismo rostro.
A quien amo, no mato; pero mi sabiduría y su conclusión, no me permiten vivir con quien amo, sería inviable mi vida y la suya.
Vivo en una constante ansiedad de amar y un control férreo de mi naturaleza.
Así, la sonrisa es un acto banal que traiciona la sabiduría acumulada.
Ergo me traiciona a mí.
Pudiera ser que algún día, pudiera ser detenido, es posible que ocurra antes de que muera; pero no es preocupante, no hay diferencia alguna, ya estoy en una prisión.
Una prisión dentro de otra prisión, es prisión. No se eleva al cuadrado.
Tengo muchos rostros de falsas sonrisas flotando en mi cerebro, y ya he consumido el ochenta por ciento de vida.
Será una vida plena acabe donde acabe.

 

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Iconoclasta
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Sonreír o no sonreír

Publicado: 27 agosto, 2015 en Lecturas, Reflexiones
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Sonreír o no sonreírElegir es una hermosa ilusión de libertad, porque la libertad se encuentra muchas veces entre lo malo y lo menos malo.
Nunca es fácil elegir, hablo de ellos, de los ajenos a mí, que son todos. Porque yo elijo sin dificultad alguna.
Elijo sonreír poco, lo mínimo.
Hay tanto por lo que llorar o dejar el semblante grave…
Sin embargo, hay gente que ha nacido solo para sonreír, son voluntariosos en ello, como fanáticos religiosos de la sonrisa. Tienen la firme convicción y pueril esperanza de que sus vidas se arreglarán o mejorarán riendo continuamente. La sonrisa no conjura nada, no es un hechizo.
Y una mierda. Pueden reír hasta llorar, pero sé mirar mucho más adentro de una dentadura. Identifico con quirúrgica precisión las sonrisas neuróticas, las que esconden fracasos y complejos, las que nacen de la inseguridad y la frustración. Las ambiciosas, las interesadas, las cobardes…
Demasiado se ríe.
Yo no soy un negro de dentadura blanca como los de las viejas y malas películas que sonreían a su amo de mierda en cada palabra.
Con una sonrisa hablan de sus dramas y felicidades, contando cosas que los haga sentir sabios y experimentados. Pretenden ser didácticos y ejemplo a seguir esos apologistas de hilaridad idiota.
Dicen cosas que yo sabía de hace mucho, cosas que las conocía ya al nacer.
La previsibilidad y la iteración no me parecen graciosas si no es en un video en el que una y otra vez un ser humano se estrella contra algo en su coche. Entonces me parece hipnótico, pero tampoco río, le presto una seria atención intentando ver qué es lo que tiene de terrible, intento ver que es lo dramático de una muerte ajena.
Es necesario que los trabajadores y sobre todo los arribistas que pretenden escalar puestos en su empresa, a falta de prostituirse sexualmente con sus jefes por falta de recursos estéticos, sonrían y mucho. A los empresarios y sus secuaces les encanta el buen ánimo y la buena disposición de sus “colaboradores”. Y una sonrisa luminosa al inicio de la cochina jornada es algo que me hace vomitar, pero a ellos les sienta mejor que la mamada que les gustaría que el soso de su cónyuge les hiciera.
Yo no sonrío, mi ademán es neutro, no quiero ser del todo hipócrita; pero tampoco puedo permitirme el lujo de perder mi trabajo ya que no tengo medios ni poder para ejecutar a tanta gente de mierda merecedora de ello.
Trabajo en un laboratorio de análisis de sangre y con el rostro neutro contamino las muestras para que muchos sonrientes pongan a prueba su filosofía feliz al saber que tienen anomalías en su cuerpo y que algunas son muy peligrosas.
Hay muestras que dan extraños niveles de orina en sangre. Me reiría si viera la cara del paciente cuando le digan que sus riñones están hechos mierda; pero yo jamás veo al paciente, así que de risas, ni hablar.
En mi ambiente laboral ofrezco un rostro neutro, pero estudiadamente cordial que les hace desconfiar un poco, pero no se atreven a concluir porqué.
Es más o menos el mismo que uso cuando me follo a mi esposa.
Ella es solo un coño donde meter la polla. Si se la meto ahorro dinero con las putas.
Así que intento convencer a mi verga de que no es el coño de siempre, que es otro. Cualquier otro.
Me corro en su coño mediocre, sacudo los restos de semen en su vientre y me doy la vuelta en la cama dándole la espalda. Cuando acabo de follar, siento rechazo por el roce humano, mi cerebro no funciona bien en el rango de la ternura y la empatía.
Su sola presencia me provoca rechazo me la haya chupado o no. Si tuviera posibilidad de quedar embarazada y se embarazase, la abandonaría sin una sonrisa y sin ninguna pena. Sonríe demasiado, no quiero hijos de mierda sonrientes.
Mi semen es tan estéril como su útero mutilado en el quirófano.
Es muy simpática, pero folla de puta pena.
Dentro de unas horas me masturbaré para compensar el poco placer que he obtenido.
Para correrme como a mí me gusta.
Hay cosas buenas por las que sonreír todo el mierdoso día. Cuando las encuentre sonreiré discretamente, porque cuando conoces algo por lo que sonreír sinceramente, suele durar poco.
La cotidianidad y la previsibilidad hacen mates todas las superficies.
Si alguna vez brillaron, claro.
Así que si un día mi cara neutra falla, seguramente perderé el trabajo y nadie querrá contratarme ante la imposibilidad de mi sonrisa.
Si llega ese día, le pegaré una buena paliza a mi esposa, se la meteré por el ano con todo mi asco y le clavaré un cuchillo en la nuca, luego meteré en el maletero del coche la escopeta de caza y mataré a todo el que se cruce en mi camino en la empresa. Lo haré hasta que me maten o me detengan.
Y lo haré con mi mejor sonrisa.
“Buenos días, al mundo entero. Mirad como sonrío a todo y a todos. El amigo sonriente os da las buenas muertes”.
Hay gente que no entiende porque un tipo, un buen día decide matar a unos cuantos seres humanos al azar.
Sonreír demasiado atrofia las capacidades intelectuales, es lógico que no entiendan. La risa tiene contraindicaciones.
Tal vez no sea así, tal vez no mate a demasiada gente; pero es en estos momentos, durante estas reflexiones, cuando sonrío sinceramente. Tengo mis buenos momentos, mis ilusiones y sueños. Sé como gestionarme en un mundo sonriente.
Por eso, con la afilada punta de un cuchillo escarifiqué un Mr. Smiley en mi rasurado pubis. Tuve la mala suerte de que se me infectara, pero valió la pena. Es ahí donde está mi sonrisa, es mi íntima broma en esta vida de mierda que estoy padeciendo.
Tengo treinta y cinco años y espero no llegar a los cuarenta porque esto parece empeorar día a día.
Voy a ensayar alguna sonrisa en el espejo, aunque me duela la cara.
Así salvaré unas cuantas vidas en un futuro incierto, pero sugerentemente posible.
Me parto…

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Iconoclasta

Hay ratas que sí

Publicado: 7 julio, 2015 en Reflexiones
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Hay ratas que sí

Aún se despierta acostado de lado en el extremo del colchón, en el borde mismo. Debe evitar el contacto con el sucio pelaje de la rata.
Cuatro años durmiendo con una rata al lado, crean un hábito difícil de erradicar.
Cuando adquiere conciencia, se da cuenta que no hay rata. Huele las sábanas: no hay el hedor de la rata impregnada por la suciedad de otros ratos. Entonces extiende los brazos en cruz y separa cuanto puede las piernas. Se esfuma la repugnancia inicial que le acompaña aún algunas mañanas y noches.
Observa por la ventana del comedor: ya no hay un precioso y majestuoso volcán; pero se compensa con un aire más limpio que huele a clorofila y lavanda. No hay cenizas que lo hacen toser y enturbian la luz.
Se ducha y tiende a emplear demasiado tiempo para limpiarse el hedor de la rata que parasitaba su cama. Y se relaja, deja que simplemente el agua caiga templada por su cuerpo, sin frotar fuertemente. No es necesario.
Es sábado, ya no siente la profunda decepción y temor a tener que soportar la hedionda rata durante horas sin consuelo. Ya no tiene que aspirar el acre olor de la rata sucia y la mezcla almizclada de hedores de otros ratos. Sus chillidos histéricos provocados por los amarillentos y viejos incisivos que se le clavaban en el cerebro provocándole paranoias y calenturas que solo calmaba con vodka, cerveza y alimentos de mala calidad en sucias cloacas.
Dicen que las ratas son astutas; pero siente un escalofrío y el olfato se le llena de aquel repugnante olor a miseria y mezcla de orina y otras cosas innombrables. No, la rata no era astuta; solo repugnante. Solo evocaba asco.
No astucia, no inteligencia, no simpatía. Asco, asco y asco…
En sus patas anidaba la miseria como un hongo que impregnaba todo por donde pasaba.
Llega por fin al banco de madera y toma asiento con un suspiro, la caminata ha sido larga, como siempre. Es fácil caminar largas distancias en esa catedral de vida que son las altas montañas.
Saca de la mochila una bolsa de plástico, la rasga y la extiende frente a sus pies, hay restos de embutidos y frutos secos.
El río hace cantar a las piedras con una suave y apacible melodía.
Como siempre, aparece entre las hierbas de la orilla. Se acerca hasta la comida, se sienta sobre sus cuartos traseros y se limpia las patas delanteras como si fuera un saludo.
Él sonríe ante esa ternura y gracia. La menuda rata de negro pelaje brillante y húmedo come tranquilamente sin prisas, sin temor. Una avellana la toma entre las dos patas delanteras para poderla roer y comer. Mira al hombre aún con curiosidad mientras mastica.
Cuando acaba el festín, se sienta de nuevo sobre sus cuartos traseros, se limpia las patas en un adiós (eso quiere creer él) y desaparece de nuevo entre la hierba hacia el río.
-Son muy listos estos animales -le dice un excursionista habitual de aquellos parajes que ha estado viendo la escena.
-Sí, ésta sí -responde evocando el olor repugnante de la rata de aquel volcán.
-Y pensar que hay gente que las mataría…
-Hay ratas malas, repugnantes y sucias. Las ciudades esconden demasiada miseria, y hacen miseria de los seres humanos y todos los animales. Hay ratas que sí deben ser exterminadas. Y personas -responde con un deje melancólico, como si se encontrara lejos de algún lugar.
A veces es duro y demasiado directo; pero es mejor que ser hipócrita, no se arrepiente de haber contestado así.
El excursionista sonríe pensando que se le ha complicado un poco la conversación.
-Bueno, éste es un buen lugar, no hay ratas de esas -responde tras unos segundos de reflexión.
-Así es, jefe. Buenas tardes -le responde levantándose del banco y colgándose la mochila de un hombro.
-Buenas tardes. Salude a su amiga de mi parte la próxima vez.
Y sonríen, es un buen lugar para hacerlo.
Un buen momento.
Está bien no sentir asco, está bien conversar banalidades con simpatía.
Ríe durante un buen trecho del camino de vuelta a casa sin ser consciente.
Poco a poco recuperará el centro de la cama para dormir.
Una rata hace olvidar otra rata.
Dicen que los clavos hacen lo mismo, solo que siempre se queda un clavo.
La rata se va y deja una sonrisa. Ésta sí.
Y está bien otra vez.
Hace tiempo que todo está bien.

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Iconoclasta