Archivos de la categoría ‘Amor cabrón’

La nieve y la vida

No estaría bajo la nieve si pudiera estar en tus labios, amada enemiga mía.
Esclavizas mi pensamiento todos los minutos, en todos los climas, en todos los lugares.
No hay frío. Lo llenas todo y elevas la temperatura orgánica y emocional.
Como si nada…
Eres masaje cardíaco, eres vida.

Horas tristes

Hay en el día horas tristes y horas para la sonrisa.
Las tristes son las que te deseo y no estás.
Las horas de la sonrisa, no las marca mi reloj.
Tu no presencia marca todas mis horas, ergo todos los días son oscuros.
Qué tonto soy, porque acuno esta tristeza como un privilegio.
Y pensándolo bien, mejor la tristeza; porque cuando intento sonreír siento molestias en las orejas, supongo que me falta piel en el rostro.
Sonríe, por favor, no es una hora alegre; pero hago lo que puedo, lo intento.

Mirando las estrellas

Observar el cielo nocturno incontaminado por luces artificiales cercanas, provoca dos estados de ánimo:
1º. Asombro, admiración y cierta euforia ante la exultante belleza que forman miles y miles de estrellas y sus nebulosas.
2º. Insignificancia, pesar y tristeza. Tras unos minutos, cuando la visión se ha acostumbrado a esa oscuridad y se hacen nítidas las luces y sus agrupaciones; llega la sensación de ser pequeño, un insecto que a duras penas es consciente de su propia existencia. Tras un tiempo indefinido, mucho más corto de lo que pienso, llega el pesar, la pura realidad: no he visto nada del universo en el que me hallo o me contiene. Soy extraño en mi propio mundo.
Y por fin la tristeza, porque jamás lo podré ver, me falta vida para abarcar tanta multitud, tanta grandeza.
Moriré sin saber, sin conocer.
Entonces te busco, quiero que me localices en toda esa tristeza cósmica, amor. Porque me he perdido en el universo inmenso, en mi insignificancia misma.
Solo el calor de tus labios o la caricia de tu voz en mis sordos oídos pueden rescatarme y vencer el desaliento, el temor y la tristeza que me embarga.
Tus labios me darán la temperatura que necesito para seguir viviendo, la que las gélidas y lejanas estrellas me han robado. El frío universo me ha secado los labios y se me abren por un desconsuelo en esa helada y bella soledad.
Tu voz me devolverá en un susurro a la existencia, me hará hombre y ser vivo.
Por ti y ante ti, soy.
Tu existencia y tangibilidad es lo que me da vida.
No volveré a mirar jamás las estrellas, no tan profundamente si no estás a mi lado. Podría haber muerto ahí solo. Sin ti.
Me doy cuenta esperanzado, de que eres mi universo, el que hace bombear mi corazón y llevar la sangre donde debe.
Te amo con toda mi insignificancia.

 

ic666 firma
Iconoclasta

No son meras palabras def

Paso demasiado tiempo pensando en ti.

Si te digo que te amo y eres un ser superior, no son simples palabras.

No hay nada de simple en amar, es todo demasiado complicado.

No es simplemente complicado amar, entiéndeme. Es que en estos tiempos es un trabajo imposible: infinitas injerencias, horizontes artificiales, dolores y ausencias que se intercalan entre breves y escasos momentos de besos y caricias.

Los premios sucumben a los castigos, mi amor.

Vivir con angustia un decorado atroz y tú mi salvación.

Un sonido que me orienta en el sórdido caos es tu voz. Amarte hace de mis palabras un mensaje secreto y desesperado. Grabado a conciencia en el alma y en la piel.

Porque no puedo perder el tiempo en banalidades; la vida se acaba, cielo.

Mis palabras son la justa frecuencia del sentir en un cifrado íntimo.

Eres insoportable en tu sensualidad.

Una perdición para un mortal como yo.

 

ic666 firma
Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

El arte y mi locura

No existe mejor galería de arte
El planeta es autor y expositor.
Crea sus obras colocando los seres y las nubes en el preciso lugar, en el preciso momento. Conmigo dentro, aunque no se me vea.
Si lo piensas bien, si lo ves es porque estás; formas parte de ello, de la obra magna, de ese arte colosal, desproporcionado en su grandeza inhumana.
Y vuelves a casa con quien amas, intentas explicarle lo que has sentido. Y en la foto no aparezco; pero soy. La luz que me cubre y la que reflejo aparece por toda la imagen.
Ella me besa riendo porque estoy loco,
Tal vez…
Yo te como a besos porque eres otra obra de arte que el planeta ha ejecutado, lo hace contigo cada día, con cada matiz de luz y sombra que te rodea y creas.
Hay momentos en los que vale la pena respirar.

A dos renglones de vida

Cuando muera y deje de existir ¿qué será de mí sin ti? Porque no habrá nada que contenga todo este amor que a duras penas me deja caminar, casi arrastrarme hacia ti.
No seré responsable de convertirme en una bola de fuego incinerador, una nube dejando caer cuchillos de hielo. Un humo radiactivo.
O un viento que ruge tu nombre arrancando la piel de los seres humanos.
¿Qué será de mí sin ti? Todo este amor… Tantas promesas de estar juntos toda la eternidad.
Desoímos la decadencia del cuerpo, no por ingenuidad; solo por supervivencia y evitar la mortificación de pensar en no tenernos un día.
Este que ha llegado para mí.
Te dejo sola, mi amor.
El corazón apenas late un segundo y se detiene cuatro.
¿Sabes lo que cuesta respirar? Los pulmones plegados como las alas de un murciélago durmiente.
Y la ira de dejarte…
No puedo combatir la fulgurante descomposición de mis células. Cuando lucho por tomar aire, me olvido de que te amo. No pienso en ti cuando llevo la mano al pecho y golpeo el corazón para arrancar un latido más.
Perdóname.
Duele un millón morir, cielo.
Te escribo en una agonía de cuerpo y amor, cuando llegues a casa seré cadáver.
Abre las ventanas, no respires el vacío que he dejado; podría ser malo.
Temo ser tóxico sin ti.
Te podría escribir que si encuentro algún medio para volver a ti, lo haré. Volveré contigo…
Pero morir es tan terrible que no puedo ejercer la esperanza o la fantasía, mi amor. Vivir un segundo más anula toda otra consideración.
Cada vez soy menos y veo el mundo por las rendijas de los párpados que apenas puedo mantener abiertos. Lo escrito desaparece dos líneas más arriba.
Dos renglones me quedan de vida, de amarte.
No he sido eterno, mi vida.
No nos engañamos, ¿verdad?
Pero fue hermosa la fantasía.
Y era necesario un grado de ilusión entre tanta realidad.
Te amo, ahora, en este último renglón de mi vida.

 

ic666 firma
Iconoclasta
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Intelesexual

No puedo evitar admirar y ansiar tus labios cuando hablas, ríes o lees; pero sobre todo cuando hablas sin mirarme con esa natural complicidad, pienso en tu coño y quisiera que no dejaras de hablar mientras te lo beso, lamo y hundo los dedos en él.
Que no calles ni cuando te corres agarrándome el pelo con fuerza.
Y es que para mí tocarte y follarte es tan coloquial como para ti hablar.
No dice mucho a favor de mi intelecto, con el tuyo basta.

Ser sombra

No quiero ser rico, famoso, admirado, inventor, creador, buen hombre, mal hombre, tener la polla gorda y larga o un cerebro privilegiado. No pretendo ser amado, no pretendo ser sonreído.
No pretendo ser especial.
Me basta ser una sombra que emerge entre la oscuridad de vez en cuando.
Ser anodino y sórdido no es pedir demasiado.
Ser sombra de la sombra, un borrón que se mueve y crees que ha sido un fallo en tu visión adormilada.
No quiero ser sólido para llenarte toda, cubrirte toda como un vapor.
Un gas en tu coño y en tu boca.
Me basta ser esa cosa oscura e informe que se mueve cuando se apagan las luces o sucumbe el sol. En la habitación donde yaces en la cama, o en el sillón en el que dormitas con las piernas separadas, pensando que es tu íntimo momento de descanso.
Ser sombra arrastrándose por tu piel, el sueño extraño en tu cabeza y la humedad en tu coño que se abre ante mi aliento obsceno.
Soy la oscuridad íntima, testigo de tus gemidos nocturnos, de los que no te acordarás. Ni recordarás mis dedos sombríos separando los labios resbaladizos que tus muslos han dejado de proteger.
Ni mi sombrío pene dejando un rastro húmedo y viscoso en tu vientre camino de tu raja, de esa sima también oscura de placer y blasfemias secretas, jamás escritas, jamás dichas.
Mi puta polla anodina invadiéndote una y otra y otra y otra vez… Con la furia de amarte y follarte.
Violarte y rendirte culto.
Observarte sufriendo y gozando la extraña penetración profunda, corriéndote inmóvil por unas manos oscuras que sujetan tus brazos por encima de la cabeza.
Ser sombra en tus paredes, en tus noches.
En el frío y el calor…
En los días de lluvia y viento, cuando los ruidos del mundo se solapan con mis jadeos sobre y dentro de ti.
Lo negro que te desea, lo que te ama hasta renegar de ser hombre y convertirse en un fluido lamiendo tu coño y besando tus labios gimientes.
Secreto, anodino, ignorado…
Sombra y paranoia…
Me condenaste en el mismo instante que apareciste en el mundo.
Y cada día volver de nuevo a la oscuridad.
Ser la sombra cansada y saciada que te besa desde las paredes en la penumbra que antecede al amanecer.
Ser la oscuridad que se diluye cuando tus ojos empiezan a parpadear y bostezas acariciando tu sexo bajo la sábana, dulcemente anegado, cálidamente viscoso.
Soy la última oscuridad que habita tu mundo cuando pospones el momento de salir de la cama con los muslos brillantes aún por lo que cometí contigo, hace apenas unos segundos. Cuando sonríes ya consciente, pensando en qué has soñado para despertar tan caliente, tan húmeda…
Ser sombra, ser nada es mejor que no estar en ti.

 

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Iconoclasta
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El amor y su longevidad

Amores demasiado fuertes, demasiado largos para la juventud.
Amores demasiado apasionados para la vejez, que parecen infinitos cuando la vida dice lo contrario.
No se puede conjugar el afán de descubrir cosas nuevas con un amor eterno.
El amor se come la libertad y cuando nos damos cuenta de ello, resulta traumático; resulta irrecuperable el tiempo que se fue. Y el amor se convierte en desprecio y odio.
La longevidad de los amores se aclimata a los ciclos vitales, a las épocas de la vida; aunque nos pese.
Aunque maldito el romanticismo.
De una forma consciente o inconsciente, los amores nacen o mueren según la edad, según la experiencia.
Según el dolor.
Es algo intrincado en el cerebro, en el sistema hormonal.
Como las células que mueren y se regeneran.
Como las estrellas que nacen y explotan en el universo.
Somos el reflejo mínimo e intrascendente de un universo atómico.

Te digo del viento

Te digo que el viento es tan fuerte, que me roba el aire que he de respirar y por unos segundos, siento asfixiarme.
Te digo que el viento se ha llevado el polvo del camino y ha dejado la tierra desamparada, cuarteada y dura. Ha borrado todas las huellas y las que se pudieran hacer. Como si nunca hubiera estado.
Nunca estaré, no quedará nada de mí, dice el pérfido viento.
Si en polvo nos convertimos al morir, el viento ha arrastrado a los muertos de esta tierra. Aquí, ahora solo quedan vivos que temen morir aplastados por las cosas que el viento les lanza furioso.
Se ha llevado las nubes y parece querer llevarse el sol, que flaquea en su brillo.
El viento aúlla y su salvaje odio quiere arrancar los árboles que intentan tumbarse llorando verde de puro terror.
Lágrimas arremolinándose…
El viento me da un poco de miedo porque mueve el banco en el que me siento para escribirte estas cosas que solo pueden pensarse en soledad.
Y piensa quien me ve escribir sentado contra el viento, que es terrible estar tan solo.
Tiene razón en lo de estar solo; pero no es terrible.
El viento frío como una muerte, como una anestesia inyectada en la vena; me roba la humedad de los labios y los parte. Me arrebata el calor de las mejillas y en algún momento me hace temblar sin control; pero lo extraño es que el corazón parece hervir, parece un fuego atizado en una fragua.
Corazón ardiente y dedos fríos porque no se puede escribir con guantes: pierdes el contacto contigo mismo.
Si tiene que doler, que duela.
Te digo del viento en soledad, porque si estuvieras a mi lado, no podría prestar atención más que a tus ojos y tus labios. A tus palabras y silencios.
Concluyo que eres más poderosa que el viento.
Eres la que atiza el fuego del corazón que el viento no puede apagar.
La creadora de una soledad, que el viento no arrastra, sino trae.
Te digo palabras que el viento no se podrá llevar, las escribo con tinta de plomo en un cuaderno que ni el viento arrancará de mis fríos dedos.
Es hora de volver a casa, sin huellas.
Invisible y efímeramente.
Adiós.

 

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Iconoclasta