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En las noches del toque de queda marcial del nuevo fascismo español, a pesar de la maravillosa lluvia, las calles huelen a rancio, añejo y mierda.
La lluvia no puede con toda esa indignidad que cubre como un manto de mierda las calles nocturnas de prisión. No puede la pobre lluvia, arrastrar el hedor de la dictadura y su cobardía. Su asfixiante presión.
No es por el bozal (o mascarilla como pretenden que se le llame) por lo que cuesta dios y ayuda respirar; es por los mezquinos carceleros que lo apestan todo. La dictadura pudre hasta la mismísima lluvia. Pobre amiga…
En mi pueblo la lluvia no es ácida, es tóxica y huele a excrementos y suciedad de prisión. A viejas muertes que ya nadie recuerda de otra dictadura cuyas estelas de olor a mierda, siguen flotando en el aire como las de los reactores en el cielo.
Y así una noche, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra… Hasta inevitablemente vomitar desde el balcón a la sucia calle fascista empapada de miserias. Literalmente el dedo del fascista que te lleva a la náusea.
Mierda con mierda se paga.
Mi pobre lluvia que han podrido…
Buenas noches de mierda a los puercos.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Dios está roto, el crucifijo asoma entre pieles de frutas en un contenedor de basura. Solo queda un trozo de brazo clavado en la cruz rota y sucia.
Y aún no ha acabado todo, le espera el infierno, la incineración.
No es trágico, no para mí. Incluso me parece una divertida ironía.
Tan solo me pregunto cuántas veces han de machacar a un mártir para que alguien le preste la suficiente atención como para rezarle.

–¿Qué ha ocurrido, Jade?
–Me he peleado en el gym con una guarra, en el vestuario. Llegó una tetona hiper tonificada y me dijo que debía llevar la mascarilla.
–¿En la ducha? No te pueden obligar.
–¡No! Cuando me estaba vistiendo.
–Aun así, vaya borde la tipa.
–¡Sí! Le arranqué la mascarilla y la pegué en mi coño peloncito y mojado.
–¿Aún lo tienes mojado?
–Méteme los dedos y verás.
–Vale… Y ella que hizo.
–Se me tiró encima y me arañó.
–Te quedan muy sexys las heridas.
–Me las he maquillado para resaltarlas, sabía que te gustarían.
–¿Y qué pasó después?
–Le desgarré la garganta, la decapité y le arranqué los pezones a bocados. Me queda uno ¿quieres probarlo?
–No. La carne de idiota no me va.
–¡Me meooo! ¡Jajajaja! Pero ahora tendré que buscar otro gym.
–Hay muchos, Jade. No hay problema.
–Ico…
–Dime.
–Me pica el chocho ¿será coronavirus de la guarra?
–Y si lo fuera ¿qué?
–¡Jajajaja!
–Ico…
–¿Qué?
–¿Me lo rascas o me lo comes?

Se sentó encima de mi plumier y me dijo:
–¡Hola! Soy Jade Negro.
–¡Hola! Yo soy Nadie.
–Te adoro –dijo con una soltura antigua como la tierra misma.
–Es mentira.
–¡Astuto! ¿Te pongo nervioso?
–Sí, demasiado hermosa. Incluso pareces sintética ¡Ja!
–Bobadas. Tengo cosas húmedas ¿sabes?
–Por ser una bellísima licántropo de juguete tienes demasiado desparpajo y descaro.
–Tengo más años que la biblia, cielo.
–Lo sé. Acomódate donde quieras, es tu casa.
–¿Hasta que mueras?
–¡Claro! Ya pronto.
–Te morderé, no podrás.
–Eres un encanto de mentira.

Y es que el gusto del fascismo por el «arte» es denostable, una hediondez.
La vulgaridad de la decadente sociedad se refleja en fotos facilonas, oportunistas, aburridas, sentimentaloides, solo para menores de un año mental, con la mentira que todo golpe de estado a la libertad lleva como sello identificativo y el enaltecimiento del fascismo por los aplausos de la anodina masa humana mundial, que mugen más que hablan, que lloran más que trabajan, que se cagan más en su ropa que en el cagadero.
En fin, la foto vale para entrenarse con los dardos y quien tenga suerte y dinero con balas.
Vaya mierda… Hay fotogramas en la serie infantil Heidi que tienen mucha más carga emocional. Donde vas a parar… Y hablando de plásticos, en Blade Runner, la muerte a tiros de la replicante con el abrigo de plástico transparente era mucho más dramática y estética. Le da cien vueltas a esta foto de propaganda nazi, que además, tiene la técnica y la presencia de una mala selfi.

Hoy sonrío al viento frío del atardecer a un jilguero que salta sin dejar de piar, de rama en rama, de hueso en hueso.
Es más pequeño que muchas hojas de árboles, apenas lo puedes ver entre la fronda; me pregunto cuanto medirá su vida.
La vida es proporcional al tamaño, eso he aprendido de los libros. Pero yo tengo un gran volumen y la impresión de que mi vida está acabada; y no sé que hago aún aquí, entre caderas de vaca y árboles. Más me valdría haber sido jilguero y vivir menos, solo lo estrictamente necesario.
Los huesos de los árboles ostentan la engañosa grandeza de lo que un día tuvo vida, el bosque no entierra, deja señales para que nadie se engañe. Me gusta lo grotesco que la naturaleza esconde, no tiene clasificación moral por edades.
Que cada cual sienta lo que deba y se joda.
Sonrío porque nada ni nadie, excepto morir, puede evitar que vea cosas y respire como, donde y cuando yo quiera; sin que importe quien viva, muera, tema o sea indigno.
No me debo a nada ni a nadie.
Dicen que no soy libre, y no lo soy; pero si nací para algo, es para no obedecer. Y procuro hacer mi trabajo cada día. Dicen que todo tiene un precio, cada decisión; pero a mí me suda la polla, procuro hacer mi trabajo cada día (es énfasis, no iteración).
Y luego fumo.
Para lo que me queda en el convento, me cago dentro. Es el epitafio de mi vida, una vez muerto, los epitafios son simples espacios para musgos y líquenes. Para hipocresías florales tradicionales de santos difuntos, que de santos no tienen una mierda. Es mejor decir estas cosas ahora porque los muertos no hablan y mucho menos escriben.
Habla ahora o calla para siempre (me gusta más la segunda parte, se habla demasiado).
Sonrío al viento frío y al pequeño jilguero que ya no veo, solo escucho.
Y a los huesos de los árboles porque tienen la plasticidad de la muerte, y quieras que no es arte.

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Tal vez es una campaña de mentalización del fascismo para que no se te olvide usar el bozal en el campo, donde el aire es sano y así puedas seguir las normas de castración psicológica mediante bozal en todo momento y seguir con tu respiración podrida. Ni se te ocurra respirar aire limpio, porque al igual que la libertad, es dañino.
Pero lo primero que se debe pensar es que la cobardía es sucia y los cabestros, antihigiénicos. Vamos que son plaga, y ahora con bozales, dejan su rastro como las vacas su mierda en su deambular por los prados.
Bien podrían haberla guardado para limpiarse el culo en lugar de dejar la obscenidad ahí colgada. ¿O tal vez esperaban un premio de su amo fascista estalinista o capitalista por el uso del bozal en tan peligroso espacio natural?
Todo lo que está relacionado con el fascismo, es sucio y sórdido, merece ser fotografiado con arte para la posteridad. A cien mil millones de putos megapíxeles de definición.

Un gueto cualquiera en el estado fascista español, en cualquiera de sus taifas autonómicas gobernadas por severos caciques.
Son las 21:30 y la calle está desierta, silenciosa, muerta.
Las viviendas nunca han guardado tanto silencio por el temor a la policía y al coronavirus, se diría que alzar demasiado la voz les podría llevar a entrar en tu casa derribando la puerta, a ambos.
En los campos de concentración y en los guetos, el silencio absoluto es cuestión de supervivencia.
Tan solo las amenazantes y tenebrosas patrullas de la policía política del nuevo y normal régimen fascista español del coronavirus, rompen el silencio momentáneamente al pulular a la caza de aquellos quienes intentan salir de la prisión en la que han convertido las viviendas del gueto.
Sin embargo, las calles lucen más brillantes que nunca: han mejorado la iluminación nocturna para evitar sombras que puedan ocultar a los que intentan conseguir unos minutos de libertad. Joderlos como sea es su única misión.
Hay mucha luz para que la policía política del régimen ejecute sus sentencias apoyada por una maligna red de delatores, como en todo régimen oscuro; negro como cruces de la SS.
Los campos de concentración de la España Fascista y sus Taifas Autonómicas gobernadas por feroces caciques, son obscenamente eficaces en quebrantar libertades y derechos.
Aunque las fuerzas fascistas lo tienen fácil para realizar sus acosos, represiones y encarcelamientos; mucho más que en los guetos de Varsovia en la Segunda Guerra Mundial. Los habitantes de un gueto español, con total seguridad respiran con un bozal en el hocico dentro de su propia casa (como en el campo, lejos de cualquier control) y les han educado en el lema: “la libertad es enfermedad”.
Los han amaestrado bien: se sienten protegidos como antaño en aquel longevo fascismo de Franco con el que vivían mejor.
Tras las nueve horas largas (se encierran ellos solos antes de la hora) de prisión nocturna, los habitantes de los campos de concentración españoles volverán a sus trabajos (quienes tengan), encenderán los receptores de televisión o atenderán el teléfono móvil para escuchar los bandos matinales del Nuevo y Normal Régimen Fascista Español del Coronavirus que, como cada mañana les anunciará que durante la noche (a pesar de las calles desiertas y muertas de todos los guetos del reino fascista) el número de contagios ha subido pavorosamente, por lo cual continuarán vigentes las leyes marciales de prisión nocturna y anulado todo derecho fundamental. El bando diario del fascismo se despedirá hasta una nueva emisión con su lema de estado: “La libertad es veneno. Fascismo forever).
Y el adoctrinamiento del miedo en las escuelas de los guetos proseguirá de la mano de maestros afectos al régimen, de esos que creen con fe ciega que podrían morir si al caminar por la calle, se les desprende del morro el bozal (aunque en su ingenuidad, le llaman mascarilla).
Maquiavelo debería leer esto, eyacularía en el tercer párrafo.
–¡Shh…! ¡Silencio, la bofia se aproxima!
(Extracto de “Las noches en el gueto”, diario de Iconoclasta Frank)

Iconoclasta

Foto de Iconoclasta.

Me gusta decir que ojalá las palabras hirieran, que cortaran la piel además de provocar graves hemorragias en el alma.
Cosas de ser un romántico trágico y esta forma de vivir sin vivir en mí y bla, bla, bla…
Es simplemente exhibicionismo puro y duro, ganas de hacerse notar por parte de un mediocre.
Hay que ser duro con uno mismo para luego ser impío con la humanidad. Yo le importo una mierda a la humanidad, lo sé. Del mismo modo que la humanidad me importa igual que el precio de los tampones higiénicos menstruatorios, estamos empatados.
Degradarse es un entrenamiento como otro cualquiera, mejor que lo hagas tú que un sargento chusquero de mierda insultándote todo el día. Y ya sabes, si quieres un trabajo bien hecho, te la pelas.
La pluma además de herir, también serviría para suicidarme dado el caso de que la imbecilidad me acorralara irremediablemente.
Pero no la pluma de la foto, porque el plumín es de oro y se doblaría contra mi carne poderosa.
De hecho, ni siquiera lo intentaría, porque si quiero tirar el dinero, me voy al cine a ver una película de los héroes Marvel y de paso, me sirve como emético y purgante.
Si me suicidara, que no estoy convencido de que eso pase si las cosas no se tuercen demasiado con los dolores y esas cosas. Tengo instrumentos de corte mucho más eficaces.
Solo quería hacer vanidad del oro y exhibicionismo de mi piel ancestral y ya curtida.
Ya me estoy cansando de mí mismo, coño.
Ser absurdo también entretiene lo suyo.
Bye.

No creo que sea del cielo su voluntad ser tormenta. Es muy posible que mi poderosa mente le ordene a la atmósfera en qué momento ser Apocalipsis.
No soy bueno, la piedad es un sentimiento que apenas me lleva una décima de segundo tramitar y resolver, lo que tarda en caer el devastador rayo.