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Últimos lamentos de impureza

“Tu menstruación es un excremento líquido, las partes podridas de tu naturaleza corrupta.
No deberías sentirte orgullosa de menstruar, solo aliviada por expulsar todo ese veneno y podredumbre de tu organismo.
Esa misma sangre sucia que en tu cabeza y corazón hace las ideas pestilentes.
Te odio por encima de todas las cosas y seres.
Te odio porque me haces impuro, por ti deambulo con esta cosa que crece y se endurece entre mis calzones.
Mi padre es La Palabra y a él me debo.
Mi odio es bíblico.
Tus paños de entrepierna son mortajas de la miseria humana. Cada coágulo mezclado con los pelos de tu coño, es un feto de algo deforme y ominoso.
Padre creó cosas hermosas; pero tus calzones sucios de sanguínea impureza anulan cualquier consideración de belleza y amor.
Te cosería el coño con tiras de piel de puerco para que la sangre no saliera y te ahogara por dentro; pero estoy hambriento de ti.
Envuelve esto duro que me humilla y me hace hombre vulgar, con ese paño sucio que anida como una babosa destripada entre tus piernas. Que mi flujo seminal diluya la sangre sucia de tu coño.
Retuerce así mi cosa dura con dolor y que la menstruación que se escurra del obsceno paño me bañe el vientre. Le gritaré a Padre que por él, me sacrifico ensuciándome de ignominia.
Por su amor me hago impuro contigo, prostituta.
Pero ningún hijo mío crecerá en tu repugnante matriz.
Llévate como siempre a la boca mi cosa dura y goteante. Y gime falsa y corrupta por las monedas que he tirado en el rincón de tu casa donde habitan las ratas y los restos de hijos que no nacieron.
Cuando me claven en la cruz, que mi sangre limpia y divina bañe tu rostro. Que Padre no te perdone y menstrues así, hasta quedar vacía de sangre y alma.
Me has hecho impuro al yacer contigo, porque no puedo dejar de hacerlo sangres o no. Te pago con las monedas que los pobres necesitan; por lamer la sangre que mana espesa por tus muslos.
Estoy condenado.
¿Quién me redimirá?
Tú me condenas, serpiente.
Por ti muero impuro, Magdalena.”

 

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Conservo como un tesoro este trozo de tela donde Jesús escribió su paranoia de remordimiento en Getsemaní. Se lo arrebaté de las manos cuando lloraba su hipocresía arrodillado y humillado, le escupí a la cara y no lo decapité porque quería verlo clavado en la cruz.
Estaba tan enfermo como lo está su padre Dios y sus leyes idiotas.
Cuando lo mate, cuando rebane su divino cuello; le meteré en su muerta boca el testamento de su Hijo crucificado tan teatralmente para nada.
Mi Dama Oscura no menstrua, la sangre que mana de su coño es la hemorragia que le provoca mi impúdico y brutal rabo. Ella no es de Dios, es solo mía.
Y es absolutamente pura e incontaminada.
Salvaje…
Siempre sangriento: 666

“Cuando la mujer tenga la menstruación permanecerá impura siete días y quien la toque será impuro hasta la tarde. El lecho en el que ella duerme mientras dura su impureza y los muebles en los que se siente durante la menstruación, serán impuros”.
“Si un hombre yace con ella, contraerá la impureza de la menstruación y será impuro siete días. Todo lecho sobre el que él se acueste será impuro”.
(La Biblia. Levítico, capítulo 15, versículos 19 y 24)

 

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Iconoclasta

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«Te cubriré de oro y joyas, de piedras preciosas engastadas en gemidos lascivos, bañadas de dulce y espesa sangre.»

Ciudad Vieja de Jerusalén. Donde inicia la comercial calle Jaffa, en un pequeño local interior; un orfebre joyero pule y da brillo a las piezas que ha tallado y moldeado en su taller. Tiene que detenerse a menudo para secarse las lágrimas de los ojos y calmar el temblor de las manos.

«Dos finos anzuelos de oro traspasarán los labios de tu coño, unidos con cadenitas prendidas a dos esclavas en tus muñecas.
Que cuando tus manos se alcen tu vagina se abra como una orquídea ante mí, para mi boca, para mi corrupto bálano goteante…»

Aquel día, hace siglos, hace apenas doce días; sus hijos al llegar de la escuela le preguntan dónde está mamá. Les miente que ha tenido que tomar repentinamente un vuelo a Ámsterdam: el abuelo se ha puesto muy enfermo.

«Coronas de diamantes y rubís con finas agujas de platino en su interior para tus pechos, para coronarlos. Que las areolas y los pezones asomen por encima de toda esa riqueza con soberbia. Y lamer la sangre que manará suavemente por tu pecho y abdomen por cada embestida que pegaré en tu coño, agitando violentamente así tus tetas coronadas.
Te mortifico… Te odio y te amo…»

La cabeza de su esposa cuelga del techo tal como le indicó aquel engendro, no la ha descolgado. A aquel ser le acompañaba el olor a descomposición de la carne. La fetidez de la maldad absoluta. Entró en el negocio familiar, saltó con tranquilidad sobre el mostrador de la tienda, tomó a su esposa por el cabello y con un hacha que sacó de la cintura del pantalón decapitó a Batiofi antes de pronunciar una sola palabra.
Como si hubiera entrado… No, simplemente irrumpió en su cerebro, lo obligó a no llorar, a no gritar. Se sintió sucio por dentro, quería lavarse la sangre.
Le bloqueó el alma y el cuerpo en una exhibición de hediondo poder.
Quería evadirse de ese horror absoluto que es estar prisionero en un rincón de tu propio cerebro.
Y prestó toda la atención del mundo a lo que 666 le exigió.

«Un espéculo bucal de acero con diamantes engastados para inmovilizar abierta tu boca y follártela.»

– Eres Guibor, el mejor orfebre de Tierra Santa. Lee este poema. Quiero que fabriques cada uno de los objetos que enumero. Si en dos semanas no lo has conseguido, decapitaré a tus hijos en la escuela, en hora de recreo, ante todos los primates. Y luego te arrancaré la piel del cuerpo y no dejaré que te desmayes. Pregunta a tu Yahvé, si no me crees.
Y toda la familia os pudriréis de dolor y miedo en el infierno. Y el infierno soy yo.
Y soy eternidad. No habrá descanso a vuestro dolor y sufrimiento.

«Un fino cilindro de plata labrado en basto para llenar tu ano palpitante cuando gozas.»

Guibor observa aterrorizado el 666 escarificado en carne viva y siempre sangrante en el antebrazo de Satanás.

«Gruesos cordones de platino ceñidos a tus muslos y sujetos a cadenas y argollas de titanio placado en oro, para que no puedas cerrar las piernas, para que el agua de tu coño corra libre en todo momento.
Pornográfica y suciamente abierta a mí.»

– Puedes fundir todo este oro y platino y usar las piedras necesarias. Son viejos tesoros, algunos con miles de años de antigüedad -le dijo 666 dejando sobre el mostrador una vieja mochila de lona repleta de joyas.

«Una pinza de oro en el clítoris para aislarlo y sensibilizarlo. Y desesperes cuando sople en él todo mi deseo y toda la maldad que te ama.
Una máscara de plata esmaltada en negro. Con los ojos ciegos para que no puedas ver los abusos que cometo en tu cuerpo y en tu mente.
Una jeringuilla damasquinada para que el dolor se convierta en libidinosa paranoia. La clavaré en una de las palpitantes venas de tus pechos coronados y la heroína y YO seremos sangre hirviendo en tu coño, pulsando con dureza en tus pezones.
Y yo… Yo me estrangularé el pene con una vieja cadena sucia y oxidada hasta casi gangrenarlo, cuando escupa mi semen en tu boca abierta sin piedad.
Esta es la riqueza y el placer que te prometí. La que te ofrezco con el glande dolorosamente henchido de sangre.»

Te quedarás con lo que sobra y tú y tus hijos Idan y Jadash conservaréis la vida. Es el precio de tu trabajo.

La Dama Oscura se golpea el clítoris con cada palabra que 666 recita de su Oda a la riqueza y al placer negro.
Con los dedos separa los labios de la vagina y orina ante los pies de 666. Toma de un clavo de la pared de la cueva un antiguo aro de hierro de una cámara de tortura inquisitorial y lo cierra en el bálano duro de su Ángel Caído.
666 ruge con una ira feroz y con él, hacen coro con bramidos de terror las almas condenadas que padecen eternamente en el infierno; creando así el más espantoso de los coros que cualquier criatura creada por Dios pueda soportar.
Porque las almas temen que un nuevo dolor se sume al que padecen.
Si pudieran morir…
Toma con violencia la negra cabellera de la Dama Oscura y la obliga a mamársela.
Ella vomita y él eyacula.

Guibor llorando y soportando el dolor de la muerte de Batiofi, se apresura en su trabajo con la esperanza de salvar la vida de sus dos hijos.
A pesar de que Yahvé, mediante el ángel Etienel, le comunicó que 666 los matará y arrastrará sus almas al infierno.
Y Guibor pensó entonces que no tenía otra cosa que hacer antes de morir.
Y en porqué su Dios no los salvará.
La verdad le ha sido revelada y en silencio clama la blasfemia: porque el verdadero Dios es 666.
Su credo se ha venido abajo. Todas las promesas y amenazas que le inculcaron se han quedado tan muertas como los ojos de su amada Batiofi cuya cabeza decapitada se balancea sin ser necesario y su rostro ya putrefacto, parece vivo de sufrimiento.

666 sentado en su trono de piedra, acaricia distraídamente el monte de Venus rasurado de su Dama Oscura que reposa con desidia en sus piernas.

Es la noche del decimotercer día. Guibor envuelve los objetos fabricados y los coloca dentro de la mochila con una Estrella de David rota, bajo la cabeza de su esposa.
Sube a la habitación de los niños y los mata de un tiro en la cabeza. Luego se mete el cañón de la pistola en la boca y es el fin del mundo.

666 sonríe, su encargo se ha realizado con puntualidad.
– Mañana te coronaré con semen, placer y sangre Emperatriz del Infierno, mi oscura puta.
Ella sonríe y aprieta sus muslos excitada.

Siempre sangriento: 666
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Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

666 vol. 2, de Iconoclasta

Publicado: 2 octubre, 2015 en Lecturas, Libros, Terror
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666 vol 2 promoción

Relatos de terror y violencia, en Issuu.

666 vol. 1, de Iconoclasta

Publicado: 2 octubre, 2015 en Lecturas, Libros, Terror
Etiquetas:,

666 vol 1 promoción

Relatos de terror y violencia, en Issuu.

666 en Atramentum|Voces Subversivas

Publicado: 12 mayo, 2015 en Humor, Lecturas, Libros, Reflexiones
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Otra vez, tengo el placer de haber sido admitido (mentira, soy un habitual, solo me hago la víctima para inspirar ternura) en esa gran revista que está llena de literatura, de la buena, la que hacen buenos autores.

Debo ser la muestra de lo que no hay que escribir, debo ser el asunto didáctico, porque no me lo explico.
Bueno, Marlyn Centeno me acoge y yo más contento que Dios, envidiosos.
Aquí va una entrega de 666: 666 y el ciclista.
 
Maravillosamente diseñada la presentación, por Marlyn. Osea, que no os engañe la elegancia de las ilustraciones: un auténtico cuento de hadas, pero por favor, antes de dar a leer a vuestros hijos, leedlo primero, sed cautos.
Iconoclasta

Recitad  rápido, sin piedad, que apenas sea audible, en un susurro seseante.

Aunque no respiréis, me da igual…

Entrecortado de ira.

Entreverado de odio y asco, de la más pura aberración.

Y vuestros deseos se cumplirán…

YO os lo juro.

Os arrancaré los pulmones, cuando todo se cumpla. Cuando ejecute todos y cada uno de los horrores que me son rogados.

Lindas noches, monos míos, no quedara nada de vosotros al final de esta salmodia.

Una simple y usual declaración de intenciones, tampoco se crea nadie que es un asqueroso Credo, como los maricones ángeles se inventaron para Dios.

Que duerma y muera, que ya no despierte.

Que sus riquezas se conviertan en tumores, que sus hígados estallen y envenenen sus venas.

Que sus hijos nazcan con la piel del revés y su dolor no cese nunca.

Primate mío, te aseguro que te cantaré la nana de la peste negra.

Que se arruinen, que coman los excrementos que yo defeque en la calle y se les caigan los dientes con hemorragias imparables.

Que sus testículos queden vacíos y sus úteros secos como odres de vino.

Que en la noche lloren sangre y sus muertos sufran ante ellos.

Primate mío, te prometo que la bondad no la verás jamás, solo mi rabo sucio en tu boca.

Que sus noches todas sean de horror. Que se odien entre sí, como toda su vida han envidiado.

Que sus ojos se cristalicen y se rompan.

Que cien deficientes mentales violen y preñen a sus hijas, que sus hijos no puedan cagar sin rechinar los dientes por el dolor.

Primates míos, adoro a vuestros hijos porque son y serán fuente de vuestro dolor.

Que tosan su vida entre sangre y mocos, que el café de las mañas se haga asfalto. Amargo como la hiel.

Que su vida sea el infierno y yo lo vea.

Que los fantasmas de la noche les arranquen las uñas.

Primates míos, morid sin cariño ni consuelo, sabiendo que todo lo que desciende o viene de vosotros, será aniquilado. No habrá ni un solo gen vuestro en toda la capa de la tierra.

Que sufran en las noches ante un futuro de sed y sequía, que solo se cumplan sus más podridos sueños.

Que hablen los muertos sus penas en una letanía eterna y cansina en sus oídos.

Que el llanto de la desgracia sea el sonido de sus noches.

Primates mías, abrid las piernas, que vuestra menstruación sea el alimento de vuestros hijos. Y el mío.

Que sus sueños sean mortales y les llenen la piel de bultos y sus cerebros se ahoguen en sangre.

Que sus perros se mueran encogiendo los belfos de dolor, lanzando locas dentelladas al aire.

Primates míos, venid a mi comunión: ¿Quién será el primero que beba mi semen negro?

Los pájaros vuelan haciendo el picado de la muerte.

Están tan vacíos de vida como corrupto es Su pensamiento.

Que se mueran, que se mueran los ponzoñosos amantes el uno en los brazos del otro, antes de que sus labios puedan rozarse, antes que puedan darse los ansiados besos.

Que se mueran y se pudran.

Perdida la gracia de la divinidad del Dios cabrón, que irrumpan vuestros odiados seres en la inhóspita vereda de un bosque negro como boca de apestado; donde el coro de los niños cantores muertos, lanzan serpentinas de intestinos humanos llenos de mierda a los que inician su viaje al dolor eterno.

El camino al calvario está lleno de cristales rotos, una pendiente por la que sus hijos se dejan caer sajando su abdomen y dejando resbaladizos restos de sí mismos.

Mirad las sonrisas que se abren en sus vientres, es la gracia de mi Señor Oscuro.

Es hora de sufrir… Más.

Deseo cada noche vuestra plena de sufrimientos, hasta que pidáis muerte como el hambriento pide pan.

Os espera la aterradora nada. No es liberadora, es el tormento definitivo, la suma de los miedos de toda la humanidad.

Soñaréis todas las muertes y todos los dolores. Los cigarros se hacen hierros al rojo en los labios.

No seréis privados del miedo.

Os arrancaréis los ojos para no ver y las cuerdas vocales con garfios para no gritar; porque sentiréis terror de vuestros propios alaridos.

Yo te prometo, odiado mío, que a tu mujer le haré tanto daño en el ano, que morderá sus propios dedos y se los arrancará. Con sus muñones ensangrentados se hará el orgasmo más grande que en su vida hubiera podido imaginar.

Malditos trasgos y duendes de la noche, que portan agujas afiladas en los meatos de sus penes y el dolor los enloquece como a los animales rabiosos.

Pequeños trasgos que hieden a muerte y animal podrido. Acompañarán los sueños de vuestros niños.

Y malditos vuestros bebés que yacen lívidos y congestionados de sangre en sus cunas, con los puñitos cerrados.

¿Quién dijo que algo o alguien podía estar a salvo del dolor y la muerte?

Es hora de sufrir, los que disfrutáis de riqueza y los que sois pobres.

Los que sois bondadosos y los que sois idiotas.

Pudríos, primates, si podéis. Porque de sufrir no os libráis.

Éste es mi deseo, que le ruego a mi Señor Oscuro.

Recitad esto hasta que sangréis por los ojos y las encías, y se cumplirá.

No lo dudéis.

Es hora de sufrir de pagar el tributo de sangre por vuestra existencia apestosa.

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

Estaba agonizando, Dios estaba casi muerto convulsionándose débilmente tirado entre dos coches. Las puntas de sus dedos estaban cárdenas como si la sangre se retirara hacia atrás, como si ya no quisiera regar la carne.

Que fuera Dios, lo supe porque lo decía una placa de identificación barata que se encontraba en el suelo prendida por la cadena de bolas, como la de los tapones de lavabo, de su cuello:

DIOS CREADOR TODOPODEROSO

RH: DIVINO. GRUPO: CÓSMICO

DOMICILIO: OMNIPRESENTE

—Tú no eres Dios, eres un fraude.

—Siempre lo has creído así, es tarde para convencerte. Eres mayor.

—Nunca me has visto, no me conoces.

—Soy Dios.

—Te mueres, no eres nada, ni nadie. Los dioses no pueden morir porque no existen. Es así de fácil.

—Deberías ser Dios, todo lo sabes.

—Yo no sé nada de mierda. Solo afirmo. ¿De qué estás muriendo?

—El cuerpo humano no soporta tanta divinidad, la sangre se seca por el calor de mi poder.

—Y una mierda. Eres el drogadicto que el martes me pidió un cigarro. Te has metido una sobredosis o bien el sida te está pudriendo.

—Estoy muriendo en este cuerpo. Si soy un drogadicto, alguien que muere, podrías ser más cordial.

—No estoy de humor para cordialidades. La piedad es una cuestión moral que no me afecta. No creo en Dios, ni siento amor por el prójimo. Solo hago lo necesario para que la vida sea cómoda. Y la muerte es tan vulgar como todo lo que me rodea.

— ¿Te quedas conmigo hasta que muera?

—No, tengo prisa.

—Verás a mis ángeles ayudándome a desprenderme de esta carne.

—Mira, si quieres te doy un cigarro y me largo. Me espera una tía buena en el motel y voy justo de tiempo.

No respondió nada. Sonrió, cerró los ojos y dejó de temblar como un maldito gato mojado. Quedó muerto.

Cuando lo toqué no había ningún exceso de calor por divinidad alguna en su piel.

Seguí mi camino tras escupir en su infecto pecho. Giré por la calle en la que se encontraba el motel y me crucé con tres tipos con alas en la espalda. Los tres muy altos y corpulentos, muy rubios. Toda esa mierda de nórdicos y modelos maricones que no me impresionan ni aunque sangren. Ni siquiera me hubiera fijado en ellos de no ser por el disfraz.

Di media vuelta y los alcancé.

—Vuestro amigo está entre aquellos dos coches.

—Gracias. Un vecino que lo conocía nos ha llamado al hospital. Nos ha dicho que se había caído y que un hombre le hacía compañía. Es usted muy amable —dijo uno de ellos sacándose la peluca para lucir una generosa calva bronceada.

—Un huevo —pensé.

—Es inofensivo. Está muy mal y se ha escapado del ala psiquiátrica con el ajetreo de una fiesta de pacientes —añadió otro de los ángeles, también quitándose la peluca que le hacía sudar copiosamente.

—Pues ahora es más inofensivo que nunca. Está muerto —respondí sin ningún tipo de teatralidad ni emoción.

—¡Pobre Enrique! Vaya día de cumpleaños ha tenido —se lamentó el tercer ángel.

—Estaba ya consumido por el sida y deliraba. Gracias de nuevo por acompañarlo en el final.

—Ya he conocido sus delirios. Me ha contado que vendrían unos ángeles a recogerlo. Yo iba a llamar a la policía cuando me he encontrado con ustedes —les mentí sin entusiasmo.

Les di un número de teléfono falso con prisa y volví a ponerme en camino hacia el motel Salto del Tigre.

En la recepción pregunté por Valeria Gutiérrez.

—En la 314 —respondió con desgana un tipo gordo y sudoroso.

—Has llegado un poco tarde —me dijo cuando entré la potente morena de larga melena rizada.

—Me ha entretenido Dios muriendo.

—¿Sabes? Cuando ayer nos conocimos, a los pocos minutos me enamoró ese sarcasmo tuyo tan cruel —decía acercándose hasta que me besó la boca.

—Y a mí me la pone dura tus tetas y tu boca. La mamas bien, fijo.

—Puedes estar seguro, Sr. 666 —respondió sensualmente acariciando mi escarificado tatuaje.

La desnudé y la obligué a que se metiera la polla en la boca agarrando un mechón de su cabello con el puño.

No le gustaron mis modos.

—No soy una puta ¿eh? Podrías ser amable.

—Ni con Dios si existiera.

Le pegué un puñetazo en la mandíbula y quedó aturdida. La desnudé de cintura para abajo, la obligué a apoyar los brazos en la cama y tras separarle las piernas con las mías, le rasgué el ano penetrándola.

Unos segundos antes de eyacular entre sus excrementos, le hundí el filo del cuchillo en el cuello hasta que las vértebras frenaron el avance.

Me quedé en la habitación de ese asqueroso motel observando con amabilidad y cordialidad como se vaciaba de sangre. Mi pene aún sufría espasmos por el orgasmo cuando la hermosa Valeria dejó de hacer ruidos líquidos intentando respirar.

Me limpié la mierda pegada en el glande con las sábanas y me largué de allí.

Al recepcionista le saqué un ojo.

A la mierda la educación y la amabilidad.

Ya os contaré más cosas de urbanidad, buenos modos y piedad.

Siempre sangriento: 666.

Iconoclasta

6

 

A primeros de enero de 1903, Adolf tenía catorce años, era un adolescente de gesto lánguido. Muy pasivo y temeroso de su padre.

 

Adolf era casi venerado por la tarada de su madre y el cerebro estropeado de su hermana Paula; nadie más lo soportaba. Su presencia en la escuela y en las reuniones familiares provocaba una antipatía innata.

 

La casa estaba decorada con motivos navideños, el árbol lucía cerca de la chimenea y el viejo Alois estaba demasiado borracho como para estar despierto en pleno mediodía. Ya era un elemento innecesario, su trabajo de estropear la mente y la autoestima de su hijo había llegado a su fin. Klara y sus hijos se encontraban en la plaza del ayuntamiento de Leonding, comprando comida y regalos en la feria ambulante.

 

La Dama Oscura se acostó en la cama, junto a Alois y su elegante bigote, sacó su daga de la liga del muslo derecho y la introdujo en su oído lentamente. El viejo sacó la lengua de dolor ya que estaba demasiado podrido para gritar, aún así le tapé la boca con la mano y le hundí mi puñal en los intestinos.

 

—Ya no sirve para nada, Sr. Hitler. Es hora de morir.

 

Intentó hablar, pero sus ojos se cerraban con fuerza ante la daga que le estaba destrozando el oído, el cuchillo clavado en el vientre era una caricia comparado con aquello.

 

Pero cuando el cuchillo se mueve hacia los genitales cortando todo lo que encuentra a su paso, el dolor se convierte en una obra de arte de insoportable impacto. Y con ese arte abrí su paquete intestinal, el viejo austríaco tuvo un honor que pocos se han ganado. Metí las manos y saqué sus tripas para ponerlas a un costado. Esto no mata a ningún mono inmediatamente; da tiempo a que sufra mucho.

 

Los viejos no gritan con fuerza, es una lástima; pero tienen un lamento cansino que me incordia mucho y le metí un trozo de intestino en la boca como mordaza.

 

La Dama Oscura se aseguró de que la daga quedara firmemente alojada en el oído y salió de la habitación para dirigirse al salón. Fueron unos minutos que yo usé para castrar al viejo. Volvió con las manos cargadas de bolas de adorno del árbol y las metió todas en el hueco que dejaron los intestinos. En el montón que formaban sus tripas, clavamos con un alfiler la estrella de la anunciación. Un par de piñas con un lacito rojo quedaron entre sus piernas, donde deberían estar sus cojones de machote reproductor. En la tetilla izquierda le grabé con el cuchillo una cruz con los maderos quebrados como la que le tallé a Adolf en la nuca. El centro de la cruz era el pezón cortado en cuatro trocitos, se meó miserablemente cuando se hundió el cuchillo en el pezón.

 

Quedó precioso para celebrar la epifanía de los Reyes Magos, y con el frío que hacía, es posible que aguantara tres días sin oler demasiado mal.

 

Abrí mi boca, la pegué a la suya y aspiré su alma a pesar del asco que a veces me dan los primates; también puedo ser delicado. La Dama Oscura observaba fotos y cosas del cuarto distraídamente.

 

Tardó veinte minutos en morir.

 

La Dama se había puesto caliente, hirviendo. Vestía una capa roja con borde blanco, típico de navidad, debajo no llevaba nada, más que unas botas altas hasta las rodillas.

 

Me senté en la mecedora de Alois y rompí los apoyabrazos. Levantó la capa hasta su vientre con una sonrisa traviesa, se sentó empalándose con mi pene y esperamos tranquilamente a que llegara el resto de la familia.

 

Apoyaba sus muslos en los míos y yo le daba impulso a la mecedora. El resultado fue apoteósico, mi pene se hundía en ella, sus pechos se agitaban tranquilamente y mis cojones hirviendo recibían el frescor de aquel ambiente. Su clítoris sobresalía con dureza y la castigaba por vanidosa con fuertes palmadas en la dilatada vulva.

 

Breves miradas al cadáver de Alois me excitaban más aún y entre los jadeos de mi Oscura, sentía las voces de tantos torturados y muertos. De todos los primates que aún me quedaban por matar. Mi placer se incrementaba con cada caricia que aquel coño suculento me hacía, con las tripas apestosas del viejo Alois infectando las navidades en aquella parte del mundo. Imaginé a Dios masturbándose y llorando ante la vagina de mi Dama que subía y bajaba rítmicamente plena de mí.

 

Abrieron la puerta de la casa.

 

— ¡Papá, ya hemos llegado! ¿Tienes hambre? —gritó Klara alegremente acercándose hasta la habitación —su voz se había hecho fea y su caminar denotaba cierta cojera. La sífilis es silenciosa e implacable.

 

—Te hemos comprado unos cigarrillos de importación —la voz de Adolf había cambiado, era más grave, aunque continuaba siendo ridículamente chillona.

 

Paula reía correteando. Todos se dirigían a la habitación del macho.

 

Cuando abrieron la puerta y nos vieron follando en la mecedora el silencio cayó como una losa sobre sus cerebros de simples primates.

 

Nosotros continuamos con nuestra cúpula, mugí como un toro al eyacular y la Dama Oscura se clavó las uñas en las mejillas haciéndose heridas por el placer que la poseía.

 

Cuando nos calmamos, se levantó. Su coño dejó caer mi semen al suelo y un pequeño río viscoso se deslizaba por sus muslos. La familia Hitler, lo observó todo en alta definición y tridimensional. Klara protegía a sus hijos tras de sí que lloraban y gritaban queriendo huir de allí.

 

Acabé de consolar con caricias la excitación que provocaba aún espasmos en mi pene, saqué mi cuchillo clavado en mi espalda y les sonreí.

 

—Papá ha muerto, podéis usar sus tripas para haceros una buena frittatensuppe, para el día de reyes sería perfecto. Personalmente me ha dicho que os de una buena lección porque sois un poco indisciplinados y sobre todo, Adolfito, a ti te la tiene jurada. Aún te es difícil leer con claridad, a los catorce años, todos los chicos de tu edad leen sin tener que silabear. Durante un rato voy a ser vuestro tutor y dejaros el mensaje de Don Alois bien inculcado.

 

— ¿Por qué no nos deja en paz? Ya nos ha hecho mucho daño —lloraba Klara.

 

Adolf era tenía la estatura de su madre, que no era muy alta; pero era notable lo que había crecido desde la última vez que lo vi. En aquel entonces, un primate de catorce años ya aparentaba ser un hombre de veinte.

 

La cara regordeta de Paula estaba sonrojada por el frío y húmeda por las lágrimas. Sus manos se aferraban con fuerza al vestido de su madre.

 

Me puse en pie y tomé el cinturón del pantalón del primate muerto.

 

—Desnúdate, Adolf.

 

— ¡Noooo! No lo toques hijo de puta —gritó abalanzándose sobre mí Klara.

 

La Dama Oscura puso un pie para hacerla caer, le di una patada en la cabeza y quedó desorientada. Paula salió corriendo y la Oscura la alcanzó en la puerta, intentado salir a la calle, como no dejaba de gritar, le quitó el lazo rojo del pelo camino de la habitación y la estranguló hasta que su cara se puso amoratada, la dejó caer al lado de su madre. Por un momento creí que había muerto y sonreí a mi Dama Oscura con amor; pero la mona seguía viva…

 

Adolf se estaba desnudando deprisa. Cuando se bajó los calzones, mostró un pubis muy poblado de vello negro y casi oculto entre él, un pene circuncidado muy toscamente.

 

—Eres todo un hombrecito ya. ¿Sabes que los judíos también tienen su pene descapullado, es algo que tendrás que ocultar, ya me entenderás. Ahora quiero que me digas cual es mi nombre —me acerqué y le azoté no sé cuantas veces con el cinturón.

 

En algún momento se derrumbó en el suelo y cuando observé al mono, su espalda y su costado izquierdo estaba sangrando, faltaba piel en algún sitio.

 

La Dama Oscura había amarrado los pies y manos de Paula y la había acostado desnuda al lado de su padre muerto.

 

A Klara le había subido el vestido y arrancado las bragas, su culo delgado se agitaba con el llanto.

 

Aquella visión aplacó mi ira.

 

— ¿Cómo me llamo?

 

— ¡No lo sé, no lo sé! ¡No me pegue más! —se encontraba tumbado del lado derecho y sus rodillas encogidas contra el vientre, cubriéndose la cara.

 

Yo nunca obedezco a un primate, así que me ensañé con su muslo izquierdo hasta que sangró también.

 

—Soy 666.

 

—666 —repitió hipando.

 

— ¿Cuánto es seis por seis?

 

No respondía, solo lloraba. Tuve que sacarle las manos de la cara, tirar de su cabello para levantarle la cara y cruzarle la cara con el dorso de la mano. Sus labios se partieron a la primera hostia que le di.

 

—Me cago en Dios… Sino respondes te destripo, primate de mierda.

 

No se puede ser amable con las bestias, primates y el resto de animales funcionan igual: paliza o premio.

 

—Diez… Dieciocho…

 

La Dama Oscura lanzó una carcajada y clavó su daga en un glúteo de Klara que aulló de dolor.

 

—Mi 666… ¿Éste tarado va a ser el führer? ¿Quieres que le haga una lluvia dorada a tu hijo, Klara? A lo mejor se le despierta un poco el cerebro.

 

Volví a darle una buena paliza con el cinturón, duró unos cuantos minutos.

 

—Estás matando a mi hijo… —gimoteaba Klara con una voz cada vez más ronca.

 

—Arráncale la piel mi Dios Negro —susurraba la Dama con su capa abierta.

 

Paula se había caído de la cama intentando desatarse y su nariz sangraba.

 

—Treinta y seis, subnormal. Seis por seis son treinta y seis… —gritaba mientas lo azotaba una y otra y otra y otra y otra vez.

 

Se estaba vaciando de sangre, sangraba por tantos sitios… Una oreja se había rasgado y le colgaba ligeramente. Ya no lloraba.

 

Invadí su mente y no lo dejé desmayar, tenía que sufrir.

 

— ¿Treinta y seis por seis?

 

— Ciento dieciséis —respondió.

 

Quedé dudando un momento, tal vez había contado los cintarazos que le había dado solo en la espalda. Tal vez estaba confundido, tal vez… Sentí ganas de decapitarlo lentamente, cortando con calma su fino cuello de adolescente.

 

Suspiré con paciencia y me encendí un cohíba que llevaba en el bolsillo de la camisa.

 

—Ata a la cerda, porque este idiota aún no tiene muy claro lo que es multiplicar y me tienes que ayudar.

 

La Dama ató los pies y manos de Klara haciendo tiras las bragas que le había arrancado.

 

Tomé a Adolfito por las axilas y lo puse en pie manteniendo sus brazos por encima de la cabeza con mi presa.

 

—Mi Dama Oscura, dile, enséñale cual es el resultado de treinta y seis por seis.

 

Cogió el cigarro de mi boca, se arrodilló en el suelo frente a los genitales de Adolfito.

 

— Son doscientos dieciséis. Doscientos dieciséis —dijo quemándole el meato con la punta del cigarro.

 

Es curioso de donde sacan las fuerzas los primates cuando les aplicas dolor… Pareciera que ya no podía ni respirar; pero el grito que lanzó nos hizo daño en los tímpanos. Su madre parecía una foca intentando reptar con su barriga por el suelo en busca de su hijo y la pequeña Paula lanzó un grito tan fuerte que me irritó al punto de destriparla desde la garganta hasta los intestinos. Son cosas que puedo hacer, y de hecho hago, con suma facilidad.

 

Luego, la Dama se metió aquel pene ridículo en la boca y le apagó las briznas incandescentes que quedaron prendidas en el glande.

 

Se acabó la lección.

 

Besé a mi Dama en la boca y le metí los dedos en la raja, la tenía húmeda de nuevo.

 

Colocamos a los hermanos juntos apoyados al pie de la cama, frente a su madre para que vieran el espectáculo.

 

Me tumbé encima de Klara y le penetré el ano. Aferraba su cabello con una mano y con cada embestida, le estrellaba la cara contra el suelo de madera.

 

La Dama Oscura azotó la cara de Paula hasta que comprendió que no tenía que gritar. Con siete años, a pesar del trozo de cerebro que se le había estropeado recién nacida, era más inteligente que su hermano Adolf.

 

Yo ya me había corrido y le metí el pene en la boca para limpiarlo de mierda, luego me acerqué hasta la pequeña Paula.

 

—Esto no ha acabado aún —dije metiendo la mano bajo su vestido de terciopelo azul marino para acariciar su infantil vagina ante su madre.

 

—Moriréis cuando sea mi volición, cuando a mí me apetezca. No os olvidaré jamás mientras estéis vivos. Y cuando estéis muertos, os espera una eternidad de sufrimiento.

 

Le di una bofetada a la niña, a Adolf le besé la boca y le mordí los labios.

 

La Dama Oscura metió en el ano de Klara una vela roja y la encendió.

 

Nos reímos e hicimos un par de comentarios jocosos respecto a la familia Hitler y salimos de aquella casa para ir a comer un par de lágos cubiertos de carne picada y salsa de tomate en el mercado del ayuntamiento.

 

En 1905 vendieron la casa, ninguno podía olvidar lo que ocurrió dos años atrás.

 

Se trasladaron a la capital de la provincia de Leonding, Linz. Era una ciudad mucho más grande y poblada. Allí pasaban desapercibidos de tantas muertes y asaltos. No había vecinos que los incordiaran con sus preguntas, pésames y recuerdos.

 

7

 

Europa estaba hirviendo: coaliciones de franceses y alemanes por seguir con el control de Marruecos. Grecia, Bulgaria, Serbia, Montenegro, Rusia, Turquía… Todos esos países estaban gestando el ambiente ideal para una gran guerra y eso era bueno.

 

En las guerras ganan los más idiotas, es una condición que impuso Dios, lo mismo que la virgen se aparece solo a los tontos.

 

Y ahí, en medio de ese caos, el pequeño Adolfito, florecería como retrasado mental igual que un hongo en los excrementos.

 

En 1907 ya estaban todos aquellos países completamente ocupados en la preparación de la guerra, aunque muchos no lo supieran.

 

Y claro, la familia Hitler no era muy lista, no tenía suficiente capacidad intelectual para ver lo que se avecinaba. Además, estaban obsesionados conmigo. Por ello Adolfito, con dieciocho años, por fin había aprendido la tabla de multiplicar del seis, aunque ya no iba a la escuela.

 

Y no iba a la escuela porque la Realschule lo había expulsado en 1905 sin darle ningún título por su bajo rendimiento, era tan mediocre como repulsión causaba su trato en docentes y amigos. Solo obtuvo el certificado de estudios primarios.

 

Así que me propuse que 1907 fuera su año, que dejara de vivir cobijado bajo las tetas de su madre y su pensión. El mono no hacía nada en todo el día más que pintar. No conocía el trabajo ni el esfuerzo. Toda aquella apatía y vagancia era alentada por la madre que tanto lo amaba. Eso se lo iba a solucionar yo muy pronto.

 

Comenzaría su gran año para formarse como hombre independiente y convertirse en la mierda que sería años más adelante: el líder del Tercer Reich. Una vergüenza para los primates, ya que si alguien como ese mono llegaba al poder, era el indicativo de que la humanidad estaba realmente agusanada. Eso sí, fue mi preferido durante aquel tiempo, mi primate mimado: mató tantos millones de circuncidados y otras clases de primates de segunda clase, que por un tiempo pensé (me ilusioné, ya que a veces soy un alma cándida a pesar de todo; pero que no se fíe nadie) que Dios había muerto.

 

Linz, al noroeste de Viena, es una gran ciudad y gran centro económico de la región, con la pensión y la herencia de Alois, lo que quedaba de los Hitler, vivía holgadamente. Era un buen lugar, con un alto nivel de vida, nada parecido a Leonding y sus cuatro casas mal repartidas y las calles llenas de barro. Mi Dama Oscura y yo paseábamos por el centro de Linz y nos dirigíamos hacia el bloque de apartamentos donde vivían. El apartamento era grande, de altos techos como todo edificio modernista, los techos artesonados con escayola y las puertas altas y recias con abundantes cristaleras.

 

Eran las cuatro de la tarde del 21de diciembre, el portero nos preguntó a donde nos dirigíamos y nos indicó que vivían en el 3º C.

 

Paula Hitler abrió la puerta y se quedó muda de terror al vernos. Tenía once años y empezaban a abultar unas pequeñas mamas que aún no requerían sostenes.

 

Me agaché y la besé en la boca.

 

— ¡Feliz navidad, familia! ¡Heil a los Hitler! —bromeé sin que entendiera lo último.

 

Klara se asomó al pasillo, había reconocido mi voz, se metió en la cocina para pedir ayuda a través de la ventana del patio, cojeaba ya notablemente y sus manos temblaban descontroladamente. Corrí hacia ella tirando a Paula al suelo, en la cocina la arranqué de la maneta de la ventana que estaba abriendo y la golpeé en la cabeza con un mazo del mortero. Se cascó su cráneo, la sangre brotaba a borbotones mientras se convulsionaba, temí que muriera demasiado pronto; pero era solo conmoción cerebral. Pude ver que también había perdido los incisivos superiores e inferiores por la sífilis.

 

Paula venía llorando dócilmente de la mano de la Dama Oscura. Al ver a su madre en el suelo sangrando se sentó a su lado en silencio.

 

—Aún no está muerta, no es el momento de velarla.

 

Arrastré a Klara por el suelo hasta su habitación, la subí a la cama y la desnudé. Sus piernas estaban un tanto torcidas, los dedos de los pies contraídos por el daño neurológico.

 

La Dama Oscura se había sentado en un silloncito con Paula en sus piernas, le acariciaba sus prominentes tetitas a punto de desarrollarse.

 

— ¿Dónde está tu hermano?

 

—Dibujando en el Ayuntamiento Viejo.

 

—Lo vamos a esperar —respondí.

 

—Pronto serás mujer —le dijo al oído la Dama Oscura, mirándome con malicia. — ¿Ya te has tocado?

 

—No —respondió con un hilo de voz.

 

— ¿Seguro que Adolf no te ha tocado ya?

 

—No —respondió de nuevo llorando.

 

La hizo bajar de sus rodillas, se subió la falda larga y negra y le mostró su vagina depilada, de labios sobresalientes brillantes y húmedos.

 

Klara comenzaba a despertar e invadí su mente para inmovilizar su cuerpo. Su pelo se había apelmazado con la sangre que empezaba a coagular y olía mal. Siempre huele mal la sangre de primate.

 

Mi Dama separó las piernas y se abrió la vulva con las dos manos.

 

— ¿Tu hermano te toca aquí? —se tocó el clítoris suavemente con un dedo y sus ojos se cerraron de placer.

 

Paula corrió a la cama de su madre para echarse sobre su pecho. La arranqué de allí y la tiré al suelo frente a la Dama.

 

— ¿Tal vez te hace esto? —se metió el dedo corazón en la vagina, un filamento de fluido se desprendió hasta el suelo, sentí que la boca se me hacía agua.

 

Paula estaba atenazada de miedo y vergüenza, se pasó las manos por los mini pechos.

 

— ¿Adolf te toca ahí? ¿Solo eso siendo ya todo un hombre?

 

— ¿Quieres tocar mis tetas para saber lo que tu hermano busca de verdad?

 

Paula sacudía la cabeza negando cuando la puerta de la casa se abrió.

 

— ¿Mamá? Ya he llegado —era Adolfito.

 

Sus pasos sonaron hasta la cocina, se detuvo un instante mirando la mancha de sangre en el suelo y luego llegó a la habitación, traía una carpeta con dibujos bajo el brazo. Se le cayó al vernos y reconocernos desparramando una acuarela y un par de bosquejos a lápiz de algún edificio.

 

— Adolf, tenemos que hablar seriamente de tu educación, no puedes estar viviendo siempre de la teta de tu madre. Te has de hacer independiente, tener tus propios medios de vida. Follar con mujeres y no limitarte a masturbarte tras tu caballete en la calle o tocarle las tetas a tu hermana. Tu madre no va a vivir siempre, es más va a morir ahora mismo.

 

—Tócala antes de que la mate.

 

Se le llenaron los ojos de lágrimas, se acarició el pelo de la sien y dijo:

 

— No me hagan daño.

 

—Toca a tu madre te he dicho.

 

Adolf se acercó a la cama, su madre no podía ni mover un músculo. Pasó su mano temblorosa y tímida por los pechos y los pezones se erizaron involuntariamente. Luego recorrió su vientre para llevar la mano hasta el poblado monte de Venus donde hundió los dedos y perdió la noción del tiempo. Su boca temblaba.

 

—Con lo tarados que sois los Hitler, me hubiera gustado que tu madre viviera para que gozarais de unas orgías, cosa que ocurriría en cuanto a tu hermana le viniera la regla; pero dado tu carácter pasivo y holgazán, esto no será posible.

 

— ¿Te has masturbado hoy con las niñas que salían de la academia del Ayuntamiento Viejo? —preguntó la Dama mostrándole sus pechos y su sexo desflorado.

 

Adolfito no respondió, se quedó mirando fijamente el monumental cuerpo de la Dama Oscura.

 

Giró la cabeza cuando oyó el primer golpe, como una especie de azote: con el plano de mi puñal, golpeé con fuerza un pecho de su madre.

 

Sin prisas seguí golpeando un pecho y otro, no produje un solo corte. Klara se retorcía de dolor a pesar de mi control, aunque no podía gritar. Se había formado un hematoma tan importante bajo la piel, que formaba una bolsa líquida oscilando temblorosamente con cada golpe. Tenía un cáncer en el pecho izquierdo y fue el primero en el que reventó el pezón. Con tres golpes más, el otro pezón se abrió. La sangre acumulada en ambos pechos formó un manantial rojo en cada pezón que se deslizaba tranquilo hacia el vientre y por las costillas.

 

—Bebe de ahí, Adolf.

 

Tomó un candelabro de la mesita de noche e intentó pegarme con él, una de las pocas cosas de valor que hizo a lo largo de su vida; pero no lo hizo para proteger a su madre, lo hizo para evitar su dolor, su próximo tormento.

 

Le golpeé en la boca del estómago con la suficiente fuerza para provocarle una leve hemorragia interna, se le escapó por la boca un hilo de sangre cuando intentaba tomar aire con los pulmones colapsados por el puñetazo.

 

La Dama Oscura acariciaba a Paula, de nuevo sentado en sus rodillas, aunque la había desnudado de cintura para arriba y le acariciaba los incipientes pezones que a mí no me decían nada. Los primates jóvenes no me inspiran nada más que deseos de descuartizarlos, prefiero follar a las hembras bien desarrolladas. Aunque no he de negar que de vez en cuando, un coño infantil reventado es una delicatesen. La piedad no la conozco.

 

Tomé por el pelo a Adolf y le planté la cara en los pechos destrozados de su madre.

 

—Chúpalos de una puta vez, coño —le dije pegándole en el trasero con el plano del puñal.

 

Liberé la mente de la madre, ya que la hemorragia casi la había vaciado y apenas tenía fuerza ya para respirar. Abrazó a su hijo mientras este succionaba de sus pezones tragando sangre y así murió la perra austríaca que tanto amaba a su hijo de mierda.

 

Arranqué a Adolf de sus brazos lanzándolo contra la pared. Abrí mi boca y cubrí la de Klara para aspirar su alma, mis dedos hurgaban su coño mientras su alma de asqueroso sabor se deslizaba por mi garganta.

 

Luego tiré el cadáver al suelo, lo que originó en Paula un ataque de histeria. La Dama Oscura le golpeó la cabeza con el candelabro que había dejado caer Adolf.

 

La niña cayó encima del cadáver de su madre, formando un cuadro de dramática belleza, hasta tal punto que la Dama Oscura hizo una foto con la cámara de turista que llevaba en el bolso.

 

Adolf estaba intentando detener la habitación que giraba en sus ojos y le abofeteé.

 

—Tu madre ha muerto. Ya eres un hombre, mono de mierda. Nos seguiremos viendo, no dejaré de visitarte hasta que estés muerto, primate de mierda. Vas a sufrir tanto, tus noches van a estar tan llenas de miedo… Y sabes, querrás ser tu el que provoque el terror. Eres tan simple, cabrón… —y le escupí en la cara.

 

Me saqué el cinturón y le di tal paliza que le hice jirones la ropa.

 

—No me pegue más, por favor, no me pegue más… —lloriqueaba antes de entrar en shock.

 

La Dama Oscura se colocó frente a él, se llevó una mano al coño y dirigió su chorro de orina hacia su cara.

 

—Tu madre ha muerto ¿qué haces durmiendo? —le dijo la Dama Oscura cuando abrió los ojos ensangrentados, el cinturón había herido cada centímetro de su piel.

 

Arranqué a Paula del cadáver de su madre, le di unas leves bofetadas para que despertara y le enseñé un par de bocetos al carbón que llevaba Adolf en su carpeta: eran dos niñas desnudas, arrinconadas tras los setos de un parque en un atardecer, en ambas lloraban con sus manos entre las piernas, con los dedos manchados de sangre. La única diferencia es que una era de pelo largo y otra de pelo corto.

 

—Cuídate del pederasta que tienes por hermano. Le gusta que lloren, que le tengan miedo.

 

La Dama Oscura se arrodilló para darle un tierno besito en su imberbe monte de Venus y yo le di una patada en el costado derecho que de nuevo la hizo caer de bruces entre las tetas ensangrentadas de su madre.

 

Yo ya estaba aburrido de aquellos primates de mierda aquel día.

 

Llegamos a mi oscura y húmeda cueva sin escalas, directos al infierno.

 

8

 

Ya había modelado totalmente el pequeño cerebro idiota de Adolf, su madre ya no le podía dar autoestima alguna y se encontró en un mundo en el que todos los primates lo rechazaban por su carácter apocado, timorato e introvertido. Ningún mono soportaba tener cerca a Adolf, no tenía amigos de ningún tipo. Su único contacto social fue con tres niñas de doce y once años que violó en los arrabales de la ciudad al atardecer, cuando las sombras son duras e impenetrables.

 

Durante unos meses vivieron juntos los hermanos en el apartamento. A Paula le vino la regla a los dos meses que asesiné a su madre. Adolf la espiaba en el baño, en la habitación cuando se desnudaba; cuando se sentaba en el sillón miraba su entrepierna y su erección se hacía dolorosa. Hasta que una noche Paula despertó con el peso de su hermano en su pecho y su pene duro abriéndose paso entre su vagina. Logró zafarse y salir a la escalera para pedir ayuda a los vecinos.

 

Adolf tuvo que irse a Viena por el escándalo que montó Paula. Allí intentó acceder a la universidad de Bellas Artes, pero no pudo superar el examen de ingreso.

 

Mientras tanto vivía de la herencia de su madre y de la mitad de la pensión que compartía con su hermana. Insistió en pintar y en seguir abusando de niñas durante unos meses más. A finales 1908, recopiló todos sus dibujos y los presentó en la Academia de Bellas Artes de Viena, esta vez tras examinar su obra, no le dejaron ni realizar el examen.

 

El dinero ya se había acabado y apenas conseguía algo haciendo postales para turistas.

 

Y llegó el momento de vagabundear, de entrar en contacto con emigrantes de todo tipo, con mendigos. Le robaron, lo rechazaban en los grupos. En los albergues sociales comía mierda con pan, igual que los inmigrantes más pobres.

 

Las mujeres no lo soportaban, sus relaciones sexuales se basaban en abusar de niñas y en algún pago a alguna puta cuando estaba demasiado borracho.

 

Precisamente, mató a esa puta con una botella de vino de la marca Heurige rellenada con anís de la peor calidad: la zorra primate se burló de su pene mal circuncidado.

 

— ¿Eres un maldito judío, querido Adolf?

 

En aquella habitación de una fonda casi en ruinas le golpeó el cráneo hasta que los sesos se desparramaron por el suelo. Estaba borracho; sereno era demasiado cobarde para hacer semejante heroicidad. Hasta tal punto era apático, que la botella no se rompió por lo débiles que eran sus golpes.

 

Las putas muertas no llamaban la atención de nadie en Viena y no se investigó el crimen.

 

Es en 1909, tras una paliza que le propinaron unos inmigrantes polacos bajo el puente en el que durmió una noche, cuando se empapa de panfletos fascistas y racistas, la única lectura a la que tenía acceso. El enfermero que le curó las heridas en el hospital era un ferviente discípulo de un retrasado mental con sueños de mesías: un tal Liebenfels, un racista que hablaba de la gran raza aria y del resto de las razas inferiores que eran simiescos. Y el enfermero le obsequió con un pequeño libro mal impreso de las teorías de su admirado imbécil.

 

El tarado de Liebenfels tuvo suerte de ser un don nadie y que no le hiciera una visita como a Adolf, porque le iba a enseñar que todos los humanos son primates y se lo enseñaría arrancándole los pulmones con una varilla de paraguas.

 

Hitler ya era un hombre, con sus veinte años, ya estaba germinando en su minúsculo cerebro su reinado de la miseria y la estupidez primate; pero era tan inútil, que pasó hambre, más que cualquier inmigrante analfabeto en Viena. Sus únicas lecturas de frustrado seguían siendo las mesiánicas y fascistoides publicaciones que le regalaban en mítines y reuniones de fracasados muertos de hambre y con las que luego tenía que limpiarse el culo tras cagar.

 

Antes de que cumpliera los veinticuatro, tuve un encuentro con él. Estaba escuchando un discurso fascista en la plaza del parlamento. Viena empezaba a ser un lugar peligroso para la democracia, cosa que a mí me sudaba la polla y me parecía bien, porque la única libertad que tienen los primates, es la dirección en la que han de correr para escapar de mí y librarse de ser descuartizados.

 

—Hola Adolfito —le saludé presionando mi puñal en su espalda.

 

— ¿Quién coño eres? —dijo con odio girando la cabeza hacia mí.

 

Cuando me reconoció, se meó en los pantalones, y yo suspiré con paciencia. Atravesé la ropa con el cuchillo y lo hundí en la zona lumbar, sin llegar a lesionar el riñón.

 

—Si gritas, si te mueves, lo acabo de clavar y mueres aquí bajo la polla de ese fascista. Escúchame bien, tarado: tan pronto como puedas, pásate a Alemania, hace tiempo que te están buscando aquí para obligarte a hacer el servicio militar. Y deja de mirar a las niñas con esa obsesión o te atrapará la policía y entonces sí que te mataré.

 

Se estaba poniendo pálido, sudaba copiosamente por el dolor y sus pantalones sucios y remendados se estaban ensuciando de sangre. Giré el puñal para abrir más la herida.

 

— ¡Que ningún polaco ocupe el puesto de trabajo de un austríaco y que ningún gitano pise nuestras calles! —vociferaba el político.

 

— ¿Seis por seis?

 

—Treinta… treinta… —no pudo acabar la frase, se derrumbó en el suelo como un pelele.

 

—Retrasado mental… —susurré mientras se le doblaban las piernas.

 

Pisé su mano derecha y le rompí los dedos con un fuerte taconazo.

 

A los veinticuatro años cruzó la frontera para entrar en Alemania y evitar el servicio militar austríaco, su estado era deprimente: apenas podía ya hablar y sufría una fuerte desnutrición. Era el año 1913 y la primera guerra mundial estaba a punto de estallar, yo lo sabía por los chismorreos de los ángeles maricones de Dios y porque conozco a los cochinos primates como conozco a Yahveh el imbécil.

 

En ese año Adolf recorrería por fin el camino directo para el que yo lo había preparado.

 

Pero estoy cansado, tal vez, después de que mi Dama Oscura me la haya mamado y me dé un paseo por Afganistán para violar y esterilizar a unas cuantas mujeres de talibanes, me sienta lo suficientemente relajado para recordar el resto de la historia del subnormal, de cómo llegó a ser un dictador que mató a muchos primates en muy poco tiempo y se hizo ídolo de una raza de ratas “arias” asfixiadas por la envidia, la pobreza y la ignorancia.

 

Mirad mi pene lubricado, esto es lo que me excita: la muerte masiva de los primates, el dolor en el planeta. Cataratas de sangre y vísceras…

 

Y los pechos duros de mi Dama Oscura.

 

Siempre sangriento: 666

Iconoclasta

1

La madre de Hitler era una zorra caliente que se lamentaba constantemente de la vieja y pequeña polla que tenía su marido, así que Yo la jodí algunas veces, y cuando digo jodí no me refiero solo a penetrarla, sino a hacerle “grande daño” ante el pequeño Adolfito en su infancia. A esa marrana austríaca le contagié la sífilis y de ahí su locura. Se le hizo la voz ronca y el cerebro mierda (aunque Dios el marica, ayudó previamente dotándola con unos sesos que tenían la misma consistencia que la sopa aguada).

Mientras el pequeño Adolf Hitler crecía, el mediocre inspector de aduanas que era el recto padre y marido, comíales el rabo a sus superiores en sórdidos despachos por conseguir algún puesto mejor en la administración.

Klara Pólzl era una puta en su coño y en su ano, pero en su enferma y deprimida mente, vivía, cagaba, vomitaba y se beatificaba por su hijo de mierda Adolf. No murió de cáncer de pecho a los cuarenta y siete años. Los monos historiadores mienten como bellacos cuando ignoran algo, le golpeé sus ubres con el plano de mi puñal hasta que de sus pezones manó la sangre. Le reventé las tetas más concretamente, no sintió dolor porque la sífilis le había podrido el sistema nervioso central. Al adolescente Hitler, le hice mamar esa sangre con mi puñal presionándole la nuca. Lloró de miedo; pero jamás por la muerte de su madre.

Tenía diecisiete años y era todo un fracasado en los estudios y en la vida social. Un paria al que solo quería su madre demente. Era el ser más cobarde de toda Austria.

Hasta los vagabundos lo maltrataban.

No fue mi primer contacto con Adolf, lo sodomicé ante su madre a los siete años y tuvo que llevar pañales durante dos meses; tenía tan reventado el ano que no podía contener la mierda de sus intestinos. Cosa ésta de la que se percataron sus compañeros de clase convirtiéndose así, en una de sus primeras y mayores frustraciones.

Desbaraté los designios divinos y empeoré el mundo. Conduje al triunfo a un enfermo y deficiente mental, convirtiéndolo durante unos años en el imbécil con mayor poder en la historia.

De hecho, el pequeño Adolfito Hitler, nació con un cerebro podrido, la basura de todos los cerebros. Yo corregí y mejoré lo que Dios había hecho y le di una larga y próspera vida. No murió viejo ni mucho menos; pero como era un subnormal, no hubiera durado mucho en el mundo siendo la mierda que era; estaba destinado a que un gitano le rebanara el pescuezo para robarle su abrigo.

El futuro führer, era hijo de un funcionario de aduanas de escasas luces y con menos cultura aún. El éxito de semejante subnormal en la administración se debió a lo mismo de siempre: toma al mono más idiota de todos, dale algo de cargo y te lamerá el ano. Joderá a sus compañeros y escalará a costa de trabajos ajenos. Lo que viene a ser un encargado o capataz en la escala primate.

Alois Hitler, el padre del tarado Adolfo, era el prototipo de primate sin cerebro que comía donde cagaba, pudo escalar por mendicidad un peldaño en la pirámide de una administración que se ahogaba en formularios y cargos intermedios que no servían más que para paralizar todo trámite; la arrolladora y kafkiana burocracia europea era el cáncer de la modernidad.

Ni sus estudios ni su capacidad intelectual le dejaron subir más en el escalafón. Como todo buen imbécil, era un buen reproductor; los primates que no son muy listos tienen unos testículos muy llenos para compensar el escaso peso de su cerebro. Tuvo nueve hijos con tres matrimonios.

Era un polla inquieta.

Los Hitler venían de una familia endogámica, que se cruzaban entre primos y sobrinos y la consanguineidad les dio porquería extra en sus cerebros piojosos.

Adolfito tenía la genética perfecta para que yo me cagara en su boca.

Aquel núcleo familiar era campo abonado para que yo me lo pasara un rato bien.

2

Cuando Dios se ríe como un retrasado mental, conteniendo la sonrisilla con la mano en la boca, es que va a hacer alguna estupidez de las suyas. Y comenzó por darle al pastor de cabras Alois Hitler, una desmesurada ambición en un cerebro meramente funcional y con menos creatividad que la de él, el Creador.

Luego, unos ángeles (de esos que enseñan el culo a su Todopoderoso y se lo dejan desgarrar por unas promesas vanas de subir al círculo superior) se dedicaron a buscar a la subnormal perfecta para el austriaco imbécil. A Klara la encontraron en una granja de Spital a punto de hacerle una mamada al perro que la acompañaba a pastorear. La llevaron a servir a la casa de su primo que no era ni más ni menos, que el estúpido almidonado de Alois, en el precioso pueblo de Braunau.

Cuando hay tanto movimiento de ángeles y ese Dios melífluo ríe demasiado, sabes perfectamente que hay entretenimiento asegurado jodiéndole sus designios divinos. Y en principio, Adolf Hitler estaba destinado a ser una muestra de la miseria humana, un hijo gris, desgraciado y apaleado por todos como muestra de lo más bajo que puede caer un primate; luego Dios le daría unos años de paz y prosperidad para morir a los treinta, con su cadáver en brazos de su madre, por ejemplo. Uno de esos dramas que tanto le gustan a Yahveh para poder lucir su piedad de mierda.

La Dama Oscura y yo nos dimos un paseo hasta Braunau. Allí se encontraba un mensajero de Dios cantando salmos encantadores para preparar los designios de su señor. Era un día despejado, a plena luz las fuerzas del Bien y el Mal nos encontrábamos hablando tranquilamente en una explanada verde frente a la casa de los Hitler, el sol comenzaba a ocultarse y los colores estaban saturados. Formábamos un cuadro surrealista en aquel paraje.

Era el ángel Azarías, un tipo con poco carácter, ideal para hacer todo lo que le ordenaran sin cuestionarlo.

— ¿Qué vais a hacer con esos endogámicos austríacos? —le pregunté metiendo con naturalidad los dedos en la vagina de mi Dama Oscura.

—Ha de sufrir, es gente sencilla que necesita vivir la oscuridad para luego renacer en Mi Señor y su Fe en estos tiempos difíciles en los que ya no se ofrecen oblaciones a Dios. Ha de morir el padre ahora mismo.

A mí no me parecía bien que ese primate sin cerebro y obsesionado por la rectitud, muriera, era necesario para humillar a su futuro hijo Adolf.

— ¿Y para eso tanta movilización divina? ¿Solo sufren y mueren ellos? No me jodas con esa mierda. Anda y lárgate de aquí o te arranco la piel y se la pongo a Dios de felpudo a las puertas de su cielo mierdoso —por un segundo guardé silencio, la Dama Oscura se estaba corriendo entre mis dedos.

Azarías continuaba salmodiando.

Amenacé de nuevo al ángel y mis dedos le salpicaron con la baba sexual.

—Ya he descuartizado a quince querubines, no quieras ser el próximo, porque va a ser doloroso y ese maricón dios vuestro no os ha preparado para soportar tormentos. Os quejáis por una pluma que se os cae.

Azarías entonó un cántico en arameo que hablaba de la gloria de Dios-Jahveh y levitó lentamente para subir al cielo. Yo sacaba mi puñal clavado verticalmente entre mis omoplatos. Es un momento de ligero dolor, cosa que es buena, porque cuando algo me molesta mi ira acobarda a todos los seres del universo. Me acerqué hacia el ángel maricón, di un saltito y le corté la femoral con mi puñal. Su sangre caía con elegancia desde su pie. Dejó de entonar su canto para gritar a Dios que se moría, movía sus alas con torpeza y rapidez. La sangre salía con una fuerte presión de su muslo y en poco tiempo se creó un charquito rojo en la verde hierba. Sus alas hacían un hermoso contraluz y los pezones de mi Dama Oscura estaban duros como piedras. Precioso…

—Idiotas —le dije con malhumor a mi Dama Oscura.

Ella me acarició los genitales y aplacó mi ira, era el año 1876.

3

En 1885 asistimos a la boda de Alois y Klara.

Alois había enviudado dos veces. Por supuesto, llamamos mucho la atención en aquella podrida iglesia de Braunau; yo no llevaba esos bigotes ridículos e iba con los brazos descubiertos; mi pasión por los grandes cigarros y la medida de mi espalda acabaron definitivamente por hacer las miradas hacia nosotros huidizas, los primates a veces tienen un instinto del peligro. Pero quien más llamaba la atención era mi Dama Oscura: vestía un pantalón de cuero negro ajustado y una blusa blanca abierta por debajo de los pechos, sin sujetador; en aquellos tiempos era tener un coño inmensamente bien puesto. La adoro.

Llamé la atención de Klara y sus claros ojos de idiota se posaron en mí y en mi bulto genital antes de recibir la alianza de su maduro marido. Estábamos de pie en el último banco, cerca de las puertas de la iglesia. Le saqué la lengua y oprimí con fuerza el pecho de mi Dama Oscura, ella deseó que hiciera con ella lo mismo, lo leí en su mente simplona.

Acudí a la casa de los Hitler a los cinco meses de la boda, Alois estaba viajando por las distintas aduanas del país.

Entré por el camino de grava, saludé con familiaridad al jardinero, llamé a la puerta y la sirvienta me dejó entrar sin problemas tras invadir su mente. Llegué a la habitación del matrimonio, ella estaba tomando leche caliente con galletas en la cama.

Estaba embarazada de Adolf.

—Primate de mierda… ¿Tú sabes lo que llevas en el vientre? Es un mono sin cerebro destinado a haceros sufrir con su mala salud, su deficiencia mental y su futura miseria. Es Dios quien lo quiere, pero lo voy a arreglar. ¿Verdad, puta primate?

Por toda respuesta gimió como una rata atemorizada.

—No me haga daño, estoy embarazada —y tocó la campanilla para que acudiera la sirvienta, no hubo respuesta.

Me encendí un cigarro, aspiré profundamente el humo hasta que me inundó los cojones y le di un puñetazo en los pechos. Aulló de dolor, sus ojos claros se humedecieron y enrojecieron. La saqué de la cama tirando de su pelo, le bajé las enormes bragas y se la metí sin más preámbulos en la alfombra de la alcoba. Primero lloró, luego se calló y después no podía dejar de gemir con cada embestida. Era tan simple y previsible…

Como estaba acostumbrada a ser mal follada a oscuras por su viejo marido, no vio mi glande cubierto por una llaga hedionda y purulenta. Era sífilis. Sentí el pequeño feto de Adolf sacudirse con cada una de las acometidas de mi pene por tan adentro que se la metía.

Ella no sintió orgasmo, el placer se le acabó cuando yo me corrí.

—No te vuelvas a preñar con ese funcionario de mierda, es un aviso. No es por celos, primate idiota. Es que no quiero que traigáis más repugnantes monos con vuestra genética al mundo. Estoy harto de mierda, de Dios y de vosotros; al fin y al cabo, es todo lo mismo. Y ni una palabra a nadie o no vivirás suficiente tiempo para pronunciar mi nombre: 666.

Volví a mi oscura y húmeda cueva silbando tranquilamente. “Si has de hacer un trabajo no envíes a ángeles idiotas, hazlo tú mismo”, le dije a Dios alejándome de la casa por el prado verde. Le había contagiado de sífilis y contaminado también el feto, había creado una expectativa de orgasmo en la retrasada y el miedo necesario para que me mamara el rabo en cada ocasión que yo se lo exigiera sin rechistar. Y todo eso en apenas media hora.

4

Adolfito nació en ese mismo año, en Passau, Baviera. La familia se tuvo que trasladar por motivos del trabajo de Alois. Son iguales que los chimpancés, siempre moviéndose y pariendo en todas partes.

Lo único que no me gustó es que Klara influyó decisivamente en su marido para trasladarse de casa, aquella violación que casi disfrutó la tenía un tanto obsesionada.

Así que en junio de 1896 con el patán de Alois ya jubilado se mudaron a una buena casa (buena y lujosa para un vulgar inspector de aduanas) en Leonding, en las afueras de Linz. Adolf Hitler tenía siete años.

Como a Jahveh, a mí también me jode que los monos tengan voluntad propia.

La Dama Oscura me acompañó en la visita a la familia Hitler. Lo cierto es que fui a pasarle cuentas a la zorra de Klara, se había quedado preñada desobedeciéndome y eso no me gustó nada. Las primates han de comprender que es mejor recibir una paliza de sus maridos que un castigo mío. Infinitamente mejor y menos doloroso.

El pueblo era más simple que la mente de un primate, cuatro casas mal repartidas y unas aceras estrechas. Todos esos lugares olían a mierda de cerdo y vacas.

La sirvienta era la misma, cosa que me aburría. Cuando llamé a la puerta, le corté la carótida como saludo y dejé que se desangrara en la calle. A las seis de la tarde, el recto varón estaba en la taberna emborrachándose y Klara se encontraba en el salón jugando con Adolfito a las damas. Su barriga ya abultaba bastante, era obvio que tenía un pequeño marrano creciendo en su interior. Se levantó tirando la silla al suelo al reconocerme. Adolf corrió hacia la puerta, pero se encontró con la Dama Oscura sonriéndole con una maldad escalofriante.

—Te avisé que no te quedaras preñada —le pasé el filo de la hoja por la barriga tras rasgar su bata, haciendo un fino corte en la piel que apenas sangró.

—Él me obligó, insistió. No pude elegir.

Mi Dama Oscura sujetaba por los hombros a Adolf que tenía una tendencia natural a la cobardía. Me repugnaba su pelo oscuro y escaso, sus ademanes de deficiente mental: tenía un tic en el ojo izquierdo que al cerrarlo le hacía torcer la boca frecuentemente y tendía a pasarse continuamente la mano por el pelo de la sien derecha.

Le bajó el pantalón y los calzoncillos y le obligó a poner el pecho en la mesa.

—No le hagáis daño a mi niño —gritó teatralmente Klara.

Me desnudé de cintura para abajo y me acerqué al culo del pequeño futuro fascista. Mi Dama, se acercó a Klara y la tranquilizó acariciando su dilatada vagina, yo invadía su mente para que estuviera quieta.

Adolf no hablaba, simplemente lloraba, estaba asustado hasta mearse. Sus piernas colgaban de la mesa. Le penetré y como una tela su esfínter se desgarró. Su grito resonó por toda la casa, como si tocaran las campanas a muertos. La sangre goteaba en mis zapatos, mi pene estaba rojo y excrementos. Mi mente se nublaba entre vapores rojos y gritos de dolor, es mi Maldita Paranoia. Extraje de mi espalda el puñal que llevo enterrado en mi carne y le hice una cruz con los maderos quebrados cerca de la nuca. Le dolía más el ano que el corte que le hacía, por ello no gritaba demasiado ya.

Los ojos de Klara lloraban; pero su boca se abría en un gemido de placer, Mi Dama Oscura se había metido los dedos de la austríaca en su vagina y se retorcía de placer a sus espaldas.

Tomé un puñado de cabellos repugnantes de Adolf y le obligué a mirar a su madre.

—Es una cerda, Adolf. Es nuestra puta barata. Apréndelo, recuérdalo, que tus noches de mierda estén siempre acompañadas por esta imagen, por la de tu dolor, por tus nalgas ensangrentadas. Tú también eres mío.

Lo dejé caer al suelo y se llevó las manos al culo. Mi pene estaba erecto hasta el dolor, goteando sangre. La Dama Oscura hizo que la espalda de Klara se apoyara en su pecho para ofrecerme su barriga y su coño en precario equilibrio.

Le había rasgado las enaguas y la penetré. Embestía con tanta fuerza que la Dama Oscura perdía el equilibrio y la barriga de la preñada parecía que se iba a desprender.

Cuando eyaculé, llegó al orgasmo porque así me lo propuse.

—Lava bien a tu hijo, está lleno de sangre y mierda. Cuando haya nacido lo que llevas en tu vientre, volveré para asegurarme de que no te vuelvas a quedar preñada, primate de mierda.

La Dama Oscura le metió los dedos en su boca aún jadeante de orgasmo, y como si se hubiera roto un hechizo, la austríaca se retorció de dolor en el suelo llevándose las manos al coño. Le escupí en la cara y a Adolfito le pegué una patada en la boca para que me fuera conociendo en todas mis facetas. No todo va a ser sexo, los fascistas se van a los extremos y hay que maltratarlos para que aprendan.

Adolf no faltó al colegio, Klara no estaba dispuesta a contarle nada a su marido, ya había aprendido a temerme más a mí. El primer día, Adolf se cagó encima en plena clase de religión y sus compañeros se rieron de él. Cuando su madre lo fue a recoger, olía a mierda.

—Me duele mucho, mami. No podía aguantarme —le decía a su madre camino de casa.

—Ya pasará, Adolf, no te preocupes.

— ¡Cagón, cagón, cagón…! —gritaban tres amigos suyos que lo siguieron durante el camino a casa.

— ¡Gamberros! Voy a hablar con vuestros padres —les decía Klara sin que ellos le hicieran caso.

Al día siguiente Adolf llegó a la escuela con un pañal de gasa, de los que su madre usaba cuando le venía la regla. Sus compañeros se dieron cuenta de ello y en la hora de recreo le bajaron los pantalones para que todos vieran su pañal.

Durante dos meses (lo que tardó en sanar el esfínter) tuvo que soportar todas aquellas burlas y vejaciones.

El rencor se metió en el pequeño cerebro de Hitler, hasta que el dolor de la humillación de sus compañeros superó al de la violación. Soñaba con descuartizarlos, con meterlos en el fuego aún vivos. Soñaba que les arrancaba los dientes y que les metía un palo por el culo hasta hacerlo emerger por la boca. Soñaba con meter su pequeño pene en el coño de una pequeña primate compañera suya para que sufriera de la misma forma que había sufrido su madre conmigo, por mi voluntad maligna.

Su capacidad de concentración se hizo añicos, suspendía todos los exámenes de todas las asignaturas. Su padre tuvo que pagar un buen dinero para que fuera aprobado.

Y fue severamente castigado, Alois solo sabía mal follar y castigar. Su cinturón era el poderoso látigo de la rectitud y la espalda de Adolf se convirtió en un libro de leyes escrito con sangre y cuero.

Nada de todo aquello podía sanar el tiempo.

Es algo que Yo tenía previsto. Al fin y al cabo soy un Dios infalible y no como ese melifluo Yahveh.

5

En el mismo año, volví a visitar a la familia. Klara había parido a una niña que llamó Paula.

Tenían una nueva sirvienta de unos quince años que quedó ciega en el instante que abrió la puerta y miró a los ojos de la Dama Oscura. Y no fue por algún rayo de maldad, sino que mi Negra Señora, le acuchilló los ojos con una rapidez y una precisión que haría palidecer al mejor de los neurocirujanos. Como no iba a dejar de llorar, le rebanó el cuello.

Adolfito no podía apartar la mirada de nosotros ni de la sirvienta, se encontraba en la puerta del recibidor, intentando esconderse tras el vitral de la puerta. Se había meado de nuevo.

Su padre, como siempre estaba en la taberna, por ello no murió a sus cincuenta y nueve años. De cualquier forma, no me hubiera costado más de cinco minutos matarlo a él y a todos sus compañeros de borrachera en la pequeña taberna de Leonding.

Avanzamos hacia el salón, llevaba a Adolfito agarrado por su pelo grasiento. Subimos juntos, como una familia, hacia la alcoba de su madre que en esos momentos debería estar cuidando de Paula.

En efecto, abrí la puerta de una patada, Klara se asustó y se le cayó el libro que estaba leyendo incorporada con varios almohadones en la espalda, la niña en la cuna prorrumpió a llorar. Me acerqué a la cama y me senté a su lado.

—Vamos a arreglar esto, Klara. Ya te dije que no quiero que traigas más subnormales al mundo.

La Dama Oscura le estaba dando una lección al pequeño Adolfito de cómo era su vagina, se sacó la compresa y le mostró su sexo menstruando.

—Lámelo, Adolfito, te gustará. Te harás fuerte.

— ¡Deja en paz a mi hijo, puta morena! —gritó enfurecida la austríaca, con su fláccida barriga convulsionándose.

La primate me sorprendió un poco por su envidia, porque la Dama Oscura lucía una cabellera negra brillante y larguísima, mucho más brillante que el pelo de su hijo, apelmazado y lacio. Tomé un puñado de sus pelos, se los arranqué y se los mostré:

— ¿Tú has visto bien tu pelo, aria de mierda?

Se llevó las manos allá donde le arranqué el mechón y se mancharon de sangre.

Tenía un leve temblor y su voz sonaba un poco más recia, las ojeras también podrían ser un síntoma del estrago que la sífilis hacía en su organismo poco a poco; aunque creyeran que su debilidad se debía al embarazo.

Adolf lloraba arrodillado ante mi Hermoso Coño Sangrante (porque la Dama Oscura es mía, me pertenece su mente y su coño), como si le rindiera adoración. Era preciosa aquella estampa con mi Dama Oscura hiriendo la piel del cuello del niño con aquella fina daga.

Le di una buena bofetada a la austríaca y le partí los labios, luego un puñetazo en la sien que le provocó un feo derrame en el ojo. Con ello no fue necesario que invadiera su mente, porque perdió toda noción de su propia existencia.

—Venga Adolfito, pasa la lengua por el coño de mi Dama y deja de llorar. Otras cosas peores te esperan hasta que mueras y te pudras en mi infierno.

El niño acercó la cabeza y con torpes lengüetazos acariciaba aquel coño suculento. Metí la mano en el pantalón y extraje el pene porque los pezones erectos y los gemidos de mi Dama, me sacaban de control. Cuando eyaculé, el semen negro cayó sobre la cuna de Paula.

La Dama Oscura se corrió, bajó los pantalones de Adolf y le masajeó el pene sin obtener resultados.

—Esperemos que crezca o vas a tener problemas de mayor, ¿eh, Adolfito?

Acto seguido se metió aquel pequeño pene en la boca y mordió el prepucio hasta cortárselo.

Lo cierto es que yo cerré el puño con aversión al ver su pequeño pene sangrando, eso son cosas que duelen aunque la tengas pequeña. Adolf se retorció en el suelo de dolor, gritando sin consuelo, yo me encendí un cigarro admirando con curiosidad su dolor que duró unos cuantos minutos. A la Dama Oscura se le escapaba la risa.

¡Mira por donde que el futuro fascista era un circunciso como cualquier otro judío! Mis malditos designios son mucho más ingeniosos y divertidos que los de ese Yahveh celoso de mierda.

De ahí que hiciera matar a todas las putas y niñas con las que tenía contacto una vez se hizo adulto y führer: no quería testigos de su circuncisión.

— ¿Por qué llora mi pequeño? —balbuceaba la madre desde su inconsciencia.

—Mi Dama, acerca al futuro tirano para que observe bien donde se desarrollan y nacen los pequeños primates —dije sin hacerle caso a la primate austríaca.

Klara estaba sucia de vómito. Le arranqué la sábana y la colcha con la que se cubría y aún sumida en la inconsciencia, le metí la mano entre las piernas y le saqué una gasa que cubría la vagina. Aún tenía puntos de sutura.

—Déjennos, por favor, no le hagan daño a mi mamá —lloriqueaba Adolf.

Introduje mi puño en la vagina, y empujé más adentro. Klara gritó hasta dañarme los tímpanos, recuperó la consciencia en una fracción de segundo de dolor. Pataleaba; pero mi puño ya estaba demasiado dentro. Cerré los dedos en torno a cosas ignominiosas que tenía allí dentro y se las arranqué. Desfalleció de dolor cuando dejé caer los ovarios y parte del útero entre sus piernas. Su coño era una fuente de sangre y se lo taponé con la gasa.

Adolfito sufrió una crisis respiratoria ante lo que le forzamos a ver. Soy bueno en lo mío, soy maravilloso. Le di una bofetada y se le pasó la histeria.

Me limpié la mano en las sábanas y le pellizqué uno de sus pezones supurantes de leche, la respiración de la madre era apenas un suspiro, se estaba muriendo.

—Ve a buscar a tu padre a la taberna y que se traiga al borracho del médico, y rápido o tu madre morirá.

Adolfito salió corriendo de la casa con sus pantalones mojados de orina y sangre.

La Dama Oscura tomó a la pequeña Paula en brazos y le dio un ligero golpe en la cabeza con el mango de su daga, en un lugar muy preciso de su nuca, la niña dejó de llorar porque se quedó dormida al instante.

Le había estropeado una zona de su cerebro para que fuera lo más parecida a su hermano Adolf. No dejo nada al azar.

Y nos fuimos de aquella casa de mierda con Dios lanzando espumarajos de rabia por mi intrusismo y porque es un tipo envidioso.

Klara consiguió salvar la vida, Alois jamás pudo entender lo que ocurrió en su casa porque la muy astuta alegó amnesia. Adolfito decía no recordar quien le hizo todo aquello. Sus noches se convirtieron en horas de miedo y un dolor que revivía una y otra vez.

Yo no soy suave, los traumas que yo creo estropean la vida de los monos de una forma insoportable.

Durante algún tiempo la policía local (unos primates no muy listos) buscaron vagabundos para culpar por las agresiones y la muerte de la sirvienta. Al cabo de unos meses, apenas nadie se acordaba de todo aquello.

Alois seguía castigando a Adolf por sus fracasos escolares y con el cinturón intentaba inculcarle algo de valor y empuje en la vida. El pequeño Adolf era un tipo realmente reticente a la actividad física. Su padre de mierda no veía nada bueno en él.

“Mi pequeño hijo maricón”, decía de él a menudo en la taberna cuando se refería al futuro führer.

Dios no sabe bien lo que es la miseria humana, yo sí que se hundir a alguien en lo más profundo de la indecencia y conducirlo directamente a la locura más destructiva.

Los primates son cosas que se pueden moldear, modificar, eliminar y atormentar de la forma más sencilla y amena. Deberíais probarlo con vuestros propios hijos y padres, los resultados son sorprendentes.

Dejé un breve espacio de tiempo de siete años antes de visitar de nuevo a la familia, es bueno que crean que todo ha pasado, que se confíen. Sobre todo después de unas fiestas navideñas felices y sin problema alguno. Cuando todo está bien, asestar un buen golpe crea una angustia en los primates difícil de asimilar por sus cerebros simplones.

El pene asoma fláccido por el agujero de una pared, una mampara de madera pintada de vivos colores azules, rojos, amarillos y verdes con multitud de pequeños penes en las más diversas posiciones, algunos con sonrisas y otros con pequeños pies. Una niña lo acaricia hasta que se agita por un momento, tiene quince segundos para conseguir la erección; unos electrodos insertados en la base del pene transmiten la intensidad de placer a un ordenador y éste lo traduce a señales eléctricas que van a un enorme marcador de luces verticales, vistosas e intermitentes en la tarima, frente al público.

La gente asiste al espectáculo como las polillas a la luz de una farola. Muchos se deciden a pasar por la taquilla para comprar un boleto, mientras una multitud de críos ríen, gritan y lloran a sus padres por encima de la megafonía porque quieren probar suerte y llevarse el importante premio.

La niña de unos seis años va vestida con un pantalón rosa y suéter de cuello alto de piel roja con un reno navideño en el pecho. Calza botas altas de color rojo y lazos de navidad en la caña. Hace unos instantes estaba nerviosa y ansiosa por acariciar ese trozo de carne que cuelga de la pared, su madre la ha animado y aconsejado que sea cuidadosa para que el pene se ponga erecto y se enciendan las luces de premio.

—No lo agites bruscamente, no tengas prisa. ¿Ves esa piel que cuelga un poquito? Ténsala hacia atrás y verás como se agita para hacerse más grande, dura y gorda.

Y así la niña ha acariciado con cuidado el pene y torpemente ha retirado un par de veces el prepucio para descubrir el glande.

Transcurre el tiempo sin conseguir la erección y el feriante la separa amablemente del pene; el marcador indica que ha logrado dar un bajo nivel de placer. Solo se han encendido las luces azules. El máximo son las rojas, que cuando se muestran intermitentes indican eyaculación.

La madre dice “¡Oh!” con fingida tristeza y sube a la tarima a buscarla.

—Lo has hecho muy bien, niñita, vuelve a probar suerte de nuevo y es posible que te lleves el implante ocular para juegos virtuales —dice a través del micro el dueño de la atracción.

La niña sonríe y la madre la conduce a la taquilla de nuevo.

Los transductores en la base del pene, al otro lado de la pared aún registran ondas de un ligero placer, por ello las luces del marcador siguen azules.

— ¡Que pase el siguiente jugador! Y recuerden que el certificado de sanidad y su vigencia pueden verlo justo encima del pene. No hay ningún problema, nuestros mongoles transgénicos son especialmente seleccionados y criados. Higiene y profilaxis garantizada. ¡Vamos, papás, mamás, niños y niñas, el placer está ahí aún, aprovechad para elevarlo!

— ¿Quién conseguirá la erección? ¿Quién conseguirá el mayor premio con la eyaculación? —sigue el feriante animando a la gente que observa el espectáculo desde el suelo embarrado que cubre todo el terreno donde se asienta la feria ambulante.

El pene pertenece a un joven SD (síndrome de Down o trisonomía 21), que se mantiene quieto porque por su espalda pasan unas cintas anchas de cuero que lo aplastan contra la madera. Está desnudo, babea y sus ojos idiotas miran sin interés la madera basta contra la que se aprieta su carne, mientras percibe emociones de placer que llegan con más o menos fuerza a su cerebro. Es un individuo de unos diecisiete o dieciocho años, rechoncho y macizo. Sus nalgas átonas se contraen cuando su pene transmite algún gozo que podría venir de una simple corriente de aire fresco. Los transductores adheridos en la base del pene, tocando el rasurado pubis miden los impulsos eléctricos para ser monitorizados en el luminoso de la atracción.

Son las navidades del 2020 y la gente está alegre, la crisis a nivel mundial ha comenzado a superarse y hay una euforia que hace años no se percibía por estas fechas.

Hace tres años se consiguió clonar y modificar transgénicamente a los mongoles (ya nadie los llama síndrome de Down, han vuelto a ser llamados mongoles debido a su gran popularidad por el Córrete-Córrete, el juego de erecciones y eyaculaciones). Tras unos meses de intenso debate político y social y manifestaciones más o menos violentas, la gente aceptó a estos seres creados para formar parte de un juego barato que ayudaría a elevar el ánimo del populacho.

Unos nueve meses antes de la aparición del Córrete-Córrete, se usaron jóvenes latinos presos en reformatorios (los negros solo se pueden ver ahora esclavizados en las minas de diamantes y los chinos trabajan exclusivamente en circos donde mueren muy jóvenes por los arriesgados espectáculos que llevan a cabo) para que pelearan a muerte entre ellos en circos ambulantes; pero la gente sumida en una profunda depresión no encontró que este espectáculo tipo gladiador, lo entretuviera suficiente , ya que la violencia resultaba aburrida por el exceso cotidiano y además era más caro.

Se impuso el silencio imbécil de los mongoles transgénicos y el morbo de sus grandes penes, que sumado a los avances de la sanidad, no ofrecían riesgo alguno de enfermedad. De hecho, la parte final de la atracción requiere hacer una felación para asegurarse el premio.

Sus penes miden diez centímetros en reposo y unos tres centímetros de diámetro. Cuando alcanzan la erección, llegan a los diecisiete centímetros y unos siete de diámetros. El agujero en la pared es un poco más pequeño que el pene erecto para que corte ligeramente la circulación sanguínea durante la erección y sea más llamativo. Cuando la erección es potente, el glande vira al color cárdeno y palpita con fuerza.

— ¿Qué edad tienes? —le pregunta el feriante al niño que acaba de subir a la tarima con dos boletos en la mano.

— Once años.

— Y llevas dos boletos… Estás decidido a llevarte el premio ¿eh?

El niño afirma vehementemente con la cabeza mirando a su padre entre el público.

— Pues adelante con tus treinta segundos y mucha suerte.

Un zumbador suena y el niño toma el pene fláccido con su puño y comienza a agitarlo, de arriba abajo con fuerza. El marcador de placer sube dos luces y se sitúa en el amarillo. Un zumbido indica que han transcurrido los primeros quince segundos. El tamaño del pene ha crecido ya visiblemente y el puño del niño apenas lo puede rodear, necesita las dos manos, que se han cerrado con fuerza. Con semejante rigidez ya puede masturbar el pene con un movimiento de vaivén.

El padre aplaude con fuerza dándole ánimos.

—No te canses, chaval, el idiota ya es tuyo —grita alguien del público.

El desagradable sonido del zumbador indica que se ha agotado el tiempo y el niño baja desanimado los cuatro escalones de la tarima para reunirse con su padre.

Las cuatro luces amarillas se han iluminado y se mantienen en el límite de la primera roja. El próximo que pruebe suerte es muy posible que se lleve el premio.

El cuidador de los mongoles de la atracción se acerca al ordenador y observa los datos: indica que con dos tandas de quince segundos, llegará la erección total. El dueño de la atracción le ha dado instrucciones para que la erección se retrase lo suficiente para que suban al menos diez clientes por mongol. Del cajón de la mesa del ordenador saca una jeringuilla y separando el pubis del mongol de la madera con una barra de hierro, le inyecta brutalmente en el pene un retardador eréctil especialmente diseñado para estos seres, su erección actual no bajará; pero se mantendrá en el mismo estado por unos diez minutos más. El joven ni siquiera parpadea a pesar de lo dolorosa que es la punción.

Genéticamente han sido diseñados para no sentir dolor ni placer (un requerimiento de la OMS para que en su momento aprobara el uso de estos seres para la atracción), su respuesta eréctil es casi puramente vascular.

— Ánimo idiota, dentro de diez minutos puedes soltar tu carga; pero ahora tranquilo —le dice en voz baja dándole una fuerte palmada en la nuca que hace que la nariz se estrelle contra la pared provocándole una hemorragia.

El idiota ni siquiera se mueve por el golpe y sigue manchando de baba la madera.

Bajo el suelo de la atracción hay una jaula con diecisiete mongoles apiñados entre sí. Si intentaran moverse, no tendrían espacio para alzar los brazos. El cuidador los rocía con agua; alguno que posiblemente es defectuoso, se lamenta con una especie de berrido por la frialdad del agua.

Mientras tanto, dos niños y una niña han subido a la atracción sin llevarse el premio.

Dentro de un par de horas, la gente se irá a sus casas a celebrar la Nochebuena y todos ambicionan poder llegar con el premio. En la taquilla hay una cola de más de treinta personas.

Un hombre de unos treinta y pocos años sube a la atracción.

— Y aquí tenemos un papá que va a probar suerte para su bebé… —grita por el micrófono el feriante.

El hombre saluda a una mujer que tiene a un niño de dos años en los brazos y se arrodilla frente al pene.

— ¡Ah, no! No puede usar la boca hasta que la erección sea completa, lo siento señor. Son las reglas.

Hay gente que exclama decepción entre el público, la parte del espectáculo donde chupan el bálano del imbécil es la más esperada.

Se pone en pie, y suena la señal de inicio. Aferra el pene cubriendo el glande completamente y con gran velocidad imprime el movimiento de vaivén. En diez segundos el pene ha adquirido toda su dureza y se han encendido las cuatro luces rojas.

— Ya tenemos al ganador del premio a la erección —anuncia el feriante haciendo entrega al hombre de un implante ocular.

La gente aplaude y silba.

Ante el durísimo masaje, el mongol, al otro lado de la pared ha detenido su respiración y sus puños se han cerrado con fuerza en un movimiento reflejo.

Desde el suelo enlodado frente a la atracción pasa desapercibida la sangre que cae del pene; el frenillo del prepucio se ha rasgado por la fuerza de la masturbación. El dueño de la atracción lo limpia con un pañuelo de papel.

—Ante todo limpieza. ¡Que suba el siguiente! Y veo que ya se puede practicar la felación —grita mostrando un condón al público.

La primera niña vuelve otra vez a subir a la atracción.

— Vamos a ver si esta belleza de niña se lleva por fin el premio gigante.

— ¡Con la boca, Dori! —grita la madre entre el público.

— Lo quiero hacer con la boca —dice con timidez la niña.

— ¡Qué niña tan atrevida! Pues que sea con la boca —responde el dueño de la atracción entre los aplausos del público.

El hombre rasga con los dientes el envoltorio del condón y sujeta con una mano el pene que está duro y parcialmente estrangulado en el agujero de la pared, el prepucio se ha retraído y el glande asoma amoratado, congestionado de sangre. El meato se encuentra entreabierto como la cuenca vacía de un ojo. En pocos segundos, el pene queda revestido por una capa de color púrpura que se agita con breves espasmos por la fuerza de la presión sanguínea que lo llena.

La pequeña Dori se arrodilla pero así no llega con la boca al pene, el feriante coloca un sucio cojín para que gane altura.

Suena el zumbido de inicio de tiempo y la gente rompe a gritar lo que más espera de la atracción: “Córrete-Córrete”.

La niña abre la boca todo lo que puede para poder meterse ese pene que apenas le entra. Respira a duras penas por la nariz moviendo la cabeza para provocar la fricción del pene contra sus labios, tal y como ha visto que mamá hace con papá.

La gente ríe y aplaude:

— ¡Córrete-Córrete! ¡Córrete-Córrete! —la gente no cesa de corear al ritmo de la mamada que la niña está haciendo con esa gracia infantil.

El mongol encoge los labios presionando la cabeza contra la pared, su impulso natural es penetrar más profundamente, por ello sus nalgas se contraen con fuerza e intenta empujar.

Respira entrecortadamente provocando un sonido asmático producto de sus deficientes pulmones, los labios se han azulado por la falta de una buena circulación sanguínea, ya que el corazón de estos transgénicos es débil y defectuoso.

La boca de Dori es tan pequeña, que el roce es realmente recio contra el paladar, y los dientes. La estimulación es tremenda. No tardan los conductos seminales en llenarse con un semen que sale a presión por el meato. El mongol golpea su cabeza contra la pared sin saber por qué.

Las luces empiezan a parpadear lentamente, quedan apenas dos segundos de tiempo, cuando el semen hincha el depósito del condón, la niña lo siente en la lengua como algo más blando y padece una pequeña náusea. La gente aplaude a sus espaldas: las luces rojas se han encendido parpadeando rápidamente y unos coros con música festiva anuncian por la megafonía: “Se ha corrido, se ha corrido”.

— ¡Ya tenemos a la ganadora!

El feriante le entrega a la niña una gran caja: es un módulo cerebral para videojuegos, con conexión directa al sistema nervioso.

La madre sube saltando de alegría para recoger a su hija.

— ¡Un momento, mamá! —anuncia el feriante— Tenemos que entregarles el trofeo final.

Tras la pared, el cuidador de los mongoles ha desabrochado las cintas de cuero que inmovilizan al chico, y lo ha obligado a tenderse en el suelo boca arriba. Saca y guarda los electrodos del pene en el cajón de la mesa del ordenador, le arranca el condón y con un cúter, de un rápido tajo amputa el miembro aún sucio de semen.

Mete el bálano ensangrentado en el robot embalsamador del tamaño y apariencia de un microondas, y se limpia las manos de sangre con un trapo que lleva en el bolsillo trasero del pantalón. Al cabo de quince segundos el aparato emite una señal. Tras colocarse una mascarilla antigás, abre la puerta y lo toma con la mano: parece una figura de plástico brillante recién fabricada. Es gracias al gas Epoxicloro, con el que actualmente se embalsaman los cadáveres en segundos y a precios de risa, de tal forma, que pueden tenerse en casa como una decoración más. La crisis ha llevado a las familias a ahorrar en todo tipo de gastos. Se saca con precaución la careta antigás olisqueando el aire por si hubiera algún resto que el ventilador del aparato no hubiera eliminado.

Apresuradamente saca de una caja de cartón una funda de terciopelo gris claro con el nombre de la atracción en letras negras y lo lleva al escenario donde le espera el jefe y la niña ganadora con su madre.

— Y aquí tienes el triunfo: el pene que has conseguido dominar —grita con el micro en la mano al tiempo que saca el bálano embalsamado para mostrarlo al público.

— Y que no lo use mamá ¿eh? Es solo tuyo.

La madre ríe feliz ante la broma y la gente aplaude cuando madre e hija bajan con los premios que han ganado.

— Y ahora, niños y niñas, papás y mamás: vamos a por el siguiente Córrete-Córrete. En cinco minutos tendremos preparado otro mongol con el que podréis participar para ganar los grandes premios que hay para los más hábiles y rápidos. Daos prisa en sacar vuestros boletos en la taquilla. Cuantos más compréis, más oportunidades tendréis de ganar.

El cuidador da la vuelta al escenario para llegar hasta el mongol que se está desangrando en silencio sin mirar a ningún sitio en concreto. Sus ojos están llorosos y le cuesta respirar; pero no hay expresión alguna.

—Bueno, muchacho, ahora a descansar.

El hombre clava una navaja en la nuca del transgénico y la gira hasta que de repente el mongol deja de respirar; de la misma forma que descabellan a los toros. Pisa un pedal cerca de la pared y una trampilla se abre haciendo caer el cuerpo inanimado en una bolsa negra.

Se dirige a la jaula, y elige al mongol más cercano. Lo saca agarrándolo por su pelirroja cabellera, son todos exactamente iguales. El chico que antes se había quejado por el agua fría, intenta balbucear algo y el cuidador, sin soltar al que tiene sujeto se lleva la mano al bolsillo de la camisa y lo marca rápidamente con un rotulador permanente en la frente para cambiarlo otro día por uno bueno que no tenga sensibilidad.

—Sois todos iguales, coño… —dice tirando del cabello del mongol escogido para una nueva ronda de juego.

La pequeña Dori y su madre se dirigen a casa exultantes de felicidad, la pequeña ha insistido en llevar la caja grande con el premio. La madre lleva la bolsa gris con el trofeo. Ambas ríen y esperan que papá haya llegado ya a casa para darle la buena noticia y contarle todo.

Entran en el aparcamiento subterráneo donde tienen el coche estacionado y un hombre les sale al encuentro en el rellano de la escalera mal alumbrada de la segunda planta.

Sus ojos, a pesar de ser oscuros brillan en la penumbra, de su espalda extrae un puñal manchado de su propia de sangre, en su antebrazo supura pus y sangre sucia de unos números escarificados profundamente en la carne: 666.

Una mano de uñas negras cubre la boca de la madre y la inmoviliza clavándole lentamente una fina daga en el pulmón derecho.

La niña apenas grita cuando el filo le corta la garganta. Y aún no ha muerto cuando siente su vagina estallar con un tremendo dolor por el miembro plastificado que ese ser le ha metido tras arrancarle los pantalones rosas y las braguitas de Barbie.

La oscura dama que sujeta y amordaza a la madre, la obliga a arrodillarse frente a los genitales del hombre que ha matado a su hija. Este se saca el pene del pantalón y se lo mete en la boca que derrama sangre con cada respiración.

— ¿Así va bien? ¿Crees que me correré en quince segundos?

La dama oscura hace correr el filo de la daga en dirección al corazón haciendo un corte más largo en el pulmón.

La agonía de intentar respirar, los jadeos entrecortados que la mujer sufre por la perforación del pulmón, provoca en el bálano de 666 un placer salvaje e intenso. La dama oscura roza su vagina excitada contra la cabeza de la mamá al ritmo con el que el pene se mueve en su boca.

Cuando 666 eyacula, la madre ya está muerta y la sangre del pulmón sale por la nariz.

—Siempre he deseado tener un juego de éstos, pero no los venden en ninguna puta tienda que conozca —dice golpeando suavemente la caja del video juego.

La Dama Oscura se arrodilla sobre el cuerpo de la madre muerta para limpiar la sangre del pene con la lengua, con lengüetazos largos y lentos que acaban en el glande, haciendo especial énfasis en el meato.

— ¿Me ahogarás también así, mi Dios?

Iconoclasta