Posts etiquetados ‘Amor cabrón’

Monstruosidades en miniatura son los besos y palabras que minan a través de los intersticios moleculares de los tejidos anímicos los diques de contención, consiguiendo desbordar las emociones.
Pequeñas son las lunas de plata que se deshacen como mercurio tras emerger por los lagrimales, derramando el veneno del amor en los labios durante la íntima noche de los recuerdos amontonados. Lanzándonos al mundo sin espacios, esperas y límites que nos convierten en materia onírica prácticamente perfectos, sin ansiedades, donde todo es. Ajenos a nosotros mismos.
Primorosas las palabras que tan rápidas se leen y, como cargas de profundidad, explosionan en el corazón acelerándolo a cien por hora sin pensar en la posibilidad de que se rompa.
Como muñequitos irrompibles porque no tienen huesos…
Mágico el papel de las cartas nunca enviadas que crujen como tristes fracasos entre los dedos: el amor escarificado con la presión del anhelo, tatuadas las mortificaciones con la tinta de la pasión.
Áspero como el semen seco en mi vientre.
Alegres las oraciones que se dirigen al alma y su cuerpo tan palpable y lejano en las probabilidades. Y sin embargo, como un aire fresco cierra los ojos como si hubiera paz y la vida te acariciara.
Acogedora soledad que cerca la intimidad necesaria para que lo llene todo de ella que la amo.
Una perinola en miniatura en el bolsillo para hacer girar el mundo, cuando de tan quieto parece muerto. Para fascinarme con un equilibrio que sólo ella posee y con vanidad gira y gira y gira… Y luego, asistir a su tristeza al verse abatida con un agónico y último roce contra la superficie.
Y pienso que descanse en paz, aunque podría hacerla girar y que de nuevo vibre de alegría. No soy Jesucristo, no tengo un interés especial en la dicha de las cosas sean orgánicas o no. Cuando me apetezca.
La ambición, ya saciada, es un juguete que adorna la estantería de los recuerdos y las certezas de amar y ser amor.
Unos pequeños dados en el bolsillo, la aleatoriedad de la vida y la muerte. Y apuesto a un doble seis de amor mis últimos cinco minutos de oxígeno en el espacio, esperando sus labios salvadores.
He buceado en su mundo líquido durante horas sin necesidad de respirar. O tal vez, he respirado su agua; pero estaba pendiente de su existencia y no de la mía. Qué pequeñitas subían las burbujas hacia la superficie, contentas de haber hecho su trabajo y llevarse el aire de los pulmones y así, llenármelos de amor líquido extra fuerte.
Soy la toma un trillón y… ¡Acción!
Una orden innecesaria para amar sin horizontes, infinitamente. Donde la entropía me lleve. Soy un neutrino atravesando la coraza subatómica del cuántico amor.
El microbio ganador asaltando el palacio de tu principio creador de carne y sueños.
De fluidos y gemidos.
De ropas rasgadas sin ultrajes mediante.

Foto de Iconoclasta.

No hay nada peor que su ausencia en los momentos más bellos y emotivos, cuando todo está bien.
No hay angustia mayor que asistir a un movimiento planetario y no cerrar mi mano en la suya, con aquella inocencia infantil que sin el conocimiento, convertíamos el anochecer en actos cosmogónicos.
Ahora somos simplemente cósmicos, flotamos en el universo como accidente. No hay heroicidad o magia alguna. Ni la necesito.
No quiero ser épico, solo arrastrar mis labios sedientos por su piel sin ninguna elegancia.
Y es dos veces bueno flotar con ella sin más misticismo que su franca mirada intimidándome.
Soy una esencia elemental reaccionando a su sensualidad electrizante, no es difícil imaginar que es ella quien crea las auroras boreales aunque se encuentre en el ecuador mismo de la Tierra. Y yo soy el resultado: los mantos de colores extendiéndose en el cielo mortuorio.
Ella me disgrega.
Me atomiza el alma y soy su aura oscura y ardiente.
No hay angustia mayor que el dolor de mi rabo duro y que no sea su mano la que calme el palpitar de las venas que lo recorren.
La busco en la belleza y la armonía, en la serenidad y la musicalidad silenciosa de una cucharilla haciendo girar el café al empezar el día.
La busco para metérsela sin piedad.
No quisiera que estuviera conmigo en las malas situaciones, no quiero ni puedo ser causa de aflicción en quien amo.
No le veo la gracia a eso de: “en la riqueza y en la pobreza, la salud y la enfermedad, la dicha y la tristeza”.
Las tristezas, dolores y desgracias se deben gestionar en soledad y demostrar fortaleza. Cuando digas que todo está bien, debes ser convincente.
El amor no es un asilo, un refugio o una enfermería.
No debe ser necesidad, sino hedonismo.
El amor no busca salvar el mundo, sólo tenernos a nosotros.
Las malas cosas son la mala hierba que parasita y pudre el amor.
Hay que mantener la basura lejos.
Y hallarnos juntos ante la bellas enormidades lloviéndonos en el alma y la piel.
Esto no es una declaración de intenciones, sino de convicciones.
Y sí lo es de amor, cielo.

El viento ululaba poderoso y tenebroso entre las ramas desnudas y las frondosas perennes. Entre los retorcidos arbustos y las alegrías del viajero que, como arañas de algodón se ofrecen como alimento a la esperanza en los márgenes del camino.
De repente, una ráfaga de aire hacía del ulular un bramido de algo que cae y aplasta; tan fuerte que me hacía perder el equilibrio. El aire colisionaba tan rápido contra mi rostro, que no podía respirarlo, se me escapaba…
El caos me disolvía como una escultura de arena, creía diluirme arrastrado en partículas infinitesimales.
Y miré al sol, pidiéndole el calor que el viento me robaba: ¡Vamos hombre, no puede hacer daño un rayo de calor!
De repente la epifanía… Era ella y sus labios cálidos confortando los míos quebrados en un acto de indisimulada urgencia.
Apartó el viento de mis oídos para susurrarme cosas incomprensibles, secretos que me hacían vibrar el alma. Yo inclinaba el oído hacia su boca con un placer de ojos entrecerrados al hacerme cosquillas, tiernos escalofríos con sus labios percutiendo pegados a mi piel.
Siempre habla graciosa y rápida transmitiendo poderosamente la certeza y la paz de que todo está bien. Sus ojos esplenden rayos de amor como dos estrellas.
Algunas ramas descendían hacia mí porque el viento, absurdamente, soplaba demente del cielo a la tierra. Y me quité un guante para sentir sus dedos entre los míos.
Mi pierna-árbol de resquebrajada corteza rompió las raíces que la anclaban angustiosa y vergonzosamente a la tierra cuando ella alegremente tiró de mí.
No recuerdo cómo volé y por dónde de su mano, cuánto tiempo pasó hasta que me encontré frente al portal de casa.
Todo era ella en el mundo.
Recuerdo un último beso veloz como sus palabras de amor.
Mantengo el sabor y la calidez de sus labios aún en los míos como una prueba forense de su existencia.
Me sonreía con el cabello deliciosamente revuelto, montando una ola de viento hacia su mundo. Yo sólo acerté a decir: ¡Adiós, amor!
Como un apóstol, escribí lentamente su epifanía.
Para que la demencia no la olvidara.
Un testamento a nadie.
Un evangelio apócrifo en el que me refugio cuando tanto la extraño perdido entre el viento rugiente.
Releyendo o reviviendo lo imposible que ocurrió, mis dedos se mueven inquietos entrelazándose en los suyos.
Y durante un instante inconmensurable, la realidad se fractura y un viejo niño vuelve a sonreír con la mágica tristeza de un viento cálido escapándose entre sus dedos con el rostro aún iluminado por tres soles.

Foto de Iconoclasta.

Los hay que tienen un grave conflicto con el amor y sus imposibilidades.
Ocurre cuando existe el amor real y las posibilidades se escriben con el humo de un cigarrillo en día de viento.
Existen infinidad de formas para explicar y llorar las tragedias del amor; pero sólo son efectivas las crudas y precisas, sin eufemismos y circunloquios.
No existe forma alguna de conciliar el amor con la distancia y el tiempo cuando están desincronizados.
O arrancan juntos los dos latidos de los amantes o están condenados.
A la amistad, la fraternidad y el amor filial no sólo no les afecta la distancia y el tiempo; incluso con distancia y tiempo mejoran, se enaltecen. No son emociones carnales donde el sexo sella la unión del deseo y la ternura.
No te follas a los hijos para consagrar tu amor.
El amor de hombre y mujer es espíritu y carne. Y deben sincronizarse en el tiempo y las distancias: si estás en la vejez, debes ser consecuente, como si estuvieras a diez millones de años luz de distancia, en un planeta que explotó.
Si falla la espiritualidad, la carne sabe insípida y piensas en el precio cuando pagas.
Y si falta la carne, te quedas sólo con el cinco por ciento del total del espíritu. Que nadie piense que lo espiritual es vital, somos casi cien por cien animales, todo nuestro peso es carne; el espíritu es un pequeño porcentaje, ocupa un espacio mínimo entre los huesos, la carne y la piel.
Mientras intentas cuadrar ese amor por una vana y rebuscada esperanza imposible de materializar, las carnes se marchitan y los espíritus se desecan.
Es necesaria la madurez para reconocer la imposibilidad y acabar con el tormento que no conduce más que a la tristeza y desesperación.
Lo que ha de morir, debe morir.
Que el amor muera lenta e indoloramente, dependerá de cuánto deseo y tristeza has derrochado en cuadrar lo imposible. Aquel deseo y afán no satisfecho, al cabo del tiempo se convierte en un alivio al verlo muerto. Es una carga que te arrancas de los hombros y te lastraba en la tierra ardiente y doliente.
Es importante que a los amores que nacen muertos, a pesar de reconocerlo, darles un tiempo de expansión e ilusión para que se desengañen por sí mismos. Así evitas que espíritu y carne se desgarren con ese dolor de pesadilla que tanto tememos; el espíritu y la carne se acomodan a sus propios fracasos si les das tiempo.
Se debe hacer espacio, liberar ese cadáver de amor para otras posibilidades, el mundo no está lleno de amor; pero la soledad tampoco abunda, es una costosa gema.
Que cada cual haga lo que deba.
O lo que pueda.
Es fácil concluir que si llevas décadas viviendo en soledad, puedes morir solo sin ningún problema, puede que incluso tu muerte anónima sea grata.
Morir no requiere de explicaciones a nadie.
Tal vez caigas, ante la proximidad de la muerte, en la tentación de a quien amaste un día pedirle perdón por tu imposibilidad y torpeza; pero no sería bueno; pudiera estar viviendo un nuevo amor. Las palabras surgidas del pasado estropean y enturbian el presente. No necesitas humillarte y disgustar a nadie por un romanticismo que no existe más que para el egoísmo de darte importancia en el morir.
No importa cuán numerosos sean los amores fallidos, recuerda que consuelo de muchos es consuelo de tontos.
Ten clase, elegancia, llora lo que debas después de haber cumplido con tu deber.
Piensa en el soldadito de plomo y su bailarina: en la versión para adultos no quedó nada de ellos tras deshacerse en el fuego de la chimenea.
Cuando éramos pequeños la gente sabia nos preparaba para lo temible…
Y cambiaron a los sabios por idiotas y ahora engañan a los niños.
A lo mejor no fueron fallidos los amores.
Tal vez no es la palabra correcta o piadosa; pero qué más da el nombre del cadáver.

Foto de Iconoclasta.

La Luna y su corona, un halo multicolor que la convierte en un sol frío, en un ojo abierto en la oscuridad del cielo.
Un búho cósmico ha abierto un párpado…
Vale la pena alzar la mirada al cielo nocturno y observar a la voluble Luna.
Es tan fascinante que obliga a observarse uno mismo presa de las aleatoriedades de la vida y las cosas malas que ofrece a los que no nacimos en el tiempo y lugar correctos. Y caes en la cuenta de la inmensa oscuridad que eres. Que no luces, no brillas, no hay nada que te corone.
No fascinas.
Sólo te matan.
Y es inevitable pensar en ti como la luz a la que me aferro en mi negritud.
Otra vez…
Eres mi Luna. Ojalá fuera yo la corona que te rodeara, ser tu halo es una de esas imposibilidades que me preocupan: no rodearte entera y hacer de ti una perla en mi núcleo de apagados colores.
Te pienso sostenidamente, perdido en ti; y en lugar de fría y lejana, la Luna se hace cálida como las caricias de los amantes desfallecidos.
Hoy la Luna luce con corona, es su majestad de las noches frías.
El centro de oro en una gélida aurora boreal que la envuelve.

Y alzamos la mirada a la majestad, preguntándonos si conoce nuestra existencia.
Es tan deseable como letal.
Una corona lunar… Podría ser que la Luna se siente alegre o tal vez furiosa, no sé… Depende de la tristeza de mis días.
No sé qué pensar, me pierdo en mí mismo.
Concluyo que a la Luna no le queda bien la corona. Está muy guapa desnuda y blanca. La corona la vulgariza.
No es habitual que luzca como un átomo, el más grande del cielo; pero cuando lo hace pierde la nitidez y la pureza de su piel de plata.
A la Luna la amo desnuda, como tú ante mí.
La Luna y tú nacisteis para ofrecerme un atisbo de la belleza más pura, una condescendencia piadosa para un ser mínimo como yo.
También es fría y me roba el calor de la mirada cuando más falta me hace, cuando hace obvio que estoy abandonado aquí.
Te quiero desnuda, os quiero desnudas y frágiles en mis brazos, sentir así que existo, que no soy inmaterial a vosotras.
Es posible que no quiera corona y se sienta agobiada. Enfadada.
Cansada de protocolos…
Aún así impacta con su corona de poder.
¿Y si la Luna está enojada y muestra su halo de oscuros colores de guerra?
Tal vez se sienta así más sola, encerrada en su propia ira.
Sola e irritada allá arriba…
Con lo bella que es desnuda y blanca, fría y lejana, vanidosa y hostil.
Tanto deseos y sueños que provoca, y tan letal…
Tan árida.
Es el cadáver más cercano a nosotros en el espacio y algunos pretenden hacerla diosa, guardiana piadosa y la personificación de los amantes bajo el influjo de su conjuro de lechoso amor y fría luz.
Quieren verla así porque rechazan la muerte que hay en el universo. Ingenua y cobardemente se obstinan en creer que al morir no mueren y vivirán en algún lugar del cosmos venenoso y congelador.
Los humanos son cobardes y la Luna indiferente a quien vive y muere.
A veces pienso que cuando esté tan muerto como la Luna, mi vapor subirá hasta ella y descenderé en su superficie, como el polvo que la cubre. Y así, tal vez, observe a las cosas vivas de la tierra sin sentir nada por ellos, como si nunca hubiera estado allá, donde he estado muriendo toda mi vida.
Estar sobre tu piel desnuda y ya no esperar, sólo estar en paz.

Fotos de Iconoclasta.

Bajo la lluvia de hojas que la brisa arranca de los árboles, no puedo dejar de pensar que me llueves a pedazos.
Pedazos de amor que caen sobre mí como caricias cálidas y serenas, que crepitan como gotas de agua seca en mi sombrero, pedazos de ti que dan el sonido de tu voz a mi caminar.
Pedazos de amor untados en dulce mermelada de melancolía…
Y quisiera tener ese don de despedazarme y lloverte fundiéndome contigo. Que el viento nos arrastre juntos y tus cabellos sean una vela henchida sin más rumbo que nosotros mismos.
Quiero ser contigo un collage de hojas pequeñitas y revoltosas que tracen nuestros propios senderos de delicados chasquidos.
Pedazos de nosotros…
En algún momento me abandoné a amarte sin medida y se revelaron todos los pedazos de ti ante mis ojos, en todos los lugares. Pedazos de tu cabello, de tus ojos, de tu voz, de tus gemidos, de tu piel toda y de tus cuatro labios que hacen del amor y el deseo, arrebatos de voracidad carnal.
Pedazos de tus pechos oscilando sobre mi boca cuando te clavas a mí.
Pedazos de tu rostro aún somnoliento al despertar.
Pedazos de volutas de humo cambiantes que exhalo fascinado frente a ti con el primer café del primer día contigo.
Despertar contigo es nacer de nuevo, cada amanecer es el primero y es rotunda tu existencia en mis pulmones.
Cada día llueves sobre mí, y te haces eterna como el planeta, sus mares, montañas y cielos.
Miro arriba, al cielo de ramas sobre mi cabeza, e intento hacer pedazos de los besos tiernos que se forman con añoranza en mis labios, cuando arrecias tus hojas de amor sobre mí y mi soledad.
Pero mis pedazos no tienen la musicalidad y la sedosidad de los tuyos. Y suspiro, no por cansancio, sino por mi incapacidad de llover bellamente sobre ti.
No tengo tu poder, cielo.
Misericordia…
Sólo tengo tus pedazos; la certeza de tu existencia y tus palabras grabadas a fuego bajo mi piel, profundamente.

Foto de Iconoclasta.

Si pudiera no amarte, no podría vivir con la angustia de haber perdido la parte más importante de mi vida.
Como la niebla de las montañas es desgarrada por los primeros rayos de sol.
La solución al problema es no ser.
No es nuevo, soy mi propia evidencia.
Soy inexistencia a pesar de mi conciencia que cotorrea constantemente conmigo mismo.
Mi pensamiento está desgajado del planeta, soy ajeno a él.
Yo, mi pensamiento cruel y frío, soy como el cosmos que congela toda vida, toda sonrisa, toda lágrima y toda esperanza.
Tal vez sea que la gélida temperatura de mi conciencia me permite inexistir en este lugar de nada o muerte total.
No me parece mal, no me siento especialmente triste o turbado.
A veces divago que amé; pero es sólo un sueño. No es posible, nací tan frío que murió madre al parirme.
Acepto mi naturaleza, incluso con orgullo desmedido.
Aquí donde las almas que atraviesan la atmósfera terráquea, al entrar en el espacio se cristalizan. Desintegrándose en una muerte muda y desesperanzadora cuando se estrellan contra piedras nómadas o los planetas muertos que llenan el universo de nada y veneno.
Es un fenómeno cósmico de una bellísima tragedia.
Hermoso.
Tal vez soy Dios…

Foto de Iconoclasta

He evocado tus gemidos y espasmos al correrte.
Tu “me corro” como un suspiro agotado y los pezones endurecidos rozando mi pecho al desfallecerte sobre mí.
Y me he mordido el labio hasta herirlo.
Con la boca ensangrentada me he derramado en la tuya.
Y aunque nadie lo pudiera pensar, todo ello ha sido un acto de puro amor.
Porque nadie podía intuir cómo nuestras almas se escurrían por las pieles viscosas de la obscenidad hambrienta y voraz.
Nada es sencillo contigo, cielo.
Y las almas se confundieron la tuya con la mía.
Nos miramos confusos ante el caos que provocamos.
Luego llegó el dulce sopor de las pieles satisfechas.
No podría ahora decir te amo, sería una parquedad injusta.

Tengo el amor tan clavado en la carne que es imposible ignorarlo.
No hay día que esa astilla no se mueva y libere un doloroso placer enrojecido de una delirante esperanza, una ilusión cuasi infantil.
Y sin tocarme, se me derrama un semen como un lamento…
No hay día que cuando sangra al moverse, me libere de la carne haciéndome vapor hacia donde habita.
Soy nubes rectas como flechas, deshilachándose veloces para clavarme entre sus muslos.
Mi puño veloz como ellas fustiga hasta despellejar el deseo del cíclope amoratado y ciego. Mi bálano es un volcán incruento de bebés sin esperanza de nacer.
Amar es una acto de locura y un surrealismo impío que concilia el sueño y la realidad.
Y soy crema cálida desbordándose por su coño…
Mi amor que se hace jirones en el cielo indolora y majestuosamente liberando la energía que la urgencia tiene y haciendo por unos segundos, el pensamiento algodón.
Ser aire, al fin, en sus pulmones.
Porque adonde la carne no llega, el vapor lo inunda.
Si no fuera así ¿para qué existo?
Un semen desembocando a ninguna parte por las laderas de mi pene ardiente…
Solidificándose en frío sin sus dedos que lo templen.
Tengo el amor tan clavado que no comprendo cómo puede latir el corazón.
No entiendo porque quiere latir así…

Foto de Iconoclasta.