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Me asusta Murf cuando lo observo pensativo.
Me asusta cuando comprendo con un vértigo su ancestral y pura sabiduría milenaria. Su naturaleza pura e inviolada.
No como la mía, castrada e imbécil.
Lo quiero más que a mi puta vida.
Pierdo dos latidos del corazón ante la posibilidad que un día pudiera morir y abandonarme a mi solitaria y anodina idiocia.
Si dios existiera y yo fuera crédulo, le rezaría algunas jaculatorias para que me matara antes que a él.
Murf no me necesita, es pleno y sabio. Es de naturaleza libre y autónoma.
Cuando lo observo ensimismado en su pensamiento, su grandeza es aplastante como la ternura que desata en mí.
Soy un mierda, no tengo nada que mostrarle.
Jamás seré una pérdida.
Él sí.
Mi hijaputa pérdida.
No quiero sobrevivirlo. Sin él perdería el contacto y concepto de la libertad y sabiduría innata.
El conocimiento es sólo un maquillaje hortera que cubre la soriasis de las incapacidades e imposibilidades de los que hemos nacido en cautividad, en las ciudades y bajo las leyes que nos convierten en cerdos de granja revolcándose en su mierda con indolencia.
Y si dios existiera… Bueno, ningún dios/muñeco tiene poder sobre Murf; su sabiduría rechaza toda superstición humana.
Toda piojosa mentira.
A lo sumo, Murf es poesía orgánica.

¡Qué imbecilidad! Puedo estar quieto y secreto durante horas disfrutando de mi pensamiento y su imaginación.
Estoy inmóvil observando el humo del tabaco durante horas sin asomo del temor mezquino y político-religioso de “estar perdiendo el tiempo”.
Ninguna especie animal siente perder el tiempo por simplemente existir. No nacen con deberes que cumplir, ni amos y gobiernos que cebar cada día más con la propia vida. Simplemente son y actúan en consecuencia.
Y yo.
O no actúan, sin complejos idiotas o filosofo-doctrinales.
No debo explicaciones a nadie, ni a dios si existiera, de mi quietud.
A nadie le importa una mierda lo que hago con mi vida o tiempo.
Sin embargo, los hay que deben obediencia al estado/dios que, sólo acepta la quietud de una res humana cuando apenas le queda un instante de vida, cuando agoniza y no tiene nada que ofrecer al estado/dios, sino gasto.
El criminal estado debe pagar por sus asesinatos lentos de “no perder el tiempo”, por ese control psicópata que ejerce contra la casta paria esclava o asalariada que pudre toda alegría y bienestar.
Todo atisbo de libertad.
El mal endémico de toda sociedad humana está en que no muere el que debe, no lo suficientemente rápido. Y así se reproduce y eterniza en aristocracias teo-políticas sin pausa, con miedo a perder sus endogámicos privilegios y las rentas que el tiempo de los esclavos les proporciona.
Así que si sientes perder el tiempo al no hacer nada, cuelga tu diploma de cabestro servil del año en el salón, para que todo el que te visite sepa qué eres por si le pudiera quedar alguna duda.
Mierda…

Foto de Iconoclasta.

Es buena la ira que embrutece al asfixiado, al extorsionado, al humillado.
La ira es la muestra palpable y rugiente de lo que aún somos: humanos salvajemente libres por pura biología, instinto territorial y supervivencia.
La ira nos hace ajenos a los dogmas y acoraza contra las extorsiones “legales” del estado/dios que no puede combatir en la liga de la ira porque el estado/dios está cimentado en el pensamiento excrementicio: es mezquino y cobarde, avaro y corrupto.
La ira desatada es la mayor expresión de libertad del ser humano: sin control, sin interés, sin razonamientos morales o legales, sin temor a las consecuencias que no importan cuando la humillación y el control llenan todos los minutos de la vida.
La ira es orgánica, electroquímica humana; reside en el cerebro profundo al que ni dios ni el estado pueden llegar para aplacar con embustes que huelen a mierda.
Es un suicidio de valientes, libres. De seres humanos con sus cerebros y genitales intactos, no castrados.
En una civilización cada día más represora e invasora de la intimidad del individuo y corruptora de la biología humana misma, la ira es juez y verdugo. El valor bruto y ancestral de todo ser humano que el estado/dios veja y esclaviza.
Cuando el control te ahoga y se te arrebatan tus más simples placeres para mostrarte quién manda, la bestia emerge porque todo está perdido en tu vida y te han acorralado. Sólo queda la opción de la violencia contras las letales, mierdosas y humillantes leyes y decretos.
Y dices destilando una baba furiosa: “Es mi vida y hago lo que me sale de la polla”.
Es la razón de que las guerras tengan éxito entre los seres humanos estabulados en las grandes granjas de crianza humana o ciudades y por ello, sean largas; por mucho que una manada de cobardes se manifiesten contra ellas.
Nadie frena una guerra a pesar de los miles de muertos.
El estado/dios reconoce la necesidad de la libertad biológica humana: las guerras y su carta libre para cazar y matar entre seres humanos, sin ley ni control, servirán para rebajar el nivel de hostilidad de la población que humilla, miente y esclaviza.
Ante un estado/dios desatado en sus prohibiciones, matar se convierte en un regalo. Y será el estado/dios quien inventará un enemigo inexistente contra el que dirigir la violencia salvaje, la ira, que con su ignorancia y negligencia ha cultivado en el tejido social.
La ira, la violencia sin ley, ni control, ni juicio.
La posibilidad de morir en libertad y por la propia sacrosanta voluntad es una expectativa mayor que el amor por los hijos cuando la ira estalla, harto de comer la misma mierda de pienso en la granja de puercos humanos, las ciudades insanas para la mente y la ilusión. Tóxicas para la naturaleza e idiosincrasia humana.
Lo que traumatiza a los humanos adultos no es la guerra, sino su fin, la paz. Que es el fin de la libertad en la que se ha vivido durante meses o años. Una libertad en la que han matado sin control a amigos y enemigos según su propio criterio, según su propio deseo. Sin que ningún placer les haya sido vedado.
Perder la más salvaje libertad es el origen de la cacareada psicosis de guerra.
Los muertos son trofeos.
La ira es más placentera que el follar.
Sin control, sin el estado/dios subido en lomo sodomizándote un día y otro y otro y otro…
Es algo, la libertad, que cada día importa más. Y cuando empiezas a sentir necesidad de libertad observas los altos genitales del estado/dios sobre tu cabeza y piensas con sabiduría ancestral, que es el enemigo que abatir, la amenaza a tu vida digna. Y ahí está nuestro gran super poder: la ira.
Algo por lo que vale la pena morir y la ira, te empuja a hacerlo sin mentiras, con la sinceridad total que hay en tu sabio pensamiento instintivo.
Porque vivir en vejación no es vivir.
Y muerto, porque te matarán, tus actos quedarán impunes. Los cadáveres no son responsables de aquella ira y sus muertes o agresiones. Y la carne está vacía de ira y vida.
Se mata porque es más fácil que respirar en la asfixia.
No existe nada comparable a la salvaje libertad de la ira y su ausencia de cobardía, por mucho que pontifiquen los lelos que la ira te hace esclavo de ti mismo.
Y una mierda.
Cuanto más te pisan el cuello la ley y el control, más placentero resulta surgir de la naturaleza atávica propia y estallar.
Morir en la ira será un acto lógico y asumido, no importa ya la vida, importa el acto en sí, la respuesta al control, a la asfixia, a la vejación.
¡Oh, la ira!

Esa cosa… Ese dios que atesora todo el dolor del universo para verterlo sobre sus criaturas y matarlas (a vosotros crédulos pecadores) y transformarlas en sus lujuriosos ángeles.
Seres que lleguen a él para adorarlo en esa eternidad suya que lo pudre y enloquece.
Nadie tiene derecho a la alegría si respira, es la ley de vuestro dios esquizofrénico.
Del asno celestial.
Morir para alcanzar la serenidad, la plenitud, la verdadera luz…
¡Qué pedazo de cabrón vuestro dios!
Si existe ese puerco que vierta también sobre mí su dolor de mierda y me mate ahora mis…

Montaje de ilustración de Iconoclasta.

Sufro un problema dimensional.
Mi vida resultó fallida, me di cuenta en el momento en el que me materialicé en esta dimensión de estructuras moleculares imbéciles, chocan unas moléculas con otras, se hacen sangre y sonríen entrecortadamente con los dientes ensangrentados.
Hay un sinfín de dimensiones decentes y tuve la mala suerte de que me tocara nacer en ésta, en el que todo está mal hecho, incluso una gran multitud de seres humanos que la habitan están mal construidos y les salen bultos de todo tipo o se mueren porque algo se les pudre dentro; cuando era niño pensé que mis huevos eran tumores, me llevé un gran susto hasta que el pediatra díjole a mi madre que sólo eran unos cojones enormes y que sería un buen semental si dios quiere.
Esto es una gran mierda.
Por lo que he aprendido y experimentado a lo largo de los años de encarcelamiento en este lugar idiota, lo estropea todo el hecho de que cuatro subnormales inventaran unos dioses a su imagen y semejanza cerduna y unos cuantos mandamientos que luego los convirtieron en “leyes”; y para mayor inri, pregonaron que eran ellos la creación de dios, ergo son divinos.
Y aquellos pobladores idiotas que apenas eran capaces de caminar erguidos sin arrastrar las manos por el suelo, repitieron la palabra fetiche que comparten todos los ritos y mitos religiosos en todos los idiomas, tiempos y lugares del planeta: amén.
Los primeros hechiceros que luego evolucionaron a religiosos o sacerdotes, luego a emperadores, reyes y por fin a políticos que pomposamente en la actualidad gustan de alardear de “jefes de estado”, cuando sus monos aprendieron a decir amén con soltura, naturalidad e irritante iteración, se dijeron que como el pueblo ya estaba amaestrado a todo lo que el hechicero predicaba: “¿Por qué no inventamos unos pecados o delitos y las leyes para condenarlos y castigar a estos gilis? Cometerán sus pecados, los condenaremos y nos quedaremos con lo que tienen, incluidas sus crías, sean hembras o machos”.
Así es la dimensión imbécil que me ha tocado. No puedes moverte por el planeta sin dar con un subnormal (feligrés votante o contribuyente) que diga “amén”, “reciclo” o “me quedo en casa”.
Es como una grotesca pesadilla de la que no se puede despertar.
No hay forma de escapar de esta dimensión de la deficiencia mental molecular.
Cuando se nace en una mierda, en una mierda te mueres.
Sería imposible que un idiota de esta dimensión sobreviviera en una dimensión decente, lo usarían de combustible.
Tras miles y miles de años, no se han enterado aún del cuento: las divinidades son alegorías infantilizadas de los hechiceros, sacerdotes, reyes, ministros, jueces y tiranos; del estado en definitiva.
En el instante en el que me materialicé, noté como la vida se me pudría en este cuerpo cárnico.
Es toda una experiencia que le deseo a mis hijoputas enemigos.
Hay un paralelismo tan obvio entre el estado y los dioses de las “sagradas escrituras” (de toda secta religiosa), que requiere de una gran voluntad ser tan sumamente imbécil para no ver esta escandalosa y llamativa semejanza. Es obvio que estado y dios son igual de puercos.
Y en esta dimensión no se enteran aunque los muelas a palos, de que las “sagradas escrituras” son burdas fábulas infantiles del estado escritas con un gusto y arte del nabo.
En esta dimensión son ciegos, sordos a la frecuencia de la razón y deficientes mentales para llegar a una conclusión, a la más sencilla.
Cuando te has habituado a esta imbecilidad que te oprime el resorte del odio y la violencia, observas ya sin asombro que en esta dimensión pútrida la imbecilidad es la gran virtud humana. Y cuanto más idiotas y mezquinos son los votantes o contribuyentes, más oportunidades tienen de medrar en su sociedad.
O sea, viven en una eterna olimpiada de la estupidez; no existe ninguna otra actividad con tantos récords como esta competición idiota de la dimensión imbécil.
Estoy abandonado…
Y si el estado les envuelve un excremento con papel infantil de colorines y un lacito; y además da un sermón sobre sus propiedades terapéuticas y jocosas, se comerán el trozo de mierda con glotonería y se chuparán los dedos. Y dirán amén con una sonrisa pletórica de mierda entre los intersticios dentales.