Posts etiquetados ‘prosa dramática’

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¿Qué más quieres? ¿Para qué buscar más si ya estás?
Es lo profundo del mundo, un camino a ninguna parte.
Es como morir: no has de esperar nada.
Y morir no da miedo porque has ido muriendo día a día.
Sin apenas sentirlo.
Lo has hecho todo y lo que aún puedas aprender es intrascendencia pura.
La ausencia de humanidad es un camino oscuramente bordeado.
Magnético, irresistible.
Tristes árboles desnudos hacen cortejo a quien camina en la senda tranquila, cuyo sobrio silencio es el final. Y es infinito, y por lo tanto el gran momento, indefinido.
La senda es presagio, es la certeza. Lo ineludible.
No hay sitio mejor para acabar, salvo el vacío del cosmos.
Ambos te atrapan con su profundidad, una vez has entrado en ellos ya no hay retorno.
¿Y quién quiere volver?
Que los cuervos te saluden, que canten el presagio que no quieres escribir en tu cuaderno secreto.
Porque lo que se escribe es ley y se hace real. O tal vez, al escribir lo real, lo absoluto, no hay sueño que te pueda consolar. Saber tiene un coste de vida.
Escribir tu propia profecía no es algo popular.
Pero se impone la disciplina y es inevitable que el oráculo se cumpla cuando el pensamiento adquiere dimensión, color y tacto.
Y así escribo esto a un paso de iniciar el camino, porque es muy posible que no tenga oportunidad o tiempo.
El papel cruje como las hojas secas y muertas que tapizan la senda rumbo a la corrupción de la carne, a la evaporación del pensamiento.
Es la última aventura, el encuentro con la nada, la meta.
Una indolora e indiferente demencia es el sonido de la muerte que pisas.
Muerte pisa a muerte.
Y dan ganas de reír por lo absurdo.
Ahí está lo que nadie busca, lo que nadie quiere ni oír. Lo que cualquier ser humano se esfuerza en obviar.
Las oraciones no son poderosas, no protegen. Solo son lamentos que hacen de la vida fe y de la muerte vida. Algo tan ingenuo como plantar judías mágicas que te subirán a un mundo entre nubes.
Y otra vez, y otra, y otra: la ingenuidad nace de la ignorancia y la ignorancia alimenta la cobardía y la cobardía se intenta ocultar con la fe, y la fe da alegría de vivir y no es posible morir si tienes fe y por lo tanto, ignorancia e ingenuidad. Los cobardes no mueren, solo se transforman. Porque son energía, dicen.
Un circulo repetitivo, vicioso y cerrado solo apto para millones de seres humanos.
Y no estoy entre ellos.
Así que voy derecho a la no transformación y a la no resurrección, no voy al cielo ni al infierno.
Dejar de ser es más sencillo que cualquier otra cosa. No es necesario complicarse más.
Si vives demasiado, buscas muerte pura. Es el antídoto al hartazgo.
Y…
Y ya.
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Los perros ladran excitados invisibles dentro de la montaña.
Un estampido se queda suspendido en el aire como el único sonido posible rebotando entre árboles, cosas, seres y nubes. Luego, un par de berridos que provocan un escalofrío y un asomo de pena.
El ruido de la muerte es inconfundible y común a todas las bestias de dos, cuatro o cien patas.
Carece de importancia la fecha, si es navidad o carnaval; o alguna celebración de independencias y libertades.
Cualquier día, cualquier instante es bueno para morir.
La muerte no es costumbrista ni tradicionalista.
Por eso se crearon celebraciones: para conjurar el miedo a la muerte. Para hacerse la vana ilusión de que en un día señalado no se puede, no se debe morir.
Afortunadamente se equivocan. La muerte tiene trabajo y cumple su cometido sin emotividad alguna.
Adoro su pureza.
El jabalí asiente, me da la razón segundos antes de que el cazador entierre la hoja del cuchillo en su cerviz y lo desconecte.
Un hombre pasea y me dice: que aire más puro, da gusto caminar por aquí. Le digo que sí; pero me callo decirle que lo único puro es la muerte.
Pienso en la pureza y en un himen que desgarré hace centurias.
Como si la sangre fuera el nexo común entre muerte y vida.
Pero la muerte es mucho más profunda, menos banal que una sangre desleída que mana del coño deseado y bautiza mi pene.
Dicen que feliz navidad.
Bueno… Al fin y al cabo, quien lo dice aún no ha muerto.

 

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He visto el hielo en las piedras de un viejo muro de más de cuatro siglos.
El sol no alcanzaba a evaporarlo, como si el muro cobijara al hielo y éste enfriara y diera de beber a las secas y viejas piedras cansadas.
Son buenos amigos que se hacen compañía.
Todos esos siglos los han unido.

Debe haber un tiempo secular determinado para que las cosas más extrañas traben amistad entre ellas.
Y entiendo porqué amo y odio con idéntico placer e intensidad y nada me frena.
Con entusiasmo, lo mismo que construyo, destruyo.
Debe ser que soy más viejo que el muro y el planeta me adora por la pureza y la total ausencia de escrúpulos en mis emociones.
He cumplido una edad secular y el planeta adora mis emociones de amor y destrucción.
Al fin y al cabo soy hijo suyo: un producto de este lugar que flota en el cosmos.

Soy fuego y hielo.
Hierba y piedra.
Agua y tierra.
Soy perfecto, equilibrado en maldad y bondad puras.
El universo me quiere, es mi amigo a pesar de mis aberrantes pensamientos.
Tan viejo como él mismo.
Por ello aún vivo.

No tengo reparo en odiar por igual al más rico o al mendigo que más sufre. No prostituyo mi ser por nada ni por nadie.
Soy muro y hielo que avanza hacia una muerte que no pide ni necesita arrepentimiento alguno.

No existe el examen de conciencia en mí. No soy conciencia, soy consecuencia. Soy un acto continuo perfecto.
Cada acto cruel, cada detestable pensamiento, que he ejecutado y hay en mi cerebro, es la perfecta consecuencia del universo.

Podría ser más hermoso; pero nada es perfecto.
Y lo perfecto hastía.
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Prometí no llorar

Publicado: 31 julio, 2015 en Reflexiones
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Prometí no llorar

He fallado.
¿Qué ha pasado?
Prometí no llorar. Y ahora no puedo parar, joder.
¿Qué hubiera pasado si alguien me ve?
Algo está mal, muy mal.
Se me pudre el alma por dentro, duele algo muy profundo a lo que no puedo llegar.
Si alguien hubiera estado a mi lado, hubiera sido vergonzoso.
¿Cómo ha podido ocurrir? Me he doblado con un vómito y las lágrimas se han caído de mis ojos, era como si perdiera el alma con ellas.
Qué miedo. ¿Y si alguien me hubiera visto? ¿Cómo le explicas que de golpe te atacan los miedos y los dolores y las lágrimas manan imparables? ¿Cómo explicas lo que quedó atrás y lo que quedó muerto?
¿Cómo le explicas que algunas cosas salieron mal?
¿Cómo explicas que unos te quieren por unos actos y otros te odian por los mismos?
Que te sientes rasgado en dos.
Ya no estoy entre nadie, no debería ocurrir.
¿Cómo explicas que te duele la vida de repente? Qué hay pasados que a traición te clavan un alfiler en la rodilla.
Que hay un presente en el que caminas solo y crees estar a salvo de cosas que duelen porque te mantienes al margen de la vereda, por donde nadie anda.
Hay futuros en los que no necesito pensar, porque son tenebrosos como boca de lobo.
El café me ha caído mal en el estómago, debe ser eso.
Sentado en la silla de la terraza del bar, he doblado el cuello hacia atrás para ver el cielo.
Una mujer me ha mirado extrañada, porque he suspirado al sentir el peso del aire en el rostro.
Me gusta mirar al cielo y sentir su presión en el rostro. Es mi momento de libertad, creí tenerme controlado. Lo hago a menudo, es como desconectar de la realidad. Solo funciona a cielo abierto.
Perdón, he fallado, prometí no llorar…
He visto que las nubes se movían veloces y he querido ir con ellas, pero me he encontrado clavado a la silla.
No me acordaba de mi imposibilidad y he sentido vergüenza de mí.
Ha sido un mareo repentino y un sudor frío en la frente, me he levantado como si padeciera un dolor y he caminado todo lo rápido que he podido hacia mi casa.
«Voy a llorar… No por favor, ya ha habido bastante. Por favor…».
Intentaba controlarme por el camino.
«Aguanta, allí no hay nadie»
He abierto la puerta de la casa y ya no he podido más.
Prometí no llorar, ser fuerte.
Soy un mierda.
Y mira lo que has hecho, el suelo está perdido de lágrimas. Hay rostros en ellas, como si fueran bolas mágicas de cristal. Y hay lágrimas claras que confortan con su claridad.
Dan sosiego.
Ahora llueve y moqueo como un crío.
Me tranquiliza que el cielo llueva conmigo, es como si me hiciera compañía. Me dice: «¿Ves? Yo también lloro y no pasa nada» . «Llora tranquilo, todo está bien»
Y le creo.
Lo escucho con cariño… Es un buen tipo el cielo.
Los que lloran deben estar solos, porque asustan con su llanto repentino a los que aman y les aman.
Los llorones se han de desterrar a tierras lejanas y remotas.
¿Qué hubiera pasado si lloro en la calle, ante todos? ¿O ante alguien a quien amas?
La haría sufrir…
«Vamos, llora tranquilo, de verdad, no pasa nada».
Ya va pasando…
La música hace bien. El tabaco me templa.
Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano y miro en la casa, con miedo a que pudiera haber alguien escondido viéndome llorar.
Ya pasó…
Maldito cielo que me doblas y haces de mí un niño llorón.

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Tres horas

Publicado: 5 junio, 2015 en Reflexiones
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Tres horas

Tres horas sin cruzarme con un solo humano, tres horas sin escuchar más que el ruido del bosque, de mi respiración y pisadas.

Tres horas de liberación, en las que he dudado que conservara mi capacidad de hablar.

Una ardilla de cola roja ha corrido delante de mí, sin miedo.

Y un águila a un millón de metros de altura, daba círculos buscando qué cazar.

De vez en cuando algún animal grande hacía ruido en lo frondoso, invisible. Yo observaba sudando lo oscuro, pero solo presentía la presencia de algo que contenía la respiración.

Está bien, es más de lo que he visto en otros tiempos y lugares. Es mejor.

La libertad estaba servida, sabía que yo era de aquí, de las montañas, de lo salvaje, de lo cansado.

El dolor de la puta pierna apenas molestaba, es mi compañero, me hace caminar despacio y observar todo con minucioso detalle, gracias a la podredumbre de una pierna aprendo más allá de lo que veo en lo salvaje de las montañas.

Observo tragedias, observo a los animales calientes por reproducirse, a los animales hambrientos. No es gracioso, ellos sufren y viven el nerviosismo de la incertidumbre, como yo.

Y sigo subiendo hasta llegar a la más alta de las torres de la línea de alta tensión.

Los humanos están abajo y yo les obsequio el sudor que gotea de la visera de mi gorra empapada.

El reloj marca 970 metros de altitud, no es demasiado si no eres un lisiado.

Los tarados tenemos récords mucho más humildes de mierda.

No hay más donde subir y la pierna parece que da gracias a los duendes del bosque.

Dejo que el sol haga arder la piel de mi torso, al fin y al cabo, las bestias no llevan ropa. No cuesta nada soñar con la brutalidad y ceder a ella.

Tengo una buena tolerancia al dolor.

Y cuando el cuerpo pide bajar, llegar a casa, mojarse, beber, comer. Me dejo deslizar abajo, es fácil pero más doloroso que subir, los tendones se irritan tanto…

Y mi mente resbala también hacia lo más profundo de la conciencia y padece una revelación: ahora ya sé dónde ir a morir cuando llegue la parca. Porque uno sabe muy bien cuando va a morir, salvo si se le parte el corazón o se asfixia durmiendo. Lo supe una vez y lo sabré de nuevo.

Lo saben los animales de aquí y los elefantes, dicen que tienen sendas de la muerte.

Pues yo soy un elefante, coño.

Y sacaré fuerzas para morir en la montaña, caminaré con ese bastón de mierda montaña arriba hasta que escupa sangre por la boca, o la mee. Hasta que lance un ronquido como mi padre cuando su corazón se partió y caeré en mitad del sendero.

Sea joven o viejo, me la pela, yo no me muero aquí entre ladrillos y asfalto.

Y llevaré agua, por si la agonía es larga, y una libreta y un bolígrafo para intentar contar como muero. Y por supuesto una cajetilla de cigarros y dos encendedores, uno de repuesto.

Hace ilusión morir si se convierte en un acto de libertad y libre albedrío.

Ya lo tengo todo claro, ya lo sé todo.

Todo cuadra.

Solo me queda tener algo más de suerte de la que he tenido hasta ahora para un buen morir.

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Estudio del peso y tamaño de la tristeza

Se pueden escribir y describir las tristezas, enumerar, clasificar por motivos y por sensaciones innombrables, situarlas en el tiempo y el espacio; pero las palabras no pueden describir con claridad y precisión ese momento en el que los dedos se crispan sobre el corazón para dar un consuelo que no será posible, para detener esa hemorragia de pesadumbre que es obscenidad para la vida y la alegría.
Es un instante que dura un segundo, un fracción de segundo en el que el dolor es tan grande que nos aboca a la locura y la confusión.
Si alguien observara esos dedos crisparse en el corazón, apartaría la mirada como si fuera contagioso; porque conocemos ese instante caótico donde la tristeza se hace física y dimensional, nos ha atacado en algún momento de la vida. Y no queremos eso, no queremos siquiera, aproximarnos a ese estado.
Los dedos crispados nos hacen leprosos a otros humanos.
El corazón quiere otros dedos, otras voces y otro calor.
Y los dedos, confusos, hacen lo que pueden.
Pobres dedos vacíos que pretenden sosegar todo eso, se romperán al retorcerse escarbando en el pecho para sacar ese tumor del corazón.
Como si los pensamientos dolientes se hicieran piedras, algo físico.
Y buscan los dedos en el aire donde un día hubo un cariño en un pagano ritual ancestral que habla con el aire.
Hacen falta medios más técnicos y avanzados para llegar a esa descripción, a ese momento de enajenación en que el pensamiento duele tanto que los dedos creen que algo se rompe en el corazón.
Se necesita una cámara ultra rápida que pueda fotografiar en la completa oscuridad con una alta velocidad de obturación, se precisa por ello también un diafragma de una luminosidad indecente, para poder abrirlo al máximo y tener la menor profundidad de campo posible para que los dedos sean los protagonistas de ese momento de insania. Se necesitaría una película de un grano ultrafino capaz de captar el vello de los dedos en esas condiciones.
No servirían los infrarrojos, porque convierten la piel en algo que no es. Y no somos seres que viven en la oscuridad, somos seres que morimos solos y en la oscuridad, a salvo de la vergüenza de la luz.
Los infrarrojos nos convertirían en murciélagos, nos robarían trascendencia y no quiero eso.
Se necesitan unos ojos claros libres de lágrimas que puedan enfocar todo ese pesar.
Tal vez sea mejor así, sin fotografías, sin grandes medios. Que jamás nadie pueda retratar el descontrol y la paranoia en el que nos deja sumidos la tristeza.
Que baste pedir un tiempo de soledad y que nadie nos vea.
Baste decir que a veces duele tanto la vida, que no tiene sentido respirar. Que nos otorguen el beneficio de la palabra y nos libren de la humillación de una cámara de cien mil millones de megapixels.
Que me entierren cerca de las piedras viejas que dan testimonio con su milenaria vida que no fui el único loco que crispó los dedos en su pecho confundiendo alma con materia.
Porque sé que no saldré vivo de este dolor, los dedos lo intuyen.
Se rompen las uñas y los huesos.
Hostia puta, qué daño…

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El juego del escondite

Ahora que soy mayor, quiero jugar de verdad al escondite.
Que alguien cuente hasta cincuenta y me dé la oportunidad de esconderme. Buscaré deprisa un lugar en la penumbra, donde estar aislado. Cualquier cosa que me libere de ser visto, de estar vivo e interactuar. El escondite es un juego de esperanza para la búsqueda del sosiego y la paz.
La gente no busca esas cosas, solo yo, que soy extraño.
Cuando te escondes, es morir, porque dejas de existir para otros si lo haces bien y no te encuentran.
El juego del escondite es un ensayo preliminar a la muerte.

Uno, dos, tres, cuatro… Y busco con ilusión el mejor lugar, no temo al ridículo, quedan aún muchos números para madurar y reconocer qué soy. Busco un lugar donde hayan vehículos destrozados con láminas metálicas cortantes. Nadie te busca si hay demasiado peligro.

Cinco, seis, siete, ocho, nueve… Un momento de duda ¿Y si me escondo mejor entre la vegetación? Es menos peligroso, pero no sería lo suficientemente dramático para mi gusto.
Diez, once, doce, trece, catorce… Hay un pozo por el que dejarse caer; pero sería morir de verdad. Recuerda, es solo un ensayo, no es necesario mayores daños; tendré suficiente con saber que desaparecer no es un trauma para nadie. Solo una efímera sorpresa. Hay tiempo de morir, no debe ser causa de aflicción cuando juegas.

Quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve… Yo tuve diecinueve alguna vez; pero estaba demasiado triste y ocupado con llorar y trabajar como para maravillarme de la libertad de ser adulto e independiente. Solo era consciente de que la gente muere y esclaviza. No tuve la feliz idea de jugar al escondite.

Veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés, veinticuatro, veinticinco, veintiséis… Si pudiera cavar rápidamente un hoyo en la tierra sería el ganador eterno del juego. Respiraría por un trozo de paja a través del barro que me cubriría mientras unos gusanos cubren mi cuerpo. No tengo tiempo para eso; pero desearlo tiene algo de macabro.

Veintisiete, veintiocho, veintinueve, treinta, treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres… El tiempo pasa rápido hasta para esconderse. Me gusta la voz que recita los números, tan lejana, tan inocente… Esperando descubrir su ojos para encontrar a alguien, como si eso fuera buena cosa.
No imagina que soy un jugador oscuro y denso sin alegría alguna. Alguien que no gritará de sorpresa ni con alegría por haber sido descubierto.

Treinta y cuatro, treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve… Trepo a un árbol. Me hiero una mano porque alguien clavó hierros en el tronco. Observo caer la sangre de la palma de la mano, me gustaría saber si he interrumpido una línea de vida o amor. Algo importante. La voz que cuenta es un eco cada vez más lejano que parece venir hacia mi horizontalidad con verticalidad. Es curioso que la muerte sea horizontal y la vida vertical. Ahí está la secreta forma y proporción del esfuerzo y el descanso. La sangre no es vertical, solo se expande por la tierra y se enfría rápida, como el semen.

Cuarenta, cuarenta y uno, cuarenta y dos, cuarenta y tres, cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco…
Me siento en el lugar donde han caído las dos gotas de sangre, las dejo entre mis piernas. No sé en que número está la cuenta. Solo interesa que las gotas han hecho dos cráteres en el polvo y desaparecen con rapidez. La tierra tiene sed. Un gato llega, se sitúa entre mis piernas y se tumba encima de la sangre. Ronronea con la panza arriba y es suave…
No le importa la sangre, ni el escondite. Solo quiere ser confortado. Me enseña que las cosas no tienen porqué ser difíciles.

Cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve y ¡Cincuentaaaaa! Grita triunfal la voz desde allá arriba, porque la vida está arriba y la muerte abajo. Es un hecho.
Los muertos lo demuestran por mucho que los quemen.
A menos que un día lancen los cadáveres al espacio y así vendernos viajes en atmósfera cero para el día de los muertos. La muerte puede tener el atractivo de un parque de atracciones, solo es cuestión de marketing. Bastaría meterles un circuito integrado y un pequeño propulsor en el embalsamado ano para tenerlos localizados y en órbita geoestacionaria. Los niños a través de las ventanillas de la nave, podrían disparar con pequeños punteros láser e iluminar sus muertos.
Aún así, siempre los muertos están por debajo nuestro, no hay forma de mirarlos hacia arriba aunque parezcan zepelines, la falta de vida da esa perspectiva.

Viene corriendo hacia a mí, es una mujer hermosa, más hermosa de lo que como hombre puedo merecer, así que bajo la mirada hacia el suave pelaje del gato. No ambiciono cosas fuera de mi alcance, no usurpo edades que no me corresponden.
Se detiene e intuyo que ya no sonríe, simplemente nos observa al gato y a mí en silencio durante unos segundos para irse corriendo en la dirección opuesta en la que vino.
— ¿Dónde estáis? —pregunta con ilusionada voz infantil.
Las niñas bonitas no quieren tristezas, las niñas bonitas no quieren pensamientos adultos, porque es mejor ser joven toda la vida. Porque los tristes son siempre viejos, son feos. Y las niñas bonitas son siempre jóvenes.
También hay niños jóvenes toda la vida, solo se trata de este momento; de este lugar. Es meramente accidental que cuente una niña. Hay de todo y lo que abunda, lleva el sello de la banalidad.
Acariciar ese pelaje del gato es estar muerto y observar la superficialidad que quedará en toda la tierra cuando no respire. Es oír las risas de los encontrados y los que encuentran sin que ellos mismos puedan identificar la causa de esa alegría.
Soy extrañamente ajeno a esas risas, soy ajeno a todo.
No me siento especialmente feliz por los que juegan y pierden al ser encontrados.
Está bien, morir no será una gran pérdida. Aunque no hacía falta jugar para llegar a esta conclusión.
A veces soy un ingenuo, que más que esconderse busca tener la importancia de ser encontrado. No siempre tendré el valor de confesarlo; pero ahora que nadie me encuentra, nadie me oye, puedo hablar horizontalmente conmigo mismo.
Estoy a salvo de la indignidad.

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Las ilusiones

Las ilusiones no son como la energía, hay cosas que se destruyen sin más, no se transforman. No habrá una forma de energía volando por el espacio con el estigma de nuestra ilusión convirtiéndola en una ameba de otro sueño.
Lamento ser aguafiestas, pero el dolor, la frustración, el desasosiego y el rencor de los sueños rotos no pueden calmarse con los restos deshilachados de las ilusiones, porque no queda ni rastro de ellas.
Los físicos son ingenuos, son fantasiosos, tal vez deberían experimentar el dolor. Ese optimismo hace daño…
Las lágrimas no son energía transformada, es una reacción alérgica a la pena.
Dicen que quien llora no mea. No me gusta esa vulgaridad, no me gusta sacar mi pene y ver que es un animal triste, que es algo que expele suciedad nada más.
La ilusión lo pone duro en su boca, en sus pezones, entre sus piernas, dentro de su coño, en su vientre soltando su carga de amor cremoso; en su piel para que contraste lo blanco con su tono tostado.
Y si el sueño se rompe, no hay transformación alguna, el hueco que deja la ilusión lo llena el desánimo, la ira.
Mi ira salvadora que impide que llore en rincones oscuros a salvo de la luz delatora.
A salvo de miradas viciosas que me observan masturbarme en un llanto. Expeliendo un semen calmo, que escurre por mis muslos y se enfría más rápido que un cadáver.
Las ilusiones tienen la propiedad de autodestruirse sin dejar rastro. No volarán como cometas, esos símbolos que indican que el sueño de la libertad está sujeto a un hilo que se puede romper y arrastrarnos para destrozarnos inevitablemente contra la tierra de nuevo.
¿Alguien ha visto el humo de las ilusiones incineradas? ¿Una piel reseca en el suelo de lo que era un sueño?
No hay transformación, tiene que haber un vacío que se alimenta de esos sueños, tal vez con el tiempo se convertirá en un agujero negro donde nada se transforma y todo es devorado, como un intestino ciego.
Es igual, que se desintegren, tenemos más ilusiones por crear.
Mira mi erección, es mi sueño, eres tú.
Otra vez.
Intransformable, inviolable, inmutable. Esta ilusión se desintegrará, jamás degenerará con una transformación. Se esfumará pura, no se convertirá en un resto que apeste, que ridiculice lo que un día fue.
La idiosincrasia de las ilusiones, es que no se convierten en mierda. Desaparecen y se crean otras, sin vicios, sin dobleces. Sin que haya cambiado su composición química.
Estamos locos, mi amor, todo se transforma a nuestro alrededor y nosotros lo hacemos desaparecer.
Somos derrochadores, si lo supieran los verdes…
Somos prestidigitadores de las ilusiones, solo que no hacemos de un pañuelo una paloma; lo desintegramos y el público aplaude angustiado ante la tragedia de una ilusión evaporada.
Somos crueles soñando y dilapidando ilusiones, cuando todos las atesoran como si fuera la única que han podido y podrán tener.
Y sonreímos a los angustiados esperando la nueva , la próxima que será despedazada también para desaparecer.
Tal vez eso nos haga vivir como dioses creadores que crean y destruyen.
Y nuestra capacidad para escapar de las leyes físicas, las leyes terrenas.
Mira mi mano, mi amor, otra ilusión creada para ti. Otra ilusión para vivir hasta que desaparezca.
Y sin embargo, hay una excepción: tú. Eres mi sueño eterno que nunca desparecerá.

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Desintegración

Desaparecer, no ser, no estar… No hablo de morir, aún no hay suficientes células convencidas de que es la hora. Yo quiero otra cosa, quiero desintegrarme; o sea, desaparecer temporalmente con cierta elegancia.
Y me refiero a este aquí, a este ahora y a mi cuerpo.
Nada tiene una solución por partes, ha de ser completo, todo a la vez. Más rápido que un infarto, más que una bala. Ha de ser a la velocidad de la luz.
Es que el tiempo pasa y me muero.
El cuerpo no se puede abandonar, en ese cerebro está todo lo que quiero, lo que espero, lo que imagino.
Y estas manos tan grandes son para tocarte mejor…
El aquí son unos cables anudados en mis testículos y eso no me deja saltar sin sentir un dolor que no puedo dominar. Pienso que mis cojones no son importantes, no acaba de convencerme la paternidad, porque no soy buena persona, no tengo nada que aportar a un hijo. Con el pene me basta; pero el sistema nervioso no acaba de estar convencido y transmite el miedo al dolor testicular que es el tópico de los tópicos. Me siento como un globo con cordel en manos de un niño que se ha bebido el café de mamá y de papá.
El ahora es una esquizofrenia, una sucesión de visiones terroríficamente desoladoras en su claridad, en su estabilidad: el sol sale siempre por el este, siempre quema mi cerebro al mediodía y por fin se va a tomar por culo por el oeste, tan tranquilo después de haberme hecho sudar para absolutamente nada.
No hay saltos en el tiempo a pesar de haber leído de ellos con ilusión.
Queda desintegrarse, disgregarse o diluirse en el aire, sin morir. Con el organismo intacto.
Lo cierto es que todo se desintegra, el amor, la ilusión, el dolor, el desánimo.
Y luego se integra otra vez, como una broma de mal gusto. Y vuelvo a caminar por senderos de gloria y mierda, sin importar cuantos cientos de veces lo hice.
La gloria está bien, la mierda es el problema principal.
Esas desintegraciones tienen el valor de lo cotidiano, más de lo mismo. Eso son repeticiones simplemente, no se debería abusar de metáforas y eufemismos, hace a la gente idiota.
El truco de la desintegración de todo yo, el aquí y el ahora, es que lleva implícita la integración. Y entonces, una simple hipótesis como una conversación entre solitarios que desean encontrarse o que proyectan cosas de vida y amor, se puede hacer realidad gracias a la posterior integración.
Hablando claro, te integras con esa mujer que deseas y amas . Y la tocas, la abrazas, la besas, la ríes, la tienes… Nos tenemos.
No es difícil de entender, estaría bien dejar de ser solo yo mismo y decir: La hostia… Esa cara hermosa ya está integrada en mí y yo en ella. Ya no soy solo yo mismo.
Programas tu desintegrador marca ACME para ser parte de ella, y te encuentras en otro lugar con ella entre los brazos, como deseabas; pero ya de verdad. Ella ya no está angustiosamente sola, y yo por fin estoy solo con ella. No es difícil de entender el concepto de desintegrarse para integrarse.
No soy un suicida facilón. Tengo planes…
Claro, que soy muy zorro yo y eludo la cuestión de que ella no quiera integrarse conmigo, si no con George Clooney. No pienso decepcionarme yo mismo, tengo mis inquietudes y soy orgulloso.
Y hermoso.
La gracia, es que si te desintegras y falla la integración por algún imprevisto, siempre te aguarda una sorpresa y puedes aparecer en brazos de un orangután que te acepte con todo su instinto reproductivo íntegro y activo y acabes sacándole chinches en los ratos de no reproducción, reventándolas con los dientes.
Al menos sería diferente, cualquier cosa antes que perder el tiempo en monotonías.
Porque no me preocupa la soledad, me preocupa no estar integrado y que todo sea un montón de posibilidades que nunca se hacen posibles. De acuerdo, para esas posibilidades imposibles y dolorosas, también hay venas que abrir. Es un campo inexplorado para mí; pero comporta un dolor, los tendones no se cortan gratis. Requieren el sacrificio de un grito y un dolor cuando se retraen carne adentro.
Hay cosas que no es necesario experimentar para saberlas.
Estoy cansado de dolor. Y cortar venas no soluciona el aquí, ni el ahora. Volvemos a la premisa del principio: ha de ser todo a la vez. Todo al mismo tiempo. Es una ley física que me acabo de sacar ahora de los cojones.
La locura nos convierte en físicos cuánticos sin pudor ni rubor.
La desintegración debe ser indolora. Es lógico pensar que si desintegras nervios y sesos, el dolor no llegará cuando sale de las uñas que se doblan o cuando un clavo las raja, las levanta y queda la carne viva expuesta al aire y expandiéndose, como si la carne hubiera esperado toda la vida ansiosamente que la uña se partiera para poder subir de volumen como una magdalena en el horno. Las uñas me han dado los mayores dolores, las tengo demasiado blandas y malditas. Hay médicos que han girado la cara al ver una de mis uñas reventada.
También me he quemado con la sopa, la lengua escaldada jode lo suyo, pero no como las uñas.
Y no hablemos de cuando cae la tapa de un piano que no tengo y me pilla los dedos, entonces sí que… Joder, se me va la olla.
¿Se entiende porque no debe haber dolor? El dolor te aparta del amor, te aparta de la ilusión. Sacrifica conceptos importantes a cambio de la búsqueda de un simple analgésico.
Me impide soñar con la desintegración.
A veces me río del dolor, para que se joda, para que vea que no me vence.
Estoy en ello, guapísima, ya verás como consigo desintegrarme y aparecer frente a ti íntegro e integrado con una mano en tus pechos de una forma accidental, lo juro.
Al final, soy mucho más sencillo que mi divagar loco, no deseo grandes cosas. Me conformaría con no llorar por dentro. Es angustioso sentir que algo dentro de ti se hace agua y te sujetas el vientre para evitar derramarte a ti mismo. Y no puedes contenerte, te escurres de ansias desesperanzadas entre tus propios dedos.
La verdad es que todo se desintegra a mi alrededor, menos yo.
Solo me queda el cinismo para evitar unas lágrimas de derrota.

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Indiferencia o cáncer del alma

Que mueras no tendría demasiada emotividad en mí. Tal vez una escueta sonrisa de satisfacción, no más.
Es que eres tan poco importante, que si vives o mueres, no consigo sentir nada. No causa emoción alguna en mí tu estado.
No servías ni de adorno. Aquel tiempo contigo fue tan insulso y árido, que no dejó lugar para la añoranza. Arrasaste lo que fue y lo que pudo ser y yo aprendí que no importaba. Que solo era cuestión de esperar pacientemente salir de ese pozo de hastío que era la vida contigo.
Me acuerdo de ese sol que mataba el deseo de caminar y las largas horas muertas compartiendo espacio contigo. Esa sensación de vacío y de pérdida de tiempo que solo se aplacaba cuando por fin te ibas a trabajar… Qué descanso…
Me acuerdo de libros y películas que vi solo; pero no tengo un recuerdo definido de haber estado contigo en algún buen momento o lugar. La vanidad no es compañía, es un persistente desagrado.
Es razonable, que si vives, mueres o te haces millonaria, no me interese.
De hecho, no lo sabré.
El aburrimiento que producías destruyó cualquier interés pasado y futuro, si lo hubo.
Si salió algo interesante de aquellos años, han sido estas palabras trascendentes solo para mí. Y esta indiferencia que me preocupa en cuanto a que pudiera no ser humana, o una lesión, o un tumor cerebral…
Menos mal que retrospectivamente el tiempo pasó volando.
Porque podría ser peor: estar aún cerca de ti.

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Iconoclasta