Posts etiquetados ‘tristeza’

He encontrado flores llorando sucias de restos de seres humanos en los camposantos, junto a las estatuas rotas y viejas. Lápidas sin nombre, viejas y mohosas.
Lloran lo que tienen que soportar: muerte y desolación. Y el único sonido que las rodea es el llanto y las oraciones tan inútiles como la ropa con la que entierran los cadáveres.
Salpicadas de vísceras y sus raíces agusanadas, se preguntan porque han sido plantadas y dejadas entre tanta muerte.
No está bien…
He visto flores entre vertederos de basura, mierda y miseria, con trozos de alimentos podridos en sus pétalos.
Y no entienden porque viven entre podredumbre y enfermedad.
Hay flores en hermosas y cuidadas casas y mansiones. Jardineros que las cuidan y hacen mejores de lo que fueron y las hacen vivir más tiempo del que ellas quisieran.
Y odian toda esa hipocresía y artificialidad. Están bellamente tristes.
Hay flores en las habitaciones de los hospitales donde la madre amamanta con cansancio y dolorida a su hijo recién nacido. Y ellas, las flores, piensan que no les gusta ese olor a vida que es una mezcla de sangre y leche. Es algo que no va con ellas; las mataron para celebrar la vida, como si no importaran sus vidas.
Hay flores amputadas de la tierra en los burdeles y moteles, soportando jadeos comprados, inventados. Olores a semen rancio, orina y excremento. Se marchitan de asco y de vergüenza con condones usados en sus tallos cortados encima de una mesita donde hay dinero, tabaco y licor.
Hay flores en salas de baile soportando ritmos neuróticos, sus pétalos caen secos con la vibración de un sonido que no entienden.
Hay flores que ha cortado un hombre, en manos de una mujer. Y no saben cual será su destino, no saben que ocurrirá con ese hombre y esa mujer, no lo quieren saber.
Su vida tampoco importa a los amantes.
Hay flores en los campos, montañas, ríos y en las orillas de los caminos. Y un colibrí metálico e irisado liba de una de ellas flotando, flotando, flotando…
Hay flores mecidas por ondas de agua en un lago, sin pensar, sin sentir.
La belleza es tan cautivadora…
No razonan, no temen, no les duele nada. Alojan insectos y su vida es efímera porque el sol no perdona a ningún ser de la tierra.
No necesitan pensar, no tiene que ser felices. Solo son, viven y mueren.
No existe lugar alguno para las flores, más que allá donde nacieron sin que una mano humana las jodiera.
Yo no soy una flor, pero quiero lo mismo que ellas: morir y vivir en la tierra.
Que de mi muerte broten flores, o puedan brotar. No soy un romántico, soy praxis pura.
Por ello pienso como una flor: en lo malo, en la miseria, la enfermedad, la vanidad y la envidia.
Todos los seres pensamos cuando algo no está bien.
Y el pensamiento crea miedos, rencores y dolores. Ilusiones ahogadas de realidad…
No soy una flor que camina, pero ellas dicen que sí, que soy una fea flor de carne que no está donde debiera. Ni en tiempo ni lugar.
Las flores son buenas aunque estén tristes, no tienen porque desanimarme. Pobres flores…
Nos encontramos inevitablemente humanos y flores iguales, tal vez sea el único consuelo. El descontento encuentra a otro descontento. Luchamos por hacer un mundo mejor, pero el decorado es tan desolador…
Nos marchitamos como ellas, pero mientras tanto, dañamos y somos dañados. No acabamos nuestra vida en un jarrón o secas por el frío y el sol, no es así de fácil para los seres que andan sobre dos patas.
Que vergüenza da mi vida, hasta las flores lo saben…
Al menos para ellas esta mala dimensión dura solo unos días.
Envidio a las flores por ello, por su efímero pensamiento cuando lo padecen.
Tengo trozos de amores rotos en la piel, encima de los trozos de pena, dolor y muerte. Son demasiados estratos. Y la vida es tan larga…
No soy una flor, soy una roca lisa sin ningún interés, de color gris, algo que nadie recogería del suelo.

Iconoclasta

Seguirá lloviendo eternamente, hasta que se pudran las hojas y las pieles todas. Hasta que las mentiras y frustraciones formen un lodo fétido de tintas de muchos colores e infecciosas.
Seguirá lloviendo sobre amantes idiotas y listos, sobre amantes verdaderos y verdaderos imbéciles.
Sobre los rostros de los asesinos implacables e impredecibles, los que equilibran un exceso de vida con una falta absoluta de muerte suficiente. Son los únicos que merecen esta refrescante relajación.
No me cae la lluvia como a todos ellos, no soy de aquí. Lo mío es accidental, no debería estar.
No debería ser.
No amo bien ni mal, ni asesino…
Observo y muero, lentamente, demasiado lentamente.
Soy extraño… Y esta lluvia no me moja.

 


Iconoclasta

El cansancio agota el ánimo como una sombra que lo traga todo. La fatiga vital es un agujero negro donde los genitales solo tienen la función de excretar.
Solo un esperma aleatorio y escaso mancha las sábanas. Una polución nocturna de mierda.
El placer es para los que pueden respirar sin darse cuenta que lo hacen, como médicos forenses que respiran podredumbre con amplias sonrisas.
Los cansados sufren apneas aún despiertos y huelen la orina vieja acumulado en los rincones de sus sexos.
Los agotados sueñan con dioses y muertos corruptos que juegan con ellos.
Y el sueño no es sueño, es agotamiento. No se despiertan los reventados, se limitan a abrir los ojos.
Con cada jornada empiezan una nueva pesadilla.
El cansancio es plomo, asfalto
y acero embutidos en piel y carne
y bajo las uñas.
Un alambre en la puta polla
un hierro oxidado que tapona el coño.

Es un agujero negro que roba luz y humedad
y la eventualidad de los placeres:
follar y asesinar, si acaso también
algo de drogas y alcohol y
un ocio sexual y perverso.

Elementos pesados en los genitales
que fatigados solo excretan.
Orinan sin fuerza vergas y vaginas
inertes y asqueadas, aburridas.
Los reventados cagan trozos de sí
crispando los dedos de los pies
cerrando los puños en la frente
en los aseos de lujosos almacenes,
en los asquerosos burdeles baratos
infectos de gonorreas y hepatitis.

El placer es para los que respiran
sin esfuerzo, aspiran y cagan.
Los fatigados no despiertan
abren los ojos llenos de tierra,
con los pulmones sin aire y una tos.
Los reventados cambian de pesadilla,
en un mismo mal sueño donde
muere el deseo y la esperanza.
Y el amor se convirtió en mierda
hace tiempo, hace una eternidad.

Los agotados sueñan con dioses
que jalan de sus cojones
y hacen fría carne cruda de los coños.
Los exhaustos solo cambian de delirios,
de nocturnos a diurnos.

Solsticios de otoños eternos
en un planeta seco de ilusiones,
un desafortunado accidente
en un estúpido Sistema Solar.

El sol pulsa sobre los cansados
como un mal tumor radiactivo
oculto entre nubes tristes de cemento.
Ya no queda nadie en la calle
solo ellos y sus resuellos,
caminan cuando nadie les ve.
Reventados de ver siempre lo mismo
se les evapora la sangre en las venas
lentamente muere el esperma
necrosis en las matrices.

Se duermen sin correrse
en la más árida y triste
de las solitarias pajas insomnes.
Deliran con los sexos tibios
y la muerte enfría sus tobillos
con dedos de cuchillas oxidadas.

La plomada de la vida
presiona los intestinos,
cagan sueños mal formados
como bebés de drogadictos
con brazos deformes y orejas roídas
de encías negras y pieles cárdenas.
No queda más de ellos en ellos
que una sonrisa metálica y
unos ojos de incrédula mirada.
El plomo los aplasta y su ánimo devasta.

La verticalidad de la vida,
la horizontalidad fúnebre
de una muerte que no llega nunca.
Hombres y mujeres boqueando
han mamado semen y orina,
arena y cal…
Exceso de amargo, lo dulce fue escaso.

Tristes amantes de asfixiantes vidas
sabios inadaptados que se anticiparon,
no fueron capaces de soñar
no se atrevieron a engañarse.
Cansados, agotados, cagados por la vida
como peces asfixiándose entre añicos
de una pecera destrozada.
Un buzo de juguete y un castillo de plástico
todo era mentira…

Y así mueren, ahítos de frustraciones,
Reventados…
Han gastado la vida, la han usado
a pesar de todo, por encima de todos.
Nunca creyeron que fuera fácil,
tampoco tan agotador.

Y yo eyaculo cagándome en Dios…
¡Cómo tira de mis cojones!

 

Iconoclasta

Un disolvente eficaz, de Iconoclasta

Un disolvente eficaz, de Iconoclasta

El tiempo es un disolvente eficaz, lo borra todo.
Lo malo es que no es instantáneo. Es lento como una hepatitis y asistimos con una pena infinita y casi indolora a la dilución de los recuerdos y sentimientos, con la lentitud con la que el cerebro degenera inevitable y patológicamente al llegar a la vejez.
Se desdibuja la infancia y los rostros de los que murieron, tan eficazmente, que se forma una agonía gelatinosa que encoge el alma. Un vértigo lento que hace borrones de los colores y crea cada día un despertar de olvido, o confusión.
O un caos tranquilo y engañoso que nos hace idiotas a la realidad.
(Lo de idiotas no suena rabiosamente dramático ni triste o depresivo; pero la expresión está tan cercana de la humanidad, que es pecado no escribirla. Es quedar incompleto.)
La mezcla de recuerdos y tiempo-aguarrás forma melancolía: agua sucia en las entrañas, que invade pulmones y corazón como un impetuoso torrente de lágrimas. O una risa amarga.
«No te vayas», le dices a los rostros que desaparecen llevado por la ilusión. Y los pintas de nuevo, solo que mal.
(Hay que tomar clases de dibujo si queremos hacer las cosas bien. Hay gente que enseña por poco dinero, y si pierdes el tiempo olvidando, puedes perderlo pintando bien.
Claro, que siempre se sobreestima al profesorado, algunos pintan realmente mal, y todo porque les han regalado su puesto de docente en un sorteo de productos agrícolas.)
Desde un millón de metros de altura un disolvente nos llueve en la cabeza, y se deshace todo. Se confunden los recuerdos con los sueños… Como los actos de la niñez.
Nos aleja del amor y del afecto reales para hacer un amasijo de los actos que una vez cometimos o simplemente abandonamos. Una amalgama mentirosa, que roba la importancia que tuvieron realmente las vivencias pasadas y crea lo que necesitamos, lo que nos hace sentir bien.
No se puede sostener mucho tiempo la mentira, porque llega el día que ves tu rostro en el espejo, y no eres tú.
Unos recuerdos van cosidos a otros y hay días en los que desaparecen miles de matices. Lo vivido pierde brillo entre una nebulosa de tiempo.
Nos engañamos sin pretenderlo, porque no reconocemos que una vida pueda ser tan plana y mediocre. Necesitamos mantener vivas todas las sensaciones y emociones, fortificar el reducto de la memoria al precio que sea y no perder esa intensidad. E inevitablemente deformamos lo que una vez amamos y lo convertimos en algo que nunca fue.
(El autoengaño emotivo no es delito, es aconsejable para aquellos cuya ilusión es tan banal que se limita a comer, dormir, trabajar y ocasionalmente follar. Ser un buen ciudadano religioso es tener la mente enferma de alucinaciones color rosa y submarinos amarillos.)
En lugar de recordar una madre, recreas una virgen impoluta con un halo dorado en la cabeza. Reconstruimos los rostros a partir de pintura corrida y desleída en una pared negra.
El tiempo hace de los recuerdos delirios, creando imágenes caprichosas y abstractas que son los restos de una pintura salpicada y escurrida en un lienzo mohoso.
El tiempo nos deshace a nosotros mismos ante el espejo, cualquier día al despertar. Y hace la piel translúcida, para que la muerte sepa donde se encuentran todas las venas y cortarlas.
Mirar lo que vivimos a través del tiempo, es como ver nubes y darles formas. Son mentiras, patológicas, mentiras de la supervivencia.
(Margaritas a los cerdos.)
No recuerdo el rostro de mi abuela, no me recuerdo a mí mismo cuando era niño.
Es mejor no contemplar fotografías viejas, forman una ola de tristeza que monta el tiempo a toda velocidad en una tabla de surf, arrasando los momentos felices y los rostros amados y respetados. Una ola tóxica para el ánimo. Sin darnos cuenta, nos hacemos adictos al disolvente y lo respiramos con bolsas de plástico o haciendo hueco con las manos.
Y miramos al sol con los ojos borrosos, con manchas brillantes que ocultan los rostros e inventamos así santos y milagros.
Es indispensable no mirar atrás, porque no seremos estatuas de sal; nos convertiremos en muñecos de trapo vacíos de recuerdos. Tiempos pasados, difuminados. Tachones que no dan brillo a los ojos de cristal, muñecas que ríen siempre muertas, sin ojos y sin brazos…
Es mejor no ser consciente del tiempo. Prestar atención solo los borrones, las ilusiones. Y así, que lo que nos quede de vida la caminemos engañados y felices.
Acuarelas abandonadas en un sótano húmedo de la memoria. Y el tiempo con una mano huesuda y de uñas rotas, salpicando las paredes con un bote de disolvente. ¡Qué hijo puta!
(El tiempo es un antigrafitero.)
No me encolerizo por haber olvidado algunos rostros, no rabio por un dolor pasado.
Golpeo de rabia e impotencia por no poder detener el tiempo, que sin piedad desintegra lo que era real. Es mejor morir rápido, es mejor caminar y perder la vida, como un mecanismo de batería agotada.
Monto en ira por la mierda de cerebro que tengo, no puede con un asqueroso disolvente.
No importa la muerte, importa mantener intacta la memoria, pero es utopía.
(Un día inventarán un chip de la memoria, que nos instalarán en el pescuezo al nacer, como a los perros. No es una gran idea porque pueden haber problemas de alergia y queda un bultito como quiste de grasa; pero lo importante es recordar a quien fue hijoputa y a quien fue buena persona, recordar exactamente sus rostros con todas sus imperfecciones y el movimiento de sus labios unas veces mentirosos y otras amados. Porque la verdad solo los idiotas la dicen.)
El tiempo quiere hacer de mí una estatua hueca.
Y lo consigue, maldita sea…
Es imparable.
Y tal vez, sea mejor así, tal vez sea mejor no recordar que un día fui feliz.
¡Mentira!
Es un engaño de mis neuronas deshaciéndose, es muy posible que nunca haya sido feliz. Es imposible estar seguro de nada cuando el disolvente, deshace las formas. Ya nunca recordaré lo que pensé y sentí.
Observo una foto de mi madre y no la conozco, no es como yo pensaba. Mi padre es más joven, y mi abuela… Vestía de negro siempre, y…
Me acuerdo de sus rostros muertos, la piel del color de la cera blanca; pero sobretodo de los dedos tan quietos…
La gente mueve los dedos quiera o no, eso marca la diferencia entre estar vivo o muerto. Ellos no… Sus dedos eran la muerte más pura, esa quietud de las manos se me quedó grabada en mi cochino cerebro anegado de disolvente y sobrevivió. Hay recuerdos malditos que nada borra.
Los dedos marcan el ritmo del tiempo, de los durmientes y los despiertos. Los dedos son la batuta del director de la orquesta que es el tiempo. Él marca el olvido y el engaño a cada segundo.
Los malos recuerdos permanecen invariables, lo único definido en una memoria con más de dos semanas o con demasiados años, porque el tiempo salpica con su toxicidad a grandes y pequeños.
Y es porque la mierda de la vida no está dibujada con pintura en la memoria, está escarificada con cuchillos y hierros al rojo.
Por eso solo un dolor puede tapar otro dolor, como un tatuaje cubre otro.
Puto tiempo… Me borra hasta el cerebro.
No es un reloj de arena, es un reloj de recuerdos que se pierden en un vacío negro…
Bueno, tampoco mi vida ha sido como para tirar cohetes.
El tiempo también tiene sus cosas buenas, limpia las manchas y nos mata por fin.

 

Iconoclasta
Iconoclasta

Su melena oscura y rizada lucía hermosa y suelta, sus rotundos y pesados pechos de pezones color canela se agitaban al ritmo de una respiración acelerada.
Sus labios temblaban de pavor.
Entre sus piernas abiertas, el cerdo hociqueaba su sexo, arañaba con los dientes el clítoris y tiraba de los labios vaginales. Las vaharadas que le llegaban de su maloliente piel, le provocaban una náusea que por momentos se veía incapaz de disimular.
Toda su mente estaba concentrada en pedir a todas las fuerzas del planeta, no tener que hacerle una felación al hombre cerdo. Llevarse aquella cosa a la boca era repugnante, la ponía enferma. Le sobrevenían arcadas, como si estuviera embarazada de su verdadero amor.
Recordaba con tristeza cuando se llevaba su pene a la boca, y el pensamiento la llevó a una cueva profunda de su mente donde todo es confuso y no llegaba a comprender porque ese cambio, porque no lo supo ver, porque a ella… Sus grandes y oscuros ojos derramaron dos lágrimas que arrastraron el rímel e hicieron dos tortuosos ríos en su rostro angulosamente delicado.
Su cuerpo se agitaba violentamente con las cada vez más fuertes hociqueadas con las que el hombre cerdo maltrataba su sexo.
Al final, el cerdo se masturbó con la boca pegada en su coño, y no le pidió que se la chupara.
Se acostó de lado, muy lejos de esa apestosa piel.
A menudo dormía y soñaba con su amor, el que le abrió los ojos a su error. También con su madre muerta, que un día, como una película de final feliz, llegaría de alguna forma para ayudarla.
Nadie podía imaginar que alguien pudiera metamorfosearse en cerdo, eso solo ocurría en los libros. No fue un error, lo amaba y era amada.
No fue un error, el mundo la engañó, su felicidad acabó en poco tiempo en una cloaca infecta.
Se frotó el sexo con un pañuelo para secarse con asco las babas del hombre cerdo.
Trabajo… El trabajo la distraía, sus compañeros la querían y la hacían reír. Y así apareció Leo en su vida, con una sonrisa radiante como un sol, el que ama. Y esperaba que un día volviera, hubo una promesa y a ella se aferraba. Es lo único que le quedaba, ese amor ahora lejano y sus hijos.
Se durmió y la imagen de su madre recientemente muerta, dulcificó sus sueños, y le protegió de los ronquidos del hombre cerdo.
Su espalda era adiposa y redonda, la piel rosada y sucia. Ocupaba más de las tres cuartas partes de la cama y ella debía dormir casi en el filo del colchón, y daba gracias por ello, por no tener que rozarse con aquella cosa infecta.
Cuando conoció a Leo y supo de una forma contundente que estaba enamorada, al llegar a casa se dio cuenta de que la nariz de su pareja había cambiado, sus fosa nasales se veían de frente, y su pelo se había retirado notablemente. Su voz era más ronca, difícil de entender.
– ¿Te encuentras bien? -le preguntó.
– Sí, cielo, estoy bien.
Ya no le besó en la boca, le parecía asqueroso y simplemente apoyó momentáneamente la mejilla contra la suya, para percibir un tenue olor a mierda y orina.
A medida que su amor con Leo se afianzaba y adquiría tintes de drama, su pareja iba cambiando más rápidamente, sus uñas se hicieron negras y su cara se redondeó y perdió la barba, su brazos engordaron como jamones y supo que en su mente crecía también la maldad.
Sus genitales se hicieron pequeños y su pene se marchitaba entre la grasa de su bajo vientre ahora colgante.
Una tarde recibió un mensaje de despedida, amor y esperanza de Leo. Su rostro se demudó de tristeza, le costó horrores no ponerse a llorar en la mesa de aquel bar, porque el hombre cerdo estaba sorbiendo un café y fumando frente a ella. Aún así, sacó fuerza y coraje para responder a su Leo el mensaje; el hombre cerdo perdía cada vez más inteligencia y continuó fumando y sorbiendo aquel café fuerte y desagradable que parecía gustarle.
Su amor se fue lejos, tal vez por una temporada, la soledad y el miedo la golpearon con dureza y su mente se enfocó en mantener vivo el recuerdo de su madre y volcarse en sus hijos hasta la desesperación.
Quería que aquel engendro desapareciera de su vida, sus náuseas eran cada vez más fuertes ante él y follar con aquella cosa era un llanto eterno. Como los fines de semana que parecían durar años al lado del cerdo.
El suicidio se hizo una carga pesada, una sombra constante en su pensamiento que solo la compañía de sus hijos y los mensajes que por la noche y en la oscuridad de la habitación intercambiaba con su amor, le disipaban de la cabeza.
Vivía al día, esforzándose en respirar, con la débil esperanza de abrazar a Leo, a veces lloraba en el trabajo y sus amigos le daban el consuelo necesario para afrontar las horas del día.
Cada instante en presencia de su hombre cerdo, era una lucha por evadirse de su compañía. Su mente giraba veloz e inteligente buscando medios para evadirse de su él. Con amigos, con tareas, con trabajo… La mente lerda del hombre cerdo era demasiado básica para luchar contra su inteligencia superior, y consiguió un precario equilibrio entre el asco de su presencia y la esperanza de encontrarse con su amor verdadero.
Ahora la situación ha empeorado, sus hermosos ojos siguen con disimulo al hombre cerdo que hociquea entre las estanterías llenas de libros de una tienda, mientras se abraza a su hijo con desesperación, rogando en sus adentros que no se vaya y no la deje sola con él otra vez.
Las piernas del hombre cerdo ponen a prueba la integridad de las costuras y la tela de los pantalones, su respiración es claramente un ronquido. Teme por su integridad y la de sus hijos. Entre las manos que abrazan a su niño, está el teléfono, del que espera sentir la vibración de un mensaje de amor y esperanza.
Solo necesita unas palabras que la convenzan por unas horas, que ha de seguir viviendo por sus hijos, por su amor. Que no se rinda.
El hombre cerdo se gira con un libro entre sus pezuñas y la mira con una sonrisa podrida atroz, en un saludo que provoca su terror más profundo.
Ella aprieta con más fuerza su abrazo en su hijo y se esfuerza por no gritar en esa librería donde todos se preguntan que hace una mujer tan hermosa con un cerdo.
Saliendo de la tienda, el hijo se va con sus amigos a pasar la tarde, el silencio es ominoso entre la pareja que forma la bella y el cerdo. Es ominoso el miedo y el asco.
Está tan cansada… Conduce por la ciudad a su casa nerviosa, su compañero de trabajo le acaricia la mano que aferra fuerte y crispada el volante.
-Tranquila, todo se arreglará, no te preocupes -le dice dándole un beso en la mejilla antes de apearse del coche para tomar un autobús.
Cuando llega a casa, el cerdo está viendo una película, se encuentra desnudo, y sus orejas enormes se agitan cuando la bella y triste mujer entra en la casa.
– ¿Cómo estás? -le pregunta sacando fuerzas de flaqueza.
La bella se queda pasmada de horror cuando le contesta:
– ¡Oink, oink!
Él la toma por el brazo, la sube a la habitación y cierra la puerta para que los hijos no entren. Le arranca la ropa y ella mantiene su grito en silencio, no quiere asustar a los niños.
La hace girar por los hombros y la pone a cuatro patas en la cama, la monta por detrás arañándole los pechos, metiéndole en el coño aquella verga fina, larga y rizada, que parece que le revienta las tripas con cada embestida. Le pesa tanto que no le deja respirar bien.
Cuando el cerdo eyacula y se desprende de ella, su vagina deja caer un viscoso líquido incoloro y llorando se viste. Secándose los ojos de lágrimas y con las piernas separadas por el dolor de su sexo, se dirige al cuarto de sus hijos donde se encierra en silencio para hacer la tarea con ellos, mientras el cerdo ronca dormido en la cama.
Llega la hora del baño y cuando desnuda al pequeño, ve que en su espalda hay arañazos y golpes.
Se dirige al cuarto de matrimonio y golpea con un zapato la cabeza del hombre cerdo.
– ¿Qué le has hecho a mi hijo, hijueputa?
– ¡Oink, oink! -responde el hombre cerdo, que ya nada tiene de hombre, rascándose la cabeza con la pezuña delantera y poniéndose en pie frunciendo los belfos para mostrar sus amenazadores colmillos.
La bella reacciona rápidamente y toma al pequeño en brazos para encerrarse poniendo el seguro del picaporte en la habitación de los niños.
El cerdo golpea furioso la puerta con su hocico, pero no puede abrirla de momento.
Es la víspera de nochebuena, y en el ordenador de la habitación pone villancicos a todo volumen para aliviar el miedo y el llanto de sus hijos.
– Vamos a cantar muy fuerte porque mañana vendrá Santa Claus por la noche.
Y cantando, consiguen hacer inaudibles los ronquidos del cerdo. La bella, cierra los ojos para acceder a un mundo donde no haya miedo ni dolor, donde el amor sea el pan nuestro de cada día y ruega por un poco de felicidad. Solo le pide a su madre un poco de suerte.
– ¡Mami, es la abuela! -dice el hijo mediano señalando el monitor del ordenador, en el que se ha formado una difusa imagen.
– ¡Sí, es la abuela, má! -grita el mayor.
De repente los golpes en la puerta han dejado de sonar al tiempo que escuchan un golpe sordo en el suelo.
La madre los saluda diciendo adiós con la mano, diluyéndose entre píxeles, con una sonrisa. Como ocurre en las películas.
Con cuidado, la bella abre la puerta de la habitación, el hombre cerdo está tendido en el suelo, no respira. Como si hubiera tenido un ataque al corazón.
El teléfono vibra en su manos, es un mensaje:
«Hola, mi amor, he llegado al fin, te necesito».
Y ahora son lágrimas de felicidad y descanso lo que brota de sus ojos.
Todas sus esperanzas de un final feliz se han cumplido.
«Voy a ti, mi amor, voy a buscarte al aeropuerto, espérame Leo» responde así al mensaje de su amor.
El suicidio se disipó como las nubes son rasgadas por los rayos del sol y todas sus esperanzas, sus débiles esperanzas se hicieron realidad.
A veces las cosas salen bien, a veces la vida es un cuento de navidad.
Cuando recogieron el cadáver del cerdo, los policías se preguntaron que llevaría a una familia a tener por mascota a un cerdo de aquel tamaño.
La bella dormía abrazada a Leo.
– Te amo, Leo -dijo somnolienta.
-Oink, oink -respondió Leo con una sonrisa malvada.
Feliz Navidad.

Iconoclasta

La mujer de la mala suerte

Publicado: 29 febrero, 2012 en Reflexiones
Etiquetas:, , ,

 

No es de risa, no tiene gracia.

Encontró a un hombre que casi la mata a palos.

Y a otro con el que tuvo un hijo producto del amor; pero fue efímero.

Y duele el recuerdo de lo que no fue.

Otro cabrón la robó, dejó huellas en su cuello con sus manos obesas, la engañó y la embarazó de algo que casi la mata.

¿Por qué llueve sobre mojado? Siempre…

No es justo, hermosa mujer, que haya tanta mala suerte en tu vida.

Un día creyó ver un príncipe azul; pero solo era un espejismo en sus ojos anegados de anhelos y lágrimas desesperadas.

Y con su flamante “príncipe azul”, descubrió algo atroz: la cancerígena mediocridad. El hastío de los días iguales. De sueños que se hicieron grises lienzos sin relieve y sin movimiento.

Días lisos…

Vida apagada…

Mujer de mala suerte, si no te rasgan el coño, te rasgan el alma.

Y otro desengaño más.

La desesperación y la soledad no son buenas para elegir un amor.

Se equivocó.

Es normal equivocarse cuando el miedo y la soledad es una atmósfera de la que no hay más remedio que respirar. No tiene que pagar culpa alguna.

No es mala, es demasiado buena; ahí radica el error, la envidia de ellos. La nuestra.

Tampoco es buena la madre que es mala.

¡Qué mierda! Bella mujer de mala suerte.

Nunca juegues al azar, no lo hagas, valiente señora. Solo los idiotas ganamos algo en las apuestas.

Lucha.

Tenía razón aquel idiota que dijo: “No existen los príncipes azules”.

Toda la sangre es tan vulgar, la mía. La aristocracia es un peluca llena de piojos y chinches.

Sé que sus deseos de amar son comparables a su belleza. Su mala suerte es de idéntica proporción. Las proporciones a veces son peores que la desproporción.

Los seres excepcionales no son afortunados y los mediocres los intentamos anular.

Mediocres y avaros.

Yo tampoco tengo suerte con mi idiosincrasia. Me veo en el espejo y sale vómito de la boca de la imagen. Supongo que es la mía, a veces no me conozco.

Lamento la nueva piedra hiriente en tu camino.

Otra llaga más en el cuerpo, otra en el alma.

Los príncipes azules humillan. Y humilla al propio príncipe que no lo es. Humilla al hombre mediocre cuando cierra los ojos y escucha su propia respiración. Hace mierda su orgullo, lo que quede.

Ni siquiera tienes una madre medio mala que te sirva de consuelo.

Pobre mujer de mala suerte…

Hay en tu horizonte heroínas muertas con las que sueñas ser como ellas y escapar de esta vida vulgar y banal.

Pero sobre todo dolorosa.

Necesitas vivir sus intensos amores, tan lejanos de los que has conocido. Vivir con trágica intensidad.

Y la vida solo te ha dado la tragedia, se ha olvidado de la intensidad.

Caímos en los lodos movedizos y sin fondo de una ilusión formada por frustraciones, por faltas.

No podía acabar bien este viaje.

Y el desierto se extiende ante mí. Es lo que busco, mi destino. Una soledad que me haga arder de una vez por todas. Me ha tocado un premio en la lotería de la mierda.

No tengo tan mala suerte como tú, mujer hermosa. Porque ante ti se extiende aquello de lo que huyes: la soledad.

Cuando el desierto me calcine, y si hay dioses; intercederé por ti, para que te otorguen un beneficio, un amor que no sea un error.

Muerto no seré mediocre y seré un ectoplasmático príncipe azul del color de la arcilla sucia y un cuerpo que se pudre. Tendré más suerte que tú, o al menos la mía llegará más rápida.

Mantente firme, no te rindas, bella mujer de mala suerte.

Hay tiempo regado con lágrimas; pero tiempo al fin.

Que la suerte te acompañe, es un deseo tan banal y adocenado, como sincero y triste.

Iconoclasta

Safe Creative #1202281213172

Suturando horrores

Publicado: 24 febrero, 2012 en Reflexiones
Etiquetas:, ,

 

Puntadas lentas y profundas suturan su vagina entre riadas de fluido lechoso.

Está desesperada y su coño es una fuente que la deshidrata. Ante el espejo de la habitación, sentada a los pies de la cama con las piernas abiertas, atraviesa los labios mayores con la aguja curvada, hace correr el hilo cerrando su coño con el esfuerzo de un dolor mortificante. Una baba sexual y densa se derrama de su vagina; la aguja resbala entre los dedos y una gota de orina que se escapa por una puntada especialmente dolorosa se esparce por el plástico transparente que protege la sábana de raso negro.

La sangre que sale perezosa entre las puntadas enturbia la claridad de sus dedos y de la carne que cose.

Una boca sellada a cualquier polla que quiera entrar sin su permiso, sin su venia.

Ojalá fuera tan sencillo, un deseo tan claro…

Entre dos puntos asoma el clítoris duro e irreverente, por muy fuerte que sea el dolor, se eriza, se desespera, se rebela ante el encierro. Entre todo ese dolor, una caricia suave en ese duro botón provoca que un jadeo profundo y oscuro se escape de su boca.

Siente la tentación de tocarlo más tiempo, de oprimirlo. Abre más las piernas y la sutura en su vagina se tensa. Un trallazo de dolor le provoca un escalofrío en los muslos y algo de excremento asoma por sus nalgas; una marea oscura deslizándose por el protector plástico.

Sexo, sangre, orina y mierda. Y el dolor lo enmarca todo: deseo y paranoia.

Un horror que la realidad esconde…

Un fotógrafo enfermo oprime el obturador y las lágrimas del deseo oscuro crean ríos negros en el rostro de la degenerada.

El fotógrafo desaparece de su mente enfebrecida y ante el espejo se muestra una mujer con algo sangrante entre las piernas sellado por negros hilos. Inflamado y tumefacto. Unos pechos llenos que se rebelan contra el sujetador, rebosando las areolas por las copas, parecen recibir los ecos del corazón. Suben y bajan con desasosiego con el suave roce de su dedo en un clítoris palpitante que deja hambriento.

Se reconoce puta y cierra su coño al mundo, a ella misma.

Se encierra en el dolor.

Se derrama yodo en el coño herido y el frío líquido da sosiego a su corazón acelerado.

Se traga un analgésico ayudada por un sorbo de café frío y se deja caer de espalda en la cama aspirando un cigarrillo, sin hacer caso al excremento frío que ahora toca su coxis.

—Soy una cerda… —y ríe olvidando el tormento de su mutilación.

La humillación es otro dolor, está bien.

Despierta de un sueño que no es más que el desmayo de una mente perturbada y las piernas no se atreven a cerrarse, su vagina está dura, encostrada y siente que late con furia. Alza la cabeza para mirarse en el espejo. Su coño está dilatado, los labios son carne enrollada y prieta. No conocía la magnitud de su sexo.

Sus nalgas están sucias de mierda.

Grita cuando se incorpora para dirigirse a la ducha, la sutura está dura y siente ganas de orinar.

Con la ducha en la mano, dirige el chorro a la vagina. El agua tibia le da paz y deja escapar la orina que se filtra por sus heridas y la obliga a doblarse de dolor.

No seca la vagina, no puede ni rozarla. Con cuidado, se coloca una compresa.

Camina con cuidado y se acuerda de cuando parió hace diez años. La habitación apesta y recoge con cuidado y asco el plástico protector.

Se prepara un sándwich de queso que vomita al instante. Se deja caer en el sofá con las piernas abiertas. La compresa está sucia de sangre y se transparenta en la braga blanca calada. Es un reflejo deforme ante el televisor apagado.

Hace cuatro horas que cosió su sexo y le duele como si solo hubieran pasado cinco segundos. No puede sacar de su mente su imagen reflejada en el espejo, el hilo corriendo y tirando de esa carne suave que tanto placer le proporciona. Su clítoris vuelve a rebelarse a pesar de todo ese daño auto-infligido.

No lo toca, en lugar de ello, toma hielo del congelador y lo mete entre la compresa y su carne.

Su hijo la observa con una sonrisa desde el marco de una foto en la mesita. Sonríe con una cacatúa en el hombro, hace cinco años de aquella foto en la reserva de aves; su padre estaba tras la cámara. Ella se sentía feliz y no tenía el coño hecho mierda.

Llora ante su hijo muerto y rememora el accidente. Un automóvil invade el carril y consigue evitar el choque completo frontal. El impacto lo recibe el lado derecho, donde su hijo va sentado y todos los vidrios del mundo les van al rostro, lacerando la piel lentamente. La puerta se dobla y se convierte en una cuchilla que se clava en el lado derecho de su hijo, rompiendo costillas y cortando pulmones.

Entre la sangre que lloran sus ojos, observa a su hijo intentar coger aire. Solo se le escapa sangre por la boca. Los coches unidos por el impacto, por fin se detienen y queda frente al conductor muerto que asoma su cabeza deshecha y vaciándose de sesos por el parabrisas roto. No le importa, intenta tomar a su hijo en brazos, pero el metal casi lo ha partido en dos y lo aprisiona. Ella desespera y no se da cuenta cuando un médico le inyecta algo y la desconecta.

Era un día hermoso, claro y con un cielo saturado y salpicado de enormes nubes de algodón. Cristian tenía siete años y miraba arriba soñando con algún día poder saltar en esas nubes. Clara se reía ante la ocurrencia, sonreía cuando vio demasiado cerca la cara del conductor que los iba a destrozar.

Despertó en el hospital con un intenso dolor entre las piernas, una parte del eje del volante, se había roto y se había incrustado en el monte de Venus desgarrando la vagina y parte del vientre. Gaspar, su marido se encontraba a su lado cuando despertó. Era médico en ese mismo hospital.

Aprendió que un dolor podía ocultar otro. Y su mente se abrió al placer enfermo a través de las manos de su marido actuando en su espantosa herida.

Las curas dolorosas: gasas empujadas al interior de la carne, coño adentro para limpiar y prevenir la infección. Los tirones de la sutura en su parte más sensible. La monstruosidad de un coño reventado… Su hijo casi en partido en dos a su lado competía por ser un dolor más agudo que el que había entre sus piernas y su vientre.

Los dolores se pelean por ser importantes.

Y la mente aprende a sacar provecho de ello. Aún a costa de la cordura.

La depresión es un caldo de cultivo para las paranoias. Y ahora su coño late de ansia esperando a su médico, a Gaspar.

—¡Clara! ¿Lo has hecho otra vez?

La despierta zarandeándola, tras abrir su bata y descubrir las bragas manchadas de sangre.

Se abraza a él aún sentada y besa sus genitales a través del pantalón.

—Me duele mucho, Gaspar. Me duele hasta el mismo corazón.

Hace meses que el tiempo ha dado un protagonismo demente al dolor de su coño. Es necesario hacerse daño para combatir el horror de Cristian muerto.

Hace meses que Gaspar no puede evitar sentirse arrastrado por su mujer a la misma depravación del dolor. A él también le duele.

Se arrodilla ante ella, y ante la mirada de Cristian.

De su maletín de primeros auxilios saca las tijeras y corta la braguita de Clara.

—Abre más las piernas —le exige con rudeza.

—No puedo, me duele mucho.

Gaspar separa con las manos las rodillas con fuerza y decisión, ella gime. Siente una erección húmeda crecer entre su ropa cuando ve el humor sanguíneo que mana de la sutura prieta.

Se saca el pene por la cremallera del pantalón ante la incomodidad y la visión del clítoris brillando entre todo ese daño.

Ella ha desabotonado completamente su bata y le ofrece los pechos endurecidos, Gaspar coloca una pinza quirúrgica en cada pezón y las aprieta hasta que Clara gime, hasta que los dientes de metal, están a punto de romper la tenue y sensible piel.

Por la vagina se desliza una baba rojiza que Gaspar lame suavemente a pesar de que ella intenta aplastarle la boca contra su sexo, agarrando su nuca con las manos.

La tijera entra veloz en el primer punto, el más cercano al ano y corta de golpe. La mujer eleva las piernas por el dolor intentando apartarse de su marido, él no lo permite y corta otro punto más.

—No te muevas… —le dice al tiempo que pellizca su vagina en la zona superior, sobre el clítoris.

Clara hace rechinar los dientes de dolor y placer. Permanece quieta y expectante con el corazón bombeando pura adrenalina.

Él frota ahora sus labios cosidos con el pene, presionando con fuerza, sintiendo las contracciones de dolor de su mujer. Ella tira de las pinzas consiguiendo desgarrar la piel de los pezones.

Gaspar corta rápidamente los once puntos de sutura que aún restan y Clara se muerde los labios por no gritar. Siente el placer de la liberación de su coño y el dolor que la lleva al placer más insano.

—Métemela ya. Jódeme, cabrón.

—Tendrás que hacer algo por mí —dice Gaspar incorporándose y abandonando el coño húmedo de sangre y baba sexual.

Se arrodilla en sillón, a su lado, y le hace coger su pene.

—Descubre el glande, Clara.

La mujer cierra el puño y tira del prepucio. Exhala un suspiro de placer al observar el meato cosido con dos puntos de sutura, los cabos están sueltos.

—Tira de ellos con los dientes.

Con los dientes estira los hilos y la sangre mana cubriendo el glande. Gaspar empalidece ante el dolor y sus testículos se contraen. Se ha mordido el labio hasta hacerlo sangrar.

Clara le da consuelo metiéndose profundamente el bálano, hasta la úvula y provocándose una arcada.

Ante la mirada de Cristian, hacen un coito ensangrentado con un dolor que le haría girar la cara a dios si existiera.

El dolor es el remedio a su horror.

Un día aparecerán desangrados unidos por sus sexos mutilados.

Suturando horrores, combatiendo el dolor con más dolor. Como si fuera posible…

Cristian continuará sonriendo con su cacatúa al hombro.

Todos muertos, ya no hay dolor.

Iconoclasta

Safe Creative #1202231182565

Una imagen que sangra

Publicado: 10 agosto, 2011 en Reflexiones
Etiquetas:, , ,

Doblo la fotografía, procuro esconder cosas, solo me gusta el saturado cielo azul con nubes de algodón. Es algo puramente casual, un acto de aburrimiento. Una foto en la cartera siempre es motivo de pasatiempo.

 

Lo mismo hago con las servilletas de papel en los bares; pero la fotografía sangra.

¿Es que no puedo tener un momento relajado?

Es normal que me sangren los oídos y la nariz. Es algo habitual cuando se padece necrosis de los sesos. Que mi sangre moje el pan que como, es algo normal, los bultos en el cerebro hacen esas cosas.

Distraídamente, casualmente la foto también se ha sentido molesta. En una mente podrida estas cosas ocurren.

Creo que no quiero conocer el origen de esa hemorragia imposible.

Todo se estropea y el hermoso cielo se ha convertido en una marea roja que no posee belleza alguna y ensucia mi dedo pulgar.

Muerdo la uña del dedo corazón y tiro de ella. El dolor resta tristeza a la mancha sanguínea.

Y río sin alegría.

Río con pena y con vergüenza; tengo miedo de que mi experimentada y cínica sonrisa se convierta en una lágrima. Solo una porque no lloro demasiado, lo llevo con la misma discreción que si se tratara de las almorranas de un borracho que no quiere reconocer que lo es.

Yo no sé si existe en nosotros una buena y una mala conciencia. Creo que hay una conciencia tranquila y otra inquieta que todo lo quiere saber. La muy curiosa…

A mí me suda la polla saber más o menos, sé todo lo necesario para vivir, no tengo curiosidad alguna, no me interesa demasiado saber porque sangra una puta fotografía.

La conciencia cotilla y chismosa quiere saber porque los dedos han sido manchados de sangre. Exige saber, la muy puta, qué venas se han partido en la imagen.

Porque si hay sangre es que hay vasos capilares seccionados.

Es lógico hasta en el papel fotográfico.

Tengo pavor a desdoblar la foto. Saber no ocupa lugar. Y el dolor tampoco; pero martiriza.

El dolor duele.

Y los idiotas que observan mi sonrisa con curiosidad, que se vayan a tomar por culo. Como si no tuviera bastante con esta sangre. Voy a hacer una foto de todos estos idiotas y luego la doblaré, para que sangren.

Me cago en dios…

Hay un trozo de piel clara entre la sangre y el cielo. Yo diría que es tan clara como la de mi hijo cuando era pequeño.

Sé que es la piel de mi hijo.

Soy un hijo de puta, he hecho daño a lo que un día creé.

No soy un buen padre.

Soy un padre que busca un cielo azul, simplemente algo de aire. No tenía que hacer daño. No pretendía causar lesiones.

Hay idiotas que tratan mal a sus hijos y sus fotos no sangran.

Hoy debe ser el día en el que me han de joder especialmente. Me cago en el día del padre y en el de los idiotas y las fotos sangrantes.

He desdoblado la cuarta parte de la foto y mi hijo sonríe encima de una pequeña bici; yo estoy a su lado.

Yo sólo quería ver el cielo limpio.

Desdoblo la mitad del papel; lo había doblado por la cintura y su pantalón caqui está inundado de sangre. Su sonrisa hermosa permanece impoluta. El cerdo que está a su lado, YO, sonríe también y aunque estoy doblado, no sangro. Me gustaría no ser tan fuerte y tan irrompible y así poder sangrar con mi hijo.

No es justo. No es justo para mí, que mi niño sangre.

Era solo un juego, simplemente pretendía ocultar todo aquello que me preocupa, todo aquello que amo y sentirme libre por unos segundos en un cielo azul. No soy un monstruo, solo era un juego inocente.

Es triste recordar tiempos de amor que ya no volverán, es triste la ternura perdida. La inocencia de unas pequeñas manos que te buscan como si fueras un dios o un superhéroe que todo lo soluciona.

He doblado la realidad para soñar libre por unos segundos. No es pecado mortal. No soy especialmente malvado.

Sentía un tremendo vacío, sólo quería viajar al límpido cielo y no ser nada, no tener conciencia de haber perdido o haber ganado.

No quería hacerle daño, porque si alguien o algo le hace daño a mi hijo, yo me arranco los ojos.

En algún momento lo dejé, pensaba que ya era mayor, que se valía por si mismo.

No me acordaba de la foto en la cartera.

Solo la doblaba para evitar penas, para no llorar la única lágrima.

No respeto semáforos cuando no conduzco un coche, es un acto de rebeldía muy bien estudiado. No tengo matrícula en el culo, no me pueden multar y cruzo la calle cuando y por donde me da la gana.

Solo que esta vez no espero a que no haya coches que se aproximen, es curiosa mi mala suerte. Ahora que necesito tráfico, no hay coches.

Me enciendo un cigarro, el tráfico se ha detenido por un semáforo a medio kilómetro de distancia de aquí; tal vez pueda dar un par de chupadas al cigarro antes de que irrumpa la estampida de acero y colores de mierda.

La foto no deja de sangrar, y se crea un charquito de sangre al lado de mi zapato.

He desdoblado del todo la realidad, pero no hay cura, no hay quien pare esta hemorragia.

Yo buscaba libertad. No soy idiota como la humanidad, sé que no existe la libertad. Era un ensayo banal.

Pues ahora la voy a tener y voy a abandonar este puto mundo de fotografías sangrantes.

A la mierda. Mi hijo me quiere por mucho que la foto se desangre.

El camión se aproxima veloz, es del color rojo de la sangre, siempre me han gustado los coches rojos y nunca he podido tener uno porque la mierda de modelos que he elegido no se fabricaban en rojo.

La cuestión es dar por culo.

Mira por donde que un vehículo rojo me va a proporcionar la paz de una vez por todas.

Qué puta y burlona es la vida.

Segunda chupada al cigarro. Está bueno.

Oculto la foto de mi hijo pequeño sangrando en mi pecho, encima del corazón; como está empapada de sangre se adhiere a mi piel.

Es tibia, me da consuelo al corazón helado.

Me sangra la nariz, el bulto en mi cerebro continúa presionando.

 

El camión no puede frenar ni yo tampoco, avanzo un paso y mi cara estalla, lo veo todo rojo.

Iconoclasta

Safe Creative #1108109838278

Padre muerto, hijo no nato

Publicado: 1 marzo, 2011 en Reflexiones
Etiquetas:, , ,

Padre muerto, hijo que no existes:

El mundo es estático, no varía. Es plano como el electroencefalograma de un subnormal. Como el de una persona en coma.

Posiblemente como el mío.

Todos sufren, todos se cansan, ríen, lloran y descansan.

Yo no lo siento, todo resbala en mí. Soy impermeable a mierda y alegría.

Padre muerto, hijo no nato: el mundo es una película que he visto demasiadas veces. No hay sorpresas.

Lo poco que observo ya a través de mis ojos idiotas es un decorado que mi escasa imaginación puede crear con mucho esfuerzo. Un filtro que apenas me da ya consuelo. Es la única forma de sobrevivir.

Con mis últimas reservas de imaginación he podido durar un poco más.

Hijo: si hubieras nacido, si estuvieras te necesitaría. Necesitaría salir a pasear contigo, fumar acompañado aunque digan que es malo. Sólo una vez. Nadie salvo yo, sufre cáncer por fumar un cigarro.

Padre: quisiera ser pequeño y que no estuvieras muerto y que me dijeras que hay cosas nuevas por descubrir.

Construyo castillitos en el aire que se desmoronan con un soplido. Y cuando se tambalean pongo las manos. No tengo suficientes manos para sujetar las almenas y caen rompiéndose con un gemido que me duele aquí, muy adentro; en un punto de mi viejo cuerpo que no puedo definir, que no puedo identificar.

Caen con un ruido sordo, porque sordo me estoy quedando.

Ojalá no oyera nada, ni siquiera mis gemidos.

Hijo que no naciste: papá es viejo, ojalá estuvieras aquí para cuidarlo. No quiero cuidados. Me conformo con un poco de compañía mientras lo que queda de vida duele.

Padre: voy contigo, espérame. No me dejes solo cuando llegue. Soy tímido.

Entre las ruinas de mis castillos en el aire asoman pies de soldaditos muertos. No soy cruel con mi imaginación, pero a veces ocurren cosas.

Y es lo hermoso de imaginar, que ocurren…

Sorpresas de soldaditos muertos que no imaginé y ahí están.

Padre: no me acuerdo de tu cara. Tengo miedo.

Hijo: es tarde ya, me arrepiento de que no nacieras.

Mi imaginación está en crisis, se ha agotado. Es el fin, el Segador está cerca y mi yugular se defiende endureciéndose ante la proximidad del acero frío. Sólo es un acto reflejo, no me defenderé, estoy cansado.

Si mi padre no estuviera muerto me acercaría a él sin vergüenza para que supiera de mi tristeza. Sé que él no preguntaría y me posaría la mano en la espalda. Que callaría a mi lado y yo me confortaría viéndolo fumar.

Hijo: a veces sueño con abrazarte y engañarte, decirte que lo hago porque te quiero. Pero en realidad, sólo lo haría por un poco de calor, sería egoísta. Aún sin nacer, te quiero tanto que deseo tu calor. Sé que no es bueno que un padre llore en el hombro de un hijo. No es natural.

No consigo imaginar calidez, mi imaginación ya es fría como el cadáver del que hubiera podido ser tu abuelo.

¿Hubieras venido conmigo a pasear?

A veces sueño con muertos y con los que no existen. Y la soledad es devastadora y me siento héroe luchando contra la inexistencia. Hasta de la tristeza más absoluta arranco algo de sueños imposibles.

Estoy abandonado, hijo que no existes. No tengo ni alma, padre muerto.

No soy nada, ni el producto de mi imaginación.

Mi melancolía es potente, es pura e inmaculada como la virgen misma.

Suena música hermosa por la radio. Sería un buen momento para no estar sin vosotros, sería un buen momento para llorar disimuladamente en vuestra compañía. Padre, hijo, nieto… Deberíais existir.

Si me quedara suficiente imaginación…

Estoy vacío.

Algo hice mal, muy mal.

Y ya no tiene arreglo.

Mi imaginación está muerta como papá. No hay ni cadáver de ella. Como no lo hay del hijo que nunca nació.

No es bueno vivir así, no vale la pena.

Padre: no hay remedio, no pasa nada, estás muerto. Has salido bien parado en mi castillito en el aire.

Hijo: perdona que hayas muerto sin haber nacido si quiera. Te he matado sin ser necesario.

No me perdones, no sería justo para ti, mi pequeño…

Vuestros pies asoman entre las ruinas de un castillo roto.

Estáis tan muertos… Y yo también, es mi última imaginación.

Mis castillos en el aire son pura degeneración, mato lo que no nació y lo que está muerto.

¿Alguien da más? Posiblemente esta sea mi única sonrisa en lo que queda de sueños.

Es tarde, vamos a dormir.

Que el Segador nos encuentre dormidos aunque no existamos.

Os echo de menos padre e hijo muertos.

Iconoclasta

Safe Creative #1103018607656